InicioApuntes Y MonografiasDe la Historia Oficial al Revisionismo Rosista 2ª PARTE

De la Historia Oficial al Revisionismo Rosista 2ª PARTE

“De la Historia Oficial al Revisionismo Rosista-Corrientes Historiográficas en la
Argentina”
Norberto Galasso

SEGUNDA PARTE

5. “El imperio y la alianza” por Guido Spano.
Sin embargo, a pesar del férreo control, aparecen voces disonantes. Algunos investigadores liberales pero honestos, otros con inquietudes nacionales: Adolfo Saldías, David Peña, Ernesto Quesada, Ricardo Rojas y Juan Alvarez.
1) ADOLFO SALDÍAS (1850-1914)
Liberal, admirador de Rivadavia, luego alemnista. Investiga la época de Rosas, buceando en el archivo del Restaurador, que le ha facilitado Manuelita Rosas, en Londres. No obstante su formación antirrosista, analiza honestamente la documentación y en 1881 publica el primer tomo de su obra bajo el título “Historia de Rosas”.
Este libro se lo envía a Mitre señalando que la “prédica de los odios constituye un verdadero peligro para el porvenir de las ideas, cuyo desenvolvimiento retarda”... Mitre le responde: “He pasado parte del día y casi toda la noche leyéndolo, lo cual, teniendo en cuenta las 920 páginas del grueso volumen, es casi un aplauso cerrado”. Pero “es un libro que debo recibir y recibo, como una espada que se ofrece galantemente por la empuñadura; pero es un arma del adversario en el campo de la lucha pasada, y aun presente, si bien más noble que el quebrado puñal de la mazorca que simbolizaría, por cuanto es un producto de la inteligencia”. Y contestando al prólogo de la obra, le descarga: “Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios porque he combativo toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades debo aclararle que conscientemente los guardo como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha”27. Recién años después, en 1892, Saldías -no obstante la irritación que observa en los núcleos liberales- se anima a publicar la obra entera titulándola “Historia de la Confederación Argentina”, en varios tomos. Luego, entre 1904 y 1907, publica “Papeles de Rosas”, pero desde entonces prefiere ocuparse en tareas judiciales, catedráticas y diplomáticas.
2) DAVID PEÑA (10/07/1862-09/04/1930)
Doctor en leyes y diputado nacional, el santafecino Peña provoca perplejidad -y malestar- cuando, en 1903, dicta varias conferencias en la Facultad de Derecho reivindicando a Facundo. Luego, en 1906, las recopila en un libro titulado “Juan Facundo Quiroga”. Incursiona, asimismo, en el teatro con dos obras: “Facundo” (1906) y “Dorrego” (1911). También produce “Contribución al estudio de los caudillos argentinos2 donde disiente con la interpretación sarmientina y luego, “Historia de las leyes de la Nación Argentina” (1916).
Peña anuda una estrecha amistad con Juan Bautista Alberdi y en varias oportunidades sale a la defensa del tucumano, especialmente frente a los ataques del mitrismo: “Basta de Alberdi” (1894), “Defensa de Alberdi” (1911) y “La traición de Alberdi: viejo leit motiv” (1914). Su alineamiento a favor de la reivindicación histórica de Facundo, Dorrego y Alberdi es motivo suficiente para que Peña sea condenado por los medios controlados por la clase dominante.
3) ERNESTO QUESADA (1858-1934)
Realiza una obra histórica muy rigurosa, con implacable documentación. Investiga directamente de los archivos, trabajando así con la documentación original de su padre Vicente G. Quesada (de origen urquicista, quien ocupó importantes funciones en el mundo diplomático) y con la documentación del General Pacheco (militar de la Confederación rosista), a la cual accedió en razón de su casamiento con Eleonora Pacheco, hija del General.
Escribe “La época de Rosas” (1898), cinco tomos que tratan el período 1838-1841, uno de los primeros y más serios trabajos que confrontan con la Historia Oficial.
Colabora con su padre en la “Nueva Revista de Buenos Aires”, ejerce la cátedra y reivindica, asimismo, la figura de su suegro, Ángel Pacheco en “Pacheco y la campaña de Cuyo”, dando a luz otros trabajos sobre Historia, Derecho, y cuestiones sociales. Pero, después de su libro sobre Rosas, el ámbito local dejó de serle favorable. En 1915 se aleja del país, pasando a residir en Berlín. Allí es catedrático y cede a la Universidad, la enorme biblioteca de su padre, en base a la cual se constituye el Instituto Iberoamericano de Berlín. Luego, pasa a Suiza y se asienta en Berna, en un lugar que se llama “Villa Olvido”, donde fallece el 7 de febrero de 1934, en el más absoluto aislamiento.
4) RICARDO ROJAS (16/09/1882-29/07/1957)
Este ensayista tucumano se preocupa especialmente de nuestra identidad nacional, en sus primeros libros: “Cosmópolis” (1908), “El país de la selva” (1907), “Blasón de Plata” (1910) y “Argentinidad” (1916). En este último reivindica a los federales y critica a Bernardino Rivadavia. Pero la principal obra de esa época es “La restauración nacionalista”. Enviado a Europa para indagar acerca de la enseñanza de la historia, Rojas publica este informe a su regreso, alertando acerca del peligro que corre la conciencia nacional dada la enseñanza histórica que prevalece en la Argentina. Sostiene Rojas: “El momento aconseja con urgencia imprimir a nuestra educación un carácter nacionalista por medio de la Historia y de las humanidades28...” “Nuestro sistema (de enseñanza) falló también, según lo he demostrado, a causa del vacío enciclopedismo y la simiesca manía de imitación, que nos llevara a estériles estudios universales, en detrimento de una fecunda educación nacional. Así se explica que estén saliendo de nuestras escuelas, argentinos sin conciencia de su territorio, sin ideales de solidaridad histórica, sin devoción por los intereses colectivos, sin interés por la obra de sus escritores”29. Esta osadía de Rojas, convirtiéndose en uno de los primeros en impugnar la enseñanza por su concepción antinacional, le vale el silenciamiento.
