J

joseplayo

Usuario (Argentina)

Primer post: 5 abr 2009Último post: 14 jul 2010
6
Posts
25
Puntos totales
2
Comentarios
T
Tatuame Bien
HumorporAnónimo10/10/2009

Luego del éxito protagonizado por Cecilia Roth Tratame bien, llega ahora una serie que también retoma los conflictos, esta vez, de una familia de tatuadores que toman decisiones más equivocadas que la mierda. Tatuame bien. Próximamente en algún canal. . Fuentes varias, no las recuerdo a todas.

3
20
2
26 llamativos porcentajes sobre Facebook
HumorporAnónimo4/5/2009

Algunas observaciones que se desprenden del uso reiterado de la famosa Red Social... 1) El 22% está absolutamente convencido de que una imagen borrosa (tomada con una cámara en movimiento) es artística, y se ponen eso como avatar. 2) El 82% no tiene ni puta idea qué hacer con los regalitos virtuales, siendo que la opción más coherente es perdérselos en el culo, puesto que no tienen ninguna utilidad. 3) El 62% no tiene idea de quiénes son el 63% de los amigos que tiene agregados. 4) El 84% de los famosos que hay en Facebook no son ellos, o son impostores o se trata de gente con severos desórdenes psicológicos que los hacen adoptar otras identidades. 5) Sólo el 12% de los usuarios coloca en el perfil fotos que no los favorezcan, mientras que un 22% opta por una imagen simbólica que los represente (fotograma de película, dibujo animado vintage, o personaje de los Simpsons). El resto de los mortales se inclinan por imágenes de cuando eran flacos, estaban más o menos jóvenes, o la toma los favorece excepcionalmente. 6) El 99% de los trolls no le encuentran mucho sentido a putear a la gente que puede bloquearlos y entonces usan Sonico, Hi5, o directamente van y se inscriben en un taller literario. 7) El 77% de los que decían que los blogs eran una cagada ahora escriben textos con pretensiones literarias y/o periodísticas en Facebook. 8 ) El 51% de los muertos famosos resucitan en Facebook; las búsquedas de personalidades fenecidas deparan sorpresas, como verlos vivitos y posteando. 9) Las mujeres que como avatar usan una instantánea en bikini o mostrando tres cuartos de teta, tienen un 67% más de amigos que el flaco que puso la foto suya con los sobrinitos. 10) El 65% de los blogguers alberga la ridícula esperanza de que participando en una red social, desviará un torrente caudaloso de visitantes a sus bitácoras. 11) El 78% de los usuarios piensan que, efectivamente, Facebook es del FBI, pero igual sigue sin importarles tres carajos. 12) El 22% de los hombres se entusiasma con la posibilidad de conocer una mujer para tener algo “más o menos serio”, mientras que el 78% de las mujeres ni en pedo se engancharían con alguien que conocieron por Facebook. 13) El 19% se arrepiente a la semana de haber aceptado a viejos conocidos que aparecen cada dos por tres en el chat insistiendo con que “tenemos que juntarnos a tomar un café para ponernos al día”. El 100% de los 19 se preguntarán en voz alta: “¿Y a este para qué mierda lo agregué?”. 14) El 34% de los usuarios que no se consideran “agraciados” eligen poner en su avatar fotos con partes de su cuerpo (las más comunes son ojos, bocas, pies y manos). 15) El 73% de la gente tiene una carpeta que se llama “fotos varias”, o “varias”, o “de todo un poco”. 16) El 81% dice que no disfruta de Facebook, y argumenta que se creó una cuenta para no perder contacto con dos locos amigos neozelandeses que conoció una vez. 17) Sólo el 37% se anima a poner en qué tipo de relación sentimental se encuentra, mientras a un 19% le parece que es una pérdida rotunda de la dignidad andar ventilando intimidades de pareja en una red social. Hay, claro, un 56% que se queda pensando qué pondrían ellos si tuvieran que completar ese casillero. 18) El 62% tiene que esforzarse en escribir el “qué estás pensando” en tercera persona. La reacción natural es pensarlo en primera, hablar de uno mismo tomando semejante distancia, confunde. 19) El 62% de los usuarios tiene los huevos por el piso con tantas notificaciones bombardeándoles la bandeja de entrada de sus correos y no saben que hay una opción para dejar de recibir toda esa mierda en el mail, destildando un puntito. 20) El 88% cree que el éxito de una reunión/fiesta/presentación está garantizado si bombardea a todo el mundo con mensajes privados. 21) El 99% está rotundamente equivocado si piensa que “avisar por Facebook” tiene el mismo valor que avisar con un mail. 22) El 92% de los que aprietan “es posible” en las invitaciones lo hacen sabiendo que no irán un carajo. 23) Un 93% es voyeurista y canaliza sus impulsos revisando las carpetas de fotos de todos sus contactos religiosamente una vez por mes. 24) El 88% no entiende cuál puta es el concepto de “Dar un toque” o “hacerse fan”, pero por las dudas responden con otro toque y/o se hacen fan lo mismo. 25) Sólo al 12% de la gente le da exactamente lo mismo quién inventó Facebook, al resto lo envenena una malsana envidia por “esos dos pajeros que hicieron semejante fortuna con esta boludez”. 26) El 16% de los que no tienen Facebook leerán esto sin entender absolutamente nada; 0.4% de ese porcentaje se abrirá una cuenta para “ver de qué se trata”. Fuente .

