“De la Historia Oficial al Revisionismo Rosista-Corrientes Historiográficas en la
Argentina”
Norberto Galasso
TERCERA Y ULTIMA PARTE
II- EL REVISIONISMO HISTORICO
La crisis económica mundial, el auge del corporativismo en Europa y el triunfo yrigoyenista en las elecciones de 1928 se conjugan para provocar el debilitamiento del pensamiento liberal -conservador en los sectores dominantes-. Ello facilita el avance, al primer plano, del nacionalismo oligárquico. El Gral. Uriburu asume el poder, en nombre del orden y la tradición. Una fuerte personalidad, autoritaria, expresión de la clase alta provinciana, salvará a la Argentina, afirman los hombres de Derecho y de derecha.
Paralelamente, en el campo historiográfico se opera, por entonces, la aparición y desarrollo de una nueva corriente: antiliberal, conservadora, corporativista. El predominio del uriburismo setembrino en política se corresponde con el surgimiento del rosismo reaccionario. Un déspota cubre el escenario político e histórico, asegurando el orden. La dictadura actual se legitima apelando a la producida un siglo atrás.
No es casualidad, entonces, que el mayor teórico del corporativismo entre los asesores de uriburu, el Dr. Carlos Ibarguren, también de una familia patricia del interior, se constituya en el iniciador de esta corriente historiográfica. Lo siguen, en esta tarea, Ignacio B. Anzoátegui y Julio Irazusta.
1) CARLOS IBARGUREN (18/04/1877-03/04/1956)
Abogado salteño, de familia tradicional, funcionario de varios gobiernos conservadores, ha sido liberal en su juventud hasta que la Revolución Rusa y el triunfo de Yrigoyen en 1916 lo convencen de que la democracia es la antesala del “triunfo maximalista” que destruirá el orden vigente. Convertido en fervoroso partidario de las jerarquías sociales, la tradición y el catolicismo, Ibarguren resulta un corporativista convencido en la década del veinte. Por entonces, además de varios libros sobre temas jurídicos, dicta un ciclo de conferencias sobre Rosas “y las dictaduras trascendentes”. Poco después, en 1924, publica “Manuelita Rosas”.
En 1930, Ibarguren participa del golpe militar y es designado interventor en la provincia de Córdoba, desde donde presiona al Gral. Uriburu para reemplazar la Constitución de 1853 por una carta corporativa. En esa época, precisamente, publica “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, punto de partida del revisionismo nacionalista.
La posición reaccionaria de Ibarguren, en ese ensayo, no ofrece dudas:
a. Abomina de la Revolución de Mayo: “Es verdad que Rosas no actuó en contra del movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su protesta contra el desorden social y político producido por la revolución”1
b. Privilegia el orden y la tradición: “Su acción pública se aplica enérgicamente para defender el orden y la disciplina... (Rosas) Representa en nuestro pasado la encarnación más eficaz y potente del espíritu realista y conservador”2... “Fiel a su visión medioeval y reaccionaria, consecuente con las convicciones que siempre
mantuvo”3 ... (Rosas) Fue el brazo irresistible de la reacción conservadora...”4. “¡Odio eterno a los tumultos! ¡Amor al Orden! ¡Obediencia a la autoridad!”5
c. Reivindicación del patrón: “Rosas fue el arquetipo del patrón”6, “El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganado”7. “Él (Rosas) era el patrón por excelencia”8.
d. Expresión de los estancieros: “Los estancieros veían en él no sólo al maestro de la explotación rural... sino también al más severo mantenedor de la disciplina y al más inteligente defensor de sus intereses”9.
En su libro, Ibarguren se refiere a “los combates de Obligado, Tonelero, San Lorenzo y Quebracho”10, pero sin destacar su importancia con el cruce de cadenas en el Paraná, en defensa de la soberanía. El Rosas que le interesa y al cual brinda su elogio es el Rosas-Uriburu, no el Jefe de la Confederación que resiste a las mayores potencias del mundo en 1838 y 1845.
En los años siguientes, Ibarguren publica, entre otras, las siguientes obras: “En la penumbra de la historia argentina” (1932), “La inquietud de esta hora” (1934), “Estampas de argentinos” (1936), “Sociedades literarias y la revolución argentina” (1937), “San Martín íntimo” (1950) y “La historia que he vivido” (1955).
2) IGNACIO B. ANZOÁTEGUI (1905-1978)
Poeta y ensayista, de posiciones reaccionarias, caracterizado por un ácido humorismo y su irrespetuosidad frente a “los próceres”, cumplió funciones en el área educativa, tanto en el gobierno uriburista, como en el juniano de 1943. Pero su condición de hombre de derecha permitió que “La Nación” lo tratase con consideración y respecto en una necrología donde se disminuye la importancia de sus juicios históricos “producto de su sentido del humor” y se lo reivindica como “fino poeta, límpido prosista y cáustico observador... hombre adornado de virtudes, como el respeto de la opinión ajena, la temperancia en el trato y un cordial acercamiento al prójimo”11.
Anzoátegui redacta, entre 1929 y 1931, una serie de bocetos satíricos sobre las principales figuras de nuestra historia (salvo Mitre) que aparecen bajo la forma de libro en 1934 con el título “Vida de muertos”. Allí sostiene:
a) Sobre Sarmiento: “Introdujo tres plagas: el normalismo, los italianos y los gorriones... Esos maestros que creen en las máximas de las cajas de fósforos... gente que se idiotiza enseñando... Sarmiento poseía buenas condiciones pero le faltaba una: ser católico... Lo admiro por los gritos que pegaba”.
b) Sobre Rivadavia: “Se llamaba Bernardino González. Rivadavia era la abuela materna. Eso de sacarse el apellido paterno es todo un síntoma. Ya lo decía el arcipestre de Hita: ‘Aborrecer del padre / fuer cual fuer su apellido / es un feo fazer / fuertemente jodido’. Rivadavia no era mulato... pero tenía ideas de mulato... Cuando
tenía 9 años, estallaba la Revolución Francesa, el más zafio, hitriónico y torcido de los movimientos sociales... Lo de Rivadavia obedecía a una consigna fría (e hijoputescamente) maniobrada: ponerle el pie en la nuca a la Iglesia”.
c) Sobre Alberdi: “Alberdi dijo gobernar es poblar... y se quedó soltero”.
d) Sobre Mármol: “En 1839, lo metieron preso... Estuvo encerrado seis días, desde el 1ro. hasta el 7 de abril... Y se declaró víctima de la dictadura de Rosas. Pero Rosas no le hacía caso”.
e) Sobre Olegario Andrade: “El prefería la imbecilidad de su siglo a la luminosidad imperecedera de la Edad Media”.
Poco tiempo después de aparecer este libro, Homero Manzi, desde FORJA, le lanzó este alfilerazo: “- Usted se mete con todos los próceres, menos con aquellos (como Mitre) que se han dejado un diario de guardaespaldas” (La Nación)12.
Al igual que Ibarguren, Anzoátegui exalta a Rosas desde una perspectiva reaccionaria: “Rosas nació de padre prócer en mujer principal. Era hijo de la tierra, blanco por los cuatro costados y criollo de punta a punta, sin mezcla de mulatos democráticos... Por eso, por señor, el señor de la campaña, desposó a la ciudad y la hizo suya... .
Por señor, fue para los altivos, azote, y padre, para los humildes, porque señor de su señorío de amor, tenía esa fina conciencia, esa fina complacencia, ese fino orgullo propio de los verdaderos señores que practican una sana demagogia aristocrática, la demagogia indispensable para gobernar caritativamente con un claro sentido paternal del poder... Sus hombres le llamaban Don Juan Manuel, con nombre de señor rural hecho a domar potros en la pampa absoluta y de infante hecho a cazar estrellas con halcones”13.
En la misma línea de “Vida de Muertos”, publica “Vida de Payasos ilustres” (1954), “De tumbo en tumba” (1966) y “Allá lejos y aquí mismo” (1968). En este último libro sostiene: “Cuando me preguntan si soy nazi, contesto: Sí, soy nazi por gracia de Dios”14.
3) JULIO IRAZUSTA
La corriente revisionista recibe un importante aporte, en esos años, por parte de los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta: el ensayo “La Argentina y el imperialismo británico” (1934).
Los Irazusta provienen de una familia ganadera de Gualeguaychú, de origen radical. Pero en los años veinte se van desplazando hacia el nacionalismo hasta sustentar definidamente esa posición con el diario “La Nueva República”, hacia 1928. Después de apoyar el golpe uriburista, sus esperanzas se frustran con la preeminencia del Gral. Justo. Poco después, el pacto Roca-Runciman, que viene a legitimar la política oligárquica de carnes, en favor de los invernadores bonaerenses y en perjuicio de los criadores, (como son los hermanos Irazusta) los impulsa a publicar el libro mencionado, en cuya tercera parte abordan también la cuestión histórica. Allí reivindican la política de Rosas e impugnan la desarrollada por sus vencedores,
aunque, significativamente, valoran con demasiada consideración a Mitre, mientras cargan las tintas sobre Sarmiento. Pero, más allá de matices, este libro -junto con los artículos de Raúl Scalabrini Ortiz publicados en Europa y reproducidos por “La Gaceta de Buenos Aires” hacia la misma época- pone de relieve la fuerte influencia de Gran Bretaña en nuestra Historia, aunque Scalabrini -libre de la óptica del pequeño productor agrario como los Irazusta- desarrolla una concepción más totalizadora del problema.
Mientras Rodolfo continúa con sus inquietudes políticas y periodísticas, Julio, a partir de esta obra, se encamina por el revisionismo. En 1935 publica “Ensayo sobre Rosas”, en 1938: “Actores y espectadores” y hacia 1941, uno de sus libros más importantes: “Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia”. Con posterioridad, aporta nuevas investigaciones como “Tomás de Anchorena” (1950), “Urquiza y el pronunciamiento” (1953), “Ensayos históricos” (1954) y “Las dificultades de la histórica científica”, en 1955, en polémica con Ernesto Celesia. Otros trabajos importantes son “Balcarce de siglo y medio” (1960), “Memorias” (1957) y “Breve historia de la Argentina” (1981). Varias circunstancias se conjugan, sin embargo, para que Julio Irazusta no sufra la marginación que experimentaron otros revisionistas por parte de los círculos oficiales: desde su origen familiar y ganadero y su formación intelectual cosmopolita (afrancesado, estudia varios idiomas, concurre a la Universidad de Oxford, hasta su amistad con Victoria Ocampo, su buena relación con La Nación y su antiperonismo militante (expresado en “Perón y la crisis argentina” - 1956), como asimismo su actitud reverencial ante Mitre (lo elogia en “La Nación” del 02/11/197515 y en “Breve Historia Argentina”16).
