InicioArteRelatos - Parte 1

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Colgada



El saco de Damian ya olía a muerto. En consecuencia, ató las extremidades de su nueva novia, la colgó cabezabajo en un árbol y disfrutó la tarde usando su nuevo chiche.



Macabro



—Dale, tortillera…andá y sacate la ropa.
Y mientras su padre esperaba, sin dudas, para abusar de ella una vez más, Vanesa buscó un martillo, se llenó de coraje y lo sorprendió por detrás, golpeándolo en el cráneo. Pero verlo allí tirado no fue suficiente. La chica cerró los ojos, aferró fuertemente el martillo y, con ímpetu, volvió a martillar el mismo lugar.
Cada golpe le recordaba que ya era libre. No más abusos, no más penetraciones, y mucho menos el miembro del padre en su boca. Sí, era libre.
Después de masacrar su cabeza, sintió la necesidad de desvestirse para él por última vez, y con una sonrisa macabra marcada en su cara como al hacer la más sangrienta fatality por primera vez, comenzó a golpear el robusto cuerpo de su padre. Sin escrúpulos, no paró de martillar. Tenía en la mira todos esos lagos de sangre junto con los pedazos de carne y grasa que se desprendían del cadáver, que manchaban sus piernas y parte del piso.
Al llegar a la zona púbica, le pareció que martillar no era lo adecuado y buscando la tijera con la cual su padre le cortaba el pelo a su madre culpándola así, de la condición sexual de su hija de la cual sólo los tres sabían, cortó su pene en gruesas capas al ritmo del silbido de una canción de cuna.
Sentía cómo la sangre caliente recorría su brazo y eso le daba más placer que nada. Al ver el escroto, le pareció interesante escudriñar que habría ahí dentro. Sabía que allí se albergaban los testículos que según los temas dados en su escuela durante años, eran dos bolillas deformes que albergaban cierta sustancia que en ese instante, era lo menos interesante para ella. Tomó la tijera, y con suma precisión cortó el recubrimiento de los genitales, viéndolos así a carne viva. Volvió a aferrarse al martillo y los aplastó, uno por uno, con suma delicia y gozando de la situación.
Al ver como la sangre cubría a quién había sido su papá, sus ojos comenzaron a brillar, y su cara, a pesar del fluido rojo que la cubría, demostró un alto nivel de agotamiento, pero a la vez demostró cuan feliz estaba en ese momento.



Sala Once



Era una tarde tan fría que ni los demoños querían salir a jugar. Daiana se dirigió al hospital intentando esquivar las gotas de agua que golpeaban su cara. Atravesó el parque arrastrando los pies y mojando las zapatillas blancas al ritmo de la música en su celular.
El hospital le aterraba, le parecía tétrico, enfermo, lúgubre...Pero lo que más le aterraba de ese inhóspito lugar eran las agujas. Sí, ese filamento de metal puntiagudo que utilizaban los médicos y enfermeras para extraer sangre de sus nalgas.
Al fin estaba en la entrada, sabía que su madre la esperaba dentro de la sala de vacunación. Al abrir el viejo portón un escalofrío le recorrió su cuerpo, y en ese momento sentía como su corazón latía cada vez más rápido, sus manos sudaban y las extensas piernas comenzaron a temblar como una liebre a punto de ser asesinada y destripada por un cazador.
Recorrió los corredores con la sensasión de que todos la observavan. Cruzó por el pasillo de enfermería, las frías y grotescas miradas de las viejas enfermeras penetraron su cuerpo y sintio como un filoso picahielos parecía apuñalar su pecho.
Al llegar al pasillo veinticuatro, vio que su mamá estaba allí con una campera violeta y un perfume barato, al ver que Daiana se acercaba le clavó una mirada fulminante.
—Llegaste tarde, otra vez — Le dijo la mujer
—Tuve que pasar por el parque.
—Todas tus zapatillas sucias...
—Pasé por el parque y estaba mojado, además... — Daiana no pudo terminar. La señora la miró con un rastro de desprecio y ella cerró la boca. Prefería callarse y no dar explicaciones a tener que soportar a su mamá enojada con ella una vez más.
La puerta se abrió y de allí salió un hombre barbudo y alto, parecía joven. Vestido de turquesa y con un delantal blanco que le llegaba hasta las rodillas.
—Chardonay — exclamó el doctor
Daiana y la madre entraron al consultorio. Allí ella pudo observar las agujas a las que tanto le temía. Estaban ubicadas una al lado de la otra, cada una más grande que la anterior, todas encerradas en un tubo de plástico con un embolo.
Comenzó a sudar y sus pupilas parecían dilatarse; la transpiración se marcaba en la ropa.
—Me dijeron que tiene que aplicarse esto y esto — dijo la madre señalando un papel color amarillo con ciertos nombres, los cuales la señora no podía pronunciar fácilmente.
—Cómo no, acostate ahí — Dijo el doctor Stevens, dirigiéndose a Daiana
Antes de acostarse, la señora Chardonay avisó a Daiana que la veía en casa y dando ciertas instrucciones se retiró de la sala once.
Stevens sacó una jeringa de la pequeña caja de metal que tenía al lado de la camilla y le pidió que se baje el pantalón. No obstante, al ver el exquisito cuerpo de la chica no pudo evitarlo.
El hecho de defenderse fue en vano, la fuerza del doctor Stevens aprisionó las muñecas de Daiana hacia la camilla mientras le tapaba la boca con un rollo de vendas ubicadas en la misma caja.
Los minutos pasaron y ella salió de la sala once con la cara pálida y los ojos abiertos como platos. Caminó como un fantasma por el pasillo hasta llegar a la pequeña ventana en la cual entregaban las órdenes. Una vieja y demacrada enfermera la recibió y le dio los papeles correspondientes. Diciéndole en voz baja palabras que a Daiana le parecieron irrelevantes.
Al recibir los papeles salió del pasillo veinticuatro y caminó silenciosamente hacia el portón. Había salido del deprimente hospital. Ya casi era de noche y debía volver a su casa. Pero sólo se sentó en la pequeña escalera de la entrada y agachó la cabeza.



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