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Usuario (Argentina)
El Gato no estaba en su mejor nivel. Un tenista tan talentoso como irritable al que algunos ya le pronostican el retiro. Si lo hace, mal no creo que la pase..... El tenista argentino Gastón Gaudio sufrió la rotura de dos de tres ligamentos externos del tobillo derecho y afrontará un largo período de inactividad. Gaudio, de 28 años, conoció hoy los resultados de los estudios que le realizaron por orden del traumatólogo Javier Maquirraín, según le indicaron a Télam fuentes vinculadas al tenista de Adrogué. El tenista argentino, ganador de Roland Garrós en 2004, se retiró la semana pasada del torneo Challenger de Nápoles a raíz de esta lesión. Gaudio decidió no operarse de inmediato, ya que esperará a que cicatrice la lesión utilizando una bota para inmovilizar su pie.

Registrate y eliminá la publicidad! Mentiras disonantes La genialidad y la perversión parecen ser caras de una misma moneda. Al menos así lo indica la experiencia del norteamericano Daniel Carleton Gajdusek, Nobel de Medicina condenado por corrupción de menores, y del filósofo francés Louis Althusser, detenido por homicidio. El psicólogo Leon Festinger fue uno de los primeros que analizaron la discrepancia entre lo que se percibe del otro y lo que realmente es. EN LA MITOLOGIA ROMANA, JANUS FUE UN DIOS QUE TENIA DOS CARAS MIRANDO HACIA AMBOS LADOS DE SU PERFIL. Por Pablo Capanna Hace años, una de esas fluctuaciones cuánticas de la política universitaria que hasta entonces apenas había sufrido, me arrojó a la jefatura de un departamento con decenas de docentes, un escritorio y hasta una secretaria. Una mañana, al hojear el diario leí que un profesor había matado a su mujer a puñaladas. Al rato me llamaron para contarme que era un colega, con quien había hablado una sola vez. Cuando llegué a la oficina, la secretaria estaba al borde de un ataque de nervios. Me alcanzó una carta que en algún momento alguien había dejado sobre mi escritorio. La firmaba el flamante asesino, quien solicitaba licencia con la mayor formalidad burocrática. Por lo menos, se conformaba con que fuera sin goce de sueldo. Alegando “causas ajenas a su voluntad” que eran “del dominio público”, se veía obligado a dejar la cátedra al menos por un tiempo. Nunca volvió. Que yo sepa, no lo encontraron nunca, y si aún vive, seguirá impune. A mí me había tocado vivir la parte más grotesca del asunto, pero hubo profesores que se sintieron muy perturbados. Algunos se defendían negando que jamás hubieran tenido trato con el prófugo. Otros se sentían tontos por no haberse dado cuenta de quién era su colega y tampoco faltaban los que se creían detectives aficionados. Hace poco recordé esas circunstancias. Fue el día en que los noticieros comenzaron a insistir sobre dos casos, uno lejano y otro próximo, y lograron mantenerlos en cartel unos días más de lo que habitualmente soporta la audiencia. Ambos casos provocaban una indignación fuera de lo común. Mostraban que personas que parecían estar más allá de toda sospecha podían ser culpables de las peores aberraciones. En el primer caso se trataba de un gurú con aspecto de Mago Merlín, venerado en Belgrado por sus pacientes y adeptos. Un día se descubrió que era nada menos que el Carnicero de Bosnia, uno de los peores genocidas de las guerras balcánicas. El otro era un eminente psicólogo argentino, con autoridad en temas de abuso sexual y violencia familiar, que de pronto aparecía procesado por dirigir una red internacional de pedófilos. Casos como éstos logran inquietar hasta a una opinión pública que ya parecería estar inmunizada contra cualquier escándalo, quizá porque golpean la buena fe y corroen los últimos vestigios de la confiabilidad. Por supuesto, no era la primera vez que ocurrían cosas parecidas, pero la condición terapéutica de los acusados agravaba las cosas. Cuando un Nobel de Medicina como D. C. Gajdusek fue condenado por corrupción de menores o un filósofo como Althusser fue preso por homicidio, a muy pocos se les ocurrió poner en duda sus logros intelectuales. El gran pensador Louis Althusser Pero algo cualitativamente distinto fue lo que ocurrió cuando a Kurt Waldheim, que había sido secretario de la UN, se le descubrió un currículum de oficial de las SS, o en los casos más recientes de sacerdotes o líderes religiosos acusados de estupro. Pareciera que dentro de la generalizada anomia en que vivimos las figuras terapéuticas son los últimos referentes morales y su corrupción produce una mayor indignación. DESCONCIERTOS El caso del psicólogo argentino conmovió a toda su comunidad profesional, que de algún modo veía afectada su credibilidad. Con una celeridad poco común fue excluido de la cátedra y hasta se retiraron de circulación sus libros, aun perjudicando a quienes habían colaborado con un inocente paper en alguna de sus compilaciones. En las ciencias sociales (antaño llamadas “morales”) el prestigio intelectual y el ético parecían estar mucho más ligados de lo que ocurre en las ciencias “duras”, donde cuesta menos disociar la obra del autor. Todos vimos desfilar por televisión a sus ex colegas, tan azorados como cualquier vecino que acaba de descubrir que vivía al lado de un asesino. Algunos no atinaban a dar explicaciones. Otros tomaban distancia y minimizaban su relación con él. Si bien no faltaban quienes aprovechaban para ventilar discrepancias ideológicas, nadie se jactaba de haber sospechado nada, porque en ese caso hubiera tenido que denunciarlo. La mayoría coincidió en afirmar que un psicópata que lleva una doble vida es más difícil de descubrir que un espía, que puede pasar inadvertido por años. Lo que se ponía en tela de juicio en circunstancias como estas era la eficacia profesional de quienes habían estado cerca del personaje en cuestión. La opinión pública se preguntaba por qué ninguno de ellos, siendo brillantes a la hora de diagnosticar o de teorizar, fue capaz de darse cuenta no sólo de sus perversiones sino de su actividad delictiva. ¿Habría que creer que los agentes de contraespionaje son más eficaces que los psicólogos o bien que la perspicacia de éstos se empaña cuando tienen que observar a sus propios colegas? Antes de arrojar más dudas sobre profesionales, estudiantes y funcionarios, convendría recordar que este fenómeno es bastante común, y puede cobrarse víctimas hasta entre los científicos más rigurosos. Es bastante difícil ver al colega como paciente, precisamente porque cuesta sacarlo de su contexto habitual. El vínculo intelectual y el trato formal pueden impedir la toma de distancia. Como se decía en el caso de la infidelidad, “el último que se entera es la víctima”, y sólo después de que la evidencia más brutal disipa sus racionalizaciones. LA