Que hay Taringeros!!!Investigando para una tarea me encontré este relato sobre la batalla de las Termopilas y sobre Aristodemo que fue el sobreviviente de esa gran batalla que ya todos conocemos por la película jajaja XD…..espero les guste.. La Batalla de las Termópilas fue una batalla de la Segunda Guerra Médica en la que se enfrentaron una alianza de poleis griegas lideradas por Esparta y el Imperio persa de Jerjes I. Se desarrolló durante tres días en el paso de las Termópilas (cuyo nombre se traduce por Puertas Calientes - de θερμός,-ή,-όν caliente y Πύλη,ης puerta; derivaba de los manantiales cálidos que existían allí), en agosto o septiembre de 480 a. C. (en las mismas fechas en que tenía lugar la batalla de Artemisio). Corria el año 480 A.C. y detrás de las vallas que cerraban el desfiladero de las Termópilas había apenas 7,000 griegos. Los comandaba el rey de Esparta, Leonidas, que había traído consigo a 300 espartanos. Cuando los exploradores persas inspeccionaron la zona para averiguar el número de las fuerzas griegas, lo único que consiguieron ver fue, precisamente, a los espartanos. Estaban delante de la valla. Delante. No detrás. Habían apoyado sus armas contra el muro y algunos hacían gimnasia mientras los otros se peinaban el cabello. Cuando se informó de esto a Jerjes, el Gran Rey no entendió nada. Tuvieron que explicárselo: los espartanos, antes de combatir, hacían gimnasia para estar en forma y, antes de morir, se arreglaban como corresponde porque en Esparta no se estilaba ir a la muerte hecho un zarrapastroso. Jerjes creyó que era una bravuconada. Se equivocó. Cuando, al quinto día, dio la orden de ataque, la aplanadora persa de 175,000 hombres se estrelló contra la formación griega. Hora tras hora, oleada tras oleada, a lo largo de todo el día, las formaciones de los medos y los quisios del ejército persa trataron de romper el frente heleno. En vano. Clavados en sus puestos, los griegos resistieron como un bloque de granito y causaron terribles bajas, sobre todo entre los medos. Jerjes montó en cólera. Al día siguiente decidió lanzar sus mejores tropas. Según cuenta la leyenda, les decían "Los Inmortales" porque su número era constante: a las bajas producidas por el combate o por la enfermedad se las cubría inmediatamente. De este modo, el número del contingente era siempre estable. Ascendía a 10,000 hombres. Y tampoco pudieron. Sus lanzas eran más cortas. No tenían espacio para maniobrar a fin de hacer valer su número. Además, no tenían ni el adiestramiento ni la disciplina de los lacedemonios. Durante la batalla, los espartanos jugaron con ellos al gato y al ratón, empleando una táctica que, más tarde, sería la favorita de Atila y sus hunos: a la vista de un ataque enemigo, las tropas espartanas simulaban batirse en retirada como presas del pánico. El enemigo, creyendo que huían, se les tiraba encima desordenadamente. En el último momento, sin embargo, las formaciones espartanas daban media vuelta, tomaban posición y se lanzaban al ataque tomando a todo el mundo de sorpresa. Los perseguidores, antes de darse cuenta, se transformaban en perseguidos. La mayoría de ellos, en perseguidos muertos. A lo largo de todo el segundo día los persas, con sus tropas de élite, trataron de forzar la resistencia de los griegos. Sin éxito. Las vallas seguían allí y, delante de ellas, los espartanos encabezados por Leónidas no cedieron ni un milímetro. Iban 48 horas de combate. Desde el amanecer hasta la caída del sol. Oleada tras oleada. Escaramuza tras escaramuza. Combate tras combate. Sangre. Muertos. Gritos. Órdenes. Ataques. Retiradas simuladas. Contraataques. Maldiciones. Amigos que caen bañados en sangre. Camaradas de toda la vida que se tiran contra el enemigo y terminan atravesados por dos, tres, cuatro lanzas. Heridos que gimen antes de morir. Estertores. Alaridos. Ruido. Sangre. Más muerte. Pero nadie abandona su puesto. Al camarada que cae adelante lo vengan los que vienen atrás. La formación resiste. La formación aguanta. La formación da un paso al frente y ataca. La formación