HISTORIA DE LA CULTURA Antes de comenzar la lectura del material referido a la Asignatura Historia de la Cultura parece lógico que se pregunten: ¿qué es la historia? ¿qué es la cultura? ¿qué vinculación existe entre ambas? Y es probable que también les interese saber para qué le sirve a un alumno de quinto año de un colegio que pretende el día de mañana estudiar abogacía, economía ingresar a la Universidad o simplemente no seguir nada. Comencemos por analizar los dos términos: historia y cultura. En primer lugar, ¿qué es la historia? Es casi seguro que todos han estudiado historia alguna vez en su vida. Quizá les guste o quizá no. Quizá les pareció sumamente interesante o por el contrario muy aburrida. Es probable que al estudiar historia los hayan torturado con un sinfín de nombres, fechas y acontecimientos que sucedieron hace mucho tiempo y que tuvieron que memorizarlos sin entender qué relación tenían con su realidad actual. Como afirmaba el historiador argentino José Luis Romero: "La historia no se ocupa del pasado sino que le pregunta a éste sobre los problemas que interesan al hombre que vive hoy". Pero si preguntara ahora ¿qué es la historia?, probablemente pensarían en una serie de hechos que les pasaron a personas que no conocieron, en lugares muchas veces lejanos y hace tanto tiempo que no podemos recordar los detalles. Es posible que imaginen la historia como algo que le pasó a otro, como si fuera una película que vieron como espectadores y no como protagonistas. Probablemente si les pidiera una definición casi todos sugerirían que la historia es una serie de acontecimientos que ya pasaron y que en el fondo les son totalmente ajenos. Si en cambio le preguntara a cada uno ¿cuál es su historia?, es posible que me contestasen algo así: "Me llamo Juan, Pedro o María, nací el día..., mis padres son..,, soy argentino o argentina, o italiano, español, descendiente de alemanes, franceses, italianos, españoles, soltero o casado, con hijos o sin hijos, estudio o trabajo, mi proyecto de vida es..., me gustaría ser feliz".(Como se puede observar, cuando hablamos de nosotros no nos referimos a hechos que pasan, sino a hechos que nos pasan y no es casual que generalmente comencemos diciendo quiénes somos, de dónde venimos y a dónde queremos ir. Estas son las preguntas fundamentales que se hace todo hombre en cualquier época y en cualquier fugar. Son los interrogantes sobre su identidad, su origen y su futuro. Así los grandes interrogantes históricos de cada hombre -parte de la humanidad— fueron y son: qué pasó, cuándo, donde, cómo, ¿por qué?, ¿para qué? A esta altura de la lectura supongo se habrán dado cuenta que nuestra intención no es que obtengan gran cantidad de información histórica (datos) sin saber para qué, sino que, por el contrario, a partir del análisis de esa información (no toda, sino solamente aquella que sea realmente necesaria), puedan entender cada época histórica y qué vinculación tiene con nuestra realidad actual De tal manera que bien observaba un pensador contemporáneo: 'La incompresión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado". Pero cuidado, no es tarea del historiador, reconstruir el pasado, sino interpretarlo para nosotros hoy. Si pretendemos acercarnos a una definición más precisa sobre ¿qué es la historia? podemos empezar expresando que "la historia es el conocimiento del pasado del hombre" y más precisamente definirla -en palabras de Ismael Quiles- como "el proceso de acontecimientos del hombre en tiempo y espacio con una conexión óntica entre sí". Ahora bien no se trata del pasado de cada uno de nosotros -de manera individual- ya que como sabemos el hombre es un "animal que vive en sociedad", o sea con los demás. Como lo expresara en una frase ya célebre el pensador español José Ortega y Gasset (s.XX), no soy solamente yo, sino "yo y mi circunstancia" (1). No vivo solamente mi historia, sino que formo parte esencial e irremplazable del común hacer "la Historia". Soy una parte activa en el mundo y en la historia entendida como acción concadenada de todos los seres con los cuales con-vivo. Con una visión teológica podemos hablar del Cuerpo Místico, donde todos los cristianos reunidos en la Iglesia aportan sus logros al bien común. Por eso, cuanto nos sucede cuando hablamos de nuestra historia personal, también es aplicable a la historia colectiva de la humanidad y particularmente de aquella historia de la que noso¬tros, como pueblo, somos parte. En otras palabras, si vemos la historia desde este punto de vista, ya no se trata de una serie de acontecimientos ajenos que sucedieron hace mucho tiempo, ni de una película que vemos cómodamente sentados en el living de nuestra casa; sino de temas que nos tocan profundamente: ¿quiénes somos? ¿cuáles son nuestras raíces? ¿cuál es nuestro proyecto como comunidad?; tratar de saber ¿por qué y para qué existimos en este lugar y en este tiempo? Por ello bien señalaba el citado