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Los grandes inventos que solucionan los misterios del mundo

Estas máquinas tienen una misión trascendental: solucionar los grandes misterios del mundo. ¿Existe una segunda Tierra? ¿Es posible fotografiar los procesos de la vida? ¿Y controlar el fuego del Sol? Con ellas, la mirada de los científicos se adentra en la inmensidad del espacio exterior o en las dimensiones más diminutas de las partículas. Los grandes inventos de nueva generación son lo más complejo y caro que el hombre ha creado en su constante afán por aumentar sus conocimientos. La fisión nuclear, cambió el rumbo Era 1938, delante de una tosca mesa de madera. Al borde hay un bloque de parafina y una botella de filtración; en el centro, conectados con cables, amplificadores de alta tensión con tubos de electrones cuyo aspecto recuerda una bombilla. Delante, tubos de conteo de fabricación casera para captar la descomposición radioactiva. Encima y debajo de la mesa, una serie de baterías. Estos eran los aparatos con los que Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron la fisión nuclear durante los días previos a la Navidad de 1938, un hallazgo que cambió el mundo. El invento de Hahn (al principio repartido por varios laboratorios) era sencillo y abarcable. ¿Y hoy? La curiosidad de los investigadores sigue ardiendo. Pero las condiciones de trabajo de la mayoría han cambiado radicalmente, sobre todo, en astronomía, física y biología. “La ciencia pequeña ahora es la gran ciencia”. Así lo formuló el historiador de las ciencias Derek de Solla Price, que analizó en los años sesenta el aumento de los fondos para investigación, además del número de científicos y de revistas especializadas. En 2009 aún fue más patente: la individual “búsqueda de la verdad” se ha transformado en una industria del saber, con una amplia división de trabajo, legiones de colaboradores y una maquinaria del saber cuyo tamaño y complejidad le dejan a uno sin aliento. Hacemos un repaso de todos los grande inventos: Hito de este desarrollo fue el Proyecto Manhattan: a partir de 1942, Estados Unidos se volcó en construir la primera bomba nuclear. 130.000 científicos, ingenieros y técnicos colaboraron en el megaproyecto, obteniendo al cabo de pocos años plutonio y uranio suficiente para sus propósitos, construyendo mecanismos de detonación y combinando todo en una sola arma con un poder destructivo desconocido. La inversión en el proyecto, traducido a términos actuales de poder adquisitivo, fue de 23.000 millones de dólares. Los altos costes siguen siendo un rasgo característico de la “gran ciencia”. Igual que las modernas instalaciones industriales, los gigantescos aparatos requieren inversiones exorbitantes. Grandes inventos para grandes preguntas International Thermonuclear Experimental Reactor (ITER) se han presupuestado más de 11.000 millones de euros European X-Ray Free-Electron Laser (XFEL), mil millones de euros. (Conoce todos sus detalles) European Extremely Large Telescope (E-ELT) mil millones Large Hadron Collinder (LHC), acelerador de partículas elementales del centro de investigaciones CERN costó 6.000 millones de euros. (Conoce el LHC por dentro) National Ignition Facility, (NIF) el mayor láser del mundo en busca de energía limpia costó 2.700 millones de euros. (Conoce el NIF por dentro) En vista de la escasez de fondos, tales proyectos –sobre todo cuando se dedican a cuestiones “alejadas” del mundo– se enfrentan a la presión de justificar los recursos invertidos. ¿Vale la pena el esfuerzo? ¿Cuál es el provecho de una instalación para el individuo y la sociedad en su conjunto? El alto coste también es el precio del éxito. Los científicos han terminado de solucionar muchas tareas relativamente fáciles; ahora esperan las grandes preguntas: ¿En qué consiste la materia oscura? O ¿Existe otra Tierra en el espacio exterior, tal vez poblada por seres inteligentes? Los temas son complicados, y a algunos les parecen “esotéricos”. El esfuerzo necesario para dedicarse a ellos es inmenso. Pues en este campo rige la paradójica ecuación: cuanto más pequeñas son las partículas de materia estudiadas, mayores serán los aparatos y los costes. Ningún país es capaz de reunir por sí solo estas astronómicas sumas; para realizar un proyecto es necesario que se unan varias naciones. Mucho antes de la industria, la globalización se produjo en la ciencia. Así, China, la India, Rusia y Corea del Sur cooperan para traer la energía solar a la Tierra gracias al reactor ITER, y en el centro de investigaciones CERN (Visita la galería de fotos del CERN) físicos israelíes e iraníes trabajan codo con codo: todo esto, sin duda, son saludables efectos secundarios de la necesidad de cooperar, además de otro argumento a favor de estos mayúsculos experimentos. Sus dimensiones hacen que los grandes inventos experimentales acaparen la admiración pública; para sus protagonistas, sin embargo, la gran ciencia supone una pequeña humillación. En lugar de brillar como los héroes de la ciencia de antaño (Newton, Leibniz o Einstein), desaparecen entre un ejército de trabajadores casi siempre anónimos. El pequeño círculo de los buscadores de la verdad se ha convertido en un ejército de productores de conocimientos. Entrar a formar parte de la historia con un descubrimiento revolucionario es un sueño casi imposible de alcanzar para la mayoría de los investigadores. Por otro lado, este desarrollo permite a más personas que participen en la aventura de la ciencia y que dediquen sus vidas a resolver las preguntas de cómo es el mundo. La gran ciencia ha democratizado la ciencia.
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