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El Lobo de Wall Street: la alucinación mágica del dinero

PAROXISMO DE LA TESTOSTERONA, GENIALIDAD DE LA AMBICIÓN, BRILLANTE HUMOR SIN CATARSIS, THE WOLF OF WALL STREET NOS DEJA EN LA AMBIGÜEDAD MORAL Y EN EL DELIRIO DE LOS SENTIDOS.

El Lobo de Wall Street: la alucinación mágica del dinero

Se han hecho muchas películas sobre Wall Street y la insaciable avaricia que caracteriza al mundo financiero, críticas morales que sin embargo alimentan a los lobos del sueño americano, glamorizando su estilo de vida y rindiendo culto al dinero –dios paradójicamente inmaterial del materialismo. Quizás las más icónica en los últimos tiempos es Wall Street (1987) y cuyo personaje, Gordon Gecko, es el epítome de la versión más salvaje y amoral, pero no por ello menos atractiva, del sueño americano. The Wolf of Wall Street, la quinta conjunción del poderoso dúo Dicaprio-Scorsese, es por mucho la más divertida. Tal vez porque, si bien refleja los intersticios amorales de un mundo fabuloso y corrupto, el dinero, la cocaína, las prostitutas, el ascenso meteórico y la debacle y todas las cosas que ya hemos visto, lo hace desde la perspectiva formal, desde la mirada estilística de una “stoner movie” (una comedia de drogas), con cierta sensibilidad artística (cine de autuer en MTV). Esto tal vez sea lo más brillante y controvertido de la película, que nos acerca a un mundo gravemente corrupto con una sensacional ligereza…Un desaforado delirio contado en primera persona, con guiños cínicos, como un alucinación. Y es que acaso el dinero y la abstracción de las finanzas son sólo una alucinación. Jordan Belfort, “el Lobo de Wall Street”, (personaje real) feroz broker toxicómano, adicto al sexo y a los barbitúricos, cuyo gran sueño es ser rico, encarna perfectamente la alucinación central de nuestra cultura.

Todos sabemos ya la historia. Los brokers de Wall Street hacen mucho dinero virtualmente estafando a las personas y lo hacen rápido. Suelen ser muy listos y con una laxa moral: en el proceso de hacer dinero pierden el piso, engañan a sus esposas y traicionan a sus amigos, inhalan islas de cocaína y crecen egos que no caben en los edificios más altos de Manhattan –la imagen primordial: sonríen sardónicamente ante un espejo, mientras se observan a sí mismos recibiendo un blowjob. El mundo es suyo, porque han sabido burlar las reglas (que no son para todos). Las películas nos dicen que eventualmente que caen ante la ley (aunque lo cierto es que la mayoría logran escaparse sin tener que rendir cuentas –porque como dice el Lobo de Wall Street, el dinero es mágico, es mágico porque creemos en él). Esta es una historia que ya hemos visto. Lo que resulta novedoso es el tratamiento del Team Apataw (la mafia de comediantes en boga en Hollywood) vía un Scorsese rejuvenecido como un vampiro que consigue una nueva droga, en este caso flashbacks de metaqualona y seguramente de su época dorada cuando ejercía una particular afición por consumir grandes cantidades de cocaína. Scorcese juega a Mel Brooks y hace spoofs en speed: por momentos Good Fellas se vuelve Superbad se vuelve Saturday Night Live se vuelve Fear and Loathing in Las Vegas. La comedia puede llegar a ser lo más lúcido y despiadado.

A mi juicio no es menor que de The Wolf of Wall Street bajo la cortina de humo de la ambición salvaje de Wall Street, sea también una de las mejores stoner movies de la historia –formalmente más que un drama sobre la vicisitudes del dinero y la ambición es una reflejo del paroxismo de las drogas y de su capacidad de transgredir los límites establecidos. Esta irreverencia y su desmesura la hacen en muchos sentido una película fascinante y perturbadora. ¿Debemos de sentir culpa si nos divertimos y gozamos en la feria de las vanidades, en el libertinaje y en la disolución? ¿Debemos de empezar a pensar en lo que va suceder después de la orgía?

Wolf es fascinante y a la vez perturbadora ya que es una comedia que nos hace reír y excitarnos –en otras palabras sentirnos bien—de la perversión moral de la cultura alfa –la cultura dominante elitista masculina, del poder y la testosterona. Es decir, de aquello de lo cual nos deberíamos de sentir mal. Se decía en Wall Street, el retruecano: “greed is good”, la ambición es buena. Esta inversión moral nos puede resultar claramente deleznable pero no por ello deja de estar alineada con el modelo aspiracional de la sociedad moderna. Como dice Jordan Belfort (Leonardo Dicaprio) el dinero te hace bueno “si quieres puedes hasta salvar al maldito búho moteado” (una frase simbólica sobre el greenwashing del dinero con un eco de Moloch).

