Cavarozzi: Autoritarismo y democracia.
I. El fracaso de la semidemocracia y sus legados.
En 1955, una insurrección cívico-militar puso fin al gobierno peronista. Pero no sólo produjo el derrocamiento de Perón, sino que también logró desmantelar el modelo político prevaleciente durante los diez años anteriores. El modelo Peronista, basado en la relación directa del líder y las masas, había hecho de Perón el depositario único del la representación del pueblo. De esta forma, los canales parlamentarios y partidarios eran permanentemente relegados y perdían relevancia en la escena política. El peronismo, además, consideraba a la actividad opositora como la representación de intereses sectoriales ilegítimos.
Los líderes del golpe del 55 caracterizaron al régimen peronista como una dictadura totalitaria y levantaron los estandartes de la democracia y la libertad, poniéndose como objetivo el establecimiento de un régimen parlamentario y de partidos. Sin embargo, este proyecto se frustró recurrentemente: en 1957, en 1962 y en 1966. Entre 1955-1958 y entre 1962-1963, el gobierno fue ocupado por militares, pero no se propusieron reemplazar la democracia parlamentaria por un régimen político alternativo, ni posponerla para un futuro distante; sino que el principal objetivo era la proscripción del peronismo (y su definitiva erradicación).
Estos intentos frustrados de estabilidad institucional después de 1955, configuraron nuevos modos de hacer política que implicaron una profunda redefinición de los patrones de procesamiento de los conflictos y relaciones socioeconómicas. Estos nuevos modos dejaron un legado político-ideológico con el que tuvieron que lidiar los actores a partir de 1966.
Los elementos más importantes de esos nuevos modos de hacer política son tres:
a) El surgimiento de desfasajes significativos entre el nivel de los intereses económicos, por un lado, y de los bloques políticos, por el otro.
b) La formación de un movimiento sindical peronista con características nuevas, que se constituyó en un actor político autónomo.
c) El ingreso de los militares a la arena política asumiendo un rol tutelar en el marco de los regímenes semidemocráticos y expandiendo su esfera de intervención con el objetivo de acabar con las prácticas parlamentarias y democráticas.
Argentina pos ´55: una comunidad política desarticulada.
El derrocamiento del gobierno peronista en 1955, fue promovido por un amplio frente político que incluyó a todos los partidos no peronistas, los representantes de las clases medias y la burguesía urbana y rural, las Fuerzas Armadas y la Iglesia; pero todos perseguían objetivos dispares. El frente pudo mantenerse unido durante un cierto tiempo bajo la bandera de la democracia, que fue levantada oponiéndola al carácter dictatorial y totalitario atribuido al peronismo. Ellos creyeron que la mera denuncia de los “crímenes de la dictadura”, acompañada de un proceso de reeducación colectiva llevaría a una progresiva reabsorción de los ex peronistas por partidos y sindicatos “democráticos”. Sin embargo, el peronismo sobrevivió a su caída y se constituyó en el eje de un vigoroso movimiento opositor.
La exclusión del peronismo introdujo una profunda disyunción entre la sociedad y el funcionamiento de la política en Argentina dando lugar a un sistema político dual. El sector popular, que se había expresado principalmente a través del Peronismo, quedó privado de toda representación y por eso las presiones que ejercieron fueron de carácter extrainstitucional y el movimiento sindical peronista se transformó en la expresión más poderosa del sector.
Los partidos no peronistas y militares fueron, poco a poco, a presentar diferencias en algunos casos antagónicas. Esto sucedió por dos razones: por un lado porque los militares fueron perdiendo su “vocación democrática” para respaldar regímenes autoritarios, y por el otro, porque los partidos no peronistas se transformaron en el principal canal de expresión de una compleja interacción entre dos controversias. La primera controversia se definió en torno al rol del gobierno con respecto a la erradicación del peronismo. Las diferentes posiciones iban desde el “integracionismo” hasta el “gorilismo”. La segunda controversia estaba vinculada al modelo socioeconómico. Había tres posiciones: el populismo reformista, la postura desarrollista y la liberal.