Así, resulta que Julio Irazusta, en mayo de 1971, es incorporado a la Academia Nacional de la Historia. La lectura atenta de sus memorias ratifica de qué modo, más allá de sus disidencias con los historiadores oficiales respecto a Rosas, Julio compartía valores con la clase dominante, lo cual explica no sólo sus colaboraciones en “SUR” y “La Nación”, sino especialmente su contumacia antiirigoyenista en 1928, así como antiperonista en los años cincuenta.
Tanto Anzoátegui, como Ibarguren e Irazusta impulsaron el revisionismo en esos primeros años del treinta, impugnando a la Historia Oficial desde una óptica de derecha. Su cuestionamiento tiene estos rasgos:
1) Sobre la Revolución de Mayo: exaltan a Saavedra, pues el movimiento resultaría, por sobre todo, militar, sin pueblo, al mismo tiempo que descalifican a Moreno, atribuyéndole iluminismo y ligazón con intereses británicos.
2) Sobre Rivadavia: critican su gestión, pero especialmente por sus ataques a la Iglesia.
3) Sobre Rosas: lo reivindican como expresión del orden, la soberanía y la resurrección del espíritu colonial.
4) Respecto de Sarmiento: lo condenan, más que a Mitre, en tanto expresión de la enseñanza laica.
El ocaso del uriburismo, producto de la preeminencia de la política liberal pro-inglesa del Gral. Justo, reduce la repercusión de sus trabajos. Son francotiradores y en
esa medida, los grandes diarios los silencian mientras Levene mantiene el predominio de la Historia Liberal en colegios y demás organismos de difusión y comunicación.
Recién en los últimos años de la década del treinta, el revisionismo logra convertirse en corriente, con la aparición de nuevos investigadores y sus primeros nucleamientos. El 15 de junio de 1938, en Santa Fe, se constituye el Instituto de Estudios Federalistas, conducido por Alfredo Bello y José María -Pepe- Rosa, con un homenaje al caudillo Estanislao López. Poco más tarde, el 5 de agosto del mismo año, se inaugura en Buenos Aires, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con la participación de los hermanos Irazusta, Alberto Ezcurra Medrano, Manuel Gálvez, Corvalán Posse, Díaz de Vivar, Carlos Steffens Soler, Ramón Doll, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Vicente Sierra, Corvalán Mendilaharsu y otros.
Estos nuevos historiadores revisionistas se encuentran -la mayoría o casi la totalidad de ellos- alineados en el nacionalismo reaccionario, aunque algunos, sin embargo, con planteos más amplios para caracterizar sucesos y personajes, así, por ejemplo, Manuel Gálvez, quien en su biografía sobre Hipólito Yrigoyen concluye siendo ganado por el personaje, o Ernesto Palacio, quien se singulariza por exaltar a Mariano Moreno y condenar la guerra del Paraguay.
4) MANUEL GÁLVEZ (1882-1962)
desde muy joven interesado por la cuestión social, Gálvez publica inicialmente varias novelas con esa temática, que alcanzan gran éxito: “Nacha Regules”, “Historia de Arrabal”, “La maestra normal” y “El Mal metafísico”, entre otras. Después, deriva al nacionalismo católico y hacia 1930 inicia sus incursiones en el campo de la historia argentina: “El gaucho de los cerrilos” (1931) y “El General Quiroga” (1932). Pero su obra más importante, en el terreno histórico, comienza hacia 1939 con “Vida de Yrigoyen”. Luego publica “Vida de Juan Manuel de Rosas” (1941), “Vida de Aparicio Saravia” (1942), “Vida de Sarmiento” (1945) y “José Hernández” (1945). En la construcción de estas biografías, Gálvez trabaja con un cúmulo importante de datos y si bien esos libros carecen del aparato erudito que fundamente las citas, un control minucioso permite verificar su rigor histórico.
Años después, Gálvez incursiona en la novela histórica reconstruyendo épocas importantes de nuestro pasado: “Bajo la garra anglofrancesa” (1953), “Así cayó don JuanManuel de Rosas” (1954), “Uno y la multitud” (1955), donde a través de la historia de un nacionalista, aparece el 17 de octubre del ’45, “Tránsito Guzmán” (1957), donde recrea el enfrentamiento de la Iglesia con el peronismo. Ya años antes, en 1938 en “Hombres en soledad”, Gálvez había dibujado el aislamiento del intelectual nacional durante la Década Infame.
5) ERNESTO PALACIO
Nace en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 4 de enero de 1900. De tendencias anarquistas en su juventud, Palacio se convierte luego al catolicismo y de poeta y crítico literario, en su primera época (“Revista Martín Fierro”, 1926) pasa luego al nacionalismo (“La Nueva República”, con los hermanos Irazusta, en 1928). Participa
del golpe uriburista aunque luego, al igual que los Irazusta, lo critica por entender que no se han cumplido los objetivos prometidos. Este replanteo se expresa en su libro “Catilina”, donde apela a la lucha de Catilina contra la oligarquía romana, para lanzar sus dardos contra el uriburismo.
Hacia 1938, Palacio publica una de las obras de mayor resonancia del revisionismo: “La Historia falsificada”. Allí sostiene: “...Domina en nuestro país la falsa idea de una historia dogmática y absoluta, cuyas conclusiones deben acatarse como cosa juzgada, so pena de incurrir en el delito de leso patriotismo... Aquí se ejercita un verdadero terrorismo de la ciencia oficial, por medio de la prensa, la universidad y la enseñanza media... Historia convencional, escrita para servir los propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones... Ante el empeño de enseñarles una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni la verdadera, ni la oficial”17
Señala, asimismo: “Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se le destinaba: fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea el partido de “la civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos, se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestros destinos, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación, sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia. Sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino de entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente, que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas universidades donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es mal administrador”18.
En años posteriores, Palacio se dedica con mayor concentración a la tarea política dirigiendo los semanarios “Nuevo Orden” (1940) y “Política” (1945). Desde este último apoya la candidatura de Perón. En el período 1946-52 se desempeña como diputado nacional del bloque peronista. En todos estos años, se observa en Palacio su posición nacionalista como así también sus esfuerzos para pasar a posiciones más populares -quizás debido a la influencia del peronismo- tomando distancia de Maurras y del corporativismo, que lo habían cautivado años atrás y si bien durante la guerra reconoce simpatías por el fascismo, insiste en que la reivindicación nacional argentina es el eje de su lucha, al tiempo que reivindica el radicalismo, pero al de Yrigoyen y no al de Alvear.
En 1953, publica, en dos tomos, “Historia de la Argentina”. En este libro, adopta posiciones singulares que lo separan de la mayoría de los revisionistas nacionalistas: juzga reaccionario a Saavedra y reivindica a Moreno, fustiga a Rivadavia por su europeísmo, reivindica a Rosas, pero también descarga su artillería contra Mitre, condenando severamente la Guerra del Paraguay. Asimismo, critica el orden agropecuario de “la granja de su Majestad británica”, reivindicando la necesidad de industrias y de explotar los recursos minerales. Esta “Historia Argentina” se constituye
en uno de los libros más leídos por todos aquellos que manifiestan interés por conocer la verdadera historia.
6) RAMÓN DOLL (1886-1970)
Doll proviene también de una juventud izquierdista, habiéndose destacado a partir de 1927 como agudo crítico literario. Ante su crítica implacable caen importantes escritores como Ricardo Güiraldes, Ricardo Rojas, Roberto Giusti e incluso el joven y promisor Jorge Luis Borges. En esas críticas literarias, ya Doll incursiona en la historia argentina, guiado por su desconfianza hacia los intelectuales del sistema: “Intelectuales fueron los Varela, los Rivadavia, los que asesoran a las oligarquías porteñas para defraudar el sentido democrático o federalista de la Revolución”19. Y agrega: “Recuerde todo lo que una nueva visión de la historia argentina está descubriendo en los unitarios: fueron los niños malcriados de la época y porque el pueblo los aborrecía, resolvieron, en sus versos y en sus obras literarias, que ellos eran “la civilización” y el país era “la barbarie”... Ellos hicieron, es cierto, la historia y durante mucho tiempo no ha habido otra...”20. Cuatro años después, en “Liberalismo en la literatura y la política”, Doll se constituye en uno de los primeros revisionistas que aborda críticamente la figura de Bartolomé Mitre: “Despojado Mitre de sus títulos de liberal, demócrata y civilizador y sometido a una prueba rigurosa de recomposición histórica, en su presidencia, se llega a esta asombrosa y desopilante constatación: que su presidencia fue una verdadera dictadura militar, ensangrentada por sus fieles lugartenientes uruguayos (Sandes, Arredondo, Flores, Rivas) enviados al interior para pacificar las provincias y someterlas al liberalismo y a la civilización”21: “Ese artillero demagogo”, “ese señorón propietario de la historia oficial y de la sabiduría política en la Argentina”, “ese padre y tío de las oligarquías que se adueñaron del país desde Pavón”, “la más odiosa expresión de la elite, por petulante y por esa frialdad de alma que en “La Nación” se llama serenidad y equilibrio moral”... Con tales epítetos Doll quiebra ruidosamente una tradición de reverencias y besamanos multiplicada por los historiadores en los altares de “La Nación”22.
Asimismo, reivindica a Juan B. Alberdi quien se había atrevido a denunciar el monopolio del puerto y la Aduana únicos, ejercido por Buenos Aires, en perjuicio del resto del país: “Alberdi señaló que Buenos Aires monopolizaba toda la riqueza del país y quien tiene la riqueza tiene la suma del poder político. De ahí que Buenos Aires ha sido el vivero de las dictaduras, a veces gauchas, otras ciudadanas y con Mitre, militares. Para hacer que ese monopolio favorezca a la Nación entera y no a una sola provincia, en detrimento de las demás, es menester decapitar a la provincia de Buenos Aires, federalizando la ciudad... El gran publicista tucumano le había buscado el corazón, con ansias de darle muerte, a la oligarquía porteña. Triunfante ésta, en Pavón, no quedó nada de Alberdi en el país”23.
Pero tanto la lucidez de sus análisis, como la ironía de sus refutaciones polémicas, lo aíslan a Ramón Doll en la estepa de la Década Infame. Silenciado, marginado, ha podido conocer el revés de la trama de las principales cuestiones literarias, históricas, y políticas del país y ha dicho sus verdades. Sin embargo, no encuentra salida en el nacionalismo democrático de los forjistas y pasa a posiciones nacionalistas reaccionarias, hacia 1939.
