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Un cuento casi negro (cuento propio)

Un cuento casi negro (cuento propio)




El mar de gente se extendía por la avenida Corrientes y se movía lentamente para el lado de la Diagonal Norte .
El ambiente era de fiesta, decorado con los carteles de las agrupaciones políticas.
El ruido de los bombos era ensordecedor.
El Tío al Gobierno, el General al Poder.
Salí del balcón y volví a entrar a mi oficina, que dada la situación, era también el lugar donde dormía, comía y en general vivía (para llamarlo de alguna manera).
Uno de esos edificios viejos de la avenida, casi sobre la 9 de Julio, con ascensor tipo jaula de la década del treinta y piso de parquet que crujía caminaran sobre el o no.
Cerré la ventana y el ruido rítmico de los bombos se apaciguó un poco.


Qué podía pasar en un día así?
Nada.
Me refería a mi.
Nada.
Puse en el Winco del combinado destartalado un disco del Polaco, abrí mi botella de whisky de contrabando, me serví una buena porción en un vaso medio manchado.... y putié un poco porque me había quedado sin hielo.
El Paraíso.
Justo cuando entró sin golpear el sargento López... como siempre, me había olvidado de trabar la maldita puerta.
López tenía esa sonrisa medio guacha que llevaba siempre puesta. Lo vi perderla dos veces, y no era algo saludable para quien estuviera frente a el en esos momentos.

López era cana y felizmente corrupto.
Pero en chiquito.
Recibía coimas para sacarte los documentos, el registro de conducir, pasaportes y esas cosas.
Nunca pudo subir de sargento porque no se metía en la pesada, ni le gustaba usar la picana.
"No es cosa de hombres" , decía.
Pero no te confundas.
Si tenía que reventar a alguien a golpes, lo hacía.
López y yo teníamos una especie de sociedad.
A veces me traía casos, por lo general otros canas que querían que siguiera a sus esposas porque sospechaban tener grandes cuernos (y en la mayoría de los casos, los tenían).
Otras me conseguía documentos para clientes "especiales" que se veían forzados a tomarse vacaciones anónimas de manera urgente.
Algo que se estaba poniendo muy de moda en los últimos tiempos.
Yo le pasaba una comisión.
Y López sonreía, como la hacía ahora, parado frente a mi, mientras yo estiraba las piernas sobre mi escritorio de madera tan gastada como nosotros dos.


- Qué hacés Tata? Encerrado con tangos en un día de fiesta popular?
Me reí sin contestar. Era López tratando de ser sarcástico.
- Vos sabés que La Turca te está buscando, no?
- Y... el que busca encuentra...
- No te hagás el pelotudo! - la sonrisa se le había borrado a medias, señal de tomarlo en serio,
- Anda con dos pesados - siguió - y se corre que te quiere hacer boleta. No le gustó nada que la botoneaste con Gutierrez...
- No la botonié, Gutierrez era mi cliente... el que puso la guita. Y vos no te hiciste ningún problema en cobrar tu comisión...
- Si, pero al que buscan es a vos, gilún!

Gutierrez era un oficial de la Federal que la tenía puesta a La Turca en un bulín a todo trapo en pleno Barrio Norte.
El problema es que La Turca usaba el depto para hacer Relaciones Públicas con todo el espectro del quehacer nacional.
Gutiérrez algo se sospechaba y me vino a ver.
- Esta guacha me está cagando, me dijo.
Y tenía razón.
Enfurecido, la suspendió a La Turca en su papel de Amante Exótica, y la voló del bulo de Barrio Norte con acompañamiento de tropas de la policía, para hacerle el trámite aún mas humillante.
El único motivo por el que no le voló la cabeza fue porque La Turca tenía amistades en las altas esferas.

De todas maneras, La Turca se vengó y el oficial Gutiérrez fue suspendido sin goce de sueldo por tiempo indeterminado por comportamiento inmoral que no se condice con las "normas de la Institución". Chan, chan, y fin de una prometedora carrera en la Federal... o no.

Y habría sido el final de la historia a no ser que La Turca se terminó enterando que fuí yo el que destapó la olla.
Y ahora me buscaba.
No que fuera muy dificil encontrarme...

López me tiró sobre el escritorio un DNI y un pasaporte. Tenían mi foto, pero el nombre no era el mío.
El cana era un verdadero amigo.
-Tomate unas vacaciones, andá. Andá a Brasil a Uruguay... que se yo, no quiero saber. Pero borrate hasta que amaine.
No era mala idea.
Asentí, y guarde los documentos en el cajón del escritorio.
- Querés un whiskicito? Importado...
- No, Tata... me voy a festejar con el pueblo, ja,ja,ja! Es un día peronista!!!
Y se fué, con su sonrisa brillando de oreja a oreja. Se perdió entre el ruido de bombos y los cánticos de la gente, camino a la Casa de Gobierno.

