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Usuario (Argentina)

Alarmante tasa de suicidios (aclaración, quien escribe la nota es mexicano y habla desde ese punto de vista) El suicidio se ha convertido en un gravísimo problema de salud pública. Actualmente cada cuarenta segundos se suicida alguna persona en el mundo. Gobiernos como el de Japón están divulgando entre sus ciudadanos guías para prevenir y evitar el suicidio. Tal medida está plenamente justificada ya que el país del Sol Naciente lleva una década con más de 30 000 suicidios por año. Los japoneses albergan la esperanza de reducir en un veinte por ciento su tasa de suicidios para el año 2016, pero resulta poco probable que alcancen ese objetivo pues durante 2008 se quitaron la vida 32,249 personas y, por lo que se aprecia en estos meses del 2009, la cantidad seguirá incrementándose debido a la virulencia de la crisis económica que afecta al planeta. Muchos japoneses se suicidan por factores que son comunes a otras sociedades como la desesperanza ante enfermedades graves, severos problemas económicos y dolorosos rompimientos amorosos, pero hay causas típicamente japonesas como pretender lavar la deshonra por fracasar en sistemas escolares extremadamente competitivos y el hecho de no convivir con la familia debido a demandantes condiciones laborales. En Japón hay millones de personas que únicamente ven a sus familiares directos uno o dos días a la semana por tener sus empleos y sus hogares en distintas ciudades. Dicho sea de paso, la palabra karoshi, que se refiere a muerte provocada por tensiones excesivas vinculadas al trabajo es un vocablo que se ha vuelto común en las empresas. No es Japón, sin embargo, el país con más elevada tasa de suicidios. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) hay varias naciones que proporcionalmente lo superan. Así, mientras en Japón, de cada 100 mil habitantes se suicidan 24 de ellos, en Lituania la cifra correspondiente es de 39, en Bielorrusia de 35 y en Rusia de 34. Llama la atención constatar que de las ocho naciones que encabezan la lista de tasa de suicidios, seis son antiguas repúblicas soviéticas (Lituania, Bielorrusia, Rusia, Kazajistán, Letonia y Ucrania) y las otras dos (Hungría y Eslovenia) tuvieron asimismo regímenes socialistas y formaron parte del Pacto de Varsovia. De esas ocho naciones, únicamente Rusia supera a Japón en números absolutos pues allí se registran 46,063 suicidios por año, pero de acuerdo a la OMS hay otros dos países que también rebasan a los japoneses en cifras netas. Se trata de la India con una monstruosa cifra de 110,417 suicidas y Estados Unidos con 32,559. Debido a sus enormes poblaciones totales (1,166,679,000 y 307,212,000 respectivamente), ni la India ni los Estados Unidos destacan en la lista de tasa de suicidios, ocupando los lugares 46 y 47. China, el país más poblado del planeta con sus 1,338,613,000 habitantes, reportó 16,836 muertes por suicidio y ocupa el vigesimoséptimo lugar. Por cierto, mientras que en casi todos los países se suicidan más hombres que mujeres -la relación es de tres a uno-, en China el 58 % de quienes se quitan la vida son mujeres. ¿Qué lugar ocupa México en esa trágica lista? El número 78. El último año se registraron en nuestro país 4394 suicidios y eso equivale a tres muertes de ese tipo por cada 100,000 habitantes. Para fortuna nuestra, América Latina es una de las regiones menos afectadas por el suicidio y, por si eso fuera poco, tenemos una tasa muy inferior a muchas naciones latinoamericanas ya que proporcionalmente ocurren más suicidios en Argentina, Uruguay, Chile, Ecuador, Panamá, Colombia, Venezuela, Brasil, Costa Rica, El Salvador, Cuba, Brasil y Nicaragua. De hecho, en Latinoamérica es Cuba quien cuenta con la tasa más alta de suicidios con 18 por cada 100,000 habitantes. La tasa promedio mundial es de 16. Por otra parte, resulta significativo que otro referente obligado, España, con menos de la mitad de la población mexicana, tuvo durante el último año 3399 suicidas triplicando casi nuestra tasa nacional. Los pronósticos indican que a partir del año 2020 habrá un millón y medio de suicidios anuales. Procuremos entonces no contribuir de manera notable a esa cifra. http://antonioalvarezmesta.wordpress.com/2009/04/15/alarmante-tasa-de-suicidios/
Cómo echar un polvo durante una ejecución Día: 28 de marzo de 1757 Lugar: Plaza de Grève, París Un fanático religioso llamado Robert Damiens iba a ser torturado y ejecutado por su intento de asesinar a Luis XV. En ese tiempo las ejecuciones tenían la intención de sacar al pueblo a las calles, era un espectáculo, todo un acontecimiento. Esta vez había mucha más razón pues el condenado había atentado contra el rey, por lo que se consideraba un deber patriótico presenciar su tortura. Mientras el pueblo y la clase baja abarrotaban la plaza para disfrutar de la ejecución, los aristócratas alquilaban con tiempo las habitaciones y balcones circundantes debido a su vista privilegiada. Estos balcones sin duda son el ancestro de las modernas suites de los estadios. En ellos los nobles podían disfrutar del "espectáculo" mientras se tomaban unas copas y charlaban. Aspecto de la Plaza de Gréve (y sus balcones) a mediados del siglo XVIII Ese mismo día y hora, en uno de esos balcones se encontraba el aspirante a aristócrata Giacomo Casanova, que había decidido dar una pequeña fiesta durante el espectáculo (ejecución) para impresionar a su adinerada novia y a su familia. Era la época de esplendor y derroche de la aristocracia francesa, la de Casanova y sus amistades peligrosas, toda una generación previa a la Revolución Francesa. Giacomo Casanova Giacomo Casanova de 42 años de edad, invitó a su novia de 17 años y a su tutora, una de aquellas respetables damas solteronas y ricachonas. Esta era una señora gorda de rostro agrio, de unos bien entrados 60 años y para colmo una ferviente devota católica. También estaban como invitados una prostituta amiga suya a quien hizo pasar como la "sobrina del papa" y un joven italiano de apellido Tiretta que sólo vivía de sus encantos y no hablaba ni un ápice de francés. Imaginen al grupo; imagínenlos con sus ropas elegantes, con los encajes de seda, los trajes de lino y sus joyas. Las tres mujeres