0
26
2
22 joyas del diseño gráfico
HumorporAnónimo6/11/2009

Fuente. Fuente2.

7
0
L
La evolución de una enfermedad nefasta
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/14/2010

En mis años escolares, allá por los comienzos del ochenta, contraje una afección milenaria y difícil de tratar. Se la conoce comúnmente como “alergia a los amanerados”. El síntoma por excelencia es el que te hace gritarle MARICÓN al compañerito de voz aflautada en el recreo. Como buen enfermo crónico, aprendí a convivir con esos estornudos sin reflexionar. Los exabruptos salían en piloto automático. Hoy, ya un poco más grandecito, sé que aquellos viejos colegios de varones (colegios homosexuales, bah) funcionaban con la mecánica selvática de las prisiones estatales: recintos testosterónicos en los que sobrevivían a duras penas los diferentes (el gordo, el petizo o el puto, por ejemplo), martirizados por el matón que se afeitaba los bigotes desde tercer grado. Creo que todos, si nos esforzamos por recordar, hallaremos vestigios del mismo contagio en nuestro pasado. Pongo, para ilustrar, el himno extraoficial de mi escuela —cantito que hasta las autoridades sabían corear en voz baja— y que rezaba: ¡ colegio de varones, colegio sin igual, no cría mariquitas, ni nenitas de mamita como todos los demás! Las secuelas de esta enfermedad dejaron cicatrices profundas y difíciles de borrar. Y las recaídas eran constantes: silbatinas que llovían desde las obras en construcción sobre los peatones que caminaban “raro”; programas de tele en los que el blanco de las burlas es “un mariposón” que deambulaba por los sketches a la caza de un remate homofóbico. La historia de mi vida heterosexual está plagada de refuerzos. Un vecino solía decir: —Si vos te dejás el pelo largo es porque estás buscando alguien que te peche los vagones. Me inclino a pensar que el origen de esta pandemia —cultural, hereditaria y altamente contagiosa— es siempre el miedo. Terminé de entender todo este rollo cuando uno de mis mejores amigos me confesó que era homosexual, a comienzos de esta década. Yo ya estaba lejos del tortuoso secundario, esto era real y tenía el nombre y el apellido de una persona que yo apreciaba. —¿Cómo que sos puto? —Me gustan los tipos, boludo. O sea, no ando vistiéndome de vieja loca, ni voy a los boliches a saltar sobre los parlantes todo pintarrajeado. Soy el de siempre, nada más que puto. En esa conversación entendí que gran parte de mi temor radicaba en la posibilidad de que nuestra amistad se desarmara. Si él era puto, ¿podíamos seguir siendo amigos? ¿Qué había que cambiar? —Soy el de siempre. Sólo en ese momento comprendí los malos ratos que algunas personas pasan gratuitamente. Y empezaron a dolerme los patios de los colegios donde la confusión se sumaba al descubrimiento, las pasiones silenciadas, los secretos guillotinados por el labio del temor. ¿Cómo tolera una persona postergarse tanto? —En la vida —me aclaró mi amigo— se es puto fulltime. Lo más doloroso es asumir que todo lo que hagas será cuestionado. Me pregunté por qué, y me lo pregunto ahora, que la discusión sobre el matrimonio gay está en boca de todos. Hay algunos puntos que me parece interesante destacar: a) La ley no promueve que una legión de travestis escandalosos con el pito afuera entren vestidos de blanco a una iglesia para tocarles el culo a los santos. La ley habla de reconocer derechos… b) Los heterosexuales somos tremendamente hipócritas. Sobre todo aquellos que disfrutamos del porno gay lésbico (ni hablar de los que se calientan con mujeres disfrazadas de colegialas) y nos escandalizamos si dos flacos se comen la boca a la salida de un civil bajo una lluviecita de arroz. c) Nadie “se hace puto”. Nadie “ejerce la homosexualidad”. Es como si uno pudiera elegir, de hoy para mañana, que lo calientan las tetonas o las minas medio chatas. Eso viene con