El populismo reformista no cuestionaba las bases del modelo peronista, sino que alentaba promover los intereses de clase obrera y la burguesía urbana y proponía una política nacionalista moderada que impidiera, o limitara, la presencia del capital extranjero en sectores como energía, comunicaciones y producción de bienes de capital. Esta posición combinaba elementos reformistas y populistas y fue promovido por el radicalismo. En 1956, el partido se dividió: UCR Intransigente, frondizista, era partidaria de una legalización gradual del peronismo y la UCR del Pueblo con una postura más dura, cercana a la de los militares quería proscribirlo.
En 1958, Frondizi redefinió su orientación económica hacia el desarrollismo. El desarrollismo sostenía que el estancamiento económico de la Argentina se debía a un retardo en el crecimiento de las industrias de base, lo que podía superarse con una profundización que incluyera la expansión de la producción de bienes de capital e intermedios y de la infraestructura económica. Para resolver la contradicción de la conciliación de clases era necesario disminuir el salario de los trabajadores y así aumentar la renta de los industriales ya que este era un requisito para la inversión. Por otro lado, se requería la incorporación masiva de capital extranjero a la economía.
La posición liberal, criticaba el modelo de conciliación de clases pero también la premisa según la cual el desarrollo industrial debía ser el núcleo dinámico de una economía cerrada. Ellos proponían la apertura de la economía argentina y su reintegración al mercado internacional mediante la reducción de aranceles y la eliminación de las protecciones, además una drástica reducción de la intervención del estado en la economía y la restauración del sector privado.
El movimiento peronista proscripto se expresó en la escena política y fue uno de los factores determinantes de los modos en que las organizaciones políticas y sociales que encarnaron las tres posiciones definieron y resolvieron los conflictos surgidos durante el periodo.
Los liberales oscilaron pendularmente debido a que los partidos que articularon las posiciones desarrollista y populismo reformista, la UCRI y la UCRP, combinaron la política y la economía de una manera contradictoria desde la perspectiva liberal. Los liberales, que no tenían la posibilidad de expresarse a través de un partido conservador fuerte, proponían: a) erradicar definitivamente al peronismo y el sindicalismo peronista, b) reducir drásticamente la intervención del estado y c) eliminar los sectores industriales ineficientes. Por eso se vieron forzados a elegir entre lo que en última instancia percibieron como dos “males menores”. El desarrollismo y el populismo reformista. Cuando eligieron dar prioridad a sus objetivos económicos, entre 1959 y 1961, tendieron a aliarse al desarrollismo, mientras que si priorizaban sus objetivos políticos, como en 1956-1958 y aunque en menor medida en 1962-1963, se unían al populismo reformista.
Por lo tanto, uno de los rasgos sobresalientes de la disyunción que recorrió al antiperonismo a lo largo del periodo fue que cada uno de los resultados estuvo determinado por el sentido en el que oscilaron los liberales. Sin embargo, los liberales ejercieron una influencia mínima en la política y la economía. Y para mediados de la década de 1960, optaron por una estrategia abiertamente antidemocrática poniendo énfasis en la necesidad de eliminar las mediaciones políticas, los partidos y los mecanismos parlamentarios que, supuestamente, impedían la implementación del programa liberal.
Los sindicatos peronistas en la oposición.
El régimen militar fracasó rotundamente en su intento por erradicar al peronismo de la clase trabajadora, como tampoco logró imponer su proyecto de filiación y representación sindical múltiple. Sin embargo, estos intentos produjeron cambios importantes al interior del movimiento obrero a partir de 1955.
El estilo de control de la clase trabajadora establecido durante la época peronista fue radicalmente modificado y creó las condiciones para el surgimiento de un movimiento sindical peronista enteramente diferente que ganó cierta independencia de frente a Perón y fue capaz de desarrollar su propia estrategia política.