De este pensador originalísimo -aún cuando no haya sido autor de extensas investigaciones históricas- queda, como un hito importante, su caracterización de Mitre, Alberdi, Urquiza y Sarmiento24, allá, a mediados de la Década Infame, como un aporte que abrió caminos en la interpretación de nuestro pasado.
7) VICENTE D. SIERRA (1893-1982)
Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Sierra rechaza la leyenda negra de la colonización española, pero, llevado de su fervor religioso, cae en el error simétrico idealizándola en “Sentido misional de la conquista”. Publica también “Así se hizo América” y “La expansión de la hispanidad en el siglo XVI”, con idéntica orientación.
Historiador laborioso, Sierra ha publicado una “Historia de la Argentina” en 12 tomos. Se desempeñó como miembro de la Junta de Historia Eclesiástica y como Director de la Biblioteca Nacional.
EL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS JUAN MANUEL DE ROSAS
Durante la década del treinta, los historiadores revisionistas investigan y publican, al principio como francotiradores, luego agrupados en el Instituto y su Revista, intentando debilitar las murallas de la Historia Oficial, custodiadas celosamente por R. Levene, quien los descalifica negándoles nivel científico y seriedad en sus obras. Los viejos mitos perduran, así, incólumes y a los ojos del gran público, la Historia continúa siendo solo una: científica, liberal, neutra y mitrista, ésa de las efemérides escolares, la Academia y los suplementos de los grandes matutinos.
Sin embargo, la Revista del Instituto -que ahora los congrega- comienza a ejercer su efecto, aunque todavía en círculos restringidos. Allí se expresa un grupo de revisionistas rosistas, en general nacionalistas y clericales, aunque algunos provienen del radicalismo.
Entre ellos, pueden citarse, además de los revisionistas ya mencionados, a Carlos Steffens Soler, Ricardo Font Ezcurra, Justo Díaz de Vivar, Roberto de Laferrere, Ricardo Zorraquín Becú, Pedro Juan Vignale, Federico Ibarguren y Juan Pablo Oliver, debiendo destacarse asimismo el tesón aportado por Alberto Contreras, constituido en motor del Instituto.
En las páginas de la Revista aparecen, entonces, enjundiosos artículos que impugnan los asertos liberales, ya sea a través de nuevos documentos o nuevas interpretaciones. Desde allí -no obstante los enfoques reaccionarios- es erosionada la Historia Oficial hasta tornarla poco creíble para buena parte de quienes se acercan a nuestro pasado con honestidad y espíritu crítico.
A través de sucesivos números, la Revista pone al desnudo muchas verdades ocultas, entre las cuales pueden mencionarse:
1. el apoyo francés a los unitarios en su lucha contra Rosas y en especial, la relación del Gral. Lavalle con los jefes invasores,
2. la violencia desplegada por los unitarios en diversas circunstancias, especialmente después del golpe del 1º de diciembre de 1928, quebrando el mito de que la violencia era patrimonio exclusivo de los federales,
3. la heroica defensa de la soberanía en la Vuelta de Obligado, por parte de los soldados de la Confederación , ante la invasión anglo-francesa en 1845,
4. la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos,
5. la amistad entre Rosas y San Martín, así como la decisión del Libertador de legar su sable al Jefe de la Confederación,
6. las negociaciones de los unitarios, hacia 1820, para coronar al príncipe de Luca en Buenos Aires,
7. las desmesuras verbales de Sarmiento, así como sus artículos, desde Chile, cuestionando nuestra soberanía sobre la Patagonia.
En general, la línea histórica sustentada en la Revista es: Saavedra (Mayo lo hizo el ejército y no el pueblo), San Martín (conservador y alineado junto al nacionalismo ganadero de Rosas) y Rosas (expresión de orden y nacionalismo).
La mayor parte de la tarea de revisión la circunscriben al período rosista, desinteresándose tanto del período anterior, como del posterior, como así también de los caudillos del interior, a quienes, en general, ignoran. Como puede comprenderse, su ideología circunscribe y reduce la labor historiográfica de revisión, pero su efecto importante es iniciar el agrietamiento de las bases en que se sustentas las columnas de la Historia Oficial.
EL REVISIONISMO FORJISTA
FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) es una corriente interna del radicalismo fundada, en 1935, por Arturo Jauretche, Homero Manzi, Manuel Ortiz Pereyra, Félix Ramírez García y Juan B. Fleitas. Se integra con irigoyenistas consecuentes que provienen de “la resistencia radical” y que hacia fines de 1934 se expresaron en la agrupación “Radicales Fuertes”.
FORJA se propone profundizar la vocación revolucionaria del irigoyenismo, otorgándole un programa de claro contenido antiimperialista y oponiéndose a la claudicación del “alvearismo” que controla la cúpula partidaria. Bajo el lema “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, los forjistas denuncian el Estatuto Legal del Coloniaje y levantan, como bandera agitadora, “las cuatro P”: “Patria, Pan y Poder al Pueblo”.
El principal ideólogo de la agrupación es Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), aún cuando no se halla orgánicamente integrado a la misma, en razón de su negativa a afiliarse a la Unión Cívica Radical, requisito ineludible para incorporarse a FORJA (hasta 1940), en tanto corriente interna del partido. Así, desde los suburbios de FORJA, Scalabrini Ortiz aporta las ideas fundamentales provenientes de sus investigaciones acerca de la opresión del imperialismo inglés sobre la Argentina. Jauretche sostiene, años después, que “Scalabrini fue el descubridor de la realidad
argentina” y que “él nos sacó del antiimperialismo abstracto que difundía la vieja izquierda, para conducirnos a un antiimperialismo concreto”, es decir, a comprender cuáles son los resortes fundamentales de la dominación inglesa y cómo funciona ese mecanismo.
En el cuestionamiento a la Argentina semicolonial y al pensamiento de la clase oligárquica, juega un importante papel de crítica histórica. El mismo Scalabrini, en artículos diversos del semanario “Señales”, como así también en los “Cuadernos de FORJA” y en sus conferencias, inicia el revisionismo histórico forjista. Esta revisión se distingue netamente de la formulada por “los rosistas”: es antiimperialista y popular (Jauretche habla de “nacional” y “no nacionalista”) y resulta ajena -incluso antagónica- al origen uriburista del revisionismo de Ibarguren y compañía. (Los forjistas se deslindan de los nacionalistas con este simbolismo: “El nacionalismo de ellos es el llanto del hijo ante la tumba del padre, “lo nacional” forjista es el canto del padre ante la cuna del hijo. Para ellos, la Patria ya fue y está en el pasado. Para nosotros, es un sueño de futuro”).
En 1937, Scalabrini inicia el revisionismo forjista con su conferencia “Las dos rutas de Mayo”25, pronunciada en Lavalle 1725, sede de la agrupación. Allí reivindica la línea revolucionaria de Moreno y critica la línea oligárquica de Rivadavia: las dos rutas están ahí, en el principio de la Patria y conducen, por caminos diversos, hacia la transformación y el auténtico progreso la primera, hacia la sumisión y la política antipopular, la segunda. Asimismo, en diversos artículos que luego agrupa en “Política británica en el Río de la Plata”, Scalabrini critica la libre importación, el empréstito Baring Brothers y la segregación de la Banda Oriental, así como el trazado ferroviario impuesto por las compañías británicas, base de la “granja” productora de carnes y cereales para su Graciosa Majestad.
Las obras principales de Scalabrini Ortiz son: “Política británica en el Río de la Plata” (Edit. Reconquista, Bs. As., 1940) e “Historia de los ferrocarriles” (Edit. Reconquista, Bs. As., 1940). Póstumamente, aparecerán “Cuatro verdades para la crisis” y “Bases para la reconstrucción nacional” (1965) donde se compendian artículos publicados en diarios y revistas.
Hacia 1938, los forjistas se definen, en materia de revisión histórica, de este modo: “La historia es un arma para manejar los pueblos, para someterlos a los designios de los vencedores, para impedir toda acción libertadora, para dividir y confundir las corrientes de opinión. Por eso, la diplomacia inglesa ha impuesto una historia oficial argentina según la cual le somos deudores de la libertad, del progreso y de los capitales que nos prestaron para consolidar el orden y el bienestar. La revisión histórica emprendida por FORJA demuestra que tales asertos son falsos y que los capitales extranjeros, predominantemente ingleses, que enfeudan y esclavizan la Patria, no son más que el producto del trabajo y de la riqueza argentina, capitalizados a su favor por la astucia europea... Conozca el origen de los problemas de la patria y así conocerá la esencia de los problemas actuales”26.
En esta misma línea, Homero Manzi levanta la figura de los caudillos populares, exaltando a Rosas en tanto defensor ante la agresión anglofrancesa pero criticando su política interna y formula esta síntesis: “consecuentes con el pensamiento de Yrigoyen, soñamos el radicalismo no como un partido más... sino como un
levantamiento total de la conciencia argentina... El radical es radical hoy, como pudo haber sido reconquistador en 1807, libertador en 1810, viajero... en 1816, montonero en 1830, confederacionista en 1855, revolucionario en 1890, irigoyenista en 1916”27.
Jauretche, asimismo, recuerda que en aquellos años los forjistas rescataban la memoria del Tigre de los Llanos: “Aún recuerdo risueñamente el horror de “los galeritas” (alvearistas) cuando nos encontrábamos con ellos en la Recoleta para rendir homenaje a Yrigoyen y de vuelta, dejábamos unas flores sobre la tumba de Facundo, tan cerca -ay- a la del Gral. Alvear”28. Si bien durante la existencia de FORJA no aparecen otros historiadores en el grupo, varios militantes forjistas publican trabajos históricos varios años después: Gabriel Del Mazo (“Historia del Radicalismo”, 1955), Atilio García Mellid (“Montoneras y caudillos en la historia argentina”, 1946 y la “Historia del Paraguay”, 1964), así como René Orsi: “Historia de la disgregación rioplatense” (1969), “Dorrego y la unidad rioplatense” (1991) y “San Martín y Artigas” (1991, entre otras.
También años después, Arturo Jauretche se ocupa especialmente de esta cuestión en “Política Nacional y Revisionismo Histórico” (1959), Edit. Peña Lillo.
