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fucktothefuture

Usuario (Argentina)

Primer post: 14 ago 2011Último post: 11 jul 2012
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Ensayo - Calle 13: Revolución o Contradicción?
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/14/2011

“Todo lo comparto con mis hermanos; Soy la pesadilla del sueño americano. Soy América, soy lo que dejaron, toda la obra de lo que se robaron. Una fabrica de humo, mano de obra campesina para tu consumo. Todo lo comparto con mis hermanos. Soy la pesadilla del sueño americano.”América – Calle 13 Desde hace un tiempo, la banda puertoriquense de música urbana, dio un giro de 360º en las letras de sus canciones, y puso el ojo y la bala en los países como Estados Unidos y el capitalismo en sí. Tocando tanto temas sensibles como lo son la religión, la pobreza, al indigencia, la corrupción; como indirectas bien directas hacia las grandes bandas que optaron por las grandes empresas para producir sus discos. Pero hay algo que no concuerda en esto. Calle 13 salta por el comunismo, mientras que sus cantantes duermen en el Sheraton Argentina, mientras que sus músicos duermen en otro hotel de segunda. Una cosa es tratar de cambiar el sistema desde adentro, haciendo política activa, y otra muy diferente es haciendo música. Si vas a cantar contra las grandes corporaciones, si vas a escribir letras contra las grandes potencias, ACTUÁ como lo dicen tus letras. Viví el comunismo en primera persona y no toques en el Luna Park por 200 pesos la entrada. Trabajá con los artistas que tengan los mismos pensamientos que vos, no podes hacerlo con Andrés Calamaro como invitado. En realidad no se entiende si en verdad piensan en lo que dicen, o si solamente cantan lo que la gente quiere escuchar. Si en serio quieren cambiar el pensamiento de la comunidad o nada más dejan calmada la cabeza de un segmento del mercado que necesita escuchar estas letras todo el día. Si no les gustan las grandes multinacionales, que empiecen por no trabajar con ellas. Si quieren que todo el mundo vista como ellos, que regalen ropa, o la vendan a bajo costo en los shows. Si quieren llegar a todas las clases sociales, que vendan sus discos a precios bajos y con un sello independiente. Que cobren 50 pesos la entrada a sus shows y que toquen en un barrio del conurbano. O gratis, o que donen la ganancia de las entradas para caridad. Y que pregonen y que ayuden a conseguir esas bases socioeconómicas que dicen necesitar para hacer la revolución. No estoy en contra de la banda, hasta me agradan muchas de sus letras, aunque el género en si no me guste demasiado. Solo digo que es mejor que hagan lo que cantan y que no canten lo que la gente tiene que hacer, mucho menos si ellos no lo hacen. Fabricio Damián Morales Las bandas que firman para multinacionales no son bandas de punk rock, porque decidieron tomar ventaja de un sistema que aboga por el negocio. No estoy diciendo que sean mala gente o malos grupos; simplemente les hacen juego a corporaciones que contratan bandas como si fueran billetes de lotería. Van a tirar muchos a la basura, pero quizá con uno consigan dinero. Ian Mackaye – Vocalista de Fugazi Este ensayo fue escrito por mí Fabricio Damián Morales, hoy 14 de Agosto de 2011.