Tanto “La Argentinidad”, como “ La Restauración Nacionalista”, reciben la frialdad e incluso la crítica de la prensa. Medio siglo después, Alfredo de la Guardia todavía insiste en que “los ataques a Bernardino Rivadavia (por parte de Rojas) “no son justos”30. Asimismo, De la Guardia, en su ensayo sobre Rojas, no sólo se desinteresa por analizar en profundidad “La Restauración ...” sino que incluso hace referencia “al recelo que despertó en algunos lectores”31 y que hubo quienes habían creído por error o conveniencia que “La Restauración Nacionalista, en su esencia, era una prédica reaccionaria”32.
Rojas se recluye a partir de 1917 en su “Historia de la Literatura Argentina” en la cual trabaja varios años y al concluirla, publica conjuntamente un ensayo donde persiste en la búsqueda de la identidad nacional, ahora por lo indoamericano: “Eurindia” 81922). Pero ya está quebrado. A pesar de su viraje político -del conservadorismo al radicalismo antialvearista- así como la publicación de “El Radicalismo de mañana, en 1933, concluye sumergiéndose en el mundo de la cultura consagrada (“El Santo de la espada”, “El profeta de la Pampa”).
5) JUAN ÁLVAREZ (1878-1954)
Hombre de Derecho, afiliado al liberalismo conservador, Juan Álvarez publica en 1912 “Las guerras civiles argentinas”. Allí explica nuestra historia no como lucha entre “civilización y barbarie” sino centrando el antagonismo Buenos Aires-Interior en sus causas económicas, tanto la puja por controlar los recursos aduaneros del puerto único como la oposición entre libre importadores y proteccionistas. Esta obra constituye un avance importantísimo en nuestra investigación histórica. Como señala Miguel Ángel Scenna, “al igual que Ricardo Rojas, Álvarez se negó a seguir por esa senda inédita, pero incierta. El grueso de su obra fue, en adelante, de carácter jurídico”33.
Efectivamente, en los sectores dominantes de la política y de la cultura no cae bien esa interpretación de nuestras guerras civiles que descarta la interpretación sarmientina de “civilización o barbarie” para buscar la causa en el terreno de la economía.
6) FRANCISCO V. SILVA
Historiador cordobés, de orientación católica, es autor de “El reparto de la América Española”, “Vida del Deán Funes” y especialmente, “El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina. Revisión de la Historia Argentina”, publicado en 1916. en esta obra, Silva reivindica a los caudillos federales y sostiene que “es indiscutible que desde 1810 se viene redactando la Historia Argentina viciosamente con un solo criterio: el del puerto de Buenos Aires”34. Reivindica, asimismo, a Bolívar, rechazando las injurias vertidas por el mitrismo y señala que no cabe pasar en silencio, “entre las adulteraciones históricas de Buenos Aires, la de aquel ilustre caudillo de la Banda Oriental que se llamó Artigas y que fue digno de que Córdoba del Tucumán le ofreciera una espada con esta dedicatoria: “Al Protector de los Pueblos Libres”35. Esta obra de Silva -cuyo sugestivo subtítulo resulta notablemente anticipatorio- va patrocinada por la Editorial América que levanta con su exclusivo esfuerzo ese mosquetero antiimperialista que se llama Rufino Blanco Fombona. Tenazmente dedicado a la reivindicación de Bolívar, Fombona publica en esa editorial algunos textos importantes que hacen a la revisión de nuestra historia como, por ejemplo “Ayacucho y el prevaricato de Rivadavia”, del boliviano Gabriel René Moreno y “Rosas y Thiers. La diplomacia europea en el Río de la Plata”, del mejicano Carlos Pereira, donde se desnuda la pérfida intervención extranjera en el Río de la Plata en la época de la Confederación.
Sin embargo, estos francotiradores no logran conmover los cimientos de la historia mitrista sostenida por la clase dominante. Peña, silenciado, Saldías y Álvarez
dedicados a otros menesteres menos peligrosos, Silva, aislado, Quesada, exiliado, Rojas, amansado ante “La Nación”, la Historia Oficial continúa imperando lozanamente en escuelas, academias y periódicos.
LA CORRIENTE LIBERAL DE IZQUIERDA O MITRO-MARXISMO
PRINCIPALES DIVULGADORES
1) JUAN BAUTISTA JUSTO (28/06/1885-08/01/1928)
Médico higienista, traductor de “El Capital” de C. Marx, director del periódico “La Vanguardia”, Justo es el principal impulsor del Partido Socialista. Es defensor de la moneda sana, el librecambio y la cooperación libre. Influido conjuntamente por la concepción social demócrata alemana y el liberalismo conservador de la clase dominante, Justo concluye compartiendo las tesis liberales en materia histórica. Así, en una conferencia dictada el 18/07/1898, sostiene: “Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantado contra los señores de las ciudades... era la población de los campos acorralada y desalojada por la producción capitalista... Los gauchos eran el número y la fuerza y triunfaron. Pero su incapacidad económica y política era completa... Pretendían paralizar el desarrollo económico del país manteniéndolo en un estancamiento imposible... El matiz del fanatismo religioso de que se tiñó en ciertos momentos el movimiento campesino, señala también su sentido retrógrado”36.
De este modo, con otra fraseología, coincide con la “civilización o barbarie” de Sarmiento.
De idéntica manera, Justo coincide, por izquierda, con la clase dominante al desconocer la existencia de una cuestión nacional en la Argentina de principios de siglo, ya semicolonia del Imperio británico. En la conferencia titulada “La teoría científica de la historia” (08/07/1898), manifiesta: “¿Puede reprocharse a los europeos su penetración en África porque se acompaña de crueldades? Los africanos no han vivido ni viven entre sí en una paz idílica; todavía en nuestros días, el jefe zulú Tschalha ha aniquilado 60 tribus vecinas y hecho perecer 50.000 individuos de su propia nación. Crimen hubiera sido una guerra entre Chile y la Argentina por el dominio político de algunos valles de los Andes, cuya población y cultivo se harán lo mismo bajo uno u otro gobierno. ¿Pero vamos a reprocharnos el haber quitado a los caciques indios el dominio de la Pampa?”37.
