guillecalancha
Usuario (Argentina)
es un fragmento de una monografía que hice para la catedra de Sociología, lo comparto con ustedes.. saludos La inseguridad y los medios de comunicación Hoy en día en la Argentina se viven momentos sumamente difíciles, en los cuales la inseguridad violenta resulta ser una de las peores patologías que el ciudadano argentino está obligado a soportar. La inseguridad es un fenómeno que, de un tiempo a esta parte, se ha ido acrecentando de manera tal que afecta a todos los estratos sociales sin hacer distinciones de ningún tipo. Por el otro extremo encontramos a los medios de comunicación, encargados de difundir la realidad que el país atraviesa, dotados de un poder que les permite entrar en cualquier hogar y llegar a todos los ciudadanos. En reiteradas ocasiones nos encontramos con que la realidad que los medios difunden no es la misma que la que nosotros percibimos en las calles. Lo cierto es que, en Argentina, el índice de delincuencia es inferior al de otros países latinoamericanos como Brasil, Colombia, Paraguay y Venezuela. Sin embargo, la preocupación de los argentinos por la inseguridad figura entre las más elevadas del mundo . Y no sólo hay una clara distinción entre realidad y percepción. Argentina también está profundamente dividida en cuanto a cómo hacer frente a la creciente criminalidad. Mientras que la derecha reclama mano dura, la izquierda pide más acciones contra los problemas sociales que originan la delincuencia. Ante esto es necesario preguntarse: ¿La sensación generalizada de miedo que nos reproducen los medios de comunicación, está basada en la realidad o se genera sólo por la imagen que los mismos nos ofrecen sobre el tema? La inseguridad Las causas de la inseguridad en la Argentina El fenómeno de la inseguridad crece cada día a pasos agigantados. Para buscar las causas que generaron la situación actual es necesario echar una mirada al pasado. Tanto la crisis de 2001, como la ineptitud de las medidas sociales tomadas por los gobiernos y la corrupción de los sistemas judicial, policial y penitenciario, han logrado efectos puramente negativos en la sociedad, entre los que podemos nombrar, pobreza, anomia, exclusión social, deserción escolar, desocupación, desestructuración de la familia, entre otras. La suma de estos factores aleja a las personas de clases sociales bajas de ciertas instituciones fundamentales para la adquisición de valores y formación personal, como lo son la escuela y la familia. La pobreza es, quizá, la causa madre generadora de la inseguridad en la Argentina. El aumento del costo de vida y la dificultad para conseguir trabajos dignos, provocan la imposibilidad de acceder a los recursos básicos para el desarrollo físico y psíquico de los individuos. La marginación y exclusión social que viven los sectores sociales más carenciados, hace que busquen una forma de sobrevivencia alternativa, esto es, en la gran mayoría de los casos, el delito. El problema educativo adquirió gran notoriedad en la última década. Se cree que la deserción escolar ha aumentado un 130% entre el 2000 y el 2008, y según un censo realizado por el Instituto Nacional de Calidad y Evaluación (INCE), el total de analfabetismo en el país, es del 2,6% y de 1,6% en el Gran Buenos Aires -el mayor cordón urbano del país-. Otras cifras establecen que hay más de 1.000.000 de habitantes mayores de 18 años sin título secundario y de ese millón de habitantes, 800.000 son desocupados. Ante esto se percibe que al no tener una formación educativa básica, se torna imposible ingresar al mercado laboral, y de esta manera, mejorar su condición de vida. La inseguridad, además de los factores anteriormente nombrados, es producto de la corrupción, las malas decisiones políticas, y la ineptitud por parte de las instituciones encargadas de ejercer el control social. Sobre esta cuestión, encontramos dos aspectos salientes, el primero es la saturación de los establecimientos penitenciarios, que hace que la resocialización del reo se vuelva una utopía, produciéndose un efecto totalmente contrario al buscado –son más los casos de aquellas personas que al ingresar a la cárcel se vuelcan al delito, que los que logran su readaptación-; y la crisis del aparato policial, encargado de mantener el orden público y la seguridad de los ciudadanos, que desde hace un largo tiempo, se enfrenta con gravísimos problemas internos. El Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni hace una reflexión sobre la crisis de la fuerza policiaca, a la cual adhiero: «En 25 años no hemos tenido una reforma en la política policial, seguimos con medidas de hace 50 años. El policía debe ser un especialista, si la salud no se la damos a «cualquiera”, pasa lo mismo con la vida o con nuestra libertad, no se la tenemos que dar a “cualquiera” ». Dos miradas diferentes a un mismo problema Este país, parecería ser un lugar donde se vive en una permanente contraposición de discursos. Son reiterados los debates entre aquellos que intentan buscarle una solución al problema de la inseguridad. Así podemos encontrar dos criterios claramente definidos y contrapuestos, en un primer criterio encontramos a los que se postulan detrás de las llamadas “medidas de mano dura” que sostienen el castigo sin ningún tipo de utilidad, que intentan volver a los antiguos criterios de la ley del Talión, reclamando medidas retribucioncitas, donde el delincuente deba sufrir un castigo equiparable al hecho dañoso que cometió, es decir aplicar la pena sin ningún fin preventista o utilitarista. Basta hacer un poco de memoria y recordar los eternos debates mediáticos sobre la imposición de la pena de muerte y la baja de la imputabilidad para los menores de edad; o las aberrantes expresiones por parte de figuras públicas como: “a los delincuentes hay que meterles bala”, “un delincuente, una bala”, “el que mata debe morir”. Dentro de esta postura se enarbolan figuras mediáticas como Juan Carlos Blumberg y Constanza Guglielmi. En una vereda opuesta encontramos a los llamados “garantistas” que se caracterizan por el respeto a las garantías del individuo y a la ley y la búsqueda de soluciones al problema de la inseguridad a partir de criterios basados en la resocialización y en la prevención. Encontramos en esta postura a Eugenio Raúl Zaffaroni y Carmen Argibay, ambos jueces de la Suprema Corte de Justicia. La pena de muerte y la militarización policial como soluciones a la inseguridad En el último tiempo hubo gran exposición mediática sobre la imposición de la pena de muerte en nuestro país, lo que demuestra claramente la forma en que se tratan los problemas en tiempos postmodernos, no se busca la raíz del problema, si no una solución rápida al mismo. Lo cierto es que una muerte no se resuelve con otra muerte, lo que tendremos serán dos muertes y nunca la solución del problema. En los países donde se impuso la pena de muerte, no solamente no disminuyó el delito, sino que siempre está latente la posibilidad de ejecutar a personas inocentes. Como alguna vez dijo Mahatma Ghandi, “ojo por ojo y la humanidad quedará ciega”. Con respecto a la militarización de la fuerza policial, las opiniones son diversas, aunque la mayor parte de la sociedad, se postula en contra de esta propuesta. Esto es así, porque todavía se mantienen en la memoria