InicioCiencia EducacionGuillermo Dilthey (1833-1911)

Guillermo Dilthey (1833-1911)

Ciencia Educacion•9/11/2012




Dilthey considera que a partir de Bacon, el método científico de las ciencias de la naturaleza fue depurado y desarrollado en profundidad. Sin embargo, respecto a las 'ciencias del espíritu' o aquellas cuyo objeto de estudio se encuentra en la realidad histórica y cultural, aún no fue descripto un método adecuado. Así como estas ciencias estuvieron primero subordinadas a la metafísica, luego fueron reducidas por los positivistas que intentaron adaptaras al método de las ciencias de la naturaleza ignorando la especificidad de su objeto de estudio.

En esta línea, Dilthey elaborará los conceptos centrales del historicismo:

El objeto de estudio de las 'ciencias del espíritu' es la realidad histórico social, que se compone de individualidades que solo pueden conocerse a través del método biográfico. El método de las ciencias naturales no puede captar este objeto de estudio, se necesita pues, la aplicación de instrumentos específicos como los son la vivencia, la expresión y la comprensión.

Los tipos son las únicas formas de generalización legítimas dentro de las ciencias del espíritu. Estas se basan en las diversas formas de expresión de vivencias semejantes. A partir de un examen histórico, Dilthey señala tres tipos de visiones:

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Naturalismo: Es un enfoque materialista que postula explicaciones causales y mecanicistas de la realidad. En consecuencia, es anti-espiritualista.

Idealismo de la libertad: La persona, la libertad y la trascendencia divina, es el centro a partir del cual concibe el mundo.

Idealismo objetivo: Es una perspectiva panteísta en la cual prevalece la idea del todo y la unidad del universo.

Finalmente, cabe señalar que Dilthey apunta que toda comprensión es comprensión histórica: todos sus desarrollos metodológicos conducen a considerar la vida como una realidad radical e irreductible a cualquier otro tipo de realidad y solo comprensible desde sí misma. La historia, construye estructuras y conexiones dinámicas centradas en sí mismas, de allí, se concebirá el carácter relativo de los valores y de la verdad: todo valor y toda concepción del mundo debe ser juzgada de acuerdo a su contexto histórico. Cabe destacarse que Dilthey destacó puntualmente que no debía interpretarse este método como un escepticismo en función de la verdad.

La hermenéutica

Dilihey llama comprensión a esta captura teleológica o finalista de la vida, para distinguirla de la explicación causal en que se obstina la vieja psicología. El método de las Ciencias del Espíritu es la comprensión histórica, pero como el comprender la vida ajena, actual o pretérita, requiere por necesidad una interpretación, llama Dilthey a su método hermenéutica. Comprender es revivir (volver a vivir) las vivencias de un espíritu o alma individuales y concretos, partiendo unitariamente de los propósitos y objetivos que motivaron su conducta.

Pero entender un hecho espiritual no por las causas sino por los motivos, por los propósitos y los objetivos que lo determinaron, es reconstruir un acontecimiento peculiar y único; significa hacer la historia del hecho, si entendemos por historia el revivir y explicar el pasado tomando en cuenta el sentido, valor e importancia de los acontecimientos. Es un método de comprensión histórica, asimismo, porque para entender el hecho en su integridad es preciso relacionar las partes con el todo; enlazar cada uno de los aspectos del acontecer con la conducta total del sujeto. Poner en relación las partes o aspectos de la conciencia humana con la conducta total de la persona es comprender estructuralmente.

La filosofía de la filosofía

En relación con la vida histórica de la filosofía, la hermenéutica pone al descubierto la antinomia entre la aspiración a lo universal, propia de toda construcción metafísica, y la conciencia histórica que exhibe la relatividad de todo sistema. La solución que ofrece Dilthey a este problema es la "filosofía de la filosofía", cuyo propósito no es fundar una nueva metafísica, sino el de descubrir la ley conforme a la cual nacen y mueren los diferentes sistemas filosóficos, al propio tiempo que describir los tipos de las principales concepciones del mundo. La filosofía de la filosofía, además, hace ver la intrínseca necesidad del hombre de poseer una cosmovisión, una idea unitaria del Universo. La verdadera filosofía, la filosofía de la filosofía, no tiene otro papel que interpretar la estructura de las filosofías históricamente dadas, que, a su vez, no han sido otra cosa que teorías de las concepciones del mundo y de la vida. La filosofía de la filosofía es, así, una filosofía de la vida.