DISONANCIA COGNITIVA Uno de los primeros que estudiaron este tipo de ceguera epistemológica fue el psicólogo Leon Festinger. En 1957 se puso a investigar a los miembros de una secta apocalíptica que habían esperado ser evacuados por los extraterrestres antes del inminente fin del mundo. Como en la fecha anunciada no pasó nada, los creyentes prefirieron ponerse a elaborar nuevas y alambicadas profecías para acomodarse a la nueva situación, antes que reconocer que se habían dejado engañar. El grupo reproducía en escala menor un hecho histórico conocido como la Gran Decepción Americana. El 22 de octubre de 1844 los seguidores del pastor William Miller subieron a los techos de sus casas para esperar el regreso de Cristo, que según sus cálculos ocurriría en esa fecha. Al día siguiente, los milleritas no sólo estaban frustrados; se encontraron con que eran ridiculizados, hostigados y hasta vejados por sus propias comunidades. La consecuencia fue que terminaron por cerrar filas y se pusieron a hacer nuevos y complejos cálculos que explicaran el fracaso. Tanto los Adventistas como los Testigos de Jehová nacieron de esa crisis. Más cerca de nosotros, algo parecido le ocurrió a Philip K. Dick, el Kafka californiano. En sus últimos meses de vida estuvo aguardando la llegada de un mesías que aparecería en todas las pantallas de televisión, y murió poco antes de la fecha fijada, quizá por no estar dispuesto a soportar un fracaso. Festinger llamó disonancia a este conflicto que se plantea entre aquello que uno ve y lo que espera ver. La necesidad de que haya consonancia entre las distintas creencias que uno abriga (a menudo contradictorias entre sí) puede ser tan fuerte como para negar los hechos, ocultarlos o aceptar una ilusión con tal de que sea convincente. Cada vez que uno le echa un vistazo al horóscopo, aunque descrea de la astrología, es porque está buscando alguna asonancia con sus deseos. En casos extremos hay quien llega a hacer fraude, simplemente porque no soporta el conflicto. Para estudiar estas circunstancias, Festinger diseñó una experiencia que ya es clásica. Reclutó voluntarios dispuestos a cumplir una tarea, sin hacer objeciones. La tarea no tenía sentido: había que rotar unas clavijas dándoles un cuarto de vuelta por vez, hasta que el instructor dijera basta, o bien apilar bobinas de madera en una bandeja, vaciarla y empezar a llenarla de nuevo. Al cabo de unos cuantos minutos, se hacía exasperante. A la salida, un instructor abordaba a los aburridos sujetos y en tono confidencial les pedía ayuda, explicando que uno de sus ayudantes había faltado. Les pedía que convencieran al candidato siguiente de que la tarea era muy estimulante y divertida, a pesar de lo que habían tenido que hacer. Como incentivo, a algunos ofrecía pagarles veinte dólares y a otros les prometía solamente uno. El paradójico resultado era que quienes habían cobrado menos eran los que mejor mentían. Al parecer, los que recibían un pago razonable tenían conciencia de que mentían por dinero; no se sentían culpables de hacerlo porque pensaban que estaban contribuyendo al avance de la ciencia. En cambio, los que aceptaban negar la evidencia por sólo un dólar terminaban siendo más convincentes porque antes habían tenido que persuadirse a sí mismos. De no hacerlo, se hubieran sentido unos miserables, capaces no sólo de mentir sino de hacerlo sin motivo. Necesitaban justificarse para mantener la autoestima y superar la disonancia. Desde el auge del espiritismo del siglo XIX hasta modas más recientes como la exploración de “recuerdos de vidas anteriores”, muchos han experimentado creando ficciones y haciéndolas pasar por historias reales. El escéptico James Randi armó un show en la televisión australiana, con un actor que simulaba recordar hechos de 2000 años atrás. Pero se encontró que aun después de que ambos confesaran públicamente la impostura, el público siguió creyéndole. EXPERIMENTOS Y FIASCOS Algunas conocidas historias de la ciencia, que suelen explicarse como fraudes explícitos o divagaciones seudocientíficas quizá puedan entenderse apelando a la disonancia. La más venerable es la historia de las “células inmortales” que el Premio Nobel Alexis Carrel (1873-1944) decía haber cultivado en el laboratorio del Instituto Rockefeller de Nueva York durante nada menos que 34 años. El cirujano, que gozaba de enorme fama como ensayista y escritor de temas espirituales, dictaminó en 1912 que “el envejecimiento y la muerte son fenómenos contingentes, no necesarios”. Se propuso demostrarlo manteniendo in vitro unas células de corazón de pollo, a las cuales apenas se les agregaban periódicamente unas gotas de plasma. En la comunidad científica siempre hubo muchos que dudaban del experimento de Carrel. Uno de los escépticos, llamado Ralph Buchsbaum, logró en 1930 que una asistente de Carrel confesara que cada tanto le añadía células vivas al cultivo. Dijo que lo hacía para no decepcionar al profesor, pensando que la disonancia podía matarlo. Carrel murió en 1944, la experiencia se suspendió dos años después, y hoy sabemos que las células no sobreviven más allá de unas 30 semanas. El otro caso es el del “agua anómala” o “poliagua” que el ruso Nikolai Fediakin dijo haber producido en 1968. Se la obtenía mediante un complejo proceso de condensación de vapor en capilares de cuarzo, y tenía propiedades realmente extrañas, que prometían grandes aplicaciones. Tenía la consistencia de la gelatina, se congelaba recién a 40 grados bajo cero y no hervía. Años después se pudo determinar que no se trataba de un fraude sino de una desprolijidad de los rusos: el agua “anómala” se había contaminado con grasas y siliconas. Esta vez la disonancia corrió por cuenta de los norteamericanos, que todavía estaban bajo el impacto del Sputnik, se había adelantado a sus propios planes espaciales. Sentían que había que hacer algo para evitar una nueva humillación. Un equipo de la Universidad de Michigan se propuso reproducir los resultados soviéticos y hasta desarrolló complejas elaboraciones teóricas para justificarlos, antes que admitir la explicación más simple y ahorrarse mucho trabajo. De todos modos, la disonancia no es siempre ni necesariamente negativa. Lo que puede ser negativo son las reacciones que provoca, en los casos en que actúa como inhibidor. Pero la disonancia es algo que puede ser más que recomendable en el caso de las negociaciones. Cuando se sientan a la misma mesa competidores, rivales, adversarios o aun enemigos, la disonancia es fecunda si permite descubrir que la persona que está en frente de uno no es un monstruo inhumano sino alguien que piensa distinto o tiene otros intereses. El diálogo y la negociación se vuelven posibles cuando surge una feliz disonancia entre el prejuicio y la realidad, que permite superar el hiato entre lo que se espera lograr y lo que es factible acordar con la otra parte. De este modo, se puede pensar en resolver los conflictos que la intransigencia no hace más que alimentar. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2016-2008-10-08.html <a href='http://b.t.net.ar/www/delivery/ck.php?n=a2afc290&cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE' target='_blank'><img src='http://b.t.net.ar/www/delivery/avw.php?zoneid=58&cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE&n=a2afc290' border='0' alt='' /></a>