Sin embargo, Perón no desapreció de la escena política argentina ni del peronismo luego del ´55 aunque su rol sufrió cambios significativos: su figura emergió como el principal símbolo del retorno a un pasado mejor, y eso se contituyó en la principal base del atractivo que despertó en las masas. Además, perdió su poder para controlar a los líderes peronistas y algunos generaron sus propias bases de poder desafiando incluso la autoridad del “líder”. Se trataba de un peronismo menos subordinado a la autoridad de Perón, que se fue transformando en un peronismo cada vez más proletario. El voto de los trabajadores se transformó en un instrumento de presión y negociación, comparable a los paros y huelgas. Los líderes del peronismo desarrollaron una aptitud de la que habían carecido hasta 1955, la capacidad de negociar con actores políticos no peronistas. El poder del movimiento sindical peronista se amplió después de 1955 y su poder se apoyó en bases bastante diferentes. Los sindicalistas peronistas reclamaban continuamente la restauración de su situación anterior. La alianza entre la burguesía nacional y la clase obrera bajo el tutelaje del estado protector, políticas económicas redistributivas, nacionalismo, la definición de la oligarquía como el principal adversario social de las fuerza “nacionales y populares” y el poder arbitral de Perón. El retorno de Perón, poco a poco, dejó de ser el objetivo principal del movimiento sindical peronista para pasar a ser un mito que cumplía dos funciones: permitir a los líderes sindicales interpelar a los obreros como obreros peronistas, y liberarlos de las responsabilidades de las consecuencias de su estrategia. Por tanto, los objetivos económicos se entrelazaron con los políticos.
Las prácticas del movimiento sindical combinaron dos elementos: un patrón de esporádicas penetraciones en los mecanismos de representación parlamentaria que se manifestó en la capacidad de los líderes para influir sobre la conducta electoral de los obreros y una acción de desgaste a largo plazo que se ejerció contra los regímenes que excluyeron al peronismo.
Las administraciones del periodo 1955-1966, tanto civiles como militares, resultaron debilitadas por los efectos que produjo la exclusión del peronismo. El movimiento sindical se volvió una fuerza subversiva, contribuyeron a crear circunstancias que indujeron a los militares a deponer a las administraciones civiles, o frustraron los objetivos de los regímenes militares obligándolos de ese modo a abandonar el poder.
A pesar de todo, la resistencia sindical no logró revertir algunos de los cambios introducidos en la economía, si bien impidió la completa ejecución y consolidación de los proyectos de estabilización y crecimiento de fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, pero no pudo revertir las significativas transformaciones sufridas por la economía argentina a partir de 1959.
Los militares del periodo posterior a 1955: nuevos estilos de intervención política.
1955 inauguró un nuevo patrón de intervención militar en la política argentina. Durante una primera etapa, los militares desarrollaron un estilo de intervención tutelar que resultó en la exclusión del peronismo del proceso electoral y de las instituciones representativas del estado, y el ejercicio de presiones y de su poder de veto sobre las medidas e iniciativas políticas del gobierno instalado en 1958. El peronismo y, luego de 1959, el comunismo fueron equiparados a la “antidemocracia”.
Entre los años 1959 y 1963, la fragmentación militar alcanzó su punto más crítico, a raíz de confrontaciones entre facciones opuestas. La victoria de una de ellas, los “azules”, y la emergencia del Gral. Onganía como hombre fuerte del ejército abrió el paso a una profunda revisión de la estrategia militar. La intervención tutelar fue abandonada y las fuerzas armadas asumieron la responsabilidad única en el manejo de los asuntos públicos, con la consiguiente exclusión de los partidos políticos y la abolición de los comicios y mecanismos parlamentarios. Así se daba por concluido el experimento semidemocrático iniciado en 1955, ya que tenía, según el punto de vista de los militares dos inconvenientes: creó las condiciones que incentivaban la fragmentación militar, y además inducía a los políticos a no trascender las demandas de los diversos sectores sociales, haciendo de este modo, imposible el crecimiento económico sostenido, proveyendo un terreno fértil para la subversión.
Este diagnóstico fue recibido con beneplácito por los liberales, ya que el golpe militar y la posibilidad de fundar un régimen no democrático, permanente y estable, apareció como una opción tentadora.
La Revolución Rusa.
En 1917 se produjo en Rusia una revolución que ejerció una gran influencia en el desarrollo histórico del siglo XX. Por primera vez tuvo éxito un movimiento revolucionario inspirado en las ideas socialistas – particularmente en las teorías de Marx- , y que se propuso como objetivo trasformar radicalmente las bases de la sociedad capitalista, aboliendo la propiedad privada de los medios de producción y reemplazándola por la propiedad colectiva. Para sus contemporáneos, la Revolución Rusa tuvo un gran impacto: algunos vieron con esperanza la posibilidad de que los ideales socialistas del siglo XIX comenzaran a concretarse; otros temieron que su expansión más allá de Rusia significaran la pérdida de sus propiedades.
