Hola,
Esta vez un pequeño cuento, espero que les guste y también sus comentarios.
El Perro Inoportuno.
Los políticos tienen siempre la mala costumbre de inaugurar obras de la ingeniería civil bajo las banderas del progreso y de un futuro próspero para todo habitante de la ciudad, como si la infraestructura fuera todo lo que necesita un pueblo hambriento y sediento (paradójicamente gordo y con sobre peso) pero dichas guapas y putas promesas se tuercen al pensar en todo el caos que generan. Se crea un nuevo puente vehicular con más carriles para que éste se sofoque con tránsito, como si alguien hubiese mandado a hacer justo la cantidad de autos que puede soportar y así congestionarlo, enviciando el aire y perdiendo el tiempo gastando energía.
Si en lugar de preocupar por vías más anchas que ocupen más espacio en la ciudad, se hubieran ocupado por mejorar las que ya había, innovar en los vehículos para hacerlos más eficientes y compactos y, sobre todo, concientizar a la gente creando la cultura del no hacer gastos innecesarios siendo, al mismo tiempo, puntuales; yo me hubiera ahorrado una tragedia por demás extraña.
Hace tiempo tuve la mala idea de centralizar mi vida en ésta ciudad, una de las más grandes por estos lares del mundo, ignorante de mi destino, deposité toda mi vida familiar, social y laboral en donde la gente adicta al dinero también conjuntó su capital. Con el jugoso sueño de por fin tener un buen empleo, una casa nada barata y amistades con carteras gordas, hice de mi vida una rutina.
Con las supuestas “maravillas” de la tecnología móvil, celulares inteligentes (algunos más inteligentes que sus usuarios) y agendas apretadas, todos los días me dirigía a mi reciento de trabajo montado en mi camioneta del año, una de esas americanas, ostentosas, diseñada para cargas pesadas y yo sólo llevaba a lo mucho un barril de cerveza, tracción todo terreno y que consumía más combustible que un borracho alcohol en la final de futbol de su equipo favorito, hacía semejante ruido al acelerar lo que siempre me agradaba, lo veía como una forma de achicar a la gente que me rodeaba. Sentía que podía poner a todo el mundo a mis pies, el cruzar las puertas del edificio en donde el laburo me esperaba, vestido con un fino traje y un portafolio de cuero, atravesar los cubículos de mis subordinados con el pecho inflado para que todo el mundo viera mi grandeza, casi siempre con el teléfono en la oreja por que las personas como yo tenían que estar ocupadas desde primera hora. Hasta sentarme en mi propia oficina y gozar de la tremenda enorme silla que todos querían, ese símbolo de poder, qué días de superioridad fueron, qué días de supremacía… Qué días de hipocresía.
Ahora cambiaría todo eso por no ver lo que embrujó mis ojos, cambiaría mi pick-up por nunca haber pasado a esa mala hora por ese maldito lugar, cambiaría mi traje de marca por alguna chupa de cuero y unos pantalones vaqueros, sin duda me hubieran protegido más que esos maricas diseños franceses y cambiaría la prodigiosa silla por no haber ido a trabajar ese día.
En el trabajo todo salió perfecto, los números crecían, clientes de adjuntaban y todas las gráficas apuntaban hacia arriba. Nadie mejor que yo para jefe, me decía aumentando mi ego. Ante tanto éxito financiero escapaba de mí una sonrisa asoma muelas.
Sentado en el escritorio no podía dejar de mandar ni administrar, trabajaba como loco, estaba lleno de inspiración y energía, esa bendita juventud; pila tras pila de papeleos de contratos y memorándums me los acababa cual impresora industrial, nada me detuvo, no quería desperdiciar mi tiempo pues eso era perder dinero. Sin darme cuenta ya era de noche, las horas volaron, pese al notorio cansancio que sentía estaba feliz por haber ejecutado cual profesional todos esos movimientos financieros.
Rumbo a la salida del despacho, me preocupé por poner en orden mis agendas en mi teléfono inteligente, no me di cuenta que estaba lloviendo a cántaros. Maldita lluvia arruina noche, yo con prisa y ahora todo se va a alentar, me decía. Sé que sólo hay que quejarse de la lluvia cuando no se presente, mientras hay que disfrutarla.
Recorrí rápidamente el estacionamiento soltando tantas maldiciones como pasos al momento de ir chacloteando los charcos. Encendí el enorme automotor y fui rumbo a mi casa lo más rápido que pude, no pasó mucho para que me viera enclaustrado en una de las avenidas principales, el aguacero se intensificó, a vuelta de rueda llegué a estar justo en la cima de un puente nuevo, uno alto y curvo que vomitaba sobre la bella arquitectura bien hecha, estos modelos modernos no eran más que líneas sin sentido. Llovía tanto que apenas se podía distinguir las luces rojas del auto de enfrente, los rayos y los truenos no se hicieron esperar, sonaba la orquesta de luces y tambores con el coro de redoblas hecho por las gotas golpeando la lámina de los automóviles.
