A finales del siglo XIX el matrimonio formado por Alfonso Storni y Paulina Martignoni, ambos de nacionalidad suiza, se unió a la ola de inmigrantes europeos que por ese entonces emigraban a la Argentina en busca de un futuro prometedor. Se instalaron en la ciudad de San Juan y allí nacieron sus dos primeros hijos. Sin embargo, en 1890 decidieron regresar a su país natal y se asentaron en un pequeño pueblo llamado Sala Capriasca, ubicado en la Suiza italiana. Allí nació Alfonsina, el 29 de mayo de 1892. Cuatro años después, la familia decidió viajar de nuevo a San Juan donde residirá hasta 1900, año en que se trasladó a la ciudad de Rosario en busca de nuevas oportunidades.
Alfonsina creció en un ambiente de estrechez económica y por ello, cerca de los once años, tuvo que abandonar sus estudios y ayudar a su madre que trabajaba como modista para compensar la falta de recursos causada, en gran medida, por la inestabilidad laboral y emocional de Alfonso Storni. En 1906, cuando muere su padre, Alfonsina entra a trabajar como aprendiza en una fábrica de gorras. Más adelante comienza a trabajar en el teatro y llega a formar parte de la compañía del actor español José Tallaví. De esta forma, desde muy joven adquiere conciencia de que debe trabajar duro para ganarse el pan. Sin embargo, no la abandona su deseo de estudiar y en 1909 se matricula en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde también ocupa el cargo de celadora. Al año siguiente obtiene el título de maestra rural e inicia sus prácticas en la ciudad de Rosario.
En esta época empieza a publicar sus primeros poemas en revistas locales pero muy pronto, cuando le faltan pocos meses para cumplir los veinte años, abandona Rosario y toma el tren rumbo a Buenos Aires: embarazada de un hombre casado y veinticuatro años mayor que ella, está decidida a empezar de nuevo en la capital argentina. Desde ese momento hasta su muerte, afrontará la vida como madre soltera pasando por alto los prejuicios morales de una sociedad hipócrita y estrecha.
Cita:
Tú me quieres blanca
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone)
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone)
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques;
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
Durante sus primeros años en Buenos Aires debe ajustar las exigencias domésticas y la crianza de su hijo a su incorporación al mundo literario; además trabaja, primero como cajera en una farmacia y en una tienda, y después como «corresponsal psicológico» en una empresa importadora de aceite de oliva. En 1916 aparece su primer libro, La inquietud del rosal; asimismo, consigue sus primeras colaboraciones literarias en Fray Mocho, Caras y Caretas, El Hogar, Mundo Argentino, que la ayudan a llegar a fin de mes y la estimulan intelectualmente. También establece amistad con reconocidos intelectuales de pensamiento socialista, como Manuel Ugarte y José Ingenieros, y empieza a recitar sus poemas en bibliotecas de barrio.
En 1919 se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación, en las que escribe de las mujeres y del lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en «Cositas sueltas»). A menudo se refiere, no sin ironía, a la actitud de las mujeres huecas; por ejemplo, en «Diario de una niña inútil» habla de las vidas tediosas y superficiales de las caza-novios. Asimismo, escribe sobre el derecho al voto femenino —que las leyes argentinas no aprobarán hasta el año 1946— y cuestiona las pesadas tradiciones que les impide a la mayoría de mujeres a elegir un camino más allá del matrimonio. De hecho, en sus artículos adopta un periodismo combativo y en más de una ocasión enfatiza que lo primero que se tiene que hacer para cambiar la situación de las mujeres es romper con los tópicos, los arquetipos, los lugares comunes que la sociedad patriarcal espera de ellas y para ello las insta a demostrar que son seres pensantes.
Cita:
La Loba
Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral).
¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!
No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;
Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis
Pero sin fundamento, que no sabe robar
Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!
Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
Y cómo disimula con risas su temor
Bosquejando en el gesto un extraño escozor...
Id si acaso podéis frente a frente a la loba
Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba
Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor...
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!
Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
No sabréis defenderos, moriréis en la brecha.
Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.
La que pueda seguirme que se venga conmigo.
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
La vida, y no temo su arrebato fatal
Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.
El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor.
Yo soy como la loba,
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
Estas ideas, en la década de los años veinte, y en Hispanoamérica, resultaban realmente innovadoras. De allí que las mujeres de su tiempo se dividieran ante su actitud libre y desprejuiciada: unas la admiraban y otras la consideraban peligrosa. Es posible que sus artículos lleguen a desencantar a sus lectoras del siglo XXI, pero no se puede prescindir de estos ya que muestran sus convicciones feministas, muchas veces planteadas en formas heterodoxas, humorísticas e irónicas: llega a afirmar que incluso aquellas mujeres que justifican su rechazo al feminismo ya están siendo feministas.
Cita:
Humildad
Yo he sido aquella que paseó orgullosa
El oro falso de unas cuantas rimas
Sobre su espalda, y se creyó gloriosa,
De cosechas opimas.
Ten paciencia, mujer que eres oscura:
Algún día, la Forma Destructora
Que todo lo devora,
Borrará mi figura.
Se bajará a mis libros, ya amarillos,
Y alzándola en sus dedos, los carrillos
Ligeramente inflados, con un modo
De gran señor a quien lo aburre todo,
De un cansado soplido
Me aventará al olvido.
A lo largo de estos años, Alfonsina trabaja intensamente: publica poesía, dicta conferencias y se desempeña como profesora en escuelas públicas, primero en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles del parque Chacabuco y, más adelante, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. A partir de 1926 dispondrá también de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación donde impartirá clases de Arte escénico, mientras que por las noches dará clases de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.
A mediados los años veinte sufre una crisis de agotamiento físico y emocional debido al exceso de trabajo. Se le recomienda descanso absoluto y así comienzan sus reposos anuales en Mar del Plata y Córdoba. Pero esos reposos duran poco: Alfonsina necesita de su trabajo para vivir y sacar adelante a su hijo. No obstante, a pesar de sus crisis nerviosas y, sobre todo, gracias a su empeño, a finales de la década de los años veinte Alfonsina ha logrado convertirse en una mujer profesional consolidada en el mundo intelectual de Buenos Aires, un mundo dominado por hombres. Por aquel tiempo asiste ya a las reuniones y comidas del grupo Anaconda, con Horacio Quiroga (con quien llegó a compartir una intensa relación), Enrique Amorim, Emilio Centurión, etc. También participa activamente en las tertulias artísticas lideradas por Benito Quinquela Martín en el café Tortoni y en las del grupo Signo, realizadas en el hotel Castelar. En estas últimas conoce a Ramón Gómez de la Serna y a Federico García Lorca; allí también suele divertirse cantando algún tango o jugando al truco con sus amigos.