Allí, aporta reflexiones importantes: “La falsificación de la historia ha perseguido, precisamente, esta finalidad: impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional... Ha habido una sistematización sin contradicciones, perfectamente dirigida... que no puede explicarse por la simple coincidencia de historiadores y difusores... No se trata de un problema de historiografía, sino de política: lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia... Y esa política de la historia falsificada es y fue la política de la antinación, de la negación de ser y de las posibilidades propias”29. El pensamiento de FORJA -más allá de la disolución del grupo, producida en Diciembre de 1945- se continúa y profundiza a través de Jauretche quien después de señalar cómo la clase dominante impone su pensamiento al resto de la sociedad, para asegurar el orden semicolonial (“La Yapa” de “Los profetas del odio”), se dedica, en el “Manual de Zonceras Argentinas”, a destruir los mitos claves de la historiografía liberal: “civilización y barbarie”, “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, “el misterio de Guayaquil”, “Rivadavia, el hombre que se adelantó a su tiempo”, “La patria no es la tierra donde se ha nacido”, “Mármol y como hombre te perdono mi cárcel y cadenas”, “Sarmiento no faltaba a clase en los días de lluvia”, “la inferioridad del nativo”, y otros30.
EL PERONISMO Y LA HISTORIA
Durante el período 1945-1955, se manifestaron algunas inquietudes revisionistas aisladas (como el intento de retornar los restos de Rosas o los discursos parlamentarios donde John W. Cooke aborda la necesidad de la revisión histórica), pero, en general, predomina una política dirigida a no ahondar en la polémica suscitada. Incluso se produce un tratamiento contradictorio de esta cuestión: por un lado, se entrega (hasta 1954) el control de la universidad al nacionalismo católico quien difunde allí sus posiciones, pero, por otro, persiste la enseñanza de la Historia Liberal en escuelas primarias y secundarias (aunque en 1950, se exalta a San martín
por encima de todos los otros próceres, decretando el año sanmartiniano). Asimismo, se designa con nombres de próceres liberales a los ferrocarriles nacionalizados 8Mitre, Sarmiento, etc.).
En esos años, comienza a adquirir importancia la obra revisionista de José María Rosa.
JOSÉ MARÍA ROSA (1906-1991)
Además de impulsar el Instituto Federalista del Litoral, Rosa ha publicado su primer libro en la década del treinta: “Interpretación religiosa de la historia”, donde se evidencia, todavía, su anclaje en el viejo nacionalismo. Hacia 1941/42, publica “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” denunciando el comercio libre como factor de sometimiento al capital inglés.
En 1944, aparece “El otro Alberdi”, pero recién durante el peronismo Rosa lanza varios libros dirigidos a cuestionar la Historia Oficial. “La Misión García ante Lord Strangford” aparece en 1951, denunciando el proyecto de entregar el país en protectorado a los ingleses. En 1952, publica “El cóndor ciego”, desnudando la incomprensión política de Lavalle que lo lleva al aislamiento y podría ser causa de un posible suicidio. En 1955 aparece “Nos, los representantes del pueblo”, donde llevado por su exultante rosismo, “Pepe” Rosa denigra a los convencionales de Santa Fe de 1853.
Ya derrocado el peronismo, Rosa se afirma definitivamente como historiador y produce sus obras más importantes: “La caída de Rosas” (1958), “El revisionismo responde” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1967), “Historia del revisionismo y otros ensayos” (1968) y “Del municipio indiano a la provincia argentina”. Hacia 1964, Rosa acomete una “Historia Argentina”, de más de 10 tomos que deja inconclusa a su muerte. La obra de Rosa es muy leída, especialmente a fines de la década del sesenta, por una juventud que descree de los viejos textos liberales y busca una posición política nacional. Cabe señalar que la influencia del peronismo opera, sobre J. M. Rosa y otros revisionistas, alivianando los rasgos derechistas y acentuando una óptica popular.
Rosas ya no es exaltado como un gran señor de horca y cuchillo, terrateniente patriarcal que garantiza el orden social, sino como defensor de la soberanía. Del mismo modo, Rivadavia es criticado por su conflicto con la Iglesia pero más aún por sus negocios con los ingleses. Con el correr de los años, “Pepe” Rosa reivindica a Artigas31, así como políticamente, al regresar de Cuba, opina favorablemente sobre la Revolución liderada por Fidel Castro.
Por supuesto, en su Historia Argentina perduran resabios de su uriburismo, como cuando sostiene que “a Yrigoyen lo derrocó el pueblo”, cuando no acierta a destacar el papel nefasto de Mitre en el ’80 o cuando se ve obligado a dar una forzada imagen de Felipe Varela para explicar su urquicismo y su repudio al restaurador.
De cualquier modo, el esfuerzo de Rosa, como el de Palacio, por ofrecer una visión general de la Historia Argentina distinta a la Oficial, resulta meritorio y favorece el proceso de formación de una conciencia nacional.
En relación con este revisionismo rosista-peronista es preciso notar una experiencia paradojal: no alcanza a llegar a las amplias masas durante el gobierno peronista y en cambio, a la caída del peronismo, a partir de 1955, recién logra repercusión masiva. La explicación reside en que mientras el peronismo gobernante no se ha preocupado por difundir ese revisionismo, la baraúnda denigratoria de toda posición nacional, producida después del ’55, lleva a las mayorías populares a identificar a Rosas con Perón, ambos víctimas de las injurias del liberalismo oligárquico. Si el gobierno de Aramburu-Rojas se definía en la línea “Mayo-Caseros” y erigía un monumento a Urquiza, con el aplauso de los intelectuales y el periodismo liberal, podía suponerse, con razón, que los federales habían sido, en el siglo pasado, algo muy semejante al peronismo injuriado hoy. Por eso, Jauretche sostiene irónicamente que quien más hizo por difundir el revisionismo histórico fue el Alte. Rojas con su implacable odio a las masas peronistas, ligado a su fervorosa admiración por Rivadavia y Mitre. Así, el efecto es la quiebra, a nivel popular, de la confianza en la Historia Liberal, como no lo habían logrado los revisionistas con s vasta obra desde los años treinta.
FERMÍN CHÁVEZ (nacido en 1924, en Entre Ríos)
Junto a Rosa, Chávez ha sido el otro gran revisionista del rosismo-peronismo. Artículos, conferencias y debates constituyen armas empleadas con suma seriedad y enorme tesón por Fermín Chávez, a lo largo de varias décadas. Entre sus libros principales pueden citarse: “Civilización y barbarie” (1956), “Vida y muerte de López Jordán” (1957), “José Hernández” (1959), “Alberdi y el mitrismo” (1961), “El Chacho” (1963), “El revisionismo y las montoneras” (1966), “Historia del país de los argentinos” (1967) y dos importantes trabajos biográficos sobre Perón (1975) y Eva Perón (1990).
Como puede observarse por los títulos, Chávez se ocupa, inicialmente, de reivindicar a los caudillos federales del interior y a quienes podríamos llamar sus intelectuales orgánicos (Alberdi y Hernández), signados no sólo por su antimitrismo sino por su antirrosismo. Por este motivo -como asimismo por el reconocimiento de las limitaciones de la política económica de Rosas y la caracterización de los protagonistas de Caseros- Chávez se coloca en una posición “rosista” más “nacional-popular” que la sustentada por José María Rosa.
El revisionismo rosista-peronista alcanza su auge a partir de 1968, al calor de la nacionalización de las clases medias. Llega entonces a la Universidad, a través de las “Cátedras Nacionales”, destacándose allí, entre sus representantes, Gonzalo H. Cárdenas, con su libro “Las luchas nacionales contra la dependencia” (1969).
Por entonces, se vigoriza, asimismo, un perfil izquierdista con “Apuntes para la militancia”, de John William Cooke y con los trabajos de investigación acometidos por Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde. Entre las obras de estos últimos, cabe mencionar: “El asesinato de Dorrego” (1965), “Felipe Varela contra el Imperio Británico” (1966), “Facundo y la montonera” (1968) y “Baring Brothers y la historia política argentina” (1968). En este caso, se trata de peronistas que se reconocen marxistas y toman distancia respecto a las posiciones nacionalistas. Sin embargo,
persisten en considerarse rosistas, lo cual les dificulta la correcta caracterización de los caudillos federales antirrosistas, como El Chacho y Felipe Varela.
En los últimos años, el vigor polémico y la producción del revisionismo rosista han decaído, en parte, quizás, por el agotamiento político del peronismo y también por la declinante presencia de aquel nacionalismo en las disputas ideológico-políticas.
1 Carlos Ibarguren: Rosas, su vida, su drama, su tiempo. Edit. Theoría, Bs. As. 1962, pág. 32.
2 Ídem, pág. 33.
3 Ídem, pág. 307.
4 Ídem, pág.132.
5 Ídem, pág. 64.
6 Ídem, pág. 36.
7 Ídem, pág. 36/37.
8 Ídem, pág. 38.
9 Ídem.
10 Ídem, pág. 274.
11 “La Nación”, 03/04/1978.
12 Homero Manzi, recordado por Arturo Jauretche.
13 Ignacio B. Anzoátegui en: “Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas”, noviembre de 1968.
14 Ignacio B. Anzoátegui: Allá lejos y aquí mismo. Edit. Sudestada, Bs. As., 1968, pág. 29.
15 Julio Irazusta: “La Nación”, 01/11/1975.
16 Julio Irazusta en “Breve historia falsificada”. Edit. Independencia, Bs. As., 1981, pág. 164.
17 Ernesto Palacio: La historia falsificada. Edit. Difusión, Bs. As., 1939, pág. 68/69.
18 Ídem, pág., 69/70.
19 Ramón Doll: Una posición crítica; en “Crítica”, 1930.
20 Ídem.
21 Ídem.
22 Ramón Doll: Liberalismo en la literatura y la política. Edit. Claridad, 1934, reproducido en “Ramón Doll: socialismo o fascismo”, de Norberto Galasso, CEAL, 1989, pág. 74.
23 Ídem.
24 Norberto Galasso: Ramón Doll: socialismo o fascismo. CEAL, Bs. As., 1989.
25 Raúl Scalabrini Ortíz: conferencia inédita: “Las dos rutas de Mayo”, Archivo R.S.O.
26 Volante de FORJA, en poder del autor.
27 Homero Manzi, de Aníbal Ford, pág. 41, CEAL, Bs. As., 1971.
28 Arturo Jauretche en Los profetas del odio, A. Peña Lillo Editor.
29 Arturo Jauretche: Política nacional y revisionismo histórico. A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1959, pág. 7.