En ese mismo trabajo expresa, refiriéndose a EE. UU., Méjico y Centroamérica: “Ya había salido de los Estados Unidos el primer buque a vapor que surcara los mares, ya cruzaban aquel país vías férreas y líneas de telégrafo, ya sus instituciones políticas llamaban la atención del mundo, y todavía el dictador Santa Ana se oponía en Méjico a la construcción del primer ferrocarril, porque, según él, iba a quitar el trabajo a los arrieros. Nada de extraño, pues, que a mediados del siglo pasado la exuberante civilización Norteamérica, en dos pequeñas expediciones militares, quitara extensos territorios, no al pueblo de Méjico, formado por miserables y esclavizados peones, sino a la oligarquía de facciosos que lo gobernaba. Allí se han constituido siete florecientes repúblicas agrícolas y mineras, allí ha surgido California...”38
Asimismo, sostiene respecto a Cuba: “Prescindamos de las ganancias que puedan haber valido al sindicato norteamericano del azúcar sus negras maniobras para precipitar esa guerra y determinar la anexión a la isla. Cuba está ahora más cerca
de España, pues la correspondencia entre ambos países cuesta tanto como entre dos cualesquiera de la Unión Postal Universal, no el doble, como antes. El valor de la tierra de Cuba y sobre todo de Puerto Rico, a la cual se encuentran ahora aplicaciones nuevas y provechosas, ha subido, por mayor gloria de los terratenientes españoles, dueños de gran parte del suelo de esas islas. Y la inmigración española a Cuba ha aumentado después de la guerra: en el trienio 1904-1906 ha llegado a 76.558 personas, cifra a que jamás alcanzó antes en igual tiempo, excluidos los soldados y empleados civiles y militares. ¿No son guerras como ésa la mejor lección de antipatriotismo, y aun la mejor escuela de traidores a la patria? No puede atribuirse a otra causa el hecho singular de que, apenas libres del gobernador español los cubanos riñeron entre sí hasta que ha ido un general norteamericano a poner orden y mantener en paz a esos hombres de otra lengua y de otras razas”39.
Así, con citas de Marx -olvidando el enriquecimiento del marxismo operado por Lenin- se legitima que europeos y yanquis “civilicen” a los “bárbaros” latinoamericanos.
2) JOSÉ INGENIEROS (nacido en Palermo, Italia, el 14/04/1877. Fallecido el 31/10/1925)
De inquietudes diversas, Ingenieros incursiona en la Medicina, la Psiquiatría y la Sociología, ambulando también por los campos de la Historia. Entre 1917 y 1920, publica varios estudios que conforman su libro “La evolución de las ideas en la Argentina”.
También aquí se presenta la subordinación al pensamiento histórico dominante, con la utilización de fraseología izquierdista. Así, donde Mitre y López hablan de atraso y barbarie, Ingenieros habla de feudalismo. Donde el mitrismo señala “civilización”, Ingenieros señala “modernización”. Los revolucionarios de Mayo son “discípulos de los enciclopedistas”, los caudillos, “señores feudales”, los unitarios, “santsimonianos” y Rosas, “la restauración”.
Las categorías propias del socialismo europeo sólo adornan el relato histórico, en cuyo contenido persiste viva la concepción de “civilización” (los hombres de Buenos Aires) o “barbarie” (los caudillos federales). En sus últimos años, Ingenieros revé posiciones políticas y constituye la Unión Latinoamericana, adhiere a la Revolución Rusa (conferencias sobre “Los Tiempos Nuevos”) y se convierte en amigo y asesor de Felipe Carrillo Puerto, el caudillo agrarista de Yucatán, pero, sin embargo, no vuelve al terreno de la historia para rectificar sus erróneas interpretaciones.
3) ALFREDO LORENZO PALACIOS
A través de su padre -Aurelio Palacios, dirigente de los “blancos” orientales, compañero de José Hernández, tenaz opositor a la Guerra de la Triple Alianza, antimitrista definido-, Alfredo Lorenzo conoció seguramente la verdadera historia, así como la deformación consumada por Mitre y sus seguidores. Una anécdota infantil así lo ratifica: el pequeño Alfredo vuelve del colegio y le cuenta, muy contento, a sus padres que junto con sus compañeros de grado lo han llevado a visitar a Mitre, quien lo saludó afectuosamente. El padre reacciona vivamente y le da un cachetazo. La madre le explica, luego, que don Aurelio fue perseguido con saña por el mitrismo40.
No extraña, pues, que Palacios reivindique lo iberoamericano, defienda a los cabildos como institución española cuna de la democracia, condene el librecomercio y justifique los levantamientos montoneros41.
Así también refuta a Juan B. Justo sosteniendo que “las poblaciones campesinas no eran incapaces de adaptarse a la producción capitalista”, sino que no podían competir con la industria inglesa42.
Sin embargo, su conciliacionismo político -que lo convierte en enemigo del yrigoyenismo y del peronismo y lo conduce, finalmente, al cargo de embajador argentino en el Uruguay, como funcionario del gobierno de Aramburu- se manifiesta también en sus posiciones históricas. Así publica “Echeverría, albacea del pensamiento de Mayo” y califica a Rivadavia como hombre progresista, precursor del socialismo agrario de Henry George o elogia reiteradamente a Sarmiento y Mitre en sus conferencias.
OTROS CASOS DE MITROMARXISMO
El pensamiento histórico de la clase dominante, como se ha sostenido, prevalece en esas últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX. Entonces pocos son los pensadores izquierdistas capaces de comprender las peculiaridades de la Argentina y que, en manos de la oligarquía, esa historia mitrista resulta una poderosa arma política. Uno de ellos fue Manuel Ugarte, que será analizado en un fascículo posterior. Otro, con menor vuelo, Enrique del Valle Iberlucea quien, quizás por su origen español, pudo avanzar correctamente en la caracterización de la Revolución de Mayo.
Así, en “Las Cortes de Cádiz, revolución en España y en América”, aparecido en 1912, Del Valle Iberlucea conecta ambos procesos, apartándose de la interpretación mitrista que centra el movimiento de 1810 en la obtención del comercio libre.
