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Las Misiones Jesuíticas en America



INTRODUCCION

Las Misiones Jesuitas
Los colonizadores de la zona del Río de la Plata, tropezaron con tribus indígenas sumamente belicosas; que en la mayor parte de los casos asumieron una actitud absolutamente agresiva frente a los recién llegados, y no se mostraron nada propi-cios a aceptar sus instancias para convertirse en agricultores o ganaderos y para aceptar la fe cristiana y avenirse a la disciplina social de los colonos.
Uno de los medios con que, especialmente Hernandarias, procuró lograr la incorporación de los indígenas, consistió en contar con la colaboración de una orden religiosa católica, la Compañía de Jesús — también conocida como Orden de los Jesuitas — quienes se encargaron de fundar establecimientos en que los indígenas asimilaran los hábitos de trabajo disciplinado, y rindieran el culto cristiano. Esos establecimientos, fueron llamados Misiones.
Los integrantes de la Compañía de Jesús, se denominan jesuitas. Su fundador, Ignacio de Loyola, centró las determinantes de su fe religiosa en la figura de Jesu-cristo; del mismo modo que otras órdenes religiosas lo hicieron en la Virgen María o en otras figuras prominentes de la religión católica.
La Compañía de Jesús tuvo como uno de sus objetivos primarios, ejercer la defen-sa de la Iglesia Católica, especialmente ante el surgimiento en Europa de la Refor-ma Luterana; y se convirtió en uno de los principales impulsores de la llamada Contrarreforma. El lema de su fundador era Omni ad maiorem Dei gloriam, (Todo para la mayor gloria de Dios).
Una característica muy distintiva de la Orden de los Jesuitas, la constituyó su orga-nización estrictamente jerarquizada; siguiendo muy firmemente el modelo de la organización militar, al punto de que su autoridad máxima era el General de la Compañía.
Con el paso de los años, la Orden de los Jesuitas alcanzó un crecimiento muy im-portante en muchos países de Europa, llegando a ser en cierta época la más nu-merosa de las órdenes religiosas católicas; lo que determinó que ejerciera una enorme influencia en muchos aspectos de la sociedad y del Estado, sobre todo en España. Eso determinó que surgiera una gran oposición, que causó grandes obstáculos a su desempeño.
En varios casos, los jesuitas fueron expulsados de territorios en que ejecutaban sus actividades; e incluso el 27 de julio de 1773 el Papa Clemente XIV expidió una orden disponiendo su disolución. Sin embargo, ello fue temporario; la Orden de los Jesuitas fue restablecida, por lo que continúa existiendo en la actualidad y ejerce importante influencia intelectual y espiritual en importantes grupos de creyentes católicos.
Una de sus metas principales era propagar la fe cristiana entre los indios paganos del nuevo mundo; por lo cual muchos jesuitas europeos se dirigieron al continente americano; destacándose entre ellos varios de origen húngaro. Algunos se dirigie-ron a la zona de los Ríos Amazonas y Marañón, y sus afluentes, actuando como misioneros entre los indios de esas regiones; con lo cual realizaron también indirectamente una interesante actividad en cuanto al conocimiento geográfico de esas regiones, especialmente en cuanto a la delimitación de los territorios asignados a España y Portugal.
La actividad de los jesuitas fue también muy importante en América en el campo científico. Siendo muchos de ellos personas sumamente cultas, no solamente aprendieron y cultivaron los idiomas indígenas y tradujeron a los mismos los textos sagrados del catolicismo; sino que estudiaron la flora — incluso las plantas medicinales — la fauna, la geografía y hasta la astronomía en estos territorios. El primer libro de geografía de América del Sur publicado en España, fue obra de un jesuita húngaro, Ferenc Limp, llegado a Buenos Aires en 1729, quien lo escribió en la Misión de Yapeyú.
Los jesuitas tuvieron una importante actuación en el desarrollo de los más antiguos centros culturales de América del Sur, como las Universidades de Lima y de Córdoba.