del pueblo, los errores y horrores llevados a cabo durante la última dictadura militar. Los que ven esta medida como positiva, fundamentan que es una medida económica y políticamente útil que el ejército debidamente profesionalizado en necesidades cívicas, tuviera alguna función interna. Su personal bien podría contribuir en la investigación y prevención de delitos graves como el narcotráfico, trata de mujeres, tráfico de niños, etc. Una posible solución Desde mi punto de vista, la fórmula para frenar la inseguridad debe basarse en el fortalecimiento de las instituciones básicas que contribuyen a la formación del ser humano, como son la escuela y la familia, y principalmente la escuela, dado que desde una edad muy temprana concurrimos a ella, y es ahí donde se consolidan los valores con los que vamos a proyectar el resto de nuestra vida. En primer lugar, el gobierno debe imponer las políticas necesarias para el fortalecimiento de la educación y de esta menara fomentar la inclusión social, generando en los niños espíritu de responsabilidad, que con el paso del tiempo se convierte en cultura del trabajo. Esta medida debe ser acompañada por la creación de nuevos puestos de trabajo, dado que la persona que no tiene recursos para subsistir, pierde el interés por la educación y por cualquier otro tema, tal como lo dijo el escritor y dramaturgo francés Jean Anouilh “a uno que tenga hambre, dale primero de comer y después háblale de lo que sea; si empiezas por hablarle, sea de lo que sea, fracasarás, no lo dudes”. Los medios de comunicación El rol de los medios de comunicación Los medios de comunicación, poseen un poder de llegada a los ciudadanos tan extenso que se han convertido en el principal productor de subjetividad. Es a través de sus mensajes y contenidos, que se configuran y se crean opiniones, formas de pensar, de actuar y de sentir. Ellos son los que nos dicen que temas discutir y hasta cierto punto nos dicen que es lo que hay que pensar y decir. En tiempos postmodernos, donde la atención del ser humano dura escasos segundos y debe ser alimentada constantemente –aspecto característico de la llamada “mentalidad light”-, los medios de comunicación se ven obligados a llevar a cabo medidas extremas a la hora atraer a la audiencia. Estas medidas guardan estrecha relación con el fenómeno de la inseguridad, dado que los medios cuando no poseen otro fenómeno dominante, recurren como plan B, a la reproducción de sucesos policiales. Encontramos canales televisivos que dedican su programación completa a cuestiones referidas a la inseguridad, difundiendo exclusivamente aspectos negativos de la realidad. Droga, homicidio, robo, estafas, mafias, villas de emergencia, abuso sexual, violencia, cárceles; son sólo alguno los elementos predilectos que los medios sensacionalistas -lo que vulgarmente se conoce como “prensa amarillista”-, utilizan al momento de informar. Esto trae como consecuencias funestas como paranoia, discriminación, exclusión y división social. Además en ciertas ocasiones, los medios funcionan como verdaderas escuelas del delito, difundiendo nuevas técnicas delictivas, que posteriormente son imitadas por los delincuentes. El fenómeno de la desinformación El mundo globalizado permite que el flujo de información se mantenga en constante circulación, donde los accesos a la misma son fácilmente alcanzables por todos los individuos En la actualidad nos encontramos en presencia del llamado fenómeno de la desinformación, donde si bien la emisión de información es cada día más amplia, cada vez es más dificultoso obtener información objetiva, libre de la subjetividad que genera pertenecer a una empresa de multimedios o simpatizar excesivamente con un gobierno. Este fenómeno se da por los diversos recursos que los medios para manipular las noticias, demonización, uso de falacias, sobreinformación, negativismo, generalización, especificación, metáfora, eufemismo, desorganización del contenido, uso del adjetivo disuasivo, son solamente algunos de los tantos que se utilizan para atraer e influenciar la atención del individuo. El “enemigo en la sociedad” Cuando en la sociedad hay una situación que no se sabe cómo resolver, un nivel de angustia que hay que bajar o una conflictividad flotando por el aire, se inventa un enemigo. Ciertamente se parte de datos reales, eso se generaliza y se maximiza por los medios de comunicación, que a través de recursos hacen que los demás temas no atraigan al oyente. De esta manera se puede ver la estrecha relación entre la inseguridad y los medios de comunicación, no se busca encontrarle la solución al problema, si no que se trata de excluirlo, influenciando nuestra forma de pensar a tal punto de creer que el delincuente no es una persona cuya conducta ha sido desviada por las falencias del sistema, si no que se trata de un enemigo, un individuo que la sociedad necesita eliminar. Conclusión Luego de ahondar en las causas generadoras de la inseguridad y desarrollar lo atinente a la influencia de los medios de comunicación, podemos decir que si bien el fenómeno de la inseguridad es una difícil realidad a la que los argentinos estamos sometidos, de la cual no hay una salida rápida, si no que el fenómeno solo podrá frenarse de acuerdo a medidas profundas tendientes a producir una reestructuración de las instituciones básicas de la sociedad como la familia y la escuela; también es cierto que los medios de comunicación, con su inmenso poder para manipular modos de pensar y de actuar, en ciertas ocasiones provocan una innecesaria sensación de miedo en los ciudadanos. En reiteradas ocasiones nos encontramos con que tanto la prensa gráfica como visual, maximiza o minimiza ciertos sucesos que no son tales. Ya sea por oposición al gobierno –como ocurre con los medios del Grupo Clarín-, o por tratarse de medios oficialista –como página 12, canal 7 y más precisamente el programa de archivo político “678”-, o simplemente por ser medios extremadamente sensacionalistas –ejemplo claro de esto es el nefasto canal América TV-; los medios informan de acuerdo a intereses propios. Si llevamos lo expuesto a la práctica, cerrando los ojos un instante y guiándonos por lo que nos comunican los medios, podremos observar que: según los medios opositores y los medios amarillistas, en Argentina se vive la misma situación que en la Colombia de Pablo Escobar Gaviria o que en los ghettos latinos de la ciudad de Los Ángeles o que en alguno de los países más pobres y violentos de África, como Angola, Somalia o la República Democrática del Congo; mientras que los medio oficialistas nos querrán convencer que en Argentina se vive como en Finlandia, Ámsterdam o Luxemburgo, donde las estructuras sociales funcionan con un alto grado de armonía. La solución a estas cuestiones es clara, hay que abrir bien los ojos, escuchar menos y pensar más.