estaban en la primera fila, asomadas en el único balcón, inclinadas hacia delante, apoyando los codos sobre la baranda para que los dos hombres que estaban detrás, pudieran ver el espectáculo por encima de sus hombros. Imagen tomada de Google (como todas) para graficar la posición de las damas en el balcón Según las memorias de Casanova, el evento duró alrededor de cuatro horas durante el cual muy poco se podía charlar debido a los estridentes gritos de la multitud. Empezó la tortura. Damiens fue encadenado sobre una mesa de madera y su mano derecha fue poco a poco quemada hasta los huesos con azufre y fuego. Los verdugos le iban arrancando trozos de piel con tenazas al rojo vivo. Sus cuatro extremidades estaban fuertemente amarradas a largas correas que fueron atadas a briosos caballos. Los caballos fueron azotados durante una hora, pero Damiens era un hombre tan musculoso y fuerte que los animales no podían avanzar tirando de sus miembros. El pobre condenado sólo gritaba agonizante. Damiens siendo cruelmente torturado Casanova continúa contando que las mujeres estaban tan embelesadas con el espectáculo, que ni una sola vez volvieron la cabeza, pero dice que luego de un tiempo él mismo no soportó ver tanto castigo y cuando regresó su mirada, notó que su amigo el italiano, tenía levantado el vestido de la devota tutora delante de él. Casanova estaba maravillado por la audacia y apetito de su amigo, y más tarde lo estuvo por su resistencia. Dado que las mujeres en esa época no llevaban ropa interior entre las piernas sino sólo un puñado de enaguas, un avance íntimo era bastante factible. Durante las siguientes dos horas, Casanova percibió el leve movimiento sexual de su amigo mientras analizaba el rostro de la respetable señora devota, su rictus parecía congelado con los labios fruncidos y los dientes apretados. Aún con su vasta experiencia le era difícil distinguir si era rabia, placer, miedo o dolor. Casanova estaba confundido pero enseguida lo dedujo: esta respetable dama no quería que la "sobrina del papa" o que la joven a quien cuidaba se enteraran de lo que estaba sucediendo en ese instante, es decir, que estaba siendo violada muy cortésmente. Desde alguno de esos balcones, Casanova y sus amigos fueron testigos de la ejecución Los verdugos aumentaron al suplicio dos caballos más de carruaje, pero las extremidades de Damiens todavía no se arrancaban. Mientras aquel pobre diablo era descuartizado, el italiano Tiretta seguía balanceándose discretamente atrás de la respetable dama. Luego de la ejecución y durante un pequeño brindis, a Tiretta se lo veía increíblemente alegre y sereno, mientras que la tutora lucía furiosa. Luego ésta tomó a su protegida y se despidió de todos menos del italiano (a quien hizo un evidente desplante). Esa misma noche durante la cena, Casanova le preguntó a Tiretta que había sucedido, a lo que el italiano contestó que "el acto sexual se había consumado cuatro veces". (Durante su breve estancia en París, Tiretta ya se había ganado el apodo de "Monsieur seis veces" por una parisina que había tenido el gusto de conocerlo íntimamente). Al día siguiente, Casanova fue convocado a la casa de la tutora, quien pidiendo disculpas por su enfado nada cristiano, le dijo que aquel repudiable acto, sumamente bajo y traicionero de su amigo, ameritaba un severo castigo. Casanova estaba en una situación incómoda porque de aquella dama mayor dependía la relación con su joven amada, pero por otro lado, el italiano Tiretta esa su buen amigo. Rápidamente Casanova ofreció a la dama hacer que su amigo (vividor sin dinero) se case con ella para que pueda así resarcir su agravio. Ella se negó rotundamente. Entonces el astuto Casanova señaló a la ofendida señora que "su belleza tenía gran parte de la culpa", y ofreció enviarle al italiano para que se disculpe con ella. Fue entonces cuando la atribulada mujer rompió en llanto y le dijo a Casanova que “ese” no era el punto. "Usted está pensando que fue un pequeño delito, que con esfuerzo, uno podría razonablemente encontrar una enmienda adecuada, pero lo que el animal de su amigo hizo conmigo es una infamia, la cual no deja de martillar mi mente y ya me está volviendo loca!" Casanova empezó a darse cuenta de lo que había sucedido, es decir, que su amigo la había poseído sin su consentimiento pero, lo que es peor, por una entrada trasera no convencional y más dolorosa. Al final pudo llegar a un acuerdo con la señora. Llevaría al joven italiano a la casa de la dama y se lo entregaría a ella para que cobre su venganza como estime conveniente. Sólo impuso una condición: “Mi señora, usted podrá castigarlo de cualquier manera, pero sin llegar al cruel asesinato, y yo permaneceré escondido en otra habitación de su casa para garantizar el pacto y actuar como mediador en caso de necesidad.” Ese día más tarde, Casanova se reunió Tiretta y después de las bromas de rigor, le explicó en qué consistiría su castigo. Tiretta trató de defenderse: "Yo no digo que ella esté mintiendo, pero en la posición en que me hallaba, era imposible para mí saber por dónde me estaba moviendo", replicó. Bueno, para no alargarles más el asunto, Tiretta fue llevado donde aquella mujer y pasó una noche de "penitencias" con ella en su habitación. Al día siguiente la tutora anunció que estaba poniendo bajo su custodia al italiano en su casa de campo, con un generoso salario anual y un subsidio para que renueve su vestuario. "Si usted supiera lo mucho que me ama" le comentó la entusiasmada mujer a Casanova, quien por cierto había pasado atareado la noche anterior, ocupándose de la virginidad de la hermosa joven que estaba bajo el cuidado de la señora. La Plaza de Gréve 40 años más tarde durante la Revolución Francesa La Plaza de Gréve, donde Robert Damiens fue torturado y ejecutado, se convirtió cuatro décadas más tarde en el principal sitio de ejecuciones de la Revolución Francesa. Allí, en una especie de justicia poética fue decapitado en la guillotina Luis XVI (nieto de Luis XV), pero esta vez, en las ventanas y balcones que tenían vista a la plaza, ya no se encontraban los aristócratas sino los comuneros y miembros de la asamblea parisína. ¿Habrá tenido alguno de ellos la misma audacia de Tiretta con alguna patriótica francesa?
¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur! El 6 de Julio de 1885, una mujer llegó llorando con su hijo de 9 años al laboratorio donde investigaba Louis Pasteur. El chico se llamaba Joseph Meister y había había sido mordido dos días antes por un perro rabioso en 14 sitios diferentes. De puro dolor, casi no podía andar y su muerte en breve plazo estaba prácticamente asegurada. ¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur! – rogaba insistentemente aquella madre. Pasteur había probado un remedio en animales pero jamás en personas. ¿Debía inocular aquel remedio al muchacho o no? Gran dilema. Pero antes de continuar, he de poneros en precedentes. Vamos al principio de nuestra historia de hoy, 3 años antes, en 1882. Pues bien, por aquel año trajeron al laboratorio de Pasteur un perro rabioso bien atado y con gran riesgo para todos. Fue introducido en una gran jaula donde había varios perros sanos para que los mordiese. Por otro lado, Emile Roux y Charles Chamberland sacaron baba de la boca del furioso animal, la inyectaron a conejos y conejillos de Indias, y esperaron que hicieran su aparición los primeros síntomas de la rabia. El experimento tuvo éxito unas veces, pero otras muchas no, de cuatro perros sanos mordidos, dos amanecieron, seis semanas después, recorriendo furiosos la jaula y aullando, y, en cambio, transcurrieron meses sin que los otros dos presentasen el menor síntoma de hidrofobia al igual que con los conejillos de Indias. Dos conejos empezaron a arrastrar las patas traseras y terminaron muriendo en medio de horribles convulsiones, mientras que otros cuatro siguieron tranquilamente royendo las hortalizas. En el proceso no había ritmo, ni medida, ni regularidad. La rabia es una de las enfermedades que más espanto han producido a la humanidad. Pasa al ser humano a través de la saliva en las mordeduras. Afecta al sistema nervioso provocando espasmos musculares dolorosísimos y posterior parálisis que, al llegar a los músculos que permiten la respiración, conduce a la muerte. Cuando quedan afectados los músculos de la boca y cuello hacen imposible cualquier deglución y resulta extraordinariamente dolorosa. Por eso, los animales que la padecen aparecen con la boca llena de saliva espumosa y rehuyen la ingestión de agua. De ahí que se la conozca también como hidrofobia (odio al agua). La cura en aquellos tiempos consistía en un hierro candente en la herida que dejaba la huella en la carne de por vida. Y sólo quedaba esperar. Desde la inoculación por la mordedura hasta la aparición de los síntomas, hay un período de tiempo en función de lo lejos que haya sido la mordedura de la cabeza, puesto que el virus va por los nervios hasta llegar al cerebro. Durante ese tiempo todavía se puede actuar. Una vez aparecidos los síntomas era mortal en todos los casos incluso hoy en muchos a pesar de los avances médicos. La rabia es un virus y no se podía ver al microscopio óptico. ¿Cómo detectar dónde estaba? Pasteur pensó que, por los síntomas, tenía que atacar al sistema nervioso y era allí donde había que buscarlo. Si se inyectaba bajo la piel el virus podía extraviarse antes de llegar al cerebro y para comprobarlo había que inyectarlo directamente en el cerebro. Había que hacer un pequeño agujero en el cráneo de un perro e inocularlo sin causarle daños. Roux le dijo que no había problema, pero Pasteur se negó a hacer ese experimento: - Pero ¿qué me está diciendo? ¡Taladrar el cráneo a un perro! Le haría un daño tremendo al pobre bicho, y además, le estropearía el cerebro, le dejaría usted paralítico. ¡No! ¡No puedo consentirlo! Suerte que, para Pasteur y la humanidad, Roux fue desobediente. Aprovechando una ocasión en que nuestro héroe tuvo que salir del laboratorio para asistir a una reunión, anestesió un perro sano con cloroformo, le hizo un pequeño agujero en la cabeza, puso en una jeringuilla una pequeña cantidad de cerebro machacado de un perro recién muerto de rabia, y por el agujero practicado en el cráneo del perro anestesiado metió la aguja de la jeringuilla y lentamente inyectó la mortífera substancia rábica. A la mañana siguiente Roux contó a Pasteur lo que había hecho. Aún no habían transcurrido dos semanas, cuando el pobre animal empezó a lanzar aullidos lastimeros, a desgarrar la cama y a morder los barrotes de la jaula muriendo a los pocos días. Ahora tenían una forma segura de inocular la rabia. Un día, uno de los perros inoculados con la substancia procedente del cerebro virulento de un conejo, dejó de ladrar, de temblar y, milagrosamente, se puso bien por completo. Pocas semanas más tarde, inyectaron en el cerebro a este mismo animal, una nueva dosis. La pequeña herida de la cabeza sanó rápidamente; Pasteur vigilaba muy atentamente pero durante meses enteros el perro siguió viviendo, juguetón, en su jaula. Fue el primer animal que había sobrevivido a los efectos del virus fatal, Estaba inmunizado por completo. En aquel momento abrió los ojos: cuando un animal había estado rabioso y curado, no volvía a recaer. Ahora tenían que encontrar el modo de atenuar el virus. Sus ayudantes dijeron que sí a todo lo que propuso el maestro, aunque estaban perfectamente seguros de que no existía manera de poder atenuar el virus. Pero el tesón de Pasteur pudo con ellos. Descubrieron que si ponían a secar durante catorce días, en un matraz especial a prueba de microbios, un pequeño fragmento de médula espinal de un conejo muerto de rabia; al inyectarlo en el cerebro de perros sanos, estos no morían. Luego, pusieron a secar otros fragmentos de la misma substancia virulenta, durante doce, diez, ocho, seis días, y ver si podían contagiar a los perros nada más que un poco de hidrofobia. Tal como los perros así tratados saltaban y olfateaban en sus jaulas sin dar señales de anormalidad alguna, los otros que no habían recibido las catorce dosis preventivas de cerebro desecado de conejo, lanzaban los postreros aullidos y morían rabiosos. Pasados tres años, Pasteur escribía a su amigo Jules Vercel: Ni uno solo de mis perros ha muerto a consecuencia de la vacuna. Todos los mordidos han quedado perfectamente protegidos. Tiene que suceder lo mismo con las personas, tiene, pero … me siento muy inclinado a empezar conmigo mismo, a inocularme la rabia y tener después las consecuencias, porque empiezo a tener mucha confianza en los resultados. Y aquí es cuando llegó