InicioApuntes Y MonografiasLa Virgen en las Sagradas Escrituras y Texots apócrifos

La figura de María en las Sagradas Escrituras y los textos apócrifos:


Los Evangelios canónicos son los que la Iglesia ha reconocido como aquellos que transmiten auténticamente la tradición apostólica y están inspirados por Dios. Son cuatro: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Así lo propuso expresamente San Ireneo de Lyon a finales del s. II (AdvHae. 3.11.8- 9) y así lo ha mantenido constantemente la Iglesia, proponiéndolo finalmente como dogma de fe al definir el canon de las Sagradas Escrituras en el Concilio de Trento (1545-1563).
Los evangelios apócrifos son los que la Iglesia no aceptó como auténtica tradición apostólica, aunque normalmente ellos mismos se presentaban bajo el nombre de algún apóstol. Empezaron a circular muy pronto, pues ya se les cita en la segunda mitad del s. II; pero no gozaban de la garantía apostólica como los cuatro reconocidos y, además muchos de ellos contenían doctrinas que no estaban de acuerdo con la enseñanza apostólica.
“Apócrifo” significa lo que ha quedado “fuera”. Hoy se consideran portadores de una información que, distinta de la canónica ortodoxa, puede tener legitimidad histórica. Se añade una nueva valoración de la herejía o heterodoxia, no como desviación subsiguiente a la ortodoxia, sino como diversidad ya inicial. Los descubrimientos de nuevos manuscritos (Nag Hammadi) plantean un nuevo reto: estudiar, fuera de los límites canónicos y las confesiones de fe, el valor de tales documentos para la historia de Jesús y de la comunidad cristiana.
Todo el proceso de formación del canon se construye sobre tres pilares básicos, primero el mensaje y la figura de Jesús tal como se manifiesta en la más antigua tradición sinóptica, segundo el kerigma más antiguo de la iglesia que remarcar la muerte y resurrección de Jesús, y tercero, la construcción teológica paulina.
Entre los evangelios apócrifos, que proliferaron en la Iglesia en el s. II y posteriormente, los hay fundamentalmente de tres clases: aquellos de los que sólo han quedado algunos fragmentos escritos en papiro y se asemejan bastante a los canónicos, los que se conservaron completos y narran con sentido piadoso cosas acerca de Jesús y de la Santísima Virgen, y aquellos otros que ponían bajo el nombre de un apóstol doctrinas extrañas distintas de las que la Iglesia creía por la verdadera tradición apostólica.
Los primeros son escasos y apenas dicen nada nuevo, quizás porque se conoce poco de su contenido. A ellos pertenecen los fragmentos del “evangelio de Pedro” que narran la Pasión.
Entre los segundos el más antiguo es el llamado “Protoevangelio de Santiago” que narra la permanencia de la Santísima Virgen en el templo desde que tenía tres años y cómo fue designado San José que era viudo para cuidar de ella cuando ésta cumplió los doce años. En una línea parecida otros apócrifos como “la Natividad de María” se detienen en narrar el nacimiento de la Virgen de Joaquín y Ana cuando éstos eran ya ancianos. La infancia de Jesús y los milagros que hacía siendo niño los cuenta el “Pseudo Tomás”, y la muerte de San José es el tema principal de la “Historia de José el Carpintero”. En los apócrifos árabes de la infancia, ya más tardíos se fija la atención en los Reyes Magos de los que en un apócrifo etíope se dan incluso los nombres que se han hecho tan populares.