La Historia de Las Misiones
La Compañía de Jesús, fundada en el año 1534, por Iñigo López de Recalde, que luego fuera canonizado por la Iglesia Católica como San Ignacio de Loyola, y con-firmada por el Papa en 1540, formó una clase de misioneros tan especial, que pronto se destacó entre todas las órdenes. Según los reglamentos de la Compañía de Jesús, el general de la orden nombraba a los provinciales, cuya función era organizar y dirigir las tareas misionales y controlar el desempeño de los miembros de la orden en sus respectivas provincias. Brasil fue la primera provincia jesuítica de América del Sur; estaba a cargo del padre Nóbrega, a quien algunos pobladores de Asunción pidieron el envío de misioneros, pero el gobernador portugués se opuso. Para evitar mayores conflictos, Felipe II, que desde 1580 era también rey de Portugal, ordenó la separación de las misiones españolas y portuguesas. Por ese motivo, el general jesuita decretó que la región del Río de la Plata dependiera del Perú. En 1607 quedó fundada la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba los actuales territorios de la Argentina, Paraguay, Uruguay, la mayor parte de Chile, el sur de Bolivia y Brasil. Su primer Provincial fue el Padre Torres. En 1625, Chile fue separada. Los jesuitas dependían de la generosidad de los pobladores españoles para su subsistencia. El Padre Torres recibió del General de la orden la recomendación de no permitir el servicio personal de indios en encomienda. Por su defensa de los indígenas, los misioneros estuvieron expuestos a peligros y sufrieron la enemistad de os encomenderos, quienes les quitaron su ayuda económica. Después de inspeccionar las reducciones franciscanas del Padre Bolaños, Hernandarias resolvió, junto con el obispo, pedir al Padre Torres el envío de misioneros a las zonas del Chaco, el Guayrá y el Paraná. La primera fue San Ignacio Guazú, a fines de 1609, a la que siguieron Encarnación de Itapúa, Concepción, San Nicolás, San Javier y Yapeyú. Esta situación obligó a trasladar las reducciones más al sur. Si por civilización entendemos el predominio del espíritu sobre la materia, el amor a lo noble y grande sobre las tendencias bajas y viles, la vida tranquila, laboriosa y familiar, la mezcla de placer y abnegación, de sport y de trabajo, de paz interna y de sociabilidad sin envidias, rencores, persecuciones y odios, no cabe la menor duda que pocas veces ha contemplado la historia una civilización tan genuina y duradera como la que desde 1610 hasta 1768 existió en los pueblos de guaraníes. Más que la organización fue el método lo que dio el triunfo a .los jesuitas en los pueblos guaraníes. Sobre líneas comunes a otros pueblos y en conformidad con las prescripciones reales organizaron los jesuitas rioplatenses sus pueblos indígenas. También pudieron conservar los pueblos más aislados del elemento europeo, generalmente entorpecedor y hasta maleante. Jesuitas españoles (Lorenzana, Saloni, Torres, Romero, etc.), criollos (beato González, Ruiz de Montoya), portugueses (Grifi, Ortega, etc.)
Estas autoridades no podían aplicar castigos sin consultar a los padres jesuitas. Les estaba prohibido residir en las reducciones, pero podían ser alojados si esta-ban de paso. La justicia era ejercida por los misioneros que aplicaban, por lo gene-ral, castigos de azotes. Los dos sacerdotes que estaban al frente de cada pueblo se encargaban del gobierno espiritual y la organización de la vida indígena. Reunieron varios cacicazgos en un solo pueblo y fomentaron la antigua solidaridad tribal con el nuevo impulso religioso. La tutela ejercida por los jesuitas sobre sus gobernados tenía como finalidad que los indios aprendieran a hacer correcto uso de su libertad y de sus bienes. En la organización económica, coexistía el sistema mixto de propiedad privada —abambaé—. La propiedad común, también llamada “propiedad de Dios”, era de extensión similar a las propiedades privadas en conjunto. La ganadería, dirigida por los misioneros, servía para alimento, transporte y vestimenta. Realizaban el comercio por trueque entre los diversos pueblos y con los colegios jesuitas de Asunción, Santa Fe y Buenos Aires; en estos últimos las transacciones eran supervisadas por un procurador. En 1599 los jesuitas se establecieron en Córdoba. En esta zona tuvieron tres estancias, destinadas a mantener la Universidad: Jesús María, Santa Catalina y Altagracia. Esta estancia constaba de potreros, talleres de carpintería, herraría, dos horma pera construcción de ladrillos, telares y una fundición, la única que tuvieron estos religiosos Los niños aprendían, junto con la doctrina, letras y ciencias. Los padres jesuitas enseñaban música y artes plásticas; los indígenas elegían oficio según sus aptitudes. Fabricaron instrumentos musicales, aparatos y relojes; trabajaron los metales y el hierro forjado; hicieron adornos y objetos de plata. Esta situación obligó, desde 1629, al traslado de los pueblos del Guayrá hacia el oeste. A partir de su separación en 1640, fueron las misiones guaraníes las que resguardaron la frontera y alertaron a las autoridades españolas. En España, Carlos III, decidido a imponer el regalismo, firmó el decreto respectivo en 1767. La administración de las misiones pasó a otras órdenes religiosas. Los indígenas no se adecuaron a los cambios, y comenzó una lenta decadencia acentuada por los problemas de frontera. Para la administración de los bienes confiscados a la Compañía de Jesús, se creó una Junta de Temporalidades.
Características de las Misiones Jesuíticas
Las Misiones Jesuíticas se establecieron en la zona de la colonización española en la Gobernación del Río de la Plata con la finalidad conjunta de civilizar a los indígenas bajo la autoridad española; y simultáneamente ejercer actos de efectiva ocupación de los territorios que estaban en una zona en la cual no se delimitaban claramente las jurisdicciones de la colonización española y portuguesa. Fueron poblaciones integradas exclusivamente por indígenas, aunque dirigidas por monjes jesuitas a los que se asignaba función sacerdotal, instaladas en territorios expresamente asignados para tal fin, comprendidos en la Provincia Jesuita del Paraguay, creada en 1604.
Existieron dos grandes grupos de Misiones, las Misiones Orientales que estaban ubicadas en los territorios a este del río Uruguay, al norte del Río Ibicuy, y a ambos lados de la actual frontera entre el Uruguay y el Brasil; y las Misiones Occidentales, situadas en actual territorio argentino de la Mesopotamia de los ríos Paraná y Paraguay, en el territorio de la actual Provincia de Misiones, que son las únicas de las que se han conservado restos de sus edificaciones, y que son visitadas como lugar de interés turístico.
La primera de las Misiones fue establecida en 1624, dirigida por el Padre Guzmán quien logró fundar en territorio del actual Departamento de Soriano, ubicado al sur del Río Negro, la Misión de Santo Domingo de Soriano, cuyos pobladores fueron indios chanás.
Los padres jesuitas llegaron a establecer muchas otras Misiones sobre las costas orientales del Río Uruguay, abarcando territorio de los actuales Departamentos de Artigas y Rivera, como del sur del actual Estado brasileño de Río Grande del Sur; entre ellas las poblaciones de San Borja, San Ángel, San Juan, San Nicolás, San Luis, San Lorenzo y San Miguel, que alcanzaron en su conjunto una población superior a las 30.000 personas.
En 1604 se creó la llamada Provincia Jesuítica del Paraguay, que abarcaba los territorios habitados por indios guaraníes, compuesta por grandes extensiones de tierras llamadas “estancias” y dentro de cuyo territorio los jesuitas instalaron un total de 30 misiones; de las cuales siete estuvieron situadas al este del Río Uruguay, y fueron denominadas “Los siete pueblos de las Misiones”, integrados por San Borja, de 1682; San Nicolás, de 1687; San Miguel, de 1687; San Luis, de 1687; San Lorenzo, de 1690; San Juan, de 1697 y San Ángel, de 1706.
Las misiones orientales estaban en el territorio actual del Estado de Río Grande del Sur, un territorio que integraba la indefinida frontera entre las zonas de influencia de los españoles y los portugueses; y en el cual incursionaban alternativamente. Comenzaron a establecerse para detener la expansión portuguesa, a partir de una primer reducción de San Nicolás fundada en 1626 por el jesuita Roque González, aunque fue abandonada en 1637.
Luego, en 1632, el jesuita Cristóbal de Mendoza fundó la misión de San Miguel de Arcángel, en las costas del Río Ibicuy; una misión que alcanzó su mejor época en las primeras cinco décadas del siglo XVIII, habiendo llegado a tener una población de alrededor de 6.000 habitantes, pero luego entró en sostenida decadencia. Ac-tualmente, sus ruinas han sido restauradas y — conjuntamente con los de la Misión de San Ignacio Miní, en Argentina y los de las Misiones de Trinidad y de Jesús en Paraguay — constituyen los únicos restos de las Misiones Jesuíticas.
La Provincia Jesuítica del Paraguay era regida por un Padre Provincial, que era designado y dependía directamente del General de la Compañía de Jesús, con sede en Roma. El conjunto de las Misiones tenía un Padre Superior; y en cada una de las Misiones existían uno o más Padres, que cumplían diversas funciones, la principal de las cuales era atender a la evangelización y otros aspectos religiosos, tales como las actividades propias del culto.
También llamadas reducciones, las Misiones estaban organizadas en una estructura de cargos públicos similar a la de las ciudades españolas. En cada una de ellas existía un Jefe superior, alcaldes y regidores que integraban el Cabildo; cargos que eran todos ellos ejercidos por indios (generalmente los caciques); aunque no poseían iniciativa propia y tenían solamente la función de ejecutar las directivas de los sacerdotes que dirigían la misión.
Atendiendo a su objetivo de civilizar a los indígenas, los jesuitas lograron insertar-se en su estructura social; logrando primeramente su sedentarización mediante el establecimiento de los poblados que constituyeron las Misiones. Los guaraníes se encontraban en estado tribal; componiéndose sus colectividades por conjuntos de familias poligámicas que contaban con dos autoridades, los caciques y los chama-nes. Vivían en un estado sumamente primitivo, practicaban la antropofagia, y ejecutaban ceremonias funerarias de tipo pagano.
Los caciques eran principalmente jefes guerreros cuya autoridad se centraba fun-damentalmente en los aspectos materiales de la vida del grupo; en tanto que los chamanes, también llamados payes tenían un ascendiente de carácter religioso, entre lo cual se incluía — como en muchos otros pueblos primitivos — intervenir frente a las enfermedades. Por lo tanto los jesuitas, en cuanto tenían como objetivo la conversión religiosa de los indios, que implicaba quitar su influencia a los cha-manes, se apoyaron en la rivalidad de ellos con los caciques. Obteniendo la con-versión religiosa de los caciques se propiciaba la del resto de la tribu; y para los caciques, ello significaba imponer su autoridad por sobre la de los chamanes.
Los jesuitas fueron transformando gradualmente las costumbres de los indígenas; atendiendo primariamente a aquellos aspectos más contrarios a los principios de la religión católica, como la antropofagia y la poligamia. Orientaron la organización familiar de la tribu guaraní en base a la monogamia; para lo cual construyeron en sus Misiones un tipo de habitaciones que se conocen como “tiras”; por cuanto las unidades de habitación eran contiguas, pero en cada una habitaba solamente una familia, destinando la primera a la familia del cacique.
En otros aspectos, no modificaron mayormente las estructuras culturales y socia-les; manteniendo el idioma indígena que los jesuitas aprendieron. Las comunidades que formaban las misiones tenían una estructura económica primitiva, prácticamente eran economías de subsistencia; así que pudieron mantener sus características conforme a las cuales el concepto de la propiedad quedaba limitado a los utensilios personales. El proceso educativo de los indígenas en cuanto a la dedicación organizada al trabajo productivo de tipo agrícola y ganadero, resultaba compatible con la disponibilidad en común de los bienes de consumo y de uso, que concordaba además con las prácticas usuales en las comunidades de las órdenes religiosas cristianas.
Por otra parte, si bien algunos misioneros jesuitas eran expertos en la asistencia de las enfermedades — como el padre Zsigmond Asperger, a quien por su origen se conoció como “el médico húngaro”, ya que se hizo misionero jesuita luego de culminar sus estudios de Medicina; de todos modos la Medicina se encontraba todavía en condiciones precarias desde el punto de vista de su desarrollo científico, por lo cual no solamente continuaron aplicando en gran medida las prácticas curativas mediante el empleo de hierbas, sino que a partir de ello lograron conocer las propiedades efectivamente terapéuticas que muchas de ellas poseen.
De tal modo, los jesuitas pudieron realizar, a lo largo del siglo en que aproximada-mente cumplieron su labor en las Misiones, un proceso de civilización de los indí-genas que no violentó sus hábitos culturales, sino que los adaptó a sus objetivos civilizadores y religiosos; permitiéndoles progresar en numerosos aspectos, como los relativos a la construcción de poblaciones y las técnicas del cultivo y de la cría de ganado.