La obra poética de Alfonsina es el mejor legado para intentar comprender su vida, marcada por la lucha cotidiana. Sin embargo, pasó por un largo proceso de aprendizaje poético para realmente fundir la voz de la mujer moderna que ella era, con la voz interna de sus poemas. Sus primeros cuatro poemarios (La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente, Languidez), publicados entre 1916 y 1920, todavía imitan el estilo romántico-modernista, herencia de sus lecturas rubendarianas y de otros autores modernistas como Amado Nervo; en ellos se respira la fragancia del lenguaje preciosista (cisnes, oro, perlas, lunas). La mayoría de sus poemas de esta época se ajustan al llamado «poema de amor», formato plagado de clichés anticuados y excesivamente románticos que en ese entonces prevalecían en la escritura femenina, la de las llamadas «poetisas», la forma común con que se designaba a las mujeres poetas para diferenciarlas de «los poetas», y una manera de colocarlas en un subgénero literario. En esos años no era común que la mujer escribiera pero, si lo hacía, debía ajustarse a las formas tradicionales sin sobrepasar los límites que dividían al amor ingenuo del deseo puro; en otras palabras, debían esconderse bajo expresiones sentimentales que no resultaran peligrosas para el público asustadizo. Aunque Alfonsina en esta primera etapa escribió dentro de este estilo particular, es justo decir que estos primeros poemarios nacen, ante todo, de profundos temas humanos, de experiencias vividas; en definitiva, poemas sinceros y autobiográficos (en «La loba», por ejemplo, hace alusión directa a su supuesta maternidad ilícita). Así, más que en lo artificioso y literario, Alfonsina ahonda en el vértigo del mundo emocional a la par de lo cotidiano (como en «Sábado» o «Tempestad»). El resultado: poemas de tono íntimo y doméstico donde también sobresalen temas transgresores como el deseo femenino que le valieron los más duros comentarios por parte de la crítica tradicional, la doble moral a la que está sometida la virginidad de la mujer («Tú me quieres blanca»), la igualdad erótica entre los sexos y el derecho de independencia de ellas («Hombre pequeñito»), la posición subordinada y el legado de silencio heredado por las mujeres («Bien pudiera ser»). Y, por supuesto, su constante obsesión por la muerte («Oh muerte, yo te amo, pero te adoro vida... », nos dice en «Melancolía»).
Por lo tanto, a pesar que adoptó este formato tradicional, deformó sus contenidos ideológicos para dar cabida a un nuevo modelo de mujer, una que, sí, en ocasiones se sometía al hombre y le esperaba con regocijo de amante, pero que también libraba batallas, se autoabastecía de las cosas de la vida, deseaba pieles y olores, experiencias, y aceptaba derrotas para luego erguirse soberbia y altiva ante las vicisitudes. Las contradicciones evidentes en estos poemarios tuvieron que ver con aspectos biográficos: aunque para entonces ya era una mujer independiente, también anhelaba ser amada (sus relaciones amorosas siempre fueron malogradas); en pocas palabras, ansiaba ternura y aceptación. El hombre será, en este sentido, el amado enemigo, y la sociedad, una entidad que no alcanzará a comprender su diferencia. Por eso su rebeldía, su subversión, la expresará por medio de la burla y la risa ácida («¿Qué diría?»). Sin embargo, a veces su excesiva sensibilidad traicionará su fortaleza y sufrirá, como ya se ha dicho, recurrentes crisis nerviosas causadas también por el exceso de trabajo.
El giro de su estilo poético comenzará a identificarse en Ocre, publicado en 1925 —a sus treinta y tres años— donde se muestra más introspectiva; el sufrimiento identificado en estos versos es menos estridente y sus autorretratos, irónicos. Como telón de fondo, toma fuerza la forma en que percibe la libertad de su cuerpo en una cultura conservadora; en una trilogía se atreve a elaborar una teoría sexual: «La rueda», «La otra amiga», «Y agrega la tercera». Para entonces ha descubierto que la causa de sus dolores no es el hombre sino ella misma; sospecha que este sólo le dará amor efímero e incomprensión y ha aprendido a aceptar este impasse entre las relaciones, la tiene sin cuidado porque precisamente vive su mejor momento: ha sabido salir adelante sola con su hijo (con quien mantiene una estrecha relación), es miembro de los grupos literarios y colaboradora de las revistas y periódicos más prestigiosos, es reconocida en las calles por sus lectores, aparece en reportajes y entrevistas de páginas enteras, se gana la vida ejerciendo su profesión de maestra, tiene buenos amigos y se ha ganado un lugar indiscutible en el ambiente cultural bonaerense. Se siente rodeada de aceptación y cariño, aunque algunos críticos todavía insisten en tacharla de inmoral.
Pero las cosas comienzan a cambiar a finales de esa década: su primera obra de teatro, El amo del mundo, estrenada en 1927, fue duramente criticada debido, entre otras cosas, a la mala interpretación que se hizo de las ideas feministas expuestas en ella. A los tres días se suspendieron las presentaciones y los cronistas la despedazaron; uno de ellos escribió: «Alfonsina Storni denigra al hombre». Ella, dolida e indignada, se defenderá en un artículo titulado «Entretelones de un estreno». Por otro lado, desde algunos años atrás, Alfonsina también recibía la crítica de la nueva estética argentina, es decir, los ultraístas en torno a la revista Martín Fierro, liderados nada más y nada menos que por un joven y talentoso Jorge Luis Borges. El Ultraísmo, que abogaba por un lenguaje metafórico donde la imagen era la protagonista absoluta, no podía tener afinidad con el estilo de Alfonsina, más inclinado a la confesión, hijo de la resaca modernista. Los martinfierristas a menudo la tildaron de cursi y se burlaron de ella en su famosa sección «Parnaso satírico». Su fracaso teatral y los dardos de la nueva generación de escritores fueron sin duda tragos amargos para Alfonsina.
No volvió a publicar otro poemario hasta 1934, nueve años después de Ocre. En los últimos años se había interesado por autores más contemporáneos y en 1930 y 1932 realizó viajes a Europa que le permitieron conocer el trabajo de la Generación del 27. Pronto descubrió una nueva forma de escribir, una más acorde a sus vaivenes interiores de ese momento. Así encarnó una metamorfosis maravillosa y evolucionó de «poetisa» a «poeta»: al fin la mujer liberada y la autora, ahora libre de su estilo anterior, se mezclaron en una sola voz. Mundo de siete pozos fue toda una revelación: Alfonsina adoptó una forma más visual de representar las emociones: juegos de imágenes dentro de un mundo precario e inestable, donde los pozos —ojos, oídos, boca, fosas nasales— por los cuales llega a nuestro cerebro la percepción del mundo son cargados de violencia y tensión; la angustia metafísica se convierte en la espina dorsal de los poemas («Agrio está el mundo, / inmaduro, / detenido»), una angustia que llega hasta nosotros por medio de representaciones de mariposas ebrias y mejillas musgosas. En este poemario también son recurrentes los motivos de ciudad: las avenidas, el transporte público, claras alusiones a la modernidad.