Develan menú de "La última cena" Un historiador analizó el célebre cuadro de Da Vinci y rompió siglos de misterio. Tras un exhaustivo y minucioso trabajo, el historiador John Varriano desentrañó el misterio. El historiador John Varriano concluyó que el plato principal de la última cena, que Jesús tuvo con sus discípulos antes de su muerte, fue anguila a la parrilla decorada con rodajas de naranja. El resultado de la investigación, publicado en la revista estadounidense "Gastronómica", demostró que la cena retratada por Leonardo Da Vinci era típica del Renacimiento italiano (1460-1500). El dato salió a la luz después de cinco siglos desde que la obra maestra fue terminada (1495-98), ya que muy pocos amantes del arte prestaron atención a los alimentos servidos en la mesa. La razón, según el corresponsal de la BBC en Milán, donde la pintura adorna la pared del ex convento de Santa Maria delle Grazie, es que el tema principal es "el innegable drama humano que muestra el momento en que Cristo deja perplejos a sus discípulos más cercanos con la revelación de que uno de ellos lo va a traicionar". Mark Duff, corresponsal de BBC Mundo, destacó que siempre se asumió que los comensales tenían enfrente un plato de cordero, junto al vino y el pan que aparecen en el fresco. Coincide con el simbolismo cristiano y, en particular, con la imagen de Jesús como el cordero entregado en sacrificio a Dios en expiación de los pecados humanos. Además, el deterioro de la pintura luego de su finalización en 1498 hizo prácticamente imposible una inspección exhaustiva. En la actualidad y gracias a la restauración reciente del mural, en 1999, los expertos han podido analizar qué comida se sirvió en la mesa. De acuerdo al historiador Varriano, del estado de Massachusetts, las anguilas eran un plato muy popular en la Italia renacentista y pudieron haber sido uno de los alimentos favoritos de Da Vinci. (Télam) http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/10/13/122386348490.php#
PASADO Y PRESENTE DE UN CONFLICTO PROLONGADO Colombia, esa herida absurda La guerrilla, los paramilitares, Uribe y Estados Unidos son los actores de esta disputa que se inició en la década del ’60. El rol del narcotráfico y las fallidas negociaciones de paz en un conflicto en el que, señala Antonio Navarro Wolf, actual gobernador de Nariño y ex líder del M-19, “las cosas no se miden en horas o minutos, sino en semanas y meses. Son los tiempos rurales, los tiempos de los desplazamientos, las cosechas. Esto hace que los tiempos de la guerra, y por lo tanto los tiempos de la paz, sean largos”. Por José Natanson De los conflictos armados aún abiertos, el de Colombia es el más antiguo del mundo junto al que enfrenta a India con Pakistán y el que disputan Israel y Palestina. Desde 1964, ha arrojado unos 50 mil muertos, 10 mil desaparecidos y el mayor número de desplazados luego del record de Sudán: entre 2 y 3 millones de personas. Como una herida absurda en el corazón de Sudamérica, el conflicto colombiano mezcla a la última guerrilla del continente con un presidente caudillista, presiones de Estados Unidos, paramilitares y el creciente poder del narcotráfico, que lo contagia todo. En este país, en donde todo parece posible, se produjo la asombrosa historia de Emmanuel. Y es también este pantano confuso el escenario en el que se realizó –y que a la vez explica– la fracasada operación de rescate de los rehenes encabezada por Néstor Kirchner. La insurgencia El 20 de julio de 1964, Manuel Marulanda (Tirofijo), junto con unas pocas docenas de hombres, crearon las FARC, la primera insurgencia del Partido Comunista de Colombia, que con los años se fue extendiendo hasta alcanzar porciones cada vez más importantes de territorio. Aunque siempre mutaron, adaptándose a circunstancias cambiantes, la transformación más importante ocurrió en los ’80, cuando la muerte de Pablo Escobar y el escándalo del Proceso 8000, que sacó a la luz la complicidad del Cártel de Cali con la campaña presidencial de Ernesto Samper, produjeron el colapso de las grandes corporaciones del narcotráfico. El vacío dejado por los grandes cárteles fue ocupado por miles de pequeñas organizaciones, en una estrategia de descentralización que les permitió a las bandas de narcotraficantes evadir mejor a la policía, pero que también las puso a merced de los grupos paramilitares y guerrilleros, que comenzaron a exigir un porcentaje de las ganancias a cambio de protección. Se iniciaba así una etapa de mayor colaboración entre las guerrillas y los narcos. Y comenzaba, también, el fenómeno paramilitar, grupos armados que nacieron como reacción a la insurgencia y que fueron ganando poder y autonomía gracias a sus lazos políticos y la tolerancia de las fuerzas de seguridad. Los comentaristas televisivos que califican a las FARC de “narcoguerrilla” tiene razón, pero deberían agregar que lucha contra narco-paramilitares y un narco-ejército, en el marco de un narco-Estado que hasta llegó a tener un narco-presidente. A esa altura, las FARC habían perdido parte de su carácter marxista-leninista original. Nacidas en pleno auge de las teorías foquistas, se fueron transformando con el colapso del bloque socialista y el contagio de las prácticas de los narcos y los paras: las masacres de civiles, que antes habían sido una excepción, se hicieron más comunes en las operaciones guerrilleras. Desideologizadas y realistas, las FARC ya no se planteaban tomar el gobierno, sino extender su control territorial y avanzar rodeando los centros de poder político y económico hasta alcanzar un equilibrio estratégico con el Estado. El objetivo último es que se les reconozca su status beligerante para encarar desde una posición de fuerza una eventual negociación de paz. En este sentido, no es menor que –a diferencia de Estados Unidos y la Unión Europea– la mayoría de los gobiernos de la región, incluyendo a Brasil, Venezuela y Ecuador, así como la propia ONU, se resistan a calificarlas de “organización terrorista”. En 1998, el gobierno de Andrés Pastrana negoció con las FARC un acuerdo de paz, que se encontraba bastante avanzado pero que se quebró en 2002, en medio de denuncias cruzadas: Pastrana acusó a la guerrilla de utilizar la zona de distensión (una amplia área desmilitarizada creada para facilitar las negociaciones) para esconder a los secuestrados y lanzar operaciones, mientras que el secretariado de las FARC acusó al gobierno de demorar los acuerdos para implementar el Plan Colombia con ayuda de Estados Unidos. Fue allí cuando apareció Alvaro Uribe. El nuevo líder Tras el fracaso de las negociaciones, Uribe, ex alcalde de Medellín y ex gobernador de Antioquia, lanzó su candidatura presidencial con un discurso duro contra la guerrilla. “Su propuesta era básicamente restaurar el orden. El había sido crítico de las negociaciones de paz. Por eso cuando fracasaron logró instalar la sensación de que tenía razón, que todo había sido inútil”, me responde Yann Basset, politólogo francés especializado en Colombia y profesor de la Universidad Externado, al otro lado del teléfono desde París, cuando le pregunto por el triunfo de Uribe en las presidenciales del 2002. “Pudo capitalizar el fracaso del acuerdo de paz y la idea de que el Estado había cedido mucho, que la comunidad internacional había apostado mucho, y que las FARC se burlaron de todo eso”, agrega Basset. De modales caudillescos, personalista como Hugo Chávez pero con una ideología diferente, Uribe comenzó a implementar su propuesta de “seguridad democrática”, que incluyó una serie de medidas, desde un impuesto especial para financiar hasta la creación soldados campesinos y una red de informantes, destinada a acorralar militarmente a las FARC. El Plan Patriota, uno de los ejes del programa, consistió en un despliegue militar masivo en el suroeste del país a través de un incremento de las tropas terrestres y una mayor presencia aérea. En pocas palabras, la idea era desequilibrar la relación de fuerzas con las FARC y recuperar el dominio territorial. Como parte de esta política, Uribe inició negociaciones con los paramilitares para conseguir su desmovilización. La base fue la Ley de Justicia y Paz, que los obliga a contar la verdad y reparar a sus víctimas a cambio de una sentencia reducida, lo cual generó una enorme polémica, pues los paramilitares cometieron crímenes verdaderamente atroces. El desarme fue relativamente exitoso y la cantidad de desmovilizados llegó a la asombrosa cifra de 30 mil, pero el problema ahora es su reincorporación a la sociedad. Aunque el gobierno creó planes de ayuda financiera, se trata de mano obra supercalificada para el delito pero totalmente subcalificada para cualquier trabajo decente. Ya hay indicios de que, tras cobrar el subsidio, muchos de ellos se están reciclando en actividades delictivas. Y que el espacio dejado vacante por las organizaciones paramilitares está siendo ocupado por nuevas bandas. Además, claro, del escándalo político. La desmovilización de los paras y los procesos judiciales de búsqueda de la verdad echaron luz sobre sus vínculos con el poder político y económico, desataron una serie de asesinatos y golpearon al gobierno: Mario Uribe, senador y primo hermano del presidente, fue denunciado por sus vínculos con los paramilitares, junto a otras prominentes figuras oficialistas. Se sospecha de las relaciones del mismo presidente, cuando era gobernador de Antioquia y la organización Convivir creció espectacularmente. Y se revelaron detalles increíbles, como el hecho de que Don Berna, una mezcla de narco y para que llegó a controlar una milicia de 5 mil hombres, fue recluido en una cómoda finca-cárcel en lugar de una prisión común. Pese a todos estos problemas, lo cierto es que Uribe logró desactivar a uno de los actores del conflicto y pudo mostrar avances concretos en la disminución de la violencia. Así, entre el 2002 y el 2006 prácticamente todos los indicadores de mejoraron: según datos del Ministerio de Defensa, los homicidios bajaron un 60 por ciento y los secuestros un 76 por ciento. A esto se sumaron algunas iniciativas de mucho impacto, como la decisión de asegurar las rutas turísticas y garantizar la libertad de movilidad de la clase media durante los meses de vacaciones. Y entonces, con una economía en crecimiento gracias a los elevados precios de las materias primas, los paramilitares desactivados y las FARC en retroceso, Uribe impulsó una reforma constitucional para habilitar su reelección. Quienes suelen quejarse por la inseguridad jurídica en Venezuela deberían prestar atención a este dato: la de Uribe fue la 19ª reforma constitucional sancionada en los últimos 14 años. En mayo de 2006, Uribe arrasó con el 60 por ciento de los votos. La guerra sin fin Pese a la ofensiva militar, las FARC se mantienen en pie. La otra organización armada, el Ejército de Liberación Nacional, se encuentra muy debilitada, una parte fue absorbida por las FARC y se estima que otra podría iniciar un proceso de desmovilización, lo cual le permitiría a Uribe demostrar su voluntad de negociar tanto con la derecha (los paras) como con la izquierda. Pero lo central es que las FARC siguen operando, lo que las convierte en la guerrilla más antigua del continente. –¿Cómo se explica esto? –le pregunto por teléfono a Antonio Navarro Wolf, actual gobernador de Nariño, ex candidato presidencial de la izquierda y ex líder del M-19, la organización insurgente que dejó las armas en 1990. –Por varios motivos. Las FARC tienen una raíz histórica en la guerra entre liberales y conservadores, que se resolvió a mediados del siglo XX y dejó 300 mil muertos. Además, el conflicto se da en un país extenso, con selvas, montañas y mucha población campesina. Es un conflicto esencialmente rural. Y las FARC son la última guerrilla del mundo que practica, aunque sin teorizarla, la guerra popular prolongada. Esta perspectiva de largo alcance es propia del mundo campesino, donde las cosas no se miden en horas o minutos, sino en semanas y meses. Son los tiempos rurales, los tiempos de los desplazamientos, las cosechas, las estaciones. Esto hace que los tiempos de la guerra, y por lo tanto los tiempos de la paz, sean largos. –¿Qué rol juega el narcotráfico? –Es otra de las razones por las que las FARC perduran. Les permite financiarse de modo autárquico. Por eso la caída del Muro de Berlín no tuvo ningún efecto. Y también por la política antinarcóticos muy agresiva impulsada por el gobierno. Las fumigaciones, que afectan a la población campesina, son la estrategia más barata de erradicación, pero lo barato sale caro. Se fuerza a la población a que esté del lado de las FARC. Y en este sentido no hay que equivocarse. No es una mafia armada. Es una guerrilla. Tiene base social. Barras y estrellas La intervención de Estados Unidos en la lucha contrainsurgente comenzó hace décadas, junto con las intervenciones en Centroamérica y el Caribe, con la diferencia