Analogía

Siguiendo una estructura análoga a quienes hablaron de tres grandes estadios o concepciones del mundo, Hegel, Kierkegaard y Comte —pero salvando la distancia que existe entre sus respectivos pensamientos—, Dilthey distingue tres cosmovisiones a partir de las cuales los seres humanos de todos los tiempos han tratado de hacer frente a las preguntas sobre la vida y la muerte: la religiosa, la poética y la metafísica. La cosmovisión religiosa fue, según Dilthey, la que esgrimió el hombre primitivo para enfrentarse a los grandes enigmas de la vida: la enfermedad, las catástrofes, la vejez, la muerte propia y la de los seres queridos... Puesto que la solución a estos problemas quedaba absolutamente fuera de su alcance, el culto, los rezos y las ofrendas a las divinidades se erigieron en la manera más efectiva a la hora de tratar de interceder ante las deidades que tenían el poder para resolverlos. Así aparecieron el sacerdote y el hechicero, cuya misión fue desde un principio la de ejercer de intermediarios entre los seres humanos —indefensos y débiles— y los dioses, unos entes, estos últimos, que se presentaban —en palabras de Dilthey— como seres invisibles y poderosos: La eficacia de lo invisible es la categoría fundamental de la vida religiosa elemental.


Pero el caminar del hombre por la historia pronto necesitó de una actitud más libre ante la vida y el mundo. La cosmovisión poética aparece, así, no con la pretensión de influir en la realidad —como es el caso de los sacerdotes o hechiceros primitivos— ni de conocerla —como es el caso de la ciencia— sino de comprenderla. La poesía libera al ser humano de su indefensión precedente; ensancha sus horizontes y le abre los ojos a una realidad ante la que se siente, de alguna manera, fortalecido merced a esta nueva actitud: <<La significación de la obra de arte reside en que una cosa singular, dada en los sentidos, se separa del nexo de la producción y la acción y se eleva a expresión ideal de las relaciones vitales>>.


El poeta, el artista se asoma a todo lo que la vida tiene de encanto, profundidad, belleza y perdición para interpretarlo según su propia sensibilidad y transmitirlo a sus semejantes por medio de la obra de arte. No obstante, la cosmovisión poética tampoco es, a juicio de Dilthey, el último eslabón en la cadena que conduce a la respuesta a la gran pregunta de la vida.

Toda visión del mundo aspira a convertirse en un saber significativo, perdurable y universalmente válido, una gloria que únicamente está reservada a la metafísica. Esta aparece cuando la concepción del mundo se ha fundado científicamente a través de conceptos y se presenta con pretensión de validez universal. Puede decirse que la cosmovisión metafísica aspira, en opinión de Dilthey, a dirigir la sociedad humana a través del pensamiento: Por esto, cada gran sistema metafísico es como un foco de muchos rayos, que ilumina todas las partes de la vida a que pertenece.


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Resumen:

Según Dilthey, todo individuo se encuentra bajo el influjo de alguna de estas tres visiones del mundo, que son, en su opinión, irreductibles entre sí. Estas concepciones muestran que la metafísica es imposible e inevitable a la vez: imposible porque no es dado al ser humano determinar la unidad última de ninguna de ellas; inevitable porque el hombre (y la mujer) anda siempre buscando y adoptando actitudes frente al enigma de la vida. Dilthey no se decantó por ninguna de las tres metafísicas, afirmando que en cada una de ellas hay una parte de verdad: Me sentía afanosamente atraído tan pronto a este grupo como a aquél y trataba, con el mayor coraje, de mantener mi unidad. La verdad se halla presente en todas ellas.


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