Comportamiento del Consumidor
Unidad II: El Consumidor como Individuo
Tema: Personalidad
Objetivo: Entender cómo la personalidad refleja las diferencias internas entre los consumidores.
Sumario: Concepto y Enfoques
Personalidad
Patrón de pensamientos, sentimientos y conducta distintivos de una persona, que persiste a lo largo del tiempo y en diversas situaciones.
Algunas veces se le asocia a rasgos atractivos y admirables como el afecto, el encanto, la honestidad. Normalmente hablamos de aspectos de la personalidad pero no definimos el tema en sí. Decimos “me gusta Ruth porque es buena onda”, “no me gusta cómo trabaja Camilo porque es fresco”, etc. Sin embargo, es difícil elaborar una definición amplia de personalidad porque no se trata de una característica o capacidad sino una gama de ellas.
La definición antes planteada destaca dos cosas:
1. La personalidad se refiere a aquellos aspectos que distinguen a un individuo de cualquier otro, es nuestro sello psicológico personal: comportamientos, actitudes, motivos, tendencias, puntos de vista y emociones con que reaccionamos ante el mundo.
2. La personalidad persiste a través del tiempo y de las situaciones. Ya sea que reflejemos nuestra propia conducta o que interpretemos los actos de otra persona, esperamos encontrar congruencia.
A pesar de todo esperamos un grado de congruencia, un patrón de conducta que refleje la personalidad única de cada individuo. Cuando nos enfrentamos con la incongruencia de inmediato decimos que algo anda mal.
Sigmund Freud
El fundamento de la conducta humana se ha de buscar en varios instintos inconscientes llamados impulsos.
Freud distinguió dos tipos de instintos: instintos de vida e instintos de muerte. Los instintos de muerte aparecen como tendencias suicidas a autodestructivas cuando se dirigen a uno mismo, y como agresividad o guerra cuando se dirigen a otros. Entre los instintos de vida participan en la supervivencia de uno mismo y de nuestros semejantes: hambre, sed, auto preservación, especialmente el sexo (por la necesidad de perpetuarse).
Carl Gustav Jung
Pensaba que existen dos niveles distintos del inconsciente: el personal y el colectivo. El I. Personal contiene nuestros pensamientos reprimidos, experiencias olvidadas e ideas no desarrolladas. Tales ideas pueden surgir de nuevo en la conciencia por algún incidente o sensación. El I. Colectivo consiste en patrones de comportamientos y recuerdos heredados de generaciones pasadas.
Jung pensaba que así como el cuerpo humano es el producto de millones de años de evolución, con los siglos la mente humana ha desarrollado “formas de pensamiento” o recuerdos colectivos, a partir de experiencias que la gente ha tenido en común desde la prehistoria.
Persona es la parte de nuestra personalidad por la que nos conocen los demás, una capa que envuelve a nuestro yo interno. Algunas personas llegan a identificarse tanto con su yo público que pierden contacto con sus sentimientos íntimos. Esto genera desajustes.
También señalaba que por su actitud la gente es introvertida o extrovertida. Los extrovertidos se preocupan por el mundo exterior, son sociables y se interesan en otras personas y en los sucesos que ocurren a su alrededor. Los introvertidos, se preocupan más por su mundo privado. Tienden a ser poco sociables y faltos de seguridad en su trato con otras personas. Todos poseemos algunos aspectos de ambos tipos de actitud, con predominio de uno y oculto el otro.
Igualmente Jung dividió a la gente en categorías racional e irracional. Las personas racionales regulan sus acciones por las funciones psicológicas del pensamiento y los sentimientos. Al tomar decisiones se guían por el pensamiento o pueden tener mayor peso los factores emocionales y los juicios de valor. Las personas irracionales basan sus decisiones en la percepción, en los sentidos (sensación) o en los procesos inconscientes (intuición).
En su mayoría la gente manifiesta los cuatro tipos de funciones psicológicas: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición, pero en general uno de ellos predomina. Una persona pensante es racional y lógica, basando sus decisiones en hechos. Una persona sentimental es sensible a su entorno, actúa con tacto y tiene un sentido equilibrado de los valores. Una persona sensorial depende de percepciones superficiales, utilizando rara vez la imaginación o reflexiones profundas. Una persona intuitiva va más allá de los hechos obvios para predecir posibilidades futuras.