Contrariamente a lo que pensaba Marx, la Revolución socialista no tuvo lugar en un país industrialmente avanzado, en el que se suponía que las contradicciones entre la clase burguesa y obrera eran más fuertes. En 1917 el Imperio Ruso tenía una economía fundamentalmente agraria, con una población mayoritariamente campesina, una clase obrera poco numerosa y una burguesía débil.
Para comprender la complejidad del proceso histórico que condujo a la revolución de 1917 y a la organización del primer estado socialista – la Unión Soviética-, deben tenerse en cuanta, en primer lugar, las características y de la economía y la sociedad de la Rusia zarista, y las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, en la que Rusia participó de manera directa junto a Francia y Gran Bretaña.
La Rusia zarista.
En el Imperio Ruso de los zares coexistían elementos característicos de una sociedad feudal – como la economía de base rural, campesinos en estado similar a la servidumbre y el aparato estatal absolutista – con otros de una sociedad altamente industrializada. A diferencia de lo ocurrido en Europa Occidental, en Rusia la industrialización no fue el resultado de profundas transformaciones en la organización feudal de la economía y la sociedad. La burguesía rusa no tenía capital suficiente para impulsarla. Por eso y para superar los obstáculos que significaban la enorme extensión del territorio, el atraso tecnológico y la bajísima producción industrial fueron necesarios capitales extranjeros. Atraídos por las ventajas ofrecidas por los zares, las inversiones de capitales europeos – en especial los franceses – produjeron el crecimiento acelerado de la producción industrial. Pero sólo se desarrollaron algunos centros industriales, como Moscú y San Petersburgo, mientras que en la mayor parte de la sociedad no se produjeron cambios.
La industrialización rusa se produjo de manera muy concentrada, ya que las fábricas que se instalaron fueron de enormes dimensiones y se agrupaban en torno a unos pocos centros urbanos, mayoritariamente en la región de Ucrania, donde se producían las tres cuartas partes del carbón y los dos tercios del acero ruso. Un símbolo de este crecimiento industrial acelerado y concentrado fue el ferrocarril Transiberiano, cuyos 70.000 kilómetros fueron construidos en menos de cuarenta años.
Pero el desarrollo económico era muy desigual, ya que la agricultura avanzaba a un ritmo más lento y no era capaz de producir suficiente alimento para una población tan numerosa.
De esta organización económica resultaba una sociedad formada por una gran mayoría de campesinos pobres que no eran propietarios de la tierra que trabajaban; un limitado número de obreros industriales, concentrados en unas pocas ciudades que crecían rápidamente; y una minoría privilegiada, compuesta de nobles propietarios de tierras, de un sector de campesinos ricos (los kulaks), de latos funcionarios del Estado zarista y de una reducida burguesía industrial asociada al capital extranjero. En este contexto económico y social se produjo la revolución de 1917.
La oposición social y política: los soviets y los partidos.
A comienzos de 1917 existían múltiples demostraciones de oposición social al régimen zarista. Los tres grupos más perjudicados por la crítica situación rusa eran los campesinos, los soldados y los obreros.
Los campesinos no habían mejorado sus condiciones de vida, a pesar de que legalmente la servidumbre se había abolido en 1861. La vida de los 85 millones de campesinos pobres empeoraba cada año, debido al crecimiento demográfico – la población aumentaba aproximadamente en tres millones por año –, a la falta de tierras y a la escasez de alimentos. Sus quejas se dirigían fundamentalmente contra los kulaks.
La situación de los soldados rusos que combatían en la Primera Guerra Mundial era penosa: cientos de miles de hombres morían en el frente o resultaban heridos o capturados. Los soldados ya no deseaban morir por el zar y muchos de ellos desertaban o desobedecían las órdenes de los oficiales zaristas, debilitando aún más al ejército ruso en retirada. El gran número de muertes en el frente y la necesidad de incorporar nuevos soldados repercutía negativamente sobre la economía de las familias campesinas. Los hombres capacitados para trabajar eran enviados a combate.