cada uno. A algunos nos gustan las mujeres, a otros las personas del mismo sexo. d) Ser homosexual no significa ser degenerado. Los violadores no son todos homosexuales, los pedófilos tampoco. Manzanas podridas hay en los dos bandos. Incluido el de la iglesia. Estas animaladas (por citar algunas de las tantas que la gente escupe cuando le ponen un micrófono bajo el bigote) son parte de un mismo fenómeno que tiene que ver con el condicionamiento discursivo y cultural. Estamos acostumbrados a lo que en lingüística se conoce como “jibarismo salvaje”, que es reducir todo a lo bestia para que nos quede cómodo. Esto da como resultado un silogismo que, además de trunco, es bastante pelotudo: La degeneración es contagiosa… los putos son degenerados… con los putos no me tengo que juntar… Y ya desde tiempos inmemoriales, lo que viene quedando en claro es que si hay un grupo que tiene que revisar un poco su forma de pensar y de sentir, es el de los heterosexuales. Hoy veo resucitar el debate otra vez en mi país, Argentina, donde las diferencias se dirimen siempre desde dos plateas y a los gritos. Este es un país de blanco o negro, una nación bipolar e intransigente con habitantes doctorados en argumentología que fracturan la razón por la mitad. Lo que vale en mi país es que el otro reconozca su derrota, el debate no sirve jamás para construir, sino para humillar: —¿Viste, puto, que yo tenía razón? Sobre la homosexualidad, adhiero a lo que dijo un psicólogo los otros días en la radio (voy a citarlo mal): —El número de homosexuales, históricamente, no ha variado tanto desde los comienzos de la humanidad hasta hoy. Esto quiere decir que en el Imperio Romano había un número de putos per cápita más o menos proporcional al que hay hoy en día en nuestras ciudades modernas. ¿Por qué, entonces, recrudece esta resistencia, esta cosa tan poco ejemplificadora para las nuevas generaciones que nos escuchan decir tantas estupideces? Si algo aprendí en el colegio fueron variantes socialmente aceptadas de crueldad. Nuestros mayores (por desconocimiento) nos enseñaron a vivir en una batalla de precalentamiento interminable que nos prepara para una guerra que no vamos a combatir nunca: hay que resistirse, porque cambiar está mal. En vez de ablandar el mundo para hacerlo un lugar más ameno, más tolerante, nos seguimos tratando como si viviéramos en una selva donde los más débiles nos avergüenzan y nos dan la excusa perfecta para ejercer nuestra bestialidad. No puedo dejar de preguntarme, ¿a qué le temen los que son tan fuertes, a qué le temen los que siempre lastiman? Mientras los ultra católicos marchan para abolir la posibilidad de un mundo más justo, mientras los discursos nos siguen saliendo peyorativos, señaladores, mientras seguimos levantando la voz para mostrar disconformidad, un montón de gente sigue resistiendo en silencio, como lo ha venido haciendo desde el Imperio Romano y desde el colegio primario. A pesar de que estoy molesto, me consuela saber que este texto es inútil, porque los homosexuales no necesitan defensores. La historia nos ha demostrado que han resistido los embates de la estupidez con la frente siempre en alto. Admiro esa resistencia. Yo sueño a veces con un mundo más tranquilo, donde dos hombres o dos mujeres que se quieren puedan cocinarse, leerse en voz alta, tejerse un pulóver frente a la estufa y, por qué no, garchar. Confío en la posibilidad de un mundo menos feroz, menos hostil. Es el mundo que me gusta imaginar para mis hijas. Un espacio donde todos puedan ser felices y pelear por perpetuar esa felicidad. Putos ha habido siempre. Tal vez tememos que, a pesar de sentirlos inferiores, antinaturales, débiles y degenerados, resistiendo a lo largo de la historia nos han demostrado que son más tolerantes, más inteligentes, y mucho más sensibles que los que marchan para no dejarlos casar. Fuente.

