Desde hace unos 30.000 años conviven con nosotros y, desde entonces, los hemos ido adaptando a nuestras necesidades hasta el punto de alterarlos genéticamente. Hoy hay unas 400 razas diferentes de perros en el mundo. Unos hacen de guardianes; otros, de mascotas, pero todos hacen compañía.
Allí estaban de nuevo, en el límite mismo del campamento. Los cazadores los miraban con simpatía mientras devoraban su última presa al calor del fuego. Aquellos pequeños lobos les habían ayudado. Con intención o no, habían acercado a los ciervos hasta donde los esperaban los cazadores, permitiéndoles abatirlos con sus rudimentarias lanzas.
Uno de los hombres más jóvenes del grupo acabó de extraer el último jirón de carne a un hueso y se lo arrojó a los lobos. Con un concierto de gruñidos, los animales agradecieron el regalo. Otros cazadores imitaron al joven. Aquellos lobos recibían así la recompensa por su ayuda. Se estaba sellando una alianza que iba a durar milenios.
Esta escena debió de ser común hace alrededor de 30.000 años. Unos pequeños lobos del este de Asia se habituaron a vivir alrededor de los campamentos humanos. Los cazadores se beneficiaban de los animales que les ayudaban en sus cacerías y les avisaban del peligro gracias a sus extraordinarios sentidos. A cambio, aquellos humanos, cazadores nómadas, les ofrecían las sobras de sus capturas.
Miles de años de convivencia fueron acercando a las dos especies. Y el acercamiento provocó inevitables cambios en los pequeños lobos asiáticos. Ya no necesitaban una estructura social tan compleja dentro de la manada. Los hombres se convertían paulatinamente en sus proveedores de comida y, quizás por lo mismo, en sus líderes. La lealtad a los seres humanos se hacía inevitablemente más fuerte. Su dependencia más irreversible. Aquellos pequeños lobos se iban convirtiendo, poco a poco, en los primeros perros.
Desde los lejanos tiempos del Paleolítico, los perros han ido cambiando al antojo caprichoso de la especie que los adoptó como mascota. Hoy son más de 400 razas las que viven con nosotros y, en mayor o menor grado, todas han sido esculpidas genéticamente siguiendo nuestras necesidades. Si al principio se buscó en ellos la ayuda en el trabajo y la defensa contra posibles enemigos, con el tiempo las tareas se han diversificado. En la China imperial se utilizaban pequeños perros entre ellos el actual pequinés como calentadores, colocándolos en el interior de las túnicas de mujeres y ancianos. En Roma se buscó destacar la fuerza y la fiereza y se les utilizó como arma en la vanguardia del Imperio. En las regiones boreales se convirtieron en animales de tiro y en abrigo de quienes los guiaban. En el Perú preincaico en un apreciado alimento. En Centroeuropa en pastores experimentados... Por todo el mundo los perros se diferenciaban, cambiaban, se especializaban alterando su físico y su comportamiento según el capricho de sus criadores.
El resultado es una variedad extraordinaria de razas especializadas; animales con algunos de sus rasgos primigenios potenciados al máximo: olfato, fuerza, mansedumbre, velocidad, instinto cazador... Los cruces y la selección nos han dado razas que varían en peso y tamaño, desde los diminutos chihuahuas de menos de 20 cm y algo más de 1 kg de peso hasta el gigante cazalobos irlandés, con 80 cm a la cruz, o el enorme San Bernardo, que ostenta el récord de peso con 150 kg.
Las razas se han diferenciado tanto que ahora los científicos se preguntan si realmente todos los perros provienen de aquellos pequeños lobos del este de Asia.
Ayudados por las nuevas técnicas de secuenciación genética, los investigadores han ido comprobando la historia evolutiva del más doméstico de nuestros animales. Aunque la prueba más antigua de domesticación de un cánido (31.700 años) se encontró en 2008 en una cueva en Bélgica, la mayor diversidad genética de los perros del este de Asia demuestra el origen, el punto de partida, en el que dejaron de ser lobos, Canis lupus, y se convirtieron en la nueva especie Canis familiaris.
