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Nestor Feniglio y su humor cotidiano

Nestor Fenoglio es un reconocido autor santafecino ganador de varios galardones nacionales e internacionales, dueño de una verborragia descriptiva unica.
Hace ya varios años publica una columna en el diario "El Litoral" de la ciudad de Santa Fe sobre los eventos cotidianos agregandoles ese toque de humor y sarcasmo que lo caracterizan.
A continuación algunos de sus relatos:

El día de la primavera


Tengo militante postura en contra de los días de lo que fuera, pero el de la primavera merece un mínimo de respeto o de falta de respeto, si se acepta que simboliza despertares varios, brotes, adrenalina y caos. Dos cosas te voy a decir: pasame uno de mortadela y ¿vos cómo te llamabas?

En un país que es un reservorio de kilombo en un mundo que pretende en vano ser ordenado, se instauran ahora unos feriados puentes -antes eran abismales- y se renombran los días y se decretan desintegradas integraciones... Con este panorama “arriba”, ésto es en la cúpula misma del poder, ¿qué podemos esperar de las bases? Nuestro país tiene bases jodonas, vamo todo, laburá vos y demases. Lejos de lograr que la inmigración insufle cultura del trabajo, seriedad, valores, acá mandamos todo a la misma picadora y aparece el argentino, un tipo o tipa fuera de serie. Nos critican y nos envidian por eso.
Y legamos al día de la primavera. Hay tanta hormona suelta que hasta se acepta a un pesado -como yo, en este caso- que quiera hacer discursos o reflexiones cuando todos están de joda. Te llevan puesto.
Pero en el plano de las contradicciones festejamos el día de la primavera y en nuestro caso, otro invento argentino, el día del estudiante. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? Nada: son opuestos. Es como el día del amigo -otro invento argentino, otro invento argentino, otro...- que se instaura ¡por la llegada del hombre a la luna! ¡Nadie, ni un alma, allá, para tener relación amical alguna, pero nosotros le ponemos onda, lo inventamos, lo patentamos, le hacemos el marketing y como nosotros somos un pueblo que se embarca y apoya cosas sin sentido, pues, tenemos el día del amigo cuando no hay ningún amigo a quién abrazar, y qué!
Bueno, con el día del estudiante lo mismo: ¿cómo conciliar la vida en explosión, la naturaleza en expansión y cambio con la impronta del análisis, la reflexión, la iteración, el establecimiento de categorías fijas que presupone un estudio? Alguien dirá que es de un reduccionismo nada pedagógico creer que educación es sinónimo de quietud o de raciocinio. También es movimiento, claro. Pero esta columna requiere de complicidades, así que, mis chiquitos, admitan nomás desde el vamos que el jolgorio, el picnic, el manotazo, el cruce constante de grupos, el mantelito en el piso, la guitarra o los parlantes a mil no recrean (bah, es recreo puro...) un clima apropiado para adquisición, construcción, divulgación o producción del conocimiento.
Ya les aclaro que el día del estudiante es un caos primaveral en todo el mundo, porque las fechas varían según los países. Hay una proliferación de días de estudiantes por el mundo. En el caso argentino, parece que recuerda la visita de un grupo de estudiantes a Uruguay (básicamente, la primavera trata de que los machos cabríos de un lado vayan a hacer tropelías a otro) por la primavera y que luego se repitió esa visita, y hubo devolución de gentilezas y de prepo ya estábamos celebrando el día del estudiante que, por supuesto, es un día en que no se estudia, y, a juzgar por cómo quedan los vagos después del festejo, no estudian en los siguientes tampoco. Se vuelve a estudiar en noviembre para salvar algunas materias, o directamente en diciembre o marzo para tratar de zafar de última.
Y como somos complicaditos, también el 21 de setiembre es el día de la paz, justo cuando uno está en tren de guerra, pintado para el combate, listo para atacar. Otra que paz quiero yo con todas estas rubicundas amazonas a las vueltas.
Y también es el día de la biodiversidad (hubiesen podido ser más originales con el simbolismo), el día del trabajador radial (la primavera está en el aire, cuec), el día de los empleados de la sanidad (imposible curar esta herida de amor), el del amor (sin palabras) y otros días más que no recuerdo. Porque cuando van pasando las primaveras y el picnic aquel es sólo un lejanísimo recuerdo, uno empieza a olvidarse de todo y ya no se acuerda qué cosa está festejando si es que está festejando algo. Ah, me olvidaba, el 21 de setiembre es también el día mundial de la lucha contra el Alzheimer. Quedamos así.

