Por Silvio Pratto
Tengo que confesarlo: soy un eterno mártir de las ciencias exactas. Durante mi estadía en el colegio secundario, he urdido innumerables excusas para escapar de las clases de matemática, física y química, yugos semanales a los que era sometido por profesores impiadosos, que no dejaban escapar una oportunidad de hacerme pasar al pizarrón para humillarme ante una clase que se deleitaba con mi ignorancia aritmética. La tabla del 6 fue el tope de mis capacidades numéricas y la solidaridad de compañeros talentosos en esos avatares (y en los de dictar durante los exámenes) el salvoconducto que me permitió terminar el colegio secundario sin adeudar materias que el tiempo transformó en un karma ineludible.
Y claro, el carácter indispensable de las ciencias exactas en este plano de la existencia, hace que su utilidad misma pueda ser aplicada hasta en el cine. Ejemplos hay miles y guiones por montones, pero el más reciente es el de “Los Crímenes de Oxford”, flamante película del español Alex de la Iglesia, realizada en base a la novela “Crímenes Imperceptibles” del argentino Guillermo Martínez, un matemático devenido en escritor que respiró el añejo aire inglés de esa ciudad, lugar donde consiguió uno de los doctorados que engrosan su currículum.
De la Iglesia sale airoso de una incursión arriesgada por partida doble. Primero, al generar un guión exento de errores flagrantes, donde el más nimio fallo generaría un efecto bola de nieve, extirpando todo el sentido a una cinta donde la lógica se erige como principio fundamental e ineludible. Y segundo al no apoyar todas las esperanzas de largometraje en la historia de nuestro compatriota, sino realizando un trabajo interesante desde lo estético, con planos que buscan salir de lo usual con éxito, aunque no llegan a ser completamente novedosos.
El reparto tiene como protagonistas salientes al multifacético John Hurt y al insoportable Elijah Wood. Ambos conforman una dupla alumno/profesor no demasiado interesante, cuyo carisma cae bajo los irascibles rostros de confusión del joven actor. No quiero ser injusto, pero ¿alguien en este bendito planeta le cree a Elijah Wood? Es decir, alguien que no sea un fanático acérrimo de la trilogía de los anillos. A mí particularmente, su extensa trayectoria no me resulta un fundamento lo suficientemente sólido para sostener su endeble talento actoral. Es un tipo con suerte, eso hay que reconocerlo. Con un rostro de inexpresividad supina que nada debe envidiarle a Nicholas Cage, ha logrado participar en un par de muy buenas películas (Sin City, Back To The Future II) e incluso huir al encasillamiento que podría haberle valido ser Frodo Bolsón en El Señor de los Anillos. Claro, mi paciencia se terminó con esta cinta, Elijah es muchas cosas, pero… ¿un galán?. Hubiese preferido que su talento ficticio se haya limitado a cierta virtud con los números, y no a la segregación masiva de feromonas.
Y si hay un galán -aunque en este caso sea Frodo- debe necesariamente haber féminas (al menos en los largometrajes occidentales). Ese papel es curiosamente, también de un binomio. Leonor Watling y Julie Cox son las actrices de turno, adornando la pantalla no sólo con su belleza indiscutible, sino también con actuaciones convincentes que encajan perfectamente con la tónica de la película.
De la Iglesia logra darle a la cinta un estilo misturado entre el cine negro norteamericano y los lugares comunes de las historias de Sherlock Holmes. Misterio y lógica se equilibran llevando el guión con soltura y manteniendo el interés de un espectador necesariamente activo. Una cinta recomendable, que no necesariamente debe verse en la pantalla grande y que puede resultar gratificante aún para quienes, como yo, los números son una tortura indescriptible.
Fuente: Diario Panorama
Tengo que confesarlo: soy un eterno mártir de las ciencias exactas. Durante mi estadía en el colegio secundario, he urdido innumerables excusas para escapar de las clases de matemática, física y química, yugos semanales a los que era sometido por profesores impiadosos, que no dejaban escapar una oportunidad de hacerme pasar al pizarrón para humillarme ante una clase que se deleitaba con mi ignorancia aritmética. La tabla del 6 fue el tope de mis capacidades numéricas y la solidaridad de compañeros talentosos en esos avatares (y en los de dictar durante los exámenes) el salvoconducto que me permitió terminar el colegio secundario sin adeudar materias que el tiempo transformó en un karma ineludible.
Y claro, el carácter indispensable de las ciencias exactas en este plano de la existencia, hace que su utilidad misma pueda ser aplicada hasta en el cine. Ejemplos hay miles y guiones por montones, pero el más reciente es el de “Los Crímenes de Oxford”, flamante película del español Alex de la Iglesia, realizada en base a la novela “Crímenes Imperceptibles” del argentino Guillermo Martínez, un matemático devenido en escritor que respiró el añejo aire inglés de esa ciudad, lugar donde consiguió uno de los doctorados que engrosan su currículum.
De la Iglesia sale airoso de una incursión arriesgada por partida doble. Primero, al generar un guión exento de errores flagrantes, donde el más nimio fallo generaría un efecto bola de nieve, extirpando todo el sentido a una cinta donde la lógica se erige como principio fundamental e ineludible. Y segundo al no apoyar todas las esperanzas de largometraje en la historia de nuestro compatriota, sino realizando un trabajo interesante desde lo estético, con planos que buscan salir de lo usual con éxito, aunque no llegan a ser completamente novedosos.
El reparto tiene como protagonistas salientes al multifacético John Hurt y al insoportable Elijah Wood. Ambos conforman una dupla alumno/profesor no demasiado interesante, cuyo carisma cae bajo los irascibles rostros de confusión del joven actor. No quiero ser injusto, pero ¿alguien en este bendito planeta le cree a Elijah Wood? Es decir, alguien que no sea un fanático acérrimo de la trilogía de los anillos. A mí particularmente, su extensa trayectoria no me resulta un fundamento lo suficientemente sólido para sostener su endeble talento actoral. Es un tipo con suerte, eso hay que reconocerlo. Con un rostro de inexpresividad supina que nada debe envidiarle a Nicholas Cage, ha logrado participar en un par de muy buenas películas (Sin City, Back To The Future II) e incluso huir al encasillamiento que podría haberle valido ser Frodo Bolsón en El Señor de los Anillos. Claro, mi paciencia se terminó con esta cinta, Elijah es muchas cosas, pero… ¿un galán?. Hubiese preferido que su talento ficticio se haya limitado a cierta virtud con los números, y no a la segregación masiva de feromonas.
Y si hay un galán -aunque en este caso sea Frodo- debe necesariamente haber féminas (al menos en los largometrajes occidentales). Ese papel es curiosamente, también de un binomio. Leonor Watling y Julie Cox son las actrices de turno, adornando la pantalla no sólo con su belleza indiscutible, sino también con actuaciones convincentes que encajan perfectamente con la tónica de la película.
De la Iglesia logra darle a la cinta un estilo misturado entre el cine negro norteamericano y los lugares comunes de las historias de Sherlock Holmes. Misterio y lógica se equilibran llevando el guión con soltura y manteniendo el interés de un espectador necesariamente activo. Una cinta recomendable, que no necesariamente debe verse en la pantalla grande y que puede resultar gratificante aún para quienes, como yo, los números son una tortura indescriptible.
Fuente: Diario Panorama