InicioApuntes Y MonografiasMismidad-Otredad y las miradas imperialistas occidentales
Mismidad y Otredad Los enclaves antropológicos de Mismidad y Otredad son ejes transversales de las miradas occidentales en los procesos de colonización, pero que también siguen perpetuando hoy en día en múltiples esferas de la vida cotidiana. Se trata de dimensiones dentro de las cuales de ubican las configuraciones identitarias de un mismo grupo o sujeto cultural. Arribaré estos dos núcleos a partir del trabajo de M.C. Colombani, A propósito de Dioniso y Apolo...(texto indicado en la bibliografía). La Mismidad consolida tanto la construcción como la conservación de la tradición cultural a partir de la memoria individual o colectiva. Se trata de una dimensión que contiene las formas en que se construyen o despliegan los caracteres de una determinada identidad (puede incluir caracteres estilisticos peculiares del lenguaje, particularidades de vestimenta, etc.). Son característicos: lo homogéneo, lo semejante, lo idéntico, lo continuo, etc. El territorio de la Otredad, en cambio, indica las formas de relacionarse (ya sea calificando o descalificando) con las otras personas que difieren en ciertos aspectos (ya sean aspectos físicos, costumbres culturales, o formas de construir una identidad propia). Son característicos de lo Otro: lo heterogéneo, lo discontinuo, lo desemejante, etc. Se suele ubicar a lo Otro en un punto de irracionalidad, frente a la racionalidad hegemónica de lo mismo. Conceptos como "salvaje" o "salvaje caníbal" son algunos de tantas construcciones que la mirada occidental ha utilizado para justificar su dominio sobre ciertos territorios. Hay claramente un intento de encasillar a los sujetos según una cualificación antropológica, y es por eso que la problemática transita por una cuestión topológica (topos=campo, territorio) que se juega en procesos de territorialización o desterritorialización. “Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso”. Fragmento de El mercader de Venecia, por William Shakespeare. En los primeros encuentros de relaciones desiguales, lo Otro también se sostiene sobre la base de un temor (phátos), ya que viene a perturbar la perpetua tranquilidad del dominio tautológico que pretende poseer la Mismidad. En otras palabras, lo Otro inaugura, frente a lo Mismo, el relativismo antropológico, pero su ausencia mantiene a lo Mismo en la espontaneidad o naturalidad de sus propias características. Por eso también suele desplegar un sentimiento de no-reconocimiento, que expresa en la intolerancia o la violencia, como forma de "neutralizar" la presencia de aquel que no es considerado un par antropológico. Por otro lado, lo Otro se elabora a partir del tejido cultural propio de lo Mismo; es decir, siempre que se piensa a lo Otro no es sino una mirada interpretativa a partir de usos lingüísticos o modos de designación característicos propios de una misma cultura. Diría P. Bourdieu, que todo juicio de preferencia califica, pero paradójicamente, también califica al sujeto que emite este juicio. Las elaboraciones que se realizan llegan a constituir prácticamente toda una categoría de ser: se incluyen, no sólo carácteres culturales, sino también facultades intelectuales y manifestaciones automáticas psico-físicas. Esta serie de características está fuera de toda jerarquía axiológica, ya que son desvalorizaciones. El aprendizaje de la lógica designativa del lenguaje utilizado por la Mismidad, es producto de la influencia del contexto sociocultural en el cual se halla el sujeto, y se reproduce tanto a nivel micro-social (ámbitos sociales reducidos) como a nivel macro-social (medios masivos de comunicación, instituciones educativas, etc.). Se trata de una pragmática que a sido cultural y socialmente contruída, y se incorpora por medio de un aprendizaje ostensivo de las palabras (a tal hecho, tal significado) Buscar el origen mismo de los antagonismos que la humanidad siempre estableció es investigar los mecanismos psicológicos que se ejercen en todo proceso de elaboración y unión a una determinada identidad, y es también profundizar en la cuestión de las relaciones de poder. "Los hombres - señala E. Said - siempre han dividido el mundo en regiones que tienen diferencias