Los Jesuitas en el Río de la Plata
Brasil fue la primera provincia jesuítica de América del Sur; estaba a cargo del pa-dre Nóbrega, a quien algunos pobladores de Asunción pidieron el envío de misio-neros, pero el gobernador portugués se opuso.
El problema fue estudiado por el secretario del padre Loyola y por el Consejo de Indias; éste último, en virtud del derecho de Patronato, decidió que el envío de los sacerdotes debía contar con la expresa autorización de la Corona. Para evitar ma-yores conflictos, Felipe II, que desde 1580 era también rey de Portugal, ordenó la separación de las misiones españolas y portuguesas. Por ese motivo, el general jesuita decretó que la región del Río de la Plata dependiera del Perú.
Los primeros misioneros llegaron al Tucumán en 1585 procedentes del Perú; dos años después arribó un grupo procedente del Brasil. Los dos grupos fueron pedi-dos por el obispo de Tucumán, Francisco de Vitoria.
Cuando llegó el decreto de separación, el Provincial de Brasil regresó a su jurisdic-ción y quedaron’ en el Tucumán tres sacerdotes que fueron designados para tras-ladarse a Asunción. Como la provincia jesuita del Perú era demasiado extensa, el Provincial envió a España al Padre Diego de Torres con la propuesta de dividir en dos la región. En 1607 quedó fundada la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba los actuales territorios de la Argentina, Paraguay, Uruguay, la mayor par-te de Chile, el sur de Bolivia y Brasil. Su primer Provincial fue el Padre Torres. En 1625, Chile fue separada.
Los jesuitas dependían de la generosidad de los pobladores españoles para su subsistencia. El Padre Torres recibió del General de la orden la recomendación de no permitir el servicio personal de indios en encomienda. Por su defensa de los indígenas, los misioneros estuvieron expuestos a peligros y sufrieron la enemistad de os encomenderos, quienes ¡es quitaron su ayuda económica. Por esta razón y para asegurar la subsistencia, el Padre Torres fundo una estancia en Córdoba, con cuyas rentas y algunas donaciones, los jesuitas pudieron fundar colegios en casi todas las ciudades importantes.