la madre del principio de nuestra historia. - ¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur! Pasteur le dijo que volviera aquella misma tarde a las cinco. Fue a ver a dos médicos, grandes admiradores suyos, Vulpian y Grancher, que habían estado en el laboratorio y sido testigos de cómo podía preservar de la rabia a los perros gravemente mordidos. Por la tarde fueron al laboratorio para examinar al niño mordido, y al ver Vulpian las sangrientas desgarraduras, dijo: - Empiece usted. Si no hace usted algo, es casi seguro que el niño muera. Y en aquella tarde del 6 de julio de 1885, fue hecha a un ser humano la primera inyección de microbios atenuados de hidrofobia. Consistía en extractos de médula espinal de conejos conservada en un frasco abierto durante 15 días. Se le aplicaron otras 12 inoculaciones en los 10 días siguientes con extractos de virulencia progresivamente mayor. Día tras día, el pequeño Joseph Meister soportó las restantes inyecciones. El muchacho jamás presentó el menor síntoma de la espantosa enfermedad. Una vez que salió indemne de la prueba, Pasteur perdió el miedo y dijo al mundo que estaba dispuesto a defender de la hidrofobia a todos sus habitantes. El 26 de octubre de 1885 leyó ante la Academia de Ciencias “Un método para prevenir la rabia después del mordisco”. El mundo no tardó en aprovecharse de su descubrimiento. Muchas personas pasaron por el laboratorio de la rué d’Ulm. Los encargados del laboratorio no paraban de preparar cultivos y más cultivos para las inyecciones y hubo que suspender todo trabajo de investigación en aquellas series de habitaciones pequeñas y abarrotadas, mientras Pasteur, Roux y Chamberland iban clasificando muchedumbres políglotas de mutilados que en una veintena de lenguas diferentes suplicaban: - ¡Pasteur, sálvanos! Un total de 2.500 víctimas de mordeduras recibieron la vacuna en los 15 meses siguientes. Todo el mundo reconoció abiertamente sus méritos. Empezó a llegar dinero en sumas que alcanzaron millones de francos para contribuir a la construcción de un laboratorio donde Pasteur pudiera disponer de todo el material necesario y seguir la pista a otras enfermedades. Los trabajos empezaron inmediatamente. El arquitecto se negó a percibir los honorarios y los constructores sólo aceptaron el pago de los gastos. El laboratorio fue construido pero nuestro héroe tenía entonces 63 años y salvar esas vidas liberó la tensión que había acumulado durante cuarenta años de incesante investigación. Y no era para menos. Os recuerdo que durante su vida aclaró a Biot el problema de la polarización del ácido racémico, introdujo la pasteurización para salvar a los viticultores franceses; postuló la existencia de los gérmenes vapuleando a la generación espontánea; salvó a Francia del problema de su industria de la seda; tuvo un ataque de parálisis casi a los 50 años que había estado a punto de acabar con él y aun así quiso alistarse como voluntario para la guerra de Francia contra Prusia pero, como no le dejaron, observó las peligrosas condiciones de los hospitales militares y utilizó su fama para conseguir que los médicos, enfrentándose públicamente a ellos, hirviesen sus instrumentos y pasaran las vendas por vapor para matar los gérmenes y prevenir las muertes por infección recordándonos las enseñanzas de Semmelweis; obtuvo vacunas eficaces contra el cólera de los pollos, el carbunco y la erisipela del cerdo; estableció unos métodos de trabajo para la investigación bacteriológica rigurosos, exigentes y exactos que han permitido seguir con los estudios en este campo sin superar sus fundamentos. La era de las vacunaciones y antibiótica son gracias a él, así que ya sabéis a quién dar las gracias por vuestra salud y bienestar. De hecho, más de 40 enfermedades contagiosas son curables hoy día como resultado directo de los métodos que dijo. Por si fuera poco, se la jugó una vez más para salvarnos a todos de la rabia. Y todo esto en una sola vida. En 1888 finalizó la construcción del Instituto Pasteur para curar casos de rabia. Se inauguró el 14 de noviembre de aquel año. Pasteur no pudo pronunciar una sola palabra en la ceremonia de inauguración e hizo que la leyera su hijo mientras él se secaba las lágrimas. Hoy día es el centro más famoso del mundo en investigaciones biológicas y trabajan científicos de todas las nacionalidades. Allí se han desarrollado numerosas vacunas y se continúa en el estudio de virus y microbios intentando controlar miles de enfermedades. Uno de los últimos logros de estos laboratorios fue el hallazgo del VIH, causante del SIDA, por parte de Luc Montagnier. El día en que cumplió 70 años fue declarado el hijo más insigne de Francia en una celebración con carácter de fiesta nacional que tuvo lugar en la Sorbonne. Asistieron todos sus estudiantes y discípulos. Pasteur entró al recinto del brazo del Presidente de la República mientras la guardia republicana tocaba una marcha triunfal. El ministro de Instrucción Pública, M.Charles Dupuy, tomó la palabra y después de enumerar los trabajos de Pasteur, agregó: ¿Quién puede valorar en este instante lo que la humanidad os debe y lo que os deberá con el tiempo?. Hasta Joseph Lister se trasladó expresamente desde Inglaterra al evento para decirle: Usted ha levantado el velo que cubrió a las enfermedades infecciosas durante siglos; usted ha descubierto y demostrado su naturaleza microbiana. El gran hombre estaba muy débil para hablar a los delegados que habían llegado de todas partes del mundo. Volvió a ser su hijo quien leyera el discurso, en el que expresaba su creencia invencible de que la ciencia y la paz triunfarían sobre la ignorancia y la guerra, así como su fe de que el futuro no pertenecería a los conquistadores, sino a los salvadores de la humanidad. Lástima que en este punto estuviera equivocado pensando que las generaciones venideras serían mejores. Louis Pasteur murió en 1895, en una modesta casa próxima a las perreras donde conservaba los perros rabiosos; en Villenueve l’Etang, a las afueras de París. Su fin fue el de un católico ferviente, el de un místico, tal como lo había sido toda su vida: un crucifijo en una mano y la otra estrechada por madame Pasteur, su colaborador más paciente, más desconocido y más importante. En torno del lecho se agrupaban Roux, Chamberland y otros investigadores a los que había inspirado; hombres que habían arriesgado