Desde el puente conseguía ver toda la calle que cruzaba por debajo, personal de Protección Civil destapaba las coladeras para que el agua drenara más rápido y no reventar por la presión las cañerías de la ciudad, con cada tapa levantaba salían hediondos olores vistos como vapores. El tráfico se detuvo completamente y la gente se desesperaba en sus encierros insultando hasta el compadre en una pitadera, un fandango que me hizo estresar. Decidí aprovechar el tiempo para adelantar el trabajo del día siguiente desde mi celular, manipulaba gráficos y estadísticas cuando sentí una sacudida en la camioneta. No le di importancia.
Se volvió a mover, esta vez más fuerte, se me hizo extraño que se sacudiera de lado a lado pues se necesita mucho peso para lograr perturbar la quietud de un vehículo tan pesado y con una suspensión rígida. Pensé en gente subiéndose a la caja pero no había nadie, luego en un temblor pero ningún otro auto se movía.
Las perturbaciones se repitieron con más pujanza, sin pensar extendí los brazos para sujetarme de la puerta y de la palanca del freno de mano, no solté el celular en mi mano izquierda. Comencé a escuchar rechinidos y tallones de metal en el lado derecho de la camioneta, tras un golpe la camioneta se levanto como si hubiere dejado un gran peso ¿Desde dónde transportaba al misterioso polizón? Estaba asustado, las manos me sudaban y sentía mis extremidades frías, un nudo en mi estómago esperaba el momento para soltar toda esa adrenalina.
En mis pies sentí desgarros, el sonido que se manifestaba del suelo era el de algo rasgando el acero, oía como reventaba todo lo que había debajo de la camioneta. Luego de unos segundos de silencio, un pesado silencio, de la parte del suelo en el asiento del copiloto, entró una enorme y delgada criatura, atravesó las aleaciones minerales cual papel con las enormes y filosas garras que tenía en sus pesadas patas, el pelo era oscuro, ojos endemoniados y saltaba rugidos ensordecedores. Sin titubear se lanzó en un ataque directo a mi cabeza, puse los brazos como única defensa, veía esos puntiagudos colmillos amarillentos abrirse y cerrarse cual pinzas hidráulicas, con una explosión de fuerza y miedo, arrojé a la criatura contra la puerta. Reaccionó rasguñándome y golpeándome, yo ya tenía heridas importantes que necesitaban de atención médica urgente. En cuanto se acomodó la bestia que pintaba ser un perro, volvió a lanzar una segunda ofensiva, esta vez interpuse mi mano izquierda que todavía tenía el teléfono inteligente empuñado.
El feroz animal mordió el equipo, atravesó la pantalla táctil y la palma de mi mano de un solo intento, en cuanto pude, saqué mi mano de sus fauces que empezaron a triturar con gusto y sin esfuerzo, el más costoso que útil celular se hizo polvo.
Mi móvil no zaceó su apetito, quería más, quizá carne humana, continuó cortándome sin piedad, regando mi sangre en las ventanas, el tablero y el costoso tapizado, todo el interior era una escena macabra de muerte, evidente asesinado ¿Cacería?
Como pude ejecuté el único plan que se me ocurrió: poner en marcha la camioneta y lanzarla al vacío, intentando saltar de ella antes de eso. Moví la palanca y aceleré a fondo al mismo tiempo en que torcía el volante, me desabrochaba el cinturón y peleaba con la bestia. Abrí la puerta estando ya el vehículo en movimiento, justo un instante previo a que desalojara la pick-up el perverso animal me mordió el brazo sujetándome fuertemente, no pude zafarme y caí del puente junto con la troca y el perro.
Los inteligentes ingenios que habían diseñado la carrocería lo habían hecho muy bien, pese a ser una gran caída, salvé mi vida. Sólo me quebré un par de huesos y estuve en terapia intensiva varios días, tuve que sanar el golpe y las heridas del perro.
En el hospital me visitó el ministerio público para terminar su investigación sobre el accidente, les dije lo que me había pasado y respondieron que era imposible respaldarlo pues la camioneta quedó totalmente deshecha, aplastada por su mismo peso, argumentaron que los bomberos no encontraron nada más que a mí. Una enfermera comentó que lo único extraño fue que mi costoso traje fue arrancado, no estaba la mitad, nadie ni en el accidente ni en el hospital encontraron los restos.
Luego de recuperarme y pagar las multas correspondientes, renuncié del desgastante trabajo y me mudé de ciudad, ahora tengo una vida modesta y tranquila, con mi esposa y me preocupo por llegar temprano a casa, y más cuando llueve, dejando el trabajo en el despacho. Así nada me acompañará en el camino.
Fin.
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