Hernandarias, primer criollo que ejerció el gobierno del Río de la Plata seis veces (entre 1592 y 1617), proyectó desde Asunción el dominio de la región sudeste has-ta llegar al mar y fundar un puerto en Santa Catalina. Se dio cuenta pronto de la importancia que tenía la presencia de los misioneros para cumplir ese objetivo.
Después de inspeccionar las reducciones franciscanas del Padre Bolaños, Hernandarias resolvió, junto con el obispo, pedir al Padre Torres el envío de misioneros a las zonas del Chaco, el Guayrá y el Paraná. Se acordó que cada misionero recibiría medio sueldo de un párroco. Se estableció también que los indígenas reducidos no serían obligados al servicio personal ni pagarían tributo durante los primeros diez años después de su conversión.
En 1609 se inició la fundación de reducciones jesuíticas. Los intentos realizados en el Chaco entre los guaycurúes fracasaron porque no practicaban la agricultura. En cambio, entre los guaraníes que sí la conocían, los jesuitas pudieron organizar sus poblaciones. La primera fue San Ignacio Guazú, a fines de 1609, a la que siguieron Encarnación de Itapúa, Concepción, San Nicolás, San Javier y Yapeyú. Más al norte, en el Guayrá, se fundaron otros pueblos gracias al esfuerzo del Padre Antonio Ruiz de Montoya, pero fueron atacados por los paulistas, que destruyeron varios y llevaron cautivos a muchos indios. Esta situación obligó a trasladar las reducciones más al sur.

