A principio de los 70's, el neurocientífico norteamericano Paul McLean dio a conocer su teoría del "cerebro triuno".
Pocos años más tarde este modelo consiguió gran popularidad más allá del mundo especializado gracias al exitoso libro de divulgación científica "Los dragones de Edén" de Carl Sagan (premio Pulitzer 1978) en el que desarrollaba de forma amena una muy bien fundamentada especulación sobre el origen y la evolución de la inteligencia humana que hacía amplio uso de las investigaciones de McLean.
Por su parte, 5 años antes que Sagan, Edgar Morin había publicado "El paradigma perdido", un ensayo de bioantropología en el que el cerebro triuno de McLean también recibía un lugar destacado. Aunque este libro no alcanzó la popularidad de "Los dragones del Edén", fue también un paso importante en la difusión de estas ideas.
A través de libros como estos, el público en general comenzó a familiarizarse con la noción de que nuestra actividad cerebral podría ser el resultado del funcionamiento de tres cerebros especializados, que se fueron desarrollando a lo largo de millones de años de evolución.
Estos tres cerebros funcionan con habilidades, orientaciones y motivaciones diferentes, y de su coexistencia e interrelaciones surgiría la totalidad de nuestra experiencia humana.
En primer lugar tendríamos el cerebro base (también llamado cerebro reptil o paleocéfalo):
Sería el más antiguo de los tres y estaría orientado directamente a la supervivencia. Las respuestas básicas a los impactos del medio ambiente, la territorialidad, las respuestas musculares, el equilibrio y la percepción directa del paso del tiempo, son algunas de sus atribuciones. Sería la parte del cerebro que permite gerenciar nuestros recursos biológicos para interactuar con la realidad inmediata.
Luego vendría el sistema límbico (también llamado cerebro paleo-mamífero o mesocéfalo):
Se habría desarrollado con la llegada de los primeros mamíferos, introduciendo un correlato afectivo sobre la realidad directa que maneja el Cerebro base. Es el asiento de las respuestas emocionales, y gracias a ellas permite orientarnos en el mundo, acumulando experiencias que configuran nuestra percepción de lo que consideramos agradable o desagradable. Desde el punto de vista del sistema límbico la supervivencia está basada en la evasión de lo desagradable y la búsqueda de lo agradable. Por otra parte (y como consecuencia natural de lo anterior) las conductas sociales y gregarias de los mamíferos (comparativamente más complejas que las de los reptiles) dependerían también del Sistema límbico.
Por último vendría la neocorteza (también llamada cerebro neo-mamífero o neocéfalo):
Se encuentra en el cerebro de los mamíferos más evolucionados, alcanzando su máximo desarrollo en la especie humana. Es responsable del pensamiento avanzado, la razón, el habla, y en general de la construcción e interpretación de mapas mentales de la realidad, algo que permite la introducción de correlatos abstractos que complementarían y completarían la percepción directa del cerebro reptil y el correlato afectivo del sistema límbico. De este modo nuestra experiencia humana sería el resultado del permanente juego combinatorio entre instintos vitales, pulsiones afectivas y procesos racionales.
Para Mclean estos tres cerebros serían como "tres computadoras biológicas interconectadas, [cada una] con su propia inteligencia especial, su propia subjetividad, su propio sentido del tiempo y el espacio y su propia memoria".
Con el paso del tiempo han surgido críticas a este modelo. Por ejemplo se ha señalado que ofrece una visión excesivamente simplificada de la organización cerebral, y que los recientes hallazgos en neuroanatomía comparada permiten interpretar de manera diferente el proceso evolutivo de la formación del cerebro y las funciones de sus diferentes subsistemas. Sin embargo, a pesar de estas críticas el modelo sigue gozando de popularidad y aceptación por su sencillez, su poder explicativo, su coherencia con la experiencia que el ser humano tiene de sí mismo y porque en líneas generales sigue reflejando una realidad neuroanatómicamente válida.
En Taringa! pueden encontrarse varios aportes muy completos referentes al cerebro triuno, así que no creo necesario extender la exposición del modelo. En lugar de eso vamos a avanzar en la dirección que aquí nos interesa y que nos llevará finalmente a establecer un puente analógico entre el cerebro triuno y el lenguaje de la astrología. Para esto comenzaremos ubicando esta teoría de la trinidad (o más precisamente de la triunidad) cerebral dentro de una categoría más amplia, cuyo origen se pierde en el tiempo y que ha permanecido presente en la cultura humana a través de los siglos.
Un arquetipo recurrente
En 1141, a sus 42 años de edad Hildegard von Bingen, comenzó a dejar constancia por escrito de sus impresionantes y complejas visiones. Fundadora y abadesa del monasterio de Rupertsberg (Alemania) fue un personaje prolífico y curioso. A través de su vida combinó el misticismo, la composición musical, la medicina y la escritura. Adicionalmente a todas estas facetas (y en cierta forma como una grandiosa síntesis de todas ellas) Hildegard fue también una visionaria que entraba en estados alterados conciencia y emergía cargada de imágenes y símbolos. Desde el punto de vista Junguiano probablemente tendríamos que decir que tenía un don natural para entrar en contacto con los arquetipos del inconsciente colectivo.