La vida de los obreros industriales también era difícil debido a los bajos salarios, al aumento de precios de los alimentos y a la falta de combustible en las ciudades para afrontar duros inviernos. Las huelgas se multiplicaron y la situación se hizo cada vez más tensa, a medida que la economía del país se resentía por los efectos de la guerra.
Para hacer vales sus demandas y coordinar sus acciones de protesta, los campesinos, los soldados y los obreros comenzaron a organizarse espontáneamente, formando consejos o comités llamados soviets. La proliferación de los soviets de soldaos, de obreros y de campesinos creó las condiciones favorables para una revolución social.
La oposición al zarismo también la expresaban distintos partidos políticos, que diferían en los apoyos sociales que recibían y en sus objetivos y tácticas de lucha. Los sectores de la burguesía liberal se agrupaban en el Partido Constitucional demócrata (PKD); eran partidarios de ampliar el poder de la Duma (el parlamento) pero no definían claramente su postura frente al régimen zarista y la guerra. El Partido Socialista Revolucionario, compuesto por intelectuales e la pequeña burguesía y medianos propietarios rurales y urbanos, era sumamente heterogéneo. Incluía a partidarios de tácticas violentas y a grupos moderador, que preferían la acción parlamentaria y los acuerdos con la burguesía liberal.
Las demandas de los obreros industriales eran recogidas sobre todo por el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Fue creado en 1898 por Lenin y Plejanov, entre otros siguiendo las ideas de Marx; estaban convencidos de que la revolución sólo era posible si la protagonizaba la clase obrera. El partido estaba dividido en dos: bolcheviques y mencheviques. Los bolcheviques, dirigidos por Lenin, consideraban que en 1917 estaban dadas las condiciones para promover la revolución; para ello debían organizarse grupos de revolucionarios profesionales que prepararían y dirigirían la insurrección contra el estado zarista y la burguesía. Los mencheviques creían que debían esperar a que en Rusia avanzara el capitalismo y se asentara la democracia liberal. Eran partidarios de los cambios graduales y de aliarse transitoriamente con los partidos burgueses liberales.
La Revolución de 1917: del gobierno provisional al triunfo bolchevique.
Las protestas que se alzaban desde diferentes sectores sociales y políticos rusos se agudizaron en los primeros días de 1917. Se multiplicaron las huelgas y las movilizaciones callejeras organizadas por los soviets. La oposición moderada criticó con dureza la política del zar y éste disolvió la Duma. Entre el 23 y el 27 de febrero se desencadenó entonces una agitación social que forzó al zar a abdicar. El poder político quedó en manos de los partidos liberales, demócratas moderados, socialistas revolucionarios y mencheviques, reunidos en la Duma, y se formó un gobierno provisional presidido por Kerenski.
El gobierno de Kerenski intentó consolidar el parlamentarismo, basado en el sufragio universal y en la división de poderes. Pero no logró ejercer su poder de manera efectiva en toda Rusia. Las protestas sociales que se expresaban a través de los soviets debilitaron al gobierno. En la práctica, en ese momento había en Rusia un doble poder: en la Duma y en los soviets.
El gobierno no pudo dar respuestas rápidas a los reclamos de los sectores más desprotegidos y tomo una dedición que tuvo gran peso político: seguir participando en la guerra... esto provocó un profundo malestar entre campesinos y soldados. Los soviets de campesinos, por su propia iniciativa, comenzaron a ocupar las grandes propiedades rurales y a repartirlas; los soviets de soldados abandonaron los campos de guerra y apoyaron a los campesinos; los soviets de obreros alentados por la propaganda bolchevique ocuparon las fábricas. Ante esta situación, los partidos moderados y el gobierno eran incapaces de hacer respetar sus decisiones. La crisis política favoreció la revolución social.