0
0
L
Los usuarios de celulares también evolucionamos
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/3/2010

Cerca de los cuarenta, muchos de nosotros ya podemos asegurar que llevamos décadas derramando llantos, risas y puteadas en el micrófono de un aparato celular. Somos usuarios tan viejos, que nuestra historia clínica está llena de esguinces, luxaciones y tendinitis, producto de acarrear los ladrillazos que eran los primeros modelos. Somos usuarios tan, pero tan viejos, que tuvimos números que empezaban con 076 (para los más jóvenes, el 076 apareció poco después de que a los números fijos tuvimos que ponerles un cuatro de paragolpes). Nuestra historia comunicacional está marcada por la telefonía móvil; nos tocó ser testigos del celular poniéndose al volante, colándose en los avisos clasificados y haciendo nido en las mochilas de los colegios. Nosotros, estos pobres viejos usuarios que supimos arriesgar la vida sobre las sillas buscando desesperadamente la señal, dilapidamos fortunas en las primeras comunicaciones, porque sentíamos que hablar a los gritos en el cine nos daba un cierto estatus pochoclero. Nosotros nos perdimos la chance de hacer pogos lumínicos y registrar con pésima calidad a los cantantes en los recitales. Nosotros fuimos los emperadores de la era en que los ringtones polifónicos eran poco más que señales de humo: nosotros tuvimos por años celulares sin colores, sin animaciones, sin posibilidad de elegir atender o no a una tía afecta a las conversaciones interminables. Nosotros todavía recordamos lo que se sentía no estar disponible por días, y añoramos el tiempo en el que no existía esta tozuda inclinación a escribir mensajes de texto sin mirar si viene el colectivo manejado por un chofer que también escribe en su teléfono. Los viejos usuarios somos sobrevivientes y estamos acá desde el siglo pasado, cuando las cámaras de fotos todavía estaban solteritas y sin apuro (nos gustaban esas cámaras llenas de rollos pero felices de jugar con nosotros a palpitar el resultado caliente de un revelado). Nosotros estamos acá sosteniendo estos aparatos —que se fueron achicando antes de pegar el estirón— desde que el mp3 era una fantasía propia del negro de Matrix, y nos hemos comido kilos de uñas antes de conocer el resultado de nuestros poemas de amor, sin saber qué números del teclado equivalían a un “te quiero”. Los viejos usuarios de celular que somos, hicimos guardia junto al enchufe la mitad de nuestra vida para que las baterías de nuestra paciencia soportaran los embates de un sermón del plomero, y nos hemos privado por años del placer mórbido de grabar un hit youtubero. Nosotros, que nos criamos sospechando que el capitán Kirk en Viaje a las estrellas era un visionario cuando hablaba con la teniete Uhura, todavía estamos acá, raspando las tarjetas para engañar al crédito. Nosotros, los viejos usuarios de celular, no hemos dejado de aprender: que el 3g, que los gigas, que los megas, que la vibración en el bolsillo trasero. Nosotros, agradecidos de poder agendar el talle de calzoncillo de nuestros contactos, todavía estamos acá viendo a nuestros teléfonos pérfidos copulando cada vez con más aparatos, subiendo las fotos a Facebook como posesos, mandando Gastritis crónica al 2020, buscando que en la pantalla, debajo de la hora, aparezca todo el tiempo el culo de alguna modelo. Nosotros seguimos acá, arropando los aparatitos con trajes de cuero, viendo pasar nuestra vida por bluetooth, y seguiremos estando acá por mucho tiempo. Le debemos al teléfono una mediana tranquilidad; pegar por ahí un trabajo, llegar a tiempo a un cumpleaños, la posibilidad de hacer que una abuela reciba más rápido un beso. Está bien, somos los que a diario renegamos del sms boludo de la publicidad en la madrugada, de las llamadas al cobro, de un Wi-Fi que ni entendemos. Pero es que nos gusta renegar. Somos los que se pelean siempre con la tecnología para amigarse de nuevo. Somos los usuarios que le perdonan cualquier cosa a un celular que les cuenta, con la voz de una hija, cuántas vueltas da en una calesita en Carlos Paz, a cuarenta kilómetros de donde escribimos esto. Fuente: Revista Peinate.