se cierra. Los persas se estrellan contra la falange erizada de lanzas. No pasan. No pueden pasar. No deben pasar. Si pasaran, quedarían a la retaguardia de la flota. No pasaron. Cayó la noche y Jerjes tuvo que admitirlo: estaba atascado. Atascado en Artemisión. Atascado en las Termópilas. ¿De qué sirven 175,000 hombres si no se tiene entre ellos a un Leónidas con 300 espartanos? ¿De qué sirve el número cuando no se tiene la calidad? ¿De qué sirve llamar "inmortales" a un cuerpo de ejército solamente porque siempre son 10,000 cuando ninguno de ellos tiene verdadera vocación de gloria? ¿Para qué sirve la masa de un Imperio? ¿Para qué sirve la muchedumbre? Los persas - los auténticos persas - eran, en realidad, tan escasos como los espartanos. Se habían conquistado un Imperio y ahora arreaban delante de si a una masa de otros Pueblos, con la esperanza de lograr la fuerza por la cantidad. ¡Oh la cantidad! Esa eterna ramera que ha engañado a tantos grandes hombres. ¡Cuantos han pasado por alto el hecho que la Naturaleza sólo produce la cantidad para tener la oportunidad de elegir a los mejores! Jerjes, sin duda, se dio cuenta de ello después de 48 horas de mandar a una masa a estrellarse contra las aristas de un diamante. Estaba realmente empantanado. Pero, quizás... la parte de la flota que debía circunnavegar Eubea... si tan sólo pudiese conseguir tomar con ella a los barcos griegos entre dos fuegos... O desembarcar y tomar las Termópilas por el flanco... Quizás... Al tercer día hasta esta esperanza se le desvaneció. Los barcos que debían dar la vuelta a Eubea fueron sorprendidos por otra tormenta y no quedaba ya casi nada de ellos. ¡Cochina suerte griega! Las opciones se reducen. En realidad, queda sólo una: ¡forzar las Termópilas! Es la única forma de saber si Artemisión es, o no, una trampa. Después de dos días enteros de combate estos griegos tienen que estar cansados. ¡Forzosamente tienen que estarlo! ¡Manden todo lo que tenemos! Muertos o vivos pero los quiero ver al otro lado de esas malditas vallas! ¡Al precio que sea! La aplanadora persa volvió a ponerse en movimiento. Volvió a mandar oleada tras oleada con una monotonía tan aburrida como macabra. Los mejores hombres trataron de arrastrar detrás suyo a la masa para abrir una brecha, aunque fuese mínima. Imposible. Las formaciones griegas resisten. Los espartanos parecen estar en todas partes y, dónde están, los otros los imitan. Las formaciones permanecen cerradas. No hay un hueco en toda la línea y, cuando lo hay, es una trampa que se traga decenas y decenas de persas. Los mejores hombres de Persia caen en primera fila y los que vienen detrás no están a la altura de sus jefes. La masa vacila. Retrocede. Los griegos atacan. Retirada. No se puede. Es imposible. Tres días de combate. Tres largos días de lucha, sangre, muertos, esfuerzo, jadeos, lanzazos, gritos, marchas y contramarchas. Órdenes y contraórdenes. Tensiones sobrehumanas y breves minutos de relajamiento. Luego, otra vez a lo mismo. Mi amigo murió anteayer. Tu hermano cayó ayer. El camarada que hoy por la mañana compartió con nosotros el pan está agonizando. ¿ Cuando me tocará a mí? ¿Cuándo te tocará a ti? ¿Cuanto tendremos para vivir todavía? ¿Cuanto tiempo? ¡Oh dioses! ¿Por qué la vida de un hombre estará atada a un tiempo y ni siquiera podemos saber de cuanto tiempo disponemos? Y en ese momento, cuando - según Heródoto - el Gran Rey ya no sabía cómo salir de la situación, un factor inesperado vino en su ayuda. Apareció un traidor. Siempre aparece un traidor. Apareció un griego que le reveló el camino por el cual se podía rodear a las Termópilas y llegar a espaldas de Leónidas y su gente. Yo lo llamo traidor pero sé que hoy muchos lo llamarían tan sólo un tipo inteligente. La recompensa debe haber sido jugosa. Lo que no sé es si la disfrutó. Murió asesinado. Jerjes destacó a su General Hidarnes con un ejército para que avanzara por el paso que el traidor había revelado y apareciese por la retaguardia de Leónidas. Hidarnes juntó a sus hombres y partió al anochecer. Marchó durante