InicioApuntes Y MonografiasAníbal Barca (parte 1).

Aníbal Barca, conocido generalmente como Aníbal o Hanibal, nacido en 247 a. C. en Cartago (al norte de Túnez) y fallecido en 183 a.c en Bitinia (cerca de Bursa, en Turquía), fue un general y estadista cartaginés considerado por muchos como uno de los más grandes estrategas militares de la historia.

Su vida transcurrió en el conflictivo período en el que Roma estableció su supremacía en la cuenca mediterránea, en detrimento de otras potencias como la propia República Cartaginesa, Macedonia, Siracusa y el Imperio Seléucida. Fue uno de los generales más activos de la Segunda Guerra Púnica, en la que llevó a cabo una de las hazañas militares más audaces de la Antigüedad: Aníbal y su ejército, en el que se incluían elefantes de guerra, partieron de Hispania y atravesaron los Pirineos y los Alpes con el objetivo de conquistar el norte de Italia. Allí derrotó a los romanos en grandes batallas campales como la del lago Trasimeno o la de Cannas, que aún se estudia en academias militares en la actualidad. A pesar de su brillante movimiento, Aníbal no llegó a capturar Roma. Existen diversas opiniones entre los historiadores, que van desde carencias materiales de Aníbal en máquinas de asedio a consideraciones políticas que defienden que la intención de Aníbal no era tomar Roma, sino obligarla a rendirse.No obstante, Aníbal logró mantener un ejército en Italia durante más de una década, recibiendo escasos refuerzos. Tras la invasión de África por parte de Publio Cornelio Escipión el Africano, el Senado púnico le llamó de vuelta a Cartago, donde fue finalmente derrotado por Escipión en la Batalla de Zama.

El historiador militar Theodore Ayrault Dodge le llamó «padre de la estrategia».Fue admirado incluso por sus enemigos —Cornelio Nepote le bautizó como «el más grande de los generales», de hecho, su mayor enemigo, Roma, adaptó ciertos elementos de sus tácticas militares a su propio arsenal estratégico. Su legado militar le confirió una sólida reputación en el mundo moderno, y ha sido considerado como un gran estratega por grandes militares como Napoleón I o Arthur Wellesley, el duque de Wellington.

A mediados del siglo III a. C., la ciudad de Cartago, donde nació Aníbal, estaba fuertemente influida por la cultura helenística derivada de los vestigios del imperio de Alejandro Magno. Cartago ocupaba por entonces un lugar importante en los intercambios comerciales de la cuenca mediterránea, y en particular en los emporios de Sicilia, Sardinia y en las costas de Iberia y de África del Norte. La ciudad disponía igualmente de una importante flota de guerra que protegía sus rutas marítimas, que transportaban el oro procedente del Golfo de Guinea y el estaño procedente de las costas británicas.

La otra potencia mediterránea de la época era Roma, con la que Cartago entró en guerra durante veinte años en un conflicto conocido como la Primera Guerra Púnica, la primera guerra de gran envergadura de la que Roma salió victoriosa. Este enfrentamiento entre la República de Roma y Cartago estuvo provocado por un conflicto secundario en Siracusa, y se desarrolló por tierra y mar, en tres fases: combates en Sicilia (264-256 a. C.), combates en África (256-250 a. C.) y de nuevo en Sicilia (250-241 a. C.). Durante esta última fase, y sobre todo tras la guerra, nació la fama de Amílcar Barca, padre de Aníbal, que dirigía la guerra contra Roma desde el año 247 a. C. Tras la gran derrota naval en las Islas Egadas, al noroeste de Sicilia, los cartagineses se vieron obligados a firmar un tratado en la primavera de 241 a. C. con el cónsul Cayo Lutacio Cátulo. Entre los términos impuestos a Cartago por este tratado se hallaban la cesión de los territorios de Sicilia y Sardinia, y el desmantelamiento de su flota.

A finales de la Primera Guerra Púnica, a pesar de las precauciones adoptadas por Amílcar Barca, Cartago halló problemas a la hora de dispersar a sus regimientos armados de mercenarios, que no tardaron en asediar la ciudad y provocar un conflicto de la envergadura de una guerra civil. Este episodio histórico es conocido como la Guerra de los Mercenarios. Amílcar consiguió reprimir esta rebelión después de tres años, tras vencer a los rebeldes en el río Bagradas y de nuevo, con un gran derramamiento de sangre, en el desfiladero de «La Sierra» en 237 a. C. Por su parte, Roma había aprovechado la falta de oposición para tomar Sardinia, anteriormente en manos de los cartagineses. Para compensar esta pérdida, Amílcar marchó a Iberia, donde se apoderó de vastos territorios al sudeste del país. Durante una década, Amílcar dirigió la conquista del sur de Iberia, apoyado militar y logísticamente por su yerno Asdrúbal. Esta conquista restablecía la situación económica de Cartago, gracias a la explotación de las minas de plata y estaño.


