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De proxeneta y financiando a Osama bin Laden, segun john per

Best seller: Confesiones de un sicario economico

De proxeneta y financiando a Osama bin Laden, segun john per

Ejerciendo de proxeneta y financiando a Osama bin Laden
Desde el primer momento, el príncipe W. me hizo saber que todas las veces
que me visitase en Boston, deseaba ser atendido por una mujer de su
agrado, de quien requeriría otros servicios además de los de simple
acompañante. Pero también dejó sentado que no se conformaría con una
prostituta profesional, con quien él mismo o alguien de su familia pudiese
tropezarse en la calle o en cualquier recepción. Mis reuniones con el príncipe
W. eran secretas, así que resultaba más fácil atender a sus deseos.

«Sally» era una bella rubia de ojos azules que vivía en el extrarradio de
Boston. El marido, un piloto de United Airlines muy viajado en lo profesional
y en lo particular, no hacía ningún esfuerzo por ocultar sus infidelidades. La
actitud de Sally en cuanto a las actividades de su marido era de una soberana
indiferencia. Apreciaba el sueldo, el cómodo piso de propiedad en Boston y las
demás ventajas que la esposa de un piloto disfrutaba en aquellos tiempos.
Diez años antes había sido una hippie acostumbrada a mantener relaciones
promiscuas. Aceptó enseguida la idea de una fuente secreta de ingresos y se
avino a dar una oportunidad al príncipe W., con una sola condición: que el
futuro de su relación dependería por completo de la actitud y trato que él
manifestase hacia ella.

Por suerte para mí, cada uno estuvo a la altura de los criterios del otro.
El asunto del príncipe W. con Sally, capítulo secundario del asunto del
blanqueo de dinero saudí, creaba para mí una serie de problemas aparte.
MAIN prohibía estrictamente a sus asociados que hiciesen nada ilícito y, desde
el punto de vista legal, yo estaba ejerciendo de proxeneta (al facilitar servicios
sexuales), actividad prohibida por las leyes de Massachusetts. De modo que el
problema principal consistía en cómo pagar los servicios de Sally. Por fortuna,
el departamento de contabilidad me concedía muchas libertades con mi cuenta
de gastos. Yo tengo la costumbre de dar propinas, así que no me fue difícil
conseguir que los ca-
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mareros de algunos de los restaurantes más lujosos de Boston me pasaran recibos
en blanco. Esto ocurría en la época en que no eran los ordenadores, sino las
personas, quienes rellenaban los recibos.
Con el tiempo, el príncipe W. se volvió cada vez más atrevido, hasta que me
pidió que persuadiera a Sally para que se fuese a vivir una temporada a su
residencia privada en Arabia Saudí. Esa petición no era demasiado insólita en
aquellos días. Existía un activo comercio de mujeres jóvenes entre ciertos países
europeos y Oriente Próximo. Estas mujeres firmaban unos contratos por tiempo
determinado, transcurrido el cual se volvían a casa con sus cuentas bancarias bien
nutridas. Robert Baer, que ha sido analista de la dirección operativa de la CÍA
durante veinte años, y especialista en Oriente Próximo, lo resume así:

«A principios de la década de 1970, cuando empezaron a correr los petrodólares, algunos
libaneses emprendedores empezaron a meter de contrabando en el reino prostitutas
para los príncipes... Y como nadie de la familia real sabe cuadrar un talonario de
cheques, esos libaneses se hicieron fabulosamente ricos».1

Yo conocía esa situación e incluso conocía algunas personas en condiciones de
arreglar tales contratos. Pero esto tenía dos inconvenientes principales para mí:
Sally y el pago. Estaba seguro de que Sally no se avendría a dejar Boston para ir a
habitar una mansión del desierto en Oriente Próximo. Y era evidente que ninguna
colección de recibos de restaurante en blanco alcanzaría a cubrir ese gasto.

El príncipe W. despejó la segunda de estas preocupaciones di-ciéndome que él
se encargaría en persona de pagar a su nueva amante. Únicamente me pedía que le
solucionase la intermediación. También me tranquilizó mucho cuando dijo que la
Sally de Arabia Saudí no tenía por qué ser necesariamente la misma persona que le
había acompañado en Estados Unidos. Entonces llamé a varios amigos que tenían
contactos con libaneses de Londres y Amsterdam. Al cabo de unas dos semanas,
una Sally sucedánea firmaba su contrato.

El príncipe W. era una persona complicada. Con Sally había satisfecho un deseo
físico y yo me había ganado su confianza con mi habilidad al ayudarle en esto.
Pero no estaba nada convencido de que el SAMA fuese una estrategia que él
quisiera recomendar para su país. Tuve que trabajar muy duro para conseguir mi
propósito. Dediqué muchas horas a enseñarle las estadísticas y a ayudarle a
analizar los estudios que habíamos realizado para otros países, entre ellos, unos
modelos econométricos que yo había desarrollado para Kuwait durante mi
entrenamiento con Claudine, en los meses anteriores a mi desplazamiento
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a Indonesia. Al final transigió.
Desconozco los detalles de lo ocurrido entre otros colegas míos gángsteres
económicos y los demás personajes saudíes clave. Lo único que sé es que
finalmente la familia real dio su aprobación a todo el paquete de medidas.
MAIN, por su parte, fue recompensada con uno de los primeros y más
lucrativos contratos, administrado por el departamento del Tesoro
estadounidense. El encargo consistía en realizar una evaluación completa del
desorganizado y anticuado sistema eléctrico del país y diseñar otro nuevo
conforme a las normas técnicas vigentes en Estados Unidos.

Como de costumbre, me correspondió enviar el primer equipo de trabajo a
fin de obtener las previsiones de desarrollo económico y carga eléctrica para
cada región del país. Tres de los hombres que trabajaban para mí, todos ellos
expertos en proyectos internacionales, se disponían a partir hacia Riad cuando
nos llegó un comunicado del departamento jurídico recordando que según las
condiciones del contrato estábamos obligados a haber montado un despacho en
RIAD, y tenerlo en marcha, en el plazo de muy pocos meses, de los cuales ya
había transcurrido uno, sin que nadie se hubiese fijado en esa cláusula.

Además, nuestro acuerdo con el Tesoro estipulaba que todo el equipamiento
debía ser de fabricación estadounidense o de Arabia Saudí. Como en este país
no existía ninguna fábrica que produjese tal género de artículos, sería
necesario enviarlo todo desde Estados Unidos. Grande fue nuestra
consternación cuando nos enteramos de que los puertos de la península árabe
estaban bloqueados por largas colas de petroleros esperando carga. Podían
pasar meses antes de que entrasen en el reino los enseres enviados.
Pero no iba a ser MAIN quien perdiese un contrato valioso por culpa de un
par de despachos amueblados. En una reunión de todos los interesados
estuvimos reflexionando hasta encontrar la solución, que consistió en fletar un
Boeing 747, cargado de enseres comprados en Boston y alrededores, y
enviarlo rumbo a Arabia Saudí. Se me ocurrió entonces que sería bonito que ese
avión perteneciese a la United Airlines y fuese pilotado por cierto comandante
cuya esposa había desempeñado un papel tan esencial en persuadir a la Casa de
Saud.

El acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí transformó el reino,
prácticamente, de la noche a la mañana. Las cabras fueron sustituidas por
doscientos camiones compactadoreá de residuos, ultramodernos, pintados de
amarillo y suministrados por Waste Management, Inc. bajo
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un contrato de 200 millones de dólares.2 Todos los sectores de la economía saudí
fueron modernizados de manera similar, desde la agricultura y la energía hasta la
educación y las comunicaciones. Como observó Thomas Lippman en 2003:
Un vasto y desértico paisaje de tiendas de nómadas y chozas de adobe de
los campesinos ha sido reestructurado por los norteamericanos a su propia
imagen y semejanza, desde el Starbucks de la esquina hasta las rampas para
sillas de ruedas en los edificios públicos más recientes.

Hoy Arabia Saudí es
un país de autovías, ordenadores, centros comerciales con aire acondicionado
y tiendas donde se encuentran los mismos chismes que en cualquier próspera
urbanización estadounidense, hoteles elegantes, restaurantes de comidas
rápidas, televisión vía satélite, hospitales ultramodernos, rascacielos de
oficinas y parques temáticos llenos de diversiones.3

Los planes que concebimos en 1974 sentaron la norma para futuras
negociaciones con los países ricos en petróleo. En cierta manera, SAMA/JECOR
fue el segundo peldaño, después del que Kermit Roosevelt estableció en Irán.
Suponía la incorporación de un innovador grado de sofisticación al arsenal de
armas político-económicas que usaban la nueva generación de soldados que
peseguían crear un imperio global.

El «caso del blanqueo de dinero árabe saudí» y la Comisión conjunta sentaron
también nuevos precedentes de jurisprudencia internacional, como quedó bien
claro con el caso de Idi Amin. En 1979, cuando el célebre dictador ugandés pasó al
exilio, solicitó y obtuvo asilo en Arabia Saudí. Aunque todos le considerasen un
déspota asesino causante de entre cien mil y trescientas mil víctimas, pudo
jubilarse rodeado de lujos, sin exceptuar los coches y el servicio doméstico
puestos a su disposición por la Casa de Saud. Desde Estados Unidos se oyeron
discretas protestas, pero no se quiso insistir para no comprometer el
entendimiento con los saudíes. Amin pasó los últimos años de su vida pescando y
paseando por la playa, hasta que en 2003 murió de un fallo renal en Yiddah, a la
edad de ochenta años.4

Más sutil, y en último término mucho más pernicioso, fue el papel que
desempeñó Arabia Saudí al tolerársele la financiación del terrorismo
internacional. Estados Unidos no hizo ningún secreto de su deseo de que la Casa
de Saudí apoyase económicamente la guerra afgana de Osama bin Laden contra la
Unión Soviética durante la década de 1980. Riad y Washington contribuyeron
juntos con unos 3.500 millones de dólares a la
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causa de los mujaidin.5 Pero no quedó sólo en eso la participación estadounidense
y saudí.
A finales de 2003 la U.S. News & World Reportpublicó un exhaustivo estudio
titulado «La Conexión saudí». La revista había revisado miles de páginas de
actas judiciales e informes de la inteligencia estadounidense y de otros países,
entre otros documentos, y entrevistado a docenas de funcionarios públicos y
expertos en terrorismo y en el Oriente Próximo. Entre sus resultados figura lo
siguiente:

Las pruebas eran innegables. Arabia Saudí, veterano aliado de Estados
Unidos y primer país productor de petróleo del mundo, se había convertido
de algún modo, como ha dicho un alto funcionario del departamento del
Tesoro, en «el epicentro» de la financiación terrorista
[…]
A partir de finales de la década de 1980 —después del doble trauma de la
revolución iraní y de la guerra de los soviéticos en Afganistán— las
organizaciones benéficas cuasi-oficiales de Arabia Saudí se convirtieron en
fuente principal de fondos para el rápido crecimiento de la yihad. En una
veintena de países, ese dinero se invirtió en montar campos de instrucción
paramilitar, adquirir armamento y reclutar nuevos miembros [...]

Seducidos por la generosidad saudí, los funcionarios estadounidenses
miraron para otro lado, según declaran algunos oficiales de inteligencia.
Miles de millones de dólares en contratos, subvenciones y salarios han
beneficiado a un amplio grupo de ex funcionarios estadounidenses en tratos
con los saudíes: embajadores, jefes locales de la CÍA e incluso secretarios de
Estado [...]

Las conversaciones intervenidas por vía electrónica implican a miembros
de la familia real en la financiación de otros grupos terroristas además de a
Al-Qaeda.6

Después de los atentados de 2001 contra el World Trade Center y el
Pentágono han ido apareciendo más pruebas de la relación oculta entre
Washington y Riad. En octubre de 2003 la revista Vanity Fair publicó
informaciones no reveladas con anterioridad en un trabajo de investigación
titulado «Salvando a los saudíes». Lo que decían sobre las relaciones entre la
familia Bush, la Casa de Saud y la familia Bin Laden no me sorprendió
especialmente. Yo sabía que dichas relaciones databan por lo menos de la época
del «caso del blanqueo de dinero árabe saudí», iniciado en 1974, y de la
actividad de George H. W. Bush como embajador
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ante Naciones Unidas (1971-1973) y como director de la CÍA (1976-1977). Lo
sorprendente era que la prensa se hubiese enterado por fin. Vanity Fair concluía:
La familia Bush y la Casa de Saud, que son las dos dinastías más poderosas
del mundo, mantienen estrechos vínculos personales, de negocios y políticos
desde hace más de veinte años.

En el sector privado, los saudíes sacaron de dificultades a Harken Energy,
la petrolera en que participaba George W. Bush. Más recientemente, el ex
presidente H. W. Bush y su veterano aliado el ex secretario de estado James A.
Baker III intervinieron cerca de los saudíes a fin de allegar fondos para el
Carlyle Group, probablemente el fondo de inversiones privado más grande del
mundo. En la actualidad, el presidente Bush sigue siendo consejero de esa
compañía, entre cuyos inversores figura, según se asegura, un saudí acusado
de estar relacionado con grupos de apoyo a actividades terroristas [...]

Días antes del 11-S, numerosos saudíes adinerados entre los que se
encontraban varios miembros de la familia Bin Laden fueron sacados de
Estados Unidos en aviones privados. Nadie dice haber autorizado esos vuelos
y los pasajeros no fueron interrogados. ¿Tuvo eso algo que ver con las viejas
relaciones entre la familia Bush y los saudíes?7
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http://www.wisdom-square.com/top-10-things-you-shouldnt-know-about-the-illuminati.html
bush
... menos sabido es que en realidad Osama bin Laden era un antiguo agente C.I.A., llamado Tim Osman . Hay aún las fotografías de él cuando estaba en el C.I.A. visto al lado de Zbigniew Brzezinski (el Consejero de Política exterior amistoso de Barack Obama).
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