de que en Colombia se mantuvo hasta el día de hoy. El Plan Colombia, lanzado en 1999 por Bill Clinton, prevé ayuda para el combate al narcotráfico por unos 600 millones de dólares al año. La alianza estratégica entre ambos países, fortalecida por Uribe, se refleja en datos en apariencia anecdóticos –como el hecho de que la embajada estadounidense en Bogotá es la quinta más poblada del mundo– y otros más estructurales: Colombia es, junto a Perú y Chile, el único país de Sudamérica que negocia un Tratado de Libre Comercio con Washington, pese a las críticas que ha recibido y la enorme disparidad entre ambas economías. De hecho, el PBI colombiano equivale al 1 por ciento del estadounidense. Pero esto podría cambiar en el futuro cercano. “Con el cambio de mayoría en el Congreso luego de las últimas elecciones legislativas, quedó claro que los demócratas pondrán más énfasis en los temas sociales, y menos en la contrainsurgencia. El balance en el Plan Colombia entre los temas de seguridad y los del desarrollo está cambiando”, me dice Cynthia J. Arnson, directora del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson International Center, que acaba de publicar un artículo sobre el tema en Foreign Affairs y que atiende el teléfono desde su casa en Washington. –Pero, ¿puede cambiar el eje de la política anti-drogas de Estados Unidos? –Parece difícil. Hay que recordar que ya lleva varios gobiernos, pues comenzó durante la primera gestión de Clinton. Lo que sí está claro es que el eje de esta política, que son las fumigaciones de las plantaciones de coca, no ha dado los resultados esperados. Se han atomizado los cultivos en siembras más pequeñas y muchas veces se han reubicado cerca de áreas de cultivos legales, para dificultar las fumigaciones. –Y la cocaína sigue llegando a Estados Unidos. –Sí, el precio no ha bajado de manera significativa y la pureza se mantiene o aumenta. –¿Eso significa que nada va a cambiar? –No. Seguramente los demócratas impulsarán desde el Congreso una política más orientada al desarrollo rural y la lucha contra la pobreza. Y esto podría consolidarse si los demócratas llegan a la Casa Blanca. Densa selva El 24 de diciembre de 2006, las FARC intentaron tomar el caserío de La Julia, en Meta, una de las zonas con más presencia histórica. Fracasaron. El episodio no sorprendió a un país acostumbrado a los golpes guerrilleros, pero demostró las dificultades para realizar operaciones ofensivas aún en las zonas supuestamente más favorables. Pocos días más tarde, fueron detenidos los integrantes de una columna de las FARC que habían realizado una serie de atentados en Cali. La investigación posterior reveló que habían recurrido a pandilleros comunes, mercenarios de poca monta, para realizar los ataques. Todo esto revelaba la debilidad de la organización y sus dificultades para lanzar operaciones a gran escala, frente a lo cual el secretariado de las FARC ordenó un cambio de orientación estratégica. El objetivo, ahora, es encarar una guerra de guerrillas en el sentido más clásico: emboscadas y ataques por sorpresa, golpear imprevistamente y huir a los refugios de la montaña o la selva, exasperar al enemigo e intentar extenuar al gobierno, agotarlo política, moral y económicamente. En la edición 57 de la revista colombiana Análisis Político, los especialistas Camilo Echandía Castilla y Eduardo Becharra Gómez aseguran que se trata del paso de una lógica de control territorial a una de control estratégico, lo que implica retener la iniciativa con acciones de bajo costo militar y elevada ganancia política. La confirmación del ADN y la revelación de que Emmanuel no estaba en poder de las FARC cuando se difundió la oferta de entregar a los rehenes sugiere que el problema de la guerrilla no es sólo militar: el episodio es llamativo para una organización que, se piense lo que se piense acerca de sus procedimientos, siempre ha sabido moverse con astucia política y sentido de la oportunidad. La causa real del paso en falso es aún desconocida, aunque se especula con que podría ser una desconexión entre la conducción guerrillera y los grupos encargados de cuidar a los prisioneros como consecuencia del hostigamiento del gobierno. En cualquier caso, el viaje de Néstor Kirchner a Colombia se produjo en este panorama confuso y dinámico. Si es cierto que Chávez teatralizó exageradamente el operativo y que Kirchner, al jugarse personalmente, no tuvo en cuenta ni la imprevisibilidad de la guerrilla ni la de Chávez ni la de Uribe, también es verdad que cualquier participación en un asunto como éste implica exponerse a riesgos inesperados, y que tal vez sea necesario contemplar, en un futuro, las infinitas complejidades y matices de un conflicto tan denso como la densa selva colombiana. http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-97086-2008-01-06.html
INICIARÁ GIRA EN CANADÁ Leonard Cohen vuelve a los escenarios Canadá y EEUU serán sus primeras paradas el próximo mayo; a Europa irá en verano No actuaba desde 1993, por lo que se confiesa 'un poco ansioso' TORONTO (CANADÁ).- El cantante y poeta canadiense Leonard Cohen tiene previsto iniciar una gira por Canadá y EEUU en mayo para continuar en Europa durante el verano, lo que marcaría su regreso a los escenarios desde 1993. Cohen informó de la gira, cuyos detalles serán anunciados en febrero, a través de su página oficial de Internet. En un correo electrónico enviado al periódico canadiense 'La Presse' de Montreal, su ciudad natal, Cohen señala que está "un poco ansioso". "No he tocado la guitarra desde hace 14 años" dice el cantante, nacido el 21 de septiembre de 1934 y conocido mundialmente por canciones como 'Suzanne', 'Sisters of Mercy' o 'Hallelujah'. Cohen también dijo que ha reunido a su banda habitual de músicos para la gira que seguramente se iniciará en la costa Atlántica de Canadá. La gira de Cohen también podría dar a paso a un nuevo álbum, el primero desde 'Dear Heather', lanzado a finales de 2004. Aclamado como poeta, en el año 2006 publicó su último libro 'Book of Longing'. El pasado mes de diciembre Cohen fue nombrado para formar parte del Rock and Roll Hall of Fame junto con artistas como Madonna y John Mellencamp. La ceremonia oficial se celebrará el próximo 10 de marzo en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. A finales de 2005 Cohen demandó ante los tribunales a su representante durante 17 años, Kelley Lynch, y la acusó de defraudar millones de dólares, dinero ahorrado por el cantante para su jubilación. Cohen señaló que Lynch le dejó sólo con 150.000 dólares. En 2006, los tribunales fallaron a favor del cantante canadiense y le otorgaron una indemnización de nueve millones de dólares (sus abogados habían solicitado 21,5 millones de dólares), dinero