El dirigente que con más claridad advirtió esta situación fue Lenin. Apenas llegado del exilio, escribió las Tesis de Abril, documento con el que convenció a los bolcheviques de que era el momento de acelerara el proceso revolucionario. Sus consignas fueron: “todo el poder a los soviets” y “pan, tierra y paz”. De este modo, proponía dejar la lucha parlamentaria y promover una insurrección desde los soviets que habían organizado las protestas contra el zarismo y el ineficaz gobierno provisional.
Los días 24 y 25 de octubre, los soviets de Moscú y San Petersburgo, controlados por los bolche, con el apoyo de la guardia roja integrada por soldados y obreros armados, ocuparon puntos clave de la capital imperial y tomaron por asalto el palacio de invierno. En sólo veinticuatro horas y sin encontrar demasiada resistencia, un pequeño grupo de revolucionarios ocupó el podar político del vasto Imperio Ruso. Un Comité Militar Revolucionario anunció en éxito de Lenin que declaró: “ahora debemos edificar el orden socialista”.
Las primeras medidas del gobierno revolucionario – llamado Consejo de los Comisarios del Pueblo y presidido por Lenin – intentaron satisfacer las demandas de los grupos que apoyaron la revolución: campesinos, obreros y soldados. Un decreto puso en manos de los campesinos todas las tierras que poseían el estado zarista, la iglesia y la nobleza; los dueños de las fábricas industriales conservaron sus propiedad, pero las empresas fueron puestas bajo el control de los soviets obreros para evitar que los empresarios sabotearan la producción; se iniciaron inmediatas conversaciones con Alemania para poner fin ala guerra y detener de este modo la constante pérdida de recursos y vidas.
A los pocos días de asumir el poder, los bolcheviques iniciaron conversaciones con Alemania para establecer una paz por separado. El gobierno soviético fue representado por Trotski. Debilitados por tres años de guerra y con una economía quebrada, los rusos firmaron un tratado desventajoso por el que reconocían la pérdida de amplios territorios. Un conjunto de naciones que habían estado bajo el dominio del Imperio zarista – y que agrupaban a la cuarta partes de la población total del imperio- dejó de pertenecer al estado soviético. Lenin confiaba en que si se aseguraba el éxito de la revolución en Rusia, ésta podía extenderse a Alemania. Los sectores nacionalistas acusaron a los bolche de acordar una “paz vergonzosa”. Lenin sostuvo: “es necesario retroceder, la historia nos dirá quien tiene razón”. Tras la derrota de Alemania en 1918 el tratado fue anulado.
El comunismo de guerra (1918-1921)
Las primeras medidas tomadas por los bolcheviques demuestran que no había un plan definido acerca de cual debía ser el rumbo de la revolución. Existían diferentes ideas sobre cuál era el modo correcto de instalar el socialismo. Las primeras medidas económicas se completaron con la nacionalización de los bancos, los ferrocarriles, la marina y el repudio de la deuda externa. Sin embargo, no fue prohibida la propiedad privada en el sector industrial y en parte del sector agrario – es decir, algunos dueños de fábricas y tierras conservaron sus propiedades –. Esto significó que se perfilaba una economía mixta, en la que coexistía la propiedad estatal y la propiedad privada de los medios de producción. En junio de 1918, solo se habían nacionalizado 487 empresas, pero el estallido de la guerra civil aceleraría el proceso.
Un grupo de generales del ejército zarista – los llamados blancos – apoyado por las potencias occidentales, inició una rebelión contra el nuevo estado Soviético. Inglaterra y Francia enviaron naves de guerra en apoyo de los bancos, para asegurarse de que la revolución socialista no se iba a extender al resto de Europa. La mayoría de la burguesía industrial rusa asociada al capital extranjero, y los terratenientes, temerosos de perder sus propiedades, colaboraron con los blancos. Para afrontar esta situación y poder sostenes la revolución, el gobierno soviético decidió nacionalizar todas las industrias. El objetivo básico era asegurar el suministro de alimentos para toda la población. Al mismo tiempo se obligó a todos los campesinos a entregar sus excedentes de cereales. A pesar de las confiscaciones de granos, muchos campesinos apoyaron a los bolcheviques ante el temor de que el fracaso de la revolución significaría el retorno al régimen zarista y la pérdida de las tierras recientemente obtenidas. Otros prefirieron ocultar los excedentes y comercializarlos en el mercado negro; este mercado fue un problema que la economía soviética no pudo resolver. Para ello de implementaron una serie de mediadas conocidas como comunismo de guerra que duraron los tres años que duró la guerra civil.
