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Crónica de Un Latino En Japón (Introducción a una Novela)

Parte I
Primera Semana en la Vía Láctea

De mis viajes por la sierra de Kumano en la provincia de Nara, en el verano del año
2012, he contado algunas cosas. Pero hay tantas y no menos importantes y mágicas que
aún quedan por contar y que he decidido dejar por escrito ahora y antes de que queden en el
olvido.
A principios del séptimo mes del año estaba decidido a que pasaría las vacaciones de verano
trabajando en la montaña, más exactamente en el pueblo llamado Tenkawa, que significa Río
del Cielo, o también Vía Láctea. Como ya lo había hecho en años anteriores, permanecería en
el Ryokan, u hotel tradicional, por un tiempo aproximado de un mes. Todos los preparativos
estaban ya hechos para partir el día 20 de dicho mes. Mi equipo de estudio, el ordenador
con toda la información necesaria que pude encontrar sobre la mística sierra. El equipo de
campamento del cual daré detalles más adelante también estaba al cien por ciento completo
y listo para la excursión. Mi compañero de viaje, cuyo nombre es Sato, saldría junto conmigo
dicho día para trabajar juntos.

El segundo objetivo de este viaje, además claro está del de trabajar, era el de adentrarnos en la
sierra y recolectar información sobre la historia y la geografía de las numerosas montañas que
conforman la sierra sagrada de Kumano. La sierra de Kumano es considerada sagrada puesto
que es un recorrido de peregrinaje budista con ya más de mil años de antigüedad. Actualmente
está catalogada como patrimonio cultural y natural de la humanidad por la Unesco. La historia
de este camino comienza, como decía ya, hace poco más de un milenio con un personaje
un poco fuera de lo común y también objetivo de la excursión. Se trata de un ermitaño que
de la entonces jóven nación de Yamato, el antiguo y primitivo Japón que entonces sólo
constaba de la actual prefectura de Nara.

En el entonces Yamato, en la entonces provincia de Katsuragi, ahora ciudad con el mismo nombre y perteneciente a la prefectura de Nara, apareció (puesto no se puede decir que ha nacido, dado que no se encuentra ningún registroque pudiera comprobar el hecho) este personaje cuyo nombre es, o fue, después conocido como Ennogyoja, cuya traducción podría ser “El peregrino mensajero del altísimo” o “Peregrino
servidor del altísimo”. El pueblo de Katsuragi tenía entonces su propio emperador y su propio
castillo, ya que aún más antes se trataba de una nación independiente que después vino a
formar parte del imperio de Yamato. Pero decía que por aquellos días vivía aquel hombre
un tanto distinto. Durante temporadas desaparecía adentrándose en la montaña Katsuragi
donde permanecía a solas dedicado a la meditación supuestamente, y, cuentan las historias, a
comunicarse con el Buddha que le guiaba desde los cielos.

Pasaban los años y las generaciones, y este hombre seguía en las historias populares.
Ennogyoja cada vez permanecía más tiempo en las montañas. Los que entonces se hacían
discípulos suyos se encargaban de registrar sus enseñanzas, transmitirlas a sus hijos, quienes
también se harían discípulos de Ennogyoja. Y estos a su vez a su hijos, que harían lo mismo.
Y así llegó la quinta generación. Pero como he dicho antes, Ennogyoja pasaba cada vez
más tiempo en la montaña a solas, puesto que los discípulos no estaban autorizados para
acompañarle en ninguna de sus excursiones. Las historias cuentan muchas cosas. Desde que
en la cima de la montaña se encontraba con ángeles los cuales le enseñaban todo cuanto
sabía, que era un loco, que no era de este mundo, que quizás era una especie de demonio, en
fin, todo lo que la imaginación de aquella gente pudiera dar, por lo cual era temido y venerado.

Un día, Ennogyoja avisó a sus discípulos que partiría hacia una montaña distinta, la cual
debería ser tomada por sagrada. Indicó la ubicación de tal sitio y sus discípulos le advirtieron
que sería un viaje largo, que tal vez le tomará semanas en completar. El respondió que ya no
necesitaba los transportes convencionales ni de largas caminatas entre bosques y ríos. Al
escuchar esto la gente le tomó aún más por loco. Llegado el día, Ennogyoja al despedirse de
los suyos dió la orden de que le siguieran, en un peregrinaje que les llevaría semanas o meses,
como ellos ya lo habían advertido, y él, les estaría esperando allí. Ennogyoja subió al monte
Katsuragi, desde donde emprendió el vuelo, de alguna manera, hacia la que sería su nueva
sede, el monte Ohmine, a 140 kilómetros al sureste de Katsuragi, donde no había poblaciones,
solo montañas y bosque casi infinito. La luz que desprendió Ennogyoja al emprender el vuelo
fue tal que fue visible desde el pie de la montaña y por toda la población, y como un rayo o una
estrella fugaz cruzó el cielo hasta perderse en el horizonte.

