El Hallazgo arqueológico del siglo XX
El día 4 de noviembre de 1922 el inglés Howard Cárter hizo un hallazgo en el Valle de los Reyes en Egipto que cambiaría la cara de la arqueología para siempre, Por primera vez en la historia un investigador arqueológico halló la puerta sellada de una tumba real Era la tumba de Tutankamón, un niño rey, cubierta de "oro, todo refulgía de oro". Era un tesoro de tal valor que sacudió al mundo. La larga búsqueda de Cárter rindió sus frutos, aunque pronto la situación comenzó a tornarse agria» El arqueólogo y su mecenas, Lord Carnarvon, tuvieron una gran pelea; poco tiempo después el quinto conde de Carnarvon murió a causa de la supuesta "maldición del faraón". Carter, incapaz de lidiar con las demandas de la arqueología y la diplomacia, quedó solo. En un entorno hostil, la avaricia y la inestabilidad política crecieron como un tornado fuera de control El arquitecto del triunfo de Egipto fue despedido y humillado; regresaría para completar el desmantelamiento solo porque era un trabajo que nadie más quería. Con el descubrimiento, Carter parecía haber liberado a un genio de su lámpara. El gobierno egipcio examinó la tumba y, al ver lo que estaba en juego, tomó medidas para imponer un control mayor sobre la rica herencia cultural del país.
La antigua división en dos mitades de los hallazgos llegó a su fin, lo que provocó que muchas excavaciones fueran cerradas. La arqueología en Egipto se vio sacudida en sus cimientos. La expectativa popular sobre el tema también se vio distorsionada, siendo ahora el tesoro de Tutankamón el estándar irreal mediante el cual se mediría el éxito -o el fracaso- arqueológico en el futuro. La reacción se instaló entre los colegas de Cárter, cuya moneda de cambio eran los fragmentos de vasijas y no el oro. Separado por un abismo de la realidad cotidiana de excavar en Egipto, el deslumbrante hallazgo de Cárter sería tildado de vulgar y superficial, alejado de la investigación académica seria (un prejuicio que la egiptología ha tardado años en sacarse de encima).
Hoy, Tutankamón amerita ocupar el centro del escenario académico gracias a abundantes teorías. Científicamente, gracias al escaneo por ultrasonido y al análisis de ADN surgen nuevas ideas acerca del lugar del joven rey en el complejo árbol genealógico de Amarna -la capital de Akenatón- de qué aspecto tenía y de cómo murió. Históricamente, ahora conocemos el rol que Tutankamón y sus agentes jugaron en el desmantelamiento de Amarna, y en el traslado y entierro final al Valle de los Reyes de los Amarna. Arqueológicamente, comenzamos a entender mejor que en el pasado las actividades de aquellos que saquearon la tumba, tanto en la antigüedad como en el pasado reciente. Pero aún más que eso: finalmente comprendemos la naturaleza esencial de la sepultura del faraón, mediante detalles menores de iconografía y texto. Estos revelan la deslumbrante realidad: la mayoría de los tesoros del rey-niño no eran para él. Altares, sarcófagos, ataúdes, máscaras y vendajes de momia habían sido originalmente preparados para su hermosa madrastra, Nefertiti, ahora en su reconocido rol de corregente de Akenatón. Nefertiti: la reina-faraona, cuya tumba aún espera ser descubierta, quizás a metros de la de Tutankamón...
Luego de la fanfarria que rodeó a este brillante descubrimiento y las siguientes décadas de olvido, la tumba del rey- niño es finalmente reconocida no sólo como uno de los mayores tesoros artísticos de la civilización, sino también como uno de los depósitos de evidencia de primera mano sin explotar más significativos que nos han llegado del mundo antiguo: un catalizador primordial para la comprensión y el progreso. Si los avances hasta la fecha han sido notables, sin duda el valor de la tumba para el futuro será aún mayor.
Nicholas Reeves
Arqueólogo e historiador, está especializado en el Valle de los Reyes y en la tumba de Tutankamón. Se graduó en Historia Antigua en el University College de Londres. Es doctor en Egiptología por la Universidad de Durham.
El misterioso niño que llego a ser faraón.
Tutankamón vivió hace 23 siglos, y murió con sólo 19 años. La "resurrección" del faraón egipcio llegó en 1922 de la mano del egiptólogo inglés Howard Carter. Su tumba se convirtió en uno de los más grandes hallazgos de la arqueología.
Los faraones del Egipto dinástico solían preparar en vida su viaje al Más Allá. Desde el primer reinado de Narmer (o Menes) aproximadamente en 3000 a. C., (quien unifico el Alto y el Bajo Egipto), hasta el último de Ramses XI, hacia 1078 a. C., todos los reyes navegaron en la misma dirección eterna a bordo de la barca solar. Bajo la sombra protectora de dioses afines, convertidos en objetos terrenales de incalculable valor, aquellos muertos de naturaleza divina creyeron encontrar un puerto seguro en la oscuridad de sus necrópolis engrandecidas por cuadrillas de obreros, artesanos y escribas. Pero a la luz del día nunca faltó la presencia de tumbas. Sólo el nicho de Tutankamón, uno de los últimos reyes de la XIII dinastía del imperio Nuevo, pareció salvarse del pillaje destructor. Fue el mayor hallazgo de la arqueología egipcia.
A la conquista de Egipto
A lo largo del rio Nilo creció una constelación de dinastías que dejaron huellas imborrables en las dos orillas.
Sin embargo, aquel esplendoroso valle fluvial dio vida a una civilización que nunca pudo morir en paz. Todo un rosario de conquistadores beréberes, nubios, helenos, romanos, árabes, omeyas, abasíes, fatimíes, ayubíes y mamelucos se sumó a la historia de Egipto antes del sonado desembarco del ejército de la republica francesa al mando de Napoleón Bonaparte, en julio de 1798. Una expedición militar en la que figuraba una tropa única de eruditos que contribuyeron al nacimiento de la egiptología. El filólogo francés Jean François Champollion (1790-1832) dio el golpe de gracia a la agitada vida de ultratumba de los faraones al descifrar su escritura jeroglífica, en 1822. Atrás quedaron siglos de profunda incomprensión sobre una monumental civilización enterrada bajo la arena, destruida por el hombre invasor y sumida en el olvido. Sólo los saqueadores de tumbas habían hecho su incesante agosto a su costa, deslumbrados por el viaje áureo de las momias imperiales. Las puertas de la percepción del antiguo Egipto para el mundo occidental se habían abierto religiosamente entre 1707 y 1712 gracias al jesuita francés Claude Sicard (1677-1726), quien descubrió las ruinas de Tebas y la necrópolis del Valle de los Reyes.