reales o imaginarias". Imperialismo y colonialismo Hecha una única definición sobre los sujetos colonizados, aplicable a cualquier caso particular, gobernarlos es, a pesar de todas las circunstancias, lo mismo en cualquier situación. Para el imperialismo, cada colonizado no es un "mundo" o un "microcosmos" peculiar, sino que su categoría de ser es siempre genérica y no particular o individual; por lo tanto, se trata de una categoría abstracta y ajena a las singularidades de los sujetos. Al asignar valores de inferioridad a los sujetos, también se les resta autonomía, ya que la incapacidad de autogobierno también se ubica entre estos valores. El imperialismo, al construir la imagen de los colonizados como seres carentes de capacidades intelectuales, se autoconfiere el deber y el derecho a gobernar sobre éstos. En este sentido, se atribuye un cierto infantilismo a los sujetos: el vínculo toma un carácter parental en donde el imperialista se autoconfiere el rol de padre que debe cuidar, guiar, enseñar, etc. a su hijo, el cual no puede sostenerse por si sólo. Una vez más - Dice Said -, el conocimiento que Gran Bretaña tiene de las razas sometidas o de los orientales es lo que hace que su administración sea fácil y provechosa; el conocimiento da poder, un mayor poder requiere un mayor conocimiento, etc., en una dialéctica de información y control cada vez más beneficios (…). No era el resultado de sus propios esfuerzos, sino más bien la compleja serie de manipulaciones inteligentes que permitían a Occidente caracterizar a Oriente. El criterio para legitimar esta autoridad se basa, pues, en el beneficio que contraería el Otro: se lo ubica en una relación de dependencia donde recibirá no sólo sostén económico y político, sino también paquetes ideológicos y culturales con el objetivo de llenar su "vacío cultural", ya que se considera como alguien naturalmente inculto. Este beneficio acarrea como trasfondo un beneficio para el imperialista, ya que el ejercicio de su autoridad significa la extensión de su propio imperio, pero no de su centro o núcleo, al que el colonizado nunca podría llegar a pertenecer. Eruditos, misioneros, hombres de negocios, soldados, maestros, etc, todos ellos, funcionales al poderío imperialista, son los que van a ocupar la región e instaurar todo un sistema económico, político, y cultural. La forma de no disolver el poderío del imperio es estableciendo un código moral estricto con todas las instituciones y agentes encargados para el mantenimiento de su estabilidad. El orden institucional que se impone desde lo jurídico, ya sea para legitimar o para regular coacciones, funciona de soporte a la "voluntad de verdad". Este orden se reforma siempre que van surgiendo contracciones en el desarrollo de la voluntad de verdad; es decir, se va adaptando ante los cambios. En el discurso imperialista, los valores concretos de lo verdadero y de lo falso son algo que, desde una perspectiva historicista y global, están sujetos a la contradicción y a la coacción. Pero desde una perspectiva particular o microscópica, el valor de lo verdadero y de lo falso se presenta como algo insoslayable, y su legitimidad, insospechable. Velar por la separación entre lo verdadero y lo falso requiere contar con la posibilidad de coaccionar contra lo que contradice esta separación. Los procedimientos más utilizados para tal mantenimiento son los de la prohibición y la exclusión. El discurso, en definitiva, es controlado y seleccionado a través de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros. Los métodos de dominio pueden variar desde el uso de la fuerza para aceptar la lógica del sistema, hasta la comprensión de las limitaciones del pueblo sometido para poder, a partir de ello, establecer un vínculo entre sus satisfacciones y los intereses del conquistador (se trata de un dominio pasivo y disimulado bajo la idea de pacificación). El imperialista no da ninguna prueba de que el colonizado aprecie o entienda el "beneficio" que se le está otorgando. Directamente no espera que él entienda este beneficio antes de otorgárselo, por el hecho de considerar que aún no reune las capacidades necesarias para entenderlo como tal. Además, sobreentiende que, una vez otorgado el beneficio, el colonizado