Aníbal Barca era el hijo mayor del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica. Aunque «Barca» no era un apellido, sino un apelativo (de barqä, "rayo" en lengua púnica), fue adoptado como tal por sus hijos. Los historiadores designan a la familia de Amílcar con el nombre de Bárcidas, a fin de evitar la confusión con otras familias cartaginesas con los mismos nombres (Aníbal, Asdrúbal, Amílcar, Magón, etc).

Sobre la educación de Aníbal es poco lo recogido por los autores grecorromanos. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, la historia de Alejandro Magno y el arte de la guerra. Así adquirió el modo de razonamiento y de acción que los griegos llamaban «métis», fundado en la inteligencia y la astucia.

Después de haber incrementado su territorio, Amílcar enriqueció a su familia, y por extensión a Cartago. Al perseguir dicho objetivo, Amílcar se apoyó en la ciudad fenicia de Gadir (actual Cádiz, España), próxima al Estrecho de Gibraltar, y comenzó a someter a las tribus íberas. En aquel momento, Cartago se hallaba en tal estado de empobrecimiento que su marina era incapaz de transportar al ejército a Hispania. Amílcar se vio, pues, obligado a hacerlo marchar hacia las Columnas de Hércules a pie, para cruzar allí en barco el Estrecho de Gibraltar, entre lo que actualmente serían Marruecos y España.

El historiador romano Tito Livio menciona que cuando Aníbal fue a ver a su padre y le rogó que le permitiera acompañarle, éste aceptó con la condición de que jurara que durante toda su existencia nunca sería amigo de Roma. Otros historiadores refieren que

Aníbal declaró a su padre:
Juro que en cuanto la edad me lo permita [...] emplearé el fuego y el hierro para romper el destino de Roma.
Su aprendizaje táctico comenzó sobre el terreno, bajo la égida de su padre. Continuó aprendiendo de su cuñado, Asdrúbal el Bello, quien sucedió a Amílcar, muerto en el campo de batalla contra los rebeldes íberos en 229 a.C o en 230 a. C., momento en el que le nombra jefe de la caballería. En este dominio, Aníbal revela muy pronto su resistencia y su sangre fría, y su capacidad para hacerse apreciar y admirar por sus soldados. Asdrúbal persiguió una política de consolidación de los intereses ibéricos de Cartago. Para ello, casó a Aníbal con una princesa íbera de nombre Imilce, con la que tuvo un hijo. Sin embargo, esta alianza matrimonial es considerada improbable y no está atestiguada por todos. Por otra parte, Asdrúbal firmó en 226 a. C. un tratado con Roma por el que la Península Ibérica quedaba dividida en dos zonas de influencia. El río Ebro constituía la frontera: Cartago no debía expandirse más al norte de este río, en la misma medida que Roma no se extendería al sur del curso fluvial. En 221 a. C., Asdrúbal fundó la nueva capital, Qart Hadasht, hoy Cartagena, situada en lo que es actualmente la provincia de Murcia (al sureste de España). Pero, un poco más tarde, un esclavo galo, que acusó a Asdrúbal de haber asesinado a su amo, le asesinó a su vez en torno al año 221 a.C

Tras la muerte de Asdrúbal, Aníbal fue elegido por el ejército de Cartago estacionado en la Península Ibérica para que le sucediera en su condición de comandante en jefe. Posteriormente, Aníbal sería confirmado en el puesto por el gobierno cartaginés, a pesar de la oposición encabezada por Hannón (un rico aristócrata). En esta época Aníbal contaba con 25 años. Tito Livio da una pequeña descripción del joven general:

A partir de su llegada a España, Aníbal atrajo todas las miradas. «Es Amílcar en su juventud, que nos ha sido devuelto», se escribían los viejos soldados. «La misma energía en la cara, el mismo fuego en la mirada: aquí está su aspecto, aquí sus gestos».
Tras haber asumido el mando, Aníbal pasó dos años consolidando el poder cartaginés sobre las tierras hispánicas y terminando la conquista de los territorios situados al sur del Ebro. Excavaciones en curso (2008) en la ciudad de Valencia han hallado, entre otros restos, una empalizada, próxima a la margen izquierda del río Turia, que probablemente formaba parte de un campamento militar, acantonamiento de Aníbal en su avance hacia Sagunto.