Ortega y Gasset: "la historia es una melodía de experiencias en que cada nota supone todas las anteriores y emerge de ellas. Por eso la canción de la historia hay que cantarla entera. Hablando en puridad: no hay más historia plenamente tal que la historia universal; todas las demás son miembros amputados y descuartizamientos" (2). Con estas aclaraciones podemos avanzar en un intento de definición más preciso. El francés Raymond Aron (s. XX) escribió adecuadamente: "La historia es la reconstitución, por y para los vivos, de la vida de los muertos. Nace, por lo tanto, del interés actual que tienen los hombres que piensan, sufren, actúan, en explorar el pasado. Búsqueda de un antepasado cuyo prestigio y gloria se prolongan hasta el presente, elogio de las virtudes que hicieron nacer y prosperar la ciudad, relato de las desgracias enviadas por los dioses o causadas por las faltas de los hombres que la precipitaron en la ruina: la memoria colectiva, como la memoria del individuo, parte de la ficción, el mito o la leyenda, y se abre penosamente camino en la realidad". El siguiente paso de nuestro camino intelectual nos lleva a la descripción de los elementos que integran la realidad histórica: el sujeto de la historia, la contingencia del hecho histórico, la temporalidad y la finalidad. El sujeto de la historia De lo dicho anteriormente surge claramente que el sujeto de la historia es el hombre, o la humanidad en su conjunto. Y por ello todo historiador debe previamente conocer al hombre (antropología), ese hombre complejo que los filósofos han tratado de explicar desde hace milenios, que el pensador francés Blas Pascal (s. XVI) definía como "apenas un junco, lo más frágil de la naturaleza, pero un junco que piensa", mientras que el alemán Nietszche (s. XIX) lo consideraba "un superhombre". Pero ese hombre -sujeto de la historia- es racional y espiritual, y por ello no está, como está las cosas, sino por medio de su libre albedrío (libertad) se va haciendo. Los seres irracionales no tienen libertad ni responsabilidad, se encuentran sujetos a las leyes necesarias que regulan el mundo físico y no tienen historia. El hombre en cambio, si bien como ser físico también está sometido a las mismas leyes físicas, como ser espiritual es libre y responsable de sus actos que, como tales, nunca son necesarios sino resultados del libre albedrío humano. Así "sólo el hombre es sujeto de la historia, y el hombre es sociable por naturaleza. Y cuando se habla de hombres se entiende comúnmente que se está hablando de personas reales y concretas, no de unidades impersonales o despersonalizadas de una masa o de una colectividad, puesto que el hombre sólo en cuanto persona puede ser miembro de una sociedad"(3) . Pero, a su vez, al ser el hombre quien hace la Historia, a éste le cabe un papel indelegable en de "común hacer". ("Si yo no hago lo que debo hacer, habrá un vacío imposible de cubrir". Ello no ayuda a entender que además de la Historia existe mi historia', aquella que voy viviendo todos lo días, la misma que no puede vivir otro por mí porque en mi identidad soy único e irrepetible. Ésta -mi historia- no la puede construir otro, y de allí surge la importancia que adquiere mi existencia personal, el valor de mi papel en el mundo; la significación que reviste cada uno de mis actos, lo cuales debo hacerlos yo o no se harán y se producirá una merma, y si yo fallo habrá una ausencia motivada por mí. Bien lo aclara Paulo VI en la encíclica Populorum Progressio al afirmar que "de: los designios de Dios cada hombre está llamado a desarrollarse". Pero como señaláramos anteriormente, nuestro hombre no vive solo -el buen salvaje Robinson Crusoe es "anormal"-; el hombre vive agrupándose -con-vive- desde la "pareja" hasta la “sociedad de las naciones". El hombre -animal social (zoon polikon) según la célebre definición de Aristóteles-vive en relación con los demás: en sociedad. Y ese estar en sociedad requiere un ordenamiento de organización: la politicidad, única forma de la vida humana . Asimismo, "el modo de estar del hombre en el mundo cambia y se altera cuando cambia y se altera la circunstancia: por eso, ese modo de estar en el mundo es variable, es histórico. Estas consideraciones nos llevan al importante tema de la contingencia del hecho histórico; nos hace recordar que todo hecho histórico no es necesario, sino posible o contingente. Antes de si realización pudo no existir, no se encuentra atado a ninguna "necesidad histórica", pues, como y; dijimos, es el resultado del libre albedrío del hombre y como tal su accionar no solamente es indeter minado, sino también, en cierta manera, imprevisible. Por ello, ante el avance de ciertas interpretaciones deterministas -como la marxista o 1; estructuralista- es conveniente recalcar que el hombre tiene por misión hacer la historia, no padecerla El historiador no se ocupa de los acontecimientos históricos como si fueran cosas que pueden