Los momentos más excitantes y reveladores de la película son los “discursos de ventas” de Jordan Belfort. Enérgicos pep-talks a la Vince Lombardi en anfetaminas, en medio de una bacanal oficinista: enanos que son lanzados como dardos, hombres-lobo que se pelean prostitutas, el sonido incesante de los teléfonos y la palabra mágica que cautiva su atención: money (y fuck, The Wolf of Wall Street es la película en la que más menciones se hacen de la palabra fuck, más de 500). Hay una conciencia desde el inicio de estos giros lingüísticos que permite que la película registre también la estimulación lingüística que acompaña a la época y al gremio. Belfort en su primer día en Wall Street nota, con agrado, como todo esta lleno de este sucio slang, que excita de la misma manera que hablar en el acto sexual describiendo de manera pornográfica lo que se quiere o lo que sucede, otorga un añadido de excitación. Esto es un exceso vulgar –la película es excesiva en todos sentidos, incluyendo su duración– pero este exceso ya ha seducido a nuestra cultura. Lo que se presenta es sucio como el olor a dinero, a latex, a sudor sexual, a champagne derramado –pero esta “suciedad” es la sustancia de la que están hechos nuestros sueños.

Entrando en verdaderos trances, que rozan con ataques cardiacos, Belfort (Dicaprio) les dice a su pupilos: “quiero que lidien con sus problemas volviéndose ricos”, o llegando a enfrentarlos en “una limusina, con un traje de 5 mil dólares y un rolex”. Porque el dinero es mágico y con su mera aparición resuelve. Quiere imaginarlos en un Porsche con una rubia con las tetas operadas y no de compras en el Price Club con una mujer andrajosa siempre deseando tener la vida dorada del otro. Aquí se clarifica la ideología amoral de la película: la autorrealización, el sueño de vida puede ser otro, pero la única medida que se tiene para determinar si se ha conseguido es el dinero. Ante la dificultad de escudriñar a alguien, de saber quién es, de conocer su verdadero valor, el dinero nos otorga información de manera inmediata, sin necesidad de invertir en empatía, afecto o tiempo. El dinero expulsa el alma y la coloca en la superficie.

Como en Spring Beakers de Harmony Korine, el espectador de repente se sorprende a sí mismo en un asalto sensorial, disfrutando enormemente una orgía inmoral que va en contra de todo lo políticamente correcto, pero que lo seduce con lujo de detalles (al elevarse la estética vence a la ética), entre erecciones postorgásmicas y carcajadas demenciales. Y es que la misma palabra griega para seducción, phtheírein, significa engaño. Esto es lo que sucede, es la quintaesencia del dinero, seducir engañando.

Si nos vemos forzados a hacer una lectura política y moral de la película, y reiteramos que lo novedoso y por momentos genial, es su aspecto formal, su tratamiento humorístico como un sueño continuo motivado no sólo por el rush de un estimulante sino también por una sustancia disociativa, entonces hay que señalar que The Wolf of Wall Street más que una crítica de este mundo es una exaltación velada. El espectador, más que con los 20 minutos finales de la inminente caída de Wolf (no es spoiler) se quedará con los 160 minutos de su vida copulando salvajemente con espectaculares mujeres, tronando estrepitosos chistes con sus amigos millonarios, cambiando abrazos de testosterona y serotonina en yates y aviones privados. Incluso al caer en prisión, Jordan Belfort descubre que no tenía nada por qué preocuparse ya que en la cárcel “todo está en venta” y el es rico. Después de traicionar a sus amigos –el hombre es el lobo del hombre– puede reinicar su vida vendiendo su misma capacidad de venta, una sustancia etérea. Ahora bien, tampoco considero que sea un principio sine qua non del arte emitir un juicio. Al contrario, el arte tiene el lujo de ser inmoral, si es capaz de penetrar la existencia y reflejar su corriente de energía. Es para nuestro detrimento que hayamos glamorizado el mundo que conlleva el dinero, que hayamos dotado su irrealidad de sustancia. Pero esta alucinación del dinero como un instrumento mágico es parte de nuestra realidad.

Twitter del autor: @alepholo
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