El hombre universal contra el hombre identitario es una cuestión filosófica y política de primera magnitud. Filosófica, en cuanto a identidad se refiere, a conformidad del ser y de la sustancia que hace a cada cual ser lo que es; política, puesto que genera los esquemas mentales propios que configuran a la persona, con los cuales se proyecta en el mundo y con los que genera su política, tanto para gobernar como para autogobernarse.
El hombre universal es anatómicamente indistinguible del hombre identitario, ambos tienen una forma antropomórfica y ambos son indistinguibles a menos que se expresen. El primero se dice ciudadano del mundo, y para ello se ha despojado de la patria, de la nación, del pueblo, de la raza, algunos hasta de la familia y de su propia identidad sexual. El hombre universal participa de un ideal donde lo humano es la aspiración máxima. Lo humano, como concepción ética de ideas, y no biológica, ha creado un hombre cósmico (pues abarca toda la realidad del hombre), un imaginario del ideal de la persona. Todos los hombres universales participan de ese mismo hombre cósmico, todos sin excepción participan de esa idea, y por ello todos los hombres que participan de dicha idea son iguales entre sí, se sienten iguales entre sí y ven a todos iguales entre sí, incluso a aquellos que no suscriben tal idea o cosmovisión de lo que debe ser el hombre, hombre de bondad infinita, de moral irreprochable, realización de la Idea de Bien en forma humana; de ahí que muchos, compasivos, sientan lástima por ti, amigo identitario, y estén todo el día moralizando; es decir, diciendo lo que es bueno y lo que es malo todo el día.
El hombre identitario no es menos ciudadano del mundo -y es blanco o negro u oriental o amerindio o...-, aunque muchos piensen que los identitarios vienen de otro sitio. En el mundo está, del mundo participa y de él no se puede desligar, en cuanto que lo siente como su propio ser: el mundo es el hogar de todos. Pero el mundo ha hecho de la diversidad su razón de ser, de ahí tanta variedad y tanta diferenciación, de la cual el identitario se maravilla. El hombre identitario es ciudadano del mundo, pero no por ello participa de una idea universal. El identitario, en cuanto que diferencia, tanto en lo cultural como en lo racial si nos referimos a los hombres –sentido étnico de la naturaleza humana–, no puede sentirse o ser igual al otro. Sentirse igual al otro sería para al hombre identitario como anularse: o se anula el otro o me anulo yo, o nos mezclamos y perdemos los dos. Por esta razón, el identitario se proclama a sí mismo, dice yo soy de esta forma, y se conforma y se descubre tal como es, tanto en su dimensión biológica como en su dimensión cultural. “Si todos fuéramos iguales, el todos sobraría”, dice el identitario. El hombre universal refunfuña al escuchar la expresión.
DIVERSIDAD Y DIFERENCIACIÓN
El hombre universal ha perdido el arraigo con su patria y sus raíces y siempre llama ignorante y poco viajero al identitario: en lugar de cultivar su identidad y herencia ancestrales, cultiva la multiculturalidad, cultiva el hoy soy oriental y mañana africano, hoy danza del vientre y mañana taichí, ¡y acaso no es preferible Shakespeare o la armoniosidad del genio de Bach y Mozart!; lo que sea menos lo que le hace ser él mismo. Por lo visto, para este tipo de ser, hay que ir a París y a Australia –por decir dos lugares– para ser multicultural y tener una visión muy amplia de la realidad, lo cual favorecería que dejaras de ser un defensor de tus propias raíces. En definitiva, parece que no estar deacuerdo con los parámetros impuestos, no adorar el nuevo ideal, es producto de una gran ignorancia y por ello, el hombre universal, de engreída superioridad, te manda de viaje: los identitarios somos a vistas de muchos unos puros mentecatos, pero nosotros bien sabemos quiénes somos y no vamos a dejar que nos conviertan en lo que ellos digan. Así que considero que viajar está sobredimensionado, y nosotros no tenemos por qué imbuirnos de ese espíritu cosmopolita, ¿por qué?, si nosotros pertenecemos a una tradición totalmente ajena a la nómada: nuestra cultura ha sido grandeza y areté, poder, sangre, dominio y territorio. Y es que en qué me enriquecería ir a París y ver todo lo que hay allí, ¿acaso me volvería multicultural? ¿Acaso me volvería