30 Arturo Jauretche: Manual de Zonceras Argentinas. A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1968.
31 José María Rosa: Artigas; folleto Edic. Ateneo de Estudios Raúl Scalabrini Ortiz, Bs. As., 1959.
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Argentina”
Norberto Galasso
TERCERA Y ULTIMA PARTE
II- EL REVISIONISMO HISTORICO
La crisis económica mundial, el auge del corporativismo en Europa y el triunfo yrigoyenista en las elecciones de 1928 se conjugan para provocar el debilitamiento del pensamiento liberal -conservador en los sectores dominantes-. Ello facilita el avance, al primer plano, del nacionalismo oligárquico. El Gral. Uriburu asume el poder, en nombre del orden y la tradición. Una fuerte personalidad, autoritaria, expresión de la clase alta provinciana, salvará a la Argentina, afirman los hombres de Derecho y de derecha.
Paralelamente, en el campo historiográfico se opera, por entonces, la aparición y desarrollo de una nueva corriente: antiliberal, conservadora, corporativista. El predominio del uriburismo setembrino en política se corresponde con el surgimiento del rosismo reaccionario. Un déspota cubre el escenario político e histórico, asegurando el orden. La dictadura actual se legitima apelando a la producida un siglo atrás.
No es casualidad, entonces, que el mayor teórico del corporativismo entre los asesores de uriburu, el Dr. Carlos Ibarguren, también de una familia patricia del interior, se constituya en el iniciador de esta corriente historiográfica. Lo siguen, en esta tarea, Ignacio B. Anzoátegui y Julio Irazusta.
1) CARLOS IBARGUREN (18/04/1877-03/04/1956)
Abogado salteño, de familia tradicional, funcionario de varios gobiernos conservadores, ha sido liberal en su juventud hasta que la Revolución Rusa y el triunfo de Yrigoyen en 1916 lo convencen de que la democracia es la antesala del “triunfo maximalista” que destruirá el orden vigente. Convertido en fervoroso partidario de las jerarquías sociales, la tradición y el catolicismo, Ibarguren resulta un corporativista convencido en la década del veinte. Por entonces, además de varios libros sobre temas jurídicos, dicta un ciclo de conferencias sobre Rosas “y las dictaduras trascendentes”. Poco después, en 1924, publica “Manuelita Rosas”.
En 1930, Ibarguren participa del golpe militar y es designado interventor en la provincia de Córdoba, desde donde presiona al Gral. Uriburu para reemplazar la Constitución de 1853 por una carta corporativa. En esa época, precisamente, publica “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, punto de partida del revisionismo nacionalista.
La posición reaccionaria de Ibarguren, en ese ensayo, no ofrece dudas:
a. Abomina de la Revolución de Mayo: “Es verdad que Rosas no actuó en contra del movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su protesta contra el desorden social y político producido por la revolución”1
b. Privilegia el orden y la tradición: “Su acción pública se aplica enérgicamente para defender el orden y la disciplina... (Rosas) Representa en nuestro pasado la encarnación más eficaz y potente del espíritu realista y conservador”2... “Fiel a su visión medioeval y reaccionaria, consecuente con las convicciones que siempre
mantuvo”3 ... (Rosas) Fue el brazo irresistible de la reacción conservadora...”4. “¡Odio eterno a los tumultos! ¡Amor al Orden! ¡Obediencia a la autoridad!”5
c. Reivindicación del patrón: “Rosas fue el arquetipo del patrón”6, “El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganado”7. “Él (Rosas) era el patrón por excelencia”8.
d. Expresión de los estancieros: “Los estancieros veían en él no sólo al maestro de la explotación rural... sino también al más severo mantenedor de la disciplina y al más inteligente defensor de sus intereses”9.
En su libro, Ibarguren se refiere a “los combates de Obligado, Tonelero, San Lorenzo y Quebracho”10, pero sin destacar su importancia con el cruce de cadenas en el Paraná, en defensa de la soberanía. El Rosas que le interesa y al cual brinda su elogio es el Rosas-Uriburu, no el Jefe de la Confederación que resiste a las mayores potencias del mundo en 1838 y 1845.
En los años siguientes, Ibarguren publica, entre otras, las siguientes obras: “En la penumbra de la historia argentina” (1932), “La inquietud de esta hora” (1934), “Estampas de argentinos” (1936), “Sociedades literarias y la revolución argentina” (1937), “San Martín íntimo” (1950) y “La historia que he vivido” (1955).
2) IGNACIO B. ANZOÁTEGUI (1905-1978)
Poeta y ensayista, de posiciones reaccionarias, caracterizado por un ácido humorismo y su irrespetuosidad frente a “los próceres”, cumplió funciones en el área educativa, tanto en el gobierno uriburista, como en el juniano de 1943. Pero su condición de hombre de derecha permitió que “La Nación” lo tratase con consideración y respecto en una necrología donde se disminuye la importancia de sus juicios históricos “producto de su sentido del humor” y se lo reivindica como “fino poeta, límpido prosista y cáustico observador... hombre adornado de virtudes, como el respeto de la opinión ajena, la temperancia en el trato y un cordial acercamiento al prójimo”11.
Anzoátegui redacta, entre 1929 y 1931, una serie de bocetos satíricos sobre las principales figuras de nuestra historia (salvo Mitre) que aparecen bajo la forma de libro en 1934 con el título “Vida de muertos”. Allí sostiene:
a) Sobre Sarmiento: “Introdujo tres plagas: el normalismo, los italianos y los gorriones... Esos maestros que creen en las máximas de las cajas de fósforos... gente que se idiotiza enseñando... Sarmiento poseía buenas condiciones pero le faltaba una: ser católico... Lo admiro por los gritos que pegaba”.
b) Sobre Rivadavia: “Se llamaba Bernardino González. Rivadavia era la abuela materna. Eso de sacarse el apellido paterno es todo un síntoma. Ya lo decía el arcipestre de Hita: ‘Aborrecer del padre / fuer cual fuer su apellido / es un feo fazer / fuertemente jodido’. Rivadavia no era mulato... pero tenía ideas de mulato... Cuando
tenía 9 años, estallaba la Revolución Francesa, el más zafio, hitriónico y torcido de los movimientos sociales... Lo de Rivadavia obedecía a una consigna fría (e hijoputescamente) maniobrada: ponerle el pie en la nuca a la Iglesia”.
c) Sobre Alberdi: “Alberdi dijo gobernar es poblar... y se quedó soltero”.
d) Sobre Mármol: “En 1839, lo metieron preso... Estuvo encerrado seis días, desde el 1ro. hasta el 7 de abril... Y se declaró víctima de la dictadura de Rosas. Pero Rosas no le hacía caso”.
e) Sobre Olegario Andrade: “El prefería la imbecilidad de su siglo a la luminosidad imperecedera de la Edad Media”.
Poco tiempo después de aparecer este libro, Homero Manzi, desde FORJA, le lanzó este alfilerazo: “- Usted se mete con todos los próceres, menos con aquellos (como Mitre) que se han dejado un diario de guardaespaldas” (La Nación)12.
Al igual que Ibarguren, Anzoátegui exalta a Rosas desde una perspectiva reaccionaria: “Rosas nació de padre prócer en mujer principal. Era hijo de la tierra, blanco por los cuatro costados y criollo de punta a punta, sin mezcla de mulatos democráticos... Por eso, por señor, el señor de la campaña, desposó a la ciudad y la hizo suya... .
Por señor, fue para los altivos, azote, y padre, para los humildes, porque señor de su señorío de amor, tenía esa fina conciencia, esa fina complacencia, ese fino orgullo propio de los verdaderos señores que practican una sana demagogia aristocrática, la demagogia indispensable para gobernar caritativamente con un claro sentido paternal del poder... Sus hombres le llamaban Don Juan Manuel, con nombre de señor rural hecho a domar potros en la pampa absoluta y de infante hecho a cazar estrellas con halcones”13.
En la misma línea de “Vida de Muertos”, publica “Vida de Payasos ilustres” (1954), “De tumbo en tumba” (1966) y “Allá lejos y aquí mismo” (1968). En este último libro sostiene: “Cuando me preguntan si soy nazi, contesto: Sí, soy nazi por gracia de Dios”14.
3) JULIO IRAZUSTA
La corriente revisionista recibe un importante aporte, en esos años, por parte de los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta: el ensayo “La Argentina y el imperialismo británico” (1934).
Los Irazusta provienen de una familia ganadera de Gualeguaychú, de origen radical. Pero en los años veinte se van desplazando hacia el nacionalismo hasta sustentar definidamente esa posición con el diario “La Nueva República”, hacia 1928. Después de apoyar el golpe uriburista, sus esperanzas se frustran con la preeminencia del Gral. Justo. Poco después, el pacto Roca-Runciman, que viene a legitimar la política oligárquica de carnes, en favor de los invernadores bonaerenses y en perjuicio de los criadores, (como son los hermanos Irazusta) los impulsa a publicar el libro mencionado, en cuya tercera parte abordan también la cuestión histórica. Allí reivindican la política de Rosas e impugnan la desarrollada por sus vencedores,
aunque, significativamente, valoran con demasiada consideración a Mitre, mientras cargan las tintas sobre Sarmiento. Pero, más allá de matices, este libro -junto con los artículos de Raúl Scalabrini Ortiz publicados en Europa y reproducidos por “La Gaceta de Buenos Aires” hacia la misma época- pone de relieve la fuerte influencia de Gran Bretaña en nuestra Historia, aunque Scalabrini -libre de la óptica del pequeño productor agrario como los Irazusta- desarrolla una concepción más totalizadora del problema.
Mientras Rodolfo continúa con sus inquietudes políticas y periodísticas, Julio, a partir de esta obra, se encamina por el revisionismo. En 1935 publica “Ensayo sobre Rosas”, en 1938: “Actores y espectadores” y hacia 1941, uno de sus libros más importantes: “Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia”. Con posterioridad, aporta nuevas investigaciones como “Tomás de Anchorena” (1950), “Urquiza y el pronunciamiento” (1953), “Ensayos históricos” (1954) y “Las dificultades de la histórica científica”, en 1955, en polémica con Ernesto Celesia. Otros trabajos importantes son “Balcarce de siglo y medio” (1960), “Memorias” (1957) y “Breve historia de la Argentina” (1981). Varias circunstancias se conjugan, sin embargo, para que Julio Irazusta no sufra la marginación que experimentaron otros revisionistas por parte de los círculos oficiales: desde su origen familiar y ganadero y su formación intelectual cosmopolita (afrancesado, estudia varios idiomas, concurre a la Universidad de Oxford, hasta su amistad con Victoria Ocampo, su buena relación con La Nación y su antiperonismo militante (expresado en “Perón y la crisis argentina” - 1956), como asimismo su actitud reverencial ante Mitre (lo elogia en “La Nación” del 02/11/197515 y en “Breve Historia Argentina”16).
