Asesinado en el mundo de las bestias, nada cambiará hasta que desaparezcan
“Me encantaba correr sin ninguna preocupación, jugaba hasta que mis pulmones pedían descanso, recién cumplía los tres meses de edad y el mundo era mi patio de juegos, perseguía a los pájaros, muchos se molestaban y arremetían en mi contra, pero eso no me importaba, también disfrutaba jugar con pequeños insectos y con otros como yo. Los grandes perros de la universidad, mi hogar, me miraban pasar sin el menor cuidado, no jugaban conmigo, una vez, uno de ellos me asustó tanto que atravesé todo el campus para esconderme en mi lugar secreto, desde donde podía observar a las bestias bípedas, siempre apuradas, algunas veces me acercaba sigilosamente y los escuchaba parlotear sobre lo mismo, una y otra y otra vez, solo que algunas bestias usaban frases más o menos elocuentes, a mi me confundían, me aburrían, mi existencia era pobre y rutinaria, pero siempre podía jugar, lo que jamás pensé que ocurriría ese día, en la Universidad del Valle, fue que todo terminaría así, con gran dolor e inmensa soledad a manos de la bestia bípeda que ríe y devora, que mata y ora, que es pura maldad, mientras se convence hasta más no poder, de que es bueno.
Nací y morí en Univalle, a algunos les importó, la mayoría lo pasó por alto, es decir, ¿de que vale la vida de un gatito cuando tienes grandes preocupaciones sobre tu vida?, ya saben, del pasado que ya pasó y del futuro que es pura ilusión, por otro lado, la foto de mi pequeño cuerpo calcinado podría dañarles el apetito, por tanto, es mejor pasar por alto el asunto, lo ideal es seguir caminando en círculos.
Todo pasó lentamente, quien me capturó me golpeó primero, luego, no contento con esto, echó ácido sobre mi cuerpo magullado, lloré y lloré con gran intensidad, con toda mi fuerza, pero creo que ese día debió haber una audición o una rumba, porque nadie me escuchó, solo estaba yo y mi asesino, lo miré buscando piedad, pero las bestias bípedas no conocen esa virtud, creen poseerla, pero es puro cuento, como lo es el amor y la libertad, por la cual se asesinan entre ellos desde el principio de los tiempos.
Mis ojos lagrimeaban tanto, que casi no podía ver lo que ocurría a mi alrededor, mi saliva me quemaba y no podía respirar, solo podía escuchar mis propios y desgarradores gritos, por un momento la bestia se asustó - el miedo es la única emoción que ellos perciben, las bestias bípedas son y serán unos cobardes por siempre - , alguien se acercaba, me moví un poco, raspé el duro concreto con lo que quedaba de mis lastimadas garras, maullé muy despacito… no, solo era el sonido de una rama en la lejanía. Mi hocico me ardía, así como mis orejas y mi espalda, mis patas se rindieron, me encogí, pero el dolor solo crecía y crecía, escuché pasos, la bestia bípeda se alejaba, mientras reía nerviosamente, sabía bien lo que había hecho, y probablemente lo repetiría, en dos semanas toda la universidad habrá olvidado el crimen. Alcancé a ver su rostro, y solo se dibujaba una mueca de asco y burla. Me quedé quieto durante unos minutos, no pude más, la soledad y el frío me llenaron por completo, de repente comenzó a llover suavemente, gracias madre, pero tus lágrimas no pueden salvarme, llévame ahora, aléjame del sufrimiento, del infierno que las bestias llaman hogar… por fin, morí."
Soy quien escribió lo anterior… poco queda por decir, violencia y dolor, violencia y dolor… maestro Vallejo, cuanta razón tienes: ni todo el mundo humano vale un segundo de sufrimiento de un perro callejero.
Eso soy yo: violencia, eso puedo dar a cambio de la indignación que siento con inmensa furia, más violencia, y nada cambiará eso, ni idiotas creyendo que somos hijos de un barbudo que vive sobre una nube, ni la caja embriagadora de imágenes coloridas que llevan sólo a la muerte mental… escóndete, rézale a cristoloco y recuerda que los hombres no son montañas.