El desembarco del italiano Giovanni Battista Belzoni (1778-1823) en el puerto egip-cio de Alejandría, en junio de 1815, abrió el camino del pillaje, al servicio del cónsul de Gran Bretaña. Belzoni, aventurero de casi dos metros de altura, pasó de gigante forzudo de ferias y circos a saqueador de templos y tumbas. Acaso de la pirámide humana, su número circense en el que cargaba con doce hombres como si nada, extrajo la idea de ir a Egipto para levantar los tesoros faraónicos. Entre sus hercúleos trabajos se destaca el transporte a Londres del busto de Ramsés II, de siete toneladas, y del obelisco de Ptolomeo IX, de siete metros de altura. La entrada en el interior de la pirámide de Kefrén y la limpieza del templo de Abu Simbel, cubierto de arena, fueron también obra suya. En el Valle de los Reyes penetró en un laberinto de tumbas, la mayoría sin momias, saqueadas, llenas de signos y dibujos enigmáticos, como la de Seti I.
CHAMPOLLION, UN VISIONARIO
Después de la marcha de Belzoni, que regresó a Europa en 1819 convencido de que no quedaba nada por descubrir en el Valle de los Reyes, el inglés John Gardner Wilkinson fue el primero, en 1827, en leer el nombre de los faraones siguiendo el método de Champollion y en numerar las tumbas conocidas. El viaje de Champollion a Egipto un año después, de agosto de 1828 a diciembre de 1829, sirvió para descifrar el significado real del valle. "Soy un hombre que acaba de resucitar", observó con aires de ir más allá del conocimiento establecido. Incluso llegó a establecer que el Valle de los Reyes era la necrópolis de los faraones de Tebas. Y se adelantó a su tiempo al decir que allí debían encontrarse las tumbas de la XVIII dinastía. A la muerte de Champollion, sólo algunos aventureros ocasionales ocuparon su lugar en el papel de ilustradores de las maravillas del antiguo Egipto. El Valle de los Reyes pareció quedar en el olvido. Ni siquiera el egiptólogo francés Auguste Mariette (1821-1881) prestó atención a la región, aunque intentó acabar con el tráfico de antigüedades y creó el primer museo egipcio en El Cairo. Otro francés, Gastón Maspero (1846-1916), pasó a la historia como director del Servicio de Antigüedades Egipcias, fundado en 1881, y dio nueva vida al Valle de los Reyes. Logró entrar en una tumba con cuarenta momias, entre ellas nueve de faraones de Tebas, trasladadas allí en tiempos faraónicos para evitar el pillaje.
RESURGIMIENTO DEL VALLE
Pero el Valle de los Reyes iba a renacer de sus cenizas al acer¬carse el siglo XX. El inglés Howard Cárter, con 17 años de edad, acababa de llegar a Egipto en 1891. De padre y abuelo dibujantes, pronto supo ganarse un espacio en
aquel mundillo de arqueólogos, calcando los dibujos de las tumbas y familiarizándose con el entorno de los faraones. Tiempos de hallazgos extraordinarios: Tutmosis III, Amenhotep II, entre otros reyes, que propiciaron la invasión turística. Desde la ciudad de Luxor, la antigua Tebas, no paraban de organizarse excursiones a la necrópolis del valle, en la otra orilla del Nilo, unos cinco kilómetros al oeste. Corría 1900 y Gastón Maspero nombró inspector general del Alto Egipto al joven Cárter, todo un arqueólogo autodidacta con buen prestigio.
El día de 1902 en que un rico estadounidense llamado Theodore M. Davis (1837-1915), abogado jubilado y coleccionista de objetos de arte, decidió lanzarse a la aventura faraónica en Egipto, Gastón Maspero sintió un gran alivio por el dinero ingresado en las maltrechas arcas del Servicio de Antigüedades, a cambio de un permiso de excavaciones hasta 1915.
Fiebre Arqueológica
Aquel valle "que ama el silencio" de otro tiempo, protegido por una cumbre montaño-sa en forma de pirámide, vio llegar a un equipo de buscadores de tumbas que removió todos los rincones de la tierra. Howard Cárter, como inspector general de la zona, se ocupó de la dirección arqueológica. Su magnífica labor en la necrópolis tebana hizo que Maspero, en 1904, lo pusiera al frente de la joya del Bajo Egipto, donde brillaban Menfis y Giza. Un premio con amargura: la del adiós al amado valle. Al año siguiente se enfrentó a un grupo de turistas franceses que estaban bebidos, pero que eran muy influyentes en los círculos diplomáticos. Como desenlace del episodio, Cárter se vio obligado a dejar el trabajo. No le quedó otra alternativa que volver al oficio de dibujante y acuarelista, compaginándolo con el de guía y vendedor de antigüedades, para sobrevivir a duras penas en El Cairo. Pero el Valle de los Reyes seguía en su cabeza. El mismo Maspero, con mala conciencia por haber prescindido de sus valiosos servicios, lo puso en contacto con el aristócrata inglés George Herbert (1866-1923), quinto conde de Carnarvon, que buscaba un jefe de excavaciones. Así empezó en 1907 la historia de un dúo que acabaría siendo glorioso.
Al principio, obtuvieron permiso para operar en una zona poco propicia de Tebas. Pero Carter nunca le quitó el ojo a la necrópolis tebana. El ignoto faraón Tutankamón estaba en la mira del egiptólogo inglés desde el descubrimiento de una copa de alabastro con su nombre, hecho por el equipo de Davis en 1905. Mientras Carter y su equipo seguían cosechando pequeños éxitos (tumbas de nobles, restos de templos y objetos de notable interés), la ambición excavadora de Davis parecía tener los días contados. Después de doce inviernos consecutivos, con más de treinta tumbas y la posible momia del polémico reformador Akenatón en su haber, el viejo estadounidense llegó a la conclusión de que tanto él como el valle estaban agotados.