toda la noche y a la mañana del día siguiente estaba del otro lado. Arriba de la montaña pero ya a espaldas de Leónidas. Consiguió engañar a los focenses encargados de guardar ese paso y amenazaba ya con atrapar a los espartanos entre dos fuegos. Al amanecer, en el campamento griego podía verse la larga fila de enemigos descendiendo de la montaña. Era el fin. Pocas horas más y el camino a Atenas quedaría cerrado. Las Termópilas se convertirían en una trampa mortal. Leónidas supo entonces que le quedaba poco tiempo. Muy poco tiempo. Es probable que haya sabido también que, en ese instante, Grecia estaba en sus manos. Los 7,000 hombres de su ejército original era toda la infantería que se había podido movilizar. Todos los demás estaban sobre los barcos, en Artemisión. ¿Dar una batalla hasta el último hombre? Se perdería todo el ejército. La Armada quedaría sola frente a los persas. Seria el fin; el fin definitivo de toda Grecia. ¿Retirarse?, ¿Huir?. También sería el fin. La Armada también así quedaría sola. El ejército, en campo abierto, no tendría ninguna oportunidad contra la aplanadora. Leónidas levantó la cabeza, vio el sol que nacía, escuchó los augurios -que eran pésimos - se enteró de que algunos griegos de entre los presentes estaban pensando en retirarse, miró a sus hombres, y con voz tranquila comenzó a dar órdenes. Cortas, concisas, precisas y secas. ¡Oh el laconismo espartano!. Avisen a la Armada. Que deje Artemisión y que vaya al Sur lo antes posible. No puedo mantener a las Termópilas por mucho tiempo más. La pienso mantener hasta que los barcos estén a salvo. ¡Pero que la marina se mueva!¡Y rápido! En cuanto al ejército: todo el mundo me levanta campamento y se retira hacia el Sur mientras el camino todavía está libre. Los tebanos se quedan. Esparta se queda. Los demás: ¡fuera de aquí!. ¿Alguna pregunta? No hubo preguntas. Pero 700 tespios no se fueron. Le pidieron a Leónidas su autorización para quedarse y tener el honor de morir con él. ¿Locura?, ¿Histeria colectiva? ¿Insensatez? Dejemos que los enanos respondan a esa pregunta si es que pueden. Dirán que es sí de todos modos. Incapaces de una actitud semejante, su único recurso es denigrarla. Lo que sucedió aquella mañana con los tespios en las Termópilas fue simplemente el fenómeno de resonancia. ¿Esparta se queda? Pues Tespia se queda también, ¡qué tanto embromar! Entre valientes el coraje es contagioso. A las diez de la mañana de ese día comenzó el último acto en las Termópilas. Poco a poco y lentamente, los barcos griegos fueron desfilando. Sobre las cubiertas, los remeros y los marineros que navegaban hacia el Sur seguramente habrán mirado hacia el desfiladero con una angustia sorda en el corazón. Más de uno habrá inclinado la cabeza en señal de admiración y respeto. Quizás alguno dejó caer una lágrima. Seguramente más de uno masticó una maldición. Porque allá, en las Termópilas, Leonidas y sus espartanos no esperaron a que llegara Hidarnes y se cerrara la ratonera por delante y por detrás. Salieron, se pusieron en formación de combate sobre una lomada delante de las vallas y avanzaron contra las tropas de Jerjes. ¿Quedó claro? ¡Contra las de Jerjes! Es decir; se lanzaron ¡hacia adelante! Ni siquiera intentaron forzarlo a Hidarnes a presentar batalla. De haber atacado a Hidarnes quizás podrían haber tenido alguna remota esperanza de salir de la ratonera hacia el Sur, hacia Atenas. Pero, en este tipo de situaciones, una "remota esperanza" no es una opción para un hombre de honor. Leonidas, sus espartanos y los tespios estaban más allá de toda especulación. No se trataba de ponerse a jugar a la ruleta con esperanzas. Se trataba de algo similar a lo que sucedió en medio de la batalla de Waterloo cuando el Mariscal Ney se puso a juntar las tropas dispersas y en retirada gritándoles: "¡Vengan a ver cómo muere un mariscal de Francia!". Se trataba del final. Y cuando llega el final, los hombres de verdad siempre quieren que sea a toda orquesta. Lo fue. Los persas cayeron sobre los espartanos como langostas. Pero esta vez los jefes