LA SANTIDAD EN EL ISLAM
Y EN EL SUFISMO EN PARTICULAR
Decid: ‘Creémos en Al-làh y en lo que ha hecho descender sobre nosotros
y en lo que descendió sobre Ibrahim, Ismail, Isaac, Jacob y sus descendientes,
y lo que fue entregado a Musa y a Îsa,
y en lo que fue entregado a todos los demás profetas por su Sustentador:
No hacemos distinción entre los profetas’.
Qur’án, Sura al-Baqara, 136.
Es un mecanismo de la mente el asociar algo conocido a algo que se desconoce. Por lo tanto, si no se quiere asumir el riesgo de una completa confusión, que nadie se adentre en la lectura de esta obra sin intentar abrirse a una nueva comprensión de conceptos que previsiblemente difieran de sus puntos de vista más arraigados. Procedería pues en estos momentos una simbólica ablución de aquellos juicios erróneos que ustedes pueden llevar a cuestas sobre el Islam y el Sufismo, generalmente adquiridos desde la perspectiva ajena del utilitarismo, la duda metódica, las malas traducciones del árabe y un concepto teocrático de la "religión" todavía existente en las sociedades mal llamadas "civilizadas". Lo anteriormente dicho es también aplicable a un no desdeñable número de musulmanes.
Citando a Frithjof Schuon -que a este respecto tuvo un momento de gran lucidez- para comprender las civilizaciones tradicionales en general y el Islam en particular, es necesario tener en cuenta el hecho de que la norma humana o psicológica es para ellas, no el hombre medio hundido en la ilusión, sino el santo desapegado del mundo y apegado a Dios; solo él es enteramente "normal" y solo él, por este hecho, tiene totalmente "derecho a la existencia"; de ahí cierta falta de sensibilidad de las verdaderas civilizaciones hacia lo humano puro y simple. Ahora bien, lo que determina el valor de un pueblo o de una civilización no es la forma literal de su sueño terrenal, cual es el caso de nuestra “civilización del consumo” sino la capacidad de "sentir" el Absoluto, y en las almas privilegiadas, su capacida de identificarse con Él. Este es el quid de la cuestión.
Una descripción que ha alcanzado fama sobre las características de los santones de la comundidad musulmana fue dada por Ali ibn Talib, como relata Ibn al-Jawzi:
"Son los ménos en número, pero los mayores en rango ante Allah. A través de ellos Allah preserva Sus signos hasta que los legan (antes de morir) a otros que se les asemejan, y los planta firmemente en sus corazones. Por ellos el conocimiento ha tomado por asalto la realidad de las cosas, para que encuentren fácil lo que quienes son dados al bienestar encuentran dificil, y encuentran intimidad en lo que los ignorantes encuentran desolación. Acompañaron el mundo con cuerpos cuyos espíritus estaban religados a la más alta de las aspiraciones (al-mahall al-ala). ¡Ah, ah! ¡Cuanto anhela uno poder verlos![6]
El gran compilador de vidas de Santos musulmanes, Farid Uddin Attar, cita un esclarecedor suceso que aconteció en vida del místico Abu l'-Hosain al-Nuri de Bagdad. Cuando Gholam Kalil declaró la guerra a los sufís, fué ante el califa para denunciarlos. El cadí los interrogó, no hallando tacha alguna en su doctrina y comportamiento. Informado de ésto, el califa preguntó a los prisioneros antes de liberarlos:
.- "¿Hay algo que deséen?"
.- "Sí ", respondieron. "Deseamos que nos olvides. No queremos que nos honres con tu aprobación ni que nos proscribas con tu prohibición. Para nosotros, tu prohibición es tu aprobación; y tu aprobación, prohibición".
El califa lloró amargamente y los despidió con honores, porque la oficialidad puede manejarse en la tierra, pero no puede alcanzar los Cielos. La gran parafernalia de las instituciones oficiales corta la conexión con los Servidores Celestiales. Los estados mundanos no los aceptan y ellos no aceptan estar al servicio del Sultán.
Sería conveniente aclarar que el término sufismo es obviamente "occidental". Los sufíes mismos no emplean demasiado este término para sí mismos. Prefieren otros como “los hombres” (arriÿ"l), “la gente” (al-qawm), “la gente de la Realidad” (ahlul-haqîqah), “la gente de la noche” (por dedicarse durante la soledad de la noche a las prácticas de la meditación y el recuerdo de Dios), “los gnósticos” (al-‘"rifûn), “los compañeros", etc., etc. A la hora de definirlo, los maestros lo han velado adrede con metáforas o paradojas, y cuando se les pidió mayor explicación, coincidieron en describirse como “gente del saboreo” (ahludh-dhawq), indicando con eso que lo suyo es un camino de experiencia, y que igual que el sabor, no lo describen las palabras ni lo contienen las estructuras limitadas del pensamiento racional.