Cuatro años después, y un mes antes de su muerte, publica Mascarilla y trébol, donde culmina la aventura vanguardista aunque en el fondo de un abismo: en este último libro la realidad aparece rodeada de imágenes oscuras, a veces grotescas. Y esto se comprende teniendo en cuenta el momento biográfico por el que pasaba su autora: en 1935 se le diagnosticó un cáncer de pecho y debió someterse a una operación quirúrgica en la que perdió su seno derecho. El hecho de tener que pasar por una mutilación física para seguir viva, la marcó profundamente. En los dos años siguientes a la operación, presiente la cercanía de la muerte ya que su salud empeora de manera irremediable. Por lo tanto, Mascarilla y trébol, escrito en estado casi de trance ante la certeza de morir, tiene un tono de reconciliada despedida. Pero al mismo tiempo la arrinconan el dolor físico y la desazón anímica. No ayuda para nada que su amigo Horacio Quiroga, la hija de este, Eglé (a quien Alfonsina profesaba un cariño especial), y su enemigo literario, Leopoldo Lugones, hayan decidido quitarse la vida; Quiroga en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.
Alfonsina, por lo visto, consideraba que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío: en un poema dedicado a Quiroga expresa su admiración por la valiente decisión del escritor. De esta forma, en octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, supuestamente a descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor, llama a la asistenta de la pensión donde se hospeda y le dicta una carta para su hijo. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, de cuarenta y seis años, bajo una lluvia torrencial, se arroja al mar desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir», y una carta de despedida a su hijo Alejandro.
1892
En Sala Capriasca, un pequeño pueblo de montaña ubicado en el cantón Ticino de Suiza, nace, a las siete de la mañana de un 29 de mayo, una niña de ojos claros a quien llaman como al padre, Alfonsina. Años después Alfonsina escribirá sobre la tierra que la vio nacer: «Nací al lado de la piedra junto a la montaña, en una madrugada de primavera, cuando la tierra, después de su largo sueño, se corona nuevamente de flores. Las primeras prendas que al nacer me pusieron las hizo mi madre cantando baladas antiguas, mientras el pan casero expandía en la antigua casa su familiar perfume y mis hermanos jugaban alegremente. Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir ‘dispuesta a todo’». (Según explica el investigador Carlos Alberto Andreola, en realidad su nombre deriva del germánico Adelfus, o sea adal, que significa ‘estirpe noble’ y funs ‘listo, preparado’. De ahí
que, al referirse a su propio nombre, Alfonsina dijera que significaba ‘dispuesta a todo’.)
El matrimonio compuesto por Alfonso Storni y Paulina Martignoni se había trasladado con sus padres y sus dos hermanos mayores, María y Romero, a la casa de unos familiares en el cantón Ticino, procedentes de Argentina, el año anterior del nacimiento de Alfonsina. Alfonso Storni, originario de Luggagia, había emigrado a este país americano en 1883 para establecer, junto a tres hermanos, un negocio familiar en la ciudad de San Juan. En pocos años se habían convertido en prósperos pioneros, primero dedicándose al negocio de la construcción y luego consolidando su posición económica gracias a la instalación de la primera fábrica de soda de la provincia, la misma que más adelante también elaborará hielo y cerveza. En 1885, Alfonso Storni, de veintiocho años, había viajado a su tierra natal con el propósito de contraer matrimonio, y el 16 de octubre del año siguiente se casó, en el pueblo de Origlio, con Pasqualina (Paulina) Martignoni, de veinte años. Alfonso era un hombre bien parecido y rodeado de cierto prestigio a raíz de su éxito en América. Por su parte, Paulina, originaria de Lugano, era una hermosa joven perteneciente a una familia burguesa e ilustrada y a quien sus padres le habían brindado una esmerada educación: pintaba al óleo y a la acuarela, tenía un título de maestra, era una buena lectora y manejaba a la perfección el francés y el italiano. También había recibido clases de música y canto y poseía una agradable voz de soprano. Al poco tiempo de casarse, la pareja se había embarcado hacia América para establecerse en San Juan. Allí, Paulina se había convertido en el centro de atención de la sociedad sanjuanina gracias a las tertulias que el matrimonio acostumbraba a celebrar y a la que asistían los personajes más conocidos de la ciudad, entre ellos artistas y políticos. Durante las reuniones, Paulina solía entonar arias y cavatinas acompañada de un piano de cola que su marido le había obsequiado. Cuenta la leyenda que entre sus amigos llegó a ser conocida como «la pequeña Patti», en honor a la célebre soprano de la segunda mitad del siglo XIX, Adelina Patti. Además, Paulina escribía —en francés e italiano— crónicas sociales para periódicos y revistas locales. En 1887, había nacido María y, al año siguiente, Romeo. Sin embargo, estos años venturosos —en los que Paulina era feliz dedicándose a su familia, a organizar las animadas tertulias y a renovar su vestuario—, pronto terminaron. Hacia 1890, Alfonso había empezado a padecer de una honda melancolía y poco a poco fue descuidando su trabajo en la fábrica. Sombrío y huraño, empezó a beber con mayor frecuencia. En esos años se ausentaba durante días enteros del hogar y se internaba en la selva con la excusa de ir a cazar o de buscar unas minas de plata. Años después, Alfonsina, que aún no había nacido, evocará este episodio familiar después de haberlo escuchado relatar por sus hermanos o su madre: «De mi padre se cuenta que de caza partía...». Paulina, preocupada por el estado anímico de su marido, había consultado con el médico, quien le recomendó un viaje con la familia a la tierra natal; opinaba que el clima de San Juan, que cambia de un momento a otro a temperaturas extremas, había afectado la salud de Alfonso. De esta forma, en 1890, los Storni se habían embarcado para regresar a Suiza, donde permanecerían seis años. Es entonces cuando Alfonsina llega al mundo, ya con un ambiente familiar poco brillante.
1896
Los Storni deciden regresar a San Juan y en agosto zarpan de Génova rumbo a Argentina. Alfonsina tiene cuatro años, la edad suficiente para que el italiano se haya arraigado como su lengua materna. Al llegar a San Juan, sus padres se enteran que el estado de las finanzas de la fábrica se acerca a la bancarrota.