que no ha recibido. http://www.elmundo.es/elmundo/2008/01/16/cultura/1200507437.html Gran noticia. No les dieron ganas de escuchar algo del Maestro? The Future link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=_drEFOaPaK8 "The Future" Give me back my broken night my mirrored room, my secret life it's lonely here, there's no one left to torture Give me absolute control over every living soul And lie beside me, baby, that's an order! Give me crack and anal sex Take the only tree that's left and stuff it up the hole in your culture Give me back the Berlin wall give me Stalin and St Paul I've seen the future, brother: it is murder. Things are going to slide, slide in all directions Won't be nothing Nothing you can measure anymore The blizzard, the blizzard of the world has crossed the threshold and it has overturned the order of the soul When they said REPENT REPENT I wonder what they meant When they said REPENT REPENT I wonder what they meant When they said REPENT REPENT I wonder what they meant You don't know me from the wind you never will, you never did I'm the little jew who wrote the Bible I've seen the nations rise and fall I've heard their stories, heard them all but love's the only engine of survival Your servant here, he has been told to say it clear, to say it cold: It's over, it ain't going any further And now the wheels of heaven stop you feel the devil's riding crop Get ready for the future: it is murder Things are going to slide ... There'll be the breaking of the ancient western code Your private life will suddenly explode There'll be phantoms There'll be fires on the road and the white man dancing You'll see a woman hanging upside down her features covered by her fallen gown and all the lousy little poets coming round tryin' to sound like Charlie Manson and the white man dancin' Give me back the Berlin wall Give me Stalin and St Paul Give me Christ or give me Hiroshima Destroy another fetus now We don't like children anyhow I've seen the future, baby: it is murder Things are going to slide ... When they said REPENT REPENT ... Everybody Knows (Subtitulado) link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=wh9AC0jCGjY&

Domingo, 3 de julio de 2011 Catorce palabras en el entierro de un poeta Hijo de una familia aristocrática uruguaya, sobrino (o hijo, según la versión) de un presidente de la República, autodidacta, de salud débil y morfinómano, el poeta y ensayista Julio Herrera y Reissig (1875-1910) fue un adelantado de las vanguardias que comenzaron al mismo tiempo que él moría a los 35 años, celebrado y reivindicado por una cadena de poetas como Vallejo, Neruda, Alberti, Guillén, y la generación entera del ’27, Miguel Hernández, Lorca y Gómez de la Serna. El año pasado se cumplieron cien años de su muerte y ahora una antología devuelve a las librerías argentinas algo de su obra. Para darle la bienvenida, nada mejor que la extraordinaria introducción a La mejor de las fieras humanas (Taurus), la monumental biografía que el poeta, ensayista y académico uruguayo Aldo Mazzucchelli publicó en su país y todavía no cruzó el Río: el entierro en el cementerio de Montevideo en el que convergieron políticos, poetas, familiares, diplomáticos, anarquistas, y que terminó de la manera más hilarante y tremenda. Por Aldo Mazzucchelli La gacetilla meteorológica del diario La Razón reporta 17 grados centígrados, cielo claro, vientos del norte. Es la noche del viernes 18 al sábado 19 de marzo de 1910. Un muchacho de veintiún años está sentado en una silla del más obvio de los cafés del Centro, el Polo Bamba, en Ciudadela número 112 esquina Sarandí, en la ciudad de Montevideo, la Coquette, como ya la había visto el montevideano Lautréamont unos cuarenta años atrás. Este muchacho firma sus poemas con el seudónimo Aurelio del Hebrón, y ha oficiado a menudo como “secretario” –es decir, admirativo escriba– del escritor, diplomático, y luego, durante cincuenta años, alienado, o maestro zen, Roberto de las Carreras. Son las tres de la mañana y ha pasado horas escribiendo. Amigos, deudos y admiradores de otro rodean a ese muchacho: Natalio Botana, entonces con poco más de veinte años, que pronto irá a hacer carrera periodística en Buenos Aires; el modesto escritor y futuro parlamentario Alberto Lasplaces; el dramaturgo Ernesto Herrera, a quien llamaban Herrerita; y algún otro que el tiempo anuló. Habían llegado al café todos juntos, formando una especie de pandilla anarquista, o tardamente romántica, de capa oscura y sombrero aludo, del velatorio de Julio Herrera y Reissig, el muerto que vieron hace un rato en una de las piezas que dan al balcón de una casa de altos que lleva el número 124 (hoy 377) de la calle Buenos Aires entre Zabala y Alzáibar; estirado boca arriba, como cualquier muerto, pero este debajo de la luna de un espejo que, según los asistentes, estaba totalmente empañada. Angel Falco, otro hirsuto anarquista que hacía versos, va a insistir sobre el espejo y su condición en un discurso en el Teatro Solís, dos años después. La niña Diana de la Fuente, la futura mujer del poeta Carlos Sabat Ercasty, que pronto morirá ella misma, gemía y se lamentaba junto al cadáver de su cuñado. Al salir del velatorio camina el grupo por la calle Buenos Aires hasta la plaza Independencia, y una vez que se sientan a la mesa se dan cuenta de que, además de la natural impresión que hace cualquier muerto, tienen un plan para el entierro de ese otro poeta, uno que pocos veían con frecuencia, pero del que todos en Montevideo sabían. Una presencia que había sido más imaginaria que física, desde al menos 1900. Aurelio del Hebrón es quien propone el plan, y también el elegido para convertirlo en acción. Quizás él mismo se haya ofrecido, porque, según le dijo a un crítico literario cincuenta y nueve años más tarde, era el que tenía la voz más sonora, y el más atrevido. El y los demás pasaron esa noche despiertos, discutiendo, escribiendo y corrigiendo. Por las 8 y 45 de una mañana que fue de gran sol, aquel 19 de marzo, el grupo camina hacia el este por la calle 18 de Julio y luego va sesgando hacia el río hasta llegar al Cementerio Central, que con su puerta a la calle Estanzuela y sus muros menos desconchados estaba entonces bien aislado de las edificaciones circundantes, de espaldas al Río de la Plata, puerta a la desembocadura de una calle que ya se llamaba Yaguarón y que venía de la plaza de Armas y la “Panadería de los bollitos”. El Panteón Nacional, donde no iba a ser enterrado el muerto, pero en donde se escenificarían los hechos aquella mañana, está ubicado en una rotonda a unos sesenta metros de la entrada del cementerio. La comitiva oficial encargada de hacer los discursos de circunstancias se había ubicado en una de las dos escalinatas