Los discípulos, a su vez, emprendieron el viaje. Cruzaron montañas, bosques, ríos, enfrentaron
animales y a bandidos por el camino. Algunos perecieron y otros renunciaron, pero aquellos
que lograron llegar a la montaña Ohmine pudieron realmente encontrarse con Ennogyoja.
Ohmine es parte de una sierra, la susodicha Kumano. Los discípulos fundaron una población
en una cima un par de kilómetros más al sur, donde continuaron aprendiendo las enseñanzas
de Ennogyoja. Eran pocas, incluso contadas las veces al año que Ennogyoja aparecía ante sus
discípulos bajando del Ohmine. Pasaron un par de generaciones más y la población crecía y
veneraba a Ennogyoja. Así se cuentan muchas historias alrededor de este personaje, y que
ya iré contando a su tiempo. Por ahora cierro esta referencia histórica con la desaparición del
pueblo fundado por los discípulos. Una población en la cima de una montaña arrasada por
algún desastre natural quizás. Misterio sin ser resuelto aún hoy en día. Los sobrevivientes, al
parecer, fueron quienes dieron nacimiento al actual Dorogawa, la población actual más próxima
al monte Ohmine y que también es paso para los actuales peregrinos y adoradores de la figura
de Ennogyoja. En la actualidad Ennogyoja es considerado una especie de semi-dios, por
algunos de los supuestos poderes sobrenaturales con los que contaba, según la religión y las
historias. De su desaparición, o mejor dicho, de su última aparición, nada se sabe.

Llegó el día 20 de Julio, un día lluvioso. Sato y yo cargados con todo el equipo partimos hacia
las 16:39 con rumbo a “La Vía Láctea” en un viaje de 3 horas en tren y autobús. La actual
Dorogawa, es ahora un centro turístico y religioso, alimentado en su mayor parte por peregrinos
creyentes de los restos de lo que alguna vez fueron las enseñanzas de Ennogoyja. La principal
fuente económica de Dorogawa son los Ryokan, u hoteles tradicionales que dan hospedaje a
los cientos y cientos de peregrinos que arrivan cada año y en distintas temporadas. Además
del turísmo ecológico, ya que la región es también patrimonio natural de la humanidad, y es en
verdad un paraíso de bosques y ríos.

Sato estaba impresionado ante la belleza del lugar, pocos son los lugares así en Japón,
decía él. Y la verdad es que yo también gozaba de sorprenderme una y otra vez de mirar
aquellos paisajes. El húmedo verano del Japón era insoportable en la ciudad, pero aquí,
era disfrutable. Al llegar a Dorogawa, en el último autobús del día, el de las 17:15, la lluvia
cesó, permitiéndonos caminar con holgura de tiempo para tomar referencias del rededor y
buscar detalles. Llegamos al que sería nuestro hogar los próximos 30 días. El Ryokan, estaba
aún vacío. Solo los dueños nos dieron la bienvenida al entrar. Enseguida buscamos y nos
instalamos en la habitación que nos alojará, la cual era bastante amplia, y con dos ventanas
con vistas muy privilegiadas. Una dando hacia el norte, desde donde se podía apreciar el
templo budista de “El dios dragón” y en consecuencia las ceremonias y rituales que allí
se celebran, y la otra hacia el este, donde se podía contemplar con toda claridad el monte
Ohmine, detrás del cual saldría el sol cada mañana. Las nubes eran espesas pero altas,
dejándonos contemplar al cien por cien la montaña.

Tras instalarnos, cenamos con la pareja, dueños del Ryokan, los Ohnishi, quienes
inmediatamente nos acogieron afectuosamente. El señor Ohnishi, de poca estatura y una
complexión que pareciera que se rompería en cualquier momento era un hombre de unos 50
años de edad, pero su apariencia engañaba. La gente lugareña cuenta con una fuerza física
bastante envidiable debida quizás a los tipos de trabajos que realizan durante toda su vida.
Leñadores, carpinteros, agricultores y cazadores. Su esposa, la señora Ohnishi, de unos 40
años de edad aproximadamente, era un a mujer considerada muy bella entre las esposas
de los demás Ryokan del pueblo. Sin embargo, también era muy conocida por su carácter
infantil a ratos. El señor Ohishi, hijo del ex-gobernador del pueblo, y graduado en una de las
universidades de mayor prestigio en Japón, la universidad de leyes de Waseda, en Tokyo, era
un hombre de conocimientos vastos en varios campos. Tras cenar, el señor Ohnishi nos ha
dado las indicaciones para el inicio del trabajo el día siguiente y nos deseó buena noche. Sato
y yo de vuelta a nuestra habitación, pasamos lista del equipo, por si había algo olvidado, y nos
dimos el resto de la tarde noche para descansar y entrar en las aguas termales.

El día 21 comenzó a las 7 horas, con el calor del sol que entraba ya fuerte por la ventana
este, a diferencia del día anterior hacía un buen clima. A la vez llegaron las trabajadoras de
la cocina, mujeres en su mayoría de edades alrededor de los 60 y 70 años, solo una mujer
más de 82 años de edad. Un total de 6 mujeres mayores. Todas vecinas o provenientes
de poblaciones próximas. Tres hombres más, el señor Ohira, de 50 y algo años de edad y
proveniente cómo nosotros de la ciudad, y los señores Sei y Kubo, ya pasados de los 60.
Al encontrarme con ellos nos saludamos todos calurosamente, hacía tiempo ya que no nos
encontrábamos. El señor Kubo quien con un abrazo me saludó diciendo “Bienvenido de vuelta”
se le veía muy sano afortunadamente, ya que la última vez que lo ví padecía de su rodilla
derecha, que lo imposibilitaba para trabajar muchas veces. Me dió gusto encontrarle de nuevo.
Presenté a mi compañero Sato y así comenzamos la primera semana de trabajo...

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