Otro tipo de apócrifos son los que proponían doctrinas heréticas. Los Santos Padres los citan para rebatirlos y, con frecuencia, los designan por el nombre del hereje que los había compuesto, como el de Marción, Basílides o Valentín, o por los destinatarios a los que iban dirigidos, como el de los hebreos o el de los egipcios. Otras veces los mismos Santos Padres acusan a estos herejes de poner sus doctrinas bajo el nombre de algún apóstol, preferentemente Santiago o Tomás. Las informaciones de los Santos Padres se han confirmado con la aparición de unas cuarenta obras gnósticas en Nag Hammadi (Egipto) en 1945. Normalmente presentan presuntas revelaciones secretas de Jesús que carecen de cualquier garantía. Suelen imaginar al Dios Creador como un dios inferior y perverso (el Demiurgo), y la adquisición de la salvación por parte del hombre a partir del conocimiento de su procedencia divina.
Otra característica de los Apócrifos es que no transmiten la enseñanza pública de Jesús, como los Evangelios del Nuevo Testamento, sino otra enseñanza privada, esotérica, elitista, que Jesús sólo habría comunicado a un personaje privilegiado, al que quería más que a los demás (en esto imitan al Evangelio de Juan). Ésta sería otra razón más para explicar por qué se habían dado a conocer tan tarde.
Fundamentalmente, los Evangelios apócrifos encontrados a lo largo del tiempo son de dos tipos. Unos más populares y (a excepción del Proto- Evangelio de Santiago) menos antiguos que los del segundo grupo. Los más famosos entre ellos son conocidos como Apócrifos de la natividad y de la infancia de Jesús. Éstos hace ya tiempo que eran conocidos y habían sido publicados. Los otros son los conocidos como Evangelios gnósticos, más elitistas, más intelectuales y, en general, más antiguos que el grupo anterior.
Prácticamente toda la información sobre María esta tomada de estos relatos, Proto evangelio de Santiago, Evangelio del Pseudo Mateo, Evangelio de la Natividad de María, Evangelio Armenio de la Infancia, entre otros. Los evangelios tradicionales apenas si la mencionan en circunstancias puntuales, como la Anunciación, las Bodas de Caná y la Crucifixión. Los textos apócrifos de la infancia relatan la historia de la Virgen, como puede ser la esterilidad de sus padres Joaquín y Ana, su Inmaculada Concepción mediante un casto beso en la Puerta Dorada, su presentación en el templo, las varas de los pretendientes, su desposorio con José, etc.
Ya en el siglo II los cristianos veneraban a la Virgen llamándola Madre de Dios para resaltar la divinidad de Jesús. Durante las controversias del siglo IV respecto a la naturaleza divina y humana de Jesús, las escrituras devocionales y teológicas empezaron a referirse a la Virgen con el título de Madre de Dios, lo que se re afirmo en el Concilio de Efeso.
Muy vinculado al de Virgen María, el calificativo de Madre de Dios pone de relieve la concepción virginal de Jesús (Lc. 1,35) , reafirmando que su verdadero padre es Dios y no José.
Virgen santa o bendita, como se la llamó desde los siglos II y III, expresa la creencia de que su íntima unión con Dios a través del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, la dejó libre de pecado. Un concilio romano celebrado en 680 se refirió a ella como “siempre virgen santísima e inmaculada”.
Entre los siglos IV y VII surgieron en la Iglesia oriental y en la occidental festividades en honor de varios acontecimientos de la vida de María. La Natividad de la Virgen, narrada en el protoevangelio apócrifo de Santiago, se celebra el 8 de septiembre, el 25 de marzo la Anunciación, el 2 de febrero su purificación en el templo y el 15 de agosto su muerte y Asunción a los cielos.
Una de las principales razones del espectacular crecimiento experimentado por la devoción a la Virgen a finales de la edad media (siglos XIII-XV) se encuentra en la imagen de Cristo que se desarrolla desde comienzos de la época medieval, María empezó a ser considerada como una figura capaz de interceder por los pecadores. El miedo a la muerte, y al Juicio Final provocado por la epidemia de peste negra del siglo XIV, convirtió a la Virgen en mediadora de la misericordia de Jesucristo.
A pesar de que no se discutía dentro de las enseñanzas católica romana y ortodoxa oriental la idea de que María había ascendido al cielo, no fue hasta 1950 donde esta creencia se hizo dogma.
