19/07/2013 - Suplemento La Palabra
El invitado
La motivación para escribir mis libros
Por Marcelo Valko - especializado en Etnoliteratura (Buenos Aires)
Una edición para el Malón de la Paz
Se trató de la primera protesta indígena del siglo XX con semejante envergadura. Los kollas de la puna y de Oran, solicitaran la restitución de las tierras que les fueron usurpadas por latifundistas, que habían llegado al extremo de cobrarle arriendo hasta por los cementerios donde estaban enterrados sus ancestros. Ya en el período republicano, los kollas habían fracasado en todos los tribunales provinciales y nacionales. Pero en 1945 en el contexto argentino aparece un inquieto militar, llamado Juan Perón. Cuando hace la gira proselitista en el noroeste argentino, la gira electoral que lo iba a convertir en presidente a principios de 1946, pronuncia una serie de discursos donde sobresalen dos palabras mágicas. Dice: reforma agraria y expropiación. Y dice más: expropiar las fincas de Yavi y de India Muerta, que eran dos de las fincas que les habían usurpado, entre otros latifundistas, el tristemente célebre Robustiano Patrón Costas. Cuando Perón triunfa en febrero, los kollas deciden bajar a Buenos Aires, para recordarle a papacito Perón las promesas de campaña. Por primera vez, no será una delegación de dos o tres comuneros, serán ciento setenta y cuatro, un verdadero malón, y por las dudas, dado lo peligroso que es este país, se agregan la palabra paz. Ellos reclamaban un número muy superior de fincas, por supuesto, pero el coronel Perón había pronunciado esas palabras y había mencionado aquellas dos fincas. Ninguna protesta indígena tuvo la cobertura periodística del Malón. Semejante visibilidad momentánea, tiene que ver con el propósito inicial del gobierno de convertir a los maloneros y su reclamo en un ejemplo de los alcances y soluciones de la Nueva Justicia Social. La solución del pedido kolla sería inmediata. El gobierno estaba dispuesto a otorgar las tierras a los ciento setenta y cuatro kollas. Ciertamente una reforma agraria un tanto acotada, una reforma agraria de bolsillo. Radios, periódicos y noticieros cinematográficos como “Sucesos Argentinos” se ocupaban de kollas, brindándoles un espacio destacado con titulares, entrevistas y primeras planas. Finalmente el 3 de agosto ingresaron a la Ciudad de Buenos Aires aclamados por millares de porteños. Desde las ventanas de los edificios de la Avenida de Mayo los vecinos arrojaban flores al paso del Malón. ¿Flores ante el paso de una caravana indígena? El momento culminante es cuando el Malón llega a Plaza de Mayo. Era sábado. Trabajosamente los kollas avanzan por Avenida de Mayo atestada por miles y miles de personas. Y sucede lo que nunca había pasado. El presidente Perón no solo recibe al contingente, sino que sube a dos kollas al balcón de la Casa Rosada ante una plaza colmada de gente que los vitoreaba. Felizmente en el libro tenemos las fotos que lo prueban. Fue un momento único de la historia argentina. ¡Dos indígenas en el balcón de la Casa Rosada! ¡Jamás había sucedido! ¡Indígenas! Es un momento de alegría y sonrisas, pero acto seguido los aloja en “El Hotel de los Inmigrantes”. Alojan a los indios argentinos en el mismo lugar donde bajaban los extranjeros de los barcos. Esa es la idea que el Estado Nacional tiene de los indios. Nosotros no podemos tener indígenas, nosotros somos Europa, no somos Sudamérica. Entonces, los alojan en el Hotel de los Inmigrantes, algo patético. A partir de ese momento, el Malón abandona las portadas de los diarios y revistas.
Después de acariciar el cielo con las manos y ser recibidos en el balcón de la Casa Rosada, el Malón terminará gaseado y metido a patadas en un tren de carga que lo destierra a la Puna. Parece contradictorio, pero el accionar del gobierno tiene su lógica. Una vez que el gobierno empieza a alimentar en forma mediática al Malón, el Malón empieza a extenderse como un reguero de pólvora. Comienzan a solidarizarse con su causa, los trabajadores del campo que no eran indígenas. De pronto todos querían hacer malones de la paz, los chacareros, los peones rurales, los pequeños arrendatarios. Era un efecto contagioso, terrible y peligroso. Tal como lo demuestra la investigación, si les otorgaban las parcelas a los ciento setenta y cuatro kollas, una lluvia de malones indígenas y de criollos necesitados de tierras se lanzaría sobre el Ejecutivo. El presidente no tenía opción, o les daba la tierra a los kollas afrontando lo que vendría después, o los borraba de la vidriera nacional. Así los maloneros fueron secuestrados, arrojados dentro de un tren y desterrados a sus provincias en un convoy con custodia armada.