Esta ilustración pertenece a un manuscrito del Siglo XIII en el que se representan algunas de estas visiones. Esta en particular suele llamarse "el hombre universal" y, según la interpretación convencionalmente aceptada, alude a la relación entre el microcosmos humano y el macrocosmos de la naturaleza. Como podemos observar se trata de una construcción triuna.
En ella el hombre ocupa el lugar central y las líneas y "vientos" que lo acompañan enfatizan la idea de dinamismo.
A su alrededor aparece envolviéndolo el mundo natural (en color rojo y con una curiosa caracterización antropomórfica) del que depende y con el que entra en relación:
Por último tenemos una tercera capa que representa la organización de la realidad de acuerdo con la voluntad divina. La cabeza humana con rasgos de "anciano sabio" mantiene una continuidad con las dos capas anteriores, pero el cuerpo ha sido sustituido por un marco rectangular que subraya la idea de un orden universal que regula al conjunto completo.
En resumen:
Si comparamos esta secuencia con la del Cerebro triuno
Podemos notar un parentesco que va más allá de la recurrencia del número 3 o de la disposición en capas sucesivas de los componentes. En ambos casos podemos distinguir un elemento que concentra la máxima energía del conjunto (cerebro base - hombre) otro que representa la máxima estructura (neocorteza - orden divino) y entre estos dos, a modo de puente, un tercer elemento capaz de mantener un vínculo entre ellos (sistema límbico - entorno natural).
Por supuesto que no estoy sugiriendo que Hildegard se haya "adelantado" a las investigaciones de McLean. Simplemente ambas representaciones se inscriben dentro de una tradición de modelos triunos con esta misma estructura general que pueden encontrarse en un amplísimo espectro cultural y geográfico. Esto es cierto al punto que podemos afirmar su condición de invariante narrativa del universo humano. Dicho de otro modo, estaríamos en presencia de un arquetipo.
La única razón para elegir como ejemplo la imagen de nuestra visionaria amiga (además, por supuesto, de la belleza de la lámina) es que muestra, de forma especialmente gráfica, las respectivas naturalezas de los tres componentes de este arquetipo (Energía - Vínculo - Estructura). Cuando tres elementos se combinan siguiendo estas pautas para dar origen a una totalidad diremos que estamos en presencia de una trinidad funcional. Esquemáticamente:
De aquí en adelante, en los diversos ejemplos que vamos a revisar, usaremos de forma consistente esta clave de colores y formas geométricas (el triángulo rojo siempre será el elemento de máxima energía, el cuadrado azul el de máxima estructura y el círculo morado el aspecto vinculante entre ellos). Evidentemente el esquema es aplicable tanto al modelo del cerebro triuno de McLean como al "hombre natural" de la polifcética abadesa de Rupertsberg:
Es importante señalar que cuando no encontramos ante una verdadera trinidad funcional (y no con una mera colección de tres elementos) la totalidad que surge de sus relaciones e interacciones no podrá existir sin la presencia de sus tres componentes y será más que la suma de ellos.
Otro característica importante (que también podemos observar claramente en el modelo del cerebro triuno) es la relación no jerárquica entre sus componentes. Cada uno realiza un aporte único que no puede ser cubierto por los otros dos y, dependiendo de las circunstancias, cualquiera de los tres puede actuar como el centro de gravedad del conjunto. Como señala Edgar Morin en "El Paradigma perdido":
Esta condición policéntrica se traduce, necesariamente, en interrelaciones débilmente jerarquizadas entre los tres componentes, y esto es precisamente lo que busco destacar al representar circularmente las trinidades funcionales (en lugar de ceder al impulso de disponerlos como una jerarquía vertical). Por ejemplo, aunque pueda gustarnos la idea de identificar la neocorteza y sus habilidades racionales y abstractas como el verdadero centro de nuestro ser, resulta evidente que experiencias como el amor y el disfrute de la sexualidad (que sin duda forman parte integral de nuestra condición humana) requieren del protagonismo tanto del sistema límbico como del cerebro base.
Como ya mencionamos, el modelo de McLean es una expresión moderna de una familia de conceptos triunos que encontramos una y otra vez en diversas épocas y contextos culturales, con formulaciones y nombres diferentes en cada caso, pero de una coherencia fácilmente reconocible. Sin embargo, y a pesar de las críticas que el modelo ha recibido a través de los años, resulta por lo menos tentador el considerarlo como algo más que un mero ejemplo, entre muchos otros, de este principio organizador. Más bien pareciera que esta condición triuna del cerebro viene a ser la raíz misma de este recurrente arquetipo.
Nada tendría de extraño que el ser humano muestre la tendencia a organizar su realidad a través de trinidades funcionales si su propio cerebro está organizado de esta forma. El propio Jung en "El Secreto de la Flor de Oro" presentaba su idea general del inconsciente colectivo (fuente de todos los contenidos arquetipales) en términos similares:
"así como el cuerpo humano muestra una anatomía general por encima y más allá de todas las diferencias raciales, también la psique posee un sustrato general que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia, al que he designado como lo inconsciente colectivo. Esta psique inconsciente, común a toda la humanidad, no consiste meramente en contenidos capaces de llegar a la conciencia, sino en disposiciones latentes hacia ciertas reacciones idénticas. El hecho de lo inconsciente colectivo es sencillamente la expresión psíquica de la identidad, que trasciende todas las diferencias raciales, de la estructura del cerebro. Sobre tal base se explica la analogía, y hasta la identidad, de los temas míticos y de los símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general."
