Una caja negra, o registrador de datos de vuelo, guarda un registro casi indestructible del treayecto del avión al que se encuentra acoplada. La idea de incorporar una aparato que pudiese registrar información de vital importancia a la hora de esclarecer las causas de un supuesto accidente aéreo, se le ocurrió a David Warren, un científico nacido en Australia en 1925. A mediados del siglo XX, Warren estuvo preocupado por la oleada de accidentes aéreos de los aviones comerciales Havilland Comet, y en la que la mayoría de ellos no habían dejado ninguna prueba para analizar el problema que hubo.
En caso de accidente, la información que contiene puede ser utilizada para revelar qué es lo que falló.
Cuando un avión colisiona a gran velocidad y desde gran altura, es posible que queden pocas pistas sobre la causa del accidente; sin embargo, la caja negra contiene los datos de los instrumentos, las mediciones de los sensores del avión y las conversaciones de la cabina.
Es frecuente que tras el enorme impacto tan sólo la cola del avión se conserve en buen estado, motivo por el que se guarda allí la caja negra. Ésta puede soportar 5 tm de peso sin aplastarse y contiene una baliza que emite automáticamente, y durante seis años, una señal que permite localizarla bajo el agua.
La caja negra se encastra en una caja metálica, capaz de resistir una colisión y el incendio que suele producirse después. A pesar de su nombre, es normalmente de color rojo, para facilitar su localización entre los restos.
Un poco de historia
Las primeras cajas negras, denominadas memorias de vuelo, eran apenas unas grabadoras capaces de guardar hasta cuatro horas seguidas de datos de vuelo. En el decenio de 1970 se diseñaron unas cajas mejores, capaces de registrar más datos en cintas magnéticas más anchas. Aún poseían piezas móviles, que solían fallar; además, a veces la caja ardía en el incendio tras el accidente.
Las cajas negras modernas se fabrican con circuitos electrónicos, sin piezas móviles ni cintas magnéticas. Registran unas 300 medidas diferentes en formato digital, en tarjetas de memoria, parecidas a las de los ordenadores.
Pueden contener dos horas de datos de audio y veinticinco de datos de navegación: siete veces más datos que las cajas de cinta magnética.
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