La Turca era un personaje de cuidado.
De turca no tenía mas que el sobrenombre.
En realidad venía de una familia de alcurnia española venida a menos.
Había nacido en Honduras o Guatemala, nadie sabía a ciencia cierta,
Desde jovencita comenzó a bailar en cabarets de mala muerte por toda Centroamérica, desde Ciudad de Panamá hasta Tegucigalpa.
Los ojos y el pelo negro le dieron el nombre, bautizada por algún borracho en una noche tórrida .Ella no tardó en entender el potencial comercial de ser exótica y se lo tomó en serio.
Hasta aprendió árabe.

En uno de esos cabarets oscuros, se dice que comoció a la actual Señora del General.
La leyenda cuenta que surgió una gran amistad, y que cuando la Señora se fue para arriba no la olvidó.
Verdad o simple cuento, la cuestión es que un día, hace un par de años, apareció en Buenos Aires con una carta del General, designándola delegada para la rama femenina del Movimiento.

Se acostó con todos, y no era ningún secreto.
Milicos, canas, sindicalistas, peronistas de izquierda y de derecha, gorilas y fachos. Montos, FAR, ERP o triple A.
Con tal de recibir apoyo en lo que ella percibía como su llegada a la cima, se apoyaba en todo y en todos.
Por eso era de temer.
Tenía influencias muy amplias.


López, como siempre, tenía razón.
El Polaco hacía rato que dejó de cantar desde el Winco.
Tenía mi bolsito de Adidas listo.
Estaba detrás de mi escritorio, sacando la 45, cuando entró ella.
Otra vez la maldita puerta.
Ahí estaba La Turca.
Y detrás de ella, dos matones que yo conocía de sus tiempos de patoteros.
El Profe, ex Guardia de Hierro con mostachos y anteojos negros, y Minguito, que alguna vez había militado en Tacuara, con su rostro inexpresivo como el de una vaca.
Dos descerebrados para los que atarse los cordones de los zapatos era complicado.
Pero venían calzados con chumbos, y eso no era chiste.
Se quedaron parados a ambos lados de la puerta , como dos acomodadores a la entrada de un cine.

- Pero te vas, payasito, tontito, loquito? Nos dejas en un día como hoy?
Dijo con su acento inventado de exótica.
Y ya me tenían harto con lo del día de hoy.
Me quedé detrás del escritorio y no me moví. No quería hacer un movimiento brusco y que los dos monigotes reaccionaran.
Ella se movía como una gato a izquierda y derecha, pero su rostro la delataba a pesar de su tono cordial.
Estaba furiosa.
- Te has portado muuyyy mal conmigo.... lo que has hecho es muy feo y a mi me ha costado muy caro, sabes?
- Gutiérrez ya sospechaba, por eso me contrató. Yo solo hice mi trabajo. Nada personal.
- Nada personal, tu coño!
Levantó la voz mientras avanzaba hacia mi, y aproveché que tapó la visión de los dos fantoches para apretar la 45 fuerte en la mano. Pero la dejé debajo del escritorio.
Todavía tenía esperanzas que la cosa terminara sin sangre.
- Aquí, mis dos amigos están muy enojados contigo. Nada personal, tontito, payasito. Pero se van a encargar que no te olvides nunca....
Fue como una señal.
Los dos se habían calzado sendas manoplas de hierro y no era para acariciarme.
La Turca se reía despacito, disfrutando del olor a sangre que se aproximaba.
Y ahí se acabó todo.
Levanté la 45.
El primer tiro le voló los anteojos a El Profe, el segundo le cambió la expresión del rostro a Minguito.
Cayeron casi como en una coreografía.
La Turca estaba dura, paralizada por la sorpresa. Me había subestimado.
No lo pensé.
Abrí la ventana con una mano, mientras con la otra agarraba a La Turca de lo primero que encontré... su pelo.
Estábamos en un tercer piso, y abajo seguía la marea de gente.
Por suerte La Turca aterrizó sin lastimar a nadie, y creo que ninguno siquiera prestó atención a ese cuerpo que aterrizó desde la nada.
Alguien pidió ayuda para la compañera que se había descompuesto.
El ruido de los bombos y los cantos habían tapado el trueno de los disparos.
López me dará una mano para deshacerme de estos dos ridículos.
No creo que nadie fuera a extrañarlos.

Afuera, se escuchó una explamación alegre cuando el Tío, a lo lejos, salió al balcón.
Un día peronista.
Y un futuro esplendoroso nos esperaba a todos.




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