Analisis del fallo Arriola La Corte Suprema sostuvo varios argumentos hasta llegar a la despenalización y volver al criterio sostenido en la causa Bazterrica.. entre ellos: 1. Si bien con posterioridad a "Bazterrica", la Corte dictó otro pronunciamiento -"Montalvo"-, que consideró legítima la incriminación de la tenencia para consumo personal, el Tribunal, hoy llamado nuevamente a considerar la cuestión, decide apartarse de la doctrina jurisprudencial de ese último precedente y afianzar la respuesta constitucional del fallo "Bazterrica". 2. Las razones pragmáticas o utilitaristas en que se sustentaba "Montalvo" han fracasado. En efecto, allí se había sostenido que la incriminación del tenedor de estupefacientes permitiría combatir más fácilmente a las actividades vinculadas con el comercio de estupefacientes y arribar a resultados promisorios que no se han cumplido, pues tal actividad criminal lejos de haber disminuido se ha acrecentado notablemente, y ello a costa de una interpretación restrictiva de los derechos individuales. 3.Si bien el legislador al sancionar la ley 23.737, que reemplazó a la 20.771, intentó dar una respuesta más amplia, permitiendo al juez penal optar por someter al inculpado a tratamiento o aplicarle una pena, la mencionada ley no ha logrado superar el estándar constitucional ni internacional. El primero, por cuanto sigue incriminando conductas que quedan reservadas por la protección del artículo 19 de la Carta Magna; y el segundo, porque los medios implementados para el tratamiento de los adictos, han sido insuficientes hasta el día de la fecha. 4. La decisión que hoy toma la CSJN, no implica "legalizar la droga". No está demás aclarar ello expresamente, pues este pronunciamiento, tendrá seguramente repercusión social, por ello debe informar a través de un lenguaje democrático, que pueda ser entendido por todos los habitantes y en el caso por los jóvenes, que son en muchos casos protagonistas de los problemas vinculados con las drogas. 5. Frente a la decisión que hoy toma el Tribunal se debe subrayar el compromiso ineludible que deben asumir todas las instituciones para combatir al narcotráfico. A nivel penal, los compromisos internacionales obligan a la Argentina a limitar exclusivamente la producción, fabricación, exportación, importación, distribución, y comercio de los estupefacientes, a fines médicos y científicos. Asimismo a asegurar, en el plano nacional, una coordinación de la acción preventiva y represiva contra el tráfico ilícito, adoptando las medidas necesarias, para que el cultivo, la producción, fabricación, extracción, preparación, oferta de venta, distribución, despacho, expedición de tránsito, transporte, importación y exportación de estupefacientes, sean consideradas como delitos que se cometen intencionalmente, y que los delitos graves sean castigados en forma adecuada, especialmente con penas de prisión y otras penas privativas de la libertad. 6. La circunstancia de que los precursores químicos necesarios para la fabricación de drogas son productos en los que, de alguna manera, nuestro país participa en su cadena de producción, hace necesario que ello sea tenido en cuenta en la implementación de políticas criminales para la lucha contra este flagelo internacional. 7. Después de la reforma constitucional han ingresado principios internacionales, que han impactado fuertemente en nuestro derecho constitucional. Ello se ha visto reflejado en diversos pronunciamientos de la Corte, que han generado una constelación o cosmovisión jurídica en la que el precedente "Bazterrica" encaja cómodamente. Por ello, las razones allí expuestas y los resultados deletéreos que hasta el día de la fecha demostró la aplicación del artículo 14, segundo párrafo, de la ley 23.737, conducen al Tribunal a declarar su incompatibilidad con el diseño constitucional, siempre con el alcance que se le asignara en el mencionado precedente "Bazterrica" —voto del juez Petracchi—. 8. Por todas las consideraciones expuestas, la Corte con sustento en "Bazterrica" declara que el artículo 14, segundo párrafo, de la ley 23.737 debe ser invalidado, pues conculca el artículo 19 de la Constitución Nacional, en la medida en que invade la esfera de la libertad personal excluida de la autoridad de los órganos estatales. Por tal motivo, se declara la inconstitucionalidad de esa disposición legal en cuanto incrimina la tenencia de estupefacientes para uso personal que se realice en condiciones tales que no traigan aparejado un peligro concreto o un daño a derechos o bienes de terceros. EVOLUCIÓN DE LA LEGISLACION EN MATERIA DE ESTUPEFACIENTES EN LA ARGENTINA. El primer antecedente en materia de penalización al consumo de estupefacientes en nuestro país se remite al año 1924, cuando el 4 de agosto de ese mismo año, se publicó la ley 11.309, que introdujo la punibilidad de la venta, entrega, suministro de alcaloides o narcóticos. Dos años mas tarde se publica la ley 11.331, que complementa la ley 11.309, agregando la figura de la "tenencia ilegítima", con lo que se convirtió en delito la mera tenencia por parte de personas no autorizadas. Posterior a esto, se planteó el tema relativo a la tenencia para uso personal, que con votos dividos, la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de la Capital resolvió mediante el fallo "Gonzales, Antonio", del 17 de octubre de 1930, que el uso personal de alcaloides no debía admitirse como excusa por parte de quien los poseía ya que no constituía una razón legítima de su tenencia. Con lo que se distingue a la tenencia como delito. El Proyecto Peco de 1942, sólo reprimía la tenencia de estupefacientes enderazada "a algún propósito de destinarla al comercio o simnistrarlas o procurarlas a otro". El proyecto de 1960 excluyó de punición "la tenencia de una dosis para uso personal". En 1968 la ley 17.567, derogó la reforma al Código Penal de la ley 111.331, modificando nuevamente este cuerpo legal por la introducción del párrafo tercero del artículo 204 que sanconaba al "que, sin estar autorizado tuviere en su poder en cantidades que excedan las que corresponden para uso personal, sustancias estupefacientes". Los motivos de esta Ley vinculaban al consumo personal con la la esfera de libertad que consagra el Artículo 19 de nuestra Constitución. En 1973, la reforma al Código Penal de 1968 fue declarada "ineficaz", restaurandose el régimen anterior a dicha reforma. El 9 de Octubre de 1974, el Congreso de la Nación publicó la Ley 20.771 que tipifícó como delito la mera tenencia de estupefancientes con penas de notable severidad, sin establecer una política general de soluciones alternativas o complementarias de la mera punición. En nuestra historia jurídica encontramos 4 fallos muy significativos en materia de estupefacientes para consumo personal. El primero de ellos es Colavini ( ), en esta causa la Corte Suprema se pronunció en el sentido de que el articulo 6º de la ley 20.771 (punición de la tenencia de estupefacientes destinados al uso personal) no era violatorio del Artículo 19 de la CN. En este fallo la Corte también recogió los argumentos del señor Procurador Gral. de la Nación en el sentido de que el uso de estupefacientes iba mas allá de un mero vicio individual para convertirse, por la posibilidad de su propagación, en un riesgo social que pertubaba la ética colectiva. La Corte valoró la magnitud del problema de la drogadicción destacando la perniciosa influencia de la propagación de la toxicomanía en el mundo entero. Bajo el argumento de la Corte: "Si no existieran usuarios o consumidores, no habría interés económico en producir, elaborar y traficar con el producto, porque claro está que nada de eso se realiza gratuitamente. Lo cual, conduce a que si no hubiera interesados en drogarse, no habría