Una sobre los enchufes


A menos que la casa o departamento tenga un par de años y un arquitecto despierto (uno dormido, te acuesta...), no están preparados los hogares para la enorme cantidad de aparatos que requieren ser enchufados. Hay un tráfico de cables impresionante buscando conectarse. Dale, vení, seguime la corriente
No es culpa de los arquitectos (o maestros mayores de obras o albañiles con experiencia o el electricista o quien fuera) de antes, sino que en la última década, con fuerte aceleración en los últimos dos o tres años, los aparatos eléctricos de la más variada índole irrumpieron en tu casa para quedarse. Hay aparatos para todo en todas las habitaciones. Y las casas de antes se resolvían con suerte con un enchufe por habitación o dos y en general con asignación predeterminada: éste es para la heladera, estos dos para los veladores y así...
Hoy tenés dos o tres celulares, dos o tres mp3 o mp4, equipos de músicas, radios, despertadores, aires acondicionados, heladeras, microondas, batidora, juguera, cafetera y otras muchas eras; hay requerimientos de enchufes hasta en el baño porque en breve vendrán eléctricos hasta los inodoros. Jodido sentarse en una silla electrificada.
Hay mantas eléctricas, fuentes de agua eléctricas y ya no quedan cosas manuales en la casa. Esto ha generado una súper oferta de aparatos de diverso tamaño que terminan igualmente con un cable y dos o tres patitas para enchufar. Hay una estampida de aparatos contra los pocos enchufes de una casa normal.
A los enchufes formales, hay que descontarles los aparatos que ya están enchufados todo el tiempo: la heladera, el televisor, tal o cual lámpara. Con lo que en realidad te quedan dos o tres enchufes para que se peleen el resto de los aparatos. Son enchufes que no descansan nunca, pues siempre tienen algo enchufado y ni bien algo se desenchufa, pues de inmediato viene otro demandando electricidad. Hay muy poca oferta de enchufes en la casa para tanta demanda.
Repasemos: en el baño hay por lo menos planchita, buclera, afeitadoras en plural y no me hagan entrar en detalles, a ver si alguien se la cree que los únicos que las usamos somos nosotros...- secador, más otros enchufables específicos para el pelo, para las uñas y para masajear el occipucio: todo se enchufa. No me extrañaría que empiecen a comercializar jabones electrónicos. O sea que en el baño, ya, hay que agregar dos o tres enchufes más.
En la cocina, ni hablar. La abuela, que batía o amasaba a mano, ya no entiende toda esa proliferación de aparatos que “te hacen la vida más fácil” siempre que encuentres un puto enchufe (perdón, me voy cargando a medida que escribo...) para conectarte a la última tecnología. Anoto al paso: heladera, freezer, microondas, batidora, juguera, procesadora, licuadora (por ahí tienen funciones que se superponen, pero todo termina en un cable y un enchufe), tostadora, cafetera, molino para moler café, lavavajillas, amasadora, exprimidor de naranjas y la lista sigue al infinito. Por ahora te queda la mesada y el detergente nomás, sin electricidad. Pero la estamos estudiando.
En el living: televisor, video, reproductora, velador, aire acondicionado, equipo de música, jomziater (bueno, ya viene con fonética de barrio incluida, acepten y sigan), computadoraà
En los dormitorios, veladores, aires, teles (más teles), compus (otras), radios, relojes; más ciertos juguetes, más estufasà
Y nos quedan todos los aparatitos: dos o tres celulares que necesitan ser cargados regularmente, dos mp3 o el número de emepés que tengan, un gps, la cámara de fotos, la net o note book.¡ehh, viejo, paren un poco! Hace dos horas que espero que desocupen algún enchufe que está cargando algo impostergable para que yo pueda por fin cargar algo impostergable.
Y pensar, así se los digo mis chiquitos mientras me voy continua o alternadamente me voy yendo-, que nuestra casa se volvió un enorme enchufe, un aeropuerto electrónico donde aterrizan todos los aparatos que andan a las vueltas y que requieren enchufarse. Justo en el único sitio, nuestro hogar, que nos queda para desenchufarnos. Pues ahí mismo, te vamos a enchufar la felicidad, la paz y la tranquilidad, justamente.