El escaso apoyo de la población a los blancos y la rápida organización del Ejército Rojo, tres millones de soldados liderados por Trotski, les dio la victoria final a los bolche. La crudeza de los enfrentamientos, el hambre y el frío causaron estragos en la población rusa durante los años de la guerra civil, al finalizar habían muerto siete millones de personas.
La NEP (1921-1928)
Los tres años de guerra produjeron una gran desorganización social. Las peores consecuencias fueron el desabastecimiento de alimentos por la caída de la producción agrícola y la falta de productos industriales por el cierre de industrias. Entre los dirigentes soviéticos existían dos posturas divergentes: realizar un plan de reforma lenta y progresiva o imponer una transformación radical y acelerada. Ambas se presentaban como alternativas para salir de esa situación y edificar el socialismo. Con el apoyo de Lenin, se impuso el primer criterio. El estado mantuvo el control de las principales industrias, del comercio exterior y del sistema bancario, y a la vez descentralizó la producción agrícola, el comercio interno y las pequeñas industrias. Estas mediadas conocidas bajo el nombre de nueva Política Económica (NEP) incluían: la suspensión de las confiscaciones de granos a los campesinos y su reemplazo por un impuesto de acuerdo a la riqueza de cada uno. Los campesinos podían, una vez pagado el impuesto, comercializar libremente su excedente; con ello se buscaba estimular la producción y evitar el mercado negro. Además, la NEP incluía la autorización a cualquier ciudadano para establecer una industria, con la limitación de contratar un máximo de 10 o 20 obreros, según el tipo de empresa.
Las reformas en el agro y la industria tendían a crear una economía mixta. En pocos años la economía se reconstruyó y el país recuperó los niveles de producción anteriores a la Primera Guerra mundial... sin embargo, entre los dirigentes soviéticos persistían las diferencias de opinión. La NEP había permitido el enriquecimiento de los kulaks. Para el sector liderado por Trotski – la llamada oposición de izquierda- los éxitos de la NEP era “logros capitalistas”, y esto retrasaba la construcción del socialismo. Otro grupo, liderado por Bujarin, sostenía que era necesario permitir el enriquecimiento de algunos campesinos para garantizar la producción de alimentos y para afianzas la alianza entre obreros y campesinos, que había posibilitado el triunfo de la revolución.
La dictadura del proletariado.
Los bolcheviques habían prometido convocar a una Asamblea Constituyente para determinar cuál sería la forma de organización política del nuevo estado. Se realizaron elecciones en noviembre de 1917 en las que el Partido Socialista Revolucionario con el apoyo de los campesinos superaron a los bolcheviques. Éstos, argumentando que no estaban dadas las condiciones para desarrollar una democracia parlamentaria, clausuraron la asamblea. Se instauró entonces una “dictadura del proletariado”, esto es, según Lenin, un estado en el que los obreros (representados por el partido bolchevique) “limitan la libertad de los opresores, de los explotadores y de los capitalistas” para eliminar los residuos de la sociedad burguesa.
Después de 1821, al mismo tiempo que se liberalizaba la economía, se imponía un régimen político cada vez más duro: fueron prohibidos todos los partidos políticos excepto el bolchevique – se comenzó a llamar Partido Comunista – y también fueron prohibidas las fracciones dentro de éste; los que realizaban críticas internas eran acusados de “desviacionistas” y de realizar actividades “anti-partido”. Se afirmó así un régimen de partido único.
El modelo estalinista
En diciembre de 1922 Lenin se alejó de la dirección del estado por razones de enfermedad y escribió una carta que fue considerada como su testamento político. En ella se analizaba las personalidades de las dos figuras más importantes que había en ese momento en la Unión Soviética con posibilidades de ocupar su lugar: Trotski y Stalin. Lenin señaló a Trotski como el más capacitado, aunque “dotado de una excesiva confianza en sí mismo”. Sobre Stalin escribió que “al convertirse en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso y no estoy seguro de que sepa utilizarlo siempre con suficiente cautela” y solicitaba retirarlo del puesto. La carta no fue leída ante el Partido y tras la muerte de Lenin se hizo cargo de la dirección política un triunvirato integrado por Kamanev, Zinoviev y Stalin que desplazó a Trotski (fue expulsado del Partido en 1927). Este fue el paso previo para que Stalin asumiera el control total del Partido y el y estado (en 1936 Kemanev y Zinoviev fueron procesados y ejecutados por orden de Stalin).