LA HORA DE CARTER
Carter obtuvo el permiso de excavación en el Valle de los Reyes a partir de 1914. La Primera Guerra Mundial abortó el comienzo de su nueva aventura. A finales de 1917 se puso manos a la obra. Primero de todo, hubo que limpiar el ingente montón de escombros acumulados en la zona y llevarlos fuera del valle. Carter soñaba día y noche con Tutankamón. Al cabo de cinco años de infructuosa búsqueda, la paciencia y el dinero de lord Carnarvon también se agotaron. La obstinación del egiptólogo, dispuesto a correr con todos los gastos y arruinarse en el intento, llevó al aristócrata a darle una oportunidad más. La última campaña empezó el primero de noviembre de 1922. Carter no dejaba de dar vueltas a las confidencias del egiptólogo estadounidense Herbert Winlock, que creyó ver residuos de embalsamamiento para el funeral de Tutankamón en el contenido de una pequeña tumba descubierta por Davis en 1907. Con aires de visionario, Carter emprendió la operación desesperada de búsqueda justo debajo de la entrada a la tumba de Ramsés VI. A los tres días de excavaciones apareció el primer peldaño de una escalera cubierta de escombros. Una vez limpia, Carter bajó dieciséis escalones hasta llegar a una puerta sellada. A través de un agujero que realizó, pudo ver un pasadizo lleno de piedras. Sin perder la compostura, mandó cerrar la entrada a la tumba y envió un telegrama a lord Carnarvon para informarle del hallazgo. El 26 de noviembre, Carter y lord Carnarvon se plantaron frente a la segunda puerta sellada al fondo del pasadizo. El nombre de Tutankamón no dejaba lugar a dudas. Otro agujero sirvió para meter la cabeza al otro lado y alumbrarlo con una lámpara. Reinaba el silencio. Lord Carnarvon lo rompió al preguntar a Carter: "¿Puede ver algo?". Este, deslumbrado por el brillo del oro, respondió: "Sí, cosas maravillosas". Aquella antecámara daba a un anexo, abierto y repleto de objetos extraordinarios en estado desordenado, lo que hacía pensar en un robo frustrado o a pequeña escala. Quedaban años de trabajo para poder ordenar todo aquel material, pero a las dos de la tarde del 17 de febrero de 1923, Howard Carter ingresó a la cámara funeraria. Una grandiosa capilla ocupaba casi todo el espacio de un lugar intacto, con muros y techo pintados como si fuera un libro abierto. Justo al lado, otra magnífica sorpresa: la cámara del tesoro. El 3 de febrero de 1924 quedó a la vista el sarcófago del joven rey Tutankamón, que encerraba tres ataúdes. En el interior de éstos, una máscara de oro cubría el rostro y los hombros de la momia, envuelta en vendas de lino. Lord Carnarvon, muerto el 5 de abril del año anterior, no llegó a contemplar el objeto más famoso de su última aventura egipcia. El fantasma de una supuesta maldición de Tutankamón sirvió para alimentar la morbosidad popular.
Carter tuvo más suerte. Murió a los 64 años, acaso molesto por no cumplir su promesa de hallar la tumba de Alejandro Magno, y fue enterrado sin pena ni gloria en un cementerio londinense. En su lápida, una frase: "Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad". Una oración inscrita en la copa de alabastro de Tutankamón.
Howard Carter 1874-1939
Como uno de sus mentores, Flinder Petrie, y como Heinrich Schliemann –el descubridor de Troya- Carter no siguió estudios académicos. Como ellos, pasó a la inmortalidad por sus hallazgos, a pesar del desdén con que era mirado por la comunidad científica. Empezó su carrera como dibujante (al igual que su padre), ocupación que le fue de gran utilidad en su profesión. Su temperamento obstinado, “que a mis enemigos les gusta llamar mal carácter”, le acarreo no pocos problemas en Egipto. En 1909 lord Carnarvon lo tomo como especialista para ejecutar excavaciones que patrocinaba. El resto es historia. Carter parece haber volcado toda su pasión en las investigaciones arqueológicas: no se casó, no tuvo hijos y no se le conocen relaciones amorosas. En su testamento, dejó todas sus posesiones a una sobrina. Le llevó diez años clasificar los objetos de la tumba de Tutankamón, y su informe, en seis volúmenes, permaneció inconcluso a la fecha de su muerte, de cáncer linfático. Gracias a su tozudez que lo llevo a no abandonar la búsqueda del “rey niño” aún después de largos años de infructuosa búsqueda. Finalmente obtuvo su demorado premio más allá de lo imaginable.
“Fue nuestro gran privilegio encontrar la más importante colección de antigüedades egipcias que jamás hayan visto la luz del sol”.
W.M. Flinders Petrie 1853-1942
Pionero de la arqueología, fue uno de los egiptólogos más importantes de la historia. Un joven Carter de 18 años se formo a su lado durante un año en las excavaciones de Amarna. Flinders Petrie, realizó trabajos en Egipto por más de 45 años y escribió casi un centenar de libros. Aunque era autodidacta y no se cuenta entre los pioneros de la egiptología, mucho lo consideran como el padre de las excavaciones modernas. Fue muy crítico con la calidad del trabajo realizado por sus predecesores. Flinders Petrie creó métodos y técnicas de excavación y datación de objetos aún en uso hoy en día.
Harry Burton 1879-1940
Fotógrafo británico, trabajo para Theodore Davis en el Valle de los Reyes. Fue el fotógrafo oficial de Howard Carter, y tomó más de 1400 instantáneas de la tumba de Tutankamón, que se cuentan entre los mejores trabajos de fotografía arqueológica. Burton se paso ocho años fotografiando e incluso filmando los tesoros de Tutankamón quedando así documentados.
El hallazgo de la tumba desató una tormenta de malos presagios. Los profanadores, se decía, serían castigados por su sacrilegio. El rosario de muertes de años futuros, magnificado por la prensa, alimentó el cuento de la maldición.
La picadura de un mosquito en la cara, el brote de un pequeño grano cortado accidentalmente por la navaja de afeitar y la consiguiente infección maligna desencadenaron la muerte de lord Carnarvon el 5 de abril de 1923, anunciada oficialmente por neumonía. No faltó tiempo para publicar la noticia bomba en la prensa con un titular que dio mucho que hablar: "La venganza del faraón".
El lexicógrafo alemán Adolf Erman, que puso orden gramatical en la escritura jeroglífica egipcia, ya había traducido un texto en 1892, encontrado en la tumba de un noble de la dinastía VI, donde se leía lo siguiente: "A todo aquel que entre en esta tumba para hacerla su posesión mortuoria, yo lo capturaré como si
fuera un ave salvaje y el gran dios lo juzgará por ello". Semejante fórmula de protección iba destinada más bien a cualquier aspirante al Más Allá que a los vivos en busca de tesoros.