Hay que levantarse

Hay gente que realmente sufre el hecho de tener que levantarse temprano, bañarse, cambiarse y salir a la calle a enfrentar estudios, trabajos, personas. Uno les ve el sufrimiento, por lo menos en ese primer momento. Vamos a ponerle pila, hermano, porque nos dormimos.
Yo no me encontré con mucha gente que, así, de una, rotunda y jolgoriosamente me diga que adora levantarse temprano. Por lo general, son más quienes militan en la escuadra contraria, los que aborrecen levantarse temprano -independientemente de que deben hacerlo- y lo manifiestan en su cara, en su parquedad, en su gesto hosco, que con suerte se irá suavizando o no con el correr de las horas...
Ana, por ejemplo, una mina de insobornable buena onda, positiva y prafrenchi (bueno, no me hagan aclarar, tómenlo así, porque si tengo que frenar cada dos palabras no levantamos más...) confesó con el alma en la mano que odia -y odiar es una palabra rotunda, importante, pesada- levantarse, siempre lo odió y siempre lo odiará, más allá de que el laburo y los hijos la conminan, sin amabilidad alguna y sin posibilidad de pataleo, a hacerlo. La vaga odia levantarse, así de sencillo.
Tengo el caso de Fabián, a quien cruzo todas las mañanas. Me mira y me saluda, sin concesiones. En su cara está reflejado indisimulablemente el drama existencial de la vida. No sólo debe levantarse, sino que debe enfrentar este mundo de miércoles, parece decir esa cara. Y yo siento unas ganas solidarias de abrazarlo en silencio y darle un mínimo consuelo, un calor y una protección que evidentemente ese tipo dejó “para siempre” cuando se despegó de las sábanas. Cuando alguna vez le comenté sobre la impresión que me daba esa cara doliente suya de la primera mañana, él me dijo con una sonrisa que “después se me pasa”.
Es decir: hay gente que sufre la mañana.
Después tenés una enorme mayoría -estoy en ese grupo- que puede tener una aprensión o un sufrimiento momentáneo cuando suena el despertador, un rezongo, un reniego, pero luego igualmente encara las cosas cotidianas y esa impostura que somos cuando salimos hacia los demás.
Y después tenés a los coyunturales, esto es, tipos y tipas que alguna vez a lo largo del año les pinta no querer levantarse, no tener ganas de hacerlo, a contrapelo de lo que hacen siempre.
Dicen que los humanos, animales al fin y al cabo, se acostumbran o se adaptan y con el correr de las horas, de los días y de los años van cambiando ese horror inicial de encarar temprano la jornada por una cara más amable y hasta con un posterior disfrute.
También sabemos de tipos que son esencialmente diurnos y que arrancan sin esfuerzo con la primera luz del día o antes y, como los animales y los pájaros, buscan el sueño reparador ni bien cae el sol. En el campo, en los pueblos, todavía se ve mucho esta cuestión. Tenés otros que son noctámbulos. La vida compleja y rica de matices que ofrece una ciudad, con atractivos a toda hora, corrió las horas de sueño y hay muchos que se manejan mejor (hay otros que no manejan mejor nunca; manejan peor) de noche. Esa gente ya ha organizado su vida para conocer las primeras horas del día sólo cuando están volviendo. Cuando la ciudad arranca ellos están de vuelta, literalmente.
Esta nota, como se ve, no tiene colofón ni calefón, no propone nada, no da ninguna receta. Se atiene a describir, nomás, jodidamente, que por lo menos Ana y Fabián, y ocasionalmente o secretamente vos y yo, odiamos levantarnos temprano, odiamos enfrentar el día, la gente, las obligaciones, la compostura, la vestimenta y el maquillaje con que enfrentamos a los otros y todo lo demás...
Tipos que son más maduros que los que naturalmente se levantan con ánimo positivo. Porque en este caso implica un esfuerzo, realmente, para sobreponerse al desgarro inicial de dejar de ser profunda y esencialmente uno para ser progresivamente otro en los otros y de los otros. Quiero decirte, querido Nestitor, que más vale que te levantes de una vez y dejes de escribir pavadas porque allá afuera te espera un montón de gente y actividades que no tienen por qué aguantar tu reverenda cara inicial de culo. Te lo dije.