Así, resulta que Julio Irazusta, en mayo de 1971, es incorporado a la Academia Nacional de la Historia. La lectura atenta de sus memorias ratifica de qué modo, más allá de sus disidencias con los historiadores oficiales respecto a Rosas, Julio compartía valores con la clase dominante, lo cual explica no sólo sus colaboraciones en “SUR” y “La Nación”, sino especialmente su contumacia antiirigoyenista en 1928, así como antiperonista en los años cincuenta.
Tanto Anzoátegui, como Ibarguren e Irazusta impulsaron el revisionismo en esos primeros años del treinta, impugnando a la Historia Oficial desde una óptica de derecha. Su cuestionamiento tiene estos rasgos:
1) Sobre la Revolución de Mayo: exaltan a Saavedra, pues el movimiento resultaría, por sobre todo, militar, sin pueblo, al mismo tiempo que descalifican a Moreno, atribuyéndole iluminismo y ligazón con intereses británicos.
2) Sobre Rivadavia: critican su gestión, pero especialmente por sus ataques a la Iglesia.
3) Sobre Rosas: lo reivindican como expresión del orden, la soberanía y la resurrección del espíritu colonial.
4) Respecto de Sarmiento: lo condenan, más que a Mitre, en tanto expresión de la enseñanza laica.
El ocaso del uriburismo, producto de la preeminencia de la política liberal pro-inglesa del Gral. Justo, reduce la repercusión de sus trabajos. Son francotiradores y en
esa medida, los grandes diarios los silencian mientras Levene mantiene el predominio de la Historia Liberal en colegios y demás organismos de difusión y comunicación.
Recién en los últimos años de la década del treinta, el revisionismo logra convertirse en corriente, con la aparición de nuevos investigadores y sus primeros nucleamientos. El 15 de junio de 1938, en Santa Fe, se constituye el Instituto de Estudios Federalistas, conducido por Alfredo Bello y José María -Pepe- Rosa, con un homenaje al caudillo Estanislao López. Poco más tarde, el 5 de agosto del mismo año, se inaugura en Buenos Aires, el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con la participación de los hermanos Irazusta, Alberto Ezcurra Medrano, Manuel Gálvez, Corvalán Posse, Díaz de Vivar, Carlos Steffens Soler, Ramón Doll, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Vicente Sierra, Corvalán Mendilaharsu y otros.
Estos nuevos historiadores revisionistas se encuentran -la mayoría o casi la totalidad de ellos- alineados en el nacionalismo reaccionario, aunque algunos, sin embargo, con planteos más amplios para caracterizar sucesos y personajes, así, por ejemplo, Manuel Gálvez, quien en su biografía sobre Hipólito Yrigoyen concluye siendo ganado por el personaje, o Ernesto Palacio, quien se singulariza por exaltar a Mariano Moreno y condenar la guerra del Paraguay.
4) MANUEL GÁLVEZ (1882-1962)
desde muy joven interesado por la cuestión social, Gálvez publica inicialmente varias novelas con esa temática, que alcanzan gran éxito: “Nacha Regules”, “Historia de Arrabal”, “La maestra normal” y “El Mal metafísico”, entre otras. Después, deriva al nacionalismo católico y hacia 1930 inicia sus incursiones en el campo de la historia argentina: “El gaucho de los cerrilos” (1931) y “El General Quiroga” (1932). Pero su obra más importante, en el terreno histórico, comienza hacia 1939 con “Vida de Yrigoyen”. Luego publica “Vida de Juan Manuel de Rosas” (1941), “Vida de Aparicio Saravia” (1942), “Vida de Sarmiento” (1945) y “José Hernández” (1945). En la construcción de estas biografías, Gálvez trabaja con un cúmulo importante de datos y si bien esos libros carecen del aparato erudito que fundamente las citas, un control minucioso permite verificar su rigor histórico.
Años después, Gálvez incursiona en la novela histórica reconstruyendo épocas importantes de nuestro pasado: “Bajo la garra anglofrancesa” (1953), “Así cayó don JuanManuel de Rosas” (1954), “Uno y la multitud” (1955), donde a través de la historia de un nacionalista, aparece el 17 de octubre del ’45, “Tránsito Guzmán” (1957), donde recrea el enfrentamiento de la Iglesia con el peronismo. Ya años antes, en 1938 en “Hombres en soledad”, Gálvez había dibujado el aislamiento del intelectual nacional durante la Década Infame.
5) ERNESTO PALACIO
Nace en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 4 de enero de 1900. De tendencias anarquistas en su juventud, Palacio se convierte luego al catolicismo y de poeta y crítico literario, en su primera época (“Revista Martín Fierro”, 1926) pasa luego al nacionalismo (“La Nueva República”, con los hermanos Irazusta, en 1928). Participa
del golpe uriburista aunque luego, al igual que los Irazusta, lo critica por entender que no se han cumplido los objetivos prometidos. Este replanteo se expresa en su libro “Catilina”, donde apela a la lucha de Catilina contra la oligarquía romana, para lanzar sus dardos contra el uriburismo.
Hacia 1938, Palacio publica una de las obras de mayor resonancia del revisionismo: “La Historia falsificada”. Allí sostiene: “...Domina en nuestro país la falsa idea de una historia dogmática y absoluta, cuyas conclusiones deben acatarse como cosa juzgada, so pena de incurrir en el delito de leso patriotismo... Aquí se ejercita un verdadero terrorismo de la ciencia oficial, por medio de la prensa, la universidad y la enseñanza media... Historia convencional, escrita para servir los propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones... Ante el empeño de enseñarles una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni la verdadera, ni la oficial”17
Señala, asimismo: “Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se le destinaba: fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea el partido de “la civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos, se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestros destinos, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación, sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia. Sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino de entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente, que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas universidades donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es mal administrador”18.
En años posteriores, Palacio se dedica con mayor concentración a la tarea política dirigiendo los semanarios “Nuevo Orden” (1940) y “Política” (1945). Desde este último apoya la candidatura de Perón. En el período 1946-52 se desempeña como diputado nacional del bloque peronista. En todos estos años, se observa en Palacio su posición nacionalista como así también sus esfuerzos para pasar a posiciones más populares -quizás debido a la influencia del peronismo- tomando distancia de Maurras y del corporativismo, que lo habían cautivado años atrás y si bien durante la guerra reconoce simpatías por el fascismo, insiste en que la reivindicación nacional argentina es el eje de su lucha, al tiempo que reivindica el radicalismo, pero al de Yrigoyen y no al de Alvear.
En 1953, publica, en dos tomos, “Historia de la Argentina”. En este libro, adopta posiciones singulares que lo separan de la mayoría de los revisionistas nacionalistas: juzga reaccionario a Saavedra y reivindica a Moreno, fustiga a Rivadavia por su europeísmo, reivindica a Rosas, pero también descarga su artillería contra Mitre, condenando severamente la Guerra del Paraguay. Asimismo, critica el orden agropecuario de “la granja de su Majestad británica”, reivindicando la necesidad de industrias y de explotar los recursos minerales. Esta “Historia Argentina” se constituye
en uno de los libros más leídos por todos aquellos que manifiestan interés por conocer la verdadera historia.
6) RAMÓN DOLL (1886-1970)
Doll proviene también de una juventud izquierdista, habiéndose destacado a partir de 1927 como agudo crítico literario. Ante su crítica implacable caen importantes escritores como Ricardo Güiraldes, Ricardo Rojas, Roberto Giusti e incluso el joven y promisor Jorge Luis Borges. En esas críticas literarias, ya Doll incursiona en la historia argentina, guiado por su desconfianza hacia los intelectuales del sistema: “Intelectuales fueron los Varela, los Rivadavia, los que asesoran a las oligarquías porteñas para defraudar el sentido democrático o federalista de la Revolución”19. Y agrega: “Recuerde todo lo que una nueva visión de la historia argentina está descubriendo en los unitarios: fueron los niños malcriados de la época y porque el pueblo los aborrecía, resolvieron, en sus versos y en sus obras literarias, que ellos eran “la civilización” y el país era “la barbarie”... Ellos hicieron, es cierto, la historia y durante mucho tiempo no ha habido otra...”20. Cuatro años después, en “Liberalismo en la literatura y la política”, Doll se constituye en uno de los primeros revisionistas que aborda críticamente la figura de Bartolomé Mitre: “Despojado Mitre de sus títulos de liberal, demócrata y civilizador y sometido a una prueba rigurosa de recomposición histórica, en su presidencia, se llega a esta asombrosa y desopilante constatación: que su presidencia fue una verdadera dictadura militar, ensangrentada por sus fieles lugartenientes uruguayos (Sandes, Arredondo, Flores, Rivas) enviados al interior para pacificar las provincias y someterlas al liberalismo y a la civilización”21: “Ese artillero demagogo”, “ese señorón propietario de la historia oficial y de la sabiduría política en la Argentina”, “ese padre y tío de las oligarquías que se adueñaron del país desde Pavón”, “la más odiosa expresión de la elite, por petulante y por esa frialdad de alma que en “La Nación” se llama serenidad y equilibrio moral”... Con tales epítetos Doll quiebra ruidosamente una tradición de reverencias y besamanos multiplicada por los historiadores en los altares de “La Nación”22.
Asimismo, reivindica a Juan B. Alberdi quien se había atrevido a denunciar el monopolio del puerto y la Aduana únicos, ejercido por Buenos Aires, en perjuicio del resto del país: “Alberdi señaló que Buenos Aires monopolizaba toda la riqueza del país y quien tiene la riqueza tiene la suma del poder político. De ahí que Buenos Aires ha sido el vivero de las dictaduras, a veces gauchas, otras ciudadanas y con Mitre, militares. Para hacer que ese monopolio favorezca a la Nación entera y no a una sola provincia, en detrimento de las demás, es menester decapitar a la provincia de Buenos Aires, federalizando la ciudad... El gran publicista tucumano le había buscado el corazón, con ansias de darle muerte, a la oligarquía porteña. Triunfante ésta, en Pavón, no quedó nada de Alberdi en el país”23.
Pero tanto la lucidez de sus análisis, como la ironía de sus refutaciones polémicas, lo aíslan a Ramón Doll en la estepa de la Década Infame. Silenciado, marginado, ha podido conocer el revés de la trama de las principales cuestiones literarias, históricas, y políticas del país y ha dicho sus verdades. Sin embargo, no encuentra salida en el nacionalismo democrático de los forjistas y pasa a posiciones nacionalistas reaccionarias, hacia 1939.