Pero no dejaba de tener su condena maldita para quienes pretendieran sacar algo.
MUERTES MISTERIOSAS
Así que los muertos que se le adjudicaron a la maldición fueron aumentando, a juzgar por las informaciones periodísticas que los convertían en "malditos". Ni la perra de lord Carnarvon, presuntamente muerta en el castillo familiar de Inglaterra a la misma hora que su amo, se salvó del castigo faraónico. De nada sirvió que el mismo Howard Cárter se levantara en contra de lo que él llamó "historias ridículas". Incluso se había aireado la historia de una fantástica cobra (símbolo del milenario y antiguo Egipto) que había devorado el canario de Cárter en el momento de entrar en la tumba de Tutankamón. La espectacularidad de los descubrimientos corrió pareja con los titulares altisonantes de algunos periódicos. Trascendió que en los muros de la tumba existía una maldición que afirmaba que "la muerte extenderá sus alas sobre todo aquel que se atreva a perturbar la paz del faraón". A pesar de que esta maldición es repetida hasta el día de hoy, no se ha encontrado el conjuro en ninguna parte de la tumba. Aunque los creyentes en lo sobrenatural destacan la seguidilla de muertes de los participantes en la empresa, ya en 1934 el egiptólogo Herbert Winlock rebatía estos argumentos señalando que, estadísticamente, las muertes no eran superiores a las de similares expediciones en otros ámbitos.
La maldición de Tutankamón no fue ajena al monopolio informativo. Lord Carnarvon vendió la exclusiva periodística sobre la tumba de Tutankamón al Times londinense. Ello provocó malestar en el resto de la prensainternacional, especialmente en el Daily Mail, que debía pagar por los servicios de noticias. La necesidad de primicias y el amarillismo reinante hasta los primeros años de la década de 1930 se debió cobrar una lista aproximada de treinta muertos supuestamente malditos. Carnarvon fue el principal objeto de las exclusivas efectistas y escandalosas, por su muerte tan cercana a los acontecimientos y porque era una figura de renombre en la aristocracia británica. Además de la muerte simultánea de su perra, se dijo que, en el momento de su muerte en El Cairo, hubo un apagón en la ciudad (algo, por otra parte, frecuente en la época). Rumores no verificables y probablemente sensacionalistas, aunque hay enigmas que persisten, y que algunos se niegan a calificar de casualidades. De nada sirvieron, en este caso, los persistentes esfuerzos de Cárter por desmitificar las habladurías esotéricas: "el ritual funerario egipcio no contiene maldición alguna para la persona viva", afirmó en más de una ocasión. Pero los creyentes en fuerzas oscuras que acechan desde el milenario pasado continúan convencidos de la realidad de estos conjuros maléficos.
Uno de los enigmas que persiste es: ¿Tutankamón murió con las mismas marcas?
Lord Carnarvon fue picado por un mosquito en la mejilla, lo que posteriormente -infeccion mediante- ocasionaría su muerte en El Cairo. Aunque esto impulso numerosos rumores infundados, lo cierto es que dos años después de la muerte de Carnarvon, cuando se examinó la momia y se le quitaron las vendas, se encontró una misteriosa marca en la mejilla izquierda de Tutankamón, en el mismo lugar de la herida de Lord Carnarvon.
Los primeros exámenes médicos hechos a la momia del faraón, mediante autopsia y radiografía, arrojaron cierta luz sobre su vida y su muerte. La tomografía de 2005 aclaró las dudas pendientes y desestimó la teoría del asesinato.
El primer viaje terrenal de la momia de Tutankamón fue a las puertas de la tumba de Seti II, en una mañana del 11 de noviembre de 1925. Objetivo: conocer la apariencia del rey embalsamado, descubriendo sus restos mortales. En el pasadizo que servía ele laboratorio al equipo de Cárter se procedió a la odisea de sacarle la mayor parte de los vendajes de lino cubiertos de joyas, amuletos, ungüentos y resinas. Todo objeto estaba pegado fuertemente al cuerpo y éste a la máscara. Esta operación de limpieza causó graves daños a la momia, que fue severamente mutilada. De la autopsia se encargó el anatomista inglés Douglas Derry, profesor en la Universidad de El Cairo. Hubo que hacer muchas incisiones, cortar el tronco por la mitad, arrancar los brazos y las piernas. Se llegó a la conclusión de que tenía entre 17 y 19 años de edad y medía 1,67 metros. A pesar de la apariencia carbonizada de la cabeza, Cárter supo agregar la nota poética: "cara de adolescente, noble, de bellos rasgos...".
NUEVOS ESTUDIOS
En 1968, Ronald G. Harrison, anatomista de la Universidad de Liverpool, hizo radiografías de Tutankamón en el interior de su propia tumba. Halló un fragmento de hueso y una mancha oscura en el cráneo. Aquella posible fractura dio paso a la teoría del asesinato, mucho más sugestiva que la del accidente. Diez años después, el doctor J. E. Harris, de la Universidad de Michigan, practicó otro examen con rayos X para observar el estado de su dentadura. El 5 de enero de 2005, un equipo nacional de Egipto bajo el mando del arqueólogo Zahi Hawass, director del Consejo
Supremo de Antigüedades de El Cairo, escaneó durante 15 minutos a la momia por medio de un aparato móvil de tomografía axial computada, que se instaló frente a su tumba. Aquel grupo de científicos egipcios contó con la colaboración de la tríada investigadora de la momia Ótzi, el "Hombre de los Hielos" alpino de 5.300 años: Frank Rühli, anatomista de la Universidad de Zurich; Edward Egarter, patólogo forense del Museo Arqueológico del Tirol del Sur; y Paul Góstner, radiólogo del Hospital General de Bolzano. A la vista de las 1.700 imágenes tomadas, se descartó de manera unánime la hipótesis del asesinato. Los estudios de ADN hechos públicos en 2010 demostraron que Tutankamón poseía una enfermedad ósea, y que también había sufrido de malaria (se hallaron plantas para aliviar la fiebre en la tumba), una combinación que resultó fatal para el faraón.
Marcha al Más Allá
Para los egipcios, las barcas eran el medio de transporte de los dioses por el Cielo, una señal de la importancia del río Nilo. los faraones eran llevados en barcas funerarias hacia su morada final en el Valle de los Reyes, cruzando el Nilo desde Tebas. Se considera que accedían al Más Allá en una barca.