El estudio teológico de la Virgen María, suele denominarse hoy Mariología. Esta abarca el estudio del papel que desempeña la Virgen María. No solo se trata sobre su vida sino también sobre su veneración principalmente en el catolicismo romano, la iglesia Ortodoxa, la Comunión Anglicana, y sobre su aspecto en la moderna y antigua Cristiandad.
Los autores antiguos trataban las cuestiones marianas sin agruparlas entre sí formando un tratado único, sino ocupándose de ellas cuando las suscitaba la exposición de algún tema afín: por ejemplo, la Maternidad de María en el tratado del Verbo Encarnado, su Concepción inmaculada al hablar del pecado original, etc. Como ya dijimos, desde el s. XVII se tiende, en cambio, a unir las cuestiones marianas en un tratado propio, dando así origen a la M. como rama de la Teología.
A partir de los siglos II-III hubo una floración de textos apócrifos marianos que tratan de dar una respuesta a los hechos pasados por alto en los Evangelios canónicos relacionados con la prehistoria de María, su educación, su conducta durante la infancia de Jesús, temas apenas tratados por Mateo o por Lucas, además de la actuación de María durante el apostolado de su Hijo y especialmente durante su pasión, muerte y resurrección. Estos temas presentan una doctrina teológica digna de consideración, en armonía con la teología oficial de la Iglesia, aunque formulada ala manera popular.
Es decir, los evangelios canónicos solo proporcionan un relato fragmentado de su existencia, mencionándola en relación con los comienzos y el final de la vida de Jesús. Mateo habla de ella como esposa de José que “concibió por obra del Espíritu Santo” antes de que “conviviesen” como marido y mujer. Después de nacer Jesús, María esta presente en la vivita de los Reyes Magos, en la huida a Egipto y de regreso a Nazaret. Marcos solo habla de ella como madre de Jesús. La natividad de Lucas incluye la anunciación del ángel Gabriel a María de la llegada de Jesús, la visita a Isabel, madre de Juan el Bautista y pariente, el himno de María, el Magníficat y la visita de los pastores al portal de Belén. Lucas también se refiere a la perplejidad de María cuando encontró a Jesús en el Templo discutiendo con los doctores a los 12 años. El evangelio según Juan no habla de la infancia de Jesús ni menciona el nombre de María, a la que se refiere como “la madre de Jesús”, que esta presente en el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná y en su muerte.
Es difícil establecer si los textos escritos surgieron como consecuencia de los relatos que ya circulaban oralmente, o si las expectativas y curiosidad de los fieles fueron deliberadamente satisfechas por historias redactadas ex profeso, aunque obedecían a distintas intencionalidades doctrinarias, dogmáticas y propagandísticas. Los evangelios apócrifos complementan los que los canónicos no especifican, llenan los huecos que la memoria o el desconocimiento dejan vacíos y explican situaciones apenas insinuadas en los textos oficiales. Pero, sobre todo, pueblan sus relatos con detalles anecdóticos que darán origen a muchas expresiones plásticas, aunque ciertamente, la sobreabundancia de detalles puede llevar a un obvio escepticismo en cuanto a su autenticidad.
La intencionalidad, fue la de rectificar algún dogma en peligro, como la necesidad de reafirmar la virginidad perpetua de María (antes y después del parto) para contrarrestar las numerosas menciones de los “hermanos y hermanas “de Jesús en los textos oficiales, contradicción la que hace frente el Proto evangelio de Santiago.
Común a todos ellos, a diferencia de los evangelios canónicos, es su gusto, más bien ingenuo y popular, por destacar la actuación maravillosa de Dios (o de Jesús) en esta etapa del niño Jesús. También sobresale el afán por explicar la niñez de María (destacando hasta lo inverosímil su separación de todo lo que pueda tener que ver con una niñez normal), y por defender su virginidad perpetua. Esto último es lo que ocurre en el Protoevangelio de Santiago (XX 1-4), que cuenta que la comadrona quiso meter la mano para constatar si María seguía virgen después del parto. La mano se le carbonizó, pero al tomar, luego, al niño se le curó.