explicarse mecánicamente o desde afuera, sino como originadas en la persona y que repercuten en otra: personas o -dicho en otros términos-; "la historia sólo puede entenderse verdaderamente en la medid; en que esté relacionada con la persona humana. Los acontecimientos no son simples concatenacione: de hechos sistemáticos. La persona es la que rompe esa frialdad material de los acontecimientos pan verter en ellos "la paradoja, la ironía, el humor, la inquietud y la angustia" . La temporalidad Todo ser humano se maneja habitualmente en las coordenadas de tiempo y espacio (en el año. en la ciudad de...) y la historia solo puede sustentarse sobre ellas. Sabemos que el hombre recibe su existencia en un tiempo (de a poco), tiene una duración. Y sólo el hombre tiene conciencia de ella. Ya San Agustín (s. IV) observaba la complejidad del tiempo cuando nos advertía: "Los tiempos son tres; presente de las cosas presentes, presente de las cosas pasadas y presente de las cosas futura”. El presente de las cosas pasadas es el recuerdo, el presente de las presentes es la visión de ellas y el presente de las futuras es la expectación . Ese presente, de cuya fugacidad somos dueños, no parece nuestro, sólo prestado. El tiempo se nos presenta como memoria del pasado, conciencia del presente y previsión del futuro. En él ensamblamos esa existencia que es nuestra historia. El presente no es más que un instante infinitesimal entre nuestro pasado y el futuro que se nos acerca, o al que nos vamos acercando. La palabra que acabo de escribir ya pertenece al pasado y al estar apoyando la pluma para continuar escribiendo estoy incursionando en mi futuro.-El pasado es quien nos ha hecho como somos, pero el porvenir será obra nuestra. El porvenir no existe y puede no existir jamás. Somos nosotros quienes vamos hacia él para hacerlo o construirlo, y por ello contendrá solo aquello que nosotros mismos le aportemos. La historia no nos permite prever el futuro, pues éste es el secreto de Dios y el futuro de la acción de la libertad humana. Lo peculiar de nuestro mundo es estar siempre pasando ("los cielos y la tierra pasarán" pero lo propio del cristiano es ir permaneciendo, renaciendo. "Por ello, tiempo y cambio, o sea movimiento, están estrechamente unidos. El tiempo es la medida del movimiento con relación a un antes y un después. Por eso en la eternidad donde no hay cambio, ni antes ni después, no hay tiempo" . Pero debemos advertir que no todo está sujeto a cambio en el hombre, pues si bien su existencia va cambiando a lo largo del tiempo, su esencia humana se mantiene inmutable y es la que hace ser hombre y le permite ser sujeto o portador de los cambios accidentales a través de la historia. De allí surge la importancia de la tradición. Si todo fuera cambio, no habría historia.' Si el hombre no renegara de su tradición (memoria del pasado) sería un animal y la historia sería un permanente recomenzar. Por otro lado, ya Pío XII nos advertía que "tradición y progreso se complementan mutuamente con tanta armonía que aquella sin éste se contradeciría a sí misma y el progreso sin la tradición sería una empresa temeraria y un salto en la oscuridad" . Un excesivo apego a alguna de éstas ha dado lugar, a través del tiempo, a equívocas interpretaciones históricas La finalidad Sin duda la historia es un acontecer, pero no un mero acontecer, una serie de hechos que se producen sin ton ni son, sino un acontecer humano y por lo tanto orientado hacia una finalidad, portador de un sentido, de un significado. Como bien sabemos, el hombre como ser inteligente y libre obra conforme a un fin, que da sentido al obrar humano y permite captar su significado. El historiador Erich Kahler (s.XX) desarrolla cuidadosamente este pensamiento cuando afirma: "La historia es acontecer, un tipo particular de acontecer, y el torbellino que genera. Donde no hay acontecer no hay historia. La pura eternidad (si es que puede imaginarse), la permanencia por siempre estable, desprovista de todo cambio... no tiene historia. Y lo opuesto, es decir el puro acontecer, una mezcolanza completamente caótica, casual, de acontecimientos (por lo demás inimaginable también, pues todo suceso tiene vinculación con otros) tampoco constituye historia. Para volverse historia los acontecimientos deben ante todo estar relacionados entre sí, formar una cadena, un continuo flujo. La continuidad, la coherencia es el requisito previo elemental de la historia (y no sólo de la Historia sino hasta del más sencillo relato o historia). No hay acontecimiento aislado. Todo acontecimiento está ligado a otros, aquellos que lo generaron y los que él produce. Más la conexión de acontecimientos debe tener algún sustrato o foco, algo con lo que esté relacionada, alguien a quien acontezca. Este algo o alguien a que o a quien corresponde una conexión de acontecimientos, una coherencia actual, específica, que la convierta en historia. Pero semejante