A continuación veremos algunos ejemplos de trinidades funcionales. Como el modelo del cerebro triuno (que seguirá siendo nuestro hilo conductor) sugiere implícitamente que el ser humano en general puede entenderse en términos de visceralidad (cerebro base), afectividad (sistema límbico) y racionalidad (neocorteza), y como esta terminología está más cerca del lenguaje ordinario, nos resultará más cómodo utilizar estos términos (visceralidad-afectividad-racionalidad) de aquí en adelante.
(O en todo caso los consideraremos más o menos intercambiables con los términos técnicos del cerebro triuno, que son mucho más precisos pero con frecuencia también más engorrosos.)
Algunos ejemplos de trinidades funcionales
(1) El modelo de Freud
Sin duda alguna, y a pesar de las revisiones y críticas que ha recibido su pensamiento desde las últimas décadas del Siglo XX, la concepción de la psique de Freud fue la piedra fundacional de la moderna psicología. Dentro de este modelo tiene un lugar protagónico la tríada Ello-Yo-Superyó, desarrollada con gran detalle en su libro de 1923 "El yo y el ello".
Allí describe al Ello como la parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad, portadora de pulsiones primitivas relacionadas con el hambre, y la sexualidad, caracterizada por la agresividad y los impulsos irracionales. Según Freud este sería el motor del comportamiento humano. En el otro extremo el Superyó sería la parte de la psique que contrarresta al Ello, representando una instancia moral y enjuiciadora, producto de la internalización de las normas, reglas y prohibiciones parentales.
Con estas descripciones creo que resultan evidentes las afinidades del Ello y el Superyó con los aspectos de máxima energía y máxima estructura de la trinidad funcional (por no hablar de sus afinidades con los conceptos de visceralidad y racionalidad).
Por su parte también es clara la afinidad del Yo con el aspecto vinculante, ya que, de nuevo según Freud, su función es cumplir de manera realista los deseos y demandas del Ello, conciliándose al mismo tiempo con las exigencias del Superyó.
Cabe señalar que en "Los dragones del Edén" Carl Sagan rechaza el parentesco entre el cerebro triuno y la trinidad freudiana ello-yo-superyó, pero lo hace porque busca una correspondencia lineal entre las descripciones de Freud y las de Mclean en lugar de estudiar, como estamos haciendo nosotros, las relaciones y pautas que se dan entre los componentes de ambas trinidades.
(2) El concepto del Self en William James
El norteamericano William James, aunque no tan conocido como Freud dentro de la cultura popular, posee también un lugar de similar importancia en la historia de la psicología moderna.
Más de 30 años antes de Freud, James había establecido su propio modelo triuno para el estudio de los procesos psicológicos en un libro fundamental llamado "Principios de Psicología". En este libro, entre otras cosas, sentaba las bases del estudio psicológico moderno de ese fenómeno central de la experiencia humana que es la conciencia de sí mismo. Esa condición de pionero influyó claramente en la terminología usada por los psicólogos para referirse a este tema, y en la actualidad sigue siendo frecuente utilizar el término inglés “self” para hacer referencia a los fenómenos relacionados con la conciencia reflexiva. De este modo self, la conciencia de sí o el sí mismo vienen a ser diferentes formas de nombrar un mismo concepto.
En su estudio empírico del Self James distinguió tres aspectos:
1) el Self material,
que tiene que ver, como su nombre lo indica, con las realidades materiales que nos definen. Nuestro cuerpo, por supuesto, pero también nuestra ropa, vivienda y demás propiedades. Incluso nuestra familia, considerada en su dimensión objetiva y tangible. Es la conciencia de sí mismo en sus aspectos más corporales y materiales.
2) el Self social,
construido a partir del reconocimiento que obtenemos de nuestros semejantes. Engloba aspectos como la fama, el honor o la consideración personal.
3) el Self espiritual,
que representa nuestro ser íntimo y subjetivo, con nuestras facultades o disposiciones psíquicas, tomadas concretamente. Sería la parte más duradera e íntima del self, lo que más verdaderamente somos, incluyendo nuestra sensibilidad, moralidad, habilidades y cosas semejantes. Es el núcleo central del self, que se siente de diversas maneras aunque no se pueda percibir directamente.
Queda claro que el Self material es más visceral (más cercano al cuerpo), el Self social es más afectivo y relacional y el Self espiritual es más mental.
(3) El alma según Platón
Tanto Freud como James estaban familiarizados con la tradición de la filosofía griega en general y con la obra de Platón en particular.
Nacido alrededor del año 427 a.C. es sin duda uno de los personajes más influyentes en la historia del pensamiento. Desde un punto de vista antropológico manejaba una concepción dualista del ser humano (al que dividía en cuerpo y alma, en griego soma y psyché), pero en su forma de concebir el alma (la psyché) estableció un muy difundido modelo triuno bajo la forma del llamado mito del carro alado.