1897
En febrero, Alfonsina ingresa como alumna en el jardín de infantes de la Escuela Normal de San Juan, al que asistirá durante tres años. Allí participa en las fiestas infantiles durante las cuales declama, canta, baila y representa comedias junto a sus compañeras. Sus familiares la recuerdan como una niña vivaz y despierta, con una rica imaginación, tal y como lo demuestran algunos recuerdos de la propia autora: «Estoy en San Juan; tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causa en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta. A los seis años robo con premeditación y alevosía el texto de lectura en que aprendí a leer. Mi madre está muy enferma en cama; mi padre, perdido en sus vapores. Pido un peso nacional para comprar el libro. Nadie me hace caso. Reprimendas de la maestra. Mis compañeras van a la carrera en su aprendizaje. Me decido. A una cuadra de la escuela normal a la que concurro, hay una librería; entro y pido: El nene. El dependiente me lo entrega; entonces solicito otro libro, cuyo nombre invento. Sorpresa. Le indico al vendedor que lo he visto en la trastienda. Entra a buscarlo y le grito: “Allí le dejo el peso”, y salgo volando hacia la escuela. A la media hora las sombras negras, en el corredor, de la directora y de aquél, encogen mi corazoncillo. Niego, lloro, digo que dejé el peso en el mostrador; recalco que había otros niños en el negocio. En mi casa nadie atiende reclamos y me quedo con lo pirateado».
1898
El 28 de agosto, nace Hildo Alberto, último hijo del matrimonio Storni. Alfonsina, quien le lleva seis años, se encariña maternalmente de su hermano pequeño: le cambia los pañales, le enseña pacientemente a caminar. Hildo se convertirá en su primer confidente literario.
1900
Las finanzas de Alfonso y Paulina llegan al tope de la ruina por lo que en agosto de 1900 deciden mudarse al puerto de Rosario (Santa Fe), en busca de nuevas oportunidades. Allí alquilan una modesta casa, oscura y con paredes enmohecidas.
1901
Alfonso abre, cerca de la estación de Sunchales, un café que, sin embargo, para marzo del 1901, debe subastar por falta de recursos. La situación económica de Alfonso es tan desesperada e inestable que Alfonsina debe abandonar sus estudios en abril de ese mismo año. Para mantener a la familia, Paulina abre una escuela particular en la casa donde habitan y logra reunir a cincuenta alumnos.
1902
En julio, Alfonso, quien todavía sufre ataques depresivos, intenta una vez más llevar a cabo otra aventura comercial. Abre un negocio en la calle Mendoza al que llamará Café Suizo, pero este proyecto tan sólo durará tres meses. Deprimido y vencido, Alfonso se encierra por completo en sí mismo y se deja arrastrar por una profunda melancolía. La familia se muda a una casa aún más pequeña y oscura.
En ese ambiente de inestabilidad familiar, Alfonsina recurre a una táctica infantil para suplir las carencias afectivas y evadir la triste realidad: perfecciona el arte de mentir: «A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes; vivo corrida por mis propios embustes, alquitranada en ellos; meto a mi familia en líos... Trabo y destrabo; el aire se hace irrespirable; la propia exuberancia de mis mentiras me salva. En la raya de los catorce años abandono».
1903
A partir de 1903, Paulina se vio obligada a tomar las riendas de la familia; primero se empleó en una fábrica de cigarrillos y, más adelante, como dependienta en varias tiendas. Finalmente decide realizar labores de costura por encargo, una de las actividades a las que las mujeres de la época solían recurrir para ganarse la vida de forma honrada. María y Alfonsina ayudan a su madre en esta tarea que les proporciona dinero solo para sobrevivir; suelen trabajar más de doce horas y a menudo cosen hasta entrada la madrugada. Cuando en 1905 María se case con un comerciante, Alfonsina deberá esforzarse el doble para ayudar a Paulina a cumplir con todos los encargos. Más adelante Alfonsina describirá esos años de arduo trabajo: «Te enrojeció los ojos la costura, /... / Corva la espalda, firme la paciencia, / El pan escaso en mala pieza oscura» («A una premiada»).
1909
Alfonsina se marcha a Coronda para estudiar en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales. Allí alquila una habitación —que comparte con otras dos muchachas— en la casa de la señora Mercedes Gervasoni de Venturini, esposa del comisario del pueblo y hermana de la directora de la escuela. Para pagar sus estudios y los gastos cotidianos, Alfonsina trabaja como celadora en la misma escuela recibiendo una paga de cuarenta pesos mensuales. Pero el dinero apenas le alcanza: el hospedaje completo le cuesta treinta pesos y debe estirar los diez pesos restantes a lo largo del mes. Son muchas las proezas que realiza para arreglárselas: es durante estos años cuando empieza a robar formularios de telegramas para escribir sus poemas.
Cita:
Bien pudiera ser
Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
No fuera más que aquello que nunca pudo ser,
No fuera más que algo vedado y reprimido
De familia en familia, de mujer en mujer.
Dicen que en los solares de mi gente, medido
Estaba todo aquello que se debía hacer...
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
De mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...
A veces a mi madre apuntaron antojos
De liberarse, pero se le subió a los ojos
Una honda amargura, y en la sombra lloró.
Y todo eso mordiente, vencido, mutilado
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
Pienso que sin quererlo lo he libertado yo.
Durante el primer año, Alfonsina destaca como magnífica alumna. Sus maestros pronto descubren en ella cualidades de escritora. Pero también sobresale en otros aspectos; por ejemplo, en la fiesta de fin de curso del primer año escolar, Alfonsina actúa como protagonista en la pieza de teatro Conspiradores incautos, del doctor Zenón Rodríguez. Más adelante, cuando se realicen diversas actividades en Coronda con motivo de la celebración del Centenario (1910), el boletín escolar publicará una crónica informando que la alumna maestra Alfonsina Storni, cantó una romanza «con voz dulce y sentimental».
1910
En el segundo año escolar, Alfonsina se las ingenia para solucionar su falta de recursos: los fines de semana viaja a Rosario para cantar en un tabladillo dedicado al género cabaretero. Cuando en Coronda se enteran que actúa como corista, sufre una humillación pública durante un acto escolar. Este incidente puso a prueba por primera vez su capacidad de soportar los juicios adversos de los demás. Al llegar a casa de la señora Mercedes, Alfonsina se encierra en su habitación y no se la escucha salir durante varias horas. A la hora de la cena, cuando Mercedes llama varias veces a la puerta para que baje a comer, Alfonsina no responde. Decide entrar a su habitación pero se encuentra con su cama vacía y una nota que dice: «Después de lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina». Todos se alarman y salen a buscarla a las barracas del río Paraná. Allí la encuentran, gritan su nombre y corren a hacia ella. Pero Alfonsina, con voz serena y un rostro entero y digno, les dice: «No pasar más cuidado. Continuaré viviendo. Reaccioné».
