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El Sistema Solar de acuerdo al Cuarto Camino



Tal como lo concibe el hombre, el Sistema Solar consta de una gran esfera radiante, alrededor de la cual, a intervalos armónicamente crecientes, como las ondas formadas por una piedra lanzada al agua, se encuentran las órbitas por las que giran otras esferas más pequeñas y que no son radiantes. Como la piedra al chocar con el agua, esta esfera radiante central o Sol, parece ser la fuente de energía por la que se crea todo el fenómeno. Con un diámetro que quizá es un diez milésimo del de su sistema entero, está así casi exactamente en la misma relación con su vasto campo de influencia, que el huevo humano con el cuerpo que crecerá a sus expensas. Y puesto que en ambos casos lo menor da origen a lo mayor, la concentración o intensidad de energía, debe ser de un orden análogo.

Como anotamos, las órbitas concéntricas de las esferas dependientes, o planetas, están relacionadas armónicamente de acuerdo a una ley llamada de Bode. Tomando el desarrollo geométrico 0, 3, 6, 12, 24, 48, 96, 192 y agregando 4 a cada número, logramos una serie que representa más o menos las distancias entre las órbitas planetarias y el Sol.

Los planetas varían de tamaño entre sí – creciendo en general desde el más pequeño, Mercurio, que está más cerca del centro, hasta el mayor, Júpiter, a mitad de la distancia entre el centro y la circunferencia; y, luego, disminuyendo otra vez hasta el planeta más exterior conocido (Plutón), que es algo mayor que Mercurio.

Mientras más remotos los planetas, son más lentas sus velocidades aparentes, que disminuyen desde los 50 kilómetros por segundo de Mercurio, hasta los 5 de Neptuno. Esto, otra vez, es una característica de la mengua de los impulsos enviados desde una fuente central, cuando se adentran cada vez más profundamente en la distancia. Ofrece un mo delo muy bueno del proceso la rueda “Catalina” de cohetes, de la que se desprenden luces que se curvan hacia atrás, alejándose de la dirección del cohete; es decir, que pierden tanto más velocidad orbital, cuanto más lejos son proyectadas esas luces.

En la rueda catalina de cohetes, las luces se proyectan originalmente fuera del centro. La mayoría de las teorías convienen que, en la misma forma, los planetas nacieron o se desprendieron alguna vez del cuerpo mismo del Sol, hijos quizá de la tensión creada por el paso cercano de otra estrella. En el relámpago infinitesimal de tiempo solar que abarca todo el período conocido de estudio de los cielos por el hombre, no hay traza de que se haya manifestado un movimiento centrífugo de los planetas. Pero esto no es de sorprender. Porque si el origen de los planetas tuvo lugar hace varios miles de millones de años, como se ha sugerido, un movimiento hacia afuera sería sólo de dos o tres kilómetros por siglo.

Sólo podemos decir que la estructura total del Sistema Solar –como la de las nebulosas espirales– sugiere tal expansión desde el centro. Esto no solamente implica el alejamiento de los planetas sino, también, el crecimiento y expansión del mismo Sol. Sólo un Sol más caliente y mayor, esto es, uno cuya materia se hubiera elevado a una incandescencia y rarefacción mucho mayores que las del nuestro, podría sostener y vivificar a sus satélites a una mayor distancia. En un gigante como es Antares, un millón de veces más rarificado que nuestro Sol y cuyo radiante diámetro abrazaría toda la órbita de la Tierra, podemos apreciar el trazo de un sistema más viejo y más desarrollado. Porque, ahí la vida y el calor centrales no ocupan un punto astronómico particular„ sino que ya han crecido hasta envolver a la mayor parte de su dominio. Es la diferencia que existe entre la conciencia humana confinada a un solo órgano, por una parte, y esta misma conciencia cuando satura a todo el cuerpo y a todas las funciones de un hombre. Reconocemos como más desarrollada a esta última.

Si el movimiento hacia afuera del Sistema Solar es imperceptible para el hombre, por razón de su patrón de tiempo, su movimiento circular –resulta claro y calculable. El eje del sistema, es decir, el mismo Sol, hace su rotación en algo menos de un mes. Para cuando ha alcanzado la órbita de Mercurio, la velocidad del impulso circular se ha reducido a tres meses; cuando alcanza a la de Venus, a ocho meses; a la de la Tierra, a doce meses, y así en proporción decreciente hasta que, en la órbita de Neptuno, emplea nada menos que 164 años para completar una revolución. La tercera ley de Kepler es la expresión formal de esta merma.