Por su parte, Roma, temiendo la creciente presencia de los cartagineses en Hispania, concluyó una alianza con la ciudad de Sagunto, situada a una distancia considerable del Ebro por la parte sur, en el territorio que los romanos habían reconocido como dentro de la zona de influencia cartaginesa, y declaró a la ciudad como un protectorado. Este movimiento político generó tensiones entre las dos potencias: mientras que los romanos argumentaban que según el tratado firmado en el año 241 a. C., los cartagineses no podían atacar a un aliado de Roma, los púnicos se amparaban en la cláusula del documento que reconocía la soberanía cartaginesa sobre los territorios hispanos situados al sur del Ebro. Aníbal decidió rodear Sagunto, y sitiar la ciudad, que capituló en 219 a. C., probablemente en el mes de noviembre, tras ocho meses de asedio. Roma reaccionó ante lo que consideraba una flagrante violación del tratado y reclamó justicia al gobierno cartaginés. Debido a la gran popularidad de Aníbal y al riesgo de perder prestigio en Hispania, el gobierno oligárquico de Cartago rechazó las peticiones romanas y declaró la guerra que el general había soñado, la Segunda Guerra Púnica, a finales de año.

Después de que los cartagineses asediaran y destruyeran Sagunto, los romanos decidieron contraatacar en dos frentes: África del Norte e Hispania, partiendo desde Sicilia, isla que les sirvió de base de operaciones. No obstante, Aníbal trastocó los planes de los romanos con una estrategia inesperada: quería llevar la guerra al corazón de Italia, marchando rápidamente a través de Hispania y del sur de la Galia. Consciente de que su flota era muy inferior a la de los romanos, Aníbal decidió no atacar por mar, sino que eligió una ruta terrestre mucho más dura y larga pero más interesante tácticamente, pues le permitió reclutar a muchos soldados mercenarios o aliados procedentes de los pueblos celtas dispuestos a combatir a los romanos. Antes de su partida, Aníbal distribuyó hábilmente sus efectivos y envió a África del Norte varios contingentes de íberos, mientras que ordenó a los soldados libio-fenicios que garantizaran la seguridad de las posesiones de Cartago en Hispania.

Aníbal no partió de Cartagena hasta finales de la primavera de 218 a.C. El general puso en marcha al ejército y envió representantes para negociar su paso a través de los Pirineos y trabar alianzas con los pueblos que se asentaban a lo largo de su trayecto. Según Tito Livio, Aníbal atravesó el Ebro con 90.000 infantes y 12.000 caballeros, y dejó un destacamento de 10.000 infantes y 1.000 caballeros para que defendieran Hispania, a los que se sumaron 11.000 iberos que se mostraron reticentes a abandonar su territorio. Tras su paso por los Pirineos, disponía de 70.000 infantes y 10.000 caballeros. Según otras fuentes, Aníbal llegó a la Galia a la cabeza de 40.000 infantes y 12.000 caballeros. Es complicado establecer la aproximación de sus efectivos reales. Ciertas estimaciones creen que lideraba una fuerza de 80.000 hombres. A su llegada a Italia, parece que estaba a la cabeza, según las fuentes, de entre 20.000 y 50.000 infantes y de entre 6.000 y 9.000 jinetes. Por otro lado, en varias ocasiones, o como mínimo, al principio de la guerra, Cartago envió refuerzos a Aníbal. Además, a su ejército se sumaron muchos soldados procedentes de tribus. Cerca de 40.000 galos se unieron al ejército cartaginés durante la guerra.

En su ejército, Aníbal contaba con un poderoso contingente de elefantes de guerra, animales que representaban un importante papel en los ejércitos de la época y que los romanos conocían bien por haberse enfrentado a ellos cuando formaban parte de las tropas del rey de Epiro, Pirro I. En realidad, los 37 elefantes de Aníbal son una cifra insignificante comparada con los ejércitos de la época helenística. De hecho, la mayoría murieron durante el viaje a través de los Alpes o víctimas de la humedad de las marismas etruscas. La única bestia que sobrevivió fue empleada como montura por el propio Aníbal. En efecto, Aníbal perdió su ojo derecho durante una batalla menor y utilizó este medio de transporte para no entrar en contacto con el agua. Según otros historiadores, Aníbal sufrió una oftalmía que le dejó tuerto.