La muerte de Lenin, en 1924, debilitó a los sostenedores de la NEP y acentuó la lucha interna por el poder. Luego de los debates sobre el rumbo de la economía, emergió la figura de Stalin que logró desplazar a sus opositores.
Simultáneamente se produjeron problemas con la producción agrícola: el gobierno estableció un precio más bajo para los cereales, y muchos campesinos prefirieron acapararlos. Ante el desabastecimiento en las principales ciudades, el gobierno dirigido por Stalin, decidió abandonar la NEP y cambiar drásticamente el manejo de la política económica. Las bases del modelo fueron la colectivización forzosa y la industrialización planificada.
La política agraria estalinista consistió en expropiar las tierras de los kulaks – considerados enemigos del estado soviético – y en organizar a los campesinos más pobres en granjas colectivas (colgases). Para lograr que el reemplazó la propiedad privada de la tierra por la propiedad colectiva fuera rápido, el estado incentivó a los campesinos a que se sumaran a los colgases prometiéndoles ventajas materiales y maquinaria moderna, tractores. En sólo seis años, todas las tierras cultivables fueron colectivizadas. Los campesinos que se opusieron fueron perseguidos y deportados. La colectivización se completó con métodos coactivos y significó un duro enfrentamiento entre el estado y gran parte del campesinado.
La rápida industrialización fue el pilar de la política estalinista. Se creó un organismo, el Gosplan, encargado de recolectar datos de la economía para luego planificar hasta el último detalle de la actividad industrial en todo el país. El Gosplan diseñó un plan de cinco años de duración, llamado plan quinquenal, en el que se establecía las metas que debía alcanzar la producción entre 1929 y 1933. La prioridad de este plan era triplicar la producción de la industria pesada y quintuplicar la producción de electricidad. Muchos de los objetivos fueron logrados, aunque al costo de restringir el consumo de la población.
La concentración del poder y la burocracia.
En el largo periodo que Stalin estuvo al frente de la Unión Soviética, entre 1927 y 1953 al morir, se consolidó un régimen político muy duro, en el que no se toleraban oposiciones ni disidencias con la política oficial. A partir de 1933 se sucedieron una serie de purgas y procesos contra los sospechosos de oponerse a Stalin. Muchos hombres que participaron activamente en la Revolución de Octubre fueron acusados de actividades anti-soviéticas y condenados a muerte o encarcelados.
El temor de muchos soviéticos le permitió a Stalin y a sus hombres de confianza concentrar una enorme cuota de poder. Se consolidó así un grupo dirigente, la burocracia, que se apoderó del control del aparato partidario y estatal, que ocupó los puestos claves en la dirección en las empresas socializadas, y que obtuvo algunas ventajas materiales que los fueron separando del reto de la población.
La consolidación del modelo estalinista significó el abandono definitivo de las aspiraciones democráticas de muchos revolucionarios soviéticos y el freno para los impulsos renovadores de los primeros tiempos en el plano cultural.
El socialismo en un solo país.
En 1919 se fundó la III internacional o Internacional Comunista – komitern – con el objetivo de obtener el apoyo del movimiento obrero internacional a la revolución soviética y para promover el socialismo en todo el mundo. Quedó así establecida una línea divisoria a nivel internacional entre socialdemócratas, partidarios de la lucha parlamentaria y de las reformas, y comunistas, partidarios de las insurrecciones revolucionarias. Cuando Stalin controló el poder, la III internacional abandonó la lucha por una revolución mundial y llamó a todos los partidos comunistas del mundo a defender la “patria del socialismo”. Según Stalin, en ese momento era prioritario asegurar el éxito del primer estado socialista antes que expandir la revolución. A esta posición se la llamó “socialismo de un solo país”.