tráfico ilegítimo de drogas", se consideró lícita toda actividad tendiente a evitar la tenencia de drogas para uso personal. La penalización de la tenencia se mantuvo hasta el áño 86, cuando la Corte Suprema de la presidencia del Dr. Raúl Ricardo Alfonsín realizó modificación en el régimen. Es acá donde aparece el fallo Bazterrica ( ) -conocido también por su labor como guitarrista y compositor de Los Abuelos de la Nada y de La Maquina de Hacer Pájaros-, en el cual la Corte cambia el criterio y declara la insconstitucionalidad del artículo 6 de la ley 20.771 por considerarlo violatorio del principio de reserva incluído en el artículo 19 de la CN. Allí el argumento fue: "penar la tenencia de drogas para el consumo personal sobre la sola base de potenciales daños que puedan ocasionarse "de acuerdo a los datos de la común experiencia" no se justifica frente a la norma del art. 19", añadiendo por otro lado que "no se encuentra aprobado, ni mucho menos, que la prevención penal de la tenencia, y aun de la adicción, sea un remedio eficiente para el problema que plantean las drogas." El 21 de Septimbre de 1989, durante la primer presidencia de Menem, se sanciona la ley 23.737, mediante la cual se derogaron los artículos 1º a 11 de la ley 20.771 y se incorporó en su artículo 14, segundo párrafo, la punición "...cuando por su escasa cantidad y demás circunstancias, surgiere inequívocamente que la tenencia [de estupefacientes] es para uso personal". El 11 de diciembre de 1990, la Corte dicta sentencia en la causa Montalvo ( ) por el que concluyó que la "tenencia de estupefacientes, cualquiera que fuese su cantidad, es conducta punible en los términos del art. 14, segunda parte de la ley 23.737 y tal punición razonable no afecta ningún derecho reconocido por la Ley Fundamental...". Con lo cual la Corte Suprema retoma el antiguo criterio adoptado en la causa Colavini, es decir, la penalización en caso de tenencia de estupefacientes para consumo personal. Esta prohibición se mantuvo hasta el 25 de Agosto de 2009, cuando la Corte Suprema compuesta por: Dr. Ricardo Luis Lorenzatti (Presidente), Dra. Elena I. Highton de Nolasco (Vicepresidenta), Dr. Carlos Fayt, Dr. Enrique Santiago Petracchi, Dr. Juan Carlos Maqueda, Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni y Dra. Carmen María Argibay determinó en la causa Arriola () que "con sustento en "Bazterrica" declara que el artículo 14, segundo párrafo, de la ley 23.737 debe ser invalidado, pues conculca el artículo 19 de la Constitución Nacional, en la medida en que invade la esfera de la libertad personal excluida de la autoridad de los órganos estatales. Por tal motivo se declara la inconstitucionalidad de esa disposición legal en cuanto incrimina la tenencia de estupefacientes para uso personal que se realice en condiciones tales que no traigan aparejado un peligro concreto o un daño a derechos o bienes de terceros".
Esta nota fue publicada en el número 2 de la revista Orsai. Es un trabajo impecable, que al leerlo inmediatamente te transporta al momento en que viste la serie por primera vez, es la nota que cualquier fanatico (verdadero) de Seinfeld le hubiese gustado haber escrito. Que la disfruten. ____________________________________________________________________________________________ La sonrisa burlona ▣ ESCRIBE DIEGO PAPIC Siguen pasando los años, la televisión avanza, pero jamás nadie consiguió hacer una comedia como «Seinfeld». Clásico absoluto, Diego Papic nos cuenta por qué es tan buena. En el año noventa y ocho yo tenía veintiún años, estudiaba letras y periodismo y me pasaba las tardes en el Politeama de la avenida Corrientes leyendo a Julio Cortázar y fumando como fumaban sus personajes y él mismo en la foto de la solapa de sus libros. Después apuraba mi cortado y me metía en la Lugones para ver algún clásico: Fassbinder, Tarkovski, algo por el estilo. En televisión veía solamente programas políticos y Cha Cha Cha, que había sido cancelado el año anterior por bajo rating. La televisión de afuera no me interesaba: nunca fui fan de Los Simpsons, nunca me interesó Friends. Quizás por eso el catorce de mayo de ese año transcurrió sin pena ni gloria para mí. Ese día hubo un acontecimiento mundial que me pasó de largo: Seinfeld emitió su último episodio. Tan importante era lo que estaba pasando, que en Argentina se emitió en simultáneo, sin subtítulos, algo inédito incluso ahora y en una época en la que ni soñábamos con Cuevana. Sabía de su existencia por un tipo que la recomendaba en la radio. Era el que hablaba de espectáculos en el programa de la mañana. Me acuerdo que insistía bastante con el tema, a cuento de nada, ante la indiferencia de sus compañeros de micrófono y la mía también. La describía como una serie en la que cuatro amigos neoyorquinos hablaban boludeces en un bar; cuatro malas personas, egoístas y traicioneras, que recorrían la ciudad haciéndole daño a sus semejantes. Y el tipo, después de esa sinopsis feroz, se veía obligado a aclarar: “pero es genial, ¿eh?”. Probablemente sabía que se dirigía a una audiencia progre que veía al egoísmo de los noventa —y su correlato autóctono: el menemismo— como el auténtico mal de la época. Hablo por mí: me iba de campamento a la Patagonia y leía con bronca Las venas abiertas de América Latina, era lógico que cuatro amigos neoyorquinos —que probablemente pensaran que la capital de Argentina era Río de Janeiro— no serían personas a las que quisiera ver haciendo sus gracias. Y fue el tipo de la radio quien me hizo oír el nombre de Seinfeld por primera vez, y fue el último episodio en directo que no vi pero del que me enteré leyendo los diarios, lo que me convenció para sintonizar Sony alguna noche cualquiera y ver qué me había perdido. Chistes de nazis Me resulta imposible reconstruir hoy lo que sentí cuando vi Seinfeld por primera vez, porque fue un episodio que volví a ver miles de veces. Es, además, uno de los guiones atípicos, como aquel del restaurante chino o el del garaje del shopping o el del subte: este era el del neonazi en la limusina. El que lo conoce ya está con una sonrisa en la cara y verá con buenos ojos que cuente el argumento para aquél que nunca tuvo el placer: George va a buscar a Jerry al aeropuerto pero se le rompe el auto en el camino, entonces deciden —con su inmadurez característica— tomar una limusina ajena cuyo chofer está esperando a un tal O'Brien. El problema es que este tipo resulta ser el líder de la Unión Aria, y el chofer tiene las instrucciones de recoger a otros dos neonazis y llevarlos a todos al Madison Square Garden en donde O'Brien tiene que dar un discurso racista y antisemita. Supongo que en ese momento me habré reído mucho con el humor judío. Cuando George, excitado por la travesura, llama a su mamá y le dice: “Adiviná dónde estoy. En una limusina. No, no se murió nadie”. O cuando empieza a silbar If I were a Rich Man frente a los dos neonazis armados. Seguro me habré reído cuando Jerry se indigna con la calentura de George: “Es una nazi, George. ¡Una nazi!”, y George le contesta: “Ya sé, ya sé. Pero una nazi bastante linda”. Quiero decir: si un judío, nieto de sobrevivientes del Holocausto, no se ríe con esos chistes, debería recibir un reimplante de prepucio. Pero hay algo en Seinfeld que la eleva por sobre las demás y que uno