Expulsión de los Jesuitas
Desde su instalación, las reducciones sufrieron los ataques de los bandeirantes que hacían correrías con el fin de apoderarse de riquezas y capturar indios para vender en los mercados de esclavos de las ciudades brasileñas. Esta situación obligó, desde 1629, al traslado de los pueblos del Guayrá hacia el oeste.
Los ataques no cesaron, por lo que los jesuitas comenzaron a enseñar a los indios el uso de armas de fuego y organizaron la defensa de las misiones; por ese motivo entraron muchas veces en conflicto con las autoridades españolas.
Fue difícil regular las relaciones entre los territorios españoles y portugueses en América mientras las dos Coronas se mantuvieron unidas. A partir de su separa-ción en 1640, fueron las misiones guaraníes las que resguardaron la frontera y alertaron a ¡as autoridades españolas. La firme defensa en la zona del alto Paraná y Uruguay hizo que la expansión portuguesa se dirigiera hacia el noroeste y hacia el sur, atraída a esta última región por la abundancia de ganado cimarrón.
Los jesuitas avisaron al gobierno de Buenos Aires sobre el plan portugués de esta-blecer poblaciones en la Banda Oriental y en el Río de la Plata; este hecho se con-cretó en 1680 con la fundación de la Colonia del Sacramento. De allí en más, fue continua la presencia de contingentes indígenas de las misiones en todas las peri-pecias del largo conflicto con los portugueses en el Río de la Plata, que desembocé en la guerra guaranítica entre 1553 y 1556.
Dos razones fundamentales determinaron la expulsión de los jesuitas: la influencia ideológica del despotismo ilustrado y la resistencia indígena a abandonar sus pueblos en cumplimiento del Tratado de Permuta de 1750, por el cual pasaba una parte del territorio americano a depender de Portugal. La expulsión se produjo también en Francia y en Portugal. En España, Carlos III, decidido a imponer el regalismo, firmó el decreto respectivo en 1767.
La administración de las misiones pasó a otras órdenes religiosas. Los indígenas no se adecuaron a los cambios, y comenzó una lenta decadencia acentuada por los problemas de frontera. Para la administración de los bienes confiscados a la Compañía de Jesús, se creó una Junta de Temporalidades.