Más allá de estas expresiones, el mitrismo domina en aquella vieja izquierda. Aunque no haya sido historiador, resulta enriquecedor transcribir algunas opiniones del dirigente socialista Enrique Dickman, demostrativas del predominio de los mitos liberales sobre esta tendencia política: “Vociferar contra el extranjero es conspirar contra el progreso técnico y económico del país... Si algo valemos técnica y económicamente es debido a la perseverante e inteligente labor de los extranjeros. Ellos introdujeron el riel y el arado, la locomotora, el dínamo y nos dieron los hombres aptos para conducir el tren a través de la pampa infinita... Sus buques navegan nuestros caudalosos ríos y sus trenes recorren nuestra fértil campaña... La “riqueza nacional” cantada tantas veces por políticos y poetas no es, por cierto, obra de los nativos indolentes por temperamento y naturaleza”43.
Del mismo modo, los anarquistas mantienen en sus altares laicos a los próceres y las ideas sustentadas por la clase dominante. Osvaldo Bayer, en su libro “Los anarquistas expropiadores, S. Radowitzky y otros ensayos”44, reproduce estas letras de canciones que resultan contundentes: “El gran Sarmiento escribió / las ideas no se degüellan / a los hombres se atropella / pero al pensamiento, no / ¿Acaso lo comprendió / esa chusma electoral / esa recia comicial / que piensa en bancas con puerta / esa muchedumbre muerta: / la vergüenza nacional?” (Pág. 127).
Y esta otra: “Y el mesías del noventa / y del cuatro de febrero / resultó más bandolero / ¡que Rosas en el cuarenta!... chusma ignara, cuartelera / que en la gran lucha social / ignora el valor moral / que entiende la clase obrera 7 Horda nula, montonera, / del cantón y del piquete / que rudamente arremete / a la pensante ralea / creyendo tronchar la idea / con un tajo de machete”.
En pocos versos aparecen claramente los mitos oligárquicos: “el gran Sarmiento”, la cultura como opuesta a “la chusma”, a la “recua”; el autoritarismo de Yrigoyen identificado con Rosas y ambos descalificados por “bandoleros”, la falta de cultura como expresión de lo reaccionario, a su vez identificada con la “montonera”.
Estas posiciones se ratifican en la mayor parte de los poemas anarquistas, así como en sus ensayistas se percibe el desdén por los movimientos populares, dada “la incultura” de las masas.
LA NUEVA ESCUELA HISTÓRICA
La irrupción del radicalismo en la política argentina, sus luchas y su ascenso al poder, en 1916, gestan una nueva corriente historiográfica: la Nueva Escuela Histórica.
La naturaleza del movimiento presidido por Yrigoyen -por un lado, con fuerte influencia federal en las provincias y por otro, con marcado acento inmigratorio en el litoral- se refleja en el nuevo grupo de historiadores, donde se contraponen tendencias a reivindicar a Rosas, con inclinaciones a conciliar con la historia mitrista predominante.
Los antecedentes de esta corriente los encontramos en 1912 cuando Norberto Piñeiro crea la Sección Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Bajo la dirección de Luis M. Torres se publican entonces “Documentos para la Historia Argentina” y en 1921, se echan las bases del Instituto de Investigaciones Históricas, que resultará el cuartel general de la Nueva Escuela Histórica, con la destacada acción de Emilio Ravignani.
1) EMILIO RAVIGNANI (1886-1954)
Hijo de inmigrantes, militante radical, profesor de historia y luego diputado nacional, Ravignani concreta una obra importantísima de recopilación de documentos al frente del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras. Ideológicamente es liberal, definido por la línea alvearista de la U.C.R., y luego, antiperonista, lo cual no le impide constituirse en uno de los descubridores de Artigas, a quien juzga “el argentino más federal”. Del mismo modo, es cautivado por el período de la Confederación y centra su atención en la figura de Juan Manuel de Rosas.
En la obra de Ravignani se observa el dilema entre la atracción que sobre él ejerce la figura de Rosas y su militancia en el partido que, en líneas generales, acepta la Historia Oficial, aún cuando el mismo Yrigoyen fuese nieto de un mazorquero. José María Rosa cuenta que hacia 1938 ó 39, “una revista hizo una encuesta sobre el tema Rosas. Ravignani tituló su colaboración “Ni con Rosas ni contra Rosas”, pero debía ser para disimular porque su opinión era rosista en todo lo principal... Era un hombre serio que investigaba la evolución política. Comprendía muy bien el Pacto Federal y su
importancia y daba a Rosas el mérito de haberlo originado, dando nacimiento a la Confederación... pero en conferencias políticas se cuidaba un poco. Era político y no le convenía traer perturbaciones a su gente”45.
M. A. Scenna reproduce esta opinión de Ravignani que en su época y en los círculos en que él se movía debió resultar insólita: “... Los desvíos partidistas de los unitarios, sin fundarse en el poder de los pueblos, incurrieron en el grave error de buscar en el extranjero el apoyo militar, pero, sin quererlo, por oposición, dieron estabilidad a Rosas para resistirlos, convirtiendo la guerra civil en una guerra internacional... La política americana de Rosas y su resistencia a los intereses europeos, aun no se han considerado con un verdadero sentido nacional, libre de prejuicios polémicos”46.
Ravignani lleva a cabo una notable tarea de acumulación y ordenamiento de documentos en el Instituto mencionado. Asimismo, publica una veintena de obras, entre las cuales se destacan: “Historia Constitucional Argentina” en 3 tomos (1926-1930) y “Asambleas constituyentes argentinas”, en 7 tomos (1937-1940).
De esa Nueva Escuela Histórica sobresalen, entre otros, Dardo Corvalán Mendilaharsu, Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari.
2) DARDO CORVALÁN MENDILAHARSU
Nacido en Entre Ríos, en 1888, participa de la Nueva Escuela Histórica para pasar luego al revisionismo nacionalista.
Al igual que Ravignani, se siente fuertemente atraído por la personalidad del Restaurador de las Leyes pero va más allá que su colega y se define rosista.
Publica varias obras, entre ellas: “De la época de Rosas” (1913), “Rosas, historia y fábula” (1915, “El Chacho, Gral. Ángel Vicente Peñaloza” (1915), “Dos cuestiones históricas” (1916), “Sombra histórica” (1923) y “Rosas” (1929).
Años después, integra el Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”.