Alfred Adler
Creía que los individuos poseen un alto grado de motivos positivos innatos y buscan la perfección personal y social. El principal moldeador de la personalidad es el esfuerzo del individuo por vencer la debilidad física, al cual llamó compensación.
La gente trata de vencer sentimientos de inferioridad que pueden o no tener bases reales. Esto se manifiesta en comparaciones con los mismos familiares (hermanos, primos), profesores o compañeros (de oficina, de estudio) en apariencia más competentes, lo que en algunos no produce más que rechazo, odio y rencor.
Para Adler, el sentimiento humano de inferioridad no tiene que ser negativo sino un estimulante para el desarrollo positivo y el crecimiento personal. Sin embargo algunas personas se sienten tan obsesionados por estos sentimientos de inferioridad que se paralizan y forman el complejo de inferioridad.
El individuo se esfuerza por lograr la perfección de su persona y de la sociedad a la que pertenece; de esta manera se fija metas importantes para guiar su conducta. No es crucial que estas metas personales sean realmente alcanzables, pero sí que la persona actúe como si lo fueran. Si bien se comparte la meta común de la perfección personal y social, cada movimiento del individuo hacia la finalidad ficticia (o meta) conduce al establecimiento de un conjunto particular de significados y creencias que se convierten en su estilo de vida.
Lo anterior nos indica que no estamos controlados pasivamente por el medio ambiente sino que podemos ejercer una influencia creativa en él; así cada individuo, cada persona, es dueño o dueña de su propio destino, está llamado a construir su propio camino.
Karen Horney
Los factores ambientales sociales constituyen la influencia más importante en el moldeamiento de la personalidad y entre estos factores, el más vital durante la etapa de crecimiento del niño es su relación con los demás.
Horney pensaba que existen formas que ayudan a los individuos a manejar sus problemas emocionales y obtener seguridad, aunque ello conlleve sacrificar independencia personal: acercarse a la gente (sumisión), enfrentarse a ella (agresión) o alejarse (separación).
El tipo sumiso es un individuo con una necesidad imperiosa de someterse a otros y sólo se siente seguro cuando lo protegen y guían. Es una conducta neurótica porque la amistad resultante es superficial y encubre agresión y ansiedad. El tipo agresivo encubre sus sentimientos de sumisión y se relaciona con los demás de una manera hostil y dominante, sin embargo, también oculta sentimientos básicos de inseguridad y ansiedad. El tipo desprendido maneja la ansiedad básica alejándose de los demás: “si me alejo, no me lastimarán”.
Las personas bien adaptadas también sienten amenazada su seguridad básica y experimentan ansiedad, pero como el medio ambiente les permite satisfacer sus necesidades emocionales básicas, pueden desarrollarse sin quedar atrapados en estilos de vida neuróticos o trastornados.
Al oponer la fuerza de la cultura con la fuerza de la biología, Horney subrayó que la cultura y no la anatomía determinan muchos de los rasgos de personalidad diferentes de hombres y mujeres. Por ende, destacaba que era posible cambiar las fuerzas culturales dado que la mayor agresividad y menor efusividad en los hombres en comparación con las mujeres se encontraba en la sociedad y en la cultura, no en la biología.
Erik Erikson
Al niño se le puede disciplinar en una forma que lo haga sentirse amado u odiado. En gran medida la diferencia se debe a la atmósfera familiar. Lo importante es que el niño debe sentir que sus necesidades y deseos son compatibles con los de la sociedad. Sólo si se considera competente y apreciado, ante sí mismo y ante la sociedad, adquirirá el sentido de identidad.