descubre recién después de ver unos cuantos episodios. Hoy veo “The Limo” sin la inocencia de la primera vez y me sigo riendo con esos chistes de nazis —igual que en el episodio de “Schindler's List”, o en el de “Marathon Man”—, pero prefiero detenerme en otro momento que hoy me parece clave: cuando la nazi saca un arma y Jerry la mira y le dice “Nice looking Luger” (“Linda Luger”). El chiste es bastante malo, pero Jerry lo dice sonriendo, ajeno a la situación que se desarrolla dentro de la historia. La comicidad no surge solamente del chiste en sí, sino de la distancia que pone Jerry: es como si el personaje supiera que es un personaje de una sitcom, supiera que esa arma es de plástico y su misión fuera hacer chistes sobre eso. Podemos llamarla autoconciencia, y no es nueva como instrumento para hacer reír. Los Monty Python tenían un militar que desalojaba el set cuando había chistes inconvenientes, y las cámaras mostraban a los técnicos abandonando el lugar. Alberto Olmedo, en Argentina, rompía escenografías y corría al que estaba detrás de cámara. Pero Seinfeld es autoconsciente desde la premisa “un comediante neoyorquino de stand up y sus amigos” y esto se va a profundizar hasta alcanzar una complejidad que no ha sido igualada y probablemente no lo será. Citizen Seinfeld Seinfeld es como Citizen Kane y no solo por tener palco vitalicio en la cima de todos los rankings. Las dos se desmarcan del resto inaugurando una era de reflexión sobre el propio medio. Citizen Kane no narra la biografía de Charles Foster Kane, sino la investigación de esa biografía. El corto periodístico que se proyecta al principio es una versión posible de la película que estamos viendo, y los periodistas que debaten sobre ese corto dicen cosas que podrían aplicarse, también, a esa película. Este juego de alusiones dentro de la ficción a esta ficción que estamos viendo es parte de la premisa de Seinfeld. Veamos: Jerry Seinfeld es un comediante de stand up que vive en Nueva York, tiene un considerable éxito en clubes de comedia y hasta tuvo un par de apariciones rutilantes en el programa de Johnny Carson. Un día se acercan dos ejecutivos de la NBC y le ofrecen “hacer algo”, le piden una propuesta. Jerry nunca escribió para televisión, entonces llama a Larry David, un amigo suyo que también hace stand up. Larry es menos conocido, una especie de comediante de culto (se lo describe como un “comediante de comediantes”) y todo su currículo en televisión habían sido unos meses como guionista de Saturday Night Live sin demasiado éxito. La propuesta de Seinfeld y David fue una sitcom en donde Jerry Seinfeld fuera Jerry Seinfeld, un comediante de stand up que viviera en Nueva York y tuviera un considerable éxito en clubes de comedia. La consecuencia natural de esa premisa llevada al extremo fue la que dio comienzo a la cuarta temporada y a la explosión del fenómeno: en la ficción, se le acercan a Jerry dos ejecutivos de la NBC y le ofrecen “hacer algo”. Y claro, Jerry nunca escribió para televisión, entonces llama a su amigo George Costanza. El juego constante de Seinfeld con las diferencias y similitudes entre el Jerry real y el ficcional es lo que eleva a la serie por sobre cualquier otra sitcom. No es difícil hacer reír. Friends era graciosa. Mad About You también. The Big Bang Theory y 30 Rock están muy bien escritas. Pero esas series son insignificantes al lado de Seinfeld, porque su comicidad es más profunda y más completa: nos hace reír y a la vez nos hace reír de lo que nos estamos riendo. Un laberinto sin centro Ya pasaron más de diez años y esa perplejidad inicial se transformó en fanatismo. Soy de esa clase de fanático que me avergüenza ser. Si tuviera el mismo nivel de fanatismo con Star Trek sería un experto traductor de Klingon. Y Seinfeld de algún modo tiene su Klingon: “close talker”, “in the vault”, “bad breaker-upper”, “re-gifter”, “sponge worthy”, “dating loophole”. Como las grandes obras épicas, Seinfeld creó su mundo y también su lenguaje, pero ese mundo no fue la Tierra Media ni la Federación Interplanetaria, sino una ciudad que es y no es Nueva York, poblada por personajes que son y no son los reales. Kramer está inspirado en un vecino de Larry David llamado Kenny Kramer. Cuando finalmente llegó el éxito de Seinfeld, Kenny vio el negocio y organizó el “Kenny Kramer's Reality Tour”, un paseo en bus por Nueva York de la mano del “verdadero” Kramer. Esto inspiró el episodio “The Muffin Tops”, en el que Kramer organiza el “Peterman Reality Tour”. La realidad alimenta a la ficción, que alimenta a la realidad, que alimenta a la ficción (que, a su vez, ¿habrá alimentado a la realidad? Me habría gustado tomar el “Kenny Kramer's Reality Tour” después de la emisión de “The Muffin Tops”). Estos juegos entre la realidad y la ficción podrían incluso extenderse a Curb Your Enthusiasm, la continuadora y profundizadora, en donde Larry David hace de un Larry David post-Seinfeld y en la séptima temporada reúne a los actores de la serie para hacer un especial. Vuelve Jerry Seinfeld a hacer de Jerry Seinfeld haciendo de Jerry Seinfeld. “Un laberinto sin centro”, como describió Borges a Citizen Kane. El bautismo Entré a ese laberinto a través de “The Limo”, por azar, y al principio mucho no entendí, como todos. Es como si los ciento ochenta episodios formaran una figura enorme y uno tuviera que alejarse y abarcar con la mirada la mayor cantidad posible para entender el dibujo que se forma y disfrutar, entonces, más plenamente de cada una de las partes. Por eso, en aquellos días de hace doce años, veía mis primeros episodios de Seinfeld, me reía, pero en el fondo no captaba de qué se trataba todo eso. Cada vez que aquellas notas de bajo marcaban el final de un capítulo, yo me quedaba con una sonrisa en los labios y una pregunta en la cabeza: “¿qué es esto que acabo de ver?” “¡Es un show acerca de nada!”, me contestó pronto la serie, cuando el azar de las repeticiones me deparó el genial “The Pitch”. Es el principio de la cuarta temporada, la del despegue definitivo, la del piloto. En “The Pitch” unos ejecutivos de la NBC se acercan a Jerry para ofrecerle hacer un programa. Jerry se junta con George para pensar una propuesta. Y ahí, en la cafetería Monk's tienen la misma charla que tuvieron tres años antes Jerry y Larry, pero en un almacén de la First Avenue: George: —¿Ves? Esto debería ser el show. Jerry: —¿Qué? George: —Esto. Hablar nomás. Jerry: —Sí, claro. George: —Hablo en serio. Creo que es una buena idea. Jerry: —¿Hablar nomás? ¿Sobre qué es el show? George: —Es acerca de nada. El diálogo que sigue es el ejemplo más claro de humor autoconsciente: George empieza a proponer una sitcom que es la sitcom que estamos viendo. “¿Te acordás cuando esperábamos mesa en el restaurante chino aquella vez? Ese podría ser un episodio”, dice George, y el diálogo va a la velocidad de dos japoneses jugando ping-pong. Todavía hoy veo ese momento con una enorme sonrisa idiota, sin atinar siquiera a la carcajada. Durante ese diálogo ocurre también algo fundamental: la serie se bautiza, se define. A partir de ese episodio, Seinfeld fue para todo el mundo un “show acerca de nada”, un programa donde los personajes se sentaban en un bar, comían hamburguesas y hablaban boludeces. Pero no hay que dejarse engañar: Seinfeld no es un show