0
1
S
Stephen King hace "Eso"
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/26/2009

Comparto un artículo de opinión sobre la obra de Stephen King. Disculpen el largor, tal vez los fanáticos sepan perdonarlo. Stephen King hace ESO Luego de tres décadas balbuceando ante la pregunta “¿por qué te gusta este autor?”, he llegado de casualidad a una respuesta que no incluye monstruos Clase B ni onomatopeyas de fanático adolescente: Stephen King me gusta porque escribe sobre el acto de escribir. Casi siempre. Embriagado con su catálogo de apariciones, vampiros y extraterrestres, durante años me moví muy orondo por el mar del regodeo sin el salvavidas del análisis, comiéndome sus libracos como si fueran canapés. Cada tanto repetía el conjuro: —Seré bruto, pero cómo lo disfruto. Hasta que un día, como le sucede a sus personajes, mientras me ensuciaba el dedo en un breve repaso por sus títulos en mi biblioteca, la síntesis de los novelones se convirtió en un planteo recurrente, tomó forma oscura y me saltó a la cara como una araña gorda y peluda. Y desde entonces nada fue igual. La respuesta a las críticas intelectuales más despiadadas, a los preconceptos académicos más enraizados, estaba ahí esperando a ser descubierta, agazapada detrás de cientos de pesadillas y alucinaciones sembradas para enmascararla. El autor parecía sonreírme desde las contratapas, con sus ojitos pequeños perdidos en el cristal ovalado de sus gafas: —De eso se trata, chaval; lo mío va por el lado de insuflar fuerzas. Este descubrimiento, a todas luces más cercano a un delirio de abstinencia que a una tesis literaria, me obligó a regar el suelo con sus novelas para ver mejor, y saltó este mapa de tinta y sangre. A lo largo de su vasta producción hay una figura de “Artista en Permanente Tensión con La Obra y El Oficio” que aparece, cuando menos, novela de por medio. No es casual que la mayoría de sus atormentados protagonistas sean escritores puestos a prueba con desafíos sobrenaturales (¿gente común que apuesta al abismo de escribir?), hombres angustiados por la obligación de transitar caminos inhóspitos, terroríficos, sin garantías. Desde Carrie —novela que lo lanzó a la fama—, en la que una adolescente telequinésica improvisa una venganza apocalíptica contra sus compañeros de colegio (¿revancha contra quienes discriminan a los jóvenes introspectivos?), pasando por la enfermera loca de Misery (¿cómo lidiar con los dictámenes de un mercado que pretende encasillar a los autores a fuerza de romperle las piernas?) y hasta Duma Key —la última—, fabulosa crónica de un amputado que gana la capacidad sobrenatural de pintar cuadros pavorosos con su brazo fantasma (¿verás brillar tu talento cuando capitalices las pérdidas más dolorosas?), el universo de King se presenta como una gran metáfora con un mensaje contundente: —Es un trabajo que cuesta, pero aunque asuste, es alucinante. El autor de La milla verde es uno de los pocos que no ha dejado de sembrar pistas para los aspirantes entre sus páginas pochocleras. Palabra por palabra, desde los comienzos, la cruzada se ha hecho más evidente a medida que preparaba su generoso Mientras escribo —un libro clave a modo de manual de confesiones en el que revela algunos trucos del oficio—. Después vendrían refuerzos como La historia de Lisey (¿cómo sobrellevar un matrimonio con un artista?) y Cell (¿el valor de la producción artística en segundo plano ante la alienación del ser humano a manos de la tecnología?), por nombrar algunos