Todos estos apócrifos se distinguen por su imaginación creadora, oriental, ingenua y maravillosista, a la que encantan los rasgos legendarios, fantásticos, pues con ello cree poder destacar más el poder sobrenatural de Dios y el de Jesús. O por fomentar un tipo determinado de piedad mariana ajena al Nuevo Testamento: pues éste da una imagen mucho más humana de María, destacando su gran fe (basta con ver la María que pinta Lucas).
Si las Iglesias cristianas no los aceptaron como “canónicos”, se debió, no sólo a que la mayoría de ellos son tardíos sino, sobre todo, a que la imagen de Dios y de Jesús que presentan, destaca tanto los rasgos maravillosos, poco concordes con la humanidad de Jesús, que parece contradecir el obrar de Dios tal como lo conocemos por los evangelios canónicos. En este sentido, fomentan una concepción falsa o, por lo menos, muy poco adecuada de Dios y de su actuación en el mundo. Por ello, las Iglesias no los reconocieron como inspirados por Dios. En cambio, tuvieron mucho éxito entre los grupos que negaban que Jesús fuera realmente humano. Y aprovecharon la ignorancia del pueblo sencillo (y, a veces, también del clero), para fomentar unas imágenes de Jesús y de María que no son las reveladas por Dios.
El que se trate de un texto auténtico, es decir, original y antiguo, no significa automáticamente que sea verdadero o que aporte realmente hechos históricos que no conocíamos hasta ahora. Puede ser producto de la imaginación del que lo ha escrito o de los intereses del grupo que quiere defender su manera de interpretar a Jesús con este escrito.
Los cuatro evangelios canónicos no son los únicos que se escribieron en los primeros siglos del cristianismo. Pero sí son los más antiguos (escritos entre los años 70 y 100, mientras que los apócrifos empezaron a escribirse a partir de la segunda mitad del siglo II). Ante su aparición, las distintas Iglesias cristianas tuvieron que dilucidar qué evangelios reflejaban con suficiente fidelidad histórica lo que había sucedido, y lo narraban de modo que expresara bien la fe apostólica de la Iglesia. Para ello elaboraron dos criterios fundamentales: la cercanía del escrito al tiempo en que se fraguó la tradición apostólica, y además, si habían sido leídos en la liturgia de las Iglesias con provecho y con la convicción de que recogían la tradición apostólica testimoniada por las comunidades.

Evangelios Apócrifos:


Evangelio de la natividad de María: (partes) – María y sus padres-Maldición de Joaquín por Isachar- Aparición de un ángel a Joaquín- Aparición de un ángel a Ana- Nacimiento de María- Presentación de María al templo-Negativa de la virgen a contraer matrimonio ordinario-Recae en José la elección de esposos para la virgen-Revelación hecha por un ángel a la virgen-Revelación hecha por un ángel a José.
Proto evangelio de Santiago: Dolor de Joaquín- Dolor de Ana- Trenos de Ana- La promesa divina- Concepción de María- Fiesta del Primer año- Consagración de María en el templo-Pubertad de María -José guardián de María-El velo del templo- La Anunciación- La visitación- Vuelta de José- José, confrontado por un ángel- José ante el GRAN Sacerdote- La prueba del Agua-Visión de los pueblos- Pausa de la naturaleza- El hijo de María, en la gruta- Imprudencia de Santo lome-Visita de los Magos- Furor de Herodes- Muerte de Zacarías- Nombramiento de nuevo Gran Sacerdote.
