
Cuando la Junta de Comandantes tomó el poder aquel marzo del 76, nos mataron a todos.
Mataron en primer lugar a todo aquel que se percibía como amenaza, real o irreal.
No solo guerrilleros y militantes políticos.
Se mató por pensar, por ser, por llevar un apellido.
Se mató también para robar.
Propiedades, fortunas, cuentas de banco.
Se mató dos veces al hacer desaparecer los cuerpos de las víctimas.
Al hacert desaparecer a sus hijos.
Se mató miles, millones de veces a los familiares que no sabían que había ocurrido con la gente que amaban.
Se mató al trabajador y a la clase media, con una política económica asesina que borró la industria nacional mientras nos inundaban de propaganda desde el Gobierno de facto, llena de bonitos slogans.
Se mató el futuro, al forzar por el miedo o la falta de posibilidades, el éxodo de científicos, intelectuales y artistas.
Se mató el pasado, borrando archivos, libros, películas, y hasta programas de tv.
Mataron la verdad y mataron la realidad, porque nos destruían como país mientras se llamaban a si mismo salvadores de la patria.
No querían trapos rojos que flamearan en lugar del pabellón argentino, pero el país se llenó de las banderas rojas de remate sobre las ruinas de las fábricas y empresas cerradas.
Nos mataron el pensamiento democrático, ese que hasta el día de hoy no conseguimos encontrar.
Nos mataron el debate, el respeto al otro.
Tantas décadas de democracia, y aún seguimos sintiendo la fuerza destructiva que el golpe causó a la sociedad.
Lo vemos y lo oímos cada vez que algún cromagnon se sale con la frase de que "con los milicos estábamos mejor".
Nos mataron muchas cosas.
Demasiadas.
Pero la única manera de quitarles el triunfo es aprender.
Aprender a respetar al otro.
Aprender las normas de la democracia.
Entender que los líderes eternos no sirven.
Expulsar el odio a los otros, a los distintos, a las minorías.
Al que piensa diferente.
Aceptar a tus hermanos.
Que el Proceso no nos siga matando cosas.