A finales de ese año recibe su diploma de maestra rural.
1911
A mediados de febrero se instala en el puerto de Rosario y trabaja como maestra en la Escuela Elemental n.º 65. Publica sus primeros poemas en las revistas locales Mundo rosarino y Monos y monadas. Allí establece una relación estrecha con el padre de su hijo, Carlos Arguimbau, un hombre casado, de apellido conocido en el medio social rosarino, mucho mayor que ella (veinticuatro años) y seguramente de personalidad interesante ya que sus biógrafos insinúan que era culto y que tenía «cierta importancia» política: llegó a ejercer el cargo de diputado provincial; también escribía artículos periodísticos y guardaba un gusto especial por la literatura. Al parecer, se habían conocido años atrás: cuando Alfonsina residía en Rosario, con su madre, una de las obras de teatro que representó la compañía de José Tallaví había sido una pieza escrita por Arguimbau, El primer idilio; y el impulsor de la creación de la escuela en la que estudió Alfonsina en Coronda, fue precisamente el diputado Arguimbau.
En Rosario, Alfonsina se involucra en diversas actividades y comienza a frecuentar los nacientes círculos intelectuales de la ciudad, donde se reúnen escritores y políticos. A estas reuniones asiste junto a Arguimbau. Allí también conoce al poeta y abogado santafecino Juan Julián Lastra, que más adelante la pondrá en contacto con escritores de Buenos Aires y se convertirá en su primera amistad literaria.
A finales de ese año, cuando descubre que está embarazada, decide marchase a Buenos Aires y asumir su condición de madre soltera.
1912
En enero se traslada a Buenos Aires, embarazada, sola, con poco dinero y una maleta que contiene sus versos y algunos ejemplares de Rubén Darío. Se hospeda en una humilde pensión hasta que el 21 de abril nace su hijo, Alejandro Alfonso Storni. Más tarde, madre e hijo se mudan a una vivienda que comparten con un matrimonio. Para subsistir y mantener a su hijo trabaja como cajera en una farmacia y luego en la tienda A la ciudad de México. En algunas ocasiones, también realiza labores de modista. Ese año se publica su primera colaboración en Fray Mocho: «De la vida»; también comienza a colaborar en la revista Caras y Caretas.
1913
Es contratada como «corresponsal psicológico» en la firma Freixas Hermanos, una empresa importadora de aceite de oliva. Allí trabaja en las oficinas de la planta alta del edificio, ubicadas en la calle Bartolomé Mitre 1411. Las funciones que desempeñaba son las que hoy en día llamaríamos de publicidad y marketing. No sólo debía redactar propagandas («cartas psicológicas») dirigidas a los comerciantes minoristas, sino que también determinar los tipos de mercados consumidores que existían en el país para elaborar estrategias de publicidad. Sin embargo, no le resultaba un empleo agradable, incluso le disgustaba. Pero Alfonsina trabajaba con esfuerzo y cumplía estrictamente con sus responsabilidades. Más adelante, ella describirá este ambiente de trabajo, donde se gestará precisamente su primer libro: «[...] estoy encerrada en una oficina; me acuna una canción de teclas; las mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama distante. Clavada en mi sillón, al lado de un horrible aparato para imprimir discos, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi primer libro de versos, un pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de La inquietud del rosal! Pero lo escribí para no morir».
Ese año establece amistad con Carolina Muzzilli, dirigente socialista y una de las mujeres más apreciadas en el mundo intelectual bonaerense de la época; sus inteligentes estudios sobre la situación de las mujeres y los niños obreros y su comprometida lucha social, lograron ganarse el respeto de muchos intelectuales. No es de extrañar que Alfonsina y Carolina establecieran una estrecha amistad: compartían una profunda conciencia de la situación de su clase social y se sentían identificadas. De hecho, el 4 de octubre de 1914, bajo los auspicios del periódico dirigido por Carolina, Tribuna femenina, Alfonsina recitó por primera vez sus versos en el cine-teatro Radium n.º 6, en la calle Rivadavia, durante un festival. A finales de 1916, Carolina morirá de tuberculosis.
La noche del 1 de noviembre de 1913, Alfonsina visitó por primera vez la casa del escritor socialista Manuel Ugarte, ubicada en la calle Pozos 47. Ugarte la había invitado a su residencia por medio de una carta enviada el día anterior. Eran tiempos difíciles para Ugarte pues sufría el rechazo de sus compañeros del Partido Socialista. Cuando la joven Alfonsina, de tan sólo veintiún años, lo visita esa noche, puede intuir que algo malo sucede. Al parecer, por esos días Ugarte había discutido fuertemente con el presidente del Partido Socialista, Juan B. Justo. Ugarte ya sabía, de una forma u otra, lo que en efecto sucedió: días después, el 10 de noviembre, Ugarte fue expulsado del partido y salió de su sede diciendo: «Nunca nadie podrá expulsar el socialismo de mi corazón». Alfonsina, como muchos jóvenes, era una fiel admiradora de la labor de Ugarte —quien en ese momento tiene treinta y ocho años—, y tuvo, esa noche, la sensibilidad de entrever la situación en que este se encontraba. Al día siguiente, Alfonsina le escribe una carta solidaria en la que, además, se adivina su propia madurez:
Ayer salí de su casa con una impresión de tristeza. La injusticia de su caso, la serenidad suya y la leve ironía que pude observar en Ud. han contribuido a ello... Por desgracia mía, no sé, ni quiero nunca dominar mis impulsos y por eso quiero decirle hoy, más sinceramente que ayer, que vibro con Ud. Perdóneme, ayer no lo conocía más que a través de sus libros. Yo sé que mis frases le merecerán una sonrisa protectora, pero no me importa. Su talento tiene el derecho de sonreír. Lo que puedo asegurarle es que no hay en mí ni sentimiento de ocasión ni lirismo de mujer.
Mi alma en estos momentos no tiene sexo.
Lo saluda atentamente.
Alfonsina Storni
Desde entonces, iniciaron una estrecha amistad y los unirá la noble confianza y fresca camaradería de dos buenos colegas.