El reinado de Tutankamón se asentó sobre el visir Ay y el general Horemheb. Rivales, uno y otro tuvieron que llevar las riendas del gobierno. A su muerte ocuparon sucesivamente el poder faraónico, ante la falta de linaje dinástico.
En el octavo año del reinado de Akenatón nació la "imagen viviente de Atón": Tutankamón, posteriormente Tutankamón. Eran tiempos de reforma en la XVIII dinastía del Imperio Nuevo. El hijo de Amenhotep III (1390-1353 a. C.) y de su esposa principal Tiy pasó de llamarse Amenhotep IV a ser Akenatón durante el quinto año de su gobierno. Con su proclamación del advenimiento terrestre del dios Atón, el faraón resto poder a Amón, a otras divinidades tradicionales y, especialmente, al clero (dedicado al culto de Atón). Akenatón tuvo seis hijas con su esposa principal Nefertiti, considerada la "reina más bella de la historia de Egipto". De su relación con algunas de sus hermanas nació Tutankamón. Otra esposa secundaria Kiya, principal candidata para ser identificada como madre de Tutankamón, parece quedar excluida (a la luz de los últimos exámenes de ADN), ya que no se considera hermana de Akenatón. Hacia 1332 a. C., el hijo de Akenatón fue nombrado faraón con el nombre de Tutankamón (1332-1323 a. C.), un niño de ocho o nueve años que se dejó llevar por los dos hombres fuertes de aquel tiempo: el visir Ay y el general Horemheb. Se casó con la tercera hija de Akenatón y Nefertiti, Ankesenamón, ocho años mayor que él. Un matrimonio entre medio hermanos que dejó dos fetos de niñas en la tumba de Tutankamón, descendencia abortada de la pareja real.
La restauración
Con la desaparición de Akenatón, el joven faraón se vio obligado a restaurar el culto a Amón y a otros dioses a partir del cuarto año, y pasó a llamarse Tutankamón. Menfis volvió a ser la capital política y Tebas, el centro religioso. La paz religiosa interior y el equilibrio diplomático exterior debió ser lo más llamativo de su gobierno. En la llamada Estela de la Restauración se podía leer: "Ahora los dioses y diosas disfrutan en sus corazones, los sacerdotes están enhorabuena, las provincias no caben de gozo y la alegría invade toda la tierra porque el bien ha vuelto".
Sin embargo, luego de su muerte se borraría todo rastro de su reinado.
Ay, asesor de tres faraones
En los tiempos reformistas de Akenatón, Ay, probable hermano de la reina Tiy, estaba casado con Ty, mejor conocida como la nodriza de Nefertiti. Su título de "Padre del Dios" podría traducirse como suegro de Akenatón, y fue un ferviente seguidor del atonismo. En el reinado de Tutankamón tuvo mucho poder y pasó a ser el "Divino Padre". Ya como viejo visir, presidió las honras fúnebres del joven rey y se casó con su viuda para poder subirse legítimamente al carro de faraón durante cuatro años. No logró tener descendencia y lo sucedió el general Horemheb, último faraón de la dinastía XVIII.
Tecnología de avanzada
En 1972, cincuenta años después del magno hallazgo de Howard Cárter, la medicina era testigo de uno de los más grandes avances en el campo de la radiología: nacía la tomografía computada (que en 1979 les valdría el Premio Nobel de Medicina a sus inventores). La tomografía, conocida desde la década de 1930, es un sistema de diagnóstico que, en vez de sacar una sola imagen de rayos X (como las radiografías convencionales), toma varias, y como resultado proporciona un corte transversal de alguna parte del cuerpo. En 1972 se inventó un escáner para realizar el trabajo digitalmente y procesarlo con una computadora. En 1996 se creó la técnica de generación de volúmenes, para obtener imágenes en 3D. Ésta es la tecnología que se aplicó, a comienzos de 2005, para examinar la tumba del infortunado Tutankamón. El escaneo duró apenas 15 minutos, pero el análisis llevó varios
meses. Anteriormente, a la momia se le habían realizado exámenes de rayos X en dos oportunidades: la primera vez en 1968 y la según da en 1978. La técnica de diagnóstico médico, creada para prevenir y tratar dolencias en pacientes vivos, resultó una herramienta invaluable para que el pasado se haga presente y descubra uno de los misterios más persistentes de la historia.
El cráneo en detalle
La cabeza del rey fue escaneada en porciones de apenas 0,62 milímetros de largo, para poder mostrar con el mayor detalle sus complejas estructuras, develar el misterio de su muerte y determinar si sufría de deformaciones congénitas, entre otros datos.
El color de su piel
A pesar de las grandes posibilidades con que cuenta la ciencia para acercarse cada vez más ajustadamente al pasado remoto, algunos límites todavía no se han podido superar: El color de la piel del faraón probablemente nos sea desconocido por siempre. Los restauradores basaron la reconstrucción en pinturas y bustos de Tutankamón, así como de sus parientes cercanos. También se utilizaron como referencia las variaciones de color de la población actual egipcia, y se eligió un tono intermedio.
El proceso de embalsamar los restos del faraón era largo, complejo y delicado. Todo se realizaba en un marco de cuidadosos rituales, para garantizar la supervivencia del difunto soberano en el otro mundo, donde continuaría su vida.
Hay que recurrir a Herodoto (484?- 425? a. C.), padre de la Historia, para conocer de primera mano el rito de la momificación. Del segundo libro de su Historia se desprende que había tres métodos para preservar los cuerpos muertos de la putrefacción. El más completo y dificultoso, tradicional entre los faraones y algunos nobles, se hacía de este modo: "Toman una pieza de hierro torcido y con ella extraen el cerebro a través de las fosas nasales, deshaciéndose de una parte del mismo, mientras que se limpia el resto del cráneo por medio de drogas. Luego hacen un corte en el costado con una piedra afilada etíope y extraen todo el contenido del abdomen, que limpian a base de lavarlo completamente con vino de palma y también con una
infusión de especias aromáticas molidas. Entonces proceden al relleno de la cavidad con la más pura mirra bien molida, con canela y otras especias aromáticas, a excepción del incienso, y cosen la incisión. Al final, colocan el cuerpo en natrón durante setenta días".
