CONVIÉRTASE EN UN SEÑOR MODERNÍSIMO por Alejandro Dolina

Ser un señor moderno se está volviendo cada vez más difícil. Las modas, las escuelas y las corrientes de pensamiento cambian con increíble rapidez. Y nadie puede descansar dos semanas sin pasar de la vanguardia a la nostalgia, de la
esperanza al recuerdo, de la audacia al adocenamiento.
Cualquier falto puede hacerse cargo de lo importante que resulta ser un hombre de avanzada.
Hoy en día sustentar ideas cuya antigüedad supere los doce meses es exponerse al desprecio general.
Porque flota en el aire la convicción de que el mundo empezó el año pasado y que los conocimientos anteriores a esa fecha son sue-ños locos de cosas que nunca existieron.
Todas estas circunstancias preocupan hondamente a la muchachada.
¿Cómo hacer para conocer el nombre de cada conjunto americano que surge?
¿Cómo leer más rápidamente de lo que Harold Robbins escribe? ¿Cómo enterarnos sin demora de las novedades técnicas de las mo-tocicletas japonesas? ¿Cómo asistir puntualmente a todos los estrenos?
Para amenguar siquiera un poco las angustias de nuestros lectores con berretines vanguardistas, hemos preparado este sucinto opúsculo que contiene una serie de astutas sugerencias para pasar por moderno, aunque uno sea el peor de los retrógrados del siglo XII. Lápiz y papel, por favor.
La pinta:
Naturalmente, lo más importante de un señor moderno es su aspecto. Si usted se presenta en un asado con traje negro, moño vola-dor y cuello duro, nadie creerá que usted representa tendencias renovadoras ni aunque silbe el repertorio completo de los Bee Gees. Peor todavía es vestirse con ropas que estuvieron de moda hace poco. No hay nada más viejo que lo que acaba de envejecer, decía Wilde. De modo que hay que abstenerse de los pantalones Oxford y los sacos con cuello Mao.
Lo mejor es andar siempre hecho un croto. Si hay un elemento que parece mantenerse tenazmente en el vestir de nuestro tiempo, es la mugre y el desaliño. Eso sí: es un estilo un poco caro. Hoy en día cuesta más un pantalón
de ferroviario que un frac.
El pensamiento:
No vale la pena que usted se empeñe en edificar una cosmovisión actual, si es que puede existir tal cosa. Pero con una escueta co-lección de actitudes sueltas, usted puede dar la sensación de que tales conductas son capullos de un
rosal gigantesco. Veamos: Diga, cada vez que pueda, "Estamos en la era del jet". Es una buena contestación para cualquier cosa y provoca la sensación de que un hombre que viaja rápidamente es mejor que otro que lo hace despacio. Además, ya se sabe que el objetivo final de nuestra civilización es llegar pronto a cualquier parte, aunque nadie sepa bien para qué.
Deje caer la idea de que los orientales son más sabios que nosotros.
Mencione el yoga, el budismo, la pólvora, el Kama Sutra, el fatalismo, los fideos, el hara kiri y otras invenciones asiáticas. Es el col-mo de la vanguardia creer que en cada campesino coreano se oculta un filósofo silencioso y genial.
Sostenga asimismo que los negros poseen el secreto de la música y el baile. Compre esos discos candomberos que se venden por ahí. Póngalos a todo lo que da y cada vez que escuche algún ruidito o uno de esos gritos que se gastan
los morochos, dé vuelta los ojos y diga que sí con la cabeza.
Quéjese de que sus padres no lo comprenden, aunque usted tenga cuarenta y cinco años. De este modo conseguirá un doble objetivo: se le reputará moderno y joven por añadidura.
Si usted tiene hijos, deje que hagan lo que quieran. Explíqueles las cuestiones más escabrosas a los dos años. No escatime detalles, ni crudezas.
Los chicos no entenderán nada, pero usted quedará como un pionero entre sus amistades.
Suprima de su vocabulario la hermosísima palabra "novia". Hable más bien de su "pareja". No se olvide de hacerle la vida imposible fingiéndose loco, tratándola mal porque sí o rompiendo a llorar de improviso.