“Me encantaba correr sin ninguna preocupación, jugaba hasta que mis pulmones pedían descanso, recién cumplía los tres meses de edad y el mundo era mi patio de juegos, perseguía a los pájaros, muchos se molestaban y arremetían en mi contra, pero eso no me importaba, también disfrutaba jugar con pequeños insectos y con otros como yo. Los grandes perros de la universidad, mi hogar, me miraban pasar sin el menor cuidado, no jugaban conmigo, una vez, uno de ellos me asustó tanto que atravesé todo el campus para esconderme en mi lugar secreto, desde donde podía observar a las bestias bípedas, siempre apuradas, algunas veces me acercaba sigilosamente y los escuchaba parlotear sobre lo mismo, una y otra y otra vez, solo que algunas bestias usaban frases más o menos elocuentes, a mi me confundían, me aburrían, mi existencia era pobre y rutinaria, pero siempre podía jugar, lo que jamás pensé que ocurriría ese día, en la Universidad del Valle, fue que todo terminaría así, con gran dolor e inmensa soledad a manos de la bestia bípeda que ríe y devora, que mata y ora, que es pura maldad, mientras se convence hasta más no poder, de que es bueno.
Nací y morí en Univalle, a algunos les importó, la mayoría lo pasó por alto, es decir, ¿de que vale la vida de un gatito cuando tienes grandes preocupaciones sobre tu vida?, ya saben, del pasado que ya pasó y del futuro que es pura ilusión, por otro lado, la foto de mi pequeño cuerpo calcinado podría dañarles el apetito, por tanto, es mejor pasar por alto el asunto, lo ideal es seguir caminando en círculos.
Todo pasó lentamente, quien me capturó me golpeó primero, luego, no contento con esto, echó ácido sobre mi cuerpo magullado, lloré y lloré con gran intensidad, con toda mi fuerza, pero creo que ese día debió haber una audición o una rumba, porque nadie me escuchó, solo estaba yo y mi asesino, lo miré buscando piedad, pero las bestias bípedas no conocen esa virtud, creen poseerla, pero es puro cuento, como lo es el amor y la libertad, por la cual se asesinan entre ellos desde el principio de los tiempos.
Mis ojos lagrimeaban tanto, que casi no podía ver lo que ocurría a mi alrededor, mi saliva me quemaba y no podía respirar, solo podía escuchar mis propios y desgarradores gritos, por un momento la bestia se asustó - el miedo es la única emoción que ellos perciben, las bestias bípedas son y serán unos cobardes por siempre - , alguien se acercaba, me moví un poco, raspé el duro concreto con lo que quedaba de mis lastimadas garras, maullé muy despacito… no, solo era el sonido de una rama en la lejanía. Mi hocico me ardía, así como mis orejas y mi espalda, mis patas se rindieron, me encogí, pero el dolor solo crecía y crecía, escuché pasos, la bestia bípeda se alejaba, mientras reía nerviosamente, sabía bien lo que había hecho, y probablemente lo repetiría, en dos semanas toda la universidad habrá olvidado el crimen. Alcancé a ver su rostro, y solo se dibujaba una mueca de asco y burla. Me quedé quieto durante unos minutos, no pude más, la soledad y el frío me llenaron por completo, de repente comenzó a llover suavemente, gracias madre, pero tus lágrimas no pueden salvarme, llévame ahora, aléjame del sufrimiento, del infierno que las bestias llaman hogar… por fin, morí."
Soy quien escribió lo anterior… poco queda por decir, violencia y dolor, violencia y dolor… maestro Vallejo, cuanta razón tienes: ni todo el mundo humano vale un segundo de sufrimiento de un perro callejero.
Eso soy yo: violencia, eso puedo dar a cambio de la indignación que siento con inmensa furia, más violencia, y nada cambiará eso, ni idiotas creyendo que somos hijos de un barbudo que vive sobre una nube, ni la caja embriagadora de imágenes coloridas que llevan sólo a la muerte mental… escóndete, rézale a cristoloco y recuerda que los hombres no son montañas.