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Chesterton y sus 10 mil razones.

Nemesio Rodriguez Lois - 17 abril 2014.
No nos cabe la menor duda de que la figura del pensador británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) se agiganta conforme pasa el tiempo.
Un personaje que cultivó la crítica, el ensayo, la novela, la lírica, el relato breve y la redacción periodística. Un escritor y conferencista fuera de serie, pensador, filósofo, autor de más de ochenta libros.

"Cuando se deja de Creer en Dios, enseguida se empieza a creer en cualquier otra cosa".
Ahora bien, lo que hace interesante a tan singular personaje es su impresionante conversión al catolicismo.
Una conversión que, en su momento, tuvo tanta resonancia como la del Cardenal John Newman, beatificado por Benedicto XVI con motivo de un viaje que dicho pontífice hizo a Gran Bretaña en Septiembre de 2010.

"La Iglesia Católica nos pide que al entrar en Ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza"
Chesterton, al igual que la mayoría de los ingleses, fue educado en el anglicanismo, religión que dejó para volverse católico en 1922. Tenía entonces 48 años.
Y no solamente se hizo católico sino que se convirtió en un vehemente defensor del catolicismo, tanto así que el Papa Pío XI le otorgó el título de “Defensor fidei”.

Un hombre de bien, sencillo y con gran sentido del humor, que cuando le preguntaban por qué se había hecho católico, respondía con singular gracejo: “La dificultad de explicar por qué soy católico radica en el hecho de que existen diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola: que la religión católica es la verdadera”.
Un escritor cuya extensa obra puede resumirse en tres grandes temas: Defensa de la Familia, impugnación de los políticos y apología de la fe religiosa.

Chesterton reconoce, como ninguno lo hizo antes, la importancia que tiene la Familia como fundamento del orden social; y tan convencido está de ello, que es suya la siguiente frase: “Quienes atacan a la Familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”.

"El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia".
Con la venia de tan admirado pensador, nos permitimos complementar dicha idea: No creemos que quienes atacan o buscan destruir a la Familia sean unos botarates que actúen a tontas y a locas. Más bien pensamos que, salvo excepciones de tipos que no miden las consecuencias de sus actos, quienes atacan a la Familia lo hacen siguiendo un plan trazado de antemano.

"Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen".
Por eso fue que, sin más armas que la pluma y la palabra, Chesterton se decidió examinar la raíz de los problemas, calcular sus posibles consecuencias y dar la voz de alarma.
“La idea que no trata de convertirse en palabra”, nos dice Chesterton, “es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra”.
La sorprendente conversión de Chesterton indujo a otros intelectuales británicos a seguir su ejemplo; entre ellos se encuentran Clive Stapless Lewis (el de Las Crónicas de Narnia, Evelyn Waugh, Graham Greene, la Trilogía Cósmica, El problema del dolor, La abolición del Hombre y otros más).

Y es que la palabra conmueve pero el ejemplo arrastra.
Un personaje fuera de lo común, ya que no era un intelectual que se pasase todo el tiempo encerrado en su biblioteca en medio de viejos libros y amarillentos pergaminos…
Nada de eso. Chesterton era un hombre alegre y simpático que, mientras con una mano sostenía un tarro de cerveza, con la otra gesticulaba explicándole a cualquier hijo de vecina el más intrincado problema social, histórico o económico.
Sabía ponerse al nivel de cualquiera, razón por la cual todos lo entendían.

"A cada época la salva un grupo de personas que tienen el coraje de oponerse a los gustos de moda".
Un amante de la buena mesa (se le notaba: medía poco menos de dos metros y pesada cerca de ciento cincuenta kilos) que, cuando comía y bebía, lo hacía diciendo que, de ese modo, daba gloria a Dios que se lo permitía.
Esa era su manera de reaccionar contra aquella hipocresía victoriana del vegetarianismo y de las dietas que causaban un gran pesimismo a todos, amargándoles la vida.
Cada año sigue creciendo su figura, puesto que es cada vez más editado, leído, citado y admirado.
No solamente fue un buen literato, sino que fue un personaje que supo utilizar el menos común de los sentidos: el sentido común.

"La forma de responder a los que hablan de sobrepoblación es preguntarle si ellos mismos sobran, y si no, cómo lo saben".
¡Cómo me hubiera gustado conocerle y, en alguna típica taberna londinense, degustar con él jamón, queso y pan acompañados por un tarro de cerveza!
Y al hacerlo pedirle, que nos aconsejara cómo resolver los problemas de nuestros días.

Gracias por entrar!
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