A la hora señalada

Cuanto más frío hace, cuanto más metido en el maldito medio del año estamos, cuando llueve, llovizna o cuando se nos ocurra, enfrentamos este dilema esencial: ¿me levanto o no me levanto? ¿Voy o no voy a laburar?

Todos pasamos alguna vez en la vida (y a mí me gusta dominar los temas sobre los que escribo, por lo que ensayé mucho esta cuestión...) por ese dilema acusante y acuciante: levantarse o no a la mañana.
Tenés los cancheros que pueden decidir muy sueltos de cuerpo “no ir mañana a trabajar y no pedirle a nadie excusas”, pero en general el resto de los mortales debemos dar explicaciones, por lo menos a uno mismo.
Hay gente corajuda o suicida que salta de la cama con el primer ring del despertador. No me cuenten en ese rubro. Soy de los que se van levantando, no de los que se levantan...
Los celulares, que tienen también la función de despertador, tienen, muchos de ellos, la canchera posibilidad del “sueñecito”: un sobredespertador cinco o diez o ¡veinte! minutos después del primer ignorado timbrazo.
Y cuentan además con la posibilidad de que no te despiertes con el sonido odioso y neutro del tradicional despertador, o el recontra odioso -cuchilladas y sonidos del tipo “Psicosis”- pipipip de los electrónicos. También podés despertaste con la radio reloj en un programa determinado que sutilmente, día a día, se irá convirtiendo en tu enemigo. Y con los celulares, podés elegir un ring (y la asociación con el boxeo es inmediata: vos querés pegarle a alguien) tone a tu medida o tu gusto y lo vas odiando progresivamente. Otros, ilusos, ponen un tema musical de su intérprete favorito, con la idea de que una música amable sirva de transición entre el calor de las sábanas y el frío exterior. En breve, no podrán escuchar nunca más a ese cretino que te invita con voz melosa a que te levantes de una vez y dejes de dar vueltas.
Con la manipulación del reloj o del mecanismo tecnológico que lo supla, se abre un período de (in)feliz elucubración que aumentará las desdichas por dos motivos, por lo menos:
1) Porque no iremos a trabajar o lo haremos tarde, culposamente y mal.
2) No vamos a dormir más un soto (me prohibieron que escriba a cada rato carajo, carajo) por culpa del montón de despertadores internos que nos hacen estar sí, bajo las frazadas, pero desvelados para siempre.
Es que en un segundo (dicen que ante la muerte desfilan ante uno con igual lucidez toda muestra vida) somos expertos analizadores de todas las variables posibles respecto de nuestro faltazo, los pros y los contras de esa decisión, sus consecuencias, sus derivaciones, sus variantes.
Allí discutimos con nosotros mismos y pensamos del mismo que lo haría un asesino que quiere evitar una condena. Ya cometiste el delito (no voy nada a trabajar), así que empezás a trabajar de lleno en la coartada.
Debés detectar algún malestar consistente, comunicarlo en el trabajo con voz de ultratumba, pensar cuál médico -amigo o no- es capaz de certificar que tenés escorbuto o monotributo o lo que dijiste que tenías, luego tenés un estado insoportable de alerta ante la posibilidad de que venga un médico enviado de la empresa (y sopesás la idea de quedarte todo el día clavado allí ante la hipotética visita) y también maquinás que debés ir al día siguiente con un certificado (y por ende tenés que certificar, estampillar y otros ar que nos piden en nuestra ar: Argentina, ART, artículo tanto, artimaña, artista, artilugio y punto con, punto ar) y después te despertás nuevamente si es que te dormiste para apagar el celular que suena.
Y luego te levantás para desconectar el teléfono general porque te llaman para venderte un seguro o un plan de teléfonos o internet o algo y luego tocan el timbre para otro algo y al final te pasaste la mañana yendo y viniendo desde tu conciencia a tus ganas, desde la cama al living, desde el accionar delictivo a la responsabilidad. Te queda una sensación de agobio y un cansancio mental y físico que descubrís, tardíamente, que te convenía ir nomás al laburo. Y corto acá y sigo dentro de cinco minutos, cinco minutitos más, porfi.