De los otros dos métodos de momificación escribió lo siguiente: "Si se desea reducir gastos con la elección del segundo procedimiento, se llenan tubos con aceite de cedro y se inyectan en el abdomen sin practicar corte alguno ni sacar el vientre. El lugar por donde podrían salirse es taponado y el cuerpo se pone en natrón el número prescrito de días. Al cabo de este tiempo, se da salida al aceite de cedro, y tal es su potencia que arrastra con él al estómago y a los intestinos en un estado líquido. El natrón, por su parte, disuelve la carne y ya no queda nada
del cadáver, excepto la piel y los huesos. El tercer método, practicado en el caso de la gente más pobre, consiste en limpiar los intestinos con algún purgante y dejar el cuerpo en natrón durante setenta días".
ACEITES Y RESINAS
Una vez convertido en momia el cadáver de Tutankamón, se taponaron sus fosas nasales y labios con resina. El mismo cuerpo desecado se untó con aceites, ceras y otras sustancias tanto olorosas como pastosas. A continuación tuvo lugar el largo proceso de envolver la momia con vendajes de lino a los que el embalsamador pasaba un producto resinoso. Un sacerdote colocó joyas, amuletos y distintos ornamentos benéficos, hasta completar 150 objetos.
La máscara de oro macizo con incrustaciones de pasta de vidrio y piedras semipreciosas se acomodó finalmente sobre el rostro de la momia.
LA CAPILLA CANÓPiCA
Los cuatro órganos internos (hígado, pulmones, estómago e intestinos) extraídos al embalsamar se pusieron bajo la protección de cuatro diosas: Isis, Neftis, Neit y Selkis. Un conjunto de cuatro pequeños ataúdes de oro con los órganos internos se introdujo en las cuatro cavidades de un cofre de alabastro, bien puesto dentro de una capilla rodeada por las cuatro diosas protectoras y un friso de cobras reales en lo alto. Frente a esta magnífica capilla, ubicada en la cámara del tesoro (llamada Capilla Canópica), aparecía una litera portátil de madera dorada incrustada de oro, plata, cuarzo y obsidiana en forma de altar, con Tutankamón en la figura sedente del dios chacal Anubis como centinela, cubierto por una tela de lino. En su interior, joyas, pectorales, amuletos y vasos de alabastro utilizados en el acto fúnebre. En el viaje por el Más Allá, Tutankamón contaba con una flota de 35 barcos en miniatura a imagen y semejanza de los barcos reales de su época. Se suponía que estos modelos,
"activados" mediante la magia, trasladaban al difunto por las aguas del inframundo, para después unirse con la barca del dios solar, Ra. La escena está representada en los murales de la tumba. Aquí tampoco faltaban los ushebti ("los que responden", unas pequeñas figuras de madera revestidas de oro, cuya misión era asumir las tareas agrícolas en nombre de Tutankamón. Nada menos que 413 ushebti trabajaban de sol a sol: unos 365 para cada día del año, 36 capataces al mando de grupos de 10 hombres y 12 supervisores mensuales. Aunque se echó en falta los "ostracas", esas lascas de piedra caliza donde se registraban asuntos de la vida cotidiana, como el pago de los trabajadores.
A la vista del ajuar funerario se descubrían las aficiones y ocupaciones rituales del joven rey. En una suerte de abanico de madera dorada, sin las plumas de ave originales, aparecían imágenes del faraón en un carro tirado por dos caballos emplumados, durante una cacería real de avestruces. Arcos, flechas, mazas, dagas, bumeranes y lanzas resaltaban la figura del Tutankamón cazador y guerrero del Más Allá. Se destaca otra imagen suya como Horus, sobre un bote.
El juego de mesa senet, era otro de sus pasatiempos favoritos. En la tumba se encontraban cuatro tableros de ébano y marfil, de doble cara cada uno, montados sobre una mesa con patas felinas, para seguir practicándolo en el Más Allá. En la cara anterior había 30 casillas, con tres columnas verticales por 10 horizontales, y en la posterior 20 casillas. Conocido como "el pasaje", representaba una prueba de fuego para ganar el acceso al Más Allá.
Por encima de los tesoros anteriores, Cárter quedó profundamente impresionado al hallarse frente a la máscara de Tutankamón: un ramillete de frágiles flores rodeaba su cuello. "Aquella pequeña corona de flores -escribió-,
era la última ofrenda de despedida de la joven viuda a su esposo. Todo el brillo del oro palidecía ante las pobres flores marchitas, que aún conservaban la encarnación mate de sus colores originales."
Magia en la cámara
La magia del Más Allá se descubriría en las pinturas murales de la cámara funeraria de Tutankamón. Los artesanos encargados de construir y decorar las tumbas de los faraones hicieron una obra algo distinta del estilo predominante en la época de Akenatón. En vez de las figuras en movimiento, se volvió al canon más rígido de tiempos anteriores. En la pared Este, abierta a la sala del tesoro, apareció la capilla con el sarcófago de Tutankamón sobre una barca-litera, justo detrás de doce altos dignatarios del imperio que llevaban al Más Allá. Fue la primera representación de una escena del “Libro de los Muertos” en una tumba real. En la pared Oeste, doce babuinos sentados recibían con júbilo la llegada de la barca solar con el escarabajo, el símbolo de la regeneración. La ceremonia más importante del ritual funerario quedó plasmada en la pared Norte: la apertura de la boca del faraón para poder mover los labios, hablar y alimentarse en el mundo divino, a cargo del visir y sucesor en el trono, Ay. Los conjuros que formaban parte del ritual dieron pie, muchos milenios más tarde, a la creencia de momias que –animadas por misteriosos hechizos- volvían a la vida, una tradición que el cine se encargo de reforzar repetidas veces. Una de estas oraciones dice: “¡Despierta! Que estés alerta como un ser viviente, rejuvenecido cada día, saludable en millones de ocasiones de buen sueño, mientras los dioses te protegen, con la protección de tu alrededor cada día”.
¿A quién pertenecía el segundo sarcófago?
La momia del faraón estaba protegida por la famosa máscara funeraria y tres sarcófagos. El sarcófago interior es de oro puro, y pesa unos 110 kilos. Los demás son de madera, cubiertos con láminas de oro. El segundo ataúd (abajo) presenta una característica notable a simple vista: su aspecto es notoriamente distinto del resto de las representaciones de Tutankamón. Se cree que originalmente este sarcófago estaba destinado a un antecesor del joven rey, pero no está claro quién era.
