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Los usuarios de celulares también evolucionamos

Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos.

Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes).

Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios.

Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero.

Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales.



Nosotros fuimos los emperadores de la era en que los ringtones polifónicos eran poco más que señales de humo: nosotros tuvimos por años celulares sin colores, sin animaciones, sin posibilidad de elegir atender o no a una tía afecta a las conversaciones interminables.

Nosotros todavía recordamos lo que se sentía no estar disponible por días, y añoramos el tiempo en el que no existía esta tozuda inclinación a escribir mensajes de texto sin mirar si viene el colectivo manejado por un chofer que también escribe en su teléfono.

Los viejos usuarios somos sobrevivientes y estamos acá desde el siglo pasado, cuando las cámaras de fotos todavía estaban solteritas y sin apuro (nos gustaban esas cámaras llenas de rollos pero felices de jugar con nosotros a palpitar el resultado caliente de un revelado).

Nosotros estamos acá sosteniendo estos aparatos —que se fueron achicando antes de pegar el estirón— desde que el mp3 era una fantasía propia del negro de Matrix, y nos hemos comido kilos de uñas antes de conocer el resultado de nuestros poemas de amor, sin saber qué números del teclado equivalían a un “te quiero”.

Los viejos usuarios de celular que somos, hicimos guardia junto al enchufe la mitad de nuestra vida para que las baterías de nuestra paciencia soportaran los embates de un sermón del plomero, y nos hemos privado por años del placer mórbido de grabar un hit youtubero.

Nosotros, que nos criamos sospechando que el capitán Kirk en Viaje a las estrellas era un visionario cuando hablaba con la teniete Uhura, todavía estamos acá, raspando las tarjetas para engañar al crédito.




Nosotros, los viejos usuarios de celular, no hemos dejado de aprender: que el 3g, que los gigas, que los megas, que la vibración en el bolsillo trasero.

Nosotros, agradecidos de poder agendar el talle de calzoncillo de nuestros contactos, todavía estamos acá viendo a nuestros teléfonos pérfidos copulando cada vez con más aparatos, subiendo las fotos a Facebook como posesos, mandando Gastritis crónica al 2020, buscando que en la pantalla, debajo de la hora, aparezca todo el tiempo el culo de alguna modelo.

Nosotros seguimos acá, arropando los aparatitos con trajes de cuero, viendo pasar nuestra vida por bluetooth, y seguiremos estando acá por mucho tiempo.

Le debemos al teléfono una mediana tranquilidad; pegar por ahí un trabajo, llegar a tiempo a un cumpleaños, la posibilidad de hacer que una abuela reciba más rápido un beso.

Está bien, somos los que a diario renegamos del sms boludo de la publicidad en la madrugada, de las llamadas al cobro, de un Wi-Fi que ni entendemos.

Pero es que nos gusta renegar.

Somos los que se pelean siempre con la tecnología para amigarse de nuevo. Somos los usuarios que le perdonan cualquier cosa a un celular que les cuenta, con la voz de una hija, cuántas vueltas da en una calesita en Carlos Paz, a cuarenta kilómetros de donde escribimos esto.

Revista Peinate .
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