En Venezuela, el sofrito no estaría completo sin el ajo, un condimento que llegó a estas tierras durante la Colonia y que se aclimató para su cultivo y uso. Existen incluso algunos pueblos, como la Cruz de Mucurubá, en el estado Mérida (vía del Páramo), cuya economía depende principalmente del cultivo de esta liliácea, nativa de Asia.
Si pasa alguna vez por este poblado merideño, ubicado a orillas de la carretera trasandina, quizás no evite imaginarse un sofrito, unas empanadas, o un guiso que alienta el apetito, pues el aroma a ajo se esparce en el aire, ya que no sólo lo cultivan sino que lo preparan para la venta en ristras, pelado y colocado en bolsas o molido como pasta espesa.
En general, en tierras altas, con bajas temperaturas, es donde se cultiva mejor el ajo en el país. En Venezuela, se expenden los llamados ajos criollos -de dientes pequeños, cáscara exterior violácea y de gusto más fuerte- y los importados -diente más grande, exterior blanco y de más suave sabor-; ambos son deliciosos en sopas, guisos, platos "al ajillo". En una sencilla reunión, con canapés caseros, el pan con ajo acompaña bien la charcutería, quesos y otras entradas.
Usos en la cocina
Aunque se suele eliminar la cáscara para añadirlo a las comidas, algunos cocineros y chefs recomiendan dejarla pues agrega color y sabor al plato; lo que sí se sugiere es eliminar el centro leñoso, donde germina, pues es el responsable de que muchas personas lo "repitan".
Lo puede utilizar cortado en láminas, triturado o entero, si prefiere solamente aromatizar y le resulta indigesto, así podrá extraerlo de la preparación al terminarla. Tenga en cuenta que no se debe quemar durante la cocción, pues amarga toda la mezcla.