se considerará a si mísmo tal cual como el imperialista lo considera a él. Cualquier objeción hacia las "verdades" establecidas, serán tratadas como un desvío de lo natural o como un intento de desestabilizar un "buen" orden establecido. De esta forma, la civilización de las colonias es el fundamento principal de la ocupación extranjera, es decir, que las características elaboradas sobre las colonias, pasan a ser la justificación misma de su conquista. El estudio sobre Oriente El orientalismo es un término acuñado por Edward Said en 1978 para referirse al estudio de Oriente. Este autor hace énfasis en las connotaciones negativas de este estudio, las cuales se acentuaron durante el período histórico del imperialismo europeo en la Edad Contemporánea con la implicación, en ciertos usos, de interpretaciones prejuiciosas o anticuadas sobre las culturas y pueblos de Oriente que derivaron en estereotipos de carácter deshumanizador y negativo. "Lo que quiero demostrar - dice Said - es que la realidad orientalista es antihumana y persistente y que su campo de acción así como sus instituciones y su influencia universal se han mantenido hasta nuestros días". La tradición orientalista se remonta a un periodo anterior al siglo XIX. Se trata de una tradición que transporta "un vocabulario, unas imágenes, una retórica y unas figuras" a las generaciones en formación. Viajes, descubrimientos, contactos comerciales y bélicos, etc., fueron conformando los códigos de ortodoxia orientalista. En los comienzos del colonialismo, disciplinas como la etnología, la anatomía comparada, la filosofía, y la historia, permitieron el desarrollo de un conocimiento sistemático sobre Oriente; por otro lado, se añadió a este conocimiento una basta cantidad de literatura orientalista -novelas, poesías, etc.- que circulaba por el Occidente europeo. Durante los siglos XIX y XX, Europa contaba ya con una basta literatura sobre Oriente cuando se produjeron descubrimientos y traducciones de unos textos orientales del sánscrito, del zendo y del árabe. La ocupación napoleónica en Egipto fue una apropiación científica y cultural de Oriente; a partir de allí se abrieron - en Egipto y en las demás tierras islámicas - nuevos laboratorios y campos experimentales que permitieron la producción de más conocimientos acerca del oriental. Este resurgimiento del orientalismo es una segunda forma que adoptó influenciándose por el historicismo, el psicoanálisis, el darwinismo, el marxismo, etc. Pensadores, políticos y artistas adquirieron, en esta etapa, una nueva conciencia sobre Oriente. Surgieron además, nuevas instituciones que se dedicaban al desarrollo del estudio orientalista. Hubo también una gran expansión de los medios de difusión que permitió la globalización del pensamiento orientalista. La expansión de los imperios -el británico y el francés-, periodo de mayor expansión europea del dominio colonial (aprox. desde 1815 a 1914), coincidió con el progreso de las instituciones y del contenido del orientalismo. El orientalismo, en su tercera forma, impuso sus límites a todo pensamiento que se refiriera a Oriente. Al momento de pronunciar algo sobre Oriente, la estructura de la visión política o cultural de la realidad "acentuaba la diferencia entre lo familiar (Europa, Occidente, nosotros) y lo extraño (Oriente, el Este, Ellos)". En esta etapa, sólo subsistió libremente y fuera de los límites que imponía el orientalismo, una parte del número de cátedras e instituciones consagradas al estudio del Oriente. La acumulación de todo el conocimiento acerca del oriental será la piedra angular para los pensamientos orientalistas de las autoridades coloniales; reavivará y justificará la superioridad de éstos hacia los orientales. Dice Said: "Cuando se utilizan las categorías de oriental y occidental como punto de partida y de llegada de un análisis , una investigación o un asunto político, los resultados que se obtienen normalmente son, por un lado, la polarización de la distinción: el oriental se vuelve más oriental y el occidental más occidental y, por el otro, la límitación de las relaciones humanas entre las diferentes culturas, tradiciones y sociedades". Este saber llegó a estar tan incorporado a los discursos de algunos eruditos