Evangelio árabe de la infancia: Palabras pronunciadas por Jesús en la cuna- Viaje de María y de José a Bethlehem- La partera de Jerusalén- Adoración de los pastores- Circuncisión- Presentación de Jesús en el templo- Llegada de los magos- Vuelta de los magos a su tierra- Cólera de Herodes. La huida a Egipto- Llegada de la Sagrada Familia a Egipto. Caída de los ídolos- Curación del hijo del sacerdote idólatra- Temores de María y de José- Liberación de viajeros capturados por bandidos- Curación de una poseída- Curación de una joven muda.

Evangelio Canónico:


Evangelio de Lucas: Introducción, Un ángel anuncia el nacimiento de Juan Bautista, la anunciación, María visita a su prima Isabel, primeros paso de Juan Bautista, Jesús nace en Belén, Jesús es presentado en el templo.

Lucas, médico sirio, se convirtió a la fe cristiana cuando los primeros misioneros salieron de las comunidades de Jerusalén y de Cesárea para llevar el Evangelio más allá de las fronteras del país judío. Luego dejó su patria para acompañar al apóstol Pablo.
Llegó a Roma, capital del mundo entonces conocido, donde permaneció durante dos años, por lo menos y se encontró con Pedro y Marcos, y predicaban entren los cristianos de Roma.
Cuando escribió su evangelio, hacia el año 70, tenía ante su vida varios escritos que contenían hechos y milagros de Jesús, los mismos que usaron Marcos y Mateo. Pero también había recogido durante sus viajes otros relatos que provenían de los primeros discípulos de Jesús, y que guardaban las iglesias más antiguas de Jerusalén y de Cesárea. De ahí provienen los dos primeros capítulos de su evangelio, que nos habla de la infancia de Jesús, a partir de datos que le debió proporcionar su madre, María.
Lucas era de cultura y escribía para griegos, no produjo como Marcos y Mateo, detalles que se referían a leyes y costumbres judías, pues no habrían sido entendibles para sus lectores.
Este veía en el evangelio la fuerza que reconcilia a los hombres con Dios, y a los hombres entre si. Por eso se preocupo de transmitirnos las parábolas de la misericordia y las palabras que condenan el dinero, factor de división entre los hombres. Así mismo notó el trato tan sencillo de Jesús con las mujeres en un mundo que las tenía totalmente marginadas.
En su relato describe como el Salvador ha sido deseado y acogido por una madre. Una jovencita acepta libre y conscientemente ser la servidora del Señor y llega a ser Madre de Dios.
El nombre de la virgen era María. Dos veces Lucas usa la palabra virgen. ¿Por qué no dijo una joven, o una muchacha, o una mujer? Sencillamente porque se refiere a las palabras de los profetas que afirmaban que Dios sería recibido por la virgen de Israel. El Dios Salvador al llegar debería ser recibido por un pueblo virgen, es decir, que hubiera depuesto sus propias ambiciones para poner su porvenir en manos de su Dios. Dios debía ser acogido con un corazón virgen, o sea; nuevo y no desgastado por la experiencia de otros amores. Incluso en tiempos de Jesús, muchos, al leer la profecía de Isaías 7,14, sacaban la conclusión que el Mesías nacería de una madre virgen.
Ahora bien; el Evangelio nos dice: María es la virgen que da luz al Mesias.
¿Cómo podré ser madre? El ángel precisa que el niño nacerá de María sin intervención de José. El que va a nacer de María en el tiempo es el mismo que ya existe en Dios, nacido de Dios, Hijo del Padre (ver Jn 1,1). Y su concepción en el seno de María no es otra cosa que una venida de Dios a nuestro mundo.
El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Los libros sagrados hablaban de la nube o sombra que llenaba el Templo (1 R 8,10), signo de la presencia divina que cubría y amparaba a la Ciudad santa (Sin 24,4). Al usar esta figura, el Evangelio quiere decir que María pasa a ser la morada de Dios desde la cual obra sus misterios. El Espíritu Santo viene, no sobre su Hijo, sino primeramente sobre ella, para que conciba por obra del Espíritu, como acostumbramos decir, puesto que se excluyó toda intervención de varón. Jesús es concebido en ella por efecto de la total adhesión de María a la Palabra única y eterna del Padre.