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Mujeres Anarquistas en Latinoamérica
Apuntes Y MonografiasporAnónimo6/24/2012

VIRGINIA BOLTEN (Mabel Belucci, La Cautiva) Nacida en el Uruguay, Virginia viene a la Argentina y se instala en Rosario, a fines del siglo XIX. En medio del clima de lucha que envolvía a la ciudad, Bolten encabeza una ancha columna de hombres y mujeres en la manifestación popular del 1° de mayo de 1890 en la plaza López. Su encendido discurso hace que sea encarcelada por atentar contra el orden social. Los rumores de la historia dicen que fue la primera mujer que habló en un mitin obrero. Luego se trasladaría a Buenos Aires. Por sus continuos discursos que infunden el anarquismo, sufre la continua persecución militar. Forma parte del Comité de Huelga Femenino, que movilizaba a los trabajadores del Mercado de Frutos porteño. En 1907, ya como miembro del Centro Femenino Anarquista, activa la huelga de inquilinos. Por esto es deportada a su país natal. Su lugar de residencia será Montevideo. JUANA ROUCO BUELA Llega a la Argentina en 1900 desde España y se instala en Buenos Aires. A los quince años ingresa al movimiento del 1° de mayo de 1904. Fue su primera participación en un acto obrero. Tiempo después representa a las mujeres de la "Refinería Argentina", de Rosario, en el Congreso de la FORA. En 1907, organiza el Centro Femenino Anarquista, y participa de la huelga de los inquilinos. Es deportada y vuelve a España. A su regreso, como no puede hacerlo en el país, se instala en Montevideo, y desde allí inicia una fuerte actividad propagandística junto a Bolten y María Collazo. Ingresa de forma clandestina al país, y en 1910 es detenida, extraditada a Montevideo y encarcelada durante un año. En 1914 viaja clandestinamente a París, y cuando es descubierta desembarca en Brasil. Regresa nuevamente a la Argentina, e interviene en los hechos de la Semana Trágica. Recorre el país con el apoyo de los rurales y los industriales. En 1921, funda en Necochea el Centro de Estudios Sociales Femeninos, y crea el periódico feminista Nuestra Tribuna. En 1928, participa en el Tercer Congreso Internacional Femenino. Muere a los 80 años, en 1969. ROSA DUBOVSKY Nacida en Rusia y perseguida por el régimen zarista, huye junto a su marido Adolfo hacia Turquía. Adolfo se alista en el Ejército mientras hace el Servicio Militar, y allí entrega un arsenal de armas a los revolucionarios. Antes se casan en secreto: Rosa parte a Francia, y su esposo, a Buenos Aires. En 1907, se reencontraron en Rosario, cuando él trabajaba en los Ferrocarriles y ella trabajaba como sombrerera. En la ciudad de Santa Fe, Adolfo milita en el campo anarco-sindicalista, y Rosa concurre a las reuniones de mujeres anarquistas. Funda una biblioteca, exclusivamente para mujeres, llamada Emma Goldman. Después del golpe del ’30, el matrimonio y sus seis hijos deben escapar a Buenos Aires, a pesar de la poca seguridad. En 1936, muere Adolfo. Dubovsky comienza a trabajar como empleada de la esterilla y tapicería. Participa en la FORA y en la Federación Libertaria Argentina, hasta 1972, el año de su muerte. SOFIA GARRIDO Conocida en todo el país como Sofia Garrido, su verdadero nombre era Maria Sophia Loaise. Casada con el obrero de la construcción Miguel Garrido, entró en Brasil por la frontera. Trajo de Argentina las ideas y prácticas anarquistas. Llegó a Santos con su compañero, que ya había estado ahí en 1915 año exacto en que se reorganizaron los sindicatos, después de algún tiempo de haber sido cerrados por la policía. Por falta de recursos para sustentar una sede, l@s anarquistas se reunían en el Café Java y en la confitería del pueblo. El matrimonio conformado por Miguel y Sofia siempre asistía a manifestaciones y a las reuniones del movimiento anarquista. En 1917 explota en San Pablo la huelga general insurreccional. L@s trabajadores de Santos convocan a una asamblea en la calle Brás Cubas esquina con Luiza Macuco, frente al Sindicato de los Picapedreros. En la ocasión expusieron Manuel Perdigão, Antonio Casal, Joao Perdigão, Sofia y Miguel Garrido, quien cierra la manifestación declarando el paro general solidario con l@s trabajadores de San Pablo. De los asistentes a la asamblea, fue ella quien tomó la delantera de l@s trabajadores presentes y fueron marchando hasta los periódicos y los sindicatos convocando a los compañeros. El nombre de Sofia queda apuntado por la policía en su lista negra. De ahí en adelante, se sucedieron los encierros en la cárcel y también las expulsiones. Miguel Garrido es metido preso en julio de 1919, por décima