De este modo distinguía tres aspectos del alma identificados como el auriga (conductor) y sus dos caballos (uno blanco y otro negro):
1) El caballo negro (caracterizado como un "caballo feo y malo" ) representaba al alma apetitiva (o concupiscente): La tenemos los humanos, los animales e inclusive las plantas. En el ser humano estaría ubicada en el abdomen. Está ligada al cuerpo por lo que muere al morir el cuerpo. Es irracional así que no puede conocer las Ideas (que para Platón constituyen la verdadera realidad). Es fuente de deseos materiales (de impulsos innobles) y por esto es mala. Una concepción que recuerda claramente la expresión homérica "el funesto vientre" para referirse a la fuente de los deseos humanos que desatan la guerra y la injusticia en el mundo. Sin embargo este mal caballo, si se une al caballo bueno y se deja gobernar por el auriga puede desarrollar la virtud de la templanza (sensatez, moderación) que permite equilibrar su desenfreno y desmesura naturales.
2) El caballo blanco (que por supuesto era el bueno) representaba al alma irascible (o en una más feliz traducción el alma vehemente): La tenemos los humanos y los animales y está ubicada en el pecho. Busca honores y gloria y es fuente de emociones y pasiones. Aunque Platón no se pronuncia sobre si es mortal o inmortal, comparte con la anterior el estar ligada al cuerpo y ser irracional, por lo que tampoco puede conocer el mundo de las Ideas. Sin embargo hay una diferencia importante (que la hace "buena" ): es dócil y se deja guiar fácilmente por el auriga. La virtud que le permite alcanzar todo su potencial a este caballo blanco es la fortaleza de ánimo (andreía en griego).
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3) Por último está el auriga que es el alma racional: Se trata de un atributo específicamente humano y está ubicada en la cabeza. A diferencia de las otras dos esta parte es inmortal y posee la capacidad de conocer el mundo de las ideas. La caracteriza su pasión por la verdad y la búsqueda del bien. Es la mejor parte de las tres, por lo que debe gobernar a las otras dos. Se perfecciona a través del cultivo de la sabiduría (la palabra griega es phrónesis, de la que deriva "prudencia", y viene a significar algo así como el conocimiento de lo verdaderamente bueno para el hombre y de los medios para alcanzarlo)
Por supuesto que la cercanía del caballo negro con los impulsos nos recuerda de inmediato el vector visceral de la trinidad funcional, mientras que el rol mental del auriga lo ubica como el aspecto racional y estructurador. El caballo blanco, dócil ante el conductor, es el puente que lo ayuda guiar al negro y por lo tanto el elemento de vínculo entre ambos.
En este punto creo que conviene detenernos un momento para subrayar que en ningún caso se trata de establecer una identidad entre las distintas trinidades funcionales que estamos revisando. El Self material de William James no es igual al Ello de Freud, y ninguno de ellos es equivalente al caballo negro en el carro alado de Platón. Cada una de estas formulaciones está cargada de las visiones, intuiciones o prejuicios de sus creadores (por ejemplo, el incluir nuestras posesiones como parte del Self, refleja el capitalismo radical de la cultura norteamericana del Siglo XIX dentro de la que se formó William James). Sin embargo, aunque claramente no son idénticas son sin duda alguna análogas. La analogía permite establecer puentes entre aspectos distintos de la realidad que potencialmente pueden iluminarse unos a otros. Por ejemplo entender la analogía entre el auriga de Platón y el superyó de Freud puede ayudarnos a comprender la forma en la que la filosofía platónica terminó apuntalando una cultura de la represión de los impulsos a lo largo de la historia del cristianismo occidental.
(4) La trinidad cristiana
Dentro del contexto de Occidente resulta claro que la trinidad funcional más conocida es la que representa la Santísima Trinidad del cristianismo. Según este dogma Dios (es decir, la Totalidad en un sentido último y definitivo) existe como una trinidad en la que pueden diferenciarse el Padre (increado e inengendrado), el Hijo (no creado sino engendrado eternamente por el Padre) y el Espíritu Santo (que no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo). Ninguna de estas tres personas divinas es equivalente a cualquiera de las otras dos, pero Dios es cada una de las tres.
La caracterización que se hace del Espíritu Santo (lo de proceder eternamente tanto del Padre como del Hijo) lo ubica de forma natural como el elemento vinculante de la trinidad funcional. Faltaría asignar los otros roles. Si consideramos que es a Dios Padre a quien se le atribuye el rol de arquitecto del universo y la idea de un plan para la humanidad resulta más que evidente su afinidad con el aspecto de máxima estructura. Por último decir que Dios Hijo (Cristo encarnado en el mundo) representa el máximo de energía es algo del todo coherente con la realidad histórica del cristianismo, ya que es precisamente la vida y pasión de Cristo lo que pone en marcha la sucesión de eventos que terminarán llevando a esta religión al lugar que ocupa hoy en el mundo. De este modo tendríamos:
La distribución anterior es sin duda alguna la más coherente con la teología cristiana (al menos con la católica), pero creo que hay quienes pueden extrañarse de la identificación de Cristo con el aspecto visceral en lugar del afectivo. Esto se debe a la caracterización general del mensaje cristiano como amoroso, pero el testimonio que los evangelios dan de Cristo es coherente con la asociación visceral. En ese sentido el pasaje de la expulsión de los mercaderes del templo es sin duda una referencia importante.