1916
En marzo se publica su primer libro de poesía, La inquietud del rosal, con prólogo de Juan Julián Lastra. La recepción del libro por parte de la crítica no tuvo gran repercusión pero en algunos críticos causó indignación: en esos años no era nada común que una mujer se atreviera a expresar sus deseos, menos aún abierta y públicamente; eso era algo que se debía silenciar, ocultar, reprimir. Tampoco fue bien visto que exhibiera su condición de madre soltera sin complejos, como lo hace en su poema «La loba». La misma Alfonsina, en un testimonio publicado alrededor de septiembre en la revista El Hogar, hace referencia a la represión social que recibía la mujer cuando expresaba sus inquietudes y cómo esta era instada a serenarse cuando se pasaba de los límites. Un comentario más positivo apareció en el número 83 de la revista Nosotros. La reseña era de media página y estaba firmada por Nicolás Coronado, quién juzgaba al libro como una promesa y como el resultado de un alma sensible y emotiva. Aunque señaló sus fallas, también las disculpó al referirse a la inexperiencia de su autora: «En definitiva... es el libro de un poeta joven y que no ha logrado todavía la integridad de sus cualidades, pero que en lo futuro ha de darnos más de una valiosa producción literaria».
Alfonsina también sufrió su primera decepción literaria: Leopoldo Lugones, «el poeta nacional», no le contestó ni una de las cartas que ella le envió, ni accedió a dedicarle un comentario. A partir de entonces, la relación entre ambos fue complicada y muchos aseguran que se debió, en parte, a que el poeta era receloso de posibles rivales, mucho más si se trataba de una mujer.
El 9 de mayo de 1916, asiste a su primera comida de escritores, en compañía de su amiga Carolina Muzzilli. Esta comida estuvo organizada por la revista Nosotros con motivo de la publicación del libro de Manuel Gálvez, El mal metafísico. La comida se celebró en el restaurante Génova, ubicado en la calle Corrientes esquina con Montevideo, y entre los asistentes estaban: Alberto Gerchunoff, autor de Los gauchos judíos (1909); José Ingenieros, psiquiatra socialista y de profundas ideas filosóficas, quien llegará a convertirse en uno de los mejores amigos de Alfonsina; Roberto F. Giusti y Alfredo A. Bianchi, fundadores de Nosotros; y el librero Balder Moen. Por medio del grupo en torno a la revista Nosotros, Alfonsina conocerá también a Horacio Quiroga, con quien no sólo compartirá una cercana amistad sino también una relación sentimental. A partir de esta primera comida, Alfonsina se convertirá en la primera mujer miembro de los cenáculos literarios de Buenos Aires.
A mediados de ese año, pierde su empleo en Freixas Hermanos; sin embargo, empieza a colaborar con varias revistas: El Hogar, Mundo Argentino y Atlántida.
Por esta época, su extenso poema Canto a los niños —dividido en «En la cuna», «La risa de los niños», «Los niños rubios», «Los niños pálidos», «Los niños muertos» y «Exhortación»— fue seleccionado como ganador del concurso literario convocado por el Consejo Nacional de Mujeres. Alfonsina había participado con el seudónimo de Piéridas, es decir, «las musas». Durante la 9.ª Fiesta del Libro, organizada por la Biblioteca del Consejo Nacional de Mujeres y celebrada el 30 de noviembre de 1916 en el Teatro Coliseo, se le otorgó el primer premio: 655, 55 pesos, donados por el Jockey Club. Puesto que en ese momento Alfonsina carecía de un empleo estable, este premio parecía caerle del cielo. Canto a los niños fue publicado en La Nota en diciembre de 1916.
Otro de los poemas de esta época es «Por los niños que han muerto», un verdadero anatema a las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Las noticias de horror y barbarie que llegaron a Argentina desde Europa, conmovieron profundamente a Alfonsina: «¡Jesús, Jesús, Jesús, desciende del madero / Y ven hasta la tierra, esclavo del martirio / Que en los campos se cuaja la sangre y el delirio / De matar, acicate al infeliz obrero! /.../ ¿En dónde estas Jesús? Levántate, ilumina: / Hecho Dios, hecho hombre, o leyenda divina. / Que no muera tu soplo; poco importa que sea / Una vana mentira el mártir de Judea. / Sólo importa el ideal, ¡que no muera el ideal! / Matemos a la espada con su fuerza inmortal. / ¡Arriba! ¡Con la insignia del Cristo maculado! / Por los niños a quienes el cañón ha matado». El poema apareció por única vez en el periódico La Acción, perteneciente al Partido Socialista, el 6 de mayo de 1916.
1917
El 12 de junio, el periódico La Idea organiza, en el teatro Minerva del barrio de Flores, el primer homenaje público a Alfonsina. Ese mismo mes vuelve a la docencia como maestra del colegio Marcos Paz, fundado por la Asociación Protectora de Hijos de Policías y Bomberos.
1918
En abril aparece su segundo libro, El dulce daño. Alfonsina todavía se ajusta al «poema de amor» que en esos años prevalece en la escritura femenina, pero también inventa una temática que arrastra una ironía mordaz. Precisamente una de las innovaciones de este libro consiste en que su autora juega con lugares comunes y tópicos femeninos. En varios poemas, Alfonsina expresa sus frustraciones con estos estereotipos. «Tú me quieres blanca» fue uno de los poemas de El dulce daño que más acogida tuvo entre las jóvenes y pronto se convirtió en el favorito de las recitadoras. Incluso, hasta el día de hoy, es uno de sus poemas más citados. En él, Alfonsina hace eco de la célebre redondilla de Sor Juana Inés de la Cruz, «Hombres necios, que acusáis...», en la que se cuestionan las pretensiones de pureza y virginidad de los hombres con respecto a las mujeres.
También continúa escribiendo prosa; en la revista Hebe publica Cinco cartas.
1919
Entre enero y febrero de 1919, sale a luz su tercer poemario, Irremediablemente, y se hace cargo de la sección «Feminidades» (después «Vida femenina») en La Nota. Publica en Hebe una novela corta de tintes melodramáticos titulada Una golondrina, que forma parte de la serie Cinco cartas.
A partir de 1919, se vuelven más frecuentes las invitaciones para recitar sus poemas y disertar sobre diversos temas literarios; suele hacerlo en locales socialistas, modestas salas de teatro y bibliotecas de barrio. Eran muchas las mujeres que acudían a escucharla, la mayoría de extracción popular o de clase media; se sentían identificadas con estos poemas escritos en un lenguaje casi cotidiano, aunque de temas viscerales y fuertes, que se les quedaban grabados fácilmente en la memoria.
En enero viaja a Montevideo a dictar una conferencia en la universidad sobre Delmira Agustini y a leer poemas de Delfina Bunge de Gálvez, que Alfonsina había traducido del francés al castellano. En noviembre se publica Languidez, que recibe el Primer Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Asimismo, comienza a escribir una columna en La Nación bajo el seudónimo de Tao Lao donde, con ironía, esboza una tipología de las actitudes nocivas que adoptaban las mujeres de la época. Desde este espacio, las instó a que demostraran sus aptitudes como seres pensantes y a que rompieran los tópicos que durante siglos han recaído sobre ellas. En varios artículos de estos años Alfonsina se refiere con preocupación a la situación de la mujer y enuncia sus creencias feministas.