vez, y la policía resuelve expulsarlo. L@s anarquistas hacen todos los esfuerzos por la vía legal para liberarlo, pero nada... Entonces preparan una huelga general en Santos con el apoyo del proletariado de San Pablo pero antes, Sofia resuelve ir a la seccional de policía con la intención de convencer al policía Ibraim Nobre de que lo suelte. Discutieron y la policía la prendió. Entró en escena el Dr. Heitor de Morais para defender a la pareja, pero no consiguió soltar a l@s anarquistas argentinos, consiguiendo apenas un acuerdo para que Miguel y Sofia fueran deportad@s a Río Grande del Sur por cuenta de la Unión de Artes, Oficios y Anexos. En los años siguientes, Sofia participó del movimiento en Porto Alegre. El 1º de mayo de 1921 (según narra Joao Perdigão) junto con Perdigão, Miguel, Frederico Kniestedt y el Tupi, participó en manifestaciones alusivas a la fecha. Sofia Garrido o Maria Sophia Loaise, argentina de nacimiento, defendió el anarquismo, y más que eso, a la mujer independientemente de color, raza, nacionalidad o edad en fervorosos discursos. SILVIA RIBEIRO vive desde los 15 años en la Comunidad Del Sur la cual fue creada en 1955, en Uruguay, en donde se practica uNa experiencia modelo de organización autogestionaria. Alrededor de cuarenta personas de diferentes edades, entre hombres y mujeres, viven en una chacra cerca del centro de la ciudad, algunas trabajando en la sección gráfica de la editorial Nordan-Comunidad. Al lado de ell@s , Sílvia opta por apostar a la política radical, traducida en la construcción de la solidaridad desde las pequeñas tareas de la vida cotidiana, tanto del trabajo como del tiempo libre, con mucho amor. Sílvia Ribeiro está comprometida con las luchas anarcofeminista y ecológica. Sílvia expuso en una reciente entrevista a la profesora y anarquista Margareth Rago su idea de la vida libertaria en una comunidad: "La Comunidad siempre se vio como una experiencia social, basándose en algunos principios que están escritos (...) Para darle una idea, es como que hay cuatro principios básicos: en lo político, nosotros nos definimos como socialistas libertarios, en el sentido en que concebimos una estructura política de participación en la sociedad. En el plano económico, decimos que somos comunistas en el sentido real de la palabra, esto quiere decir, de cada cual según su capacidad, a cada cual según su posibilidad, y eso tiene que ver con el hecho de que nosotros estamos en contra de la propiedad privada y de la herencia. Desde el punto de vista social, elegimos una forma social del tipo comunitario, que también es una crítica a la sociedad, a la familia nuclear burguesa. (...) La Comunidad Del Sur no tiene sentido si no transforma a la sociedad global, por lo tanto, tenemos que hacer algo. Ella tiene que tener un sentido proyectivo, puede ser un modelo o una inspiración posible... pensamos que en momentos de crisis de la sociedad y al caer el socialismo autoritario (ejemplos de Cuba y del Este de Europa), las personas levantan la cabeza y buscan una respuesta a la pregunta: ¿qué es lo que hay, en lugar de eso?" PAULA SOARES Era madrastra de Maria Angelina Soares y también por la influencia del también medio hermano de Maria Angelina, Florentino de Carvalho comenzó a participar del movimiento anarquista. La casa de los Soares ubicada en la calle Brás Cubas del barrio de Macuco en la ciudad de Santos, fue transformada en lugar de encuentro, reuniones y debates anarquistas. En contrapartida, el padre de Florentino de Carvalho era muy católico y no apoyaba las ideas de su hijo. En ese entonces él encontró en su madrastra, Paula, y en los hermanos del segundo casamiento de su padre, colaboradores para la causa libertaria. En 1914, la familia Soares se mudó a Brás, en San Pablo. Se instaló en la calle Bresser, y en poco tiempo la modesta casa de Paula Soares fue transformada en hospedaje de l@s anarquistas forajid@s, desemplead@s, y de l@s que estaban de paso. Algunos buscaban abrigo, otr@s comida, y otr@s direcciones de compañer@s. También fue punto de encuentros, reuniones, redacción de periódicos, aula de clases para alfabetización, sociología y anarquismo. Una tablita de madera era la cerradura de la casa de los Soares, la llave, un cordel agarrado en uno de los extremos de la tablita, llegando al lado de afuera por un orificio de sesenta centímetros con un nudo en la punta. Tod@s las anarquistas tenían la "llave": sólo hacía falta empujar el cordel y la puerta se abría. Pero, cuando la policía visitaba el "hogar de la familia Soares", "sus agentes secretos" rondaban por las