Erikson propone ocho edades del hombre, donde el éxito en cada una depende de los ajustes que el individuo haya hecho en las anteriores:
a. Confianza frente a desconfianza. En los primeros años no somos conscientes de confiar o no en nuestros padres. Si son satisfechas las necesidades se llega a confiar en el ambiente y en uno mismo. El resultado es la fe en la predecibilidad del ambiente y un optimismo por el futuro. El niño frustrado se vuelve receloso, temeroso y demasiado interesados en la seguridad.
b. Autonomía frente a vergüenza y duda. En los tres primeros años, el crecimiento físico le permite al niño una autonomía creciente y un mayor contacto con su medio. Aprende a caminar, a tomar las cosas, a controlar sus funciones excretorias. Si fracasa en el intento por dominar tales destrezas puede surgir la duda en sí mismo. Si los padres y otros adultos menosprecian los esfuerzos del niño, éste puede empezar a sentir vergüenza y adquirir un sentido permanente de inferioridad.
c. Iniciativa frente a sentimientos de culpabilidad (3 a 6 años). El niño es más activo, manipula objetos que lo rodean, etc. El aliento y apoyo de los padres en estas iniciativas puede infundir un sentimiento de alegría. Luego, si el niño no logra el sentido de la iniciativa quizá persistan sentimientos de culpabilidad, falta de autoestima y resentimientos.
d. Industriosidad frente a inferioridad (6 a 7 años). Se vale por sí mismo, realiza trabajo productivo y lleva una vida social independiente. Si no se le estimula en su esfuerzo por formar parte del mundo de los adultos puede llegar a la conclusión de que es inadecuado, mediocre o inferior, perdiendo la fe en su capacidad de ser una persona industriosa.
e. Identidad frente a la confusión de roles. Finaliza la niñez; aparecen responsabilidades de la adultez. El problema crítico consiste en encontrar la propia identidad. La identidad se logra al integrar varios roles (estudiante, hermana (o), hijo (a), amigo (a), en un patrón coherente que brinde el sentido de continuidad o identidad internas. No lograr forjarse una identidad lleva a la confusión de roles y a la desesperación.
f. Intimidad frente a aislamiento. Durante los primeros años de la edad adulta, hombres y mujeres deben resolver una cuestión decisiva: lograr intimidad con un miembro del sexo opuesto. Para amar a alguien hemos de haber resuelto bien las crisis precedentes y sentirnos seguros de nuestra identidad. Para formar una relación intima, las personas han de confiar en los demás, ser independientes, capaces de tomar iniciativa y mostrar otras características de la madurez. Si no se logra la intimidad aparecen una soledad dolorosa y el sentido de no estar completo.
g. Generatividad frente a estancamiento (25 a 60 años). El reto consiste en ser productivo y creativo en todas las facetas de la vida. Las personas que han pasado con éxito las etapas anteriores tienden a encontrar sentido y placer en todas las actividades de su vida: profesión, familia, participación comunitaria, etc. Para otros la vida se vuelve una monótona rutina, se sienten aburridos y resentidos.
h. Integridad frente a desesperación. Al iniciarse la vejez, todos deben tratar de aceptar la inminencia de la muerte. Para algunos se trata de un período de desesperación al perder los roles anteriores: el de empleado activo, el progenitor, el padre, la madre, etc. Sin embargo, esta etapa brinda la oportunidad de alcanzar la plenitud del yo, entendiendo esto como la aceptación de la propia vida, el sentido de que es completa y satisfactoria. Los que han alcanzado la madurez plena al resolver debidamente las etapas anteriores poseen la integridad suficiente para afrontar la muerte con muy poco miedo.
Carl Rogers
La vida es un proceso continuo de esfuerzo por realizar nuestro potencial humano, de abrirnos al mundo que nos rodea y de encontrar el placer de vivir. Rogers pensaba que hombres y mujeres desarrollan su personalidad al servicio de metas positivas.
Todos los organismos nacen con ciertas habilidades, capacidades y potencialidades, “una especie de molde genético, al cual se agrega la sustancia con el paso de los años”. La meta de la vida sería realizar este molde genético, convertirse en aquello para lo cual uno tiene una capacidad intrínseca. A este impulso se le llama tendencia a la realización.
Para Rogers esa tendencia caracteriza a todos los organismos: plantas, animales y seres humanos, pero en el transcurso de la vida el hombre se forma una imagen de sí mismo, o autoconcepto.
