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Galileo Galilei





Según una encuesta del Consejo de Europa realizada entre los estudiantes de ciencias de todos los países de la Comunidad, casi el 30% de ellos tiene el convencimiento de que Galileo Galilei fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia. Casi todos (el 97%), de cualquier forma, están convencidos de que fue sometido a torturas. Los que —realmente, no muchos— tienen algo más que decir sobre el científico pisano, recuerdan como frase "absolutamente histórica" un "Eppur si muove!", fieramente arrojado, después de la lectura de la sentencia, contra los inquisidores convencidos de poder detener el movimiento de la Tierra con los anatemas teológicos.









Estos estudiantes se sorprenderían si alguien les dijera que estamos ahora en la afortunada situación de poder datar con precisión por lo menos este último falso detalle: la "frase histórica" fue inventada en Londres en 1757 por Giuseppe Baretti, periodista muy poco fehaciente.

El 22 de junio de 1633, en Roma, en el convento dominicano de Santa Maria sopra Minerva, después de oír la sentencia, el verdadero Galileo (no el del mito) dio las gracias a los diez cardenales —tres de los cuales habían votado a favor de su absolución— por una pena tan moderada. Porque también era consciente de haber hecho lo posible para indisponer al tribunal, entre otras cosas intentando tomarles el pelo a esos jueces —entre los cuales había hombres de aquilatada ciencia— asegurando que en realidad en el libro impugnado (que se había impreso con una aprobación eclesiástica arrebatada con engaño) había sostenido lo contrario de lo que se podía creer.

Es más: en los cuatro días de discusión, sólo presentó un argumento a favor de la teoría de que la Tierra giraba en torno al Sol. Y era errónea. Decía que las mareas eran provocadas por la sacudida de las aguas, a causa del movimiento de la Tierra. Una tesis risible, a la que sus jueces-colegas que Galileo juzgaba de "imbéciles" oponían otra, y que, sin embargo, era la correcta. Esto es, el flujo y reflujo del agua de mar se debe a la atracción de la Luna. Tal como decían precisamente aquellos inquisidores a los que el pisano insultaba con desprecio.

Aparte de esta explicación errónea, Galileo no supo aportar otros argumentos experimentales, comprobables, a favor de la centralidad del Sol y del movimiento de la Tierra. Y no hay que maravillarse: el Santo Oficio no se oponía en absoluto a la evidencia científica en nombre de un oscurantismo teológico. La primera prueba experimental, indiscutible, de la rotación terrestre data de 1748, más de un siglo después. Y para ver esta rotación, hubo que esperar hasta 1851, con el péndulo de Foucault.

En aquel año 1633 del proceso a Galileo, el sistema ptolemaico (el Sol y los planetas giran en torno a la Tierra) y el sistema copernicano (la Tierra y los planetas giran en torno al Sol) eran dos hipótesis del mismo peso, a las que había que apostar sin tener pruebas decisivas. Y muchos religiosos católicos estaban a favor del Nicolás Copérnico que era sacerdote católico polaco quien dedicó su obra al pontífice Pablo III, y que fue condenado en cambio, por Lutero, mientras que el obispo Kromer le levantó un monumento, luego de su muerte, en su tumba.

Por otra parte, Galileo no sólo se equivocaba al referirse a las mareas, sino que ya había incurrido en otro grave error científico cuando, en 1618, habían aparecido en el Cielo unos cometas. Basándose en apriorismos relacionados con su "apuesta" copernicana, había afirmado con insistencia que sólo se trataba de ilusiones ópticas y había arremetido duramente contra los astrónomos jesuitas del observatorio romano, quienes decían, en cambio, que estos cometas eran objetos celestes reales. Luego volvería a equivocarse con la teoría del movimiento de la Tierra y de la fijeza absoluta del Sol, cuando en realidad éste también se mueve en torno al centro de la galaxia.

Nada de frases titánicas (el demasiado falso y célebre Eppur si muove!), de todas formas, más que en las mentiras de los ilustrados y luego de los marxistas —véase Bertolt Brechti—. Ellos crearon deliberadamente un "caso", útil a una propaganda que quería (y quiere) demostrar la incompatibilidad entre ciencia y fe.