inmediaciones y el cordel era retirado. Los visitantes se daban cuenta al instante del aviso y se alejaban antes de que las autoridades los sorprendiesen. En 1923 los Soares se mudan para Río de Janeiro y de nuevo la casa de esta familia libertaria se transformó en punto de encuentros, abrigo de forajid@s , reuniones... Con el fallecimiento de Paula Soares y de los compañeros de Maria Antonia Soares (Manoel Campos) y de Matilde Soares (Henrique Ramos) y la persecución cada vez más fuerte de la dictadura sobre l@s anarquistas, aquel reducto ácrata fue interrumpido. Las presiones de Florentino de Carvalho también debilitaron la estructura de la casa. ANGELINA SOARES Vivió en Santos desde 1910 hasta 1914 con su familia. Fue en Santos que Maria Angelina Soares conoció el anarquismo, un poco por influencia de su hermano Florentino de Carvalho (Primitivo Raimundo Soares). Ella era bordadora. En 1914 volvió a San Pablo yéndose a vivir a la calle Bresser, en Brás, comenzando entonces a involucrarse con la lucha anarquista. Primero ayudando a su hermano a hacer el Germinal-Barricata, periódico publicado en portugués e italiano, y después dando clases en las Escuelas Modernas nº1, en la Avenida Celso Garcia y en la nº2, en la calle del Oriente. Maria Angelina empezó en la prensa anarquista en 1915, escribiendo un artículo sobre "La Guerra" para el periódico libertario A Lanterna (El Faro) dirigido por Edgard Leuenroth. Después colaboró en A Voz da União (La Voz de la Unión), dirigido por Souza Passos, en Voz dos Garçons (Voz de los Garçons), dirigido por Nicolau Parada, más tarde muerto en el campo de concentración de Oiapoque, en Plebe (Plebe), en la revista Prometheu, dirigida por su sobrino Arsênio Palacio, en O Libertario (El Libertario), publicado bajo la responsabilidad de Pedro Catalo en la década del ’60. Incluso en San Pablo, Angelina ayudó a fundar y dirigió por algún tiempo el Centro Femenino de Educación. Ella se anticipó en el tiempo y en las ideas más de medio siglo a las feministas de nuestros días. En 1923 la familia Soares viajó a Río de Janeiro estableciendo su residencia en la calle Maria José, en Penha. En Río, Angelina y sus hermanas Matilde, Antonia y Pilar pasaron a formar parte del Grupo Renovación y Música. Maria Angelina Soares murió en Río de Janeiro en 1985.

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Edgar Allan Poe - La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar
Edgar Allan Poe - La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar
ArteporAnónimo7/11/2012

La Verdad Sobre el Caso del Sr. Valdemar (The Facts in the Case of M. Valdemar - 1845) No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un milagro que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público, al menos hasta el presente o hasta que haya alguna oportunidad ulterior para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado lugar a un relato mutilado o exagerado que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades desagradables, y, como es natural, de un gran descrédito. Se ha hecho hoy necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí: Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o hipnotismo animal, y hace nueve meses, aproximadamente, se me ocurrió de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable omisión: nadie había sido aún hipnotizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en semejante estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en segundo lugar, si, en caso afirmativo, estaba atenuada o aumentada por ese estado; en tercer lugar, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Había otros puntos que determinar; pero eran éstos los que mas excitaban mi curiosidad, el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias. Buscando a mi alrededor algún sujeto por medio del cual pudiese comprobar esas particularidades, acabé por pensar en mi amigo el señor Ernesto Valdemar, compilador muy conocido de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las traducciones polacas de Wallenstein y de Gargantúa. El señor Valdemar, que había residido principalmente en Harlem. N. Y., desde el año de 1839, es (o era) notable sobre todo por la excesiva delgadez de su persona – sus miembros inferiores se parecían mucho a los de John Randolp – y también por la blancura de sus cabellos, que, a causa de esa blancura, se confundían de ordinario con una peluca. De marcado temperamento nervioso, esto le hacía ser un buen sujeto para las experiencias magnéticas. En dos o tres ocasiones le había yo dormido sin dificultad; pero me sentí defraudado