Aníbal penetró en la Galia evitando cuidadosamente atacar las ciudades griegas erigidas en lo que hoy es Cataluña. Se piensa que, tras franquear los Pirineos a través del Puerto de Perthus y establecer su campamento cerca de la ciudad de Illibéris —la actual Elne, próxima a Perpiñán—, siguió avanzando sin problemas hasta llegar al Ródano, donde apareció en septiembre antes de que los romanos pudieran impedirle el paso a la cabeza de 38.000 infantes, 8.000 caballeros y 37 elefantes de guerra.
general

Tras evitar las poblaciones locales, que trataron de detener su avance, Aníbal se vio obligado a escapar de una compañía romana que venía desde la costa mediterránea remontando el Valle del Ródano. El hecho de que los romanos vinieran de conquistar la Galia Cisalpina dio esperanzas a Aníbal de que sería capaz de encontrar aliados entre los galos del norte de Italia.

El itinerario emprendido por Aníbal ha sido objeto de diversas polémicas. En octubre de 218 a. C., los Alpes podían ser franqueados por el puerto del Pequeño San Bernardo, por el de Mont-Cenis o también por el de Montgenèvre. Ciertos autores defienden que Aníbal atravesó el Puerto de Clapier o, más al sur, el Puerto de Larche.

Los datos facilitados por Polibio y Tito Livio son muy imprecisos. Además, no existen restos arqueológicos que proporcionen alguna prueba irrefutable de la ruta de Aníbal. Todas las hipótesis formuladas por expertos y también por autores de gran imaginación, están basadas en los textos de Polibio y Tito Livio.

Una de las opiniones más aceptadas es la que localiza el puerto de montaña que franqueó Aníbal junto a la Llanura Padana. Sin duda, Aníbal alentaría a sus hambrientos y desmoralizados soldados con la perspectiva de encontrarse pronto con el Po. En los Alpes Septentrionales, Montgenèvre y Gran San Bernardo, sólo el Puerto de Savine-Coche y el Puerto de Larche avalan esta opinión. No obstante, los partidarios del paso por el puerto del Pequeño San Bernardo cuestionan el sentido de este pasaje de Polibio:

Los soldados, consternados por el recuerdo del dolor que habían sufrido, y sin saber a qué deberían enfrentarse cuando siguieran avanzando, parecieron perder el coraje. Aníbal les reunió, y, como desde la cima de los Alpes, que parecían ser la entrada a la ciudadela de Italia, se divisaban las vastas llanuras que regaba el Po con sus aguas, Aníbal se sirvió de este bello espectáculo, único recurso que le quedaba, para quitar el miedo a los soldados. Al mismo tiempo, les señaló con el dedo el punto donde estaba situada Roma, y les recordó que gozaban de la buena voluntad de los pueblos que habitaban el país que tenían ante sus ojos.

Este episodio ha sido representado en numerosos cuadros y dibujos, uno de ellos de Francisco de Goya. Los partidarios del Pequeño San Bernardo afirman que las nieblas que se elevan a menudo en la llanura del Po impiden verla. Sin embargo, esta planicie ha sido vista y fotografiada numerosas veces. Figura un ejemplo en el sitio de Patrick Hunt, profesor de arqueología de la Universidad de Stanford, consagrado a la búsqueda del puerto por el que Aníbal habría pasado a Italia. Considera que el puerto de Clapier es el único que concuerda perfectamente con los textos antiguos. Polibio proporciona otro dato muy importante:


Aníbal llegó a Italia con el ejército citado antes, acampó a los pies de los Alpes, para que descansaran sus tropas [...] procuró, en primer lugar, contratar a los pueblos del territorio de Turín, pueblos situados al pie de los Alpes.
En los Alpes Septentrionales, sólo el puerto de Clapier satisfaría estas dos condiciones: vista sobre la planicie del Po y de la población de los turineses. Desde que el coronel Perrin lo afirmó en 1883, numerosos autores se sumaron a esta tesis. La única excepción notable es la tesis de Sir Gavin de Beer (publicada en 1955), la cual propone el puerto de la Traversette en los Alpes meridionales, cerca del Monte Viso (Alpes Cocios). La ruta no atravesaba el territorio de los alóbroges y su hipótesis ha sido discutida con vehemencia, pero es aceptada en Inglaterra.

Por último, hay que decir que era habitual en los historiadores antiguos imaginar discursos verosímiles atribuidos a los personajes históricos, por lo que no hay ninguna razón para creer en la absoluta autenticidad de esta escena, y en el gesto de orador que la acompaña. Ya que es posible que el episodio relatado sea una «amable» imagen de Épinal, la comparación de los diversos caminos factibles no puede conducir a una conclusión definitiva.