Es preciso aclarar que "Sufi", en realidad, es solamente aquel que ha alcanzado la "meta" del camino espiritual, es decir la "santidad", si se nos permite el uso de un lenguaje todavía por pulir. El “Sufi” es aquel que está muerto para el si-mismo y vive por la Verdad; ha escapado de las ataduras de las características humanas y reálmente alcanzado (a Dios). Quede pues perfectamente claro que el autor de este libro no es un sufi y que nadie se llame a engaño en adelante. En árabe, la palabra con que se designa lo que nosotros traduciríamos por santidad es wil"yah, y el que la posee es llamado walî (plural, awliy"’, santos). Esta palabra significa en realidad “amistad”, “cercanía”, “intimidad”. La santidad en esta concepción es pues un estado de gracia que deviene por la cercanía a Dios, quien dispensa Su Amistad; “santos” son Sus amigos, es decir, Sus amados. El walî de All"h es algo así como un “amigo íntimo de All"h”- y al respecto encontramos que el Corán dice:
“All"h los ama y ellos Lo aman”.
El Profeta fue el Amado de Dios por antonomasia, y un shayj dijo: “Aquel que está purificado por el puro amor es puro, y aquel que es absorbido por el Amado y que ha abandonado todo lo demás es un Sufi”[7].
Este dicho nos revela dos visiones sucesivas que se originan del mismo concepto. Si profundizamos más en la raíz de wil"yah, W-L-Y, nos introducimos en la perspectiva no dualista o “esotérica”. Resulta que en árabe wil"ya no es simplemente la cercanía de dos cosas, sino una cercanía tal que no conozca separación real entre las partes de que está compuesta; o yuxtaposición. Siguiendo el diccionario, el verbo wal"-yalî es no sólo “estar cerca” sino más aún “estar contiguo, inmediato a algo”; el verbo taw"l" es “ser sucesivo”, y el adjetivo mutaw"lî es “consecutivo”.
Profundizando todavía un poco más, encontramos la razón de esta “inmediatez del walî respecto de All"h”: istaul" significa “apoderarse de”. Por lo tanto se puede concluir también que el walî es alguien que ha hecho que All"h quisiera apoderarse de él, "que es absorbido por el amado" hasta el punto de hacer de él una continuidad de Sí mismo.
Ahora cabría preguntarse algo importante y que atañe a cada uno de nosotros en relación al walî, al santo. ¿Por qué Dios ha enviado maestros y profetas desde el alba misma de la humanidad? Si ese tesoro, ese potencial, no se hallase en nosotros, ¿Por qué iba a molestarse Dios en enviar profetas y maestros para ayudarnos a encontrarlo?
Toda la intención del aspirante espiritual está puesta en alcanzar esta “cercanía”, y ella no se logra sino por la fuerza del amor. Es en realidad una gracia, y no un producto del esfuerzo. En una tradición sagrada del Islam, Dios dice:
“Mi siervo no puede acercarse a Mí, hasta que Yo le ame. Y cuando le amo, Yo soy el oído por el que oye, la vista por la que ve, la mano con la que coge y el pie con el que anda. Si me pide algo, le atiendo, y si busca refugio en mi lo tiene garantizado.”

Esta amistad con Dios les conlleva también la posibilidad de interceder y por ello son una fuente de bendición (b"rakah), lo que ha generado un culto popular alrededor de estos santos, en todas las épocas, generalmente centrado alrededor de sus tumbas, donde se reza y se pide su intercesión. Y no sólo después de muertos; la gente pide también oraciones en su favor a los hombres vivos dedicados a la vida espiritual ya que la súplica de un amigo será más probablemente escuchada que la de un desconocido.
Entre quienes El Absoluto ha aceptado en el círculo de su Wil"ya los hay quienes Él se reserva para Sí. A estos, Allah los aparta de la celebridad y los sume en el anonimato. Es imposible reconocerlos entre la gente, y su experiencia sólo la comparten con Allah. Y entre ellos los hay a quienes Allah sí que muestra a la gente, y los hace maestros. Los musulmanes los han reconocido como los “grandes sabios del Islam”. Son los que han sido encargados de mantener viva la luz del Profeta*, guiando a los musulmanes por el camino que conduce al Amor. A los más excelsos de estos sabios se les llama “Herederos de los Profetas”, y también “Renovadores del Islam”, pues vuelven a darle fuerzas.
Para los que siguen a un wali, los aspirantes, los tratadistas más esmerados prefieren el término mutasawwif, “aspirante a sufí”. Y existe otra palabra más, que es necesario conocer, que se usa para designar a los hipócritas, los pseudo sufíes, que lo son sólo en apariencia: mustaswif.
Los sufíes han asombrado a veces con afirmaciones en donde cuestionan profundamente la ética tradicional. El hombre común obra el bien esperando el Paraíso y se abstiene del mal por temor al Infierno; pero para estos amantes, elegir el bien es elegir la opción del Amado, y abstenerse del mal es odiar lo que disgusta al Amado. Es éste un amor donde el ser contingente desaparece, y sólo perdura el Amado; en ese estado el santo es un vehículo de la voluntad divina, un aliento de Dios sobre la tierra. Pero cuando el santo no ejerce ese estado, es uno más entre los que se alimentan y sienten frío. En este sentido en que el ser contingente desaparece se interpreta el dicho del místico Al-Hallaÿ (finales del siglo III de la héjira), “Yo soy el Real (Dios)” que le costará la vida. En realidad, más que una heterodoxia, al sufismo deberíamos definirlo como una “profunda ortodoxia”, esto es: una profundización del mensaje original del Islam, de ahí las dificultades en comprenderlo por parte de quienes no están capacitados ni se ejercitan en reflexionar. Creemos que se puede decir que sufismo es el corazón del Islam. Un corazón vivo donde lo más importante es el amor.