Desde allí los perros se extendieron siguiendo la expansión del hombre, colonizando Europa y posteriormente América, Oceanía y África. En todos los continentes ya existían cánidos salvajes, menos en Oceanía, donde los aborígenes llevaron sus perros. Estos se asilvestraron con el tiempo y dieron lugar a los actuales dingos, la única raza de perro que ha recorrido el camino inverso hacia un estado salvaje.
Ahora sabemos que la práctica totalidad de las razas perrunas deben su origen al lobo. Solo en una ocasión los seres humanos llegaron a contar con una raza de perro de distinta procedencia. Los indios yaganes que habitaban los canales fueguinos, en el extremo sur de América, tuvieron un proceso similar en la domesticación de sus perros, pero fue a partir de los zorros rojos (Pseudalopex culpaeus) de Tierra del Fuego.
Aquellos perros fueguinos podrían habernos dado nuevas pistas de los cambios anatómicos y etológicos que conlleva la domesticación de los cánidos, pero, por desgracia, tanto los yaganes como sus mascotas desaparecieron para siempre con la llegada del hombre blanco y su múltiple variedad de perros.
Un policía diferente. Los puli, una raza de origen húngaro, son muy ágiles y, aunque fueron perros ovejeros, son utilizados con frecuencia como perros policía. Su penetrante olfato y su carácter decidido los hacen idóneos para el rescate en catástrofes naturales.
La raza más antigua. El husky siberiano proviene de los perros del pueblo siberiano chukchi, al que ayudan en el transporte y como «calefacción» para los niños. En 1908 llegaron a Alaska y se convirtieron en los mejores perros de trineo. Son una de las razas más antiguas. Por ello aún presentan rasgos de los lobos.
La prueba más antigua de domesticación tiene 31.700 años, y el origen se sitúa en el este de Asia.
El dingo australiano es la única raza que ha recorrido el camino inverso: de perro doméstico a salvaje.
abc.es
Allí estaban de nuevo, en el límite mismo del campamento. Los cazadores los miraban con simpatía mientras devoraban su última presa al calor del fuego. Aquellos pequeños lobos les habían ayudado. Con intención o no, habían acercado a los ciervos hasta donde los esperaban los cazadores, permitiéndoles abatirlos con sus rudimentarias lanzas.
Uno de los hombres más jóvenes del grupo acabó de extraer el último jirón de carne a un hueso y se lo arrojó a los lobos. Con un concierto de gruñidos, los animales agradecieron el regalo. Otros cazadores imitaron al joven. Aquellos lobos recibían así la recompensa por su ayuda. Se estaba sellando una alianza que iba a durar milenios.
Esta escena debió de ser común hace alrededor de 30.000 años. Unos pequeños lobos del este de Asia se habituaron a vivir alrededor de los campamentos humanos. Los cazadores se beneficiaban de los animales que les ayudaban en sus cacerías y les avisaban del peligro gracias a sus extraordinarios sentidos. A cambio, aquellos humanos, cazadores nómadas, les ofrecían las sobras de sus capturas.
Miles de años de convivencia fueron acercando a las dos especies. Y el acercamiento provocó inevitables cambios en los pequeños lobos asiáticos. Ya no necesitaban una estructura social tan compleja dentro de la manada. Los hombres se convertían paulatinamente en sus proveedores de comida y, quizás por lo mismo, en sus líderes. La lealtad a los seres humanos se hacía inevitablemente más fuerte. Su dependencia más irreversible. Aquellos pequeños lobos se iban convirtiendo, poco a poco, en los primeros perros.