Jesús ha sido concebido de una madre virgen. Pero María, antes que viniera el ángel, ¿había pensado en consagrar a Dios su virginidad? El Evangelio no da otra precisión al respecto que la palabra de María: no tengo relación con ningún hombre. Recordemos que María está a punto de casarse y ya está comprometida con José; lo que, según la Ley judía; les da los mismos derechos del matrimonio (Mt 1,20). En estas condiciones, sus palabras no tienen sentido, o difícilmente se pueden explicar si María no estaba decidida ya a mantenerse virgen. Esto es lo que se refleja en el proto evangelio de Santiago.
Virgen debía ser aquella que, desde el comienzo, fue elegida por Dios para recibir a su propio Hijo en un acto de fe perfecta. Ella, que daría a Jesús su sangre, sus rasgos hereditarios, su carácter y su educación primera, debía haber crecido a la sombra del Todopoderoso, cual flor secreta que nadie hiciera suya, y que hubiera renunciado a todo menos al Dios vivo. Y en adelante sería el modelo de todos, pues cualquier creyente, en un grado distinto según la misión de cada uno, renuncia a muchas cosas para arriesgarse en un camino en que la única recompensa es Dios.
María fue la que participó a la Iglesia primitiva los secretos de la concepción de Jesús. ¿Cómo expresaría una experiencia tan interior, y cómo la relatarían? Pues Dios no suele comunicarse con sus grandes santos y profetas mediante visiones, o, si las hay, no es lo más importante. Todo se decide en un encuentro íntimo de persona a persona. El ángel fue enviado. Espíritu enviado por Dios-Espíritu; reflejo de Dios que en la aparición solamente muestra y dice lo que Dios está realizando en el alma de María. Lucas, al escribir, respeta este misterio. Nos señala un nombre, Gabriel, no porque imaginaría los ángeles en forma de hombres y llevando un nombre como nosotros. Este nombre de Gabriel tiene valor de enseñanza en la tradición bíblica.
El ángel Gabriel. Según los judíos de aquel tiempo, solamente siete ángeles, más elevados en dignidad, podían entrar a la presencia de Dios, y llamaban Gabriel a uno de ellos, el cual interviene en el libro de Daniel para anunciar la hora de la salvación (Dn 8,16 y 9,24). Así, pues, al hablar de Gabriel, el Evangelio nos da a entender que para María todo empezó con la certeza de estar en el lugar y a la hora en que se decidía la suerte del mundo.
Alégrate. Es el llamado gozoso que los profetas dirigían a la «hija de Sión», o sea, a la comunidad de los humildes en espera de la venida del Salvador (So 3,14; Za 9,9).
Llena de gracia. La palabra que usa el Evangelio significa en forma precisa: amada y favorecida. Otros habían sido amados, elegidos, favorecidos; pero aquí viene a ser como el nombre propio de María.
Estas palabras la impresionaron muchísimo. Pero no se habla de miedo, como en el caso de Zacarías (1,12). Pues desde el primer momento en que se había despertado el espíritu de María, estaba consciente de la presencia de Dios que inspiraba todas sus decisiones; así que la comunicación divina no le produce ahora temor. Pero sí le impresiona la sentencia divina que le revela su vocación sin par.
Vas a quedar embarazada. Ya dijimos que esta frase se refiere a la profecía de Is 7,14. Isaías anunciaba al que sería Emanuel, o sea: Dios-con-nosotros; María lo nombrará Jesús, que significa: salvador.
Gobernará por siempre el pueblo de Jacob (o sea el pueblo de Israel)]: Es una manera de decir que Jesús es el salvador, descendiente de David, anunciado por los profetas 2 Sam 7,I6; Is 9.6.