sin entrar en el kilométrico carretel de sus cuentos. Ya sea por los designios del destino (La Zona Muerta; Maleficio; Ojos de fuego), o merced a una búsqueda que emprendemos desde el desconocimiento (Un saco de huesos; El Resplandor), las historias de King hablan siempre de los caminos desconocidos, de las transiciones perturbadoras, de los resultados de hacernos cargo de nuestras apuestas. La suya, sin lugar a dudas, es la de usar la escritura tanto para franquear las puertas de los infiernos personales como para ponerle coto a los demonios que asoman por debajo de la cama, proponiendo un vaivén que funciona como materia prima efectiva para cualquier novela. Cagazos... Sé, como lo saben los seguidores de un mesías lunático, que adonde quiera que King vaya ahí estaré para abrirle los libros. Creo en el dios pagano de la veneración ficcional, en el respeto incondicional por las instituciones cuando son personas forjadas a golpe de tecla; creo en la apuesta de vaciar los bolsillos sobre los mostradores de las librerías, en la comunión de los non sanctos. Le debo tantas horas de placer, tantos respingos, tantas metáforas, que me resulta imposible no pensar en una retribución simbólica como es pagar el precio exorbitante de sus libros —una formalidad que aceptamos los lectores y los autores para dejar contentas a las editoriales—. Los que le tenemos cariño sabemos que hay que perdonar los finales predecibles, las horrorosas adaptaciones al cine, los platos voladores, los seres viscosos, las leyes sobrenaturales, porque detrás de todo eso anida un placer que no es el susto como lugar común. De alguna manera que desconozco sé —como lo sabe cualquier psicópata con un rifle en un tejado— que lo que salga a la calle con su firma estará hecho a mi medida. Después de raspar la superficie sabrosa de sus historias y arañar hasta el hueso la arquitectura de sus monstruos, resulta imposible no ver que detrás del decorado subyace un guión de esperanza, una palmada fraternal en el hombro del aspirante. No han podido todas las malas traducciones españolas sepultar ese encadenado de climas asfixiantes puesto al servicio de enseñar que el juego consiste en acompañar al lector, sin soltarle la mano, capítulo a capítulo hacia el final. Hace ya varios libros que el muchacho de Maine empezó a trocar torturas por ladrillos en un intento por construir una metáfora titánica sobre la relación que hay entre el hombre y la pasión. Si el valor de una obra pudiera medirse en términos de las apuestas del autor, entonces hay que empujar las fichas hacia King, quien en soledad pelea contra los monstruos del análisis descalificador y la exigencia ridícula de que una escritura resigne, en pos de la calidad, su esencia terroríficamente generosa. Extras y relacionados: ¿Fanatiquito yo? Un hijo de su padre. Post al cabo que ni quería (se te pega la traducción). Videoentrevista. Web de Esteban Rey. Algunos libros que no listé en este coso, pero que están para chuparse los índices: Cujo Christine Cementerio de animales (ay, mamá) It (está en el título, es mi favorito) Desesperación Algunas películas que sí la pegaron (o estuvieron ahí) adaptando sus historias: Carrie Cujo El Resplandor Cementerio de animales Cuenta conmigo Sueños de libertad Misery Dolores Claiborne Corazones en la Atlántida La milla verde La niebla Libro que me muero por conseguir y que nadie lo tiene para vendérmelo: The Stand (Apocalipsis) Fuente.

15
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.