en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me había hecho, por supuesto, esperar. Su voluntad no quedaba en ningún momento positiva o enteramente bajo mi influencia, y respecto a la clairvoyance (clarividencia), no pude realizar con él nada digno de mención. Había yo atribuido siempre mi fracaso a esas cuestiones relacionadas con la alteración de su salud. Algunos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tisis comprobada. Era, en realidad, costumbre suya hablar con toda tranquilidad de su cercano fin como de una cuestión que no podía ni evitarse ni lamentarse. Respecto a esas ideas a que he aludido antes, cuando se me ocurrieron por primera vez, pensé como era natural, en el señor Valdemar. Conocía yo la firme filosofía de aquel hombre para temer cualquier clase de escrúpulos por su parte, y no tenía él parientes en América que pudiesen, probablemente, intervenir. Le hablé con toda franqueza del asunto, y ante mi sorpresa, su interés pareció muy excitado. Digo ante mi sorpresa, pues aunque hubiese él cedido siempre su persona por libre albedrío para mis experimentos, no había demostrado nunca hasta entonces simpatía por mis trabajos. Su,enfermedad era de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal. Quedó, por último, convenido entre nosotros que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su muerte. Hace más de siete meses que recibí la siguiente esquela del propio señor Valdemar: «Mi querido P***: »Puede usted venir ahora. D*** y F** están de acuerdo en que no llegaré a las doce de la noche de mañana, y creo que han acertado con el plazo exacto o poco menos. VaIdemar. » Recibí esta esquela una media hora después de haber sido escrita, y a los quince minutos todo lo más, me encontraba en la habitación del moribundo. No le había visto en diez días, y me quedé aterrado de la espantosa alteración que en tan breve lapso se había producido en él. Su cara tenía un color plomizo, sus ojos estaban completamente apagados, y su delgadez era tan extremada, que los pómulos habían perforado la piel. Su expectoración era excesiva. El pulso, apenas perceptible. Conservaba, sin embargo, de una manera muy notable sus facultades mentales y alguna fuerza física. Hablaba con claridad, tomaba algunas medicinas calmantes sin ayuda de nadie, y cuando entré en la habitación, se ocupaba en escribir a lápiz unas notas en un cuadernito de bolsillo. Estaba incorporado en la cama, gracias a unas almohadas. Los doctores D*** y F*** le prestaban asistencia. Después de haber estrechado la mano del señor Valdemar, llevé a aquellos caballeros aparte y obtuve un minucioso informe del estado del paciente. El pulmón izquierdo se hallaba desde hacía ocho meses en un estado semióseo o cartilaginoso y era, por consiguiente, de todo punto inútil para cualquier función vital. El derecho, en su parte superior, estaba también parcial, si no totalmente osificado, mientras la región inferior era sólo una masa de tubérculos purulentos, conglomerados. Existían varias perforaciones extensivas, y en cierto punto había una adherencia permanente de las costillas. Estas manifestaciones en el lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación había avanzado con una inusitada rapidez; no se había descubierto ningún signo un mes antes, y la adherencia no había sido observada hasta tres días antes. Con independencia de la tisis, se sospechaba un aneurisma de la aorta, en el paciente; pero sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible un diagnóstico exacto. En opinión de los dos médicos, el señor Valdemar moriría alrededor de medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la noche del sábado. Al separarse de la cabecera del doliente para hablar conmigo, los doctores D*** y F*** le dieron un supremo adiós. No tenían intención de volver; pero, a requerimiento mío, consintieron en venir a visitar de nuevo al paciente hacia las diez de la noche inmediata. Cando se marcharon hablé libremente con el señor Valdemar sobre su cercana muerte, así como en especial del experimento proyectado. Se mostró decidido a ello con la mejor voluntad, ansioso de efectuarlo, y me apremió para que comenzase en seguida. Estaban allí para asistirle un criado y una sirvienta; pero no me sentí bastante autorizado para comprometerme en una tarea de aquel carácter sin otros testimonios de mayor confianza que el que pudiesen aportar aquellas personas en caso de accidente repentino. Iba a aplazar, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de Medicina, con quien tenia yo cierta amistad (el señor Teodoro L***l), me sacó por