acerca de nada (“even nothing is something”, “hasta la Nada es Algo”). Al contrario, a la serie no le debe haber quedado tema sin tocar: béisbol, inmigrantes ilegales, masturbación (masculina y femenina), impotencia, aborto, eutanasia, cáncer, bulimia, comunismo, listas negras, el asesinato de Kennedy, sexo oral, piratería de películas, suicidio, orgías y muerte. Y su manera de abordarlos me cambió la vida para siempre. La risa se basa en la Verdad Larry David tenía algo muy claro: no quería hacer lo mismo que otras sitcoms. Una de las consecuencias de esta intención explícita de desmarcarse de sus colegas fue una de las reglas de oro que tenían que seguir los guionistas y los actores: no hugging, no learning (sin abrazos ni aprendizaje). Es decir: no habría escenas sentimentales, y los personajes no aprenderían lecciones morales ni mejorarían con el correr de los capítulos. Tan fundamental era el no hugging que Jerry Seinfeld ha confesado su deseo de borrar la única escena sentimental de toda la serie: cuando Kramer le da el poema de Yates a Elaine por su cumpleaños. Tan fundamental era el no learning que el último gag de la serie es el mismo que el primero (el del botón de la camisa). El no hugging-no learning contribuye a darle un tono cínico a Seinfeld, pero también es fundamental para abordar cada tema desde un ángulo original, con ojo clínico y desapasionado. Como los monólogos de Jerry, esos que empiezan con un “¿has notado que?”, Seinfeld pone la mirada en algo y lo disecciona sin piedad ni preconceptos. Hablemos, por ejemplo, del aborto. En “The Couch”, Elaine cuenta que se niega a comer en una pizzería cuyos dueños contribuyen a grupos antiabortistas. A Jerry le sorprende esa actitud militante (ella representa la conciencia progre, él es un nihilista) y la obliga a preguntarle a su novio qué opina del aborto. La enfrenta con la realidad: ese chico tan lindo, del que podría enamorarse tranquilamente, está en contra del aborto. ¿Pero qué opina la serie acerca del aborto? Lo sabemos gracias a la metáfora de la pizza. Kramer se asocia con Poppie para poner un restaurante en el que el cliente arme su propia pizza. Durante la prueba, Kramer hace una con pepinos. Poppie dice que una pizza no puede llevar pepinos y Kramer dice que la gracia justamente está en que cada uno haga su propia pizza. “Sí, ¡pero no podemos darle a la gente el derecho de elegir el ingrediente que quiera!”, se indigna Poppie y da lugar a este diálogo memorable: Kramer: —¿Qué te da el derecho a decirme cómo hacer mi propia pizza? Poppie: —¡Porque es una pizza! Kramer: —¡No es una pizza hasta que no sale del horno! Poppie: —¡Es una pizza desde el momento en que ponés los puños en la masa! Kramer: —¡No lo es! Poppie: —¡Sí lo es! Sin nombrar al aborto, la serie plantea la discusión primera: ¿una persona es tal desde el momento mismo de la fecundación, o recién después de nacida? La metáfora de la pizza, con Poppie y Kramer gritándose “¡No lo es! ¡Sí lo es!” hasta el infinito es uno de los momentos más altos de la serie. Lejos de adoptar una postura moral (de izquierda o de derecha, progresista o conservadora) Seinfeld pone sobre la mesa dos concepciones irreconciliables y sugiere que la elección de una o de la otra es más bien arbitraria. Elaine tiene una posición militante —progresista, pro choice—, y Jerry, que es un nihilista, se burla de eso. Años antes, George Carlin decía, con candidez hippie, que “la mayoría de los que están en contra del aborto es gente que de todas formas no te cogerías”. Seinfeld actualiza el chiste y lo lleva a un terreno más cercano a la honestidad brutal, a la Verdad: hay antiabortistas a los que uno sí querría cogerse, así de complejo y fascinante es el mundo. Michael Richards dice en alguno de los extras del DVD que “la risa se basa en la Verdad”. El episodio al que hace alusión es “The Nose Job”, un gran ejemplo de esa honestidad que puede ser confundida con cinismo. George está de novio con Audrey, una chica encantadora que tiene un solo defecto: una nariz un poco grande. Es un solo defecto pero está ahí, en el medio de la cara. Y a George, que es gordito, petiso, pelado y bastante idiota, le molesta muchísimo esa nariz, no hace otra cosa que pensar en esa nariz. Durante una cena en la casa de Jerry, mientras comen pizza y conversan amablemente, Kramer lanza la Verdad que todos callan: le dice a Audrey que es muy linda pero que necesita una cirugía en la nariz. No nos estamos riendo de la nariz de Audrey sino de la sinceridad de Kramer. Y Seinfeld (la serie) se pone del lado de Kramer: él se queda con la chica, y ella se opera la nariz y queda divina. Igual que en “The Couch”, en donde dos líneas argumentales encaran un mismo tema desde ángulos diferentes —Elaine y los antiabortistas, y la metáfora de la pizza—, en “The Nose Job” hay otra historia que también reflexiona sobre la belleza física: Jerry tiene una relación con Isabel, una chica muy linda, con la que hay muy buen sexo, pero tan tonta que llega a ser insoportable. Podría decirse que la nariz grande de Isabel es su estupidez. Y que, igual que George, Jerry no la puede aguantar. La situación esencialmente es la misma y finalmente Jerry y George dejan a sus novias. Claro que la estupidez de Isabel no se arregla tan fácil como la nariz de Audrey. Seinfeld no te va a mentir. El gordo que está desnudo en el subte lanza el lugar común: “No me avergüenza mi cuerpo”, y Jerry le contesta: “Debería”. George es pelado pero no está dispuesto a tener una relación con una mujer que también sea pelada. Un chico enfermo, confinado a una burbuja que lo aísle de los gérmenes, puede ser también un pendejo insoportable. Un enano puede ser mala persona. Y hay un diálogo memorable que va en esa dirección, cuando George se queja porque la NBC le va a pagar por el piloto mucho menos que a Ted Danson: George: —Perdón, pero no puedo vivir sabiendo que Ted Danson gana tanto más que yo. ¿Quién es él? Jerry: —Es alguien. George: —¿Y yo qué soy? Jerry: —Vos no sos nadie. George: —¿Por qué él? ¿Por qué no yo? Jerry: —Él es bueno, vos no. George: —Yo soy mejor que él. Jerry: —Sos peor, mucho mucho peor. Y esa última línea Jerry la dice con esa sonrisa que ya sabemos, la sonrisa “Nice looking Luger”. Hay maldad en él al decir eso, pero con esa sonrisa no se está riendo de George. Se está riendo con la escena, desde afuera, multiplicando hasta el infinito la ironía de que Seinfeld empezó a despegar en los ratings recién cuando la NBC la programó para los jueves, al término de la exitosísima Cheers, protagonizada por Ted Danson. Jogo bonito Seinfeld empezó tímidamente allá por el año ochenta y nueve y tardó por lo menos tres años en alcanzar el éxito. Recién en la tercera temporada la cosa empezó a funcionar, y fue en la cuarta cuando todo explotó. Con el público adentro, se dedicaron a ser geniales. Y llegó un momento en que hacían lo que querían. No solo porque la NBC empezó a decir que sí a todo, sino porque fueron capaces de hacer magia. Esos años fueron como los de Maradona en la cima: tenían un dominio total de la pelota, hacían con ella lo que querían. Entonces fueron capaces de escribir “The Comeback”, un episodio sobre la eutanasia (pero, ¿no era una serie acerca de nada?) en el que juegan con las dos posibles acepciones de la palabra “comeback”. Por un lado, el despertar de alguien después de estar en coma. Por otro lado, la réplica más o menos ingeniosa a un insulto. Al final, con el “George, su mujer está en coma”, se unen las dos historias como dos ladrillos que ante nuestros ojos se transforman en uno solo, envuelto en una nube de estrellitas mágicas. En “The Race”, Elaine entra en la lista negra de los restaurantes chinos. La parodia al macarthismo se completa con su novio comunista y Kramer siendo explotado en un shopping, disfrazado de Papá Noel. En “The Raincoats”, todo el mundo se indigna cuando lo descubren a Jerry besando apasionadamente a su novia durante una proyección de Schindler's List y el final incluye una parodia al famoso monólogo de Oskar Schindler, a cargo de Aaron, el novio de Elaine. (“Este anillo, este anillo es una cena más a la que los podría haber invitado.”) Ni que hablar de “The Betrayal”, el famoso episodio narrado de atrás para adelante, tres años antes de Memento y con referencias a Harold Pinter. El milagro neoyorquino Como Los Beatles, el éxito desmedido no ató a Seinfeld a la repetición de una fórmula, sino que los lanzó a la libertad creativa y, con ella, a la genialidad. Fue un milagro. Dos outsiders como Jerry Seinfeld y Larry David, sin experiencia en televisión, se unieron a tres actores que merecen tanto crédito como ellos: es imposible pensar en George sin Jason Alexander, nunca pudo haber habido otra Elaine que Julia Louis-Dreyfus, y ni hablar del Kramer de Michael Richards, ese prodigio de humor físico. Pero Seinfeld también fue un milagro gracias a la respuesta del público. Si millones de televidentes no hubieran sintonizado la NBC aquel invierno del noventa y dos, la serie no habría continuado. Igual que Los Beatles, al revés que Orson Welles, se dio una feliz coincidencia entre innovación y éxito. Ya es célebre la anécdota: hasta Nancy Sinatra se quedó viendo el final de Seinfeld la misma noche que una ambulancia llevaba a su padre moribundo al hospital a través de las avenidas desiertas de Beverly Hills. Y mientras moría Frank Sinatra, mientras Jerry, George, Elaine y Kramer afrontaban un juicio por violar la Ley del Buen Samaritano, mientras Seinfeld “entraba en la inmortalidad”, en el otro hemisferio yo atravesaba mis últimos momentos de inocencia. Una parte importante del viaje de los veinte a los treinta años supone desaprender ciertas certezas. Ese viaje lo emprendí con la compañía de Seinfeld. Y aunque hoy sigo creyendo que la pizza no es una pizza hasta que no sale del horno, también sé que George Carlin está equivocado y que alguien que piensa lo contrario también puede ser encantador. Pero eso es lo que hace de este mundo un lugar tan atractivo y complejo, tan digno de ser observado con una sonrisa burlona.

En mayo del 2006, cuando los rumores de clausura del Bar Británico se sentían cada vez más fuerte, Enrique Symns, un histórico habitué del lugar, escribió esta memorable nota contando la leyenda de este simbolo cultural porteño. Tengo un recuerdo flasheante de mi etapa prehistórica en el bar Británico. Tenía dieciséis años, así que eso fue hace más de cuatro décadas: era diciembre de 1962 y en ese anochecer junto a una pandilla de amigos despedíamos el año embriagándonos con la bebida de moda en aquella época, que era Cinzano con fernet y soda- Estábamos sentados en la mesa de la ventana que da a la esquina de Brasil y Defensa, y nos hacíamos los vivos con la gente que pasaba, jugábamos a quién hacía la broma más pesada. Así pasó, distraído, un grandote y yo le llené de cubitos de hielo uno de los bolsillos del saco. Después de las carcajadas, el grandote volvió y me encajó una trompada tan bien colocada que, como en las películas, me sacó por la ventana del bar. Y ahí me acuerdo de la cara de Manolo, el legendario mozo nocturno del Británico, que me ayudó a levantarme y me dijo: -Nunca más quiero verte haciendo el tonto. Es la época prehistórica de mis primeras visitas a ese santuario de borrachos y pistoleros, rockers y taxista, pensadores y fugitivos, ajedrecistas y periodistas, anarcos y desesperados, putas y poetas, tontos y malvados, personas que necesitan, además de su casa, otro living en la calle y desesperados para los que el bar es su único paradero. El bar Británico es un museo de las aventuras del alma, el último bastión de un tipo de hombre que está por extinguirse. La peste civilizatoria necesita arrasar el pasado, borrar las huellas de una historia que jamás será contada. Además de una hermana, mi única familia en estos últimos años han sido Manolo, el garzón nocturno, y Carlitos que fue lavacopas durante más de veinte años y justo cuando fue ascendido a mozo, el bar amenaza con ser cerrado para convertirse en un manicomio cibernético de los que hoy abundan. FANTASMAS ENTRE LAS MESAS En cada uno de las mesas del bar, tengo una historia para contar. En la que está al fondo del reservado, junto a la ventana que da a la calle Brasil y con una vista interrumpida por un kiosco de diarios del parque Lezama, vi por última vez en mi vida al Indio Solari. Fue un amanecer muy triste y discutimos con el Indio mientras Daniel Aráoz era testigo silencioso de la brega. Se terminaba no solamente una amistad bastante entrañable sino también la sociedad combativa entre la revista que yo aún dirigía y la banda que él siguió alimentando con sus geniales canciones durante muchos años. Recuerdo que cuando el Indio se fue, cerca del mediodía, nos abrazamos con Danielito y nos fuimos a llorar al parque, como presintiendo los tiempos violentos que se aproximaban. La siguiente mesa, que también enfrenta al parque, fue bautizada como el “rincón del demonio” ya que en ella se instalaban todos lo atardeceres un sujeto perverso que coleccionaba púberes de doce o trece años y los manipulaba con su voz melodiosa y sus gestos hipnóticos, hasta que le pegamos una feroz apretada y nunca más apareció por el barrio. La mesa central de ese reservado era la preferida de Jorge Pinchevsky, que durante el gobierno de De la Rúa había instalado sus cuarteles de invierno en una casucha de cuidador en las obras que se realizaban en los piletones del Parque Lezama. En esa casucha, Pin tenía nada más que un colchón, un velador, una TV en blanco y negro, y su violín. Pin era una clase inolvidable de gitano y le importaba un biombo las casas y edificios. A esa mesa lo iba a buscar Alejandro Medina para invitarlo a algún concierto o la psicoanalista Lucía Serrano que era su fan, su amante, su amiga y en ocasiones, si él lo necesitaba, hasta su novia. La mesa predilecta de Alejandro Medina fue siempre la de la esquina, bajo el televisor a colores casi siempre dscompuesto que los dueños del bar instalaron a fines de la década del noventa. Es que ese rincón era el sitio estratégico del Británico. Unos cuantos años antes de Alejandro, se instalaban en esa mesa para hacer sus planes antes de salir a chorear cuatro turbios pistoleros. A los Federicos los fueron matando uno por uno, hasta que el último, un tipo al que le decíamos Queso y Dulce, se retiró del oficio y se hizo taxista. Hace un par de años todavía jugaba al ajedrez en el rincón de los ajedrecistas. Con la Negra Poly y con Skay nos sentábamos en cualquier parte, íbamos rotando mesa a mesa, esquivándole el bulto a la gilada para