amante de algún lobby de presión feminista o inmigrante? Seguramente iría a París y me vendría con la sensación de que Francia está peor que España. No creo que me vaya a encontrar algo muy diferente a lo que he visto por los barrios de Madrid, donde hay que afinar la vista para ver algún español por algunas calles. ¿De qué me serviría ir a Francia si cada vez hay menos franceses? Con esto no quiero afirmar que viajar no traiga consigo algún tipo de enriquecimiento personal, pero desde luego no es una fuente de conocimiento para hacer un juicio. Este tipo de razonamiento del hombre cosmopolita es equivalente al del hombre viejo que piensa que por su edad y experiencia ya puede mandar a callar al joven. No. Porque con la misma regla de tres yo puedo mandar a callar a todo aquel que haga un juicio de valor sobre ciertos sucesos históricos porque no estuvieron allí o llamar estúpido a aquel que denigra al dictador cubano -por decir uno-, puesto que ni vive ni ha vivido en Cuba.
El hombre universal se regodea ante la desintegración de Europa, empresa de la que participa, aún siendo inconsciente de ello en muchos casos. Bien, desintegración de Europa tal como nosotros la queremos, la Europa que siempre ha sido: un extenso territorio de diversidad patriótica con el denominador común de la predominante raza blanca, raza no menos diversa si pormenorizamos. Ahora Europa debe venderse al cosmopolitismo, debe rendirse a los elementos alógenos y dejar de ser la Europa de las grandes óperas y de los grandes artistas. El hombre universal ha devenido su éxito entre la mediocridad creciente inoculada en las masas sociales, inoperantes para llevar el curso de una nación. Europa ve su futuro lejano sin europeos. Parece que no hay forma de evitar la catástrofe, a no ser que vuelvan los grandes hombres de grandes miras para los que no hay nada imposible ni ideal que no pueda realizarse a voluntad.■
El hombre universal es anatómicamente indistinguible del hombre identitario, ambos tienen una forma antropomórfica y ambos son indistinguibles a menos que se expresen. El primero se dice ciudadano del mundo, y para ello se ha despojado de la patria, de la nación, del pueblo, de la raza, algunos hasta de la familia y de su propia identidad sexual. El hombre universal participa de un ideal donde lo humano es la aspiración máxima. Lo humano, como concepción ética de ideas, y no biológica, ha creado un hombre cósmico (pues abarca toda la realidad del hombre), un imaginario del ideal de la persona. Todos los hombres universales participan de ese mismo hombre cósmico, todos sin excepción participan de esa idea, y por ello todos los hombres que participan de dicha idea son iguales entre sí, se sienten iguales entre sí y ven a todos iguales entre sí, incluso a aquellos que no suscriben tal idea o cosmovisión de lo que debe ser el hombre, hombre de bondad infinita, de moral irreprochable, realización de la Idea de Bien en forma humana; de ahí que muchos, compasivos, sientan lástima por ti, amigo identitario, y estén todo el día moralizando; es decir, diciendo lo que es bueno y lo que es malo todo el día.
El hombre identitario no es menos ciudadano del mundo -y es blanco o negro u oriental o amerindio o...-, aunque muchos piensen que los identitarios vienen de otro sitio. En el mundo está, del mundo participa y de él no se puede desligar, en cuanto que lo siente como su propio ser: el mundo es el hogar de todos. Pero el mundo ha hecho de la diversidad su razón de ser, de ahí tanta variedad y tanta diferenciación, de la cual el identitario se maravilla. El hombre identitario es ciudadano del mundo, pero no por ello participa de una idea universal. El identitario, en cuanto que diferencia, tanto en lo cultural como en lo racial si nos referimos a los hombres –sentido étnico de la naturaleza humana–, no puede sentirse o ser igual al otro. Sentirse igual al otro sería para al hombre identitario como anularse: o se anula el otro o me anulo yo, o nos mezclamos y perdemos los dos. Por esta razón, el identitario se proclama a sí mismo, dice yo soy de esta forma, y se conforma y se descubre tal como es, tanto en su dimensión biológica como en su dimensión cultural. “Si todos fuéramos iguales, el todos sobraría”, dice el identitario. El hombre universal refunfuña al escuchar la expresión.