Aunque suele repetirse que la tumba de Tutankamón es la única que fue hallada intacta, esto no es exacto. Poco tiempo después de los funerales fue saqueada dos veces, El sepulcro, no obstante, sí fue encontrado sin huellas de robo.
En el Valle de los Reyes de la antigua Tebas, hoy Luxor, se descubrieron 63 tumbas reales de las que sólo una, la de Tutankamón, pareció salvarse del saqueo total. Ya en el período de los Ramésidas, la antigua burocracia no daba abasto para interrogar a los ladrones detenidos y realizar inspecciones en las tumbas con
el fin de comprobar el estado en que se encontraban. Muchas de las temibles maldiciones que aparecen en las paredes de las tumbas o en objetos mortuorios tenían por objeto disuadir a los ocasionales ladrones de tumbas. Teniendo en cuenta los des-pojos de que fueron objeto las últimas residencias de los faraones, su efectividad parece haber sido escasa.
CAMBIOS RADICALES
Al final, gracias a una iniciativa de Pinedjem I (1054- 1032 a. C.) se procedió a vaciar los sepulcros y enterrar las momias en escondites comunes.
Quienes entraron en la tumba de Tutankamón poco después de su muerte lo hicieron, a juicio de Cárter, al menos en dos ocasiones antes de que las puertas fueran selladas de forma definitiva por la administración tebana. El sello es inconfundible: el chacal Anubis, guía del Más Allá, sobre nueve enemigos atados, símbolos de los ladrones y los malvados. El noble Maya, supervisor del tesoro en la necrópolis y organizador de las exequias del faraón, puede haber sido quien volviera a sellar la tumba. Sobre la identidad de los saqueadores planeó la sospecha de que eran miembros del mismo equipo de la ceremonia funeraria. A la vista de los maravillosos objetos atesorados en el pequeño espacio del sepulcro de un rey tan joven como Tutankamón, resulta inimaginable pensar lo que debían contener las grandes tumbas de faraones con mayor peso y recorrido históricos.
Objetos codiciados
A las pocas semanas de un entierro, los saqueadores de tumbas se ponían rápida-mente en acción. Aparte de joyas y otros objetos preciosos, había perfumes, ungüentos, cosméticos y vinos que se echaban a perder con el paso del tiempo. Los ladrones de la tumba de Tutankamón dejaron sus huellas en el mismo pasadizo de la entrada: fragmentos de oro, tapones de jarra, astillas de madera dorada, una punta de flecha de bronce, navajas, una grapa de bronce dorado y demás entre los escombros, un material proveniente de la antecámara. AI parecer, el primer grupo de ladrones se interesó por los metales y actuó tan solo en la antecámara y el anexo, donde todo se encontraba en gran desorden. El segundo grupo entró en la tumba entera. Pero su interés se concentró en los joyeros reales: desapareció un 60% de las joyas, y algunos vasos de metal. Howard Cárter concluyó que "los ladrones fueron atrapados dentro de la tumba o en su huida, quizás detenidos con una parte del botín en su poder".
La máscara
En el interior de cuatro sepulcros, un sarcófago y tres ataúdes, se encontraba la momia del faraón. Esta se hallaba cubierta por una máscara de oro puro laboriosamente trabajada, con incrustaciones de vidrio azul y piedras semipreciosas. Actualmente se conserva en el Museo de El Cairo, y su belleza aún hoy sorprende a todo el mundo. La figura mide 54 cm. De altura y pesa poco mas de 10Kg. En la frente, la efigie del monarca está adornada por un buitre y una cobra, dioses emblemáticos del Alto y Bajo Egipto, respectivamente. La máscara con el tocado rayado real y una fina barba trenzada, representa a Tutankamón en la forma del dios de los muertos, Osiris. Aunque la máscara es el adorno más reconocible de la momia, al momento de descubrirla se encontraron otros 150 ornamentos a lo largo del cuerpo.
El abanico
Entre los objetos encontrados en la tumba se cuentan ocho abanicos. El de la imagen presenta incrustaciones de ébano y tiene una gruesa cobertura de oro, decorada con cristal y calcita. En el centro se distinguen dos cartuchos con los nombres de Tutankamón. Las plumas no resistieron el paso del tiempo, aunque otro de los abanicos asombrosamente las conservaba intactas.
El trono de oro
Los objetos hallados en las distintas cámaras que conforman la tumba de Tutankamón poseen un incalculable valor arqueológico. Son, además, un tesoro de una riqueza y un valor artístico posiblemente jamás igualados en la historia de los descubrimientos de civilizaciones históricas.
¿Quién fue el padre de Tutankamón?
En febrero de 2010 se hicieron públicos los resultados de los exámenes de ADN a varias momias emparentadas con Tutankamón, y pudo establecerse con certeza que la momia de KV55 era el padre de Tutankamón. Pero la identidad de esta momia, descubierta en 1907 por Th. M. Davis, continúa siendo controvertida. Durante décadas la mayoría de los arqueólogos se inclinó por considerarla la de Akenatón, y el propio Zahi Hawass favoreció esta hipótesis. No obstante, hay inconsistencias en el ADN de esta momia respecto de los fetos de la tumba de Tutankamón (considerados su descendencia), por lo que algunos creen que puede pertenecer al enigmático Smenkhkare.
¿Akenatón era Moisés?
El faraón Akenatón instauró una arriesgada reforma religiosa en la cual determinó que Atón -el disco solar- era el "único dios", reemplazando a Amón como principal dios del panteón egipcio. Aunque no renegó de la existencia de los demás dioses (de hecho al propio faraón se lo consideraba un dios), su política fue cada vez más intolerante hacia el culto de Amón. Llegó a prohibir el nombre de este dios, y hasta borró de la escritura el término "dioses". El parecido con el monoteísmo judío fue notado desde hace mucho tiempo. Ya Sigmund Freud aventuraba que Moisés habría sido un noble egipcio, sacerdote del culto a Atón, quien debió huir de Egipto con sus seguidores, a la muerte de Akenatón. Un autor egipcio, Ahmed Osman, incluso llegó a afirmar que Moisés y Akenatón eran la misma persona. Para este autor, Yuya, el abuelo de Akenatón, era el bíblico José (el interpretador de sueños). La opinión aceptada entre los especialistas, no obstante, es que Moisés vivió durante el reinado de Ramsés II, un siglo después de Akenatón.
ANTECESOR ¿Y PADRE?