la vida ejecutando fantásticas correrías contra la muerte, y que, de ser posible, hubieran dado sus propias vidas ahora para salvar la del maestro. Sus últimas palabras fueron: “Uno debe trabajar, uno debe trabajar. Hice lo que pude”. Impresionante. Su funeral fue el propio de un jefe de estado en la Catedral de Notre Dame. En su lápida se leen hoy sus palabras: Feliz aquel que lleva consigo un ideal, un Dios interno, sea el ideal de la patria, el ideal de la ciencia o simplemente las virtudes del Evangelio. Es dudoso que en toda la historia de la humanidad haya otro científico haya sido honrado de esa manera. Hasta la profesión médica que tanto se había molestado por ser un “simple químico” le ofreció homenaje. Y no podría hacer otra cosa: aplicando sus métodos antisépticos la mortalidad descendió en los hospitales en un 55% y los de maternidad también de forma espectacular. Está reconocido como uno de los científicos más grandes de la Historia. Y ya sé que las comparaciones son odiosas pero si queréis hacerlo, en lo que a ciencias biológicas se refiere, tendréis que tirar de gigantes de la talla de Aristóteles o Darwin. Joseph Meister, el niño al que había salvado, creció y acabó trabajando de portero de dicho Instituto en cuyos sótanos estaba enterrado el gran hombre que le había salvado la vida de niño. En 1940, con 64 años y siendo todavía portero, los nazis tomaron París. Por curiosidad, un oficial nazi le ordenó que abriese la cripta de Pasteur. Antes que hacerlo prefirió suicidarse. dijo:Te animo a que te intereses por esos dominios sagrados llamados expresivamente laboratorios. Ten en cuenta que son los templos del futuro, la salud y el bienestar. En ellos la humanidad crecerá, se fortalecerá y mejorará. Allí, la humanidad aprenderá a progresar entendiendo la armonía de la naturaleza, evitando así su tendencia hacia la barbarie, el fanatismo y la destrucción (Louis Pasteur). Fuente http://www.historiasdelaciencia.com/?p=293
Mienten con Papel PrensaPor Jorge FontevecchiaDesde que el Gobierno se enfrentó a Clarín, varias veces sentí el abrazo del oso de los kirchneristas tratando de sumarme o usarme para sus intereses. Frustrados por el rechazo y reavivados esta semana por Papel Prensa, desde la televisión oficialista me acusan de ser “esbirro (persona pagada por otro para actuar violentamente en su lugar) de Magnetto”, y desde los diarios oficialistas, de padecer síndrome de Estocolmo por ser víctima del abuso de posición dominante de Clarín y La Nación y defenderlos. El propio jefe de la bancada de diputados del Frente para la Victoria, Agustín Rossi, en su argumentación a favor de la aprobación de la ley que declara de interés nacional la fabricación de papel para diarios, citó las críticas que fui formulando sobre Clarín.Es cierto que Perfil padece la fuerte competencia de Clarín y La Nación más que ninguna otra editorial del país. A comienzos de este año, el mismo día que esta empresa lanzaba el diario popular Libre, Clarín lanzó otro similar llamado Muy, algo inédito en la historia de los diarios del mundo. Y con la advertencia de que si Libre costaba más barato Clarín también bajaría el precio de sus diarios, el sistema de distribución no permitió que Libre se vendiera a la mitad del precio de los otros diarios, como es lo normal en diarios populares de todo el planeta. Pero casi en la misma fecha La Nación sí pudo lanzar una competencia directa de la revista Caras, de Editorial Perfil, con un precio significativamente menor. Esto sólo por contar los conflictos de este año.Pero el dolor que dejan los golpes en las batallas no puede alterar la percepción de la realidad. Personalmente, sigo juzgando inadecuada la intervención del Gobierno sobre Papel Prensa, lo que no quiere decir que Clarín y La Nación no merezcan críticas por Papel Prensa. Trataré de ser lo más equitativo posible con ambas partes en pugna.Clarín y La Nación sostienen que hoy (en el pasado no era así) no se le produce ningún perjuicio a quien no tenga cupo para comprar papel de Papel Prensa y deba buscar papel de otra procedencia, porque el precio del papel importado es de US$ 680 la tonelada cuando el de Papel Prensa es de 753. Siguiendo la escuela del Gobierno, todos mienten a medias.A US$ 680 la tonelada sólo pueden comprar Clarín, La Nación y Perfil, los tres mayores importadores de papel del país, porque para conseguir ese precio es necesario hacer una compra de 5 mil toneladas juntas y pagar al contado US$ 3,5 millones.Además, tener depósitos para almacenar dos meses de stock. La mayoría de los diarios, y ni qué hablar los diarios pequeños del interior a los que no les vende Papel Prensa, deben comprar de a diez toneladas a un revendedor local, un mayorista que compra para fraccionar y revender (la diferencia entre el Mercado de Liniers y la carnicería) y pagar desde el 20% más caro.Pero miente más el Gobierno cuando dice que al declarar de interés público la fabricación de papel beneficiará a todos los excluidos de Papel Prensa. El Gobierno declara que su plan es aumentar el capital de Papel Prensa con inversiones que permitan producir 30% más de papel: hoy fabrica 175 mil toneladas y el consumo de todos los diarios del país es 225 mil. El objetivo supuesto es que las 50 mil toneladas de papel que hoy se importan se fabriquen en el país.Si así fuera, Editorial Perfil, que sí puede comprar su papel importado a US$ 680 dólares la tonelada, podría estar obligada a comprárselo a Papel Prensa a 753. ¿Cómo obligarían a Perfil a comprar su papel en Papel Prensa? Prohibiendo la importación de papel o colocándole un arancel a la importación de forma que el papel importado cueste más caro que el nacional. En cualquiera de los casos, ningún beneficio.¿Por qué Clarín y La Nación no hicieron las inversiones necesarias que el Gobierno demanda para abastecer todo el consumo argentino?Primero, porque no tienen el poder del Estado para garantizarse que todos los diarios estén obligados a comprarle a Papel Prensa. Perfil, más varios de los revendedores que compran grandes cantidades para fraccionar, preferirían seguir comprando papel importado que hoy se puede conseguir 10% más barato.Segundo, porque no ganarían nada si Papel Prensa produjera todo el papel que Clarín y La Nación precisan más el de todos los diarios que deseen comprarle. Tendrían que invertir en una actividad que no da ganancia y que hoy (reitero, en el pasado fue distinto) les cuesta más barato importar lo que les falta para completar su consumo.Clarín y La Nación se abastecen en el 90% de Papel Prensa e importan alrededor del 10% de su consumo. Así, la empresa puede justificar ante los diarios pequeños por qué no tienen más cupo para venderle, siendo que hasta sus propios accionistas deben importar papel.