completo de apuros. Mi primera intención fue esperar a los médicos; pero me indujeron a obrar en seguida, en primer lugar, los apremiantes ruegos del señor Valdemar, y en segundo lugar, mi convicción de que no podía perder un momento, pues aquel hombre se iba por la posta. El señor L***l fue tan amable, que accedió a mi deseo de que tomase notas de todo cuanto ocurriese, y gracias a su memorándum, puedo ahora relatarlo en su mayor parte, condensando o copiando al pie de la letra. Faltarían unos cinco minutos para las ocho, cuando, cogiendo la mano del paciente, le rogué que manifestase al señor L***l, lo más claramente que le permitiera su estado, que él (el señor Valdemar) tenía un firme deseo de que realizara yo el experimento de hipnotización sobre su persona en aquel estado. Replicó él, débilmente, pero de un modo muy audible: – Sí, deseo ser hipnotizado – añadiendo al punto – : Temo que lo haya usted diferido demasiado. Mientras hablaba asi, comencé a dar los pases que sabía ya eran los más eficaces para dominarle. Estaba él, sin duda, influido por el primer pase lateral de mi mano de parte a parte de su cabeza; pero, aunque ejercité todo mi poder, no se manifestó ningún efecto hasta unos minutos después de las diez, en que los doctores D*** y F*** llegaron, de acuerdo con la cita. Les expliqué en pocas palabras lo que me proponía hacer, y como ellos no opusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, proseguí, sin vacilación, cambiando, no obstante, los pases laterales por otros hacia abajo, dirigiendo exclusivamente mi mirada a los ojos del paciente. Durante ese rato era imperceptible su pulso, y su respiración estertorosa y con intervalos de medio minuto. Aquel estado continuó inalterable casi durante un cuarto de hora. Al terminar este tiempo, empero, se escapó del pecho del moribundo un suspiro natural, aunque muy hondo, y cesó la respiración estertorosa, es decir, no fue ya sensible aquel estertor; no disminuían los intervalos. Las extremidades del paciente estaban frías como el hielo. A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia magnética. El movimiento giratorio de los ojos vidriosos se convirtió en esa expresión de desasosegado examen interno que no se ve nunca más que en los casos de somnambulismo, y que no se puede confundir. Con unos pocos pases laterales rápidos hice estremecerse los párpados, como en un sueño incipiente, y con otros cuantos más se los hice cerrar. No estaba yo satisfecho con esto, a pesar de todo, por lo que proseguí mis manipulaciones de manera enérgica y con el más pleno esfuerzo de voluntad, hasta que hube dejado bien rígidos los miembros del durmiente, después de colocarlos en una postura cómoda, al parecer. Las piernas estaban estiradas por entero; los brazos, casi lo mismo, descansando sobre el lecho a una distancia media de los riñones. La cabeza estaba ligeramente levantada. Cuando hube realizado esto eran las doce dadas, y rogué a los caballeros allí presentes que examinasen el estado del señor Valdemar. Después de varias pruebas, reconocieron que se hallaba en un inusitado y perfecto estado de trance magnético. La curiosidad de ambos médicos estaba muy excitada. El doctor D*** decidió en seguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras el doctor F*** se despidió, prometiendo volver al despuntar el día. El senor L***l y los criados se quedaron allí. Dejamos al señor Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada; entonces me acerqué a él, y le encontré en el mismo estado que cuando el doctor F*** se marchó, es decir, tendido en la misma posición. Su pulso era imperceptible; la respiración, suave (apenas sensible, excepto al aplicarle un espejo sobre la boca); los ojos estaban cerrados con naturalidad, y los miembros, tan rígidos y f.ríos como el mármol. A pesar de todo el aspecto general no era en modo alguno el de la muerte. Al acercarme al señor Valdemar hice una especie de semiesfuerzo para que su brazo derecho siguiese al mío durante los movimientos que éste ejecutaba sobre uno y otro lado de su persona. En experimentos semejantes con el paciente no había tenido nunca un éxito absoluto, y de seguro no pensaba tenerlo ahora tampoco; pero, para sorpresa mía, su brazo siguió con la mayor facilidad, aunque débilmente, todas las direcciones que le indicaba yo con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación. – Señor Valdemar – dije –, ¿duerme usted? No respondió, pero percibí un temblor en sus labios, y eso me indujo a repetir la pregunta una y otra vez. A la tercera, todo su ser se agitó con un ligero estremecimiento; los