Sobre los moños

El último día del niño, con la profusión de regalos, me llamó la atención la cuestión de los moños. Siempre, siempre, en mi vida me dediqué largamente a meditar sobre cuestiones profundas y así salió este artículo. Va con moño y todo.

Ahora hasta un jaboncito de morondanga viene con un paquete primoroso y un moño digno de mejores causas. A cualquier cosa le estampan moños. Y eso sucede si el envoltorio y el regalo son importantes y en consecuencia se viene un moñazo grandilocuente- o, a veces con más razón, para sugerir una prestancia que el objeto realmente no tiene, si es pequeño y más bien berretón...
Antes, ponerle un moño a algo era un arte, una ciencia, una cosa para iniciados. Un moño era cosa seria. Traía ya la prensa incorporada de la elegancia en el vestir, pues el moño era como el toque especial para encuentros igualmente especiales. “Con moño y todo” aludía así a alguien que venía emperifollado para deslumbrar, el que se había puesto todo lo que tenía. No sólo un traje: moño y “todo”.
Por extensión, un regalo con moño, hacía referencia a algo más que la grosera pero honesta envoltura casera de la Tía Cata, que para tu cumple te regalaba algo como correspondía, pero dadas la cercanía y familiaridad, no hacía falta tanta pompa. Era el regalo de la tía y no necesitaba embajadores ni edecanes que lo anunciaran con bombos, platillos o moños.
Pero los moños comenzaron a aparecer y les decía que era todo un arte. En el barrio o en un pueblo, uno se inclinaba por tal o cual regalaría o juguetería solamente porque la dependiente o el dueño “hacían lindos moños” y ese, ante el mismo objeto y el mismo precio, era un valor agregado.
Esa persona tenía cintas de distinto grosor y colores y luego de envolver el regalo otra ciencia-, con cierta ceremonia, sabiéndose observado y admirado, armaba el moño y luego con una tijera lograba rizar algunas hebras. El resultado era un moño bello y armonioso, un objeto de arte, un llamativo presente que le daba importancia al otro presente. Pero eso es pasado...
Era absolutamente probable, además, que en tu casa alguien guardara prolijamente esos moños ocasionales, de manera de contar con alguno para hacer los regalos o para resolver con prestancia, algún compromiso de apuro.
Con el tiempo, vinieron unos moñitos ya armados y los comerciantes empezaron a ponerle moños a todo.
A alguien se le ocurrió la brillante idea de hacer un dispositivo que, tirando con suavidad de él, te arma el moño que quieras. Un genio, el vago, y no sé por qué no es tan conocido como el inventor de la birome o el colectivo.
Allí se terminaron los empleados chambones, los moños defectuosos, los envoltorios chingados. De una, el moño estaba armado, perfecto, y entonces nos llenamos de moños.
Es jodido tener una casa llena de moños.
Vos vas a comprar un arito, bolsita con moño; comprás un vino, vino con moño; comprás una bolsa de carbón machaza y áspera, y viene con moño. Qué vamos a hacer, mecachis, con tantos moños. Lejos de guardarlos, ahora se tiran en la medida en que van llegando a tu casa, como si se tratara de inmigrantes que arriban a las costas europeas, disculpen la metáfora.
Y eso es más o menos lo que quería contarles: cómo hemos visto en un puñado de años evolucionar un objeto extraordinario el moño- en otro totalmente ordinario. Continuaré indagando en las profundidades insondables de estos fenómenos que nos abisman y nos abruman. Ya está; me voy. Hora de ponerle el moño. Y a otra cosa, porque estoy de regalo.

TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.

Si hay pedidos sigo subiendo mas.
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