Akenatón en un busto que destaca (y exagera) su rostro alargado. Es muy probable que haya sido el padre de Tutankamón. Algunos investigadores han conjeturado que él y Moisés serían la misma persona.
¿Emite radiación la máscara?
Las disciplinas alternativas han encontrado propiedades sobrenaturales en algunos objetos del Egipto antiguo. El radiestesista Jacques LaMaya detectó una emisión verde negativo en los brazos cruzados de las estatuas egipcias. Diseños, como el llamado "anillo atlante" o anillo de Juá (un supuesto sacerdote egipcio), tendrían el efecto opuesto de la emisión verde negativo, actuando como protector o talismán de su usuario. La geobióloga suiza Blanche Merz, por otra parte, midió una radiación altamente positiva en el uraeus que corona la máscara de oro de Tutankamón.
¿Quién era el faraón Smenkhkare?
Entre el reino de Akenatón y el de Tutankamón hubo un período oscuro de unos tres años. Testimonios arqueológicos apuntan a un sucesor de Akenatón, llamado Smenkhkare, que habría sido corregente por un tiempo, y luego habría gobernado solo por unos tres años. Podría tratarse de un hijo de Akenatón, pero la cuestión se oscurece porque en ocasiones aparece representado como mujer. Por otra parte, aparece en una fecha que coincide con la desaparición de escena de Nefertiti, esposa de Akenatón. Los estudiosos debaten si Smenkhkare es la propia Nefertiti (que habría tomado un nombre de varón) si es un hijo de Akenatón, o si fue el marido de Meritaten, una de las hijas de Akenatón, que habría sobrevivido a Smenkhkare y lo habría sucedido, lo que explicaría su doble apariencia como hombre y como mujer. Las combinaciones entre estas hipótesis son varias, pero es poco lo que se sabe con certeza. Probablemente despejaría numerosas dudas descubrir la momia de Nefertiti, un personaje que, al parecer, gozó de inusitado poder en tiempos de Akenatón, por lo que algunos egiptólogos creen que alcanzó el rango de faraona.
¿Se halló la momia de la esposa del rey?
En la tumba del faraón Tutankamón se hallaron los cuerpos momificados de dos fetos de sexo femenino, de unos cinco y siete meses de gestación. Los exámenes de ADN determinaron que son hijas de Tutankamón y de la momia KV21A. Se cree que esta momia sería su esposa, Ankesenamón. Aunque esta hipótesis es muy probable (Tutankamón murió joven y no se conoce que haya tenido otra esposa), por el momento aún queda en el terreno de la especulación.
¿La tumba está construida según la razón áurea?
Numerosos arqueólogos hallaron que la arquitectura egipcia mantiene proporciones armónicas, según lo que se conoce como la razón áurea. En la tumba de Tutankamón, la Cámara Real, cuya función era facilitar el renacimiento del monarca, estaba construida según el número áureo (1,618); en cambio la antecámara, que recibiría a cualquier potencial intruso, tiene una proporción inarmónica (2,222).
¿Por qué se eligió el valle como cementerio real?
La fotógrafo y geóloga de la universidad de Penn State, Katarin Parizek, reconoció estructuras geológicas en el Valle de los Reyes. Muchas tumbas se encuentran en zonas de concentración de fracturas y fallas. Pasadizos y cámaras de las tumbas se alinean perfectamente con estas zonas de debilidad geológica. Parizek sugiere que los constructores elegían estas zonas porque las rocas son más fáciles de excavar. Sin embargo, investigadores en geobiología especulan que se podrían haber aprovechado los efectos electromagnéticos producidos sobre las mismas. Además, a través de las fallas pueden filtrarse desde las profundidades gases nocivos de origen geológico, como el radiactivo gas radón, que abonaría la teoría de que las maldiciones egipcias tenían sustento biológico.
¿Cómo logró pasar inadvertido el lugar del entierro?
El gobierno de Tutankamón tuvo lugar durante un período revolucionario de la historia del antiguo Egipto. Al asumir el gobierno el joven rey, todavía estaba vigente el culto a Atón, instaurado por Akenatón. En la época de Tutankamón se volvió a la tradición antigua, reinstaurando el culto a Amón como dios principal. Más tarde, el faraón Horemheb inició una acción oficial contra todos los faraones de la reforma religiosa, incluido Tutankamón. El faraón, que -según parece- no llegó a poseer verdadero poder, fue olvidado, al igual que Akenatón y Ay. Su tumba cayó en el mismo descuido, y la posterior tumba de Ramsés VI se ubicó exactamente encima de la de Tutankamón, favoreciendo aún más el desconocimiento de su localización. Además, en la época ramésida se plantaron tiendas para obreros encima de la tumba. Pero, mientras que las tumbas de Akenatón y Ay fue¬ron profanadas y dañadas, la de Tutankamón permaneció casi intocada. Horemheb respetó al joven rey, quizás porque reconocía que había sido un faraón sin capacidad de decisión, o tal vez porque lo mantuvo como general en jefe de los ejércitos durante su reinado.
¿Era deforme Tutankamón?
Durante mucho tiempo se pensó que el joven faraón padecía de alguna enfermedad congènita que le habría provocado deformidades corporales, para lo cual se citaba como ejemplo los bustos del rey con cráneos alargados y facciones estiradas. También se mencionaba su parentesco con Akenatón, que aparece representado con serias malformaciones. Aunque se cree que estas figuras desproporcionadas serían exageraciones que transmitían un mensaje simbólico (en ocasiones Akenatón aparece con pechos de mujer, o sin miembro viril), también se postuló que tanto Akenatón como Tutankamón sufrirían del llamado síndrome de Marfan, o del síndrome de Froehlich. Debido a que este último implica la imposibilidad de tener hijos (y Akenatón tuvo varios), esta hipótesis se dejó de lado. Los expertos que examinaron la momia en 2005 afirmaron que "la forma oblonga de su cráneo -similar a la de otros miembros de su familia- no fue causada por ninguna enfermedad". Se considera que este rasgo, aunque exagerado, se encuentra dentro de los patrones de normalidad física. Hoy se sabe que Tutankamón sufría de la enfermedad de Kohler, lo que, en combinación con la malaria (y la fractura de una pierna), le provocó la muerte.
Hija de Tutankamón: máscara que cubría una de las dos pequeñas momias de fetos encontradas en la tumba de Tutankamón. Se cree que ambas eran hijas del faraón y de su esposa, Ankesenamón.
Fuentes: Clarín.