Del mismo modo que intentamos realizar nuestro potencial biológico, también tratamos de hacer lo mismo con los autoconceptos, nuestro sentido consciente de quiénes somos y de lo que queremos hacer. A este esfuerzo le llama tendencia a la autorrealización. Por ejemplo, si uno se considera a sí mismo “inteligente”, luchará por hacer realidad esa imagen de uno mismo. Si otro de nuestros autoconceptos es el de “atleta”, procuraremos corresponder también a esa imagen.
Cuando el autoconcepto de un individuo se acompaña de capacidades innatas, tenderá a convertirse en lo que se llama personas con funcionamiento pleno. Esos individuos se dirigen a sí mismos; aunque sus decisiones no siempre son las mejores, deciden sin intervención ajena lo que quieren hacer y ser. No se dejan influir demasiado por lo que, a juicio de los demás, debieran ser. Están abiertos a las experiencias (a sus propios sentimientos, al mundo circundante y a las personas que les rodean) y por lo mismo se dan cuenta de que “están cada día más dispuestos a ser, con mayor fidelidad y profundidad, ese yo que auténticamente son”.
El hombre se convertirá en una persona con funcionamiento pleno si se le cría con un aprecio positivo incondicional. Ello significa que se sienten estimados por los demás sin importar sus sentimientos, actitudes y conductas. El afecto, el respeto, la aceptación y el amor que les brindan son “incondicionales”.
Pero a menudo los padres y tutores ofrecen el aprecio positivo condicionado, donde tan sólo ciertos aspectos del individuo son estimados y aceptados. La aceptación, el afecto y el amor que uno recibe de los demás dependen de que se comporte de determinada manera y de que llene ciertas condiciones. El resultado es que vas perdiendo paulatinamente tu propia identidad y asumes lo que los demás desean que seamos. La gente tiende a volverse cohibida, rígida y defensiva; se siente amenazada y con ansiedad, sufre mucho malestar e inquietud. Como su vida va dirigida a lo que los otros consideran bueno y quieren, el individuo no encuentra gran satisfacción en lo que hace. Algunos advierten que realmente no saben quiénes son ni lo que desean.
Unidad II: El Consumidor como Individuo
Tema: Personalidad
Objetivo: Entender cómo la personalidad refleja las diferencias internas entre los consumidores.
Sumario: Concepto y Enfoques
Personalidad
Patrón de pensamientos, sentimientos y conducta distintivos de una persona, que persiste a lo largo del tiempo y en diversas situaciones.
Algunas veces se le asocia a rasgos atractivos y admirables como el afecto, el encanto, la honestidad. Normalmente hablamos de aspectos de la personalidad pero no definimos el tema en sí. Decimos “me gusta Ruth porque es buena onda”, “no me gusta cómo trabaja Camilo porque es fresco”, etc. Sin embargo, es difícil elaborar una definición amplia de personalidad porque no se trata de una característica o capacidad sino una gama de ellas.
La definición antes planteada destaca dos cosas:
1. La personalidad se refiere a aquellos aspectos que distinguen a un individuo de cualquier otro, es nuestro sello psicológico personal: comportamientos, actitudes, motivos, tendencias, puntos de vista y emociones con que reaccionamos ante el mundo.
2. La personalidad persiste a través del tiempo y de las situaciones. Ya sea que reflejemos nuestra propia conducta o que interpretemos los actos de otra persona, esperamos encontrar congruencia.
A pesar de todo esperamos un grado de congruencia, un patrón de conducta que refleje la personalidad única de cada individuo. Cuando nos enfrentamos con la incongruencia de inmediato decimos que algo anda mal.
Sigmund Freud
El fundamento de la conducta humana se ha de buscar en varios instintos inconscientes llamados impulsos.
Freud distinguió dos tipos de instintos: instintos de vida e instintos de muerte. Los instintos de muerte aparecen como tendencias suicidas a autodestructivas cuando se dirigen a uno mismo, y como agresividad o guerra cuando se dirigen a otros. Entre los instintos de vida participan en la supervivencia de uno mismo y de nuestros semejantes: hambre, sed, auto preservación, especialmente el sexo (por la necesidad de perpetuarse).