que, simétricas, bajan de la entrada del Panteón, en el lado sur del edificio. Al bajar esas escaleras hay un espacio abierto rodeado de cipreses en donde se ubicó el cajón; siguiendo la línea de esos cipreses, a los pies –es un decir– del cajón, y del segundo y tercer cuerpo, se extiende el río marrón o azul, según sean el cielo y la marea. Preside esa comitiva oficial un romántico viejo en desgracia, legendario, polémico, con sus ropas gastadas por el uso y la imposibilidad de reponerlas, que es Julio Herrera y Obes, el tío (para algunos, como luego se verá, el padre) del muerto, de casi setenta años entonces, quien había sido muchas cosas para el país, entre ellas presidente de la República entre 1890 y 1894. Para marzo de 1910 está Herrera y Obes en la ruina más absoluta que un presidente haya conocido. Sus muebles, alfombras y piezas de arte rematadas por la casa Salvagno en 1906, vive ahora con su ex mayordomo (es decir, en la casa de este último), acompañado por las cartas casi diarias de sus tres novias simultáneas y por la taxidermia de Coquimbo, el perro que acompañó a él y al general Venancio Flores a la campaña del Paraguay en el año sesenta y cinco. También está don Amaro Carve, un hombre enorme que lleva una levita y un sombrero de copa, de blanca barba peinada en dos puntas, que según la icónica popular de la época era igual al rey Leopoldo de Bélgica; ambos, el rey y don Amaro, famosos mujeriegos y frecuentadores de cabarés, aunque el oriental había tenido tiempo para jugar su rol a favor de la institución del matrimonio, argumentando sonoramente contra el divorcio, en una recordada conferencia del Ateneo que fuera boicoteada y exterminada por un talento vociferante subido encima de una silla: otra vez, Roberto de las Carreras –además de lo ya dicho, una de las personas clave en la vida de Herrera y Reissig, y uno de los que no están en su entierro–. Junto a don Julio Herrera y Obes está Juan Zorrilla de San Martín, con su escaso metro sesenta y cinco centímetros de estatura y su gentileza de otras épocas, el poeta uruguayo más importante de su tiempo y el más conocido del país por entonces en América y España, quien tiene amartillado uno de sus metálicos discursos. César Miranda, Raúl Montero Bustamante, Delmira Agustini, Toribio Vidal Belo, Juan José Ylla Moreno, María Eugenia Vaz Ferreira, Francisco Alberto Schinca, Santín Carlos Rossi, Héctor Miranda, Eugenio Martínez Thedy, Manuel Medina Bentancourt, Julio Lerena Joanicó, José María Fernández Saldaña y Juan Picón Olaondo; la esposa del muerto, Julieta de la Fuente, Manuel, Carlos, Herminia y Teodoro, sus hermanos (otro hermano, Alfredo, vive también en ese momento –su nombre aparece entre los demás deudos en los avisos necrológicos–, pero no habría concurrido al cementerio debido a que ya se encontraba recluido por su enfermedad mental) y Alberto Nin Frías, el más fino y acaso el primero de los intelectuales uranistas del Uruguay, son algunos de los que están en el núcleo oficial que, pasadas las nueve y media de la mañana, comienza la ceremonia. José Enrique Rodó no ha concurrido. Una mujer de mirada fija y una niña de unos siete u ocho años están también, en un lugar secundario. Ambas guardan luto, la madre tiene un saco de paño negro y, debajo, un vestido de igual color, de cuello alto, con sus pequeños botones cerrados desde la falda a la garganta; la niña tiene un collar de perlas de cultivo sobre su vestido negro que deja ver una gran moña de seda a la izquierda, a la altura de la cintura. La presencia de este par, por más que no sea desafiante, no deja de ser notada, con angustiosa molestia, por la viuda. Otra mujer joven, una argentina de nombre Malena, está también presente, pero nadie la nota porque nadie la conoce. La concurrencia fue numerosa y selecta, dice un diario. El grupo de los anarquistas trasnochados está apostado, en formación de murciélagos o vampiros, en la escalera opuesta, y espera su momento. Más de una forma de entender al muerto, a la poesía y al país de todos ellos converge en el cementerio. El primero en hablar es César Miranda, el más constante amigo de Herrera y Reissig, un hombre de treinta y dos años, abogado, nacido en Salto, una ciudad lenta y patricia al noroeste del país, de donde habían venido muchos de los que importaban por entonces en la capital. Miranda dice un discurso breve que empieza y termina con la misma frase en infinitivo: “Vivir en belleza, morir en gloria y renacer en inmortalidad, tal tu destino”. La pieza oratoria, corta, intensa, pero también algo borrosa y cansada, un poco como sería quien la dice y su emoción, le monologa, en segunda persona, al cadáver. Al pasar, le recuerda su universalmente reconocido buen humor, le dice que su vida fue una doble vida, doble y contradictoria, que fue fecunda como una estrella y pavorosa como un eclipse, y que las líneas de su rostro, el del cadáver, se vuelven definitivas ahora, porque está pálido bajo el sol que amó tanto. Bien leído, el discurso de Miranda no llega a durar un minuto y medio. Después, toma la palabra el joven José María Fernández Saldaña, que suma veintinueve años, ya entonces diputado por Minas, y animador, casi diez años atrás, del Consistorio del Gay Saber, el cenáculo decadente y divertido del gran contador de historias, poeta modernista y esforzado ciclista Horacio Quiroga. Fernández Saldaña es también salteño, por cierto, y hace un panegírico del poeta. Su discurso quedó en el aire del cementerio y no fue recogido en los diarios y publicaciones del día siguiente. Luego habla Francisco Caracciolo Aratta, un anarquista muy amigo del poeta, devenido ahora director de una revista criollista. Más de cincuenta años después de los sucesos, aquel joven anarquista que era Aurelio del Hebrón todavía creía que esos fueron los únicos oradores. Pero la revista argentina Caras y Caretas, publicada semanalmente en Buenos Aires y distribuida también en Montevideo y en otras ciudades del continente, una revista verdaderamente masiva, porque ya conocía bien el arte de decirlo casi todo a través de instantáneas, es decir, de fotografías, dedica el viernes siguiente media página a la muerte de Herrera y Reissig. En ese artículo de Caras y Caretas hay una toma de la parte alta de la rotonda, que oficiaba de tribuna para los oradores en el entierro, y el que está hablando es Alberto Nin Frías. Tenemos, pues, más discursos aquella mañana de sábado. Tranquilamente hasta aquí transcurre todo. Pero entonces, del lado anarquista de la rotonda, el joven melenudo se adelanta, baja dos o tres escalones para destacarse del grupo –es decir que no habla desde la balaustrada elevada, sino desde el llano, junto al cajón–, en gesto inesperado tira su sombrero al suelo, el que