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juliommd

Usuario (Perú)

Primer post: 21 nov 2015Último post: 13 dic 2015
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El amor de un dinosaurio (cuento propio)
ArteporAnónimo11/21/2015

Cuando estaba en la oficina el Contador era un individuo sin luz propia. Su trabajo, el mismo desde hacía un lustro, lo encadenaba al escritorio durante sesenta o más horas a la semana. El trajín era repetitivo como el de una máquina incapaz de desgastarse. En la primera etapa del día revisaba las cuentas (manipulaba el debe y el haber como fichas de un rompecabezas). De pronto empezaba a bostezar, ponía su firma en los libros contables y los cerraba de un golpe. Mientras tomaba su refrigerio, que consistía casi siempre en una hamburguesa y una gaseosa oscura, conversaba con sus compañeros sobre nimiedades (aventuras de fin de semana, partidos de fútbol y asuntos profesionales). Por supuesto nadie hablaba sobre temas agudos. Se temía ser visto como un alborotador. En la tarde, luego de trazar escritos y enviar el despacho, se reunía con su jefe para comentarle sus avances. –¿Cómo está, señor? Aquí le traigo mis archivos. –De mí no te preocupes, carajo. Deja esas huevadas en la mesa. Y regresa tu culo a su silla. Al final de la jornada el Contador le echaba llave a sus cajones y se despedía de sus compañeros. Era el momento en que comenzaba a iluminarse su vida. Dentro del ascensor sentía un alborozo que se originaba en sus entrañas y se reflejaba en su rostro con una enorme sonrisa. Era como si después de años de lucha se hubiera liberado de unos fuertes grilletes. En la cochera se quitaba el saco, encendía la radio a todo volumen y arrancaba el auto. A diferencia de sus colegas el Contador no se dirigía a casa, ni a una reunión con amigos, ni mucho menos al gimnasio. Desajustándose la corbata emprendía un breve viaje hacia el mar. Luego de recorrer varias avenidas, bajo un cielo que anunciaba el ocaso con heridas naranjas y grises, tomaba la carretera hacia el sur de la ciudad. En el kilómetro ciento veinte, en medio de un desierto ondulante, ingresaba a un pequeño balneario que parecía la manifestación concreta de la nostalgia. Con lentitud iba por las calles pavimentadas de arena y cruzaba la plaza principal, en la que una iglesia en ruinas acompañaba al municipio y otras edificaciones carcomidas por la brisa. Rodeado de niños que jugaban a la pelota se detenía por algunos minutos en el malecón y contemplaba los postes oxidados. Desde pequeño había fantaseado que eran ancianos raquíticos, que a causa de un hechizo misterioso se habían momificado justo cuando doblaban las espaldas. También apreciaba las casas de revoques carcomidos, jardines de arbustos resecos pero balcones con celosías intactas. “¡Qué chismosos somos!”, pensaba. Finalmente seguía a las gaviotas que tomaban vuelos sinuosos. De un momento a otro se hundían en el agua para pescar. “¡Eso es libertad!”, se decía y se imaginaba como un ave planeadora que soltaba una blanquecina caquita sobre la cabeza de su jefe. El Contador suspiraba conmovido y bajaba a la playa. Estacionado sobre la arena, con el viento empujando los techos de paja de las sombrillas, el Contador abría la maletera y sacaba un disfraz de dinosaurio de espuma de vidrio (para ser preciso, de Tyrannosaurus rex teñido con diversas variaciones del color violeta). Ante los ojos sorprendidos de algunos bañistas se lo ponía lentamente y dentro de esa piel grotesca se dirigía a un espigón. Mientras silbaba un tema melancólico avanzaba calculando cada uno de sus pasos, como si realizara una ceremonia sagrada. Y cuando llegaba a la punta, en donde reventaban las olas con furia y se originaba una minúscula lluvia salada, se sentaba sobre una roca. Luego observaba cómo se hundía el sol en el océano. *** Una mañana, cuando se relajaba en su departamento, el Contador fue dominado por un impulso. Su cuerpo le exigió salir a la calle pero no vestido del modo tradicional sino disfrazado de dinosaurio. Pese a que intentó contenerse la fuerza que nacía de su médula lo sometió. Minutos después se vio a sí mismo bajando por las escaleras con su extraño ropaje. El portero se sorprendió. Sin embargo, como tenía ordenado no molestar a ningún propietario, se quedó en silencio como una roca. “Total”, reflexionó, “lo importante es que me paguen a fin de mes”. En el cuerpo del dinosaurio el Contador recorrió varias zonas de la ciudad. La vereda se prolongaba ante sus ojos y una libertad indescifrable le recorría de pies a cabeza. Era un éxtasis que le hacía sentir una electricidad fulgurante. Primero llegó a un parque de olivos y persiguió mariposas. Cuando estaba por atrapar una muy colorida cayó con estrépito en la laguna artificial. Las personas se reían de su aspecto y torpeza. –No se burlen –decía él con voz grave–. Que siempre estamos disfrazados. Después se detuvo en una esquina concurrida. Bajo el semáforo en rojo cruzó la pista bailando un ritmo desaforado. Los conductores tocaron sus cláxones y él se animó a dirigir el tráfico por unos instantes. –¡Avancen sin cuidado! –gritaba haciendo el sonido de un pito con los labios–. ¡Que golpe avisa y enseña! En la puerta de una farmacia saludó a los clientes. Y cuando los guardias de seguridad quisieron echarlo saltó como un canguro con fiebre. –La locura es la mejor medicina –recomendaba–. O la muerte que lo iguala todo. Por último subió a un puente, se pegó a la baranda y lanzó besos volados a los carros. –¡Los adoro! –gritaba–. ¡Porque la vida es viaje y viajar es vivir! Al final de la jornada estaba cansado y sudoroso como si hubiera participado en una maratón. La noche comenzaba a expandir sus dominios y los objetos se entregaban a una penumbra enrarecida. El Dinosaurio se dirigió a su casa saboreando el placer de haber cumplido un acto sin parangón. No obstante a ratos se preguntaba: “¿Pero qué he hecho?”