Según las fuentes, Aníbal perdió, en esta travesía, entre 3.000 y 20.000 hombres. Los pocos supervivientes que llegaron a Italia estaban hambrientos y muertos de frío.

Fuera cual fuese el paso elegido, la travesía de los Alpes ha sido la opción táctica más destacada en la Antigüedad. Aníbal logró atravesar las montañas a pesar de los obstáculos que planteaban el clima, el terreno, los ataques de las poblaciones locales, y la dificultad de dirigir a un ejército compuesto por soldados de distintas etnias y que hablaban en diversas lenguas.

Tras haber cruzado los Alpes y logrado alcanzar la región de Turín con las tropas ya muy diezmadas, Aníbal y su ejército combatieron duramente con las primeras tropas romanas con las que se enfrentaron en el Tesino y en el Trebia, río localizado en el norte de Italia. La batalla del Ticino, una simple escaramuza entre la caballería romana liderada por el cónsul Publio Cornelio Escipión y la caballería cartaginesa, puso de manifiesto por primera vez en batalla las cualidades militares de Aníbal. El general cartaginés empleó a sus mejores jinetes númidas, aprovechando la mínima ventaja sobre el terreno y culminando una maniobra que tenía como objetivo rodear a las fuerzas romanas. La batalla del Trebia, acaecida en diciembre de 218 a. C., convenció a los galos a unirse a Aníbal contra sus recientes conquistadores.


La difícil marcha de Aníbal le condujo a territorio romano y a oponerse a las tentativas de sus enemigos de resolver el conflicto en territorio extranjero. Su repentina aparición después de la travesía de la Galia y del Valle del Po le permitió romper la reciente alianza de las tribus locales con Roma, antes de que ésta pudiera reaccionar contra la rebelión.

Publio Cornelio Escipión, cónsul que dirigía las fuerzas romanas destinadas a interceptar a Aníbal, no esperaba que el general cartaginés intentara cruzar los Alpes. Los romanos estaban preparándose para enfrentarse a él en la Península Ibérica. Como Escipión disponía de un reducido destacamento posicionado en la Galia, intentó interceptarlo. Las decisiones y movimientos rápidos le permitieron transportar su ejército por mar y llegar a tiempo para alcanzar a Aníbal.

Cuando las fuerzas de Aníbal estaban atravesando el Valle del Po, se encontraron abocadas a una confrontación secundaria: la Batalla del Ticino. En ese momento, Aníbal obligó a los romanos a evacuar la llanura de Lombardía, gracias a la superioridad de su caballería. Aunque no constituía más que una victoria menor, incitó a los galos y a los ligures a unirse a los cartagineses, lo que aumentó el tamaño del ejército a 40.000 hombres, de los cuales 14.000 eran galos. Publio Cornelio Escipión fue gravemente herido y se retiró más allá del río Trebia para establecer un campamento en Piacenza, en Emilia-Romaña y salvaguardar de este modo su ejército. El otro ejército consular fue enviado con urgencia al Valle del Po. Antes de que la noticia de la derrota del Ticino llegara a Roma, el Senado ordenó al cónsul Tiberio Sempronio Longo traer sus tropas de Sicilia, para reunirse con Escipión y enfrentarse a Aníbal.

Este último, gracias a sus hábiles maniobras, estaba en posición de contrarrestar a Sempronio, pues controlaba la carretera que iba de Plaisance a Arminum, que el cónsul debía seguir si quería unirse a Escipión. Aprovechando el momento de inercia, Aníbal tomó Clastidium, actual Casteggio, en Lombardía —donde halló grandes cantidades de suministros para sus hombres. No obstante, la victoria de Aníbal no fue completa, pues, aprovechando la distracción del cartaginés, Sempronio avanzó y logró unirse a Escipión en su campamento, ubicado junto al río Trebia, cerca de Plaisance. En diciembre de 218 a. C., Aníbal tuvo una nueva ocasión de mostrar su capacidad militar durante la Batalla del Trebia. Tras haber eliminado la resistencia que ejercía la infantería romana, Aníbal tendió una emboscada a los flancos enemigos, destrozando el ejército romano.