coherencia específica no se da por sí misma, es dada por una mente que perciba y que comprenda. Es creada como un concepto, es decir como un significado" . Ahora bien, si la historia es el estudio del obrar humano en el tiempo, para investigar sobre su finalidad qué mejor que preguntarnos cuál es el fin del hombre. Comprobamos que nuestro propio ser, por su esencia, tiende hacia lo insaciable, lo infinito, lo eterno, lo trascendente y es allí donde encontramos la meta buscada y aun dentro de la historia podemos hallar una cierta línea de continuidad que nos insinúa una tendencia hacia una meta absoluta . Nosotros no dudamos que el fin último del hombre no es otro que Dios y Cristo no es una etapa en la historia sino su Culminación, como lo señala expresivamente el texto sagrado: "todo sale de Dios, a Él tiende y a El vuelve transformado". Como bien sintetiza un autor, la historia nace más allá del hombre, en el origen mismo que se acerca al Creador, deviene a través de las civilizaciones primitivas hacia un monoteismo ejemplificado en el Pueblo Elegido: Israel; luego se recrea en Cristo, que al hacerse hombre en el tiempo se hizo histórico; y se prolonga en el tiempo "cristianizado" hacia el Apokülipsis, en una forma explicitada como lineal e irrepetible, porque el tiempo no retorna. Su centro mismo es Cristo -el Dios hecho hombre-, en tomo-al cual giran todos los hechos y las personas. El es la fuerza incita que vivifica a los hombres a través de los tiempos, o sea, vivifica la historia. En Él se han iniciado y en Él concluirán porque "Él estará entre nosotros hasta la consumación de los tiempos". Por ello señala el historiador inglés Christhoper Dawson {s. XX) que "para el cristiano el significado de la historia era un misterio que sólo se revelaba a la luz de la fe". La segunda palabra que encontrábamos al comenzar nuestra investigación era cultura. Etimológicamente ésta proviene de la palabra latina coleré que quiere decir "cultivo" y como tal integra la palabra "agricultura" que significa "cultivo de la tierra" (ager-colere) o sea tomar el arado y roturar la tierra para que dé su fruto. De este modo entenderíamos por cultura el cultivo de una tierra muy particular: el propio espíritu humano. Y de la misma manera, como para los romanos la tarea agrícola era personal e intransferible, y sólo era agricultor aquél que tornaba el arado y roturaba la tierra (si no podría ser productor agrícola pero no agricultor, o sea cultor del agro), vinculándose directamente con la tierra por una especie de contrato por medio del cual el agricultor le entregaba su trabajo y la tierra le devolvía el fruto. Lo mismo sucede con el cultivo de la propia humanidad, que necesariamente consiste también en una tarea personal e intransferible, tomando el arado espiritual y roturando nuestra propia naturaleza humana. En otras palabras, cada uno tiene que tomarse el trabajo de cultivar su propia tierra y realizar el esfuerzo personal del cual sacará su fruto. Esta actividad personal se integra dentro de un ambiente o tradición cultural que conforma la cultura de la cual formamos parte por ser seres naturalmente sociales; y sólo en comunidad con nuestros semejantes podemos alcanzar el pleno desarrollo como hombres. La palabra es rescatada por el Concilio Vaticano II y vinculada a la concepción del "Cuerpo Místico". Parece importante distinguir que por comunidad (koinonía-communilas) entendemos una for¬ma de agolpamiento natural y emocional, mientras que la sociedad es racional y artificial. "Así el hombre pertenece a una sociedad constituida no sólo por los que viven, sino por los que han de nacer y por los que han muerto. Esta sociedad (para nosotros: comunidad) es la patria" Así comprendemos cómo es posible una historia universal, porque "los elementos intelectuales de una cultura, tales como la religión y la ciencia no mueren con la cultura de la que formaban parte. Son trasmitidos de pueblo a pueblo y en su momento constituyen una fuerza creadora en la formación de nuevos organismos culturales". Tratando de acercarnos a una definición recordemos que Octavio N. Derisi entendía por cultura "la actividad, que desde la raíz espiritual de la inteligencia y de la libertad de la persona humana se proyecta y penetra, de algún modo, en las cosas y en el propio hombre, para transformarlos y acrecentar su ser o bien, en relación y al servicio del propio hombre". Desarrollando estas ideas Quintana añade: "Los hombres siempre estarán inmersos en alguna cultura, pues ésta existe juntamente con el hombre. No hay momento histórico que carezca de una cultura. Pero cabe señalar que no toda cultura, entendida de esta manera representa un bien para el hombre, ya que, paradójicamente, hay "culturas" que impiden el pleno desarrollo humano. Tanto la sociedad de consumo masificante que aliena el espíritu humano, como los totalitarismos que convierten al hombre en partícula de una máquina, con pérdida