que, los que lo sostenían, no utilizaban ningún tipo de demostración empírica para constatar sus ideas sobre el oriental. "El conocimiento acerca de los orientales - dice Said -, su raza, su carácter, su cultura, su historia, sus tradiciones, su sociedad y sus posibilidades (...) era inmutable, ya que los orientales, para cualquier propósito práctico eran una esencia platónica que todo orientalista (o dirigente de orientales) podía examinar, entender y exponer". Este conocimiento se extendió - en los siglos XIX y XX -, no sólo a los discursos académicos, sino también al discurso cotidiano en general. El orientalismo condicionó todo el conocimiento del mundo oriental en general. Implícita o explícitamente, se refleja en discursos políticos, sociales, religiosos, etc. infiltrándose de manera consciente o inconsciente. El racionamiento reducido a su forma más simple - según Said - era claro, preciso y fácil de comprender: hay occidentales y hay orientales. Los primeros dominan, los segundos deben ser dominados (…). Decir que el orientalismo era una racionalización del principio colonial, es ignorar hasta qué punto el principio colonial estaba ya justificado de antemano por el orientalismo. La primera mirada europea sobre el brasil Discurso edénico presente en la idea del "buen salvaje" La primera visión europea sobre el Brasil se hallaba escrita en una carta de Pero Vaz de Camínha, llamada Carta do Áchamento. Él y la segunda armada portugueza formada por doce naves al mando de Pedro Álvarez Cabral viajaban hacia la India, pero cometieron un error al trazar la elipse atlántica, lo cual los desplazo mas hacia el oeste de lo necesario para doblar el Cabo de Buena Esperanza, y acabaron desembarcando en una tierra que para ellos era desconocida. Esta tierra fue llamada Terra da Vera Cruz, y más tarde Terra do pau brasil (Tierra de palo brasil). Palo brasil es un tipo de árbol cuya madera es de color rojizo, utilizada para la construcción de muebles e instrumentos musicales, y también se extrae de ella un tipo de tintura roja llamada "basilina". El territorio recibió ese nombre por la basta cantidad de árboles de ese tipo que abundaba en el territorio. La tripulación arrivó el 22 de Abril de 1500. El primer contacto con los habitantes del territorio duró diez días. Tanto para los habitantes del territorio como para la tripulación, este primer contacto fue algo completamente diferente y a la vez desconocido. La descripción de la carta de Pero Vaz de Caminha sobre la "Terra do pau brasil" y de sus habitantes, está ciertamente relacionada con el discurso mítico sobre el "buen salvaje", el cual transporta una connotación positiva. Este discurso tiene el carácter utópico del relato biblico sobre el paraíso del Edén. Puede interpretarse como una manera de describir algo semejante a un Paraíso judeocristiano nostálgico, o semejante a una Edad de Oro grecolatina. Se parte entonces desde el imaginario edénico, relatando características propias del discurso bíblico del Paraíso del Eden. Refiriéndose a la influencia de la tradición judeocristiana en la descripción, Elena Soler dice lo siguiente: "Cuando llegaron a la «Terra da Vera Cruz» creyeron ver las palabras de Ovidio, la Edad de Oro reencarnada: temperaturas equilibradas todo el año, las frutas maravillosas, la presencia de los ríos inmensos que según la Biblia flanqueaban el Paraíso, y, sobre todo, la presencia de papagayos, el único animal que conservó la facultad del habla después de la Caída y que mantuvo la extrema longevidad del estado edénico". Y una de las comparaciones que realiza Vaz de Caminha sobre los indios, luego de transcurridos unos días desde el desembarcamiento, dice lo siguiente: "son como animales, pero no como fieras salvajes, sino como pájaros asustados, animales divinos cercanos al mundo primigenio". En relación a esto, Levi-Strauss acuñó el concepto de ciencia de lo concreto, el cual consiste en que frente a lo extraño la mente tiende a categorizar, es decir, a imponer un orden frente a aquello que no forma parte del horizonte teórico propio, y ese orden se logra estableciendo distinciones de lugar, función, y otras significaciones concretas. Sin embargo, el lenguaje que se utiliza en tal ordenamiento está contaminado, es