Desde los lejanos tiempos del Paleolítico, los perros han ido cambiando al antojo caprichoso de la especie que los adoptó como mascota. Hoy son más de 400 razas las que viven con nosotros y, en mayor o menor grado, todas han sido esculpidas genéticamente siguiendo nuestras necesidades. Si al principio se buscó en ellos la ayuda en el trabajo y la defensa contra posibles enemigos, con el tiempo las tareas se han diversificado. En la China imperial se utilizaban pequeños perros entre ellos el actual pequinés como calentadores, colocándolos en el interior de las túnicas de mujeres y ancianos. En Roma se buscó destacar la fuerza y la fiereza y se les utilizó como arma en la vanguardia del Imperio. En las regiones boreales se convirtieron en animales de tiro y en abrigo de quienes los guiaban. En el Perú preincaico en un apreciado alimento. En Centroeuropa en pastores experimentados... Por todo el mundo los perros se diferenciaban, cambiaban, se especializaban alterando su físico y su comportamiento según el capricho de sus criadores.
El resultado es una variedad extraordinaria de razas especializadas; animales con algunos de sus rasgos primigenios potenciados al máximo: olfato, fuerza, mansedumbre, velocidad, instinto cazador... Los cruces y la selección nos han dado razas que varían en peso y tamaño, desde los diminutos chihuahuas de menos de 20 cm y algo más de 1 kg de peso hasta el gigante cazalobos irlandés, con 80 cm a la cruz, o el enorme San Bernardo, que ostenta el récord de peso con 150 kg.
Las razas se han diferenciado tanto que ahora los científicos se preguntan si realmente todos los perros provienen de aquellos pequeños lobos del este de Asia.
Ayudados por las nuevas técnicas de secuenciación genética, los investigadores han ido comprobando la historia evolutiva del más doméstico de nuestros animales. Aunque la prueba más antigua de domesticación de un cánido (31.700 años) se encontró en 2008 en una cueva en Bélgica, la mayor diversidad genética de los perros del este de Asia demuestra el origen, el punto de partida, en el que dejaron de ser lobos, Canis lupus, y se convirtieron en la nueva especie Canis familiaris.
Desde allí los perros se extendieron siguiendo la expansión del hombre, colonizando Europa y posteriormente América, Oceanía y África. En todos los continentes ya existían cánidos salvajes, menos en Oceanía, donde los aborígenes llevaron sus perros. Estos se asilvestraron con el tiempo y dieron lugar a los actuales dingos, la única raza de perro que ha recorrido el camino inverso hacia un estado salvaje.
Ahora sabemos que la práctica totalidad de las razas perrunas deben su origen al lobo. Solo en una ocasión los seres humanos llegaron a contar con una raza de perro de distinta procedencia. Los indios yaganes que habitaban los canales fueguinos, en el extremo sur de América, tuvieron un proceso similar en la domesticación de sus perros, pero fue a partir de los zorros rojos (Pseudalopex culpaeus) de Tierra del Fuego.
Aquellos perros fueguinos podrían habernos dado nuevas pistas de los cambios anatómicos y etológicos que conlleva la domesticación de los cánidos, pero, por desgracia, tanto los yaganes como sus mascotas desaparecieron para siempre con la llegada del hombre blanco y su múltiple variedad de perros.
Un policía diferente. Los puli, una raza de origen húngaro, son muy ágiles y, aunque fueron perros ovejeros, son utilizados con frecuencia como perros policía. Su penetrante olfato y su carácter decidido los hacen idóneos para el rescate en catástrofes naturales.
La raza más antigua. El husky siberiano proviene de los perros del pueblo siberiano chukchi, al que ayudan en el transporte y como «calefacción» para los niños. En 1908 llegaron a Alaska y se convirtieron en los mejores perros de trineo. Son una de las razas más antiguas. Por ello aún presentan rasgos de los lobos.
La prueba más antigua de domesticación tiene 31.700 años, y el origen se sitúa en el este de Asia.
El dingo australiano es la única raza que ha recorrido el camino inverso: de perro doméstico a salvaje.
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