de su conciencia y libertad, son expre¬siones típicas de lo antihumano y en tal sentido manifestaciones de incultura. Por ello, hay que esta¬blecer una diferencia entre cualquier cultura y la auténtica cultura". Y entiende por "auténtica cultura" el cultivo y desarrollo de la persona y de la sociedad en la que se encuentra para que aquélla consiga su bien o felicidad y también el cultivo y desarrollo de los bienes exteriores al hombre con el fin de ponerlos a su servicio en la conquista de esa plenitud. Coincideníemente podemos adoptar la noción de Cultura que desarrolla el citado Dawson en Religión y Cultura: "La cultura, por una parte, es la forma organizada de la vida social que resulta de la interacción inteligente, finalística y socializada, la cual se ha forjado desde tiempo inmemorial en una determinada comunidad humana. Dicha forma se inspira en una particular visión del mundo y de la vida y se expresa en un conjunto de normas de pensamiento y de conducta comúnmente aceptadas por el respectivo A grupo humano. La cultura es, pues, una comunidad espiritual que sustenta su unidad y singularidad en un sistema de creencias y de valores ético-religiosos asimilado por vía de la tradición, la cual norma la conducta individual y colectiva del grupo a través de las edades. En su vertiente espiritual, la cultura es como la forma interna (o estructura espiritual) de un grupo humano. En su vertiente externa, como objeto observable, la cultura consiste en una especie de patrimonio social común del cual par¬ticipan por igual todos los miembros del grupo; dicho patrimonio está constituido por las técnicas de expresión y comunicación (lenguaje, arte), instituciones sociales, ritos religiosos, tradiciones y costumbres (en las que se contienen los sistemas de conocimientos y creencias y los códigos de conducta individual y social), herramientas y técnicas para la producción de satisfactores básicos: alimentos, vestido, vivienda, así como el cultivo de la tierra, la cacería, la cría y domesticación de animales la elaboración y transformación de los recursos naturales. Este patrimonio se va formando, desde tiempo inmemorial, por la experiencia social e histórica de cada pueblo y se transmite por tradición a las nuevas generaciones, y así constituye un factor central de unidad, cohesión, identidad y continuidad social" . De este modo podemos agregar a nuestras reflexiones sobre qué es la historia de la cultura, que ésta comprende tanto las acciones, pensamientos y emociones como las creaciones materiales y espirituales, y coincidir con el romanista francés Fierre Grímal (s.XX) que "los acontecimientos políticos, económicos, literarios, estéticos no son más que los signos materiales de esta realidad misteriosa que es la civilización en su sentido más amplio y puro". Pero en la base de toda cultura encontramos que los hombres que vivieron en esa época tuvieron una peculiar "visión del mundo" (cosmovisión) que les facilitaba la búsqueda de las respuestas a los grandes interrogantes de la vida que comentáramos al comenzar este trabajo. Esta visión del mundo y de la vida que inspira las formas de organización social y de vida material y que se trasmite por tradición de generación en generación nos obliga a reflexionar sobre qué entendemos por cosmovisión. La palabra consiste en un término compuesto formado por la palabra griega kosmos y el término de raíz latina visión. Por "cosmos" entedemos todo lo que existe, en tanto y en cuanto conforma una unidad plena de sentido y significado, ordenada, armoniosa y bella en donde la diversidad de sus componentes se encuentran vinculados en una unidad de orden como resultado de algún principio (o arjé en griego). Por su parte, la palabra "visión" se refiere a una determinada concepción que el hombre tiene respecto a ese "cosmos" (material, humano, político...) a que nos referimos anteriormente y que puede ir cambiando a través del tiempo en las distintas civilizaciones o culturas. En consecuencia, podemos -coincidentemente con Quintana- definir la cosmovisión como "el modo de vivir y de pensar de los hombres de una determinada cultura histórica, que brota de un núcleo o raíz que la inspira y orienta, y sus diferentes manifestaciones culturales siempre se encuentran estrechamente vinculadas entre sí y se derivan de esa raíz". Así entendemos la imposibilidad de explicar la historia sin relacionar las ideas y los actos de los hombres, ya que "toda acción es el resultado de un pensamiento y todo pensamiento que se expresa constituye ya una acción". Si recordamos que la historia estudia al hombre parece entonces bastante lógico que para iniciar un estudio sobre la actividad humana comencemos por preguntarnos en que planos actúa habitualmente el hombre. La experiencia nos permite comprobar que éste normalmente se desenvuelve en tres planos: - Su relación con Dios. - Su relación con los demás hombres. - Su relación con las cosas (la