Pero la clave definitiva la da el énfasis que el discurso cristiano otorga al tema del dolor físico soportado por Jesús.
Lo específico de Cristo como representación de la divinidad es el haber sufrido físicamente para redimir a la humanidad de sus pecados. Como dijimos al comienzo el componente visceral es el que está ligado directamente al contacto con nuestros recursos biológicos y a la interacción con la realidad inmediata. Dicho de otro modo el componente visceral es el que nos conecta de forma inmediata con nuestra realidad física, incluyendo por supuesto el tema del dolor. Se sufre con el cuerpo y el cuerpo es el territorio de lo visceral. En su condición de Dios encarnado en un cuerpo físico y que actúa en el mundo (poniendo en marcha acontecimientos históricos) Dios Hijo es sin duda un Dios visceral, es decir un Dios que se manifiesta e impacta en la realidad. Esto es por completo compatible con el ser portador de un mensaje que subraya las cualidades afectivas (empáticas, comprensivas y amorosas) del sistema límbico, ya que el cristianismo (considerado como una totalidad) es una religión que se identifica a sí misma con estas cualidades. Esta consideración nos lleva de forma natural a plantear el tema de las religiones abrahámicas.
(5) Judaísmo, Cristianismo e Islamismo
Al conjunto de Judaísmo, Cristianismo e Islamismo se le conoce como las tres religiones abrahámicas ya que las tres tienen como base común las enseñanzas de Abraham. En El Decamerón (Siglo XIV) Bocaccio cuenta la historia de un prestamista judío llamado Melquisedec a quien el Sultán Saladino le plantea la siguiente cuestión:
-Buen hombre, a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana.
Melquisedec comprende que la intención de Saladino es tenderle una trampa que le permitirá apoderarse de sus riquezas. Si contesta que la religión verdadera es la judía lo condenará por infiel, si contesta que la mahometana lo condenará por traicionar su propia religión y si contesta que la cristiana lo condenará por infiel y por traidor. Por otra parte también sabe que no puede negarse a contestar una pregunta hecha por el sultán.
Para salir del predicamento Melquisedec cuenta la historia de un hombre que poseía un anillo que había pasado de generación en generación en su familia durante siglos, y que tradicionalmente era dado en herencia al hijo predilecto. Como este hombre tenía tres hijos a los que amaba de igual manera hizo secretamente dos copias idénticas del anillo original.
De este modo cuando sintió que se acercaba el momento de su muerte dio por separado a cada uno de sus hijos uno de los anillos para que ninguno de los tres creyera que lo amaba menos que a cualquiera de los otros dos. Como los anillos eran idénticos, al morir el padre no fue posible conocer quién era el verdadero heredero quedando pendiente la cuestión. Y Melquisedec concluye:
- Y esto mismo te digo, señor, sobre las tres leyes dadas por Dios Padre a los tres pueblos que son el objeto de tu pregunta: cada uno cree tener su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos; pero en esto, como en lo de los anillos, todavía está pendiente la cuestión de quién la tenga.
De este modo logró contestar la pregunta sin caer en la trampa y ganándose de paso la admiración y la amistad del sultán.
La historia es exquisita en su sencillez, y nos proporciona una primera intuición de las ubicaciones relativas de las tres religiones cuando las consideramos como parte de una trinidad funcional, ya que:
El musulmán Saladino plantea una cuestión abstracta (racionalidad).
El judio Melquisedec resuelve una situación práctica (visceralidad).
El cristiano Bocaccio relata la historia en la que los dos personajes anteriores entran en contacto (afectividad).
Efectivamente, si las comparamos entre sí, descubrimos que en sus concepciones de la divinidad, y en el perfil característico de cada una de ellas que surge de dichas concepciones, las tres religiones se ajustan perfectamente a este esquema de trinidad funcional.
El Dios del judaísmo es el Dios del Poder, que se manifiesta a través de actos como separar las aguas del Mar Rojo,
arrasar con fuego y azufre a Sodoma y Gomorra
o enviar a un ángel espada en mano a matar a todos los primogénitos de Egipto.
Es también un Dios que exige un signo físico y concreto como señal de compromiso (la circuncisión).
De las tres religiones que estamos considerando es la única que asigna a la herencia biológica el papel principal para determinar la pertenencia a la comunidad. Se es judío por el sólo hecho de haber nacido de madre judía, independientemente de la aceptación de creencias o del seguimiento de un modelo de vida determinado. En el llamado judaísmo reformista se extiende esta definición y se considera que son judíos aquellas personas que han «nacido de madre o padre judíos». También es posible convertirse al judaísmo mediante un cierto proceso (que por supuesto incluye la circuncisión) pero a lo largo de los siglos la gran mayoría de los judíos lo han sido por nacimiento. Por una parte esto explica el numero relativamente pequeño de judíos en el mundo (cuando lo comparamos con el número de musulmanes y cristianos), y por la otra evidencia la importancia que otorga esta religión a la realidad física y biológica del ser humano.