Carl Gustav Jung
Pensaba que existen dos niveles distintos del inconsciente: el personal y el colectivo. El I. Personal contiene nuestros pensamientos reprimidos, experiencias olvidadas e ideas no desarrolladas. Tales ideas pueden surgir de nuevo en la conciencia por algún incidente o sensación. El I. Colectivo consiste en patrones de comportamientos y recuerdos heredados de generaciones pasadas.
Jung pensaba que así como el cuerpo humano es el producto de millones de años de evolución, con los siglos la mente humana ha desarrollado “formas de pensamiento” o recuerdos colectivos, a partir de experiencias que la gente ha tenido en común desde la prehistoria.
Persona es la parte de nuestra personalidad por la que nos conocen los demás, una capa que envuelve a nuestro yo interno. Algunas personas llegan a identificarse tanto con su yo público que pierden contacto con sus sentimientos íntimos. Esto genera desajustes.
También señalaba que por su actitud la gente es introvertida o extrovertida. Los extrovertidos se preocupan por el mundo exterior, son sociables y se interesan en otras personas y en los sucesos que ocurren a su alrededor. Los introvertidos, se preocupan más por su mundo privado. Tienden a ser poco sociables y faltos de seguridad en su trato con otras personas. Todos poseemos algunos aspectos de ambos tipos de actitud, con predominio de uno y oculto el otro.
Igualmente Jung dividió a la gente en categorías racional e irracional. Las personas racionales regulan sus acciones por las funciones psicológicas del pensamiento y los sentimientos. Al tomar decisiones se guían por el pensamiento o pueden tener mayor peso los factores emocionales y los juicios de valor. Las personas irracionales basan sus decisiones en la percepción, en los sentidos (sensación) o en los procesos inconscientes (intuición).
En su mayoría la gente manifiesta los cuatro tipos de funciones psicológicas: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición, pero en general uno de ellos predomina. Una persona pensante es racional y lógica, basando sus decisiones en hechos. Una persona sentimental es sensible a su entorno, actúa con tacto y tiene un sentido equilibrado de los valores. Una persona sensorial depende de percepciones superficiales, utilizando rara vez la imaginación o reflexiones profundas. Una persona intuitiva va más allá de los hechos obvios para predecir posibilidades futuras.
Alfred Adler
Creía que los individuos poseen un alto grado de motivos positivos innatos y buscan la perfección personal y social. El principal moldeador de la personalidad es el esfuerzo del individuo por vencer la debilidad física, al cual llamó compensación.
La gente trata de vencer sentimientos de inferioridad que pueden o no tener bases reales. Esto se manifiesta en comparaciones con los mismos familiares (hermanos, primos), profesores o compañeros (de oficina, de estudio) en apariencia más competentes, lo que en algunos no produce más que rechazo, odio y rencor.
Para Adler, el sentimiento humano de inferioridad no tiene que ser negativo sino un estimulante para el desarrollo positivo y el crecimiento personal. Sin embargo algunas personas se sienten tan obsesionados por estos sentimientos de inferioridad que se paralizan y forman el complejo de inferioridad.
El individuo se esfuerza por lograr la perfección de su persona y de la sociedad a la que pertenece; de esta manera se fija metas importantes para guiar su conducta. No es crucial que estas metas personales sean realmente alcanzables, pero sí que la persona actúe como si lo fueran. Si bien se comparte la meta común de la perfección personal y social, cada movimiento del individuo hacia la finalidad ficticia (o meta) conduce al establecimiento de un conjunto particular de significados y creencias que se convierten en su estilo de vida.
Lo anterior nos indica que no estamos controlados pasivamente por el medio ambiente sino que podemos ejercer una influencia creativa en él; así cada individuo, cada persona, es dueño o dueña de su propio destino, está llamado a construir su propio camino.
Karen Horney
Los factores ambientales sociales constituyen la influencia más importante en el moldeamiento de la personalidad y entre estos factores, el más vital durante la etapa de crecimiento del niño es su relación con los demás.
Horney pensaba que existen formas que ayudan a los individuos a manejar sus problemas emocionales y obtener seguridad, aunque ello conlleve sacrificar independencia personal: acercarse a la gente (sumisión), enfrentarse a ella (agresión) o alejarse (separación).