¿Y, entonces, para qué Clarín y La Nación tienen Papel Prensa si ya no les trae ningún beneficio? Hay dos respuestas: en el pasado sí les trajo muchos beneficios. Y la respuesta actual sería que si la Argentina tuviera seguridad jurídica, Clarín y La Nación ya deberían haber vendido Papel Prensa como sí lo hicieron los diarios O Globo y O Estado de São Paulo, que eran dueños de la equivalente a Papel Prensa de Brasil. La fábrica se llama Pisa y hace diez años la vendieron a la multinacional noruega del papel Norske, que también es dueña de una de las dos empresas de Chile que fabrican papel para diarios: Bio-Bio. En Chile hay otra empresa similar que se llama Inforsa.De las cuatro fábricas de papel en Sudamérica (dos en Chile, una en la Argentina y otra en Brasil), Norske es la única que actúa en dos países –Brasil y Chile– y hace algunos años quiso entrar a la Argentina ofreciéndole a La Nación y Clarín (fueron explorados en ese orden) comprar Papel Prensa. El precio que propusieron equivalía al 120% de las ventas. En 2003, Papel Prensa producía 150 mil toneladas y el precio por tonelada entonces era de US$ 500, lo que daba un valor total para el 100% de la empresa de US$ 90 millones. Hoy, con 175 mil toneladas de fabricación y US$ 753 dólares por cada una, el valor del 100% de Papel Prensa sería US$ 158 millones. La Nación recibiría por su 22,5% de las acciones alrededor de US$ 35 millones y Clarín por su 49%, alrededor de 77 millones.Pero no venden por la falta de seguridad jurídica, algo que no padecen Brasil y Chile, donde a diferencia de la Argentina no existen mayorías legislativas aplastantes que pueden cambiar las leyes de importación o funcionarios con el poder de Moreno para imponer trabas a la importación de todo tipo o a la adquisición de divisas. Tampoco existe en Brasil y Chile la volatilidad cambiaria que hubo en la Argentina y tener una fábrica de papel con costos y precios de venta en pesos, que abastezca sin necesidad de pedido de permisos de importación, resulta un seguro que no necesita ningún diario brasileño o chileno.Actualmente, el papel se importa con licencia automática, es decir, sin tener que esperar autorización del Estado, pero si esto fuera modificado y/o se colocaran gravámenes que encarecieran la importación de papel, allí se estaría produciendo la paradoja de que “papel para todos” sea papel preferentemente para los amigos.Entre las voces de la oposición que se escucharon en el Congreso, la frase más lograda fue la de Eduardo Amadeo, quien dijo: “La verdadera intención del oficialismo es declarar de interés público (no al papel sino) al libre pensamiento para que pueda ser objeto de control de Estado”.Mañana PERFIL publicará una excelente columna de Jorge Lanata, donde recorre la historia del peronismo con el papel, los diarios y el periodismo, y empíricamente se comprueba que cuando se declaró de interés público el papel fue para quitarlo de la esfera privada y darle el control arbitrario al Estado.La falacia kirchnerista está muy bien construida: ¿quién se puede oponer a que todo el mundo tenga al mismo precio todo el papel nacional que quiera, y todos, amigos y no amigos, en las mismas condiciones? Nadie mientras no sea ésa la única alternativa y se pueda comprar libremente y sin encarecimientos papel importado. De lo contrario, el fin declamado termina siendo el opuesto al logrado.Otra garantía jurídica que se debe cumplir será el justo resarcimiento a Clarín y La Nación por los cambios de condiciones. Si el Estado piensa aumentar el capital de Papel Prensa para producir más pero, también, para dejar en minoría accionaria a estos dos diarios, debería preguntarles si desean continuar siendo socios de la empresa en estas nuevas condiciones y, en el caso de que prefirieran dejar de ser socios, que se los indemnice comprando sus acciones al valor que podrían haberlas vendido en el mercado.Aquí aparece la otra paradoja de esta construcción: si Clarín y La Nación dejaran de ser dueños de Papel Prensa, que es lo que correspondería si el Estado los indemnizara, ¿para qué Clarín y La Nación querrían comprarle el papel a Papel Prensa y no comprar en su lugar papel importado, que cuesta 10% menos? Y en ese caso Papel Prensa quebraría, porque hoy Clarín y La Nación compran el 74% de todo el papel que se fabrica allí. No tendrían a quién vendérselo y mucho menos si invierten en ampliar la fábrica para que produzca un 30% más. En esa hipótesis, Papel Prensa pasaría a fabricar 225 mil toneladas por año y solamente tendría compradores por alrededor de 70 mil.Claro, siempre y cuando no prohíban la importación. Todo indica que para que se cumplan los propósitos de la nueva ley el Gobierno prohibiría o limitaría drásticamente la importación, en cuyo caso el remedio sería peor que la enfermedad. He escuchado a tanta gente opinar sin conocer y, manipulada por las usinas del Gobierno, con buena intención creer que es bueno aquello que puede ser malo porque carecen de la información completa, que es compleja y requiere un conocimiento técnico profundo.Por último, para ser justos, deseo criticar a Clarín. Cuando dice que el Gobierno hará con el papel lo mismo que hizo con la publicidad oficial, esto es, repartirlo entre amigos y castigar a adversarios, sería justo decir que también Clarín hizo eso con el papel de Papel Prensa: mientras el papel nacional fue más barato que el importado, Editorial Perfil no tuvo acceso a comprar en Papel Prensa. Y lo mismo se podría decir de la publicidad: el diario PERFIL no puede contar con los avisos de grandes vendedores de electrodomésticos porque Clarín tiene contratos de exclusividad que expresamente penalizan a esos anunciantes por publicar en medios competidores.O sea, el Gobierno y Clarín se comportaron igual tanto con la publicidad como, se supone ahora lo harán, con el papel. Pero siempre serán más graves malas prácticas en el Estado que en cualquier privado, tenga el tamaño que fuere, como bien quedó demostrado en la última dictadura.