En el extremo opuesto la conversión al islamismo sólo requiere la recitación sincera ante dos testigos de la shahada o profesión de fe, en la que se admite la existencia de un único Dios y se reconoce a Mahoma como su profeta. La sencillez del procedimiento no es de extrañar cuando se comprende que el Dios islámico es fundamentalmente un Dios de pactos, leyes y estructuras. La religión se considera la fuente natural de la organización judicial y política (algo que explica la extrema dificultad que ha presentado históricamente el establecimiento de estados laicos en el mundo musulmán).
El Islam comparte con el judaísmo la prohibición de hacer representaciones de la divinidad, pero en las mezquitas islámicas no encontramos por ello la misma austeridad decorativa de las sinagogas. Muy al contrario, los musulmanes desarrollaron a partir de esta prohibición tres de las formas más abstractas (a la vez que exquisitas y complejas) de decoración que alguna vez haya conocido la humanidad. La lacería, a partir de repeticiones de formas geométricas,
el ataurique (o arabesco) a partir de motivos vegetales
y la que a mi juicio es la más impresionante de las tres, la caligrafía cúfica, en la que la escritura de los versículos del Corán adquiere una plasticidad única
Todo ello enfatiza la valoración de las realidades abstractas que caracteriza al Islam. Incluso la misma forma geométrica del más sagrado de sus santuarios, la Kaaba (literalmente el Cubo), que indica el lugar hacia el que debe orientarse el creyente al orar, y al cual es obligatorio peregrinar al menos una vez en la vida, subraya esta voluntad de abstracción.
Otro elemento para afirmar el énfasis mental del islam puede encontrarse en el elevado lugar que se concede a la figura del erudito religioso, la persona que conoce de memoria el Corán y los dichos de Mahoma, siendo capaz de interpretarlos y aplicarlos como guías para sí mismo y la comunidad. En palabras de uno de estos eruditos islámicos (Khurshid Ahmad): "Él [Alá] creó al hombre y designó una duración de vida determinada sobre la tierra para cada ser humano. Alá ha prescrito un cierto código de vida, que es el correcto para él, pero al mismo tiempo, le ha conferido al hombre libre albedrío en cuanto a si adopta o no este código como la verdadera base de su vida. Aquel que escoge seguir el código revelado por Dios se convierte en musulmán (creyente), y aquel que se niega a seguirlo se convierte en Kafir (incrédulo).”
A medio camino entre estos dos polos de energía y estructura, la religión cristiana se presenta como una religión del perdón, el amor y el sacrificio. Por lo menos así hay que entenderla a partir de su mito fundacional según el cual "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna" (Juan 3:16).
A diferencia de la austeridad decorativa de los judíos y de la abstracta exquisitez de los musulmanes, el arte cristiano es intencionalmente emotivo, está concebido evidentemente para conmover al espectador, apelando a su afectividad y empatía.
Con respecto al tema de la conversión también encontramos en el ritual del bautismo, como metáfora de un nuevo nacimiento, un claro énfasis en aspectos afectivos y relacionales
Por otra parte, tal como ya vimos antes, en el dogma cristiano se habla de las tres personas divinas que, siendo realmente distintas entre sí, son todas ellas y cada una un solo Dios. Algo que sin duda alguna desafía el entendimiento humano. Por lo que se agrega de forma explícita que aunque es posible formular el dogma con palabras, su verdad es inaccesible a la razón, por lo que simplemente debe aceptarse a través de la fe. Esta formulación establece una clara distancia tanto con el pragmatismo judío como con la racionalidad islámica, haciendo énfasis en una confianza afectiva en Dios y su Iglesia.
Por último cabría señalar el rol único de la figura de la Virgen en la religión cristiana, que introduce de lleno los aspectos relacionales y afectivos vinculados con la figura materna.
Para las tres religiones Dios posee Poder, Amor y Razón, pero cada una pone el acento en un punto diferente. Para los judíos en el Poder, y por eso son "el pueblo elegido", para los cristianos en el Amor, y por eso son "el rebaño de Dios", y para los musulmanes en la Razón y por eso son los poseedores de "la palabra eterna de Dios" (el Corán).
Desde un punto de vista negativo, la visceralidad del judaísmo puede derivar en falta de consideración y empatía con los no judíos, la afectividad del cristianismo en un sentimiento de superioridad moral que le permite justificar atrocidades y la racionalidad islámica en rigidez dogmática que castiga implacablemente cualquier desviación del credo oficial.
Por supuesto que entiendo perfectamente el rechazo que puede despertar en un miembro comprometido y practicante de cualquiera de estas tres religiones la aplicación de términos como visceral, afectivo o racional para caracterizar la esencia de sus sistemas de creencias (y no digamos nada de adjetivos como paleocefálico, límbico o necortical), pero el análisis que hemos hecho se limita a la observación de manifestaciones exteriores, y poco tiene que ver con cuestiones de fe y vivencia personal. Adicionalmente las tres religiones son capaces tanto de las expresiones luminosas como de las oscuridades de cualquiera de estos tres vectores sociopsicológicos (lamentablemente ninguna religión tiene el monopolio de la falta de empatía hacia otros credos, el sentimiento de superioridad moral o el dogmatismo autoritario).