naturaleza). El análisis de las actividades del hombre en el plano mencionado en primer lugar (su relación con Dios) nos muestra un aspecto religioso un aspecto filosófico, ya que la parte más significativa de la filosofía (la metafísica o filosofía primera en el lenguaje aristotélico) tiende a lo trascendente. El estudio de las actividades del hombre en su relación con los demás hombres permite hablar de un aspecto político, un aspecto económico y un aspecto social. Finalmente, la relación del hombre con la naturaleza nos aporta un aspecto técnico, mal conocido como científico, ya que esta denomina¬ción puede perfectamente aplicarse al estudio de todos los demás aspectos. La integración de todos ellos nos aporta la cosmovisión de una época, o sea, la visión del mundo que el hombre se formó en dicha época y su actitud frente a la misma. A su vez, las manifestaciones artísticas y literarias de cada época, que a diferencia de los aspectos mencionados son acumulativas, se estructuran en una forma predominante que muestra íntimente la cosmovisión de esa época; o dicho de otro modo, el arte y la literatura son las expresiones "vitales" de una cosmovisión, así como el derecho intenta ser su expresión institucionalizada; ellas nos permiten captar las teorías subyacentes. Así, por ejemplo, podemos mencionar una cosmovisión medieval teocéntrica y trascendente, estamental y agrícola-artesanal o una concepción moderna antropocéntrica e inmanente, individualista e industrial. Ahora bien, todos estos aspectos o ámbitos de la actividad humana no se dan en forma separada y desconectada sino que se complementan, integran e interrelacionan entre ellos, guardando un orden jerárquico por el cual el aspecto técnico se subordina al político, económico y social y éstos a su vez a los aspectos filosófico, moral y religioso, llevándonos a considerar a este último como el corazón mismo de la cultura. Estas diversas cosmovisiones dieron lugar a distintas formas de estructuración de las comunidades políticamente organizadas (civitas); de allí que las llamemos "ciudades", y así tendremos una: Ciudad antigua -según el clásico trabajo de Fustel de Coulanges- o una Ciudad cristiana, en términos de Calderón Bouchet. Por ello, en la medida que el hombre -parte de cada una de estas "ciudades" entendidas como comunidades organizadas- es un micro-cosmos, podemos afirmar que éstas, como sus componentes, tuvieron un origen, un desarrollo hasta su apogeo (siglo de oro) y una decadencia que muchas veces llevó a su desaparición o -recordando que las ideas se trasmiten- su reaparición adaptada en otras culturas. Historia de la cultura Ahora que hemos visto por separado las nociones de historia y cultura, podemos avanzar hacia una integración de las mismas, antes de cerrar este capítulo introductorio, o sea ¿qué es la historia de la cultura? A esta altura de nuestro análisis sabemos que cultura e historia son dos dimensiones humanas íntimamente ligadas. No hay historia sin cultura, ni cultura sin historia, pues, por un lado la historia es siempre historia de la cultura, o sea del obrar humano en el tiempo, en todos los ámbitos en que éste se desarrolla, jerárquicamente ordenados a su fin último, al que accede por la religión. Y por otro lado la cultura siempre se realiza en el devenir histórico; no hay cultura abstracta sino concreta en el tiempo y en el espacio, y por eso ese obrar humano, en todos sus aspectos (que constituye la cultura), es necesaria e intrínsecamente histórico. Historia de la cultura e historia de la salvación El conocido historiador inglés Paul Johnson escribió recientemente que: "La pregunta acerca de la existencia o no existencia de Dios es lo más importante que los humanos siempre hemos estado llamados a responder. Si Dios existe, si por consiguiente estamos convocados a otra vida cuando ésta se acaba, de esto se sigue una serie importante de consecuencias, que afectarán cada día y casi todo momento de nuestra existencia terrenal. Nuestra vida se convierte entonces en una simple preparación para la eternidad y debe ser conducida en todo respecto sin perder de vista nuestro futuro. Si, por otro lado, Dios no existe, se sigue otra serie de consecuencias importantes. Esta vida pasa a ser la única que tenemos, no tenemos deberes ni obligaciones excepto hacia nosotros mismos y no necesitamos poner en la balanza nada que no sean nuestros propios intereses y placeres. No hay más mandamientos a seguir que los que la sociedad nos impone e incluso a éstos podemos eludirlos si logramos actuar con impunidad. En un mundo sin Dios, no existen bases obvias para el altruismo de ningún tipo, la anarquía moral se impone y prevalece el interés propio" Este autor nos permite comprobar que aún hoy la respuesta al problema de Dios se encuentra en el núcleo de toda cultura, pues el hombre es un ser naturalmente religioso y por lo tanto lo central de su existencia se refiere a esta relación