decir, está influido por la tradición cultural del que realiza tal orden. Esto sucede en, por ejemplo, diversos análisis científicos impregnados de términos presupuestos provenientes del lenguaje ordinario y de teorías científicas, aunque también dichos análisis incorporan algún que otro término específico que designa algo no contemplado en los términos presupuestos. De manera que no es posible una descripción pura de los hechos, sino que aquel que describe lo hace a partir de un marco conceptual cultural e histórico. Y tal es así que, como ejemplo, vemos que la descripción de Caminha transporta un vocavulario impregnado de términos propios de los relatos bíblicos de la tradición judeocristiana. Otro dato importante, descrito en la carta de Pero Vaz de Caminha, trata de la desnudez interpretada como inocencia o falta de conciencia sobre el mal. El «buen salvaje» sería, en este sentido, una imagen casi pagana de inocencia y falta de conocimiento de la culpa, características que también se reflejan en la descripción sobre su libertad sexual. Se admiran estas características como forma de expresión de una paradisíaca falta del complejo de culpabilidad. En la descripción de la carta también puede notarse la admiración por el mantenimiento de cierta igualdad entre los habitantes; se trata de una igualdad que conlleva la ausencia del reconocimiento de toda jerarquía, asi como también el desconocimiento de la propiedad privada, su libertad (entendida como ausencia de sumisión), y su falta de codicia a través de las referencias a una economía de subsistencia. Construcción ideológica racista del "salvaje canival" Mas tarde, la Terra do pau brasil comienza a convertirse en un lugar económicamente apetecible al dividirse en concesiones, en las cuales proliferaron diversas plantaciones (primero de caña de azúcar, y después de café y cacao). Pero cuando en estas tierras se descubrieron oro y piedras preciosas, la visión del indio cambió completamente. De «buen salvaje» pasó a «bárbaro caníbal». Este cambio estuvo impulsado por el deseo de poder entablar una guerra que permitiera esclavizarlos y así apoderarse de unas tierras que ellos ni siquiera sabían que eran suyas (no tenían conciencia sobre la propiedad privada). Ese deseo se sitúa en los textos de propaganda destinados a atraer colonos al Brasil, los cuales eran de equilibrio delicado porque era necesario demonizar al indio pero no hacer demasiado énfasis sobre el tema del canibalismo, ya que podía tener efectos disuasorios. De esta manera, el indio brasileño se transforma de "ser edénico" a "monstruo". En otras palabras, se ve convertido por los europeos en cristalizaciones de sus imaginarios. Al asignarse al indio brasileño valores de inferioridad, ciertas incapacidades intelectuales (incluida la incapacidad de autogobierno) también se ubican entre esos valores. A partir de estas valoraciones el occidental europeo se autoconfiere el deber y el derecho a colonizar basándose en el supuesto beneficio que conllevaría la conquista. Este motivo sería el fundamento principal de la ocupación extranjera, es decir, que el indio europeo no pasa e ser simplemente una colonia de Occidente, sino que es la justificación misma de su propia conquista. Por su parte, Edward Said también tenía en cuenta que el oriental era la justificación de su propia colonización al declarar que el principio colonial estaba ya justificado de antemano por el orientalismo, e ingoraba que el orientalismo fuera una racionalización del principio colonial contruida a partir de observaciones directas. Por otro lado, y según Walter Mignolo, para que una historia sea vista como la primordial debe existir un sistema clasificatorio de individuos según su nivel de similitud o cercanía con respecto a un modelo presupuesto de humanidad ideal, el cual favorezca la marginación de determinados conocimientos, lenguas y personas. Se trata aquí del proceso de invención del racismo moderno/colonial. Por lo tanto, la colonización y la justificación para la apropiación de la tierra y la explotación de la mano de obra, requirieron la construcción ideológica del racismo. El «racismo» surge cuando los miembros de cierta «raza» o «etnia» se atribuyen el privilegio de clasificar a las