Tras las victorias del Ticino y del Trebia, los cartagineses se retiraron a Bolonia, para después continuar su marcha sobre Roma. Después de haber asegurado su posición en el Norte de Italia gracias a sus victorias, Aníbal trasladó sus cuarteles de invierno al territorio de los galos, cuyo apoyo parecía estar disminuyendo. En la primavera de 217 a. C., el general cartaginés decidió establecer una base de operaciones más segura, situada al sur. Pensando que Aníbal estaba decidido a seguir avanzando sobre Roma, Cneo Servilio Gémino y Cayo Flaminio Nepote, los nuevos cónsules, movilizaron a sus ejércitos a fin de bloquear las rutas del este y del oeste, las cuales eran susceptibles de ser tomadas por Aníbal para marchar sobre Roma. La otra ruta que atravesaba Italia central se encontraba en la desembocadura del Arno. Este itinerario pasaba por una gran marisma que estaba sumergida más de lo habitual en ese período del año y, aunque Aníbal sabía que esta ruta era la más complicada, también era consciente de que constituía la vía más segura y más rápida hacia el centro de Italia. Como el historiador Polibio indica, los hombres de Aníbal marcharon cuatro días y tres noches sobre «una ruta que estaba bajo las aguas» y sufrieron una terrible fatiga acusada además por la falta de sueño.

El general atravesó los Apeninos y el Arno, presuntamente invadeable, sin oposición. No obstante, en los pantanos que comprendían las llanuras, Aníbal perdió gran parte de sus fuerzas y, al parecer, a sus últimos elefantes. A su llegada a Etruria (la actual Toscana), Aníbal decidió atraer al ejército principal romano, comandado por Flaminino, a una batalla campal, devastando ante sus propios ojos el territorio que se suponía debía proteger. Tal y como Polibio escribe:


Emboscada de Aníbal en 217 a. C. en las orillas del lago Trasimeno.Él calculó que si rodeaba el campo e irrumpía en el territorio de más allá, Tito Quincio Flaminino (en parte por temor a los reproches populares y en parte a causa de su propia irritación) sería incapaz de soportar pasivamente la devastación del país, y le seguiría espontáneamente... ofreciéndole así ocasiones para atacarle.
Al mismo tiempo, Aníbal intentaba romper los lazos de Roma con sus aliados, mostrándoles que Flaminino era incapaz de protegerles. A pesar de ello, Flaminino permaneció en Arretium sin mover un dedo. Incapaz de arrastrar a Flaminino a una batalla, Aníbal decidió marchar con fuerza contra el costado izquierdo de su adversario, bloqueando su retirada a Roma. Esta maniobra es reconocida como el primer movimiento envolvente de la historia.

Aníbal emprendió posteriormente la persecución de Flaminino, a través de las colinas de Etruria. El 21 de junio, le sorprendió en un desfiladero en la ribera del Lago Trasimeno. En la batalla que se produjo, Aníbal destruyó su ejército en las aguas o sobre las pendientes vecinas (los romanos dejaron alrededor de 15.000 hombres sobre el terreno) y él mismo mató a Flaminino. A continuación, eliminó a la única fuerza terrestre que habría podido poner en jaque su avance sobre Roma. Siendo consciente de que sin máquinas de asedio no podría tomar la capital, prefirió explotar su victoria desplazándose al centro y sur de Italia, y alentando una rebelión general contra el poder central. Después de Trasimeno, Aníbal declaró:

No he venido a luchar contra los italianos, sino a combatir a Roma en el nombre de los italianos.
Tras la derrota, los romanos decidieron nombrar a Fabio Cunctator —«el que retrasa»— como dictador. Separándose de la tradición militar romana, Fabio optó por emplear una nueva estrategia, que pasaría a la historia como la Estrategia Fabiana, y que consistía en rechazar una batalla frontal contra su adversario mientras posicionaba varios ejércitos a su alrededor a fin de limitar sus movimientos.

Tras haber devastado Apulia sin llegar a provocar a Fabio, Aníbal decidió atravesar el Samnio y la Campania, una de las más ricas y fértiles regiones de Italia, en espera de que la devastación del territorio presionara al dictador a entrar en batalla. Este último, no obstante, decidió continuar siguiendo a Aníbal pero sin entrar en combate con el cartaginés, cada vez más a la defensiva. A pesar de su éxito, la estrategia fabiana era muy impopular entre los romanos, que la consideraban cobarde. Aníbal decidió que no era prudente pasar el invierno en sus bases, localizadas en las devastadas tierras de Campania; pero Fabio trató de bloquearle asegurando todos los pasos que permitían la salida de la región. Con el objetivo de contrarrestar el movimiento de Fabio, Aníbal engañó a los romanos y les hizo creer que el ejército cartaginés trataba de escapar por los bosques. Mientras los inocentes romanos desplazaban sus tropas a los bosques de la región, Aníbal y su ejército atravesaron un desfiladero sin oposición. En ese momento, aunque Fabio estaba a la distancia idónea para caer sobre Aníbal, su prudencia jugó en su contra. El cuestionado dictador decidió continuar con su estrategia y le persiguió. Ese invierno, Aníbal estableció unos cómodos cuarteles en las llanuras de Apulia. El exitoso modo en que Aníbal desplazó a su ejército en tan apurada situación ha sido calificado por Adrian Goldsworthy como «un movimiento clásico de la historia militar antigua que encuentra su lugar en todas las narrativas bélicas y que se ha empleado en los manuales militares ulteriores».