entre lo humano y lo divino, tanto que hasta los mismos ateos se definen por su referencia (negativa) hacia Dios. De la misma manera nos parece evidente que "la interpretación de los hechos históricos depende en buena parte de los conceptos acerca de Dios y de los hombres que tiene quien históricamente los expone" Nosotros, cristianos bautizados -docentes y alumnos de una Institución Católica y perteneciente a una Orden Religiosa- observamos y aceptamos que la historia tiene un sentido propio, que surge de la Encarnación del Hijo, de Dios que al hacerse hombre se hace "histórico" y da sentido a toda la historia de la humanidad. Esta se convierte en "cristocéntrica" y el tiempo comienza a calcularse por un "antes" y "después" de Cristo. Únicamente el cristianismo nos proporciona una respuesta al sentido final de la vida del hombre, mediante el misterio de la encamación, redención y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que conforma la entrada de Dios en la historia, constituyéndose de esta manera en el centro de la historia y de la cultura. Así la historia pasa a ser -como magistral mente lo diseñara San Agustín en la Ciudad de Dios-una larga "peregrinación" de la humanidad, desde la Creación hasta el fin de los tiempos (Parusío), mediante un "pacto" (alianza) entre Dios y el "Pueblo Elegido", extendido a todos los hombres con la Venida del Verbo Encarnado. En Él se han iniciado y en Él concluirán porque Él es el Señor de la Historia y como Él mismo dijo: "estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos". Cristo no es una etapa en la historia, sino su culminación. Para nosotros, como expresara Danielou: "para la historia cristiana, la historia de la salvación no comienza con Abraham, sino simplemente con la creación del mundo... Por otra parte, la historia de nuestra salvación tiene, como acabamos de hacerlo observar, su fin en un acontecimiento cósmico, en ia resurrección de los muertos. Así, pues, la historia de nuestra salvación se sitúa entre dos acciones cósmicas. Pero no son tan sólo estas dos acciones, inicial y terminal, las que tienen reso¬nancia sobre todo el cosmos. En el centro mismo de la historia, es también la resurrección de Cristo una acción creadora" . Por todo ello, como bien señala Dawson, "la concepción cristiana de la historia no es un elemento secundario derivado, por la reflexión filosófica, del estudio de la historia. Yace en el corazón mismo del cristianismo y constituye una parte integral de la fe cristiana. De ahí que no exista una 'filosofía cristiana de la historia', en el sentido estricto de la palabra. Hay, en cambio, una historia cristiana y una teología cristiana de la historia, y no es mucho decir que sin ellas el cristianismo no existiría" . Por ello, habiéndose "encarnado" el cristianismo en el tiempo, podemos perfectamente estudiar una "historia de la cultura cristiana". Y ese homo viator que peregrina por la tierra conforma la marcha de la Ciudad de Dios hacia el Reino de los cielos o, en términos teológicos, forma el Cuerpo Místico de Cristo A manera de conclusión señalemos que el obrar cultural del hombre se desarrolla entre su punto de partida, que lo constituye la naturaleza Rumana (inteligente y libre), y su punto de llegada, que consiste en la plenitud o perfección de esa misma naturaleza en la posesión del supremo Bien que es Dios y que por lo tanto le da sentido a su existencia. Ni en el punto de partida, ni en el de llegada tenemos cultura, sino que es en el camino entre ambos, en el obrar del homo viator, del hombre peregrino desde el tiempo hacia la eternidad donde se hace la cultura. Por eso la cultura no se opone a la naturaleza de la que parte, sino que la supone (el hombre es un ser naturalmente cultural), constituyéndose así en una segunda naturaleza que la complementa y perfecciona en orden a la perfección plena y definitiva que el hombre alcanza cuando logra su fin último, en el cual ya no es necesaria la cultura (no hay necesidad del obrar humano, sino que sólo existe el goce pleno del bien conseguido) pero la supone como tránsito hacia esa perfección. Claro está que el hombre no puede alcanzar tan alta perfección si no es con la ayuda de la gracia de Dios que supone la naturaleza humana y la cultura como manifestación de la misma, sanándolas y elevándolas hacia el destino trascendente en el cual se plenifica el hombre. En suma, la cultura es el obrar del hombre que partiendo de su naturaleza inteligente y libre va desarrollándose en orden a su plenitud que sólo alcanza en la comunión con Dios. Ahora bien, este obrar humano se va realizando a través del tiempo, se va haciendo historia, y por eso de cada etapa de la misma podemos extraer conclusiones, sacar aportes positivos y negativos de este accionar hu¬mano que de alguna manera u otra ha influido en lo que hoy somos. Por lo tanto, más que realizar un estudio pormenorizado de los acontecimientos que sucedieron a lo largo