En 1968, dos meses antes de que una bala le rompiera la cara, el pastor Martin Luther King había denunciado que su país era <>. Treinta años después, las cifras dicen: de cada diez dólares que el mundo gasta en armamentos, cuatro dólares y medio van a parar a Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Rusia. En la lista, algunos lugares más atrás, también figura China. Y estos son, casualmente los cinco países que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En buen romance, el derecho de veto significa poder de decisión. La Asamblea General del máximo organismo internacional, donde están todos los países, formula recomendaciones; pero quien decide es el Consejo de Seguridad. La Asamblea habla o calla; el Consejo hace o deshace. O sea: la paz mundial está en manos de las cinco potencias que explotan el gran negocio de la guerra.El resultado no tiene nada de sorprendente. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad gozan del derecho de hacer lo que se les cante. En esta última década, por ejemplo, los Estados Unidos pudieron bombardear impunemente el barrio más pobre de la ciudad de Panamá y, después, pudieron arrasar Irak y Afganistán; Rusia pudo castigar a sangre y fuego los clamores de independencia en Chechenia; Francia pudo violar el Pacífico sur con sus explosiones nucleares; y China puede seguir fusilando, legalmente, cada año, diez veces más gente de la que cayó acribillada a mediados del 89 en la plaza de Tien An Men.Como antes había ocurrido en la guerra de las islas Malvinas, la invasión de Panamá sirvió para que la aviación militar probara la eficacia de sus nuevos modelos; y la televisión convirtió a la invasión de Irak en una universal vidriera de exhibición de las nuevas armas que se ofrecían al mercado: vengan a ver las novedades de la muerte en la gran feria de Bagdad.Tampoco tiene por qué sorprender a nadie el desdichado balance mundial de la guerra y la paz. Por cada dólar que las Naciones Unidas gastan en sus misiones de paz, el mundo invierte dos mil dólares en gastos de guerra, destinados al sacrificio de seres humanos en cacerías donde el cazador y la presa son de la misma especie, y donde más éxito tiene quien más prójimos mata. Bien decía don Teodoro Roosevelt que <>. En 1906, le dieron el Premio Nobel de la Paz.
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