3) RÓMULO D. CARBIA (1886-1944)
Profesor universitario. De su inicial paso por la Nueva Escuela Histórica deriva luego al revisionismo católico. Entre sus obras se destacan: “historia eclesiástica del Río de la Plata” (1914), “Lecciones de Historia Argentina” (1917), “Historia crítica de la historiografía argentina” 81925), “Nueva historia del descubrimiento de América” (1936) e “Historia de la leyenda negra hispanoamericana”.
4) DIEGO LUIS MOLINARI
Nacido en Buenos Aires, el 30 de julio de 1889.
Profesor de historia, diplomático, senador en 1946, Molinari también milita inicialmente en el radicalismo e integra la Nueva Escuela Histórica. Años después, se aparta del radicalismo y asimismo, se desplaza, en sus posiciones históricas, al nacionalismo, desde las cuales polemiza con su antiguo compañero de militancia radical, Emilio Ravignani.
Escribe, entre otros, los siguientes trabajos: “La trata de negros” (1914), “El gobierno de los pueblos” (1916), “La empresa colombina y el descubrimiento de América (1936), “Viva Ramírez” (1937), “La representación de los hacendados y su ninguna influencia en la vida económica del país y en los sucesos de Mayo” (1939), “El nacimiento del Nuevo Mundo” (1941) y “Prolegómenos de Caseros” (1962).
Como ha podido observarse, mientras algunos historiadores de la Nueva Escuela permanecen bajo la presión de sus contradicciones como Ravignani, otros se alinean con el revisionismo católico, como Carbia, o con el revisionismo rosista, como Molinari y Corvalán Mendilaharsu. En cambio, otra importante figura de esa escuela opta por el camino del regreso hacia la Historia Oficial: se trata de Ricardo Levene.
LOS NUEVOS CUSTODIOS DE LA HISTORIA OFICIAL
El poder económico de la clase dominante resulta factor decisivo para que, el calor de editoriales, revistas, suplementos de los grandes diarios e incluso el ocio necesario para la investigación, la Historia Oficial se mantenga indemne. Como se ha visto, la defección de la vieja izquierda al incurrir en el mitromarxismo frustró la posibilidad del cuestionamiento que debió haber provenido de sus filas. Así también, los disidentes como Saldías, Peña, Alvarez y otros fueron pasando al olvido, carentes de reediciones y con muy escasos discípulos. De idéntica manera a como vacila el radicalismo en su tarea política, la Nueva Escuela Histórica -aún dejando importantes aportes en la investigación- declina, sin debilitar las bases de la versión mitrista. Subsisten, entonces, los viejos mitos y las antiguas fábulas, apareciendo asimismo los “nuevos custodios” que desde los suplementos de La Nación, la cátedra o la Academia aseguran la sobrevivencia en la enseñanza, en el salón de conferencias y en la nomenclatura pública, de los próceres liberales.
1) RICARDO LEVENE (1885-1959)
Discípulo de Paul Groussac, Levene se convierte en el gran cancerbero del panteón mitrista.
De posición ideológica liberal, dicta cátedra en los más diversos colegios, así como preside instituciones y organismos vinculados a la Historia. En 1912, publica “Lecciones de Historia Argentina”, en dos tomos, texto de enseñanza para colegios secundarios, que alcanza la relevancia de los libros de Grosso. Hacia 1950, “Lecciones...” lleva 21 ediciones.
En 1914, se incorpora a la Junta de Historia y Numismática Americana, alcanzando su presidencia en 1927. Tiempo más tarde, esta Junta se convierte en Academia Nacional de la Historia en la cual Levene se mantiene como presidente durante 25 años.
En 1920, completa la obra de B. Mitre, quien había escrito sobre Belgrano y San Martín, publicando su “Moreno y la Revolución de Mayo”, en tres tomos, donde retrata a un Moreno escolar, por supuesto sin el Plan de Operaciones.
Scenna señala que “Levene dogmatizó la posición clásica y se constituyó en el máximo campeón de la Historia Oficial... recibiendo los más duros embates de los revisionistas, a quienes calificó de “ignorantes e improvisadores”47.
También, impulsa la Comisión Nacional de Museos y dirige la “Historia de la Nación Argentina”, preparada por la Academia de la Historia.
Manuel Gálvez sostiene que “Levene ha sido, sin saber demasiada historia, el Padre de nuestra Historia” y agrega: “Era un hombre adaptable”48, y de ahí, las contradicciones en su obra. Si bien asume la historia oficial, publica que “las Indias no eran colonias2 o elogia la relación de San Martín con los caudillos (significativamente, durante el gobierno peronista).
Entre otras obras, cabe destacar: “Introducción a la historia del derecho indiano” (1924), “La anarquía de 1820 y la iniciación de la vida pública de Rosas” (1933, “El proceso histórico de Lavalle a Rosas” (1933), “Mitre y los estudios históricos de la Argentina” (1944), “Historia de las ideas sociales argentinas” (1950), “Las indias no eran colonias” (1952), “Investigaciones acerca de la historia económica del virreinato” (1953).
En la huella de R. Levene, encontramos a historiadores que se distribuyen a los próceres liberales, para exaltarlos. Así, Ricardo Piccirilli (nacido en 1900), coautor con Francisco Román y Leoncio Gianello de un “Diccionario histórico argentino”, en seis tomos (1954/55), vuelca sus mayores esfuerzos en la reivindicación de Rivadavia en su obra “Rivadavia y su tiempo”, en dos tomos, aparecida en 1943.
Del mismo modo, Leoncio Gianello (nacido en Entre Ríos en 1908) publica “Historia del Congreso de Tucumán”, pero su principal libro aparece en 1948, editado por Kraft y lleva por título “Florencio Varela”. Allí, trata de reivindicar al político unitario y en especial demostrar que su misión a Europa no llevaba el propósito de desmembrar la Mesopotamia argentina. En cambio, acepta que buscó la alianza del extranjero para derrocar a un gobernante argentino, aunque -afirma- “tal actitud era de patriotismo y no de traición, como bien lo afirmara Don Florencio (pues) la lucha no era contra el país sino contra Rosas”49.
2- ALBERTO PALCOS (nacido en 1894)
Se ocupa, por su parte, de exaltar a Sarmiento, Echeverría y Rivadavia. Dirige la biblioteca “Grandes escritores argentinos” y publica, entre otras obras, “Sarmiento” (1929), “El Facundo” (1934), “La visión de Rivadavia” (1936), “El ideal panamericano de Sarmiento” (1938) y “Echeverría y la democracia argentina” (1943), integrando, por supuesto la Academia de Historia.