de la historia de la humanidad, lo que pretendemos es observar esos acontecimientos desde la concepción del hombre y del mundo existente en cada época para ver como se fue formando nuestra cultura. En otras palabras, se trata de una cosmovisión, o sea del modo de vivir y de pensar de los hombres de una determinada cultura histórica, que brota de un núcleo o raíz que la inspira y orienta y donde sus diferentes manifestacio¬nes culturales se encuentran estrechamente vinculadas entre sí al derivarse de la misma raíz. Por eso: la historia de la cultura no es un simple relato del acontecer humano sino más bien tratar de encontrar el sentido de ese acontecer. En última instancia queremos saber no tanto cómo sucedieron las cosas, sino por qué sucedieron. Tratar de averiguarlo es el motivo de la materia. Bibliografía y Notas Bibliográficas a) Historia Integral de Occidente, Florencio Hubeñak. EDUCA. 2009 1) Ortega y Gasset, José, "Meditación del pueblo joven (y otros ensayos)", Madrid, Revisia de Occidcnie, 1962, p. 75/6. 2) Aron, Raymond, Dimensiones de la conciencia histórica, México, F.C.E., 1983, p. 14. 3) Suárez, Federico, La historia y el método de investigación histórica, Madrid. Rialp, 1977. p. 24. 4) Paulo VI, Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini (nació en 1897 en Concesio, Lombardía, 26 de septiembre de 1897 – † Castel Gandolfo, 6 de agosto de 1978) (latín: Paulus PP. VI) CCLXII Papa de la Iglesia Católica entre 1963 y 1978. 5) Bídart Campos, Germán, lecciones elementales de política, Bs. As., Ediar, 1973, p. 61. 6) Bídart Campos, Germán, lecciones elementales de política, Bs. As., Ediar, 1973, p. 61. 7) San Agustín, Confesiones, XX-26. 8) Quintana Eduardo Martín, Visión de la cultura y de la historia, Bs. As., Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales, 1975, p. 125. 9) Pio XII (en latín, Pius PP. XII), de nombre Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli (Roma, Italia, 2 de marzo de 1876 – Castel Gandolfo, Italia, 9 de octubre de 1958), reinó como el papa número 260, cabeza visible de la Iglesia católica, y soberano de la Ciudad del Vaticano desde el 2 de marzo de 1939 y hasta su muerte en 1958. El papa Benedicto XVI lo declaró Venerable el 19 de diciembre de 2009. 10) Mensaje de Pío XII del 29-111-1944. 11) Kahler, Erich, ¿Qué es la Historia?, México, F.C.E., p. 15. 12) "Sobre la religiosidad natural del hombre", ver: Zunini, Giorgio, Homo rcligiosus, Bs. As. EUDEBA, 1977. 13) Dawson, Christhoper, Dinámica de la historia universal, Bs. As., Emccé, 1962, p. 222. 14) Concilio Vaticano II,fue un concilio ecuménico de la Iglesia católica convocado por el papa Juan XXIII, quien lo anunció en el mes de enero de 1959. Fue uno de los eventos históricos que marcaron el siglo XX. El Concilio constó de cuatro sesiones: la primera de ellas fue presidida por el mismo Papa en el otoño de 1962. Él no pudo concluir este Concilio ya que falleció un año después, (el 3 de junio de 1963). Las otras tres etapas fueron convocadas y presididas por su sucesor, el Papa Pablo VI, hasta su clausura en 1965. La lengua oficial del Concilio fue la lengua latina.Fue el Concilio que contó con más representación de todos, con una media de asistencia de unos dos mil padres conciliares procedentes de todas las partes del mundo y de una gran diversidad de lenguas y razas. Asistieron además miembros de otras confesiones religiosas cristianas. 15) Llercna Amadeo, Juan y Ventura, Eduardo, El orden político, Bs. As., AZ, 1983, p. 70. Cfr. Tünnies, Fcrdinand. Comunidad y sociedad, Bs. As., Losada, 1947. A su vez -sobre la concepción greco-romana de "patria"- parece intere¬sante observar que la palabra patria es el femenino de pairíus, de un padre, paterno (paier) A su vez Pairiarkhés o pa¬triarca de patria = linaje, clan, familia (de patre o padre). Patrióles - compatriota, de patrios o patrius = del padre de uno. Daremberg-Saglio -en su renombrado diccionario- nos recuerdan que "patria es sinónimo de penates".Recordemos que Fustel de Coulanges afirmaba en La ciudad antigua: "...también ésta es la tierra de mis padres, térra patrum, patria: aquíestá mi patria, puesto que aquí están los manes de mi familia..." 16) Verduzco Hernández, Hcberto en: Dawson, Ch., Historia de la Cultura Cristiana, México, F.C.E., p. 16. 17) Johnson, Paul, En busca de Dios. Un peregrinaje personal, Barcelona, Javier Vergara, p. 11 18) Franceschi, Gustavo, "Sentido teológico de la historia", en: Criterio, 1134, 1951. 19) Danielou, Jean, El misterio de la historia. San Sebastián, Dinor, 1963, pp. 44/5. 20) Dawson, Ch., Dinámica de la historia. Bs. As., Emecé. 1962, p. 212. Este Post y los subsiguientes no pretenden ser un manual, ni tampoco una verdad absoluta sobre el tema. Está abierto a todas las críticas constructivas. Se los dejo en sus manos. Gracias por leer. Atentamente.
Historia de la Cultura. ¿Que es? I
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