Lo que de hecho estamos tratando de describir en esta forma complicada es, simplemente, la relación entre espacio y tiempo. Tratamos de describir los cambios acarreados sobre una sección que gradualmente se mueve a lo largo de la tercera dimensión o longitud de un cuerpo mayor, el Sistema Solar. Así como lo haría una célula en la corriente sanguínea que, viendo sólo una sección del cuerpo humano, intenta analizar los movimientos aparentes de las secciones de arterias y nervios, cuyas diferentes velocidades dependerían del ángulo en el cual atravesaran su plano.

Como dijimos al principio, todas estas descripciones se refieren al Sistema Solar “como es concebido por el hombre”. ¿Cómo podemos imaginar no sólo la sección, sino el cuerpo entero del Sistema Solar? Ahora bien, la unidad y la figura de un cuerpo humano existe en la dimensión superior, en relación a la del presente de la célula, donde lo que queda como pasado y futuro coexiste como un solo ser humano. En la misma forma, la unidad del Sistema Solar, el plano o modelo de su cuerpo, debe existir en la siguiente dimensión, más allá del Universo presente del hombre. Nuestro problema, entonces, es intentar: visualizar el pasado y futuro del Sistema Solar como algo coexistente y sólido. Tenemos que imaginar al Sistema Solar como si se viera a sí mismo; tal como para comprender la unidad y figura de un hombre la célula debe imaginar cómo el hombre se vería a sí mismo o cómo lo ven otros hombres.

Hemos calculado que “el momento de percepción” del Sol es de 80 años. Cuando consideramos nuestra acostumbrada visión seccionel de él, pensamos en las ondas que hace cruzar por la superficie de un estanque el lanzamiento de una piedra. Ahora debemos meditar sobre la piedra cuando se hunde en toda la profundidad del estanque, y en las correspondientes ondas que se mueven hacia afuera, atravesando el cuerpo sólido del agua. O, mejor aún, debemos visualizar nuestra rueda catalina de cohetes, no sólo despidiendo luces, sino proyectada al mismo tiempo hacia adelante con suficiente rapidez para que percibamos de un vistazo, una banda entera de fuego.

¿Cuál sería, antes que nada, la proporción de este vórtice de fuego en que se ha convertido nuestro modelo?

Los astrónomos, calculando la diferencia entre la velocidad medía a que parecen aproximársenos las constelaciones directamente arriba de la eclíptica, y la velocidad media de la de aquellas directamente abajo que parecen estar retrocediendo, estiman que todo el Sistema Solar se dirige hacia Vega, a cerca de 20 kilómetros por segundo. El hecho es que, en 80 años, dejando tras sí el Sol toda la radiación de su sistema, avanza en el espacio aproximadamente 50,000 millones de kilómetros. El diámetro de la órbita de Neptuno es de alrededor de 10,000 millones de kilómetros. De modo que la esfera de radiación, la banda de fuego o el ‘cuerpo largo’ de nuestro Sistema Solar, en 80 años es una figura como cinco veces más larga que ancha, o proporcionada como el cuerpo humano parado. Esta es la silueta de nuestro cuerpo solar.

Recordemos que el “momento de percepción” de un ser comparable que mire hacia el Sistema Solar, es de 80 años. Aparecerá entonces ante este ser, una figura extraordinariamente compleja y bella. Los trazos planetarios convertidos en múltiples espirales de varias tensiones y diámetros, se han vuelto ahora una serie de cubiertas iridiscentes que opacan al filamento largo, blanco y caliente del Sol, cada una cintilando con color y brillo propios y característicos; el conjunto combinado en una como red de tela de araña, tejida con las trayectorias excéntrica, de innumerables asteroides y cometas, resplandeciendo con alientos de vida cálida y retintinando con una música increíblemente sutil y armoniosa.

Esta no es una figura de fantasía en ninguno de sus aspectos. El ancho de las órbitas de los planetas determinará el tamaño de cada estría envolvente; el diámetro del planeta, la bastedad o la finura del hilo de que está tejida; la curvatura relativa del planeta, su índice de refracción o color; el número y distancia de sus lunas, la variable textura como de seda, lana o algodón; la densidad y grado de atmósfera, la brillantez o luminiscencia; en tanto que las velocidades de la rotación planetaria harán que la totalidad de las estrías despidan una emanación magnética o viviente.