persas no iban adelante. Venían atrás, arreando a la masa. ¡A latigazos! Heródoto nos cuenta que a la masa del ejército persa hubo que empujarla a los latigazos para que enfrentara a los espartanos. Arreados como una manada de búfalos, muchos persas cayeron al mar. Otros perecieron pisoteados por su propia tropa. Los espartanos resistieron a pie firme la avalancha hasta que se les quebraron las lanzas. Después, desenvainaron sus cortas espadas y se tiraron sobre el enemigo. Ése fue el momento en que cayó Leonidas. Alrededor de su cadáver se produjo un tumulto infernal. Los espartanos defendían el cadáver mientras miles de persas trataban de llegar hasta él. Dos hermanos de Jerjes: Abrocomas e Hiperantes, cayeron muertos en el mismo lugar. Y, aunque parezca increíble, los espartanos llegaron a rescatar el cadáver de su Jefe. No sólo eso: batieron a los persas en retirada cuatro veces. ¡Cuatro veces! Pero, por último, llega Hidarnes y es - definitivamente - el fin. Para no quedar completamente entre dos fuegos, el puñado de tespios y espartanos que aun resiste se repliega contra un farallón. De espaldas al mismo, deben soportar una lluvia de proyectiles. Sí: ¡proyectiles! Más de 100.000 hombres contra un centenar, apretado contra la espada y la pared en el más literal de los sentidos, y todavía se los remata a flechazos y a lanzazos. ¿Es que todavía los persas no se atrevían a acercarse? No. No se atrevieron. Esa es la verdad. Hasta el día de hoy los enanos no se atreven a acercarse a un gigante y se conforman con atacarlo de lejos. Siempre ha sido así. Desgraciadamente, quizás siempre siga siendo así. Pero gracias a los gigantes derrotados de antaño los gigantes del hoy y del mañana hallarán un espejo en el cual mirarse y reconocerse. Y, algún día, cuando hallamos llegado al fondo de la decadencia, cuando el mundo entero esté convertido en un ciénaga infame que devorará y corromperá hasta a los mismos enanos que la han producido; cuando los seres humanos nos hallemos como Leónidas, con los caminos cerrados por delante y por detrás; ése día — ¡Oh Dioses! ¡Cómo quisiera vivir para ver ese día! — ese día los enanos se arrastrarán de rodillas a los pies de los gigantes que hicieron historia y llorando le implorarán que les salven. Y el último gigante mirará hacia las Termópilas y los salvará. Aún a riesgo de que, una vez a salvo, los pequeños energúmenos mediocres terminen escupiéndolo a él también. Porque por eso son enanos. Sin embargo ahí estan ellos, los héroes, los que se sacrifican y lo dan todo por el honor. Por eso existen. Por eso, hace ya más de 2,400 años, alguien colocó un león de piedra sobre la tumba de Leónidas. Por eso, desde hace más de 2,400 años, los que pasan por el lugar en que se batieron los 300 espartanos se encuentran con aquella vieja, triste, terrible pero hermosa inscripción: Viajero: Si vas para Esparta, dile a los espartanos que aquí yacen sus hijos, los que cayeron en el cumplimiento de su deber. La historia de Aristodemo, el cobarde de las Termópilas. Un hoplita espartano que teniendo la oportunidad de sacrificar su vida en la batalla renunció a ello, cargando después con la culpa y el descrédito de haber sido el único de los 300 que no cayó resistiendo a los persas. Como leer las fuentes es menos fácil pero más gratificante, aquí os dejo con el texto de Heródoto, que nos explica la cruel historia del pobre Aristodemo... Entre los 300 espartanos de que hablo, dícese que hubo dos, Eurito y Aristodemo, quienes pudiendo entrambos de común acuerdo o volverse salvos a Esparta, puesto que con licencia de Leonidas se hallaban ausentes del campo, y por enfermos gravemente de los ojos estaban en cama en Alpenos, o si no querían volverse a ella, ir juntos a morir con sus compañeros, teniendo con todo en su mano elegir uno u otro partido de estos, dícese que no pudieron convenir en una misma resolución. Corre la fama de que, encontrados en su modo de pensar, llegando a noticia de Eurito la sorpresa de los persas por aquel rodeo, mandó que le trajesen sus armas, y vestido, ordenó