Ese año recibe una buena noticia: el 9 de noviembre finalmente se le concede la ciudadanía argentina; en el acto de concesión actúan de testigos sus amigos Emilio Centurión y Julio Noé. Hay que recordar que, en el caso de las mujeres, la tarjeta de ciudadanía representaba solo un documento simbólico: todavía carecían de derechos civiles y políticos.
Alfonso Depascale traduce al italiano una selección de su poesía y la reúne en un libro titulado Poesie scelte di Alfonsina Storni. Primi saggi de traduzione della grande poetessa argentina.
1921
En abril empieza a trabajar en la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco. Por entonces también participa con intensidad en las reuniones literarias del grupo Anaconda, celebradas en el estudio del acuarelista Emilio Centurión. Con tantas actividades, Alfonsina comienza a sentirse cansada, deprimida y nerviosa; así, se inician sus reposos anuales en Los Cocos (Córdoba) y Mar del Plata.
En diciembre de 1921, en la revista Cosmópolis de Madrid, Jorge Luis Borges publica un artículo titulado «La lírica argentina contemporánea», en el que se refiere con desdén a la poesía de Alfonsina. Borges, quien por entonces abraza con fervor la nueva estética vanguardista, no tiene afinidad con el estilo de Alfonsina, quien en ese momento todavía imita formalmente el modernismo con retoques del tardorromanticismo. Esta aversión por parte de la generación de escritores jóvenes, afectará a Alfonsina.
1922
Comienza a impartir clases en el Teatro Infantil Labardén.
1923
Se crea para ella una cátedra de declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas. Para entonces Alfonsina es una escritora popular, reconocida y leída por un público cada vez más numeroso.
1924
Su éxito literario se concreta cuando es publicada en España en 1924; la editorial Cervantes de Barcelona, dentro de su colección «Las mejores poesías de los mejores poetas» edita una antología que recibe una amplia difusión y es comentada por la crítica hispánica muy favorablemente. Asimismo, el filólogo jesuita, Julio Cejador y Franca, la incluye en el tomo XIII de su Historia de la Lengua y Literatura Castellana, publicada en Madrid, en la que no solo comenta las obras de los autores seleccionados sino que también agrega textos autobiográficos. También es ampliamente conocida en Chile, Uruguay, México y otros países hispanoamericanos.
1925
El 29 de enero se celebra, gracias a su iniciativa, la primera Fiesta de la Poesía en Mar del Plata. En mayo publica uno de sus libros más elogiados, Ocre, donde el tono modernista empieza sutilmente a ser sustituido por uno más original. En este poemario, sus autorretratos destacan por ser menos sentimentales y más «cerebrales» e irónicos.
1926
Comienza a dar clases de arte escénico en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación y por las noches imparte clases de castellano y aritmética en la Escuela de Adultos Bolívar. Se une al grupo de La Peña —liderado por el pintor Benito Quinquela Martín— que celebra sus eventos artísticos en el mítico café Tortoni, donde suelen reunirse reconocidos intelectuales, escritores y artistas. Por esta época establece una estrecha amistad con la poeta chilena Gabriela Mistral.
En septiembre, publica Poemas de amor, su primer libro de prosa poética y que ha sido prácticamente marginado por la crítica y el público. Los temas de este eran los mismos que había venido tratando en sus anteriores poemarios —enamoramiento, decepción— aunque carecen de la fuerza del verso. El libro relata las etapas de un romance, desde que se inicia hasta que se acaba y tiene, por lo tanto, dos protagonistas: la narradora y el hombre amado. Este libro breve e íntimo fue reeditado en tres ocasiones y fue traducido al francés por Max Daireaux. Antes de este libro, Alfonsina ya había publicado en La Nota, en 1919, otros poemas en prosa: «Poemas breves» y «Poemas». El estilo de algunos de estos, recuerdan a relatos folclóricos y tradicionales ya que adquieren un tono de leyenda. Sin embargo, en abril, había aparecido en La Nación su relato «Cuca en seis episodios», donde ya se advierten sus búsquedas estilísticas y sus coqueteos con la vanguardia.
Entre 1926 y 1928 se empiezan a realizar los primeros esfuerzos por crear la Sociedad Argentina de Escritores, siguiendo el ejemplo de la que en 1907 había fundado Roberto Payró.
1927
El 10 de marzo se estrena en el teatro Cervantes su primera obra de teatro, El amo del mundo, que solo se mantiene en cartel tres días; la crítica despedazó la técnica de esta pieza teatral y no comprendió su temática feminista, algo que la afectó personalmente. Por ese tiempo, escribe su segunda obra dramática, La debilidad de mister Dougall, pieza que nunca se representará y se mantendrá inédita hasta el año 2002.
1928
El 8 de noviembre de 1928 la Sociedad se inaugura oficialmente con la primera asamblea ordinaria, en la que se dan a conocer los miembros de la junta directiva: Leopoldo Lugones, presidente; Horacio Quiroga, vice-presidente; Samuel Glusberg, secretario; Manuel Gálvez, tesorero; y entre los vocales: Jorge Luis Borges, Enrique Banchs, Roberto Giusti, Carlos Alberto Leumann, etc. No obstante, en una carta sin fecha y con membrete de la Sociedad Argentina de Escritores, Alfonsina le informa a Roberto Giusti que la próxima reunión se realizará en su casa (al pie de la carta indica su dirección: Córdoba 807). Lo cierto es que desde octubre de 1925 Alfonsina había sido la primera impulsora de la Asociación. Así lo demuestra un comentario publicado en la revista Nosotros: «El animoso entusiasmo de una mujer, la ilustre poetisa Alfonsina Storni, ha logrado convertir en realidad, a través de mil dificultades, la vieja aspiración de agrupar los escritores argentinos en una sociedad que los ampare y defienda». El primer acercamiento se había llevado a cabo el 13 de octubre de ese año, en el estudio del doctor Carlos Ibarguren, al que fueron convocados Quiroga, Bianchi, Fernández Moreno, entre otros, para constituir una comisión provisoria encargada de redactar los estatutos. Alfonsina había sido elegida secretaria de dicha comisión provisoria. En los primeros meses de 1927, la Sociedad Argentina de Escritores instaló su sede de la calle Florida 259, aunque muchas veces también se reunieron en la casa de Alfonsina. A pesar de la participación activa de Alfonsina, son poco claras las razones por las que fue apartada de cargos directivos.