El profesor Ricardo Callet Bois también integra la Academia. No resulta casual, según señala M. A. Scenna, que “para Callet Bois sólo hubo un momento en que la Cancillería argentina tuvo una meta precisa y ese momento fue cuando el gobierno de Mitre firmó el tratado de la Triple Alianza”. Esta referencia corresponde a su libro “Cuestiones internacionales (1852-1966)”50.
A su vez, el académico León Rebollo Paz se dedica a analizar el período de esplendor del mitrismo, desde la óptica liberal, en “Historia de la organización nacional 1850/1880”, aparecido en 1951. Otro experto en la defensa de Don Bartolo es Miguel
Angel De Marco, nacido en Rosario en 1938, De Marco se preocupa de la guerra contra el Paraguay desde una perspectiva mitrista, habiendo publicado diversos opúsculos. A ellos agrega “La Guardia Nacional en la guerra del Paraguay” y últimamente, una biografía de Mitre.
También puede recordarse a Bernardo González Arrili, cuya juventud izquierdista (“El futuro de América”, 1922, con prólogo de Manuel Ugarte) queda en el olvido cuando comienza a escribir libritos mitristas para niños en la colección Billiken, hasta conquistar finalmente un amplísimo despacho propio en el diario “La Prensa”, todo lo cual motiva aquel brulote de Jauretche, en analogía con el personal de servicio: “Historiador con cama adentro”. Por su parte Armando Braun Menéndez, académico, ofrece una visión idealizada de la historia patagónica donde osados pioneros siembran civilización en el desierto, por supuesto, sin pagar a tantos pesos la oreja de indio.
A su vez, otro académico, Armando Alonso Piñeiro (“La historia argentina que muchos argentinos no conocen”, 1979), según lo certifica la solapa de uno de sus libros, ha realizado una ciclópea tarea: 5000 artículos, 100 conferencias, 26 libros, 14 folletos, más de 30 prólogos. Colaborador de “La Nación”, ha recibido el premio ADEPA -Rizzuto y el Sip- Mergenthaler, de la Sociedad Interamericana de Prensa, de los Estados Unidos, como así también el Primer Premio del regimiento de Granaderos a Caballo y el Primer Premio de la Institución Mitre. Sin embargo, su más destacada labor intelectual se concreta durante el “proceso” genocida dirigiendo una serie de libros lanzados para denostar a los militantes y pensadores populares, como se sabe “subversivos que atentaban contra las beneméritas instituciones” del capitalismo dependiente.
Como ha podido apreciarse, tanto “La Nación” como la Academia Nacional de la Historia, constituyen el punto de reunión de los historiadores liberal-conservadores y sólo muy excepcionalmente, en esta última logra filtrarse alguien capaz de disentir con los mitos consagrados. Debe notarse, en relación a la Academia, que su integración provoca a menudo interrogantes, generalmente insatisfechos. En 1957, por ejemplo, se incorpora Jorge A. Mitre, no contando en su haber con un listado importante de obras publicadas. Sólo puede conjeturarse que allí impera todavía la sucesión propia del derecho divino y que el apellido, así como dirigir “La Nación” entre 1912 y 1932 y desempeñarse como secretario y presidente del Museo Mitre, desde su fundación hasta 1950, son motivos suficientes.
Menos explicable aún resulta la pertenencia a esa venerable institución por parte del poeta Arturo Capdevilla, del fisiólogo Bernardo Houssay o del Cardenal Caggiano. Lo que puede asegurarse es que ninguno de ellos desentona en su sumisión a la Historia Oficial.
LA NUEVA CAMADA DE MITROMARXISTAS
El error cometido por socialistas y anarquistas a principios de siglo lo reproducen los historiadores del Partido Comunista, décadas después.
Aníbal Ponce, por ejemplo, publica, en 1938, “Sarmiento, constructor de la nueva Argentina”51. Se trata de un trabajo apologético, en la línea de la historia mitrista. Rosas es “el Tirano” y Sarmiento, “el grande hombre” (pág. 41). Alberdi es “pensador penetrante pero de carácter díscolo y de conducta oblicua... cuyas cartas
(polemizando con Sarmiento) ocultaban la perfidia más sutil” (pág. 147), “La civilización” y “la barbarie” se contrastan: “Como Sarmiento consideraba imposible organizar al país dentro de la orientación que Rosas había restaurado y que Urquiza en parte mantenía, aspiraba a que el espíritu liberal de Buenos Aires hiciera llegar hasta las más oscuras regiones del país un soplo siquiera del alma de Europa” (pág. 149 y 150). Y Mitre es prócer: “Mitre reconstruyó la República sobre bases muy distintas a las de las viejas oligarquías que Urquiza había respetado. Envió al interior con ese objeto un ejército que asegurara la victoria... y ante la proximidad de las tropas, los eternos gobernadores de Cuyo pusieron la cordillera de por medio” (pág. 159).
Ponce concluye abominando de las masas y aún peor, alabando la aplicación de trabajos forzados: “El Chacho se había convertido en nuevo azote de Dios. Al frente de sus turbas fanatizadas, talaba campos y saqueaba ciudades... El autor de Facundo perseguiría esta vez con algo más que con la pluma a esas montoneras bárbaras que habían sido durante tantos años la vergüenza y el espanto del país. Tuvo la fortuna de derrotar al Chacho y de condenar a la turba miserable que le seguía al tremendo castigo de empedrar las calles...” (pág. 165).
En el “Manual de Historia Argentina”, publicado por Juan José Real -cuando aún no había sido expulsado del Partido Comunista- se reitera, asimismo, el criterio empleado por José Ingenieros, varias décadas atrás: asume la Historia Oficial remplazando la terminología liberal por la marxista, es decir adjudicando a los caudillos, no “barbarie”, sino “feudalismo” y a las elites porteñas, no “civilización”, sino “progresista espíritu burgués”52.
Asimismo, sostiene: “en la lucha por la independencia, el libre comercio y la unidad nacional, se agruparon, en mayo de 1810, los hombres más progresistas y avanzados de la época... Los productores del interior, los grandes terratenientes y ganaderos del litoral, (estaban) interesados en el mantenimiento de las formas feudales de producción... (pág. 112) “Rosas representa el localismo estrecho contra la nacionalidad: el localismo feudal contra la nación burguesa”53.