Cabe aclarar sin embargo que esta simplificación en la ortodoxia es meramente metodológica, pues el sufismo presenta un espectro amplísimo, tanto en el universo geográfico, como histórico y doctrinario, y para todo muestra excepciones y contraejemplos[9], pues está en su propia naturaleza el escapar a todas las "escolasticas". Tampoco podemos desconocer que a menudo los sufíes han sido contestatarios de un orden (en lo religioso) corrupto, hipócrita, exteriormente formal e interiormente vacío.
Se ha dicho que el sufismo “Es hoy un nombre sin realidad, pero supo ser una realidad sin nombre”, destacando con esto que la santidad era la regla en época del Profeta*, cuando primaba por doquier aunque no era nombrada. Empezó a ser nombrada cuando ya era una cosa rara...
Si hemos de creer a los tratadistas musulmanes, hombres del sufismo, éste existió siempre en la forma de piedad y sabiduría que no necesitaba de tratados o explicaciones eruditas. Cuando la piedad y la fe predominan, los hombres santos no sobresalen, pero cuando comienza a difundirse la corrupción y el desvío dentro del Islam, entonces los “Amigos de Dios” se destacan del resto, como las luminarias en el cielo, o las estrellas en la noche. Se ha querido así explicar la aparición del sufismo (sobre todo en sus formas ascéticas de sencillez y desprendimiento que caracterizaron a algunas figuras iniciales) como una suerte de “reacción” contra el alejamiento del mensaje original del Islam, una reivindicación de la piedad y la sinceridad frente a la creciente corrupción que se extendía entre las clases dirigentes y el poder político. Los primeros sufíes habrían surgido según esta idea para tratar de revertir con el ejemplo, la decadencia de la fe. Se trata de una explicación parcial, pues tanto en los momentos de predominio de la piedad y la fe, como cuando lo que impera es el descreimiento y l impiedad, la santidad es siempre minoritaria, y según los designios de Dios, a veces es conocida y a veces está oculta.
El lector de cultura cristiana se sorprendería al descubrir la importancia de la figura de Jesús (la paz sobre él) en la literatura sufí, especialmente en los últimos tiempos, en que se aproxima el regreso del Imam Mahdi y Jesús por que el plan diabólico del Dajjal está a punto de culminar. Entre los musulmanes que alcanzan la “santidad” es normal que se manifieste, junto a la proximidad de la Divina Presencia, una vía de comunicación o filiación espiritual con alguno de los Profetas enviados por el Dios Único. Uno de los Sufís más conocidos del siglo XX, el Shayj Sidi Ahmad al-Alawi (radiyallahu ‘anhu), mantenía una intensa adscripción espiritual con Sayydina Isa. Dicen quienes le conocieron, que sus palabras destilaban la sinceridad de un amor inmenso hacia Jesús, sin que por otro lado lo considerase un dios. Según las palabras de un pastor metodista tunecino, que tras entrevistarse con él en otoño del año 1928 entraría en el Islam, Hasan Ibn Muhammad al-Qaba’ili: "El respeto que sentía hacia la figura de Jesús en el fondo, era mucho mayor del que manifiestan los cristianos".
Se menciona en las Tradiciones del Profeta: "Los eruditos son los herederos de los profetas". Al respecto de este hadith, el Sheijk Ahmad Al-Faruqi As-Sirhindi[10] comentará: "El conocimiento de los profetas es de dos tipos, conocimiento de leyes y conocimiento de secretos. El erudito no puede ser llamado un heredero si no hereda ambos tipos de conocimiento. Si toma solo un tipo de conocimiento, esta incompleto. Por lo tanto los verdaderos herederos son los que toman el conocimiento de las leyes y el conocimiento de los secretos, y solo los santos han realmente protegido y recibido su herencia."
En los últimos cien años, el edificio espiritual que acompañaba durante toda su existencia al ser humano, ha ido desmoronándose hasta alcanzar el actuál estado de ruina. Ahora la gente vive en la oscuridad, porque no tienen ninguna conexión con las gentes del cielo ni con los sirvientes iluminados de Allah que viven en este mundo entre nosotros. La gente niega y rechaza la posibilidad de beneficiarse de la presencia de "la gente del paraíso". Más, en cuanto Allàh deséa que sean conocidos, los santos son “testigos”, “pruebas” de Dios diseminadas sobre la tierra, estrellas en el firmamento que rememoran al sol profético, y como él, ellos son “hombres perfectos”, en tánto seres que han llegado a la unidad primordial.