De este pensador originalísimo -aún cuando no haya sido autor de extensas investigaciones históricas- queda, como un hito importante, su caracterización de Mitre, Alberdi, Urquiza y Sarmiento24, allá, a mediados de la Década Infame, como un aporte que abrió caminos en la interpretación de nuestro pasado.
7) VICENTE D. SIERRA (1893-1982)
Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Sierra rechaza la leyenda negra de la colonización española, pero, llevado de su fervor religioso, cae en el error simétrico idealizándola en “Sentido misional de la conquista”. Publica también “Así se hizo América” y “La expansión de la hispanidad en el siglo XVI”, con idéntica orientación.
Historiador laborioso, Sierra ha publicado una “Historia de la Argentina” en 12 tomos. Se desempeñó como miembro de la Junta de Historia Eclesiástica y como Director de la Biblioteca Nacional.
EL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS JUAN MANUEL DE ROSAS
Durante la década del treinta, los historiadores revisionistas investigan y publican, al principio como francotiradores, luego agrupados en el Instituto y su Revista, intentando debilitar las murallas de la Historia Oficial, custodiadas celosamente por R. Levene, quien los descalifica negándoles nivel científico y seriedad en sus obras. Los viejos mitos perduran, así, incólumes y a los ojos del gran público, la Historia continúa siendo solo una: científica, liberal, neutra y mitrista, ésa de las efemérides escolares, la Academia y los suplementos de los grandes matutinos.
Sin embargo, la Revista del Instituto -que ahora los congrega- comienza a ejercer su efecto, aunque todavía en círculos restringidos. Allí se expresa un grupo de revisionistas rosistas, en general nacionalistas y clericales, aunque algunos provienen del radicalismo.
Entre ellos, pueden citarse, además de los revisionistas ya mencionados, a Carlos Steffens Soler, Ricardo Font Ezcurra, Justo Díaz de Vivar, Roberto de Laferrere, Ricardo Zorraquín Becú, Pedro Juan Vignale, Federico Ibarguren y Juan Pablo Oliver, debiendo destacarse asimismo el tesón aportado por Alberto Contreras, constituido en motor del Instituto.
En las páginas de la Revista aparecen, entonces, enjundiosos artículos que impugnan los asertos liberales, ya sea a través de nuevos documentos o nuevas interpretaciones. Desde allí -no obstante los enfoques reaccionarios- es erosionada la Historia Oficial hasta tornarla poco creíble para buena parte de quienes se acercan a nuestro pasado con honestidad y espíritu crítico.
A través de sucesivos números, la Revista pone al desnudo muchas verdades ocultas, entre las cuales pueden mencionarse:
1. el apoyo francés a los unitarios en su lucha contra Rosas y en especial, la relación del Gral. Lavalle con los jefes invasores,
2. la violencia desplegada por los unitarios en diversas circunstancias, especialmente después del golpe del 1º de diciembre de 1928, quebrando el mito de que la violencia era patrimonio exclusivo de los federales,
3. la heroica defensa de la soberanía en la Vuelta de Obligado, por parte de los soldados de la Confederación , ante la invasión anglo-francesa en 1845,
4. la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos,
5. la amistad entre Rosas y San Martín, así como la decisión del Libertador de legar su sable al Jefe de la Confederación,
6. las negociaciones de los unitarios, hacia 1820, para coronar al príncipe de Luca en Buenos Aires,
7. las desmesuras verbales de Sarmiento, así como sus artículos, desde Chile, cuestionando nuestra soberanía sobre la Patagonia.
En general, la línea histórica sustentada en la Revista es: Saavedra (Mayo lo hizo el ejército y no el pueblo), San Martín (conservador y alineado junto al nacionalismo ganadero de Rosas) y Rosas (expresión de orden y nacionalismo).
La mayor parte de la tarea de revisión la circunscriben al período rosista, desinteresándose tanto del período anterior, como del posterior, como así también de los caudillos del interior, a quienes, en general, ignoran. Como puede comprenderse, su ideología circunscribe y reduce la labor historiográfica de revisión, pero su efecto importante es iniciar el agrietamiento de las bases en que se sustentas las columnas de la Historia Oficial.
EL REVISIONISMO FORJISTA
FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) es una corriente interna del radicalismo fundada, en 1935, por Arturo Jauretche, Homero Manzi, Manuel Ortiz Pereyra, Félix Ramírez García y Juan B. Fleitas. Se integra con irigoyenistas consecuentes que provienen de “la resistencia radical” y que hacia fines de 1934 se expresaron en la agrupación “Radicales Fuertes”.
FORJA se propone profundizar la vocación revolucionaria del irigoyenismo, otorgándole un programa de claro contenido antiimperialista y oponiéndose a la claudicación del “alvearismo” que controla la cúpula partidaria. Bajo el lema “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, los forjistas denuncian el Estatuto Legal del Coloniaje y levantan, como bandera agitadora, “las cuatro P”: “Patria, Pan y Poder al Pueblo”.
El principal ideólogo de la agrupación es Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), aún cuando no se halla orgánicamente integrado a la misma, en razón de su negativa a afiliarse a la Unión Cívica Radical, requisito ineludible para incorporarse a FORJA (hasta 1940), en tanto corriente interna del partido. Así, desde los suburbios de FORJA, Scalabrini Ortiz aporta las ideas fundamentales provenientes de sus investigaciones acerca de la opresión del imperialismo inglés sobre la Argentina. Jauretche sostiene, años después, que “Scalabrini fue el descubridor de la realidad
argentina” y que “él nos sacó del antiimperialismo abstracto que difundía la vieja izquierda, para conducirnos a un antiimperialismo concreto”, es decir, a comprender cuáles son los resortes fundamentales de la dominación inglesa y cómo funciona ese mecanismo.
En el cuestionamiento a la Argentina semicolonial y al pensamiento de la clase oligárquica, juega un importante papel de crítica histórica. El mismo Scalabrini, en artículos diversos del semanario “Señales”, como así también en los “Cuadernos de FORJA” y en sus conferencias, inicia el revisionismo histórico forjista. Esta revisión se distingue netamente de la formulada por “los rosistas”: es antiimperialista y popular (Jauretche habla de “nacional” y “no nacionalista”) y resulta ajena -incluso antagónica- al origen uriburista del revisionismo de Ibarguren y compañía. (Los forjistas se deslindan de los nacionalistas con este simbolismo: “El nacionalismo de ellos es el llanto del hijo ante la tumba del padre, “lo nacional” forjista es el canto del padre ante la cuna del hijo. Para ellos, la Patria ya fue y está en el pasado. Para nosotros, es un sueño de futuro”).
En 1937, Scalabrini inicia el revisionismo forjista con su conferencia “Las dos rutas de Mayo”25, pronunciada en Lavalle 1725, sede de la agrupación. Allí reivindica la línea revolucionaria de Moreno y critica la línea oligárquica de Rivadavia: las dos rutas están ahí, en el principio de la Patria y conducen, por caminos diversos, hacia la transformación y el auténtico progreso la primera, hacia la sumisión y la política antipopular, la segunda. Asimismo, en diversos artículos que luego agrupa en “Política británica en el Río de la Plata”, Scalabrini critica la libre importación, el empréstito Baring Brothers y la segregación de la Banda Oriental, así como el trazado ferroviario impuesto por las compañías británicas, base de la “granja” productora de carnes y cereales para su Graciosa Majestad.
Las obras principales de Scalabrini Ortiz son: “Política británica en el Río de la Plata” (Edit. Reconquista, Bs. As., 1940) e “Historia de los ferrocarriles” (Edit. Reconquista, Bs. As., 1940). Póstumamente, aparecerán “Cuatro verdades para la crisis” y “Bases para la reconstrucción nacional” (1965) donde se compendian artículos publicados en diarios y revistas.
Hacia 1938, los forjistas se definen, en materia de revisión histórica, de este modo: “La historia es un arma para manejar los pueblos, para someterlos a los designios de los vencedores, para impedir toda acción libertadora, para dividir y confundir las corrientes de opinión. Por eso, la diplomacia inglesa ha impuesto una historia oficial argentina según la cual le somos deudores de la libertad, del progreso y de los capitales que nos prestaron para consolidar el orden y el bienestar. La revisión histórica emprendida por FORJA demuestra que tales asertos son falsos y que los capitales extranjeros, predominantemente ingleses, que enfeudan y esclavizan la Patria, no son más que el producto del trabajo y de la riqueza argentina, capitalizados a su favor por la astucia europea... Conozca el origen de los problemas de la patria y así conocerá la esencia de los problemas actuales”26.
En esta misma línea, Homero Manzi levanta la figura de los caudillos populares, exaltando a Rosas en tanto defensor ante la agresión anglofrancesa pero criticando su política interna y formula esta síntesis: “consecuentes con el pensamiento de Yrigoyen, soñamos el radicalismo no como un partido más... sino como un
levantamiento total de la conciencia argentina... El radical es radical hoy, como pudo haber sido reconquistador en 1807, libertador en 1810, viajero... en 1816, montonero en 1830, confederacionista en 1855, revolucionario en 1890, irigoyenista en 1916”27.
Jauretche, asimismo, recuerda que en aquellos años los forjistas rescataban la memoria del Tigre de los Llanos: “Aún recuerdo risueñamente el horror de “los galeritas” (alvearistas) cuando nos encontrábamos con ellos en la Recoleta para rendir homenaje a Yrigoyen y de vuelta, dejábamos unas flores sobre la tumba de Facundo, tan cerca -ay- a la del Gral. Alvear”28. Si bien durante la existencia de FORJA no aparecen otros historiadores en el grupo, varios militantes forjistas publican trabajos históricos varios años después: Gabriel Del Mazo (“Historia del Radicalismo”, 1955), Atilio García Mellid (“Montoneras y caudillos en la historia argentina”, 1946 y la “Historia del Paraguay”, 1964), así como René Orsi: “Historia de la disgregación rioplatense” (1969), “Dorrego y la unidad rioplatense” (1991) y “San Martín y Artigas” (1991, entre otras.
También años después, Arturo Jauretche se ocupa especialmente de esta cuestión en “Política Nacional y Revisionismo Histórico” (1959), Edit. Peña Lillo.