A las preguntas ¿Torturas? ¿Cárceles de la Inquisición? ¿Hogueras? Aquí también los estudiantes europeos del sondeo se llevarían una sorpresa. Galileo no pasó ni un solo día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de violencia física. Es más, llamado a Roma para el proceso, se alojó (a cargo de la Santa Sede) en una vivienda de cinco habitaciones con vista a los jardines del Vaticano y con servidor personal. Después de la sentencia fue alojado en la maravillosa Villa Medici en el Pincio. Desde aquí el "condenado" se trasladó, en condición de huésped, al palacio del arzobispo de Siena, uno de los muchos eclesiásticos insignes que lo querían, que lo habían ayudado y animado, y a los que había dedicado sus obras. Finalmente llegó a su elegante villa en Arcetri, cuyo significativo nombre era "Il gioiello" (La joya).

No perdió la estima o la amistad de obispos y científicos, muchas veces religiosos. No se le impidió nunca proseguir con su trabajo y de ello se aprovechó, continuando sus estudios y publicando un libro —Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias— que es su obra maestra científica. Ni tampoco se le había prohibido recibir visitas, así que los mejores colegas de Europa fueron a verlo para discutir con él. Pronto le levantaron la prohibición de alejarse a su antojo de la villa. Sólo le quedó una obligación: la de rezar una vez por semana los siete salmos penitenciales. En realidad, también esta "pena" se había acabado a los tres años, pero él la continuó libremente, como creyente que era, un hombre que había sido el benjamín de los Papas durante larga parte de su vida; y que, en lugar de erigirse en defensor de la razón contra el oscurantismo clerical, tal como afirma la leyenda posterior, pudo escribir con verdad, al final de su vida: "In tutte le opere mie non sarà chi trovar possa pur minima ombra di cosa che declini dalla pietà e dalla riverenza di Santa Chiesa" (En todas mis obras no habrá quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que recusar de la piedad y reverencia de la Santa Iglesia). Murió a los setenta y ocho años, en su cama, con la indulgencia plenaria y la bendición del Papa. Era el 8 de enero de 1642, nueve años después de la "condena". Una de sus hijas, monja, recogió su última palabra. Ésta fue: "¡Jesús!"




Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, Editorial Planeta, Barcelona 1997, 4ª edición, pp. 117-120.




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Un resumen...




—De Galileo todo el mundo cree saber tres cosas:

1) Que la Iglesia desaprobó su teoría científica;

2) Que la Iglesia lo torturó y lo mató;

3) Que dijo la frase “Eppur si muove” (y sin embargo se mueve).

Estas tres cosas son falsas y en cuanto a la última, la frase fue inventada en Londres en 1757 por el periodista Giuseppe Baretti.

La verdad es que el 22 de junio de 1633, en el convento dominicano de Santa María Sopra Minerva, Galileo luego de oír su sentencia, dio las gracias a los diez cardenales –tres de los cuales habían pedido su exculpación– por la pena tan moderada y benigna que le habían impuesto. Hay que afirmar que estos cardenales eran hombres de aquilatada ciencia a tal punto que hasta los mismos enemigos de la Fe Católica reconocieron su alto nivel intelectual cuando, por ejemplo, en 1870 en plena persecución masónica el gobierno de Italia pidió al parlamento que se conservara el observatorio astronómico del Vaticano.

Cuando surge el tema del giro de la Tierra estos cardenales corrigen bien a Galileo ya que él afirmaba que las mareas se provocaban por las sacudidas de las aguas a causa del movimiento terrestre, los cardenales decían que el flujo y reflujo del mar se debe a la atracción lunar, como se probó luego. Sin embargo Galileo se mofó de ellos, como se rió también de los astrónomos jesuitas del observatorio romano cuando decían que eran reales los cometas visualizados en el cielo en 1618, mientras que Galileo, equivocándose, los tachaba de ilusiones ópticas.

La Iglesia no se oponía al heliocentrismo y Galileo tampoco supo demostrarlo acabadamente. En 1633 los católicos adherían al heliocentrismo sostenido por el sacerdote polaco Nicolás Copérnico quién dedicó su obra al pontífice Pablo III quién la aprobó, y a la muerte de Copérnico el obispo Kromer le levantó un monumento, mientras que fue repudiado por Lutero y Melanchton. La iglesia estaba lejos de oponerse a Galileo que también defendía el heliocentrismo.

Galileo no pasó ni un día en la cárcel sino que durante el proceso se alojó en los jardines del Vaticano y en Villa Medici luego de la sentencia, no se le impidió proseguir con su trabajo y publicó otros estudios y murió a los 78 años el 8 de enero de 1642 en su cama con la indulgencia plenaria y la bendición pontificia— (Dr. A. Caponnetto en “La inquisición y el Caso Galileo”).




Dr. Antonio Caponnetto en "La inquisición y el caso Galileo"





Las "disculpas" dadas por el Papa sobre el "caso Galileo" no son como los medios masivos lo publican.




www.feyrazon.org






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