Situación actual
La Compañía de Jesús ha cambiado a lo largo de los siglos. Sus publicaciones dirigidas al exterior afriman que el cambio ha sido externo, en ciertas formas. Algu-nos detractores (el ex jesuita Malachi Martin, el autor español Ricardo de la Cierva) hablan de un relajamiento en su espíritu, incluso de haber adoptado criterios mo-dernistas. A inicios del siglo XXI la Compañía incluye en su seno diferentes identi-dades eclesiales, desde las conservadoras, hasta las más progresistas. Un ejemplo de estas últimas posiciones es la Teología de la liberación desarrollada por algunos jesuitas, entre otros sacerdotes y religiosos, en América Latina durante los años 1960 y 70.
El hecho de tomar partido ha sido a veces peligroso para los jesuitas. En 1983, el sacerdote James F. Carney (el "Padre Guadalupe), fue asesinado en Honduras por las fuerzas militares debido a su ideología revolucionaria. En 1989, el jesuita Ignacio Ellacuría y otros cinco religiosos de la Compañía, fueron asesinados por la Fuerza Armada de El Salvador, luego de años de intensa actividad en defensa de los derechos humanos en ese país. Varios han muerto en guerras civiles en África, India y el sudeste de Asia, realizando acciones de ayuda social.
La Compañía de Jesús tiene fuertes debates internos, signo visto como fortaleza o debilidad dependiendo de los criterios. En esta línea, el 6 de mayo de 2005 se hizo público el retiro de Thomas Reese, S.J., como editor de América, la prestigiosa re-vista jesuita de Estados Unidos. La Congregación para la Doctrina de la Fe pidió a la Compañía su remoción argumentando que su línea editorial ponía en duda el magisterio de la Iglesia. Y, en marzo de 2007 la Congregación para la Doctrina de la Fe condenó la obra del teólogo salvadoreño, de origen español, Jon Sobrino, uno de los padres de la Teología de la Liberación, porque «sus proposiciones no están en conformidad con la doctrina de la Iglesia», «La medida no puede ser interpretada como una sanción o condena» del teólogo, explicó el portavoz del Vaticano, el sacerdote Federico Lombardi, jesuita como Sobrino.
En un contexto de cambios rápidos y profundos en la sociedad (y por tanto en la Iglesia), y transcurridos 12 años desde la CG 34 (1995), los jesuitas consideraron necesario reunir su máximo cuerpo legislativo para responder con «fidelidad creativa» a los nuevos retos. Después de casi 25 años en el gobierno, el P. Kolvenbach anunció en 2005 su deseo de dimitir. El P. General convocó la Congregación General 35, que comenzó el 7 de enero de 2008.
El P. Kolvenbach, después de obtener el consentimiento de (Benedicto XVI) y es-cuchar a sus consejeros, decidió presentar su renuncia, aduciendo avanzada edad (casi 80 años) y la larga duración de su gobierno (casi 25 años).4 En enero de 2008, durante la CG 35, fue elegido como sucesor de Kolvenbach el español P. Adolfo Nicolás (71 años), en la segunda votación.
Algunas personas consideran que los precedentes de la actual situación de la Compañía datan desde mediados de los años 1950 cuando comenzaron a dismi-nuir las vocaciones en Europa. La edad promedio de los jesuitas es 57 años. En el último cuarto de siglo la disminución del número de miembros ha motivado la unificación de algunas Provincias y el cierre de obras o el traspaso de la dirección de algunas a seglares. En 2009 entraron en la Orden 453 novicios (el 40% de ellos en Asia). El 1 de enero de 2009 los jesuitas eran 18.516. De ellos, los sacerdotes son 13.112, los escolares (jesuitas preparándose para el sacerdocio), 3.705 y los hermanos (jesuitas no sacerdotes), 1.699.