párpados se levantaron por sí mismos hasta descubrir una linea blanca del globo; los labios se movieron perezosamente, y por ellos, en un murmullo apenas audible, salieron estas palabras: – Sí, duermo ahora. ¡No me despierte!... ¡Déjeme morir así! Palpé sus miembros, y los encontré más rígidos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecía la dirección de mi mano... Pregunté al somnámbulo de nuevo: – ¿Sigue usted sintiendo dolor en el pecho, señor Valdemar? La respuesta fue ahora inmediata, pero menos audible que antes: – No siento dolor... ¡Estoy muriendo! No creí conveniente molestarle más, por el momento, y no se dijo ni se hizo ya nada hasta la llegada del doctor F***, que precedió un poco a la salida del sol; manifestó su asombro sin límites al encontrar al paciente todavía vivo. Después de tomarle el pulso y de aplicar un espejo a sus labios, me rogó que hablase de nuevo al somnámbulo. Asi lo hice, diciendo. – Señor Valdemar, ¿sigue usted dormido? Como antes, pasaron algunos minutos hasta que llegó la respuesta, y durante ese intervalo el yacente pareció reunir sus energías para hablar. Al repetirle por cuarta vez la pregunta, dijo él muy débilmente, de un modo casi ininteligible: – Sí, duermo aún... Muero. Fue entonces opinión o más bien deseo de los médicos que se dejase al señor Valdemar permanecer sin molestarle en su actual y, al parecer, tranquilo estado, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual debía de tener lugar, a juicio unánime de ambos, dentro de escasos minutos. Decidí, con todo, hablarle una vez más, repitiéndole simplemente mi pregunta anterior. Cuando lo estaba haciendo se produjo un marcado cambio en la cara del somnámbulo. Los ojos giraron en sus órbitas despacio, las pupilas desaparecieron hacia arriba, la piel tomó un tinte general cadavérico, pareciendo no tanto un pergamino como un papel blanco, y las manchas héticas circulares, que antes estaban muy marcadas en el centro de cada mejilla, se disiparon de súbito. Empleo esta expresión porque lo repentino de su desaparición me hizo pensar en una vela apagada de un soplo. El labio superior al mismo tiempo se retorció, alzándose sobre los dientes, que hacía un instante cubría por entero, mientras la mandíbula inferior cayó con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta por completo y al descubierto, a simple vista, la lengua hinchada y negruzca. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto del señor Valdemar era en aquel momento tan espantoso y tan fuera de lo imaginable, que hubo un retroceso general alrededor del lecho. Noto ahora que he llegado a un punto de este relato en que todo lector, sobrecogido, me negará crédito. Es mi tarea, no obstante, proseguir haciéndolo. No había ya en el señor Valdemar el menor signo de vitalidad, y llegando a la conclusión de que había muerto, le dejábamos a cargo de los criados cuando observamos un fuerte movimiento vibratorio en la lengua. Duró esto quizá un minuto. Al transcurrir, de las separadas e inmóviles mandíbulas salió una voz tal, que sería locura intentar describirla. Hay, en puridad, dos o tres epítetos que podrían serle aplicados en cierto modo; puedo decir, por ejemplo, que aquel sonido era áspero, desgarrado y hueco; pero el espantoso conjunto era indescriptible, por la sencilla razón de que sonidos análogos no han hecho vibrar nunca el oido de la Humanidad. Había, sin embargo, dos particularidades que – así lo pensé entonces, y lo sigo pensando – pueden ser tomadas justamente como características de la entonación, como apropiadas para dar una idea de su espantosa peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oídos – por lo menos, a los míos – desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo realmente que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o viscosas impresionan el sentido del tacto. He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era de un silabeo claro, o aún más, asombrosa, espeluznantemente claro. El señor Valdemar hablaba, sin duda, respondiendo a la pregunta que le había yo hecho minutos antes. Le había preguntado, como se recordará, si seguía dormido. Y él dijo ahora: – Sí, no; he dormido..., y ahora..., ahora... estoy muerto. Ninguno de los presentes fingió nunca negar o intentó reprimir el indescriptible y estremecido horror que esas pocas palabras, así proferidas, tan bien calculadas, le produjeron. El señor L***l (el estudiante) se desmayó. Los criados huyeron inmediatamente de la habitación, y no pudimos inducirles a volver a ella. No pretendo hacer inteligibles para el lectar mis