. Y lo inundaba la vergüenza. “Por suerte no me ha visto nadie. ¿O sí?”. De pronto se encontró en la boca de un pasaje y gracias al reflejo de un poste de luz logró ver una silueta llamativa. Cuidadosamente avanzó unos pasos y emergió una mujer (pues sus piernas finas así lo indicaban) disfrazada de galleta con relleno de fresa. El Dinosaurio se sorprendió: había alguien más con su afición. La Galleta, que llevaba un ángulo mordido, partió con prisa y se perdió entre las sombras. El Dinosaurio, con una mano (o más bien una garra) en el corazón, hizo un descubrimiento que le trastocó la existencia: la Galleta era maravillosa y debía encontrarla. *** El Dinosaurio anduvo por todos los lugares que conocía tratando de ubicar a la Galleta. Fue por los caminos desiertos y silenciosos y sumó su tristeza a la del ambiente. Atravesó las aceras llenas evitando ser empujado por las mareas de personas que iban y venían sin ningún norte. Fue a los parques y los centros comerciales y los adultos lo confundieron con un espectáculo para niños. Se introdujo en las cantinas de mala muerte y tuvo que soportar las bromas pesadas de los parroquianos. Desesperado preguntó en la comisaría y luego de ser calificado de demente lo invitaron a salir. El desánimo lo venció con su peso de realidad. Concluyó que nunca más hallaría a la Galleta, la cual lo había alterado en lo profundo. *** En la oficina, una tarde de cielo despejado, el Contador llamó a la secretaria del jefe para darle unos informes urgentes. Ella se acercó moviendo las caderas con armonía y el Contador encontró en esa forma de caminar varios detalles que le inquietaron la memoria. “¿Quién camina así?”, pensó. Como no se le ocurrió nada volvió a sus labores. Pero horas después, cuando estaba listo para retirarse, varias ideas se fusionaron en su cabeza. Había hallado la respuesta: ese caminar se parecía al de la Galleta. El Contador se arrojó sobre el escritorio de la Secretaria, quien se había marchado hacía unos minutos. Quería encontrar alguna prueba que confirmara su sospecha. Forzó la chapa, abrió los cajones y buscó entre los papeles y sobres. No había ni indicios. “Tonterías”, concluyó. “Mejor voy a su casa”. El Contador sacó de una agenda la dirección de la Secretaria y salió corriendo. Cerca del lugar señalado frenó ante una imagen de ensueño: en un parque de árboles tupidos la Galleta brincaba de un lado a otro mientras arrojaba pétalos de flores. El Contador fue traspasado por una angustia creciente, se colocó su disfraz y fue tras la Galleta. La correteó por calles repletas de ojos estupefactos. Luego por la berma central de una autopista. Los vehículos pasaban rápidamente y en los timones se exhibían rostros de desconcierto. Ni el Dinosaurio ni la Galleta mostraba cansancio. Estaban dispuestos a cruzar sus límites. Avanzaron cerca de diez kilómetros. –Te atraparé –vociferaba el Dinosaurio–. Te cansarás. Y te atraparé. Aunque era un buen plan no sucedió. Una patrulla de policía los detuvo. Los guardias se los llevaron por promover el desorden público. *** Rodeado de policías y en una habitación iluminada por reflectores, el Contador se hundió en la vergüenza. Se quitó el disfraz y mostró su rostro taciturno. Los policías, que no dejaban de reír, tomaron sus datos y le advirtieron que era la última vez que lo dejaban libre. “¡La próxima te encerramos en el manicomio!”, le dijeron. Cabizbajo, el Contador se retiró pensando que debía arrojar a la basura su traje de dinosaurio. Perdido por los pasillos de la comisaría le aplastaba la sensación de estar en un laberinto de tamaño continental. De pronto, sobre una banca de madera, encontró el motivo de su congoja: el disfraz de galleta. Aunque intentó controlarse sus ojos resplandecieron y se acercó a esa piel para acariciarla con ternura. Mientras sus manos vibraban una energía rara se expandió por su cuerpo y le hizo sonreír de esperanza. Sin embargo el momento cósmico se volvió terrenal cuando alzó la mirada. Acompañada de mujeres policías la Secretaria pasaba por su lado. El Contador no supo qué decir. Un vacío creció en su estómago y una pesadez contundente se alojó en su garganta. Quiso articular palabras inteligentes o por lo menos dulces. Solo le salió un tímido “hola”. –Hola –le respondió la Secretaria y continuó su camino. *** En el trabajo, después del incidente con la policía, el Contador evitó a toda costa la presencia de la Secretaria. Si tenía que darle algún recado se hacía el desentendido o mandaba a que lo hiciera otra persona. Así transcurrieron las semanas hasta que, a fin de año, cuando se realizaba el balance general y en la oficina se respiraba oxígeno con estrés, la Secretaria se acercó a su escritorio. Llevaba una sonrisa pícara y sus ojos brillaban con luz propia. Le extendió dos documentos. –Gra-gra-gracias –dijo el Contador. La Secretaria se retiró en silencio. El Contador leyó con expectativa el primer documento. Trataba sobre algunas observaciones, muy minuciosas, relacionadas a los montos que ingresaron antes del cierre de caja. Desanimado tomó el otro papel y lo revisó con paciencia. Al finalizar una descarga trepidante lo empujó a un abismo sin gravedad. Quizá era el amor. *** Apenas termina la jornada laboral el Contador y la Secretaria, que no hablan nada en la oficina, se marchan con rapidez y se dirigen a su punto de reunión: la playa. Envueltos por la brisa se ponen sus respectivos disfraces (el Contador, el de Dinosaurio; la Secretaria, el de Galleta) y, abrazados, contemplan cómo el sol se esconde en el océano. Julio Meza Díaz