Será grande, Sin más, y no grande ante Dios cómo se dice de Juan Bautista, que no era más que hombre (1,15). Hijo del Altísimo e hijo de David: estos dos calificativos designaban al Mesías o Salvador esperado (2 Sam 7,14; Sal 2,9). Debido a eso se precisó que José era de familia de David, ver comentario de Mt 1,20.

LA SERVIDORA DEL SEÑOR

Yo soy la servidora del Señor. Con estas palabras, María no se rebaja en un gesto de falsa humildad: expresa más bien su fe y su entrega. De ella va a nacer el que es a la vez el servidor anunciado por los profetas (Is 42,1; 50,1; 52,13) y el Hijo único (Hebr 1).
Muchos se equivocan con esta palabra servidora hasta tal punto que ven a Dios como un todopoderoso que usa de sus servidores para sus propios fines sin detenerse en mirarlos y amarlos. Para ellos, Dios decaería de su grandeza si diera a María una responsabilidad verdadera en la Encarnación de su Hijo y la hiciera digna de su hijo. Según ellos lo propio de Dios es de decidir, de actuar y de crear sin nosotros, que sólo somos sus instrumentos; luego Dios solo necesitaba de María para dar un cuerpo humano a su Hijo.
Pero esto es muy contrario al espíritu de la Biblia que realza los esfuerzos de Dios por convivir con los hombres (Dt 4,7; Pro 8,31). Dios no necesitaba una servidora para fabricar un cuerpo humano, sino que buscaba una madre para su Hijo y, para que María lo fuera de verdad, era necesario que Dios la hubieramirado con amor antes que a cualquier criatura. Por eso se le dijo: Llena de gracia.
Llamamos gracia a ese poder que tiene Dios para sanar nuestro espíritu, para infundir en él la disposición para creer, hacer que sintonicemos con la verdad y que el gesto de amor verdadero nazca de nosotros en forma a la vez espontánea e inesperada. Llamamos gracia a eso que se desprendió del Dios vivo para germinar en nuestra tierra: Is 45,8; Sal 85,11.
María es realmente llena de gracia, porque Jesús nació de ella tal como nace del Padre. No es hijo de ella solamente por la carne, hijo extraño a su madre, como creen los protestantes, sino hijo de su alma y de su fe, por ser ella la servidora del Señor, la que creyó (Lc 1,45) y en la que Dios hizo cosas grandes (Lc 1,49). Por eso la Iglesia entiende que María ocupa un lugar único en la obra de nuestra salvación. Ella es la maravilla única que Dios quiso realizar en los comienzos de una humanidad reformada a su semejanza. Al lado del Hijo de Dios hecho hombre, ella es la criatura que Dios elevó y acercó a sí mismo para poder, en ella, comunicarse al mundo. Al lado de Cristo, nuevo Adán (Rom 6,14 y 1 Cor 15,45), ella es la verdadera Madre de los vivientes, la Mujer de la nueva creación que se contrapone a Eva pecadora.
María, respondiendo a la invitación discreta del ángel, ha ido a compartir su alegría con la anciana Isabel; su prima. Y se cumple lo dicho a Zacarías: «Tu hijo será lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre». Lo más importante en la historia no es lo más espectacular. El Evangelio prefiere señalar los acontecimientos que fueron portadores de vida. Algunos años después, las muchedumbres judías caminarán hacia Juan Bautista en busca de Salvación, pues, reconocerán que Dios le comunicó el fuego de su Espíritu y de su Palabra. Pero nadie se preguntará sobre cómo recibió el Espíritu de Dios. Y nadie sabrá que María, la niña humilde, puso en movimiento los resortes del plan de Dios en aquel día de la Visitación.
Referente al Canto de María. Ella, tan discreta en el Evangelio, y que no tomará parte en el ministerio de Jesús, es la que proclama la revolución histórica ya empezada con la venida del Salvador:
-misericordia de Dios que cumple sus promesas,
-vuelco de las condiciones humanas.
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