Aníbal marchó al norte, amenazando indirectamente a Roma, para luego girar súbitamente hacia el este, al Samnio, y finalmente cruzar los montes Apeninos hacia Apulia, marcado de cerca por Fabio. Aníbal tomó la ciudad de Geronium y estableció allí su base de operaciones. Fabio estableció su campamento 30 kilómetros al sur, en la ciudad de Larinum, aunque fue llamado poco después a Roma para atender unos oficios religiosos.

En ausencia de Fabio, Marco Minucio Rufo, el magister equitum, asumió el mando de las tropas. En un osado movimiento, consiguió infligir numerosas bajas a forrajeadores cartagineses de Aníbal. Este hecho tuvo una gran repercusión en Roma. El Senado, impaciente con Fabio Máximo, cuyo prestigio había sufrido un duro golpe tras el movimiento de Aníbal en el Ager Falernus, promulgó una ley que equiparaba el rango de Minucio Rufo al del Cunctator, coexistiendo así dos dictadores por primera vez en la historia romana.

Aníbal, en conocimiento de dichos hechos, tendió una trampa a Minucio frente a la ciudad de Geronium. Según cuenta Plutarco, «el terreno frente a la ciudad era llano, no obstante, tenía algunas acequias y cuevas», que ocupó la noche anterior con 5000 soldados y 500 jinetes. La mañana siguiente, envió una partida de forrajeadores a la vista del campamento de Minucio, quien inmediatamente atacó con tropas ligeras. Aníbal reforzó a los escaramuzadores y lanzó entonces a la caballería, que Minucio hubo de contrarrestar con la propia. Cuando la caballería italiana fue derrotada, Minucio formó a todas sus legiones en orden de combate y descendió al valle. El general púnico esperó a que hubiera cruzado el valle y entonces dio la orden a sus tropas emboscadas, que atacaron los flancos y la retaguardia de la formación romana. El ejército de Marco Minucio se batió en retirada, perseguido por los jinetes ligeros de Numidia, y habría sido casi totalmente aniquilado de no ser por la intervención de Fabio Máximo. Tras la batalla, Minucio renunció a su cargo y puso a sus cuatro legiones bajo el mando del "escudo de Roma".

Aníbal, que no tenía intención de atacar Roma en un primer momento, pretendía tomar los territorios del Condado de Apulia, incluyendo la ciudad de Capua. En la primavera de 216 a. C., el general emprendió la iniciativa de atacar el importante depósito de suministros de Cannas. Mediante esta acción, se posicionaba entre los ejércitos romanos y su principal fuente de víveres. Los ciudadanos romanos eligieron a Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo nuevos cónsules. Confiados en la victoria, estos últimos reclutaron un nuevo ejército estimado en aproximadamente 100.000 hombres, el más numeroso de su historia. Los cónsules renunciaban así a la lenta pero eficaz táctica de evitar el conflicto, optando por un choque frontal.

La batalla, considerada como la obra táctica maestra de Aníbal, se libró finalmente el 2 de agosto de 216 a. C., sobre la ribera izquierda del río Ofanto (sur de Italia), antes de que los romanos instalaran su campamento. Después de que se reunieran los ejércitos de los dos cónsules, éstos decidieron alternar el mando de manera diaria. Varrón, elegido comandante de las fuerzas el primer día, estaba decidido a vencer a Aníbal. A la cabeza de 50.000 hombres, el general cartaginés se aprovechó de la cólera de Varrón, y lo condujo a una trampa en la que hizo trizas a su ejército. Aníbal envolvió a los romanos, reduciendo el área del campo de batalla y eliminando así su ventaja numérica. Colocó su infantería en semicírculo, y reforzó sus flancos con sus jinetes númidas y galos. Las legiones romanas que se extendían sobre aproximadamente un kilómetro y medio del terreno se lanzaron contra el centro del ejército púnico, que se combó en forma de "U", de forma controlada, encerrando a los legionarios en su interior. La caballería de Asdrúbal —que no debe confundirse con Asdrúbal Barca—, situada en el flanco izquierdo, rodeó a las tropas romanas y atacó a la caballería de Varrón. El ejército romano carecía de medios para evacuar a los legionarios, lo que supondría su casi total aniquilación.