El tipo sumiso es un individuo con una necesidad imperiosa de someterse a otros y sólo se siente seguro cuando lo protegen y guían. Es una conducta neurótica porque la amistad resultante es superficial y encubre agresión y ansiedad. El tipo agresivo encubre sus sentimientos de sumisión y se relaciona con los demás de una manera hostil y dominante, sin embargo, también oculta sentimientos básicos de inseguridad y ansiedad. El tipo desprendido maneja la ansiedad básica alejándose de los demás: “si me alejo, no me lastimarán”.
Las personas bien adaptadas también sienten amenazada su seguridad básica y experimentan ansiedad, pero como el medio ambiente les permite satisfacer sus necesidades emocionales básicas, pueden desarrollarse sin quedar atrapados en estilos de vida neuróticos o trastornados.
Al oponer la fuerza de la cultura con la fuerza de la biología, Horney subrayó que la cultura y no la anatomía determinan muchos de los rasgos de personalidad diferentes de hombres y mujeres. Por ende, destacaba que era posible cambiar las fuerzas culturales dado que la mayor agresividad y menor efusividad en los hombres en comparación con las mujeres se encontraba en la sociedad y en la cultura, no en la biología.
Erik Erikson
Al niño se le puede disciplinar en una forma que lo haga sentirse amado u odiado. En gran medida la diferencia se debe a la atmósfera familiar. Lo importante es que el niño debe sentir que sus necesidades y deseos son compatibles con los de la sociedad. Sólo si se considera competente y apreciado, ante sí mismo y ante la sociedad, adquirirá el sentido de identidad.
Erikson propone ocho edades del hombre, donde el éxito en cada una depende de los ajustes que el individuo haya hecho en las anteriores:
a. Confianza frente a desconfianza. En los primeros años no somos conscientes de confiar o no en nuestros padres. Si son satisfechas las necesidades se llega a confiar en el ambiente y en uno mismo. El resultado es la fe en la predecibilidad del ambiente y un optimismo por el futuro. El niño frustrado se vuelve receloso, temeroso y demasiado interesados en la seguridad.
b. Autonomía frente a vergüenza y duda. En los tres primeros años, el crecimiento físico le permite al niño una autonomía creciente y un mayor contacto con su medio. Aprende a caminar, a tomar las cosas, a controlar sus funciones excretorias. Si fracasa en el intento por dominar tales destrezas puede surgir la duda en sí mismo. Si los padres y otros adultos menosprecian los esfuerzos del niño, éste puede empezar a sentir vergüenza y adquirir un sentido permanente de inferioridad.
c. Iniciativa frente a sentimientos de culpabilidad (3 a 6 años). El niño es más activo, manipula objetos que lo rodean, etc. El aliento y apoyo de los padres en estas iniciativas puede infundir un sentimiento de alegría. Luego, si el niño no logra el sentido de la iniciativa quizá persistan sentimientos de culpabilidad, falta de autoestima y resentimientos.
d. Industriosidad frente a inferioridad (6 a 7 años). Se vale por sí mismo, realiza trabajo productivo y lleva una vida social independiente. Si no se le estimula en su esfuerzo por formar parte del mundo de los adultos puede llegar a la conclusión de que es inadecuado, mediocre o inferior, perdiendo la fe en su capacidad de ser una persona industriosa.
e. Identidad frente a la confusión de roles. Finaliza la niñez; aparecen responsabilidades de la adultez. El problema crítico consiste en encontrar la propia identidad. La identidad se logra al integrar varios roles (estudiante, hermana (o), hijo (a), amigo (a), en un patrón coherente que brinde el sentido de continuidad o identidad internas. No lograr forjarse una identidad lleva a la confusión de roles y a la desesperación.
f. Intimidad frente a aislamiento. Durante los primeros años de la edad adulta, hombres y mujeres deben resolver una cuestión decisiva: lograr intimidad con un miembro del sexo opuesto. Para amar a alguien hemos de haber resuelto bien las crisis precedentes y sentirnos seguros de nuestra identidad. Para formar una relación intima, las personas han de confiar en los demás, ser independientes, capaces de tomar iniciativa y mostrar otras características de la madurez. Si no se logra la intimidad aparecen una soledad dolorosa y el sentido de no estar completo.