personas e influir en los conceptos de este o aquel grupo. Se trata de una matriz clasificatoria que no solo abarca las características físicas del ser humano (como el color de piel, etc.) sino que se extiende al plano interpersonal de las actividades humanas, el cual comprende la religión, las lenguas (en primer lugar, el griego, el latín, el inglés, el alemán y el francés; en segundo lugar, el italiano, el español y el portugués; en tercer lugar, el árabe, el ruso y el bengalí; y después, el resto) y las clasificaciones geopolíticas del mundo (Primer, Segundo y Tercer Mundo, etc.). En definitiva, la categorización racial no se aplica únicamente a las personas, sino también a las lenguas, las religiones, los conocimientos, los países y los continentes. Ejemplo de aquella matriz clasificatoria puede verse en la conceptualización que, a mediados del siglo XVI, proporcionó Bartolomé de Las Casas sobre los «bárbaros». Se trataba de una clasificación racial aunque no tuviese en cuenta el color de la piel. "Era racial -según Soler-porque clasificaba a los seres humanos en una escala descendente que tomaba los ideales occidentales cristianos como criterio para la clasificación". La designación en la escala cristiana de la humanidad incluía a los "indios americanos" y los "negros africanos". Por su parte, los ideólogos de la doctrina del pecado original no aceptaron las descripciones contenidas en la carta de Pero Vaz de Camínha. Por ejemplo, para el padre Manuel de Nóbrega el indio está siempre inclinado al mal, dominado por apetitos sexuales y ciego a la verdad de Dios; en este sentido, aquel es constantemente denominado con términos despectivos del campo léxico «animal». El presuntuoso «modelo» de humanidad ideal en el que se basaba la tradición judeo-cristiana, no había sido establecido por Dios como parte del orden natural sino por el hombre blanco, cristiano y europeo. La geopolítica y la política corporal del conocimiento se ocultaron mediante su sublimación en un universal abstracto proveniente de Dios o de un yo trascendental (egología). El sello distintivo de la historia europea, con sus carácteres éticos, políticos y económicos, trae consigo la imposibilidad de ver historias y experiencias que no están incluidas en la historia del cristianismo de Occidente tal como la consideran los laicos europeos, y que hunde sus raíces en el griego y el latín y se difunde en las seis lenguas vernáculas imperiales (italiano, español, portugués, francés, alemán e inglés). Cierto es que hay autores que reconocen la existencia de pueblos fuera de Europa, pero también es cierto que estos autores ven a esos pueblos y a los continentes en que habitan como «objetos», no como sujetos, cuyas perspectivas están fuera de la historia. Por ejemplo, Eric Wolf en su libro Europa y la gente sin historia, no quiere decir que hubo en el mundo gente sin memoria ni registro de su pasado -una idea absurda, sin duda-, sino que según el concepto regional de historia definido en el mundo occidental desde la antigua Grecia hasta la Francia del siglo XX, no tenían historia las sociedades sin escritura alfabética o las que se expresaban en lenguas que no fuesen las seis lenguas imperiales de la Europa moderna. De acuerdo con este marco de pensamiento, la historia es un privilegio de la modernidad europea, y para tener una historia hay que dejarse colonizar, es decir, dejarse dominar, voluntariamente o no, por una perspectiva de la historia, la vida, el conocimiento, la economía, la subjetividad, la familia, o la religión, moldeada por la Europa moderna, y que ha sido adoptada como modelo oficial, con leves modificaciones, por Estados Unidos. Bibliografía Edward Said, , Orientalismo, Colección al-Qibla, Ediciones Libertarias, Madrid 1990. Michel Foucault, El orden del discurso, Tusquets Editores, Buenos Aires, 1992. María Cecilia Colombani, A propósito de Dioniso y Apolo. Mismidad y Otredad: el juego de las tensiones. Walter D. Mignolo, La idea de América Latina, Ed. Gedisa, Madrid, 2005. Elena Losada Soler, La primera mirada europea en el Brasil. De cómo el "buen salvaje" se convirtió en un "monstruo caníbal", Cuadernos Hispanoamericanos 620, Madrid, febrero 2002.
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