Cuando terminó la batalla, Aníbal recuperó los anillos de los cadáveres de los equites romanos que habían perecido en combate. Con ellos pudo proporcionar al gobierno cartaginés la prueba irrefutable de su victoria en Cannas.

Gracias a su brillante táctica, Aníbal, a pesar de su inferioridad numérica, aniquiló las fuerzas romanas casi por completo. La Batalla de Cannas ha sido considerada como la derrota más desastrosa de Roma hasta la fecha. Las pérdidas romanas se estiman entre 25.000 y 70.000 hombres. Entre los muertos figuraban el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, 29-48 tribunos militares y 80 senadores (25-30% del total de sus miembros). Además, 10.000 soldados romanos fueron capturados por Aníbal. La Batalla de Cannas ha sido una de las más sangrientas de la historia por la cantidad de muertos en un solo día. El ejército cartaginés sólo hubo de lamentar 6.000 bajas.

La victoria de Aníbal se explica, no sólo por las tácticas empleadas durante la batalla, sino también por la habilidad política del cartaginés, que se aprovechó de los errores de sus oponentes. Aníbal provocó a los cónsules, que cayeron en varias ocasiones en sus trampas, como en el caso del Lago Trasimeno, por sus deseos de lograr una victoria antes de finalizar su mandato. Para idear sus estrategias, Aníbal debía gozar de un detallado conocimiento de las instituciones romanas y de la ambición de los políticos republicanos. Para ello resultaba inestimable la ayuda de los espías púnicos, a menudo camuflados bajo la apariencia de simples comerciantes.

Después de Cannas, los romanos ya no se mostraban tan decididos a enfrentarse directamente a Aníbal, y preferían volver a la estrategia de Fabio Máximo: buscar la derrota del adversario mediante una guerra de desgaste basada en su ventaja numérica y su rápido acceso a los suministros. Aníbal y Roma no volvieron a enfrentarse en batalla campal en territorio italiano hasta el final de la guerra. Sin embargo, Roma se negó a rendirse a cualquier precio y volvió al reclutamiento de nuevas tropas.

La gran victoria cartaginesa hizo que numerosos pueblos de Italia decidieran unirse a la causa de Aníbal. Tal y como escribe Tito Livio, «el desastre de Cannas fue el más grave del que se tenían precedentes, e hizo que la fidelidad de los aliados, que hasta ahora se había mantenido firme, comenzara a tambalearse, sin ninguna razón seguramente, más allá de que perdían la esperanza en el Imperio». Ese mismo año, las ciudades griegas de Sicilia se rebelaron contra el control político romano y el rey de Macedonia, Filipo V, se declaró aliado de Aníbal, provocando el estallido de la Primera Guerra Macedónica. Además, Aníbal forjó una alianza con el nuevo rey de Siracusa, Jerónimo.

Se ha afirmado a menudo que si Aníbal hubiera recibido el equipo necesario procedente de Cartago, habría conducido un ataque directo contra Roma. Sin embargo, se contentó con hostigar las fortalezas que se le resistían enconadamente y sólo consiguió la defección de algunos territorios italianos como Capua, la segunda ciudad de Italia, que los cartagineses convirtieron en su nueva base. A pesar de todo, sólo un pequeño número de las ciudades italianas que Aníbal esperaba que se le unieran consintieron en hacerlo. Según J. F. Lazenby, el que Aníbal no atacara la ciudad no se debió a la falta de equipamiento, sino a lo precario de su capacidad de abastecimiento y a la inestabilidad de su propia situación política.

Las intenciones de Aníbal, además de retomar Sicilia, pasaban por la destrucción de Roma no tanto como ciudad sino como entidad política, de ahí su negativa a tomar la ciudad tras la batalla de Cannas y la famosa frase atribuida a su jefe de caballería, el númida Maharbal:

Tum Maharbal: 'non omnia eidem di dedere; vincere scis, Hannibal, victoria uti nescis'.
'Los dioses no han concedido al mismo hombre todos sus dones; sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovecharte de la victoria'.

Aníbal utilizó sus victorias para tratar de atraer a su causa a las ciudades sometidas a Roma. Los prisioneros, por ejemplo, eran divididos en dos grupos. Los ciudadanos romanos —que eran reducidos a la esclavitud o empleados para intercambiar prisioneros—, y los ciudadanos latinos o aliados, a los que se permitía regresar a sus casas.

fuente:wikipedia
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