DIVERSIDAD Y DIFERENCIACIÓN
El hombre universal ha perdido el arraigo con su patria y sus raíces y siempre llama ignorante y poco viajero al identitario: en lugar de cultivar su identidad y herencia ancestrales, cultiva la multiculturalidad, cultiva el hoy soy oriental y mañana africano, hoy danza del vientre y mañana taichí, ¡y acaso no es preferible Shakespeare o la armoniosidad del genio de Bach y Mozart!; lo que sea menos lo que le hace ser él mismo. Por lo visto, para este tipo de ser, hay que ir a París y a Australia –por decir dos lugares– para ser multicultural y tener una visión muy amplia de la realidad, lo cual favorecería que dejaras de ser un defensor de tus propias raíces. En definitiva, parece que no estar deacuerdo con los parámetros impuestos, no adorar el nuevo ideal, es producto de una gran ignorancia y por ello, el hombre universal, de engreída superioridad, te manda de viaje: los identitarios somos a vistas de muchos unos puros mentecatos, pero nosotros bien sabemos quiénes somos y no vamos a dejar que nos conviertan en lo que ellos digan. Así que considero que viajar está sobredimensionado, y nosotros no tenemos por qué imbuirnos de ese espíritu cosmopolita, ¿por qué?, si nosotros pertenecemos a una tradición totalmente ajena a la nómada: nuestra cultura ha sido grandeza y areté, poder, sangre, dominio y territorio. Y es que en qué me enriquecería ir a París y ver todo lo que hay allí, ¿acaso me volvería multicultural? ¿Acaso me volvería amante de algún lobby de presión feminista o inmigrante? Seguramente iría a París y me vendría con la sensación de que Francia está peor que España. No creo que me vaya a encontrar algo muy diferente a lo que he visto por los barrios de Madrid, donde hay que afinar la vista para ver algún español por algunas calles. ¿De qué me serviría ir a Francia si cada vez hay menos franceses? Con esto no quiero afirmar que viajar no traiga consigo algún tipo de enriquecimiento personal, pero desde luego no es una fuente de conocimiento para hacer un juicio. Este tipo de razonamiento del hombre cosmopolita es equivalente al del hombre viejo que piensa que por su edad y experiencia ya puede mandar a callar al joven. No. Porque con la misma regla de tres yo puedo mandar a callar a todo aquel que haga un juicio de valor sobre ciertos sucesos históricos porque no estuvieron allí o llamar estúpido a aquel que denigra al dictador cubano -por decir uno-, puesto que ni vive ni ha vivido en Cuba.
El hombre universal se regodea ante la desintegración de Europa, empresa de la que participa, aún siendo inconsciente de ello en muchos casos. Bien, desintegración de Europa tal como nosotros la queremos, la Europa que siempre ha sido: un extenso territorio de diversidad patriótica con el denominador común de la predominante raza blanca, raza no menos diversa si pormenorizamos. Ahora Europa debe venderse al cosmopolitismo, debe rendirse a los elementos alógenos y dejar de ser la Europa de las grandes óperas y de los grandes artistas. El hombre universal ha devenido su éxito entre la mediocridad creciente inoculada en las masas sociales, inoperantes para llevar el curso de una nación. Europa ve su futuro lejano sin europeos. Parece que no hay forma de evitar la catástrofe, a no ser que vuelvan los grandes hombres de grandes miras para los que no hay nada imposible ni ideal que no pueda realizarse a voluntad.■