g. Generatividad frente a estancamiento (25 a 60 años). El reto consiste en ser productivo y creativo en todas las facetas de la vida. Las personas que han pasado con éxito las etapas anteriores tienden a encontrar sentido y placer en todas las actividades de su vida: profesión, familia, participación comunitaria, etc. Para otros la vida se vuelve una monótona rutina, se sienten aburridos y resentidos.
h. Integridad frente a desesperación. Al iniciarse la vejez, todos deben tratar de aceptar la inminencia de la muerte. Para algunos se trata de un período de desesperación al perder los roles anteriores: el de empleado activo, el progenitor, el padre, la madre, etc. Sin embargo, esta etapa brinda la oportunidad de alcanzar la plenitud del yo, entendiendo esto como la aceptación de la propia vida, el sentido de que es completa y satisfactoria. Los que han alcanzado la madurez plena al resolver debidamente las etapas anteriores poseen la integridad suficiente para afrontar la muerte con muy poco miedo.
Carl Rogers
La vida es un proceso continuo de esfuerzo por realizar nuestro potencial humano, de abrirnos al mundo que nos rodea y de encontrar el placer de vivir. Rogers pensaba que hombres y mujeres desarrollan su personalidad al servicio de metas positivas.
Todos los organismos nacen con ciertas habilidades, capacidades y potencialidades, “una especie de molde genético, al cual se agrega la sustancia con el paso de los años”. La meta de la vida sería realizar este molde genético, convertirse en aquello para lo cual uno tiene una capacidad intrínseca. A este impulso se le llama tendencia a la realización.
Para Rogers esa tendencia caracteriza a todos los organismos: plantas, animales y seres humanos, pero en el transcurso de la vida el hombre se forma una imagen de sí mismo, o autoconcepto.
Del mismo modo que intentamos realizar nuestro potencial biológico, también tratamos de hacer lo mismo con los autoconceptos, nuestro sentido consciente de quiénes somos y de lo que queremos hacer. A este esfuerzo le llama tendencia a la autorrealización. Por ejemplo, si uno se considera a sí mismo “inteligente”, luchará por hacer realidad esa imagen de uno mismo. Si otro de nuestros autoconceptos es el de “atleta”, procuraremos corresponder también a esa imagen.
Cuando el autoconcepto de un individuo se acompaña de capacidades innatas, tenderá a convertirse en lo que se llama personas con funcionamiento pleno. Esos individuos se dirigen a sí mismos; aunque sus decisiones no siempre son las mejores, deciden sin intervención ajena lo que quieren hacer y ser. No se dejan influir demasiado por lo que, a juicio de los demás, debieran ser. Están abiertos a las experiencias (a sus propios sentimientos, al mundo circundante y a las personas que les rodean) y por lo mismo se dan cuenta de que “están cada día más dispuestos a ser, con mayor fidelidad y profundidad, ese yo que auténticamente son”.
El hombre se convertirá en una persona con funcionamiento pleno si se le cría con un aprecio positivo incondicional. Ello significa que se sienten estimados por los demás sin importar sus sentimientos, actitudes y conductas. El afecto, el respeto, la aceptación y el amor que les brindan son “incondicionales”.
Pero a menudo los padres y tutores ofrecen el aprecio positivo condicionado, donde tan sólo ciertos aspectos del individuo son estimados y aceptados. La aceptación, el afecto y el amor que uno recibe de los demás dependen de que se comporte de determinada manera y de que llene ciertas condiciones. El resultado es que vas perdiendo paulatinamente tu propia identidad y asumes lo que los demás desean que seamos. La gente tiende a volverse cohibida, rígida y defensiva; se siente amenazada y con ansiedad, sufre mucho malestar e inquietud. Como su vida va dirigida a lo que los otros consideran bueno y quieren, el individuo no encuentra gran satisfacción en lo que hace. Algunos advierten que realmente no saben quiénes son ni lo que desean.