En cualquier caso lo único que nos interesa destacar es la posición relativa que cada una de las tres ocuparía dentro de una trinidad funcional.
Sin duda algo llamativo en este caso es que hemos aplicado las categorías de la trinidad funcional y el cerebro triuno a una realidad que no es una construcción filosófica o cultural claramente delimitada, sino que es el producto de un proceso histórico lleno de contingencias. Pero, regresando al argumento del inconsciente colectivo basado en la identidad de la estructura cerebral, ¿qué tiene de raro que los procesos históricos de una especie cuyo cerebro es triuno lleguen en algún momento a exhibir el sello de esa triunidad? En ese sentido puede resultar interesante ver el ejemplo de Roma.
(6) El origen de Roma
El mito de los legendarios Rómulo y Remo, criados por una loba y eventualmente enfrentados en una rivalidad fratricida durante el proceso de la fundación de Roma, envuelve en brumas un proceso histórico que está lejos de ser conocido con entero detalle. Sin embargo, lo que sabemos permite identificar al menos tres componentes culturales que se amalgamaron en el origen de esta notable civilización, contribuyendo a formar su muy particular (y sin duda exitosa) personalidad histórica.
Por una parte tenemos al pueblo latino, asentado en área geográfica de lo que sería Roma por lo menos desde el Siglo XII a.C. Ellos aportaron el idioma (latín) junto con los fundamentos de su literatura y las bases de un sistema legal.
Luego están los sabinos, que también habitaban la misma región y aportaron a Roma su profundo sentido religioso.
y por último los etruscos, pueblo conquistador que llegó a imponerse en la zona y del que los romanos tomarían su organización político-militar
En resumen los latinos proporcionaron el elemento racional, los sabinos el afectivo y los etruscos el visceral
En este caso nuevamente tenemos la posibilidad de ver aplicadas a un proceso histórico las categorías de la trinidad funcional. Aunque dada la escasa información con la que se cuenta bien podría ser que hayan sido los propios historiadores los que, guiados inconscientemente por este arquetipo triuno, hayan terminado organizando los datos según estas pautas. En cualquier caso no dejaría de ser curioso que una civilización nacida de la mano de la trinidad funcional (o cuyo origen puede ser leído en estos términos) haya terminado convirtiendo al cristianismo y su trinidad en la religión oficial de su imperio.
Pero al igual que los arquetipos pueden surgir en religiones, modelos filosóficos o procesos históricos, también pueden hacerlo (y es natural que lo hagan) en creaciones artísticas individuales o a través de las producciones de la industria del entretenimiento. Un ejemplo de este tipo puede servirnos para cerrar esta primera lista (que poco a poco iremos ampliando) de trinidades funcionales.
(7) Las brujas de Eastwick
La brujas de Eastwick, es una película de 1987 con Jack Nicholson, Cher, Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer, basada en la novela del mismo título de John Updike. Se trata de una deliciosa comedia de trasfondo fantástico en la que el diablo, encarnado como el excéntrico Daryl Van Horne (Nicholson) llega al imaginario pueblo de Eastwick atraído por las energías de tres amigas, poseedoras sin saberlo de poderes mágicos. Cada una de estas tres amigas representa de manera particularmente clara uno de los aspectos de la trinidad funcional. Alexandra (Cher) artista y feminista es el personaje mental. Jane (Sarandon) profesora de música en un colegio, es el personaje visceral. Por último Sukie (Pfeiffer) la periodista del pueblo, es la emotiva del grupo.
Daryl las va seduciendo una a una, y el carácter individual de las tres brujas queda claramente definido a través de las respectivas escenas de seducción.
Comienza con Alexandra y en este caso toda la escena de seducción es a través de una conversación en la que Daryl va analizándola (o casi podríamos decir psicoanalizando) poniendo en evidencia la grietas y la banalidad de su vida, sus anhelos y sus frustraciones.
A lo largo del diálogo va caminando a su alrededor pero no hay contacto físico. Con un estilo retórico que apela a la inteligencia de Alexandra se presenta a sí mismo como la salida para esa cárcel de rutinas y deberes que es su vida, instándola a que se abandone a la experiencia de estar con él. Al final, como un dique que se rompe, ella cede. Toda la escena tiene el sello de lo mental.
La siguiente es Jane, a quien visita en su casa invitándola a que toquen música juntos (ella en el cello y él al piano).
A medida que avanza la melodía Daryl la anima a que deje salir toda la pasión que ha estado conteniendo.
Poco a poco Jane se va transformando y al final el cello cae al piso envuelto en llamas (poderosa imagen de la intensidad visceral que acaba de desatarse) y ella se abalanza sobre Daryl dando rienda suelta al deseo. A partir de este punto el personaje (inicialmente recatado y reprimido) abrazará un estilo de vida caracterizado por la ausencia de límites morales (algo así como el ello destronando al superyó).
Por último la escena de seducción de Sukie transcurre en el agua, hablándole con ternura y haciendo la alabanza del cuerpo de la mujer (pero no de sus atractivos sino de la maravilla que es el que puedan ser madres y alimentar a sus hijos).