Con la llegada del Ejército Rojo a Prusia Oriental, a finales de la 2ª Guerra mundial, se produjo una oleada de refugiados alemanes hacia el oeste, escapando de las tropas soviéticas, ya que era bien sabido el trato que la población alemana podía recibir de estas. Más de un millón de refugiados se dirigieron a Danzig y otros puertos en el Báltico con la esperanza de ser evacuados.Un grupo de mujeres haciendo el saludo nazi sobre la cubierta Wilhelm GustloffDurante la gélida noche del 30 de enero de 1945, más de 60.000 refugiados alemanes de ambos sexos se apretujaban, luchando contra el pavor y el frío, en el muelle del puerto báltico de Gotenhafen. En medio de una selva de empujones, golpes y gritos, se afanaban desesperadamente por subir al crucero Wilhelm Gustloff, a bordo del cual podrían llegar a Dinamarca.Esa noche de Enero de 1945 el trasatlántico Wilhelm Gustloff zarpó del puerto polaco de Gdynia -Hitler lo había rebautizado como Gothenhafen- lleno hasta los topes, con 8.000 personas a bordo según documentos oficiales (algunas informaciones hablan de más de 10.000 pasajeros. El número exacto real se desconoce dado lo desesperado de la situación).Sin buques de guerra para escoltarlo y con sólo 12 lanchas salvavidas colgando de los pescantes, navegaba lentamente por el Báltico, por lo que se convirtió en un blanco fácil para los submarinos rusos. A las 23.08 del 31 de Enero, uno de ellos, el S13, le lanzó tres torpedos. El Wilhelm Gustloff volcó y 2.000 refugiados de la cubierta de paseo más baja se ahogaron de inmediato. Cerca de una hora más tarde el trasatlántico se hundía en las heladas aguas del Báltico. Los buques de guerra alemanes rescataron a 960 supervivientes, algunos de los cuales morirían de frío poco después. En total perecieron unas 7.000 personas, cinco veces más que en el hundimiento del Titanic. Antes del fin de la guerra -4 meses después- los submarinos soviéticos hundieron 23 buques más.Hoy en día el Gustloff reposa, en tres secciones, a 90 metros de profundidad. En 2004 se organizó una expedición para filmar sus restos.
La pesadilla a la que no se acostumbran los maquinistas Los conductores de trenes asisten a un promedio de 30 muertes durante su vida laboral "Cuando matás a alguien, lo matás varias veces: en el accidente, ante la empresa, ante el juez, ante los psicólogos, el abogado y, al menos un par de veces, con tu familia y amigos. Seis o siete veces lo matas", enumera con los dedos callosos por el continuo manejo de la manivela, Miguel González, maquinista por herencia familiar y vocación desde hace más de 20 años. LA NACION acompañó a este hombre de 45 años durante uno de los recorridos que realiza cinco días a la semana entre Once y Castelar-Moreno, en la línea Sarmiento. González está dentro del promedio de maquinistas que llega a jubilarse con treinta muertes. Pero entre sus colegas del Sarmiento hay uno que duplica y otro que triplica la media. "Uno de mis compañeros ya tiene 89 muertes y otro llegó a las 65 y le faltan tres años para jubilarse", dice. Desde el pequeño habitáculo del tren, que data de 1957, González cuenta cómo es su trabajo y recuerda los accidentes que le tocaron protagonizar en sus años al frente de una formación. "Un sueño recurrente para todos los maquinistas es despertarnos a mitad de la noche y sentir el ruido de los huesos debajo de la cama", dice, como si se tratase de un saber vox pópuli. Luego explica: "Cuando se atropella a una persona, el tren no le pasa por encima, sino que lo enrolla, lo envuelve hacia adentro. Primero se siente cómo se quiebran los huesos, es un sonido similar a cuando se rompe una madera. Después, debajo de nuestros pies, sentimos el ruido de las piedras entre las vías, que son levantadas por el cuerpo de la persona y rebotan sobre la chapa, debajo nuestro. Por eso los maquinistas apretamos la bocina ante un accidente: para tratar de no oír todos esos sonidos". González siguió los pasos de su padre y de su abuelo, también maquinistas. Hace pocos días se enteró, por intermedio de su mujer, que su hijo Mauro, de 18 años, quizá sea la cuarta generación de González al frente de una formación. Su padre está contento con la noticia, pero también sabe que este trabajo deja marcas imborrables. "Uno nunca se acostumbra a los accidentes. Si algún día me pasa eso, dejo de ser maquinista. No te podés acostumbrar a matar a alguien o a chocar un camión o un auto", reflexiona antes de recordar su último accidente mortal. "Siempre sabemos quién era" "Un matrimonio quiso ganarle a la barrera, no llegó y los choqué. La mujer salió despedida del auto y murió en el acto. Me dijeron que estaba embarazada. El marido murió cuando iba al hospital. De todo eso me enteré por rumores o comentarios; siempre sabemos de quién se trataba, a qué se dedicaba y demás. Un año después, me llega una citación para declarar porque me habían iniciado un juicio por ese caso. Cuando pregunté quién era el denunciante me enteré que era el hombre del auto. Allí supe que estaba vivo y que su mujer no estaba embarazada. O sea, en cierto modo fue un alivio saber que no cargaba con tres muertes", dice. "Nosotros ya sabemos cuándo alguien se va suicidar. Más del 70 por ciento actúa de la misma manera -explica con la voz de una persona resignada a enfrentar esa fatalidad-. En el caso de las mujeres, la gran mayoría está de espaldas a las vías. No quieren ver venir el tren. Sólo giran unos instantes antes de que lleguemos. Los hombres, en ese sentido, son más valientes. Se paran de frente al tren y te miran. Sos la última persona que los ve con vida." Miguel accedió a la entrevista cuando supo que el motivo de esta investigación era contar la importancia de los pasos bajo nivel. "Si los hicieran, se salvarían muchas vidas", reflexionó con los ojos brillosos cuando comenzaba a caer la fría tarde y la formación se acercaba a Castelar. En ese momento, su rostro se reflejó en el antiguo y gastado vidrio del coche número 13 y pudo advertir que entre esas vidas que se salvarían del horror estarían las de los maquinistas como él. http://www.lanacion.com.ar/1288154-la-pesadilla-a-la-que-no-se-acostumbran-los-maquinistas