1930
A principios de año, junto a su amiga Blanca de la Vega, viaja a Europa: España, Francia y Suiza. Allí conoce de cerca la literatura de vanguardia de la Generación del 27 (Alberti, Lorca, Guillén...). Publica sus impresiones de viaje en La Nación: «Diario de navegación» (16 de febrero).
Ese año escribe una serie de instantáneas que titula Kodak, donde es aún más evidente su acercamiento a la vanguardia. Por ejemplo, en «Auto» hace alusión a un símbolo de la modernidad —el auto— para expresar un estado anímico. No obstante, en su caso no se tratará de una renovación formal externa, sino de un camino personal, una vanguardia particular a partir de sus propias experiencias y no de escuelas o idearios estéticos. Para entonces, el movimiento vanguardista inaugurado por Jorge Luis Borges en Buenos Aires a principios de los años veinte, ya se encontraba en declive.
1932
Alfonsina publica Dos farsas pirotécnicas, que incluyen Cimbellina en 1900 y pico... y Polixena y la cocinerita. En estas dos farsas toma prestados temas de Shakespeare y de Eurípides pero los recrea y adapta a su tiempo; es decir, se sirve de lo clásico para trazar cuadros satíricos de las costumbres de la época. Polixena y la cocinerita fue puesta en escena de la mano de la actriz y recitadora Berta Singerman, actuación que fue elogiada por la crítica y muy bien recibida por el público. Pero Cimbellina en 1900 y pico... nunca fue representada —no encontró un elenco o un director dispuesto a hacerlo—, aunque la pieza escrita si tuvo buena recepción de la crítica. En general, ambas piezas fueron consideradas valiosas y en abril del mismo año se elige Dos farsas pirotécnicas como el mejor libro del mes.
Alfonsina también escribió piezas de teatro infantil, un total de seis. Entre ellas, la más famosa es Blanco... negro... blanco... inspirada en «El pierrot negro» de Leopoldo Lugones, incluido en el Lunario sentimental. La verdad es que está construida casi enteramente sobre el esquema de la versión de Lugones, aunque en forma de verso, con la gracia de las piezas infantiles, y acompañada de pasajes musicales. Ella se defenderá diciendo que los motivos clásicos de la literatura no le pertenecen a nadie y agregará: «No le he pedido permiso a Lugones porque ignoro si él le pidió antes permiso a otro... Esta obra en verso es para teatro de niños y la destino a mis alumnos del teatro infantil que son los únicos que creen en mí como autor teatral. Ellos son los únicos, repito, que se adelantan a pedirme que les lea el acto que no he terminado y que, al salir del recreo, se van repitiendo en voz alta la estrofa que se les ha quedado bailando en el oído».
Las otras piezas para niños son Pedro y Pedrito; Jorge y su conciencia, Un sueño en el camino (mimodrama), Los degolladores de estatuas y El Dios de los pájaros. En El Dios de los pájaros se trata el tema de la libertad a través de la historia de unos niños que enjaulan a pájaros. En Jorge y su conciencia, un niño que va tarde a la escuela debe pegar por sí mismo un botón de su camisa; una pieza en la que claramente Alfonsina intenta liberar a sus alumnos de los prejuicios culturales sobre las labores domésticas. Alfonsina también dirigió la puesta en escena de algunas de estas piezas infantiles, las cuales eran interpretadas por sus alumnos del Teatro Infantil Labardén en plazas, parques, asilos.
A principios de 1932, realiza su segundo viaje a Europa junto a su hijo Alejandro. Por esta época comienza a frecuentar las reuniones del grupo Signo en el Hotel Castelar; allí conoce a Federico García Lorca (1933).
1934
En noviembre publica Mundo de siete pozos, libro que marca su liberación del llamado «poema de amor». En este, adopta una forma más experimental y menos anecdótica; el verso es irregular, suelto, caprichoso, sin rima, pero desde adentro responde a un ritmo personal. En definitiva, un libro más «objetivo» y menos autobiográfico donde Alfonsina simboliza, cincela emociones, estiliza su universo sensorial. A partir de aquí, su escritura poética se encaminará hacia rumbos cada vez más vanguardistas.
1936
En febrero publica en Crítica «Film marplatense», una mezcla de crónica y prosa poética: «No he venido a descubrir Mar del Plata. [...] El ambiente no da para más; la multitud, ya en la playa, ya en la ruleta, ya en la rambla, escamotea continuamente sus perfiles; el mar cambia a cada momento de pellejo y posturas; la ola traga a su víctima y huye a digerirla en sus húmedos subterráneos, sin que nadie la vea. Así, de rápido, el ojo del cronista».
1937
En enero, realiza un viaje al sur de Argentina y Chile que la distrae de sus preocupaciones: sabe que el cáncer que padece avanza. Publica en La Nación, con el título de «Carné de ventanilla», sus impresiones de viaje. Al regresar, en febrero, sufre el golpe del suicidio de Horacio Quiroga.
1938
El 27 de enero pronuncia en Montevideo su conferencia «Entre un par de maletas a medio abrir y la manecilla del reloj», en un encuentro público en el que también participan Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. La afectan los suicidios de Eglé Quiroga (hija de Horacio) y de su enemigo literario, Leopoldo Lugones. En agosto publica su Antología poética (Espasa-Calpe) y en septiembre aparece su último libro Mascarilla y trébol, de claros rasgos vanguardistas y de tono testamentario.
Para principios de octubre, el dolor era tal que dependía de la morfina para apaciguarlo. Los médicos le habían dado seis meses de vida. De esta forma, decide adelantarse a su destino. El 18 de octubre viaja a Mar del Plata y desde allí envía a La Nación su poema de despedida, «Voy a dormir». La madrugada del 25 de octubre se arroja al mar desde el espigón de la playa de La Perla. Su cadáver es rescatado horas más tarde y enviado a Buenos Aires para ser velado en el Club Argentino de Mujeres. En el entierro, su amigo Manuel Ugarte le dedica conmovedoras palabras. Sus restos son depositados en la bóveda de la familia de su amiga Salvadora Onrubia de Botana, en la Recoleta, donde permanecerán hasta el 22 de septiembre de 1963, fecha en que serán trasladados al cementerio de La Chacarita y guardados en el recinto reservado para tumbas de personalidades, en un mausoleo esculpido por el artista Julio César Vergotini.
Poco antes de morir, Alfonsina se había animado a representar Cimbellina en 1900 y pico... para ser interpretada por sus alumnos de arte escénico del Conservatorio de Música y Declamación. Pero justo cuando estaba en los ensayos, tuvo que dejarlo; empezaba a sentirse muy mal. Blanca de la Vega, su amiga, la reemplazará como directora y finalmente la pondrán a escena en diciembre de ese año, dos meses después de su muerte. Los intérpretes, todos alumnos suyos, la homenajearán de esta forma.
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