Por su parte, Álvaro Yunque, estimable poeta y cuentista, cuando se interna en el campo de la historia, bajo la guía de Codovilla y sus huestes, comete los mismos errores que los viejos izquierdistas. Cabe recordar, en este caso, un desorbitado elogio a Mitre en “Breve historia de los Argentinos”, sólo comparable al de los suplementos dominicales de La Nación: “Mitre es un constructor... Ha nombrado ministros liberales y progresistas... Se construyen ferrocarriles... Los capitales, en su mayoría, son ingleses. Las vías férreas producen cambios sociales. La vida patriarcal y rutinaria se inquieta, las costumbres coloniales cambian, se ahuyentan las supersticiones. Y con las costumbres, las ideas. Se trazan caminos. Se proyecta, se sueña. El optimismo y la fe en el futuro de la patria crece... Se combate la ignorancia como al enemigo de donde puede salir la fuerza que sostenga al tirano posible (En la ignorancia de los pobres se apoyó Rosas, con sus intereses ganaderos, para hacerse fuerte). No todo es paz y progreso. En las provincias aún se levantan montoneras. Aún la pobreza gaucha es mucha y encuentra caudillos como “El Chacho” que intentan resolver la injusticia con las armas... La organización nacional se ve amenazada... Verdadero demócrata, Mitre no cree en hombres providenciales, en Mesías que al fin, todos, sea el caso de Rosas, resultan déspotas sangrientos”54.
Llevado de este exultante mitrismo, aborda la guerra con el Paraguay: “Es una guerra entre clases sociales. Es la guerra del capitalismo industrial contra los restos del feudalismo”. Seguidamente, nos sorprende por sus afirmaciones aunque obtenga de ellas conclusiones disparatadas: “El capitalismo industrial de Europa necesita nuevos mercados. Se arroja sobre Asia y África. En seguida, sobre América... Brasil, pronto la Argentina, caen bajo el poder económico de Inglaterra. Y ese poder empuja a estos países para reducir el feudo de López, ellos darán sus ejércitos, Inglaterra el oro. La sociedad capitalista industrial se ve forzada a la conquista siempre... La Inglaterra liberal -aunque no por eso menos imperialista- triunfa contra el feudalismo paraguayo... El progreso contra la rutina... El ayer es vencido por el presente. Por eso fue vencido Rosas, rutinario paralizador del país, por los liberales progresistas. Por eso será vencido López. A pesar de que desde un punto de nacionalista, a él le pertenece la razón, a pesar de que se le agrede injustamente; la razón histórica no es nacional sino humana. A López lo derriba el progreso, el capitalismo... Lo saca de su feudalismo, lo obliga a entrar en la senda del capitalismo, entonces progresista”55.
Como se sabe, estas reflexiones no pertenecen al siglo pasado, cuando los marxistas aun no entendían la cuestión nacional en los países atrasados, sino a 1957, cuarenta años después de que Lenin publicó su obra sobre el imperialismo. Por eso llama tanto la atención de que Yunque, poeta al fin, se conduela porque “El Paraguay quedaba despoblado y devastado” y aconseje leer “El dolor paraguayo”, de Rafal Barret o el poema “Nenia” de Guido y Spano, después de haber justificado la masacre.
Mayor importancia adquiere el error cometido por Leonardo Paso, en tanto durante varios años, historiador oficial del Partido Comunista. También aquí se difunde Historia mitrista con fraseología marxista. Paso afirma, por ejemplo que “el rosismo se propuso sostener el orden feudal” y que la obra de Rivadavia fue su antítesis en su afán de aflojar ese orden y dar cabida al desarrollo capitalista”56. En otra parte, señala “La burguesía comercial porteña, como una fuerza de disociación del orden feudal en lo económico social, competía con la producción artesanal del interior, disgregándola al colocar la manufactura inglesa... La hegemonía política correspondió (en ese período) a la burguesía comercial porteña y podemos decir que los elementos ideológicos de la Revolución, que formaron así la intelectualidad porteña, salieron en gran medida de esa capa social”57. Llevado por este razonamiento, Paso confunde el rol de las burguesías en la época feudal de Europa, con el rol de las burguesías compradoras en los países atrasados58 (pág. 53) y de allí su opinión acerca de que los caudillos se oponían “a lo extranjerizante” porque era “sinónimo de desarrollo burgués” 59 por lo cual Dorrego es calificado, con ironía, como representante de “este patriótico federalismo feudal”60.
Años después, criticando este tipo de análisis, se argumenta, en círculos de izquierda nacional, que: “Facundo, sin Marx resulta inexplicable, pero que Marx, sin Facundo, no sirve para nada”.
ALGUNOS HETERODOXOS
Así como la Historia liberal encuentra algunos francotiradores que la cuestionan cuando recién inicia su divulgación, así también aparecen, después, algunos historiadores aislados, con perfiles propios, capaces de elaborar interpretaciones con mayor equilibrio e incluso, a veces, distanciándose de las posiciones consagradas.
Entre ellos, puede citarse a Carlos Heras, proveniente de la Nueva Escuela Histórica. Su análisis de los sucesos del 11/09/1852 revelan una independencia de criterio nada común entre los académicos, habiendo trabajado también acerca del Congreso de Tucumán y siendo, asimismo, fundador y director de la revista “Trabajos y Comunicaciones”. Semejante es el caso de Joaquín Pérez, autor, entre otros, de “Artigas, San Martín y los proyectos monárquicos en el Río de la Plata y Chile” (Montevideo, 1960), “Historia de los primeros gobernadores de la provincia de Buenos Aires” (La Plata, 1950) y “San Martín y José Miguel Carrera” (Buenos Aires, 1954).