sumergirnos en una de esas conversaciones complejas e intraducibles que tanto nos gustaban. Allí la Negra reinaba como una peleadora callejera y cierta noche fatal partió una botella y le tiró un terrible tajo a Osvaldito Gonzales, que en ese entonces era el manager de Los Piojos. Afortunadamente para ambos erró el tajo. Con Ciro, cantante piojero, nos sentábamos en una apretada e incómoda mesa que está del lado de atrás de la puerta principal, también una ventanera, y allí Ciro me contaba sus obsesiones con Hitler y la Segunda Guerra Mundial. El cliente más antiguo del bar, aún más prehistórico que yo, es seguramente Comeclavos o Puchero, uno de los últimos anarquistas de la vieja camada, aún hoy editor del diario La Protesta, que sale a la calle desde el siglo pasado. Comeclavos o Puchero es quizá la más grande leyenda del barrio. Aunque vive en el Doque, concurre infaltablemente todas las tardes para pasearse como un pájaro nervioso de mesa en mesa espiando conversaciones y partidas de ajedrez. Cerca de la barra, y junto a una columna, está la mesa más peligrosa del bar. Nadie la menciona ni habla de su fama fatídica pero estadísticamente es la que de más muertos puede dar cuenta. Es la mesa de la muerte. El que se sienta en ella corre grandes riesgos de esfumarse en la nada mucho antes que el resto de la clientela. Las mesas instaladas alrededor del baño de hombres conforman el VIP exculsivo para el club de ajedrecistas integrado por taxistas y profesores, jubilados y empleados de Manliba. Nadie se mete en ese rincón si no forma parte de la secta y si algún novato perdirutado se instala allí se le avisa con sutileza que es hora de partir. TRES TURNOS DE LA ETERNIDAD Fue Manolo Posse, el mozo nocturno, quien decidió que el Británico sería un bar que se escaparía de las tinieblas del tiempo, para flotar sobre el mar de los acontecimientos como un barco de piratas navegando en la eternidad. Manolo eligió el turno noche y cuando sus socios bajaban las cortinas y ponían candados, él cortaba los candados, encendía las luces, prendía la máquina de café y nos daba turno a todos los desharrapados de la noche. El Británico es uno de los bares abiertos las veinticuatro horas de todos los días de todos los años de todas las décadas de la vida. Manolo no lo cierra siquiera las noches eleccionarias y la noche que ganó Menem, además de esa desgracia, toda la clientela, incluido Manolo, aterrizó en la Comisaria 14 por atentar contra la ley electoral que prohíbe el consumo público de bebidas alcohólicas. Durante muchos años, Manolo fue el Británico. Desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente, era el rey de la turba de rockers, villanos y drogones que desfilaban ininterrumpidamente por la noche. Manolo te cobijaba y te reprochaba, te aconsejaba y te convencía. En las noches salvajes de la década de los ochenta y principios de los noventa, flotando en la proa del bar, me enamoré y me desenamoré de docenas de muchachas yendo y viniendo del baño donde nadie iba a mear si no a llenarse las narices con el veneno más exquisito del mundo. La noche del Británico también fue una puesta en escena increíblemente veraz de los avatares que atravesaba el país. Desde el alfonsinismo, donde se reunían artistas plásticos y actores que realizaban en el parque Lezama los Encuentros en el Parque organizados por Resorte Hornos y la revista Pan Caliente, atravesando el existismo menemista con la proyección a la fama de las bandas de rock y la conversación en mito de tipos como Ciro y el Pelado Cordera, que dejaron de ser clientes del bar, hasta la llegada de la pobreza y los marginales del delaruismo. Después de Chupete, ya no hubo famosos en el bar a excepción quizá de Horacio Gonzales, quien dirige, desde hace un par de años, todos los lunes, una especie de taller de pensamiento. Cuando Manolo termina su turno, llega José Trillo, que es la pesadilla necesaria del bar, el hombre malo de la película. Trillo representa con tanta eficacia su rol de hombre mediocre y ambicioso que entre las seis de la mañana y las cuatro de la tarde, el bar se transforma en un nido de vecinos y de empleados, policías uniformados que vienen a tomar café con leche y señoras con perros, parejas de ancianos que comen medialunas como si fuera su última cena y sobre todo gringos, turistas daneses, americanos, ingleses, holandeses y alemanes que convierten el tugurio en el mapamundi de la frivolidad. Trillo es uno de esos malditos garzones que si te sentás con un libro y pedís un café, seguro te dice: -Este no es un bar para estudiar... El turno de la tarde lo mantuvo durante tres décadas José Mignone, el tercer socio, según los mitos el auténtico dueño de la razón social, un hombre tan o más ambicioso que sus compañeros, pero simpático y bromista. Las tardes de Mignone siempre fueron alegres y bulliciosas mientras va llegando el atardecer con la promesa de otra noche inmortal. En aquellos tiempos, yo he transcurrido casi una semana entera girando en los tres turnos de la eternidad, entrando y saliendo del bar y de mi vida, haciendo revistas o tranzas, entrevistando ladrones o artistas. En los últimos años, en cambio, desde que regresé de Chile, el Británico fue mi refugio antinuclear contra la feroz despresurización que sufrió el espíritu porteño, esa debacle inexorable de todas las conversaciones que dejaron de hablar para hacer publicidad del silencio. El Británico me permitió sufrir mis penurias con dignidad, sin sentir las consecuencias de ese exilio que uno vive en su propio país. LA… ¿DESPEDIDA? Es sábado y el bar está colmado. Hace muchos años que no se lo ve tan bullicioso y vital. En la puerta del bar se juntan firmas para presentar al Gobierno de la Ciudad con el fin de solicitar que el Británico sea convertido en patrimonio histórico de la ciudad. Es la primer asamblea de clientes que se reúne. Hay de todo. Están los anarcos de La Boca, la barra de borrachos, un par de ajedrecistas, dos o tres periodistas entre los que me cuento. Los discursos son breves y las propuestas variadas. El bullicio, sin embargo, no consigue eludir la tristeza de fondo en la que todas nuestras almas se sienten naufragadas. Me lo dice el anarquista Comeclavos, que detesta los mitines y que parte antes de iniciarse la reunión. -¿Nosotros cuando ganamos algo? -Nunca– le digo. -Por eso... -me dice mientras se aleja– Saludado al bar, salúdalo porque se va y esta vez no vuelve..... EL FINAL LA LEYENDA DEL BAR BRITANICO LLEGO A SU FIN DE UNA MANERA REALMENTE TRISTE. EL VIERNES 26 DE JUNIO DE 2006, EL HISTORICO BAR FUE DESALOJADO ANTE LA MIRADA DE VECINOS, CLIENTES TRADICIONALES Y SUS DUEÑOS. LOS TRES SOCIOS -QUE HABIAN TRANSCURRIDO GRAN PARTE DE SU VIDA AHI DENTRO- ALQUILABAN EL LOCAL DESDE HACIA 50 AÑOS, PERO, CON LA MUERTE DEL DUEÑO DE LA PROPIEDAD COMENZARON LOS PROBLEMAS, DADO QUE EL HEREDERO SE NEGO A LA RENOVAVION DEL CONTRATO. NI LAS 25.000 FIRMAS JUNTADAS, NI LAS REUNIONES ENTRE LA DIRECCION DE CULTURA DE LA CIUDAD Y LOS PROPIETARIOS, PUDIERON FRENAR LA EXTINCION DE ESTE INIGUALABLE SIMBOLO PORTEÑO. TERMINAMOS ESTE POST CITANDO AL ARTISTA MARIANO SANTAMARIA QUE DEFINIO PERFECTAMENTE LA TRISTEZA QUE GENERO EL CIERRE DEL BAR: "ACABAN DE ARRANCARLE EL CORAZON AL BARRIO, LO MATARON POR LA ESPALDA Y TAMBIEN LE SACARON EL CORAZON DEL ALMA".