Sukie fascinada le pregunta "¿Quién eres?"y él le contesta "Quien tu quieras que sea". Ella entonces se acerca y lo besa con dulzura. Toda la escena tiene una inconfundible carga afectiva y relacional. Además es la única de las tres escenas en la que realmente podemos hablar de un diálogo entre los dos personajes.
Lo bien que funciona la película (su redondez cinematográfica) tiene mucho que ver con lo bien que se integran las personalidades de las tres brujas y creo que a partir de las descripciones hechas queda clara su correspondencia con la distribución en la trinidad funcional que sugerí al comienzo
La lista de ejemplos podría continuar indefinidamente (y probablemente la extienda en futuras publicaciones), pero, llegados a este punto, ya estamos lo suficientemente familiarizados con la trinidad funcional como para pasar a vincular todo lo visto hasta ahora con ese poderoso lenguaje simbólico que es la astrología.
Trinidades funcionales y Astrología
Quienes están familiarizados con los componentes básicos del sistema astrológico probablemente ya han vinculado la trinidad funcional con esa organización tradicional de los signos zodiacales conocida como los tres dinamismos: cardinal, mutable y fijo:
Para el público en general resulta mucho más familiar, por supuesto, la organización cuaternaria de los elementos:
Esta forma de organización (a la que llamaremos cuaternario constitutivo) es también un arquetipo organizativo de la realidad humana sobre el que sería posible extenderse (y probablemente lo haga en próximas entregas, ya que sin duda es importante y, al igual que la trinidad funcional, también parece hundir sus raíces en la propia estructura cerebral). Pero lo que nos interesa en este punto, es sólo subrayar que nuestro conocido zodiaco occidental surge precisamente de la combinación del cuaternario constitutivo con la trinidad funcional:
cada uno de los 12 signos puede expresarse como una combinación única de un dinamismo y un elemento. De este modo decir Aries o decir cardinal de fuego viene a ser exactamente lo mismo, con la ventaja de que al concebir los signos en primer lugar como combinaciones de dinamismos y elementos subrayamos su carácter abstracto y establecemos claramente la diferencia existente entre estos 12 segmentos (de exactamente 30º cada uno) en los que se divide la eclíptica a partir del llamado punto vernal, y las constelaciones del mismo nombre (que son 12 regiones estelares irregulares que hace unos 2500 años coincidían aproximadamente con los signos y sirvieron para darles nombre).
En cualquier caso lo que nos importa en este punto es evidenciar que los tres dinamismos son una trinidad funcional, y para eso nos basta cualquier descripción que se haga de ellos en un texto de astrología. Por ejemplo:
Los signos cardinales se relacionan con el principio de acción y significan movimientos iniciadores de la energía en una dirección definida. Los signos fijos representan una energía concentrada, acumulada en el interior en dirección a un centro o que irradia hacia afuera desde un centro. Los signos mutables están relacionados con la flexibilidad y el cambio constante y pueden concebirse como pautas de energía en espiral
Stephen Arroyo, Manual de interpretación de la carta natal
Resulta natural asociar el principio de acción con el componente visceral y de máxima energía, mientras que la idea de energía concentrada que irradia desde un centro nos hace pensar en la estructura y la organización que asociamos al aspecto mental de la triada. Por último asociar la cualidades de flexibilidad y cambio con el aspecto vinculante resulta del todo coherente. De este modo tenemos que los tres dinamismos son una trinidad funcional por derecho propio:
Todo lo dicho hasta ahora es totalmente independiente de si creemos o no en la validez de la astrología. Exista o no una correspondencia entre la vida humana y la descripción que de ella hacemos a partir de este sistema, lo cierto es que esa descripción existe y corresponde a un sofisticado sistema simbólico del que la trinidad funcional forma parte.
Creo que incluso para quienes no conceden valor alguno a la astrología puede resultar interesante saber que existen las trinidades funcionales y que, a través de ellas, podemos percibir analogías entre el lenguaje astrológico y realidades que le son aparentemente tan distantes como el cerebro triuno, el modelo de la psique de Freud o las divertidas andanzas de las tres brujas de Eastwick. Esto puede ser considerado por lo menos como una curiosidad interesante. Y ya eso basta para justificar la lectura hasta este punto.
Sin embargo es conveniente aclarar que de aquí en adelante nos iremos adentrando cada vez más en el universo astrológico. Y es natural que sea así ya que en lo personal pertenezco al grupo de quienes sí creen en la utilidad de la astrología (que es algo muy distinto a creer en los horóscopos de revista, los iluminados de la tv o en las estereotipadas descripciones de la personalidad según el signo solar que abundan en internet). Así que en las próximas entregas (que seguramente serán unas cuantas) seguiré ahondando en esa dirección.
En particular me interesa que avancemos en el uso de la trinidad funcional para comprender las combinaciones de los dinamismos astrológicos. Se trata de 9 combinaciones a las que llamo dinatipos y que pueden resultar especialmente útiles como punto de partida para interpretar la información de una carta natal:
Pero ya me he extendido bastante, así que la presentación de estas pautas tipológicas, junto con una larga lista de otros puntos que me interesan, tendrán que quedar para una próxima oportunidad.
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