propias impresiones. Durante una hora casi nos afanamos juntos, en silencio – sin pronunciar una palabra – nos esforzamos en hacer revivir al señor L***l. Cuando volvió en sí proseguimos juntos de nuevo el examen del estado del señor Valdemar. Seguía bajo todos los aspectos tal como he descrito últimamente, a excepción de que el espejo no recogía ya señales de respiración. Una tentativa de sangría en el brazo falló. Debo mencionar también que ese miembro no estaba ya sujeto a mi voluntad. Me esforcé en balde por que siguiera la dirección de mi mano. La única señal real de influencia magnética se manifestaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que dirigía yo una pregunta al señor Valdemar. Parecía él hacer un esfuerzo para contestar, pero no tenía ya la suficiente voluntad. A las preguntas que le hacía cualquier otra persona que no fuese yo, parecía absolutamente insensible, aunque procuré poner a cada miembro de aquella reunión en relación magnética con él. Creo que he relatado cuanto es necesario para hacer comprender el estado del somnámbulo en aquel período. Buscamos otros enfermeros, y a las diez salí de la casa en compañía de los dos médicos y del señor L***l. Por la tarde volvimos todos a ver al paciente. Su estado seguía siendo exactamente el mismo. Tuvimos entonces una discusión sobre la conveniencia y la posibilidad de despertarle, pero nos costó poco trabajo ponernos de acuerdo en que no serviría de nada hacerlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que suele designarse con el nombre de muerte) había sido detenida por la operación magnética. Nos pareció claro a todos que el despertar al señor Valdemar sería, sencillamente, asegurar su instantáneo o, por lo menos, su rápido fin. Desde ese período hasta la terminación de la semana última – en un intervala de casi siete meses – seguimos reuniéndonos todos los días en casa del señor Valdemar, de cuando en cuanda acompañados de médicos y otros amigos. Durante ese tiempo, el somnánbulo seguía estando exactamente tal como he descrito ya. La vigilancia de los enfermeros era continua. Fue el viernes último cuando decidimos, por fin, efectuar el experimento de despertarle, o de intentar despertarle, y es acaso el deplorable resultado de este último experimento el que ha dado origen a tantas discusiones en los círculos privados, en muchas de las cuales no puedo por menos de ver una credulidad popular injustificable. A fin de sacar al señor Valdemar del estado de trance magnético, empleé los acostumbrados pases. Durante un rato resultaron infructuosos. La primera señal de su vuelta a la vida se manifestó por un descenso parcial del iris. Observamos como algo especialmente notable que ese descenso de la pupila iba acompañado de un derrame abundante de un licor amarillento (por debajo de los párpados) con un olor acre muy desagradable. Me sugirieron entonces que intentase influir sobre el brazo del paciente, como en los pasados días. Lo intenté y fracasé. El doctor F*** expresó su deseo de que le dirigiese una pregunta. Lo hice del modo siguiente: – Señor Valdemar, puede usted explicarnos cuáles son ahora sus sensaciones o deseos? Hubo una reaparición instantánea de los círculos héticos sobre las mejillas; la lengua se estremeció, o más bien se enrolló violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron tan rígidos como antes), y, por último, la misma horrenda voz que ya he descrito antes prorrumpió: – ¡Por amor de Dios!... De prisa.-., de prisa..., hágame dormir o despiérteme de prisa..., ¡de prisa!... ¡Le digo que estoy muerto! Estaba yo acorbadado a más no poder, y durante un momento permanecí indeciso sobre lo que debía hacer. Intenté primero un esfuerzo para calmar al paciente, pero al fracasar, en vista de aquella total sus pensión de la voluntad, cambié de sistema, y luché denodadamente por despertarle. Pronto vi que esta tentativa iba a tener un éxito completo, o, al menos, me imaginé que sería completo mi éxito, y estoy seguro de que todos los que permanecían en la habitación se preparaban a ver despetar al paciente. Sin embargo, es de todo punto imposible que ningún ser humano estuviera preparado para lo que ocurrió en la realidad. Cuando efectuaba yo los pases magnéticos, entre gritos de «¡Muerto, muerto!», que hacían por completo explosión sobre la lengua, y no sobre los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió terminantemente bajo mis manos. Sobre el 1 echo, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de aborrecible putrefacción. Edgar Allan Poe

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