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Una misma noche - Leopoldo Brizuela (comentario)
Una misma noche - Leopoldo Brizuela (comentario)
ArteporAnónimo12/13/2015

Una misma noche - Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) ■ Alfaguara ■ 276 páginas «Y es que Borges ha ido a comer con Videla. Y dice que Pinochet es, sin duda, un caballero. Y hace un culto de sus ancestros militares. Y a la vez es el único que me abre la posibilidad de un destino, que no sea ser padre, ni médico de policía, ni policía, ni muerto», reflexiona Leo Bazán, protagonista de Una misma noche, ante el laberinto político que le tocó vivir. Leo cuida de su anciana y viuda madre al tiempo que se dedica a dar clases a jóvenes con intereses literarios y se ocupa de la elaboración de una novela. Pero ser testigo de un robo en la casa de unos vecinos desatará el recuerdo de la violencia que marcó su adolescencia y que ha tratado de olvidar. En 1976, durante la dictadura militar argentina, un grupo de paramilitares irrumpió en su hogar. Mientras hacían las preguntas de rigor, Leo se dedicó a tocar su piano. ¿Por qué reaccionó de este modo? ¿Quiso complacer a los paramilitares o demostrar que no era un simple «negrito»? A partir de estas interrogantes se desencadena su peculiar reflexión sobre la escritura, actividad que, para él, sirve de conexión entre el pasado y el presente, pero «no como quien informa, sino como quien descubre». Así las cosas, las revelaciones se sucederán unas tras otras, en una suerte de policial sentimental en donde no importa tanto encontrar a los culpables, sino más bien reconstruir los pedazos esparcidos de una identidad gestada en medio del horror. En su búsqueda, Leo experimentará un cambio y saltará de la ficción a la historia para enfrascarse, por último, en el sueño, pues como sentencia uno de los personajes, «quizá no haya verdad que la imaginación no intuya». Abandonadas las precarias perspectivas maniqueas, Leo (y, con él, el lector) siente que las dudas lo señalan desde el espejo. «¿Solo acusamos para no ver que el mal que habita en el otro también acecha en uno?». Aunque por momentos queda la impresión de que abusa del melodrama, Una misma noche es recomendable por su prosa transparente, la afinada tensión a la que somete al lector y porque logra reivindicar aquella esencia intocable de lo humano: la dignidad. Por Julio Meza Díaz.

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