Marchesini o creer o reventar Marchesini, generaba hechos que no tienen una explicación lógica o racional, de carácter médico o científico. Aunque jamás sustituyó la labor de un facultativo diplomado, no daba recetas o medicamentos, ni efectuaba curaciones. Hijo de inmigrantes italianos, Marchesini, había nacido en Cosquín el 8 de diciembre de 1906, “aspiraba a ser médico”, pero no llegó a diplomarse. En esta nota, una historia interesante que rescata el periodista ciudadano. Eduardo Alberto Planas Corría la década del cincuenta. A mi padre -Eduardo Manuel Planas- le había tocado hacer el servicio militar en la Marina, más precisamente en la ciudad de Bahía Blanca, caracterizada por su clima frío. Como recordarán, en esa época en la Marina se cumplían dos años de instrucción militar. Al regresar, continuó con su trabajo en la fábrica de cemento Minetti, ubicada en Dumesnil, provincia de Córdoba como electricista. Trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Luego tomaba el ómnibus de La Calera y se iba a la Universidad Tecnológica donde estudiaba Ingeniería Electromecánica., regresando a su casa alrededor de la una de la madrugada. Todos los días lo mismo. En esa época estaba de novio con mi madre -Sara Elvira Gómez-, quién vivía en Villa Rivera Indarte, en esa época zona residencial de veraneo de las familias tradicionales de Córdoba. Se veían sólamente los fines de semana. Por ese tiempo, mi padre comenzó con dolores óseos. Los médicos le diagnosticaron "reuma". Al pasar el tiempo y como los dolores persistían, mi madre le aconseja hacer una consulta con una especie de médico homeópata muy conocido en Córdoba, llamado Marquesinni, que vivía en Villa Rivera Indarte, pero tenía su consultorio en barrio General Paz, más precisamente en calle 24 de Setiembre al 1200. Esa persona no atendía a la gente directamente, sino que había que llevarle un pañuelo del enfermo. El, diagnosticaba y daba unas de gotas. No recetaba, ya que no podía hacerlo: no era médico. Era más bien una especie de “vidente”. Mi padre le dio el pañuelo a mi madre que se lo llevó a Marchesini. Al verlo dijo: "Este hombre tiene reuma, yo lo voy a curar, tiene que tomar veinte gotas todas las noches de este frasco durante un mes”. Así las cosas mi padre recibió el frasco. A la noche tomaría lo recetado. Pero al regresar de trabajar y luego de cenar se dispuso a ingerir las gotas. Tomó el frasco pero se le cayó al suelo y se derramó el líquido. No dijo nada a nadie. Al sábado siguiente le entregó nuevamente un pañuelo a mi madre, sin decirle nada de lo sucedido. Ella, llevó el pañuelo y cuando Marchesini abrió la puerta, tenía en sus manos un frasco y le dijo: “Tome, aquí está el frasco que se le rompió a su novio; dígale que esta vez lo tome íntegro y se va a curar”. Sorprendida mi madre, ya que no sabía nada, tomó de todas maneras el frasco y se lo dio el fin de semana a mi padre. Esta vez pudo cumplir con lo dicho por Marchesini, ingiriendo las gotas pertinentes durante ese lapso de tiempo. Nunca más se habló de reuma. Se curó definitivamente. Nota: Marchesini era famoso por ese tipo de cosas en todo Córdoba. Se hablaba de curaciones milagrosas, gente que estaba postrada y luego se recuperaba. No atendía a los enfermos directamente sino que se le debía llevar siempre algo personal del mismo: un pañuelo, una ropa que tuviera contacto con su cuerpo. Tantos fueron las curaciones que la gente recuperada le hizo labrar una placa que está actualmente en la vereda de la calle 24 de Setiembre, al lado de una Estación de Servicios. Esta historia es verídica y fue relatada el 5 de agosto de 2010, por mi tío Cesar Augusto Planas Osorio. Su suegra, fue tratada también por Marchesini. Se encontraba postrada y los médicos no sabían que tenía. Fueron a lo de Marchesini en General Paz. Le llevaron uno o dos pañuelos que encontraron presuntamente de ella. Al tocar el pañuelo Marchesini dijo que a esa persona le quedaba poco tiempo de vida. Flor de susto. Pero nada le pasó a aquella, pero al poquito tiempo falleció su suegro. Se habían equivocado de pañuelo. Su suegra fue longeva falleciendo mucho tiempo después. Enrique Marchesini, de él se trata, era un verdadero personaje cordobés que en el siglo pasado y durante más de cuarenta años, colaboró con algunos médicos, en el barrio General Paz de esta ciudad, más precisamente en la avenida 24 de Setiembre al 1.200, casi esquina Jacinto Ríos. Estos episodios hoy todavía se recuerdan y, por supuesto, no tienen una explicación lógica o racional, sea de carácter médico o científico. Eso sí, jamás sustituyó la labor del facultativo diplomado, no daba recetas o medicamentos, ni efectuaba curaciones. Hijo de inmigrantes italianos, Marchesini, había nacido en Córdoba (Cosquín) el 8 de diciembre de 1906, “aspiraba a ser médico”, pero no llegó a diplomarse, actuando “paralelamente a la ciencia médica”. Colaboraba, incluso por pedido de los propios médicos, sin dar recetas ni efectuar curaciones, sobre la base de diagnósticos precisos respecto a las dolencias de quienes lo consultaban. “Describía los rasgos más característicos de cualquier persona desconocida para él, bastándole que dicha persona trazase una raya cualquiera con un lápiz sobre un papel, al mismo tiempo que recorría con uno de los dedos de la mano el trazo del lápiz, y, previo un instante como de inspiración suscitado por la lectura de las estrofas de algunos versos que tenía escrito en una libreta”, producía su diagnóstico. Su metodología “era simple y despejada de rituales” prefiriendo “que el enfermo no asistiera, para no ser influido por su presencia o por las noticias graves” que pudiera dar. Tocaba la prenda que le llevaban o -como ya se ha dicho- pasaba luego la mano en alguna escritura; después posaba la vista en un pequeño libro, lo que era un pretexto más que nada para concentrarse unos segundos y a veces inquiría algunos datos del enfermo para asegurarse del pronóstico o del diagnóstico. Realizó diagnósticos por más de cuarenta años en esta ciudad, por lo que su fama excedió la provincia y el país, obteniendo el respeto de los propios médicos que a veces lo consultaban para confirmar sus propios diagnósticos. Marchesini tuvo un 100% de aciertos. Cabe destacar que Marchesini fue la única persona que sin ser médico fue autorizado oficialmente por la las autoridades sanitarias de la época para realizar diagnósticos. Si uno entra caminando dentro de la actual estación de servicios ubicada en avenida 24 de Setiembre, esquina Jacinto Ríos, fácilmente descubrirá una inscripción que existe en el piso o en el cemento de la misma playa donde podrá leer lo siguiente: “Por este solar pasaron cientos de miles en busca del diagnóstico de sus dolencias. Enrique Marchesini, un ser excepcional, dejó sus huellas cósmicas aquí”. Fotos: Eduardo Planas