El agua de una charca de la ciudad de Enshi, en la provincia de Hubei, desapareció y miles de ranas se pasearon por la ciudad. Ocurrió lo mismo en el zoo de Wuhan (a seiscientos kilómetros del epicentro), horas antes de la llegada del terremoto, los animales comenzaron a golpear los barrotes de sus celdas.
Los ciudadanos tienen motivos para quejarse. Cuando vieron la ciudad llena de ranas pensaron que se aproximaba una catástrofe. Faltaban cuarenta y ocho horas para el terremoto, pero las autoridades aseguraron que el paseo urbano de los anfibios “era normal”.
Esta reacción se explica porque el choque de las rocas bajo tierra genera una electricidad que pueden percibir los animales. En el zoo de Wanhu los elefantes movían sus trompas con histeria y estuvieron a punto de atacar a un empleado. Los tigres y los leones, normalmente dormidos a mediodía, se paseaban inquietos. Y hasta los pavos reales, minutos antes de que se desencadenara el seísmo, se pusieron a gritar.