Pase sus vacaciones en los lugares más horrendos que se le ocurran. Viaje a dedo, o en carpa. Elija esas playas australes donde uno sale morado del agua.
O esos ocultos pueblitos boreales, donde la temperatura media es de setenta grados. A su regreso, diga a sus amigos que ha tomado un estrecho contacto con la naturaleza y que la inmensidad le ha despertado toda clase de inquietudes
espirituales.
Descubra el encanto secreto de las estupideces. Sostenga que las historietas son una aventura del pensamiento. Diga que un chiste de Cascioli es más revelador que toda la obra de Spengler. Junte muñequitos de esos que dicen "Sos maravilloso". Emociónese hasta las lágrimas con la propaganda del tío francés.
Juegue al Scrabel, al TEG, al espionaje, a la bolsa, al presidente y a los petrodólares. Son juegos aburridísimos, pero muy actuales. Aléjese para siempre del truco, el chin chón, el cerebro mágico, el hoyo pelota y el patrón de la montaña.
Diga que nunca ve televisión. Hable mal de Mirtha Legrand. Diga que los teleteatros son malos. Clame por la necesidad de programas culturales. Declare que hay infinidad de jóvenes talentosos a quienes no se les da oportunidad.
Indígnese, que es gratis.
Fínjase un tipo dulce. Diga que le encanta conversar con los niños.
Cuelgue pósters con sentencias sobre el amor o la amistad. Apiádese públicamente de la situación de los infortunados en el mundo. Mande ingeniosas tarjetas de navidad. En lo demás, allí donde usted vaya en algo, bien puede seguir siendo un canalla miserable.
Enójese ante la contaminación ambiental. Preocúpese por la desaparición de ciertos peces. Hable del smog. Apréndase cuatro o cinco cifras impresionantes.
Abogue calurosamente por un mundo más limpio, aunque usted sea un roñoso.
Vea todas las películas del profesor Cousteau. Manifieste que los animales lo enternecen. Opine que son mejores que el hombre. Que no tienen maldad, que matan por necesidad y toda esa verdura. Es delicadamente vanguardista advertir
en una cucaracha más discernimiento que en un cristiano.
Interésese en los OVNI, en el secreto de las pirámides, en el triángulo de las Bermudas, en los encuentros cercanos del tercer tipo, en la telequinesia, en la parapsicología, en la astrología y en la quiromancia. Repita cosas que ha
escuchado por ahí y finja que hay datos que usted conoce y no quiere divulgar.
Coma hamburguesas en Chéburger. Esto no tiene mucho que ver con el pensamiento, pero se supone que un individuo capaz de seme-jante actitud, no le teme a lo desconocido.
Dedíquese a alguna actividad artística aunque usted sea un adoquín.
Estudie expresión corporal, decore azulejos, haga collares, teja fundas para sandías y bátale a la gilada que se está buscando a usted mismo.
Conclusiones finales:
Siguiendo las instrucciones precedentes, usted puede convertirse en el caballero más moderno de la cuadra.
Lo invitarán a toda clase de ágapes, respetarán sus opiniones, conseguirá trabajo y hasta le prestarán dinero.
Pero si usted quiere conocer de verdad la opinión de este columnista morocho, sepa que esta época me parece lamentable.
Sepa que detesto las músicas ríspidas y detonantes.
Sepa que adoro a Chopin.
Sepa que me baño semanalmente.
Sepa que odio a esos tipos generosos con la humanidad, pero mezquinos con su cuñado.
Sepa que me importan un bledo los petrodólares, los espías y las novelas de Arthur Hailey.
Sepa que no entiendo bien qué diablos es un "Hombre Moderno".
Sepa que creo que mejor que ser moderno es ser cada uno quién es y nada más.
Y sepa finalmente que no me hago ilusiones con respecto a estas tonterías
que escribo para usted y para mí.
Las notas de las revistas de humor son cosas menores, mi amigo.
Se lo digo yo.
Feliz año.
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