El éxito o el fracaso son siempre resultados de elecciones previas. Dado que esto es cierto en todos los casos, haríamos bien en analizar, a fin de solventar dudas coherentes, qué es «éxito» y qué «fracaso».
Es decir, para saber qué decisiones debería tomar en cada circunstancia para alcanzar el «éxito», debería saber previamente en qué consiste ese éxito que tanto deseo. De lo contrario, estaría siendo preso de las circunstancias, «arrastrado», por decirlo asi, irreflexivamente.
Bien; aquí se abren dos caminos -y bien distintos-; dos rutas quizá paralelas, pero en direcciones contrarias, por las cuales los mortales tendríamos la posibilidad de transitar: el camino del éxito material y aquel del «éxito» espiritual.
El primero, a grandes rasgos, echa raíces en lo profundo del cuerpo y la mente, los divierte, los retiene.
El segundo solo busca libertarse de las raíces, e ir en pos de la trascendencia.
Así, en occidente se considera exitoso a quien posee; en oriente, a quien ama.
Los caminos, como vemos, persiguen fines absolutamente distintos.
Con este básico conocimiento, la pregunta que sale al paso de cualquier persona coherente es ¿qué camino tomar? ¿Poseer o amar? La respuesta será de acuerdo a sus experiencias previas y las conclusiones a las que haya llegado.
Sin embargo, ¿Qué hay de quienes no saben la diferencia, de quienes no tienen experiencia al respecto?
Quien no tenga experiencia previa al respecto, quien desconozca la diferencias –como todos nosotros al nacer, y es lo que ocurre-, tampoco tendrá punto de referencia real, no tendrá un contraste empírico que le sea propio, por lo que muy probablemente se vuelque hacia el camino del éxito material tan mentado en su cultura, plenamente cargado de emociones y placeres intensos, tan llamativos e interesantes en aquellas circunstancias. Así ocurre, en efecto, con la mayoría de nosotros, occidentales.
Ahora bien; ocurre también que, a diario y alrededor de todo el mundo, hay noticias de muchas personas de diversas edades pero similar cultura que deciden «romper» con el éxito material, para volcarse hacia el camino del éxito espiritual en cualquiera de sus formas, y de ellas puede decirse que han tenido una «conversión».
Bien, ¿Y a qué se debe este cambio tan drástico? La respuesta es siempre el mismo mensaje con distintos actores: «Conócete a ti mismo».
Muchas personas han llegado -y llegan a diario- a ese momento en que sienten que el mundo en el que viven pierde valor, a través de algún tipo de crisis. Pareciera ser que las personas arriban a su espiritualidad en momentos de dolor, de incomodidad interior, deseando respuestas verdaderas.
Entendiendo estos sentimientos, las creencias orientales son infinitamente mas amables y humanas con el ser que sufre y anhela conocimiento, y de ahí el magnetismo positivo que ejercen.
La persona sale de ellas sanada de sus padeceres, conociéndose a sí misma, y en armonía con el entorno. Personas así solo pueden aconsejar, naturalmente, «conócete a ti mismo, no pierdas el tiempo»
Evidentemente conocerse a si mismo ejerce una influencia notable en la personalidad, en la psicología de las personas. Ahora sus energías están puestas en conocerse a si mismos; el mundo de las cosas pierde sentido, pierde valor para ellos, ganándolo el interés propio, el interés espiritual.
La espiritualidad ofrecería calmantes duraderos, eternos, para los dolores del mundo, a través de respuestas elevadas y profundas, pensamientos originales aunque antiguos, originados por altos niveles de autoconocimiento y sabiduría.
Las ciencias del espíritu ofrecen «no más dolor; solo amor» y, según los resultados, a diferencia de muchas otras religiones, lo cumplen con creces. Esto es «éxito» oriental, al tiempo que «fracaso» occidental. ¿Podremos ser exitosos a la manera oriental sin sentir el fracaso occidental?