Allí, aporta reflexiones importantes: “La falsificación de la historia ha perseguido, precisamente, esta finalidad: impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional... Ha habido una sistematización sin contradicciones, perfectamente dirigida... que no puede explicarse por la simple coincidencia de historiadores y difusores... No se trata de un problema de historiografía, sino de política: lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia... Y esa política de la historia falsificada es y fue la política de la antinación, de la negación de ser y de las posibilidades propias”29. El pensamiento de FORJA -más allá de la disolución del grupo, producida en Diciembre de 1945- se continúa y profundiza a través de Jauretche quien después de señalar cómo la clase dominante impone su pensamiento al resto de la sociedad, para asegurar el orden semicolonial (“La Yapa” de “Los profetas del odio”), se dedica, en el “Manual de Zonceras Argentinas”, a destruir los mitos claves de la historiografía liberal: “civilización y barbarie”, “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, “el misterio de Guayaquil”, “Rivadavia, el hombre que se adelantó a su tiempo”, “La patria no es la tierra donde se ha nacido”, “Mármol y como hombre te perdono mi cárcel y cadenas”, “Sarmiento no faltaba a clase en los días de lluvia”, “la inferioridad del nativo”, y otros30.
EL PERONISMO Y LA HISTORIA
Durante el período 1945-1955, se manifestaron algunas inquietudes revisionistas aisladas (como el intento de retornar los restos de Rosas o los discursos parlamentarios donde John W. Cooke aborda la necesidad de la revisión histórica), pero, en general, predomina una política dirigida a no ahondar en la polémica suscitada. Incluso se produce un tratamiento contradictorio de esta cuestión: por un lado, se entrega (hasta 1954) el control de la universidad al nacionalismo católico quien difunde allí sus posiciones, pero, por otro, persiste la enseñanza de la Historia Liberal en escuelas primarias y secundarias (aunque en 1950, se exalta a San martín
por encima de todos los otros próceres, decretando el año sanmartiniano). Asimismo, se designa con nombres de próceres liberales a los ferrocarriles nacionalizados 8Mitre, Sarmiento, etc.).
En esos años, comienza a adquirir importancia la obra revisionista de José María Rosa.
JOSÉ MARÍA ROSA (1906-1991)
Además de impulsar el Instituto Federalista del Litoral, Rosa ha publicado su primer libro en la década del treinta: “Interpretación religiosa de la historia”, donde se evidencia, todavía, su anclaje en el viejo nacionalismo. Hacia 1941/42, publica “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” denunciando el comercio libre como factor de sometimiento al capital inglés.
En 1944, aparece “El otro Alberdi”, pero recién durante el peronismo Rosa lanza varios libros dirigidos a cuestionar la Historia Oficial. “La Misión García ante Lord Strangford” aparece en 1951, denunciando el proyecto de entregar el país en protectorado a los ingleses. En 1952, publica “El cóndor ciego”, desnudando la incomprensión política de Lavalle que lo lleva al aislamiento y podría ser causa de un posible suicidio. En 1955 aparece “Nos, los representantes del pueblo”, donde llevado por su exultante rosismo, “Pepe” Rosa denigra a los convencionales de Santa Fe de 1853.
Ya derrocado el peronismo, Rosa se afirma definitivamente como historiador y produce sus obras más importantes: “La caída de Rosas” (1958), “El revisionismo responde” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1967), “Historia del revisionismo y otros ensayos” (1968) y “Del municipio indiano a la provincia argentina”. Hacia 1964, Rosa acomete una “Historia Argentina”, de más de 10 tomos que deja inconclusa a su muerte. La obra de Rosa es muy leída, especialmente a fines de la década del sesenta, por una juventud que descree de los viejos textos liberales y busca una posición política nacional. Cabe señalar que la influencia del peronismo opera, sobre J. M. Rosa y otros revisionistas, alivianando los rasgos derechistas y acentuando una óptica popular.
Rosas ya no es exaltado como un gran señor de horca y cuchillo, terrateniente patriarcal que garantiza el orden social, sino como defensor de la soberanía. Del mismo modo, Rivadavia es criticado por su conflicto con la Iglesia pero más aún por sus negocios con los ingleses. Con el correr de los años, “Pepe” Rosa reivindica a Artigas31, así como políticamente, al regresar de Cuba, opina favorablemente sobre la Revolución liderada por Fidel Castro.
Por supuesto, en su Historia Argentina perduran resabios de su uriburismo, como cuando sostiene que “a Yrigoyen lo derrocó el pueblo”, cuando no acierta a destacar el papel nefasto de Mitre en el ’80 o cuando se ve obligado a dar una forzada imagen de Felipe Varela para explicar su urquicismo y su repudio al restaurador.
De cualquier modo, el esfuerzo de Rosa, como el de Palacio, por ofrecer una visión general de la Historia Argentina distinta a la Oficial, resulta meritorio y favorece el proceso de formación de una conciencia nacional.
En relación con este revisionismo rosista-peronista es preciso notar una experiencia paradojal: no alcanza a llegar a las amplias masas durante el gobierno peronista y en cambio, a la caída del peronismo, a partir de 1955, recién logra repercusión masiva. La explicación reside en que mientras el peronismo gobernante no se ha preocupado por difundir ese revisionismo, la baraúnda denigratoria de toda posición nacional, producida después del ’55, lleva a las mayorías populares a identificar a Rosas con Perón, ambos víctimas de las injurias del liberalismo oligárquico. Si el gobierno de Aramburu-Rojas se definía en la línea “Mayo-Caseros” y erigía un monumento a Urquiza, con el aplauso de los intelectuales y el periodismo liberal, podía suponerse, con razón, que los federales habían sido, en el siglo pasado, algo muy semejante al peronismo injuriado hoy. Por eso, Jauretche sostiene irónicamente que quien más hizo por difundir el revisionismo histórico fue el Alte. Rojas con su implacable odio a las masas peronistas, ligado a su fervorosa admiración por Rivadavia y Mitre. Así, el efecto es la quiebra, a nivel popular, de la confianza en la Historia Liberal, como no lo habían logrado los revisionistas con s vasta obra desde los años treinta.
FERMÍN CHÁVEZ (nacido en 1924, en Entre Ríos)
Junto a Rosa, Chávez ha sido el otro gran revisionista del rosismo-peronismo. Artículos, conferencias y debates constituyen armas empleadas con suma seriedad y enorme tesón por Fermín Chávez, a lo largo de varias décadas. Entre sus libros principales pueden citarse: “Civilización y barbarie” (1956), “Vida y muerte de López Jordán” (1957), “José Hernández” (1959), “Alberdi y el mitrismo” (1961), “El Chacho” (1963), “El revisionismo y las montoneras” (1966), “Historia del país de los argentinos” (1967) y dos importantes trabajos biográficos sobre Perón (1975) y Eva Perón (1990).
Como puede observarse por los títulos, Chávez se ocupa, inicialmente, de reivindicar a los caudillos federales del interior y a quienes podríamos llamar sus intelectuales orgánicos (Alberdi y Hernández), signados no sólo por su antimitrismo sino por su antirrosismo. Por este motivo -como asimismo por el reconocimiento de las limitaciones de la política económica de Rosas y la caracterización de los protagonistas de Caseros- Chávez se coloca en una posición “rosista” más “nacional-popular” que la sustentada por José María Rosa.
El revisionismo rosista-peronista alcanza su auge a partir de 1968, al calor de la nacionalización de las clases medias. Llega entonces a la Universidad, a través de las “Cátedras Nacionales”, destacándose allí, entre sus representantes, Gonzalo H. Cárdenas, con su libro “Las luchas nacionales contra la dependencia” (1969).
Por entonces, se vigoriza, asimismo, un perfil izquierdista con “Apuntes para la militancia”, de John William Cooke y con los trabajos de investigación acometidos por Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde. Entre las obras de estos últimos, cabe mencionar: “El asesinato de Dorrego” (1965), “Felipe Varela contra el Imperio Británico” (1966), “Facundo y la montonera” (1968) y “Baring Brothers y la historia política argentina” (1968). En este caso, se trata de peronistas que se reconocen marxistas y toman distancia respecto a las posiciones nacionalistas. Sin embargo,
persisten en considerarse rosistas, lo cual les dificulta la correcta caracterización de los caudillos federales antirrosistas, como El Chacho y Felipe Varela.
En los últimos años, el vigor polémico y la producción del revisionismo rosista han decaído, en parte, quizás, por el agotamiento político del peronismo y también por la declinante presencia de aquel nacionalismo en las disputas ideológico-políticas.
1 Carlos Ibarguren: Rosas, su vida, su drama, su tiempo. Edit. Theoría, Bs. As. 1962, pág. 32.
2 Ídem, pág. 33.
3 Ídem, pág. 307.
4 Ídem, pág.132.
5 Ídem, pág. 64.
6 Ídem, pág. 36.
7 Ídem, pág. 36/37.
8 Ídem, pág. 38.
9 Ídem.
10 Ídem, pág. 274.
11 “La Nación”, 03/04/1978.
12 Homero Manzi, recordado por Arturo Jauretche.
13 Ignacio B. Anzoátegui en: “Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas”, noviembre de 1968.
14 Ignacio B. Anzoátegui: Allá lejos y aquí mismo. Edit. Sudestada, Bs. As., 1968, pág. 29.
15 Julio Irazusta: “La Nación”, 01/11/1975.
16 Julio Irazusta en “Breve historia falsificada”. Edit. Independencia, Bs. As., 1981, pág. 164.
17 Ernesto Palacio: La historia falsificada. Edit. Difusión, Bs. As., 1939, pág. 68/69.
18 Ídem, pág., 69/70.
19 Ramón Doll: Una posición crítica; en “Crítica”, 1930.
20 Ídem.
21 Ídem.
22 Ramón Doll: Liberalismo en la literatura y la política. Edit. Claridad, 1934, reproducido en “Ramón Doll: socialismo o fascismo”, de Norberto Galasso, CEAL, 1989, pág. 74.
23 Ídem.
24 Norberto Galasso: Ramón Doll: socialismo o fascismo. CEAL, Bs. As., 1989.
25 Raúl Scalabrini Ortíz: conferencia inédita: “Las dos rutas de Mayo”, Archivo R.S.O.
26 Volante de FORJA, en poder del autor.
27 Homero Manzi, de Aníbal Ford, pág. 41, CEAL, Bs. As., 1971.
28 Arturo Jauretche en Los profetas del odio, A. Peña Lillo Editor.
29 Arturo Jauretche: Política nacional y revisionismo histórico. A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1959, pág. 7.
30 Arturo Jauretche: Manual de Zonceras Argentinas. A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1968.
31 José María Rosa: Artigas; folleto Edic. Ateneo de Estudios Raúl Scalabrini Ortiz, Bs. As., 1959.
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