Ciertamente que ninguna analogía material puede sugerir la multiplicidad de manifestaciones e impresiones que penosa y aisladamente podemos calcular, pero que podrían ser ahí simultáneamente aparentes. Porque sabemos que por sobre nuestro nivel, cuando una multiplicidad semejante de impresiones se producen al mismo tiempo, nos enfrentamos a un fenómeno que desafía cada uno de nuestros esfuerzos hacia el exacto análisis; es decir, el fenómeno de la vida. Y aquel que continúa durante suficiente tiempo el desarrollo de esta disciplina en exacta analogía, no puede escapar a la conclusión de que ahí, en un mundo donde el “momento de percepción” es de 80 años, el Sistema Solar es, en alguna forma incomprensible para nosotros, un cuerpo viviente.

Considerando el increíble realzamiento y significación que se agregan aún al fenómeno más simple y burdo de tamaño y curvatura, cuando es trasladado a esa escala de tiempo, nos encontramos totalmente incapacitados para imaginar la posible apariencia de ese Sol tetradimensional, cuando aún el tridimensional que percibimos nos ciega con su brillantez. Y podemos suponer que representaría en alguna forma la fuerza vital más íntima de ese ser solar, tan incomprensible aún para un observador colocado en la misma escala, como incomprensible es la esencia de un hombre para otro.

Hablamos de otros sistemas, como aquel de Antares, en los cuales la radiación solar central ha abarcado ya un volumen mucho mayor del que ocupa nuestro sol. Y hablamos de la conclusión inevitable, desde la idea de un sistema solar en expansión, que nuestro Sol debe estar haciéndose cada vez más caliente, luminoso y radiante.

De hecho, esta diferencia en el grado de radiantez de su sol central puede ser la principal distinción entre el millón de sistemas solares que componen la Vía Láctea. Todos estos sistemas, para ser capaces de desarrollo, deben incluir el complemento total de elementos y de planetas, exactamente como todos los hombres, para ser capaces de desarrollar, deben incluir la totalidad del complemento de órganos y funciones. El solo factor que continúa variable es, en un caso, la intensidad y penetración de su luz central; y, en el otro, la intensidad y penetración de la conciencia central.

Todos los hombres son semejantes en diseño y constitución; de igual modo es muy probablemente lo mismo con todos los soles. Lo que distingue a los hombres es su grado de conciencia; lo que distingue a los soles es su grado de radiantez.

En verdad, cuanto más estudiamos la cuestión tanto más claramente emerge que luz y conciencia obedecen exactamente las mismas leyes, creciendo o menguando exactamente en la misma forma. Aún podemos decir que son aquéllas el mismo fenómeno, visto en escalas diferentes.

Este, ciertamente, es el solo factor variable en el universo, el solo factor que puede cambiar en respuesta al trabajo individual, al esfuerzo y comprensión del cosmos individual. En lo que respecta a su constitución ni el hombre ni el Sol pueden hacer nada, porque cada ser está conformado como es, por el modelo del universo, que asegura que cada uno recibirá en el principio cuanto le es necesario para su autodesarrollo. Pero este auto-desarrollo, es decir, la iluminación e irradiación graduales del cosmos individual por la luz o la conciencia auto-generada, depende totalmente del mismo ser individual. En esto debe hacer todo.

Más aún, el todo puede solamente hacerse más consciente si deviene más consciente la parte y la parte puede solamente hacerse más consciente si deviene más consciente el todo. Si repentinamente soy consciente de mi pie, éste, también, deviene consciente de sí mismo y comienza a registrar toda clase de sensaciones y movimientos nuevos, de los que ni él ni yo nos percatamos antes. Si una sola célula de mi cuerpo se galvaniza en estado de alerta por alguna amenaza terrible en su escala Propia, yo también devengo consciente del dolor. Del mismo modo, la radiación creciente del Sol debe conectarse con una absorción y transformación creciente de la luz por los planetas; esto es, también, por su gradual adquisición de radiantez.

Para que un hombre sea plenamente consciente, todas sus partes deben hacerse plenamente conscientes. Para que un sol se haga plenamente radiante, todos sus planetas deben hacerse radiantes. Para que el Absoluto se recuerde a sí mismo, todos los seres deberán recordarse a sí mismos.

A aquellos que preguntan ¿Cuál es el propósito del Universo? podemos responderles, así, que la tarea del Universo y de todo ser en él contenido, del Sol a la célula, es hacerse más consciente.

Tomado del Libro: El desarrollo de la Luz
de Collin Rodney
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