También puede, encuadrarse entre estos historiadores a Antonio Jorge Pérez Amuchástegui. Nacido en Buenos Aires, en 1921, es profesor en Córdoba, La Plata, Buenos Aires y en la Universidad del Sur. Entre sus libros más importantes pueden mencionarse: “La carta de Lafond y la perspectiva historiográfica” (1962), en el cual Pérez Amuchástegui tiene la valentía de coincidir con los historiadores venezolanos en su apocrificidad. Otro trabajo importante es “Mentalidades argentinas” (1860-1930). También publica “Conocimiento sistemático de la historia”, en colaboración con Jorge Luis Casani. Amuchástegui acomete, además un importante trabajo histórico al dirigir la publicación de “Crónica Histórica Argentina” en tres tomos (Editorial Codex, 1968). Más allá de disidencias que puedan manifestarse con respeto a alguna interpretación, este trabajo se caracteriza por el equilibrio y especialmente, la independencia de criterio manifestada, sin prosternarse ante los mitos oficiales.
Algunos párrafos aparte merece José Luis Busaniche, nacido en Santa Fe, en 1892, quien se define “demócrata liberal en materia política”61, aunque sus interpretaciones históricas se encuentran más cerca del revisionismo histórico que de la Historia Oficial. Especialmente interesado en la vida del caudillo santafesino Estanislao López, Busaniche publica “Estanislao López y el federalismo del Litoral” en 1927, signando así su ingreso al campo de la historia y en gran medida, su carácter de “historiador lopizta”. Luego vienen otras obras, entre ellas, “Rosas en la historia de Santa Fe” (1929), “El bloqueo francés y la misión Cullen” (1934/36), “Lecturas de la Historia Argentina” y “San Martín visto por sus contemporáneos” (1950).
Pero el principal aporte es “Historia Argentina” publicada por Solar Hachette, en 1965, después de su muerte. En ella Busaniche exalta a Artigas como “el caudillo de mayor prestigio en el litoral argentino”, criticando la política rivadaviana y defendiendo a Estanislao López. Respecto a Rosas, intenta un análisis equilibrado reconociendo su defensa de la soberanía nacional, al tiempo que condena los vínculos de los unitarios con los franceses, pero desde su perspectiva santafesina y su ideología liberal el restaurador no es figura de todo su agrado y de allí su no pertenencia a la corriente revisionista rosista. Critica, asimismo, acremente a Sarmiento, poniendo de relieve la represión de la montonera y el genocidio de la guerra del Paraguay aunque manifestando cierta consideración hacia Mitre. Su obra, que aspiraba a cubrir el período histórico que va hasta 1912, queda trunca en 1868, debido a su fallecimiento ocurrido el 18/05/1959.
LA AGONÍA DE LA HISTORIA OFICIAL
Mientras los revisionistas, desde los suburbios de colegios, academias y periódicos, tirotean al panteón mitrista e incluso algunos historiadores liberales cometen, de vez en cuando, alguna audacia propia de un cierto criterio independiente,
la Historia Oficial permanece vigente, más allá de ciertos afeites y ciertas concesiones. El Moreno del librecomercio, el San Martín “santo de la espada”, el Rivadavia “progresista”, el Sarmiento “civilizador” y el Mitre “unificador del país” y “padre de la organización nacional” mantienen sus estatuas.
Llegado a su fin el reinado de los Grosso y los Levene, aparecieron los Astolfi y los Ibáñez custodiando los bronces. A ellos les siguieron otros, tenaces en la misma tarea, renovando la fraseología (de “civilización” o “barbarie”, a “democracia” o “autoritarismo” y a “modernización” o “atraso”), pero resguardando a los mismos próceres e idénticos intereses de clase.
Todavía en las escuelas perdura la vieja iconografía. Todavía la nomenclatura de localidades, calles y plazas rinde culto a aquellos próceres levantados por los triunfadores de Pavón.
Pero el viejo relato agoniza: esa vieja Historia Liberal a nadie entusiasma y son muy poco quienes todavía confían en ella.
1 Alberto J. Pla: Ideología y método en la historiografía argentina. Ediciones Nueva Visión, Bs. As., 1972, pág. 33.
2 Dalmacio Vélez Sarsfield: “El Nacional”, 1864, citado por Nicolás Shumway en “La invención de la Argentina”. Emecé Editores, Bs. As., 1911, Cap. 8.
3 Bartolomé Mitre: Historia de Belgrano y la independencia argentina”. Editorial Suelo Argentino, Bs. As., 1950, pág. 256 y 257.
4 Ídem pág. 258.
5 Dalmacio Vélez Sarsfield, citado por N. Shumway, ob. cit., pág. 231.
6 Juan Bautista Alberdi: Grandes y pequeños hombres del Plata. Edit. Fernández Blanco, Bs. As., 1962, pág. 16.
7 Bartolomé Mitre: Historia de San Martín. Edit. Suelo Argentino, Bs. As., 1950, pág. 2 y 3.
8 Ídem, pág. 12.
9 Ídem.
10 Bartolomé Mitre: Arengas. C. Casavalle Editor, Bs. As., 1889, pág. 803.
11 Ídem, pág. 196.
12 Bartolomé Mitre: Historia de Belgrano..., pág. 256.
13 Bartolomé Mitre: Arengas, pág. 222 a 228.
14 Ídem, pág. 183.
15 Ídem, pág. 219.
16 Miguel A. Scenna: Los que escribieron nuestra historia. Ediciones La Bastilla, Bs. As., 1976 pág. 59.
17 Bartolomé Mitre en carta a Vicente Fidel López, reproducida por éste en su Manual de Historia Argentina. Colec. “La Cultura Popular”, talleres Rosso, Bs. As., 1889, pág. 243.
18 Vicente Fidel López: Historia de la República Argentina. Kraft, Bs. As., 1913, tomo VI, pág. 451.
19 Ídem, tomo V, pág. 116.
20 Ídem, pág. 117.
21 Ídem, pág. 119.
22 Ramón Doll: Ensayos y críticas. Bs. As., 1929.
23 Alfredo B. Grosso: declaraciones a “Gente”, 06/05/1971.
24 Ricardo Rojas: La restauración nacionalista. Editorial Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Bs. As., 1909, pág. 353.
25 Ídem, pág. 404.
26 José Hernández: Vida del Chacho. A. Dos Santos, Bs. As., 1947, pág. 113.
27 Bartolomé Mitre en carta a Adolfo Saldías, 05/10/1887, citada por M. A. Scenna, ob. cit., pág. 100.
28 Ricardo Rojas: Ob. cit., pág. 87.
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