Los Jesuitas en Córdoba
Las estancias jesuíticas de Córdoba son una muestra singular de la organización productiva de los religiosos de la Compañía de Jesús en el país, que ha llegado a nuestros días a través de una arquitectura esmeradamente preservada.
Si bien la historia demostró que las estancias se adquirieron con fines económicos para el mantenimiento de colegios y otras casas de estudio, como es lógico "parti-ciparon también de cierto sentido misional, constituyéndose en centros de irradia-ción religiosa".
Las estancias de Jesús María, Caroya, Santa Catalina, La Candelaria y Altagracia pueden ser recorridas en un circuito de 250 Km por pintorescos caminos serranos.
Estos establecimientos rurales del siglo XVII, junto a la Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba, todos monumentos históricos nacionales, fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 2000 por la UNESCO.
La Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba, comprende un bloque integrado por la Iglesia de la Compañía de Jesús, la Capilla Doméstica, la Residencia de los jesuitas y el Rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba -antiguo Colegio Máximo de la Compañía de Jesús- con sus dependencias administrativas, Claustro, Salón de Grados, Biblioteca Mayor y Colegio Nacional de Monserrat. En 1599 los jesuitas se radican en Córdoba, en el solar cedido por el Cabildo de la ciudad, donde existía desde 1589 una pequeña ermita que pronto resultó insuficiente para albergar a religiosos, estudiantes y fieles. Por ello, a partir de 1606 comienzan las obras de edificación que darían forma a la actual Manzana Jesuítica. Sucesivamente se agregan construcciones destinadas al Colegio Máximo (1610), Universidad (1622), Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat (fundado en 1687 pero instalado en su actual emplazamiento en 1782, tras la expulsión de la Compañía) y Noviciado (hacia 1710). La Iglesia y la Capilla Doméstica fueron construidas entre 1644 y 1671. La antigua ermita, una de las construcciones eclesiásticas más antiguas que se conserva en el país, constituye la Sacristía de la Capilla Doméstica.
Las estancias jesuíticas de Córdoba son una muestra singular de la organización productiva de los religiosos de la Compañía de Jesús en el país, que ha llegado a nuestros días a través de una arquitectura esmeradamente preservada.
Si bien la historia demostró que las estancias se adquirieron con fines económicos para el mantenimiento de colegios y otras casas de estudio, como es lógico “parti-ciparon también de cierto sentido misional, constituyéndose en centros de irradia-ción religiosa”.
Las estancias de Jesús María, Estancia Caroya, Estancia Santa Catalina, Estancia La Candelaria y Estancia Altagracia pueden ser recorridas en un circuito de 250 Km por pintorescos caminos serranos de la Provincia de Córdoba, Argentina.
Estos establecimientos rurales del siglo XVII, junto a la Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba, todos monumentos históricos nacionales, fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 2000 por la UNESCO .

La Historia en Córdoba
Jerónimo Luis de Cabrera fundó la ciudad de Córdoba en 1573. Cuando los jesuitas se radicaron, a principios de 1599, era aún una ciudad muy pequeña que con-taba que contaba con pocos vecinos. Entre ellos los encomenderos (vecinos feudatarios), fueron duramente cuestionados por los “servicios personales” exigidos a los encomendados como tributo, lo que llevó a la decisión de privar a la orden de contribuciones. Obligada a sostenerse de manera autónoma, a partir de 1616 organizaron un sistema de Estancias, convento - factorías cuya función era la de proveer de sustento económico a la Orden y sus emprendimientos, ya que comprendieron desde un inicio que no se podía depender de los aportes de los vecinos.
Fundaron el Noviciado hacia 1608, obra a la que siguieron el Colegio Máximo en 1613 (hoy Universidad Nacional de Córdoba) y el Convictorio de Monserrat en 1687.
Sin embargo toda esta obra sería interrumpida el 12 de julio de 1767, cuando Car-los III a través de una Real Cédula, ordenara la expulsión de los jesuitas de España y, por lo tanto, de América. El teniente del rey, sargento mayor Fernando Fabro, fue el portador del terrible mandato. Mantuvo a los jesuitas en el refectorio (comedor) del Colegio Máximo hasta el 22 de julio. Entonces fueron subidos a carretas y llevados hasta Buenos Aires, donde serían embarcados en una fragata con destino a Italia.