al ilota su criado que le condujese al campo de los que peleaban, y que el hilota después de conducirle allí se escapó huyendo; pero que Eurito, metido en lo recio del combate, murió peleando: el otro, empero, Aristodemo, se quedó de puro cobarde. Opino acerca de esto, a decir lo que me parece, que si sólo Aristodemo hubiera podido por enfermo restituirse salvo a Esparta, o que si enfermos entrambos hubieran dado la vuelta, no habrían mostrado los espartanos contra ellos el menor disgusto. Pero entonces, pereciendo el uno y no queriendo el otro morir con él en un lance igual, no pudieron menos los espartanos de irritarse contra dicho Aristodemo. Algunos hay que así lo cuentan, y que por este medio Aristodemo se restituyó salvo a Esparta; pero otros dicen que, destinado desde el campo a Esparta por mensajero, estando aun a tiempo de intervenir en el combate que se dio, no quiso concurrir a él, sino que esperando en el camino la resulta de la acción, logró salvarse; pero que su compañero de viaje, retrocediendo para hallarse en la batalla, quedó allí muerto. Vuelto Aristodemo a Lacedemonia, incurrió para con todos en una común nota de infamia, siendo tratado como maldito, de modo que ninguno de los espartanos le daba luz ni fuego, ni le hablaba palabra, y era generalmente apodado llamándole Aristodemo el desertor. Pero él supo pelear de modo en la batalla de Platea, que borrase del todo la pasada ignominia. Heródoto. Historia. Libro VII. ... pues bien, tal fue la ignominia con que tuvo que cargar Aristodemo tras su huida de las Termópilas que ,a la primera oportunidad que tuvo de demostrar su valor, no sólo hizo esto, sino que buscó la muerte de la que había escapado antes... en la batalla de Platea, formadas las falanges espartanas frente a las ingentes tropas persas, se lanzó el primero contra estas, luchando ferozmente hasta caer abatido. Volvamos al texto de Heródoto, que nos dejó detallado el triste episodio en el libro IX de sus Historia: De todos los lacedemonios, el que en mi concepto hizo mayores prodigios de valor fue Aristodemo, aquel, digo, que por haber vuelto vivo de Termópilas incurrió en la censura y nota pública de infamia; después del cual merecieron el segundo lugar en bravura y esfuerzo Posidonio y Filoción y el espartano Amonfareto. Verdad es que hablando en un corrillo ciertos espartanos sobre cuál de éstos que acabo de mencionar se había portado mejor en la batalla, fueron de sentir que Aristodemo, arrastrado a la muerte para borrar la infamia de cobarde con que se veía notado; al hacer allí proezas y prodigios de valor, no obró en ello sino como un valentón temerario que ni podía ni quería contenerse en su puesto, mientras que Posidonio, sin estar reñido con su misma vida, se había portado como un héroe; motivo por el cual debía ser éste tenido por mejor y más valiente guerrero que Aristodemo. Pero mucho temo que el voto del corrillo no iba libre de envidia. Lo cierto es que todos los que mencioné que habían muerto en la batalla fueron honrados públicamente por el estado, no habiéndolo sido Aristodemo a causa de haber combatido por desesperación, queriendo borrar la infamia con su misma sangre. Heródoto. Historia. Libro IX. ... así que ya veis, ni por estas consiguió Aristodemo recuperar su honor a ojos de los espartanos, puesto que más que luchar valientemente, estos entendieron que se había suicidado... si lo llega a saber, Aristodemo se lo habría pensado dos veces... Se puede encontrar en el lugar de la batalla un monumento moderno erigido en honor a Leónidas, el rey espartano, consistente en una estatua de bronce que representa al monarca. Una leyenda bajo la estatua dice, simplemente, "Μολών λαβέ", «Ven y tomalas», la famosa frase con la que Leónidas rechazó cualquier acuerdo de paz. Fuente¬: http://www.proyectosalonhogar.com/los_300_espartanos.htm http://www.historiaclasica.com/2009/11/sobre-la-batalla-de-platea-y-aristodemo.html
Batalla de termopilas
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
373visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos: