nervo71
Usuario (Argentina)

OJO CON REDUCIR EL CONSUMO La mayoría de los fumadores opta por reducir su consumo de tabaco, o como primer paso antes de dejarlo del todo, o como forma de controlar el monstruito. Muchos médicos y especialistas aconsejan reducir el número de cigarrillos fumados para empezar el proceso de dejar de fumar. Está claro que cuanto menos fumes mejor, pero es el peor de los métodos para iniciar el proceso de la retirada total. Cualquier intento de fumar menos te ata más y para más tiempo. Se suele intentar fumar menos tras un intento fallido de dejarlo. Al cabo de unas horas o de unos días de abstinencia, el fumador dice algo así: “Como no voy a poder soportar el no fumar nada, sólo fumaré en los momentos en que más me gusta, o me limitaré a diez diarios. Si me acostumbro a fumar diez al día, luego será fácil reducirlo más”. Ahora empiezan a ocurrir cosas terribles: 0 El fumador tiene lo peor de ambos mundos. Está todavía enganchado con la nicotina, y mantiene vivos ambos monstruos —el del cuerpo y el de la mente. 0 Ahora se pasa la vida esperando el momento del próximo cigarrillo. 0 Antes de limitar su consumo, cuando necesitaba un cigarrillo, encendía uno y aliviaba al menos parcialmente el “mono”. Durante la mayor parte del tiempo está deseando fumar. Por su propia culpa, se vuelve depresivo y malhumorado. 0 Mientras fumaba los que quería, ni se daba cuenta de que fumaba la mayor parte de ellos. Era una actividad automática. Los únicos que creía disfrutar eran los que fumaba después de un tiempo de abstinencia: el primero de la mañana, el de después de comer. Ahora que tiene que esperar una hora más entre cigarrillo y cigarrillo, disfruta de todos ellos. Cuanto más tiempo espera, mejor parece saber el cigarrillo, porque no se disfruta del sabor, sino del alivio del estado de ansiedad producido por la retirada de la droga. Cuanto más tiempo te obligas a sufrir, más disfrutas de cada cigarrillo. La dificultad principal cuando se deja de fumar no es la adicción química: eso es fácil de vencer. Los fumadores están toda la noche sin fumar, y ni siquiera se despiertan. Muchos salen del dormitorio antes de encender el primer cigarrillo. Otros desayunan primero. Incluso hay los que esperan hasta llegar al trabajo. Son capaces de estar diez horas sin fumar, y no parece importarles. Pero si tuvieran que estar diez horas sin fumar durante el día, se volverían locos. Hay fumadores que se compran un coche nuevo y deciden no fumar en él. Van a los supermercados, los teatros, las consultas médicas, los hospitales, o a ver al dentista sin que les produzca grandes molestias. Muchos fumadores se abstienen de fumar cuando se ven rodeados de no fumadores. Hasta en el Metro londinense la gente está tranquila y no altera el orden; hay veces que la gente agradece la prohibición de fumar. Lo cierto es que los fumadores experimentan un placer secreto durante estos periodos de abstinencia obligada: les aviva la esperanza de que algún día se le quitarán las ganas. El verdadero problema es el “lavado de cerebro”, la falsa ilusión de que el cigarrillo constituye algún tipo de ayuda o recompensa, y que la vida nunca podría ser igual sin él. En lugar de quitarte las ganas de fumar, lo único que consigues cuando te limitas el número de cigarrillos es hacerte inseguro y desgraciado, y convencerte d que lo que más apetece en este mundo es el próximo cigarrillo; que nunca serías feliz sin fumar. No hay nada más patético que el fumador que intenta reducir su consumo. Cree, equivocadamente, que cuanto menos fuma, menos querrá fumar. Y es justo lo contrario, claro. Cuanto menos fuma, más tiempo tiene que aguantar el “mono”, más le gustan los cigarrillos, y peor le saben. Pero no por eso dejarás de fumar. El sabor nunca tuvo nada que ver. Si los fumadores fumasen porque les gustara el sabor, nadie fumaría más de un cigarrillo en su vida. ¿No te lo puedes creer? Vale. Vamos a discutirlo. ¿Cuál es el cigarrillo que peor sabe? Justo: el primero de la mañana, el que en invierno nos pone a toser. ¿Cuál suele ser el cigarrillo más apreciado por la mayoría de los fumadores? Sí señor, ¡el primero de la mañana! ¿Ahora puedes realmente creer que te lo fumas para disfrutar de su sabor y su olor? ¿No crees que una explicación más racional sería que en ese momento estás aliviando ocho o nueve horas de “mono”? El reducir el consumo no sólo no funciona; es una forma de auténtica tortura. No funciona porque el fumador espera que si se acostumbra a fumar cada vez menos, al final lo podrá dejar por completo. No se da cuenta de que no es un “hábito”, que es una adicción, y una característica de las adicciones es que siempre van a más, nunca a menos. Entonces, para reducir su consumo y mantenerlo a un nivel que él considera “no peligroso” (otro concepto falso), el fumador tiene que hacer un gran esfuerzo de voluntad durante el resto de sus días. Vuelvo a repetir que la dificultad no está en la adicción a la nicotina, que es bastante fácil de vencer. El problema está en la equivocada creencia de que el tabaco produce algún tipo de placer. Esta creencia empieza con el “lavado de cerebro” que recibimos antes de empezar a fumar, y luego se ve reforzada por nuestra propia adicción. Si intentas reducir el consumo refuerzas todavía más la ilusión, porque entonces empiezas a pensar que lo más apetecible en este mundo es el próximo cigarrillo. Como ya he dicho, el reducir el consumo no puede funcionar de ninguna forma, porque dependerás de tu fuerza de voluntad durante el resto de la vida. Si no tenías voluntad suficiente para dejarlo por completo, no la vas a tener para reducir el número de cigarrillos. De los dos “males”, lo más fácil (y por mucho) es dejarlo. Conozco literalmente miles de casos de fracaso en el intento de reducir el consumo. Los pocos casos en los que se ha podido conseguir son en los que el fumador reduce su consumo durante un tiempo corto, para luego “mojarse” dejando el tabaco por completo. En esto no le ha ayudado en absoluto la reducción previa, sino todo lo contrario. Cualquier intento fallido deja al fumador hecho un desastre psicológicamente, más convencido que nunca de que está enganchado para el resto de la vida. El efecto suele ser suficientemente fuerte para impedir que vuelva a intentarlo en un periodo de cinco o seis años. Sin embargo, los intentos de reducir el consumo sí ayudan, como ejemplos que demuestran lo absurdo que es el hábito de fumar: demuestran claramente que sólo se disfruta de los cigarrillos después de un periodo de abstinencia. O sea, que tienes que darte con la cabeza contra un muro de piedra para poder disfrutar de la sensación de dejar de hacerlo. Entonces, tienes estas opciones: 0 Reducir el consumo y mantenerlo bajo para el resto de la vida. Es una tortura autoimpuesta, y de todas formas no vas a poder mantenerlo. 0 Seguir asfixiándote hasta que te mueras. ¿Eso para qué sirve? 0 Hacerte un favor ti mismo, dejándolo. Otra cosa importante que queda demostrada por la imposibilidad de reducir el consumo es que no existe eso de “un cigarrillo de vez en cuando”. El tabaco crea una reacción en cadena que durará toda tu vida, a menos que hagas un esfuerzo positivo y la rompas. ACUÉRDATE: SI FUMAS MENOS SUFRIRÁS MÁS SÓLO UN CIGARRILLO Tienes que quitarte de la mente eso de “Sólo un cigarrillo”. Es precisamente “un sólo cigarrillo” lo que nos hace empezar a fumar. Es “un sólo cigarrillo” para consolarnos cuando estamos pasando una mala racha o en alguna ocasión especial lo que nos hace fracasar en nuestros intentos de dejarlo. Es “un sólo cigarrillo” lo que hace saltar la trampa otra vez y vuelve a pillar a los que habían conseguido vencer la adicción. A veces se fuma ese cigarrillo para demostrar que uno ya no necesita el tabaco, y es exactamente eso lo que hace: sabe fatal y convence al fumador de que ha podido con el hábito, cuando en realidad lo que ha conseguido es volverse a enganchar. A muchos fumadores les entra el miedo a dejar de fumar cuando piensan en ese cigarrillo tan especial: el primero de la mañana o el de después de comer. Créetelo: no se puede hablar de “un sólo cigarrillo”. Es una reacción en cadena, y tienes que romperla. El mito del cigarrillo especial, en ciertos momentos especiales, es lo que hace que algunos se depriman cuando dejan de fumar. Hay que acostumbrarse a la idea de que no se puede pensar en ese cigarrillo especial, o ese paquete especial, es pura fantasía. Cuando pienses en el fumar, piensa en una vida entera llena de suciedad, piensa que te gastas una pequeña fortuna para tener el privilegio de poder destruirte física y mentalmente; una vida entera de esclavitud, de mal aliento, todas esas cosas. Es una lástima que no haya ningún producto que podamos usar en algunos momentos, tanto buenos como malos, para estimularnos o proporcionarnos placer. Lo que está claro es que el tabaco no sirve para eso. Tienes que optar: o una vida entera de sufrimientos, o ningún sufrimiento en absoluto. No se te ocurriría tomar cianuro porque te gusta el sabor a almendra amarga, ¿verdad? Entonces, no te castigues pensando en “un cigarrillo o un puro de vez en cuando”. Otra cosa interesante es cuando le preguntas a un fumador: “Si pudieras volver a los tiempos de tu juventud, antes de que te enganchases, ¿volverías a hacerte fumador?” Siempre contestan: “Bromeas, ¿verdad?”. Sin embargo, todos los fumadores tienen esa posibilidad todos los días de su vida. ¿Por qué no la aprovechan? Por miedo. Miedo a no poder vivir sin tabaco, miedo a no poder dejarlo. No te engañes: tú lo puedes hacer, lo puede hacer cualquiera, es absurdamente fácil. Para que sea fácil dejar de fumar hay que entender ciertos conceptos fundamentales. Ya hemos visto tres de ellos: 0 No se hace ningún sacrificio. Sólo hay beneficios, y son maravillosos. 0 No se puede pensar en “un cigarrillo de vez en cuando”. O se fuma toda la vida (una vida de suciedad y enfermedad) o no se fuma. 0 Tú no eres diferente: cualquier fumador puede dejarlo con facilidad. LOS FUMADORES OCASIONALES; LOS JÓVENES; LOS NO FUMADORES Los que fuman mucho tienden a envidiar a los fumadores ocasionales. No hay que pensar así; en cierto modo, el fumador ocasional está más enganchado (y sufre más) que el que fuma mucho. Es cierto que corre menos riesgos con su salud, y que gasta menos dinero. Pero en otros aspectos está mucho peor. Recuerda que a nadie le gusta fumar; sólo se disfruta de aliviar el “mono”. La tendencia natural en una drogadicción es de aliviar el “mono” al máximo: de fumar constantemente. Hay tres factores que nos impiden fumar sin parar: 0 DINERO: La mayoría no se lo puede permitir. 0 SALUD: Para aliviar el “mono”, tenemos que ingerir un producto venenoso. La capacidad de resistencia al veneno varía de persona en persona, y según la situación. Existe un freno automático fisiológico. 0 DISCIPLINA: La disciplina impuesta por la sociedad, por el oficio, por la familia y los amigos, o por el mismo fumador mientras lucha con su sentimiento de culpabilidad. Ahora es buen momento para entrar en unas cuantas definiciones. 0 NO FUMADOR: Alguien que nunca ha caído en la trampa. No debe congratularse. Sólo son no fumadores porque Dios lo ha querido así. Todos los fumadores estaban convencidos de que nunca se engancharían. También resulta patético ver cómo algunos no fumadores vuelven a intentar acostumbrarse de vez en cuando. 0 FUMADOR OCASIONAL: Aquí tenemos dos clasificaciones básicas: 1 El fumador que ha caído en la trampa y no se da cuenta. No le tengas envidia. Está en el primer peldaño de la escalera, y de pronto llegará a fumar en serio. Recuerda que tú también empezaste siendo un fumador ocasional. 1 El fumador que fumaba mucho y cree que no lo puede dejar. Éste es el que más lástima da. Hay varias categorías, que debemos examinar más detalladamente: EL QUE SE LIMITA A CINCO CIGARRILLOS AL DÍA: Si les gusta fumar, ¿por qué se limitan a cinco diarios?. Si son capaces de tomarlo o dejarlo, ¿por qué se empeñan en fumar? Recuerda que el hábito es como darte constantemente con la cabeza contra un muro para poderte relajar cuando dejas de hacerlo. El que sólo fuma cinco cigarrillos al día sólo se alivia el “mono” durante menos de una hora cada día. El resto del día, aunque él no se dé cuenta, está dando cabezazos contra el muro, y sigue haciéndolo casi toda su vida. Sólo fuma cinco al día o porque no tiene dinero para más o porque le dan miedo los riesgos para su salud. Es fácil convencer al gran fumador de que en el fondo no le gusta fumar, pero es casi imposible convencer al que fuma muy poco. Todos los que hemos intentado alguna vez reducir nuestro consumo sabemos lo que se sufre, y también sabemos que es una forma de asegurar que te enganches para siempre. EL QUE FUMA SÓLO POR LA MAÑANA O POR LA TARDE. Se castiga a sí mismo, padeciendo el “mono” durante la mitad del día, y aliviándolo durante la otra mitad. Pregúntale por qué, si le gusta fumar, no fuma todo el día, y por qué, si no le gusta, se empeña en seguir fumando. EL DE “SEIS MESES SÍ, SEIS MESES NO”: (También se les conoce por “Puedo dejarlo cuando quiero, ya lo he hecho montones de veces”). Si les gusta fumar, ¿por qué lo dejan durante seis meses?. Si no les gusta, ¿por qué vuelven a empezar?. Lo que ocurre es que al cabo de los seis meses están todavía enganchados. Logran vencer la adicción física, pero se les queda el problema principal, el “lavado de cerebro”. En realidad, cada vez que lo dejan esperan que sea para siempre, pero vuelven a caer en la trampa. EL FUMADOR QUE “SÓLO FUMA EN CIERTOS MOMENTOS ESPECIALES”: Sí, eso es algo que todos hemos hecho al principio, pero es curioso ver como el número de “momentos especiales” parece ir en aumento, y como de repente resulta que todos los momentos son especiales. EL QUE DICE: “YA LO HE DEJADO PERO DE VEZ EN CUANDO ME FUMO UN PURO O UN PITILLO”: En cierta manera, éstos son los más patéticos de todos. O se pasan la vida sintiendo que les falta algo, o bien (y es lo más frecuente) ese purito “de vez en cuando” se convierte en dos. Están en una pendiente resbaladiza, y sólo pueden ir en un sentido, HACIA ABAJO. Antes o después vuelven a ser grandes fumadores. Han vuelto a caer en la misma trampa que les había pillado al principio. No envidies a los fumadores ocasionales, porque dan pena. Hace poco tuve un caso, de un hombre que fumaba cinco cigarrillos diarios. Empezó por teléfono. Me dijo, con voz ronca: “Señor Carr, lo único que quiero es dejar de fumar antes de morirme”. Me describió su vida: “Tengo 61 años. El tabaco me ha producido cáncer de garganta. Ya no puedo físicamente con más de cinco cigarrillos al día”. “Antes dormía bien toda la noche, pero ahora me despierto a todas horas, y sólo pienso en el tabaco. Aún mientras duermo, sueño con fumar.” “No puedo fumar antes de las diez de la mañana. Me levanto a las cinco y me hago un montón de tazas de té. Mi mujer se levanta sobre las ocho, y como siempre estoy de tan mal humor, no me deja estar en casa. Me voy a mi invernadero, e intento hacer cositas allí, pero no pienso más que en fumar. A las nueve empiezo a liar el primer pitillo, y lo hago con mucho cuidado hasta que lo tengo perfectamente redondo. No es que tenga que ser perfecto, pero me da algo que hacer. Espero hasta las diez. Cuando llega la hora, me tiemblan las manos incontrolablemente. No enciendo el cigarrillo, porque si lo enciendo tengo que esperar tres horas hasta el siguiente. Al final lo enciendo, me tomo una calada, y lo apago. Continuando así, consigo que el cigarrillo me dure una hora. Me lo fumo hasta el último centímetro, y luego espero el momento de poder fumar otro”. Además de estos problemas, el hombre tenía los labios llenos de quemaduras por apurar tanto sus cigarrillos. Probablemente estás imaginándote un pobre imbécil. No es así. Este hombre medía uno ochenta, había sido sargento en los Marines. Había sido deportista, y nunca había querido fumar. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno creía que el tabaco proporcionaba valor, y suministraba cigarrillos gratis a la tropa. A este hombre prácticamente le ordenaron engancharse. Se ha pasado el resto de la vida pagando dinero, subvencionando los impuestos de los demás, y le ha destruido física y mentalmente. Si fuese un animal, nuestra sociedad lo hubiera matado para que no sufriera. ¡Y seguimos permitiendo que los jóvenes sanos, fuertes y equilibrados se enganchen!. A lo mejor crees que este caso es una exageración. En efecto, es extremo, pero no es único. Hay miles de historias parecidas. El hombre me confesó todos sus secretos, pero puedes tener la más absoluta seguridad de que muchos de sus amigos le envidiaban por sólo fumar cinco al día. Y si piensas que esto no te podría ocurrir a ti, DEJA DE ENGAÑARTE. TE ESTÁ OCURRIENDO YA. De todas formas, todos los fumadores son unos mentirosos consumados. Mientes incluso a ellos mismos; tienen que hacerlo. La mayoría de los “fumadores ocasionales” fuma bastante más de lo que dice. He tenido muchas conversaciones con los llamados “fumadores de cinco al día” en las que han fumado más de cinco cigarrillos delante de mí. Observa a los “fumadores ocasionales” en las reuniones sociales, en las fiestas o en las bodas. Estarán fumando sin parar como el mejor. Sea como sea, convéncete de que no tienes que envidiar a los que fuman poco. No necesitas fumar, no es más que una ilusión. ¡La vida es infinitamente más dulce sin tabaco!. Es notoriamente más difícil curar a los adolescentes, no porque les es más difícil dejarlo, sino porque están en la fase primaria de la enfermedad, y porque suponen erróneamente que habrán dejado de fumar de una manera automática antes de llegar a la segunda fase. En especial quisiera advertir a los padres de niños que odian el tabaco que no tengan una falsa sensación de seguridad. Todos los niños odian el sabor y el olor del tabaco hasta que se enganchan. Tú también lo odiabas. Y que no te engañen las campañas anti-tabaco del gobierno. La trampa sigue siendo la misma que antes. Los niños saben que el tabaco mata, pero también saben que un cigarrillo no mata. Puede llegar un momento en que se dejen influenciar por la novia o el novio, por algún compañero de colegio o de trabajo. Sólo tienen que probar uno: les sabrá horrible, y se quedarán convencidos de que no se engancharán. Advierte a tus hijos de todos los peligros. falta menos vamos por el post..4to !!!!!!!!! vamos no aflojen!!!!!!!

¿POR QUÉ SEGUIMOS FUMANDO? Todos empezamos a fumar por razones estúpidas, normalmente por presiones o situaciones sociales; pero, una vez que nos damos cuenta de que nos estamos enganchando, ¿por qué seguimos fumando? Ningún fumador habitual sabe por qué fuma. Si se diera cuenta de cuál es la verdadera razón, dejaría de hacerlo. Es una pregunta que he hecho a miles de fumadores en mi consulta. La respuesta verdadera es la misma para todos, pero hay una gama muy variada y casi infinita de respuestas dadas por cada individuo. Esta parte de la consulta es la que encuentro al mismo tiempo la más divertida y la más trágica. Todos los fumadores saben en el fondo de su conciencia que hacen el primo. Saben que no sentían ninguna necesidad de fumar antes de engancharse. La parte que más les molesta es que intuyen que la gente se ríe de ellos (es difícil no reírse cuando sube el precio del tabaco). Sin embargo, los fumadores son seres humanos inteligentes y racionales. Saben que están corriendo unos riesgos enormes con su salud, y que a lo largo de su vida se gastan un dineral en tabaco. Por tanto, necesitan buscarse una explicación racional para justificar tales riesgos. Las verdaderas razones que obligan a los fumadores a seguir fumando son una sutil combinación de los factores que trataré de describir en los dos capítulos siguientes. Son: LA ADICCIÓN A LA NICOTINA. EL “LAVADO DE CEREBRO”. LA ADICCIÓN A LA NICOTINA La nicotina es un compuesto incoloro y aceitoso y es la droga que existe en los cigarrillos, y que produce la adicción en el fumador. Es la droga adictiva más rápida conocida por la ciencia, y a veces un solo cigarrillo es suficiente para producir adicción. Cada calada lleva al cerebro, a través de los pulmones, una pequeña dosis de nicotina en menos tiempo que lo que tarda la dosis de heroína inyectada por el heroinómano. Si sacas 20 caladas de cada cigarrillo, ese mismo cigarrillo te proporciona 20 dosis. La nicotina es una droga de actuación rápida, y el nivel de nicotina en la sangre disminuye aproximadamente a los 30 minutos de apagarse el cigarrillo, y a la cuarta parte después de una hora. Si haces un poco de aritmética, verás que esto explica por qué la mayoría de los fumadores consume unos 20 cigarrillos diarios. En cuanto se apaga el cigarrillo, la nicotina empieza rápidamente a ser expulsada del cuerpo, y el fumador empieza a sentir las molestias de la privación de la droga: el “mono”. Llegados a este punto, me veo obligado a destruir otro concepto falso, muy extendido entre los fumadores, acerca de las molestias causadas por la retirada de la droga. El fumador cree que el “mono” es el terrible trauma que padece cada vez que trata de dejar de fumar o cuando lo tiene que hacer por obligación. Dicho trauma es en realidad básicamente psicológico, y se debe a que el fumador pierde su apoyo, su sustento artificial. Hablaré de nuevo de esto más adelante. Las molestias producidas por la retirada de la nicotina son tan ligeras que la mayoría de los fumadores vive y muere sin darse cuenta de que son drogadictos. Cuando utilizamos el término “adictos a la nicotina”, creemos que sólo significa que hemos cogido “el hábito”. A la mayoría de los fumadores les horrorizan las drogas y, sin embargo, eso es exactamente lo que son —drogadictos. Afortunadamente, es una droga fácil de resistir, pero con la condición de que primero aceptes el hecho de que eres un adicto. Las molestias causadas por la retirada de la nicotina no suponen ningún dolor físico. Es solamente un sentimiento de vacío, de desasosiego, de que falta algo, lo cual explica por qué muchos fumadores creen que tiene algo que ver con la forma de ocupar las manos. Si se prolonga este estado, el fumador se vuelve nervioso, inseguro, intranquilo, le falta confianza y se irrita con facilidad. Es una especie de hambre, no por la comida, sino por un veneno. LA NICOTINA. A los siete segundos de encenderse un nuevo cigarrillo, el cuerpo recibe una nueva dosis, y la molestia acaba, lo cual hace que el fumador se sienta relajado y con confianza en sí mismo. Al principio, cuando empezamos a fumar, esta molesta sensación es tan efímera que ni siquiera nos damos cuenta de su existencia. Para la mayoría, se fuma el primer cigarrillo, si eres chico, para ser “uno de los chavales”; si eres chica, para parecer más sofisticada. Cuando empezamos a fumar con regularidad creemos que es porque nos ha llegado a gustar, o que simplemente hemos cogido “el hábito”. La verdad es que estamos enganchados; no nos damos cuenta, pero el pequeño monstruo nicotínico ya se ha instalado en nuestras tripas y hay que darle d comer de forma regular. Todos los fumadores empiezan por razones estúpidas; a nadie se le obliga. La única razón por la que una persona sigue fumando, en grandes o pequeñas cantidades, es para darle de comer al pequeño monstruo. Todo lo relacionado con el fumar es una serie de enigmas. Todos los fumadores saben, en el fondo de su ser, que están haciendo el primo y que algo malvado les ha atrapado. Sin embargo, estoy convencido de que lo más trágico del asunto es que la sensación de disfrute que el cigarrillo le proporciona al fumador no es ni más ni menos que un momentáneo y agradable retorno al estado de paz, tranquilidad y confianza en el que vivía su cuerpo antes de que se enganchase. Conoces esa sensación, cuando la alarma antirrobo de tu vecino lleva todo el día sonando, o cualquier otra molestia continua. Te acostumbras más o menos a ello, pero luego el ruido cesa de repente, experimentas una sensación maravillosa de paz y tranquilidad. En realidad no es una paz; es la ausencia de la molestia. Antes de enrollarnos en la cadena de la nicotina, nuestros cuerpos funcionan estupendamente; luego introducimos la nicotina, y cada vez que apagamos un cigarrillo y la nicotina empieza a eliminarse, sentimos las molestias —el “mono”. No hay ningún dolor físico, simplemente nos sentimos vacíos. Ni siquiera nos damos cuenta de su existencia, pero es como un grifo que gotea dentro del cuerpo. Nuestra mente racional no lo entiende, ni falta le hace. Lo único que sabemos es que queremos otro cigarrillo, y cuando lo encendemos desaparece el deseo y por el momento estamos otra vez contentos y seguros de nosotros mismos, como lo estábamos antes de engancharnos. Pero esta satisfacción no dura mucho, porque para aliviar la sensación de vacío tienes que meterte más nicotina en el cuerpo. En cuanto apagas el cigarrillo, la sensación empieza de nuevo, y así sigue la cadena. Es una cadena para toda la vida, A MENOS QUE LA ROMPAS. En realidad, todo esto de fumar es como llevar zapatos demasiado estrechos para poder sentir un placer cuando te los quitas. Existen dos razones que impiden que los fumadores lo vean así: 0 No existe ningún dolor físico identificable. Es sólo una sensación. 0 Es retrospectivo. Es por eso que es difícil quitarse cualquier droga. Sólo te sientes molesto cuando no fumas, y entonces no le echas la culpa al cigarrillo. Cuando enciendes uno te alivia, entonces el tabaco te engaña haciéndote creer que sirve como algún tipo de placer o apoyo moral. Aquí convendría quizás destruir algunos conceptos falsos. “El hábito” no existe. Tenemos toda clase de hábitos durante nuestras vidas, y algunos de ellos son muy placenteros. Un hábito que, lejos de ser placentero, es de un sabor repugnante, nos mata, nos cuesta una fortuna, que consideramos sucio y repulsivo, y del cual nos gustaría liberarnos, debería ser muy fácil de romper. ¿Por qué lo encontramos difícil entonces? La respuesta no está en “el hábito” sino en la drogadicción. Primero tenemos que hacer un esfuerzo para engancharnos a la droga. Al poco tiempo no sólo compramos cigarrillos con regularidad, sino también llegan a ser imprescindibles. Cuando no podemos tenerlos entramos en un estado de pánico, y conforme pasa el tiempo fumamos más y más. Esto es porque, como ocurre con todas las drogas, nuestro cuerpo se va acostumbrando a la droga y necesita una dosis progresivamente más alta para tener el mismo efecto. Al cabo de cierto tiempo el cigarrillo ya no alivia completamente el “mono” que crea, de forma que cuando enciendes uno te encuentras mejor que antes, pero estás todavía más nervioso y menos relajado que un no fumador; y esto mientras estás fumando el cigarrillo. En la práctica, pues, es todavía más absurdo que el llevar zapatos muy estrechos, porque con los años va quedando cada vez más dolor residual aún después de quitarte los zapatos. Es mucho peor cuando apagas el cigarrillo, porque la nicotina empieza a ser expulsada rápidamente del cuerpo; esto explica por que en las situaciones de mucho estrés, se tiende a fumar “en cadena”: uno detrás de otro. Como ya dije, “el hábito” no existe. Lo que empuja al fumador a seguir fumando es el monstruito que tiene alojado en las tripas. Tiene que darle de comer con regularidad. El fumador es el que decide cuando se le da de comer, y suele ser en un de cuatro tipos de situación o en una combinación de ellos: 0 Situaciones de estrés. 0 Situaciones que requieren concentración. 0 Situaciones de aburrimiento. 0 Situaciones en las que uno está relajado. Trataré de cada uno de estos cuatro en un capítulo posterior. Además de ser una droga, la nicotina es un potente veneno que se utiliza en los insecticidas (búscalo en el diccionario). La cantidad de nicotina contenida en un solo cigarrillo te mataría si te la inyectaran directamente en una vena. En realidad, el tabaco contiene varios venenos, incluido el monóxido de carbono. Por si estás soñando con cambiar a los puros o a una pipa, quiero dejar claro que todo lo que digo en este libro se aplica a todas las formas del tabaco. El cuerpo humano es el objeto más sofisticado y desarrollado que existe en este planeta. Pero tiene en común con las especies más bajas, los gusanos y las amebas, el que no puede sobrevivir si no distingue entre lo que es un alimento y lo que es un veneno. Durante un proceso de selección natural a lo largo de millones de años, nuestra mente y nuestro cuerpo han desarrollado una serie de técnicas para distinguir entre los alimentos y los venenos, y para eliminar a estos últimos. A todos los seres humanos les resultan desagradables el sabor y el olor del humo del tabaco hasta que nos enganchamos. Si soplas tus humos a la cara de un niño o un animal, toserá incontrolablemente. El día que fumamos aquel primer cigarrillo e intentamos tragarnos el humo, nos produjo un ataque de tos, y si nos fumamos muchos nos mareamos o incluso llegamos a devolver. Estos síntomas eran el lenguaje de nuestro cuerpo, que nos decía, “ME ESTÁS DANDO VENENO. ¡PARA!” Muchas veces es en este momento en el que se decide si vamos a ser fumadores o no. No es cierto que son los de poca voluntad o los que son físicamente débiles los que se enganchan, sino que la tendencia es justamente la contraria. Los que tienen suerte son los que no pueden con aquellos primeros cigarrillos. Se niegan a llenar sus pulmones de humo, y están curados para toda la vida. O mentalmente no están dispuestos a pasar por el duro proceso de aprendizaje para conseguir tragar el humo sin toser, para parecer “duros” o “sofisticadas”. Para mí, esta es la parte más trágica del asunto, lo que nos costó en esfuerzos engancharnos; y por eso es tan difícil convencer a los adolescentes para que lo dejen. Como todavía están aprendiendo a fumar, y porque los cigarrillos todavía les saben fatal, creen que pueden parar cuando quieran. ¿Por qué no aprenden de nuestros errores? ¿Y por qué no aprendimos nosotros de la experiencia de nuestros padres?. Muchos fumadores creen que les gusta el sabor a tabaco, o el olor. Es falso. Lo que en realidad hacemos cuando aprendemos a fumar es convencer al cuerpo para que soporte los malos sabores y los olores, con tal de conseguir su dosis. Es como con los heroinómanos, que creen que disfrutan inyectándose. El síndrome de abstinencia para el heroinómano es muy severo, y lo único de lo que disfrutan es del momento en que se alivian esos síntomas. El fumador se enseña a sí mismo a ignorar los malos sabores y olores para conseguir su dosis de droga. A cualquier fumador que cree que sólo fuma porque le gustan el sabor y el olor, pregúntele: “Si no encuentras la marca de cigarrillos que normalmente fumas, y sólo hay una que no te gusta, ¿dejas de fumar?”. De ninguna manera, un fumador fumará cualquier porquería antes de prescindir de su droga, y es lo mismo que cambies a la picadura para liar, a los cigarrillos mentolados, a los puros o a una pipa; al principio saben fatal pero si te empeñas te puede llegar a gustar. El fumador tratará incluso de seguir fumando cuando tiene la gripe, un constipado, una bronquitis o incluso un enfisema. El disfrutar no tiene nada que ver. Si lo tuviera, nadie fumaría un segundo cigarrillo después del primero. Hay, incluso, miles de fumadores adictos a ese chicle repulsivo con nicotina que les proporcionan los médicos. Y algunos de ellos siguen fumando. En mi consulta, algunos fumadores se asustan cuando se dan cuenta de que son drogadictos, y piensan que entonces será más difícil todavía dejarlo. No es así, sino todo lo contrario, y por dos motivos: 0 La mayoría seguimos fumando porque, aún sabiendo que es peligroso y que tiene más desventajas que ventajas, estamos convencidos de que hay algo en el tabaco que nos gusta o que nos ayuda. Creemos que si dejamos de fumar habrá un vacío. Que algunos aspectos de nuestra vida nunca serán como antes. Esto es falso. Lo cierto es que el cigarrillo no da nada; sólo quita, y luego devuelve parcialmente para mantener la ilusión. Explicaré esto con más detalle más adelante. 0 Aunque la nicotina es de todas las drogas la más rápida para crear adicción, no produce una adicción grave. Precisamente por ser una droga rápida, sólo tarda unas tres semanas en eliminarse en un 99% del cuerpo. Y el síndrome de abstinencia es tan suave que la mayoría de los fumadores vive toda una vida sin darse cuenta de que lo padecen. Me preguntarás, con razón, por qué entonces es tan difícil dejarlo, por qué hay fumadores que sufren meses de auténtica tortura, y que aún pueden sentir el deseo de fumar años después de dejarlo. La respuesta no está en la drogadicción, sino en la segunda razón que nos mantiene fumando —el “lavado de cerebro”. La adicción química es fácil de vencer. La mayoría de los fumadores se pasa toda la noche sin fumar; el “mono” ni siquiera les despierta. Muchos fumadores salen del dormitorio antes de encender el primer pitillo del día; algunos desayunan primero, otros esperan hasta que llegan al trabajo. Pueden estar diez horas sin fumar y no les importa el “mono”, pero si tuvieran que estar diez horas sin fumar durante el día, enloquecerían. Hoy en día hay muchos fumadores que se compran un coche nuevo, y nunca fuman dentro de él. Algunos van a la iglesia, al teatro, al supermercado, y no les importa el no poder fumar. La tan discutida prohibición general en el Metro londinense no ha provocado ninguna alteración del orden público. A veces el fumador agradece que algo o alguien le impida fumar. Es frecuente que el fumador se controle y no fume en casa de unos no fumadores, o simplemente cuando está con ellos, y no sufre mucho. La realidad es que la mayoría de los fumadores pasa por periodos de tiempo en los que están sin fumar casi sin esfuerzo. Yo mismo a veces estaba tardes enteras relajado y sin fumar, y tan contento. En mis últimos años de fumar incluso estaba deseando que llegasen esas tardes cuando podía dejar de asfixiarme. ¡Qué hábito más imbécil!. La adicción química no es obstáculo importante (ni siquiera cuando eres un adicto), y hay miles de adictos que nunca pasan de ser fumadores ocasionales. También hay ex-fumadores de verdad que se han quitado el hábito, pero de vez en cuando se fuman un puro, y eso es suficiente para mantener su adicción. Que quede claro, pues, que la adición a la nicotina no es el problema principal. Simplemente actúa como catalizador, para ocultarnos el verdadero problema; el “lavado de cerebro”. A lo mejor sirve de consuelo a los “grandes fumadores” saber que es igual de fácil para ellos dejar de fumar como para los que fuman menos. De una manera extraña es incluso más fácil. Cuanto más fumas, más te destruye física y moralmente, y más beneficio obtienes cuando lo dejas. También puede servir de consuelo saber que los rumores que aparecen de vez en cuando, como que “el cuerpo tarde siete años en eliminar los alquitranes” o “cada cigarrillo que fumas te resta cinco minutos de vida”, no son ciertos. No vayas a creer que se hayan exagerado los efectos del fumar para la salud. Al contrario, las cifras son bastante conservadoras, pero está claro que eso de los “cinco minutos de tu vida” no puede ser más que una estimación, y sólo es aplicable si coges alguna de las enfermedades incurables o si te alquitranas hasta que se para la maquinaria. Lo cierto es que los alquitranes nunca son totalmente expulsados del cuerpo. Mientras existan fumadores, el humo estará en la atmósfera, e incluso los no fumadores absorben una pequeña proporción. Sin embargo, nuestro cuerpo es una máquina increíble, y se recupera de una manera realmente sorprendente, siempre que no hayas hecho arrancar una enfermedad irreversible. Si dejas de fumar ahora, tu cuerpo se habrá recuperado al cabo de unas semanas, casi al estado del de una persona que nunca ha fumado. Ya he dicho que nunca es demasiado tarde para dejar de fumar. He ayudado a curar a muchos fumadores de entre 50 y 60 años, y algunos de más de 70. Cuanto más bajo te arrastra el tabaco, mejor te sientes cuando lo dejas. Cuando yo conseguí dejarlo, por fin, pasé directamente de 100 diarios a CERO, y el famoso “mono” nunca me molestó de verdad. Incluso diría que disfruté de ello, aún durante el periodo de retirada de la droga. Lo que sí hay que eliminar es el “lavado de cerebro”. EL “LAVADO DE CEREBRO” Y EL SOCIO OCULTO ¿Cómo es que empezamos a fumar al principio, y por qué? Para entender esta cuestión tienes que conocer el efecto poderoso de la mente subconsciente, lo que llamo “el socio oculto”. Todos tendemos a creer que somos seres humanos inteligentes y dominantes, que controlamos el transcurso de nuestro destino. La realidad es que el 99% de nuestro ser es pre-formado. Somos sencillamente unos productos de la sociedad en la que hemos sido criados. Esto dicta el tipo de ropa que llevamos, las casas en las que vivimos, el patrón básico de nuestra vida. Incluso crea las opiniones que nos dividen en grupos —por ejemplo si es mejor un gobierno de izquierdas o uno de derechas. El hecho de que sea la clase obrera la que apoya al primero y las clases medias y altas las que apoyan al segundo no es mera coincidencia. El subconsciente es una influencia extremadamente poderosa en nuestras vidas, y puede engañar a millones de personas no sólo en cuestiones de opinión, sino en cuestiones de hechos concretos. Antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, la inmensa mayoría de las personas sabía que la tierra era plana. Hoy sabemos que es redonda. Si yo escribiera una docena de libros para convencerte de que es plana, no me creerías, pero ¿cuántos hemos salido al espacio para ver que es como una pelota?. Aunque hayas dado la vuelta al mundo tú mismo, ¿cómo sabes que no ibas en círculo sobre una superficie plana?. Los agentes de publicidad saben muy bien cuál es el poder de la sugestión sobre el subconsciente. De ahí los enormes carteles que machacan al fumador mientras conduce, los anuncios en todas las revistas. ¿Crees que es dinero tirado al aire, que no te haría comprar tabaco?. Estás equivocado. Pruébalo tú mismo. La próxima vez que entres en un bar un día de mucho frío y tu compañero te pregunte qué quieres tomar, en lugar de decir “un coñac” (o lo que sea) di “¿sabes lo que me apetece hoy? Esa sensación de calor reconfortante que da el coñac”. Verás que incluso las personas a las que no les gusta el coñac se tomarán una copa contigo. Desde nuestra más tierna infancia recibimos a través del subconsciente un bombardeo diario de información que nos dice que el tabaco nos relajará, nos dará valor y confianza en nosotros mismos, y que el placer más apreciado del planeta es un cigarrillo. ¿Crees que exagero?. Cuando ves en una película, en una obra de teatro o en la televisión una escena en la que una persona está a punto de ser fusilado, ¿cuál es la última gracia?. Sí señor, un pitillo. El efecto de este golpe no se siente en el consciente, pero el socio oculto tiene tiempo para asimilarlo. El contenido real del mensaje es: “Cuando yo muera, mi último pensamiento, mi última acción será lo que más valor tiene en la vida: fumarme un cigarrillo”. En las películas de guerra, al héroe herido siempre le dan un cigarrillo. ¿Crees que es distinto hoy día? No. El bombardeo de las vallas publicitarias y de los anuncios en las revistas afecta a nuestros hijos exactamente de la misma manera. Se supone que la publicidad del tabaco está prohibida en la televisión, pero en las horas de mayor audiencia podemos ver a personajes de primera fila tragando humo: entrevistadores y entrevistados, políticos, artistas, intelectuales... En Inglaterra las empresas tabaqueras promocionan programas en los que se ven jugadores de billar o de dardos, todos con un cigarrillo en la boca mientras juegan. Esto es la tendencia más peligrosa de todas, la conexión en los anuncios entre el fumar y el deporte, o entre el fumar y “ser alguien”. ¿Los coches de Fórmula-1 llevan nombres de marcas de cigarrillos, o es al revés? He visto un anuncio en la televisión (no anunciaba tabaco) en el que se ve una pareja desnuda en la cama, compartiendo un cigarrillo después del acto sexual. Las implicaciones son obvias. Son realmente admirables los anunciantes de unos puritos en Inglaterra. No son sus motivos lo que son admirables, pero sí la brillantez de su campaña: se ve a un hombre a punto de morir o en el borde de la catástrofe: su globo arde y va a estrellarse, o su moto va a caer al río, o es Colón y su barco está a punto de caer por el borde de la tierra. No se habla ni una palabra; se oye una música suave, y el tipo enciende un purito; en su rostro vemos una expresión de la más absoluta felicidad. Conscientemente, nuestra mente a lo mejor ni se da cuenta de que estamos viendo el anuncio, pero el “socio oculto” está digiriendo pacientemente las implicaciones. Es verdad que hay publicidad en contra. Las cifras atemorizantes de cáncer, las piernas que tienen que amputarse por trombosis masivas, las campañas en contra del mal aliento; pero son insuficientes para convencer a los fumadores de que deben dejarlo. Lógicamente tendrían que convencerles, pero no lo hacen. Ni siquiera consiguen que los jóvenes no empiecen. Durante todos aquellos años de fumador, yo creía sinceramente que si hubiera sabido cuáles son las conexiones entre el fumar y el cáncer de pulmón, nunca hubiera empezado. Pero el caso es que todo este miedo a perder la salud no cambia para nada las cosas. La trampa es la misma hoy que hace quinientos años cuando los Conquistadores de las Américas cayeron en ella. Las campañas contra el tabaco sólo parecen aumentar la confusión. El mismo producto, envuelto en esos paquetes de colorido atractivo y reluciente, lleva una advertencia sombría en un lado. ¿Qué fumador lee la advertencia? Más aún, ¿qué fumador se para y piensa seriamente en las consecuencias para su salud?. Estoy convencido de que una marca de cigarrillos está aprovechándose de la misma advertencia gubernamental en el diseño de sus anuncios. Muchos de éstos contienen elementos que infunden temor, como arañas, libélulas, y flores carnívoras. En el mismo anuncio imprimen la advertencia oficial en letras tan grandes que el fumador ya no puede evitarla. El momento de miedo que el anuncio produce en el fumador se asocia con aquel paquete dorado y reluciente: el fumador está esclavizado. La fuerza más poderosa en este proceso de “lavado de cerebro” es, irónicamente, el mismo fumador. No es cierto que los fumadores son personas de poca voluntad y cuerpo endeble. Tienes que ser una persona fuerte para que no te mate el veneno. Esta es una de las razones por las cuales los fumadores se niegan a aceptar el enorme cuerpo de estadísticas que demuestran que el tabaco te destroza la salud. Todo el mundo tiene un tío Luis que fumaba dos paquetes diarios, nunca estuvo enfermo en toda su vida, y vivió hasta los ochenta años. Ni siquiera se admite la existencia de los miles de personas cuyas vidas fueron segadas antes de tiempo; ni siquiera se admite la posibilidad de que el famoso tío Luis podría haber vivido diez años más, podría estar vivo hoy. Si haces un pequeño estudio entre tus propios amigos y conocidos, verás que los fumadores normalmente son personas de mucha voluntad. Incluyen a muchos trabajadores autónomos, ejecutivos de empresa, médicos, abogados, policías, profesores, vendedores, enfermeras, secretarias, amas de casa con niños pequeños, etc. Lo que tienen en común todos estos grupos es la cantidad de estrés que hay en su vida. Los fumadores creen erróneamente que el tabaco alivia el estrés, y que se asocia con un tipo dominante de persona. Es, precisamente, el tipo dominante que lleva una vida de estrés y de responsabilidad, y que cae en la trampa. A su vez, ellos son personas socialmente admirables, y los demás tendemos a copiar su comportamiento. Círculo cerrado. Hay otro grupo de personas que se enganchan con facilidad: los que están en puestos de trabajo aburrido, porque creen que el fumar alivia el aburrimiento. Desgraciadamente, esto también es una ilusión. Este “lavado de cerebro” llega a unos extremos insospechados. Como sociedad nos preocupa mucho la incidencia de fenómenos como el esnifar pegamento, o la adicción a la heroína. Menos de diez personas mueren al año en este país por esnifar pegamento, y la muerte sólo se lleva al año a un centenar de heroinómanos. Mientras tanto, hay otra droga, la nicotina, con la cual el 60% de la población hemos estado en algún momento enganchados, y que les cuesta un dineral a los que siguen enganchados. Mucha gente se gasta casi todo su dinero “extra” en tabaco, y cada año el hierbajo destroza cientos de miles de vidas. Es la enfermedad número uno en el mundo entero en cuanto a número de víctimas mortales, muy por encima de los accidentes de carretera, los incendios, etc. ¿Por qué nos horrorizan tanto cosas como el esnifar pegamento o el inyectarse heroína, mientras que hasta hace pocos años era perfectamente aceptable una droga que representa un gasto muy respetable para un trabajador medio y que actualmente está matando a miles de personas? Últimamente se ha visto como el fumar ha perdido algo de su aceptación social, pero el tabaco sigue siendo una droga legal que puede dañar seriamente la salud, que se vende en todos los bares, quioscos, estancos, restaurantes, pubs y supermercados del país, y cuyo principal promotor es nuestro propio gobierno. El gobierno británico obtiene el equivalente a setenta y cinco mil millones de pesetas diarias de los impuestos sobre el tabaco, y en el mismo país las empresas tabaqueras se gastan quinientos mil millones de pesetas anuales en publicidad. Y el Reino Unido no es de los países en los que más se fuma. Tienes que empezar a construir un sistema de defensa contra este “lavado de cerebro”. Imagínate que estás hablando con un vendedor de coches de segunda mano, que te quiere vender uno: tú le vas diciendo que sí a todo, pero interiormente no te crees ni una palabra de lo que dice. Empieza a mirar esos paquetes tan atractivos con otros ojos, que vean la porquería y la miseria que encierran. No te dejes engañar con los ceniceros de cristal tallado o con los mecheros de oro, o por los millones de personas que se han tragado el anzuelo. Empieza a preguntarte a ti mismo: ¿Por qué lo hago? ¿Es realmente necesario? POR SUPUESTO NO LO ES. Para mí, todo lo relacionado con este “lavado de cerebro” es lo más difícil de explicar. ¿Cómo es que un ser humano inteligente y racional puede volverse tan imbécil cuando se trata de su propia adicción? Me duele tener que confesar que, el más imbécil de todos había sido yo. Yo no sólo llegué a fumar 100 cigarrillos diarios, sino que había visto el ejemplo en mi padre. Él era un hombre fuerte, que murió prematuramente por fumar. Me acuerdo de verlo cuando yo era niño, de cómo tosía y se ahogaba cuando se levantaba por la mañana. Se veía claramente que no disfrutaba de ello, y yo estaba convencido de que estaba poseído por alguna fuerza nefasta. Recuerdo como yo decía a mi madre «No permitas nunca que yo sea fumador». A la edad de 15 años yo era un gran forofo del deporte. Vivía para el deporte, y estaba lleno de valor y de confianza en mí mismo. Si alguien me hubiera dicho entonces que un día llegaría a fumar cinco paquetes diarios, hubiera estado dispuesto a apostar todas las ganancias de mi vida a que jamás ocurriría. Cuando tenía 40 años era un auténtico “yonqui” del tabaco. Había llegado a una situación en la que era incapaz de hacer las cosas más simples de este mundo sin encender un pitillo. Para la mayoría de los fumadores, los momentos de mayor necesidad son aquellos en los que hay un elemento de estrés, como cuando tienes que contestar al teléfono o en las reuniones. Yo ni siquiera podía cambiar el canal de la televisión o ponerme en la cola del autobús sin encender un pitillo. Sabía que me estaba matando; era imposible pretender que no era así, pero no entiendo como no me di cuenta de lo que me estaba haciendo mentalmente. Y saltaba a la vista, desde luego. Lo más absurdo era que la mayoría de los fumadores cree (erróneamente) en algún momento que les gusta fumar. Yo nunca padecí esa ilusión. Yo fumaba porque creía que me ayudaba a concentrarme, que me tranquilizaba, etc. Ahora que soy ex fumador resulta difícil creer que aquellas cosas realmente ocurrieran. Es un poco como despertarse después de una pesadilla: se ha acabado, pero no te puedes creer cómo pudo ser tan real. Después de todo es una droga, y todos tus sentidos, hasta el sabor de la comida, están afectados. Lo peor no es cómo te destroza la salud o que te vacíe los bolsillos; lo peor es la forma en que te trastorna mentalmente. Lo único que buscas es cualquier excusa que parezca razonable para seguir fumando, y cierras los ojos ante todo lo demás. Me acuerdo de una época en que me dediqué a fumar en pipa después de un intento fallido de dejar los cigarrillos, creyendo que me haría menos daño y que podría reducir mi consumo total. Algunos tabacos de pipa son realmente repulsivos. El aroma puede ser agradable, pero al principio son horribles de fumar. Me acuerdo que durante unos tres meses tenía la punta de la lengua totalmente abrasada. Se forma una especie de sustancia aceitosa marrón al fondo de la cazuela. A veces, sin darte cuenta, la cazuela se te sube por encima de la horizontal, y de repente te encuentras con que te has tragado una buena cantidad de esa porquería. La reacción normal en estas circunstancias es vomitar, estés con quien estés. Tardé unos tres meses en aprender a manejar la pipa, pero lo que no entiendo es por qué durante todo ese tiempo no me puse seriamente a preguntarme por qué me estaba sometiendo a semejante tortura. Por supuesto, una vez que has aprendido a manejar la pipa, pareces el hombre más contento del mundo, y casi todos los fumadores de pipa están convencidos de que fuman porque disfrutan de la pipa. ¿Por qué entonces tuvieron que sufrir tanto para aprender a hacer algo que no echaban de menos antes? La respuesta a esta pregunta es que el “lavado de cerebro” es total cuando estás enganchado con la nicotina. El subconsciente sabe que hay que darle de comer al monstruito, y te cierra la mente a todo lo demás. Ya he dicho que lo que hace que la gente siga fumando es el miedo: miedo ante esa sensación de vacío e inseguridad que se apodera de ti cuando dejas de recibir tus dosis de nicotina. El hecho de que no te des cuenta de ello no quiere decir que no exista. No tienes por qué comprenderlo, de la misma manera que un gato no tiene por qué comprender el funcionamiento de tu sistema de calefacción o por qué hay tubos de agua caliente debajo del suelo; el gato sólo sabe que cuando se sienta en ciertos sitios recibe una sensación de calor. El “lavado de cerebro” es el principal obstáculo para que el que quiere dejar de fumar. Es el “lavado de cerebro” producido por la sociedad en la que vivimos, reforzado por nuestra propia adicción a la nicotina, y, lo que es peor, aumentado por la influencia de nuestros amigos, compañeros y familiares. Lo que nos empuja a fumar en un principio es el hecho de que otros fuman. No queremos ser menos. Nos cuesta bastante trabajo acostumbrarnos, y nunca encontramos qué era lo que nos habíamos estado perdiendo. Pero cada vez que vemos a otro fumador, él nos asegura que debe tener algo bueno, que si no fuera así no lo haríamos. Incluso cuando has conseguido dejarlo, te puedes encontrar en una fiesta, una reunión navideña, o cualquier otro momento de convivencia social alegre, y cuando el fumador que tienes al lado enciende un cigarrillo te sientes privado de algo. Entonces piensas que no pasará nada por fumarte sólo uno, y de repente te encuentras enganchado de nuevo. Este “lavado de cerebro” es muy poderoso, y tienes que darte cuenta de cuáles son sus efectos. Yo me acuerdo de un programa de radio que fue muy popular en Inglaterra hace muchos años, cuando yo era un jovenzuelo: las historias del detective Paul Temple. En uno de los episodios había unos malvados fabricantes de cigarrillos que mezclaban marihuana con el tabaco, consiguiendo así que los fumadores se volvieran adictos a la “hierba”, lo cual hacía que aumentaran las ventas de los cigarrillos. Todos quedamos horrorizados ante tal ejemplo de maldad y engaño del público inocente. Pues ahora resulta que muchos de los fumadores que he ayudado confiesan haber probado la “hierba”, y ninguno dice que produce adicción. Y aunque hoy estoy bastante convencido de que esto es cierto, el horror que me produjo aquel programa de radio me impediría siempre probar la marihuana. ¡Que irónico todavía es el hecho de que gastamos millones de dólares en buscar un remedio para el cáncer, y muchos millones más en convencer a los jóvenes sanos y fuertes que lo que deben hacer es engancharse con esta porquería de tabaco; y que sea nuestro propio gobierno el más interesado en que las cosas sigan así!. Vamos a empezar a eliminar el “lavado de cerebro”. Al no fumador no se le priva de nada; al fumador sí que se le priva, de toda una vida de: SALUD ENERGÍA DINERO TRANQUILIDAD CONFIANZA VALOR AMOR PROPIO FELICIDAD ¿Y qué es lo que recibe a cambio de este enorme sacrificio? ¡NADA EN ABSOLUTO! SÓLO TIENE LA FALSA ILUSIÓN DE INTENTAR RECOBRAR EL ESTADO DE PAZ, TRANQUILIDAD Y CONFIANZA EN SÍ MISMO DEL QUE EL NO FUMADOR DISFRUTA SIEMPRE. ALIVIAR EL “MONO” Como ya he explicado, los fumadores creen que fuman porque les gusta, porque se relajan, o porque reciben algo a cambio. Esto es mera ilusión; lo único que consiguen es aliviar los síntomas producidos por la falta de nicotina: El “mono”. Al principio, el cigarrillo era un símbolo social. Podíamos tomarlo o dejarlo. Pero una vez que estamos metidos en la noria el subconsciente empieza a aprender que un cigarrillo fumado a intervalos más o menos regulares tiende a proporcionar una especie de placer. Cuanto más enganchados estamos, más notamos este alivio, y cuanto más bajo te arrastra el cigarrillo, más crees que está haciendo justo lo contrario. Todo ocurre tan lenta y paulatinamente que ni te das cuenta. Cada día te sientes igual que el día anterior. La mayoría de los fumadores no se da cuenta de que están enganchados hasta que intentan dejarlo, e incluso entonces hay quien no confiesa su adicción. Alguno obcecados mantienen los ojos cerrados toda la vida, intentando convencer a todo el mundo, y a ellos mismos, de que lo hacen porque les gusta. Este diálogo es representativo de cientos que he tenido con fumadores jóvenes: YO: Te das cuenta de que es una droga, y que sólo fumas porque no puedes dejarlo. EL: ¡Chorradas! Me gusta. Si no me gustase lo dejaría. YO: Déjalo durante una semana para demostrar que lo puedes dejar si quieres. EL: ¿Para qué? Me gusta. Si quisiera dejarlo, lo dejaría. YO: Déjalo sólo durante una semana, para ver si estás enganchado o no. EL: No hace falta. Me gusta. Como ya hemos visto, los fumadores tienden a aliviar los síntomas del “mono” en los momentos de estrés, aburrimiento, concentración, descanso, o una combinación de estos factores. Todo esto se explica con más detalle en los capítulos siguientes. LAS SITUACIONES DE ESTRÉS Aquí no me refiero sólo a las grandes tragedias de la vida, sino también a los momentos menores de estrés en las relaciones sociales, al contestar al teléfono, en la vida de un ama de casa, con niños pequeños ruidosos, etc. Vamos a estudiar la llamada telefónica como ejemplo. Para la mayoría de las personas el teléfono es un instrumento que produce estrés, sobre todo para el hombre de negocios. Normalmente la llamada no es de un cliente satisfecho, ni del jefe que quiere felicitarle. Es más frecuente que sea algún tipo de agresión verbal, algún problema que ha surgido, o alguien que quiere que se le pague, cosas así. Cuando oye sonar el teléfono, el fumador instintivamente enciende un cigarrillo, si no está fumando ya. No sabe por qué lo hace, pero sabe que de alguna manera parece ayudarle. Lo que ocurre es lo siguiente: sin darse cuenta de ello, nuestro fumador estaba ya padeciendo las molestias del “mono”, que es una forma de estrés. Al eliminar ese estrés antes de coger el teléfono, cree que reduce el estrés total, y el cigarrillo, por tanto, parece haber disminuido el estrés asociado con la llamada. Tal disminución del estrés es naturalmente, ilusoria, porque, aún mientras fuma ese cigarrillo, el fumador está bajo más tensión que un no fumador; cuanto más dependes de la droga, más te hace sufrir y menos alivio sientes cuando fumas. Al principio prometí no utilizar táctica dramáticas. En el ejemplo que te voy a dar ahora, no quiero asustarte, simplemente quiero hacerte ver que el tabaco te destruye el valor ante las situaciones difíciles en lugar de aumentarlo. Intenta imaginarte que has llegado a un grado de envenenamiento tal que el médico te dice que te va a tener que amputar las piernas si no dejas de fumar. Intenta visualizar la vida sin piernas. Intenta imaginarte el estado mental de una persona que haya recibido ese aviso, y que luego siga fumando y pierda las piernas. Yo oía historias de este tipo y pensaba que la gente que hacía esas cosas estaba loca. A veces deseaba que el médico me dijera a mí algo parecido; entonces, pensaba, lo dejaría. Pero yo era ya uno de esos locos, esperando cualquier día tener una hemorragia cerebral y perder, no sólo las piernas, sino la vida. Yo no me consideraba loco; era simplemente un “fumador empedernido”. Esas personas no están locas. Es eso lo que te hace esta terrible droga. Conforme vas avanzando por la vida, te va quitando valor y coraje sistemáticamente. Cuanto más valor te quita, más te hace creer que está haciendo justamente lo contrario. Todos hemos oído hablar de esa sensación de pánico que invade a los fumadores cuando por la noche temen que se les acabe el tabaco. Es un temor que los no fumadores no sienten; es el cigarrillo el que lo produce. Con el paso del tiempo el tabaco no sólo te quita valor, también es un potente veneno que te destroza la salud. Cuando el fumador llega al punto en que el tabaco le está matando, cree que el cigarrillo le da valor para enfrentarse con el momento más dramático de su vida: es entonces cuando más lo necesita. Métetelo en la cabeza: el cigarrillo no te alivia el estrés: poco a poco está restándote coraje, y uno de los mayores beneficios que recibes cuando lo dejas es el retorno de la confianza en ti mismo y la sensación de seguridad. LAS SITUACIONES DE ABURRIMIENTO Si estás fumando en este momento, probablemente no te habrás dado cuenta de ello hasta que lo he mencionado. La idea de que los cigarrillos mitigan el aburrimiento es otra falsedad. El aburrimiento es un estado mental, y si entonces te fumas un cigarrillo tu mente no dice “Ah qué bien, me estoy fumando un pitillo, me estoy fumando un pitillo”. Esto sólo ocurre cuando llevas bastante tiempo sin fumar, o cuando intentas fumar menos, o mientras fumas los primeros cigarrillos después de haber fracasado en el intento de dejarlo. La situación real es ésta: cuando eres adicto a la nicotina, te falta algo cuando no estás fumando. Si tienes la mente ocupada con algo que no produce estrés, puedes estar bastante tiempo sin fumar sin que te moleste en exceso. Pero cuando estás aburrido no hay nada que te distraiga, y le das de comer al monstruito. Si no estás intentando reducir el consumo de tabaco o dejando de fumar, el acto de encender un cigarrillo deja de ser un acto consciente. Incluso los fumadores de pipa o los que lían sus propios cigarrillos pueden seguir el rito de una manera automática. Si un fumador intenta acordarse de los cigarrillos que ha fumado durante el día, sólo podrá recordar unos pocos: quizás el primero de la mañana, o el que fumó después de comer. También es cierto que el tabaco tiende a aumentar el aburrimiento porque te quita vitalidad y las ganas de hacer cosas: Los fumadores tienden a quedarse sentados aliviando el “mono”. LAS SITUACIONES DE CONCENTRACIÓN Es falsa la idea de los cigarrillos te ayudan cuando tienes que concentrarte. Es la excusa que suelen ofrecer los escritores, los artistas y los miembros de otras profesiones que requieren inspiración y mucha actividad cerebral, pero es eso: una excusa. Cuando intentas concentrarte, automáticamente procuras evitar molestias como un exceso de calor o de frío. El fumador ya siente la molestia del monstruito que pide comida. Entonces, cuando quieres concentrarte, ni lo piensas: enciendes un cigarrillo de una manera automática, te quitas parcialmente la molestia del monstruo, te dedicas al trabajo que tienes delante, y ni siquiera te das cuenta que estás fumando. El tabaco no te ayuda a concentrarte: al contrario, te lo impide, porque con el tiempo es imposible aliviar completamente los síntomas del “mono” incluso mientras fumas. Siguiente paso: fumas más, y el problema crece. Es una pelota que rueda hacia el desastre. LOS CIGARRILLOS COMBINADOS No, un cigarrillo combinado no significa que estás fumando dos o tres a la vez. Cuando eso ocurre es cuando te preguntas por qué fumabas el primero. Una vez me quemé el dorso de la mano tratando de meterme un cigarrillo en la boca cuando ya llevaba uno puesto. Eso en realidad no es tan absurdo como puede parecer. Como ya he dicho antes, llega un momento en que el cigarrillo ya no alivia las molestias del “mono”, y te sientes privado de algo aún mientras fumas. Esta es la terrible frustración del “fumador en cadena”. Cuando necesita un alivio, ya está fumando. Esto es lo que lleva a los fumadores empedernidos a engancharse con el alcohol o con otras drogas, pero eso es otra cuestión. El cigarrillo combinado es el que fumas por dos o más de las razones normales que nos empujan a fumar, por ejemplo en las reuniones sociales, las fiestas, las bodas, las comidas en un restaurante. Estos son ejemplos de momentos que conllevan cierta cantidad de estrés y al mismo tiempo quieres divertirte y relajarte. Las situaciones peores son las combinaciones triples, como puede ser una partida de cartas. Está el estrés del juego, la necesidad de concentrarse en las cartas, y también es una actividad de tu tiempo de ocio y quieres relajarte completamente. Durante una partida de cartas, por muy flojas que sean las molestias del “mono”, todos los fumadores fuman sin parar, incluso los que normalmente fuman poco. Enseguida se llenarán y se desbordarán los ceniceros. Habrá como una nube atómica encima de las cabezas de los jugadores. Si te acercaras a cualquiera de los fumadores para preguntarle si está disfrutando de los cigarrillos, la respuesta sería “Lo dices en broma, ¿no?”. Muchas veces, después de una velada de éstas, cuando nos despertamos a la mañana siguiente con la garganta como un pozo séptico, decidimos dejar de fumar. Estos cigarrillos combinados son a menudo los muy especiales, los que nos hacen pensar que si dejamos de fumar la vida nunca será igual. La realidad es que es la misma historia de siempre: sólo se trata de aliviar el “mono”, y hay veces que esta necesidad es más urgente que en otras ocasiones. Vamos a dejarlo bien claro: no es el cigarrillo lo que es muy especial, es la ocasión. Una vez que hayamos eliminado la necesidad de fumar el cigarrillo, disfrutaremos más de esas ocasiones y padeceremos menos estrés. Todo esto se explica con mayor detalle en el siguiente capítulo. ¿DE QUÉ ME VOY A PRIVAR? ¡DE NADA EN ABSOLUTO! Es el miedo lo que nos impide dejar de fumar. El miedo a encontrarnos con que las situaciones de la vida ya no son como antes, o el miedo a no poder defendernos en las situaciones de estrés. En otras palabras: el efecto del “lavado de cerebro” es hacernos creer que hay alguna debilidad en nosotros mismos, o que hay algo que necesitamos en el tabaco y que dejará un vacío si nos lo quitamos. Métetelo en la cabeza: EL TABACO NO LLENA EL VACÍO. LO CREA. Nuestro cuerpo es la máquina más sofisticada que existe. Da igual que creas en el Creador, en el proceso de selección natural, o en una combinación de ambos. Sea cual sea el ser o el sistema que haya creado este cuerpo, ha conseguido algo que el hombre no podría crear en un millón de años. El hombre no sabe crear la más sencilla de las células vivas, y mucho menos los milagros de nuestra vista, nuestro sistema de reproducción, nuestro sistema circulatorio o nuestro cerebro. Si este Creador o este sistema natural hubiese querido que fumásemos, nos hubiera provisto de algún tipo de filtro para que no entrasen los venenos en el cuerpo, además de algo que sirviese de chimenea. El caso es que el cuerpo posee dispositivos de alarma en forma de toses, mareos, vómitos, etc., y nos jugamos la vida si no hacemos caso de estos avisos. La maravillosa verdad es que no hay nada de qué privarse. Una vez que hayas expulsado al monstruito de tu cuerpo y hayas eliminado el “lavado de cerebro” de tu mente, no querrás fumar ni sentirás la necesidad de hacerlo. El tabaco no mejora las comidas, las estropea. Te destruye el paladar y el olfato. Mira a los fumadores en un restaurante, fumando entre plato y plato. No disfrutan de la comida: en realidad están deseando que se acabe, porque interfiere con el fumar. Muchos fuman en estas situaciones aún sabiendo que ofenden a los no fumadores. Los fumadores en general no son personas despreciativas para con los demás; simplemente se desesperan si no pueden fumar. Están entre la espada y la pared: o se abstienen de fumar y su desesperación los hace parecer antipáticos, o fuman y se sienten culpables de estar molestando a los demás. En todo caso, se desprecian a sí mismos. Mira a los fumadores en una recepción oficial, donde no pueden fumar antes del brindis. Muchos de ellos de repente padecen problemas de vejiga, y desaparecen misteriosamente a tomarse un par de caladas en secreto. Ahí es donde ves el fumar como realmente es: una adicción. Los fumadores no fuman porque les gusta, sino porque se sienten deprimidos mientras no fuman. El hecho de que muchos empezamos a fumar por motivos sociales cuando somos jóvenes y tímidos nos hace creer que no podemos disfrutar de la compañía de los demás sin tabaco. Esto es una idiotez. El tabaco te quita confianza en ti mismo. El efecto del tabaco en las mujeres nos ofrece un clarísimo ejemplo del miedo que produce, mucho mayor que el miedo al cáncer o a otras enfermedades (el fumador parece ignorar estos peligros). Casi todas las mujeres se preocupan mucho de su aspecto físico. Procuran estar siempre aseadas, bien vestidas y oler bien. Pero no les molesta en absoluto saber que su aliento huele a cenicero viejo. O quizás sí que les molesta; a lo mejor les resulta repugnante el olor que despiden sus ropas o su pelo, pero no les impide fumar. O sea, que para ellas no hay nada peor que repeler a la gente: pero si tienen que elegir entre repeler a la gente y abstenerse de fumar, el tabaco gana. Este es el miedo que esta terrible droga produce en el fumador. Los cigarrillos no ayudan en las reuniones sociales; las estropean. Tienes que llevar el vaso en una mano y el cigarrillo en la otra; vigilar que no se te caiga la ceniza y buscar un sitio para las interminables colillas; procurar no soplar humo en la cara de tus interlocutores; preguntarte si te huele el aliento o si resultan desagradables tus dientes manchados de alquitrán. No hay nada de qué privarse. Al contrario, hay muchos beneficios importantes. Cuando el fumador piensa en dejar de fumar, tiende a concentrarse en su salud, el dinero que se puede ahorrar, y el estigma social. Estas tres cosas son evidentemente muy importantes, pero yo creo que los mayores beneficios son psicológicos, y por varios motivos incluyen: 0 La recuperación de la confianza en ti mismo, y de tu valor. 0 El liberarse de la esclavitud. 0 El no tener que pasarte la vida con esas sombras negras en el fondo de la mente, sabiendo que la mitad de la población te desprecia y que te desprecias a ti mismo. La vida del no fumador no sólo es mejor que la del fumador, es muchísimo mejor. No quiero decir simplemente que tendrás mejor salud y más dinero; quiero decir que serás más feliz y que disfrutarás más de la vida. Los beneficios que se obtienen al convertirse en ex-fumador se detallan en los próximos capítulos. Algunos fumadores tienen dificultad para comprender este concepto del “vacío”; veamos si este ejemplo te ayuda. Imagínate que tienes una pequeña zona irritada en la mano. Yo la veo y te recomiendo una crema excelente. Pones la crema y la irritación desaparece inmediatamente. Un mes más tarde vuelve a aparecer, pero ahora es mayor la zona afectada y duele más. Le pones crema otra vez y vuelve a desaparecer inmediatamente. Este proceso continúa hasta que tienes la mano entera afectada y el dolor es insufrible. Ahora estás muy preocupado. La crema milagrosa quita la irritación, pero ¿dónde acabará esto? ¿La irritación te afectará al final el cuerpo entero? Vas al médico, pero no te puede hacer nada. Pruebas otros medicamentos, pero ninguno funciona, sólo la crema milagrosa. Entonces es cuando descubres que la crema no cura la irritación; lo único que hace es esconderla bajo la piel. En realidad el hongo que produce la irritación se alimenta de la crema, que es la misma crema la que está empeorando la situación, y que si dejas de usar la crema la irritación desaparecerá sola en poco tiempo. ¿Seguirías usando la crema? ¿Se necesitaría fuerza de voluntad para dejar de usarla? ¿Te sentirías deprimido al dejar de usarla? Por supuesto que no. Estarías encantado de saber que ya conocías la causa del mal. La analogía nos sirve para el caso del tabaco, sólo que en este caso el júbilo debe ser aún mayor. Con el tabaco, el equivalente a la irritación de la mano no es el terrible peligro para la salud, ni el dinero que cuesta fumar (estas son razones más importantes); la irritación de la mano es el “mono”, los síntomas de depresión y de inseguridad. El cigarrillo no alivia estos síntomas, los causa. DEJA DE CASTIGARTE. LA ESCLAVITUD AUTOIMPUESTA Cuando un fumador trata de dejarlo, las razones más frecuentes son la salud, el dinero y el estigma social. Pero una parte del “lavado de cerebro” de esta horrible droga es la pura esclavitud que impone. En el siglo pasado hubo una dura lucha para abolir la esclavitud, pero el fumador se pasa la vida en un estado de esclavitud autoimpuesta. No parece darse cuenta de que cuando se le permite fumar desearía ser un no fumador. No sólo no disfrutamos de la mayor parte de los cigarrillos que fumamos; ni siquiera nos damos cuenta de que los fumamos. Únicamente después de un periodo de abstinencia podemos creer que disfrutamos de algún cigarrillo, por ejemplo el primero de la mañana o el de después de comer. El cigarrillo sólo tiene cierto valor cuando intentamos reducir el consumo o dejarlo por completo, o cuando la sociedad nos obliga a la abstinencia, por ejemplo en las iglesias, en los hospitales, en los supermercados o en el cine. El fumador confirmado debe hacerse cargo de que esta tendencia a la prohibición de fumar irá a más, no a menos. Hoy son las aulas de la universidad, mañana serán todos los lugares públicos. Ya pasaron aquellos tiempos en que el fumador podía entrar en casa de un amigo o de un desconocido y preguntar: “¿Os importa que fume?” Hoy en día el pobre fumador, al entrar en una casa ajena, mirará desesperadamente a ver si hay ceniceros y si contienen colillas. Si no ve ningún cenicero tratará de aguantare, y si esto resulta imposible pedirá permiso para fumar. Se le contesta con cada vez más frecuencia: “Bueno, puedes fumar si no hay más remedio” o bien “Preferiríamos que no fumases. El olor tarda tanto en irse después”. El desgraciado fumador, que ya se sentía miserable, lo único que querría es que se abriese la tierra y lo tragase. Me acuerdo que cuando fumaba, cada vez que iba a la iglesia me pasaba lo mismo. Incluso en la boda de mi hija, cuando tenía que haberme comportado como el clásico padre orgulloso. ¿Y qué hacía? Pensaba: “A ver si acabamos esto, y podemos salir a fumarnos un pitillo”. Te ayudará si observas a los fumadores en estas ocasiones. Forman corrillos. Nunca sale un paquete solo. Siempre se sacan una docena de paquetes, y la conversación es siempre la misma: —“¿Fumas?”. —“Sí, pero oye, fúmate uno de estos”. —“Me fumaré uno de los tuyos luego”. Se los encienden y aspiran el humo hasta el fondo de los pulmones, mientras piensan: “Qué suerte tenemos. Nosotros tenemos este premio, y el pobre no fumador no tiene ninguno”. Ni falta le hace al pobre no fumador. Nuestro cuerpo no fue diseñado para ir envenenándose sistemáticamente durante toda su vida. Y lo más patético es que incluso mientras fuma, el fumador no alcanza esa sensación de paz, confianza y tranquilidad de la que el no fumador ha disfrutado toda su vida. También me acuerdo de cuando jugaba a los bolos en terreno cubierto en invierno. Estaba prohibido fumar en el recinto, y con la excusa de tener que ir al WC me escapaba de vez en cuando a tomarme unas caladas en secreto en los lavabos. Y no era ningún chaval de 14 años, sino un respetado Censor Jurado de Cuentas de 40 años. ¡Qué triste espectáculo! E incluso mientras jugaba, no disfrutaba del juego. Estaba siempre deseando que acabara para que pudiera volver a fumar. Y esto era mi manera de relajarme y de disfrutar de mi hobby preferido. Para mí, uno de los mayores placeres de ser no fumador es la sensación de ser libre de esa esclavitud, y el poder disfrutar de todas las cosas de la vida, en lugar de estar la mitad del tiempo aguantándome sin fumar para luego, cuando puedes encender un cigarrillo, estar deseando no tener que hacerlo. Los fumadores tienen que darse cuenta de que cuando no pueden fumar en casa de un no fumador, no es el no fumador quien le priva de un derecho, sino el “monstruito” que les priva de la capacidad de vivir plenamente. ahora hay que ir al post Número 3 ..jaja ya falta poquito!!