La Compañía en la Estancia de Altagracia

La vida diaria
La estancia estaba administrada por dos padres jesuitas a quienes también se lla-maba hermanos estancieros. 310 negros eran la mano de obra de los religiosos, los indios que trabajaban para ellos no eran tantos como los esclavos y lo hacían a cambio de un sueldo.
El adoctrinamiento en la fe cristiana era importantísimo, de modo que indios y ne-gros recibían clases de catecismo tres veces por semana. La jornada de trabajo se extendía “desde el alba o ave María o puesta del sol”. Para que aumentara la hacienda se recordaba que no había que apurar a los esclavos ni excederse en los castigos, a estos no debían ejecutarlos los padres sino los mayordomos varones. Las mujeres solo podían ser castigadas por ancianos, morenos e indios. No podían golpear a las embarazadas ni ”tratarles mal de palabra”.
Los padres no podían ingresar a los ranchos de los negros o indios. Tampoco po-der ir a las chacras, de no ser por algo inevitable. Guardaban total clausura y sus habitaciones eran custodiadas por un esclavo negro.
Es precioso señalar que la vida que se realizaba en la estancia no era la misma que las del Reducciones en el Paraguay.

Las construcciones
Como ocurría en el resto de estos núcleos, en la Estancia de Altagracia se organizo un grupo de construcciones que fueron utilizadas para cumplir actividades educativas, económicas, de evangelización y de vivienda: la residencia, la iglesia, un obraje, un tajamar, dos molinos, el batan y la ranchería. En los alrededores también se ubicaron “puestos” o “estanzuelas” para la cría de ganado. Diferentes autores sostienen que no hay certeza sobre los autores del conjunto de las construcciones, pero se sabe que el hermano Andrés Bianchi tomo parte en ellas a partir de 1728, época en que los edificios ya estaban muy avanzados.
En el 2000 el conjunto de los monumentos jesuíticos fue declarado “Patri-monio de La Humanidad” por la UNESCO. A este punto se llego después de casi tres años de gestiones realizadas por la Comisión del Proyecto “Camino de las Estancias”, que entre otras actividades debió recolectar 12.000 firmas y organizar un completo informe técnico, con fotografías incluidas, que exponía ante las autoridades del organismo internacional mencionado, los motivos que incluyeron a la ciudad en la lista de los bienes culturales más importantes del mundo.
Hay que aclarar que , si bien luego fueron muchos los que se sumaron al ambicioso emprendimiento, quienes soñaron la idea inicial de darle forma a este proyecto fueron Mario Borio y Lucille Barnes.
La iglesia: era el lugar destinado al culto y el espacio donde se im-partía la doctrina cristiana a indios y negros. Hubo tres Iglesias en es-ta estancia: primero una ubicada en el mismo sitio de la actual, que había sido erigida por Alonso Nieto de Herrera, luego se levanto otra que estaba junto al Obraje y finalmente la ultima, Nuestra Señora de La Merced, cuya edificación había comenzado en 1723 para concluir en 1762.

La Residencia o claustro: En este espacio vivían los padres jesuitas pero también era utilizado para realizar actividades económicas, lo que sucedía en el Patio de Labor de la antigua casa. Los materiales utilizados para las construcciones eran piedra, ladrillos, tejas, y el baldosan jesuítico para los pisos. Todas las puertas están talladas con azuela y las rejas son totalmente artesanales. Las habitaciones están alineadas a lo largo de las galerías y la planta baja cuenta con un sistema sanitario llamado”los lugares comunes” y una parte del sistema de acequias.

El Obraje: cumplía funciones educativas y económicas a que aquí se impartía la enseñanza de distintos oficios y se realizaban produccio-nes artesanales. Había talleres de carpintería, tejidos, horno, despen-sas y oficinas. Fueron en su mayoría negros quienes se desempeña-ron allí.


La Ranchería: era el edificio construido por los jesuitas para ser habi-tado por los esclavos negros. Estaba emplazada en un predio frente a la Plaza Solares ocupado hoy, en parte, por la Casa de la Cultura. Como la construcción ya no se encuentra en pie, solo se conocen sus características por distintos documentos, en estos se detalla que había 56 ranchos interiores, sin ventanas, que daban a un patio interior. En ese lugar compartieron, hasta donde les fue posible, sus costumbres ancestrales, sus ritos, su música y su danza.

El tajamar: su construcción data de 1659, es el dique más antiguo de la provincia de Córdoba. Este embalse artificial servía para el riego de la huerta y para poner en funcionamiento el molino. El tajamar es parte de un sistema hidráulico que se conecta con los “Paredones”, represas que contenían a su vez el caudal del arroyo, y las acequias que traían el agua hacia el lago y a todos los canales que posterior-mente la distribuían hasta la zona de las huertas.

Los molinos: uno de ellos desapareció bajo la urbanización y el otro, ubicado frente al tajamar, está siendo actualmente restaurado. En los tiempos jesuíticos eran utilizados para producir harinas. Estaban for-mados por dos muelas de piedra que giraban sobre un eje.

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