hace un giro y se detiene al borde de uno de los canteros que limitan la rotonda, y extrae de entre sus ropas las cuartillas escritas unas horas antes en el Polo Bamba. Aunque no está previsto que hable, habla igual, aprovechando la sorpresa y desbarrancando el orden contenido del ceremonial. Del Hebrón empieza como si no pasara nada. Pero ya con el tercer párrafo, con el tercer aliento del discurso, las cosas van a ponerse personales. Lo que siguió fue acaso la más sonora bofetada dada en la cara a los concurrentes a un entierro de que su país, el Uruguay, tenga noticia. “Anoche he ido a ver el cadáver de Julio Herrera y Reissig. En la rigidez de la muerte, su rostro pálido tenía la misma serena lucidez, la misma tristeza bondadosa y sonriente que a los hombres mostrara en el camino, porque pasó cantando. Solo, tan solo como su espíritu elegido pasó entre la turba filistea, su cuerpo estaba allí, supinamente inmóvil. En torno de su féretro las graves sombras burguesas, en la solemnidad convencional de los duelos vulgares, discurrían gravemente y gravemente hablaban. La sociedad mezquina en la que vivió, y que no supo amarlo porque no supo comprenderlo, estaba allí, representada por sus cronistas, por sus políticos, y por sus mercaderes. La gente en cuyo medio vivió como un desterrado, la gente que lo despreciaba por altivo y lo compadecía por iluso, la gente miserable que reía de la divina locura de su ensueño, la gente de alma baja que nunca quiso allegarse hasta él, estaba allí, llevada por la indulgencia de la muerte, rumiando comentarios, mirando con extrañeza el rostro mudo, ahora que su alma no estaba ya en él para espantarlos. Era necesario que viniera la muerte a libertarlos del íncubo rebelde, para que se dijeran sus amigos, amigos del cadáver, amigos del despojo deleznable de una existencia luminosa que para ellos fue un error. Como cuervos al olor de la muerte, las sombras innobles de los mercaderes iban a mentir su duelo por vanidad o por costumbre. Como cuervos, como cuervos al olor del cadáver, fueron allí los filisteos, los cínicos, los que en la última hora creyeron hacer justicia arrojando al poeta una migaja del banquete del presupuesto, una piltrafa burocrática que él no alcanzó tampoco a digerir. Solo, solo en la infinita soledad silenciosa de los no comprendidos, como vivió su alma, como estaba anoche su cuerpo inmóvil bajo la mortaja, así está en esta hora ceremonial y vana, rodeado por los mismos cínicos fariseos, sepulcros blanqueados, nidos de serpientes, como decía Jesús. ¡Señores!: Yo no he venido aquí a hacer el panegírico de un muerto ilustre. No he venido a entonar loas ni a bordar bellas frases. No he venido a hacer simplemente literatura. He venido a lanzar una verdad que tengo en la conciencia, he venido a decir una verdad pura y sencilla como fue el alma del que yace. La única venganza digna de su inmenso dolor y de su inmensa alma, es que ahora os obligue a escuchar la verdad, es que ahora os ponga frente a la verdad, a la indiscreta, a la impertinente verdad. Y la verdad es que vosotros, todos o casi todos los que rodeáis este cadáver, fuisteis sus enemigos. Por vosotros sufrió, por vosotros le fue amarga la vida. Este que aquí reposa libre de las miserias de los hombres, fue siempre un paria entre vosotros. Y no creo que sea el hondo homenaje al poeta lo que inspira vuestras elegías hipócritas. Es, quizá, la vanidad patriótica, que quiere reivindicar para sí un nombre literario que no le pertenece, que no le pertenece porque no ha sabido conquistarlo. Muchos de los que estáis aquí habéis venido solo porque el muerto lleva un apellido distinguido y porque su familia es de abolengo en el país. Pero sabed, los que tal pensáis, que Julio Herrera y Reissig está muy por encima de su apellido; que la majestad del poeta ríe de esas vanidades sociales y que por otra parte, los mismos que hoy visten de luto, renegaron muchas veces de él. No; entre todos los que aquí hacemos acto de presencia, somos pocos los que podemos llamarnos amigos del que ha muerto. ¿Cuántos somos? ¿Cuántos los que le queremos? ¿Cuántos los que amamos su orgullo y su locura? ¿Los que sentimos un solemne respeto por su existencia de exilado?...” 1 La comitiva oficial, los amigos verdaderos del cadáver, algunos de los cuales habían sido amigos verdaderos de Julio Herrera y Reissig, a diferencia de Del Hebrón, que no lo había sido, guardaban silencio y escuchaban palabras calculadas para dar en el blanco de una mala conciencia que ya empezaba a crecer alrededor del muerto. Sería ocioso decir que el aire del cementerio se cortaba a facón, que los verdaderos amigos del cadáver, y los verdaderos amigos del poeta, apretaban los labios con raros sentimientos. Todo el mundo sabía en el Cementerio Central que Aurelio del Hebrón había conocido a Julio Herrera y Reissig hacía un año y poco, y lo había tratado sólo un puñado de veces, tres o cuatro veces, como joven aprendiz que lo admiraba en silencio algunas noches en que, en su casa final de la calle Buenos Aires, el poeta les decía sus versos, entre ellos, pedazos aún descabalados de la “Tertulia lunática”, que estaba terminando en 1909. Pero Del Hebrón sabría que su insolencia con los presentes era menos importante que el contenido de largo aliento de su mensaje: ya estaba hablándole al imaginario de los que estaban y los que no estaban en el cementerio. Resistiendo pues el espeso y totalmente físico rechazo que sentiría en ese momento, apuró hasta el fondo su J’accuse doméstico. Y es en sus párrafos finales en donde se contiene la tesis principal del discurso de Del Hebrón, quizá la única extraña y digna de recuerdo, la única que puede ser rechazada o aceptada aún hoy, mucho después incluso de que el valor o la inconciencia juvenil del orador hayan dejado de interesar o conmover: “Yo sé la frase que está ahora en muchos labios: ‘Reconocemos su talento, pero creemos que su vida ha sido un error’. ¡Mentira! ¡Lo más grande que ha tenido este hombre es su vida! El talento es cosa que puede discutirse, la originalidad literaria, la propiedad de las ideas, la escuela poética, todo eso es secundario, todo puede ponerse en tela de juicio. Lo que es innegable, lo que es evidente, lo que es absoluto es la grandeza pura de su alma consagrada a la belleza inmortal, y es la belleza de su vida solitaria, orgullosa, erguida de un ambiente de adaptaciones mezquinas, como una rebeldía indomable de la dignidad del pensamiento”. Julián Basilio Herrera y Obes, don Julio, con su levita negra raída y su galera de felpa, estaba parado, apretando con sus manos la baranda de mármol de la rotonda, y acaso comprendiendo en su propia grandeza de hombre apartado de lo común el filo de largo plazo de las palabras que el tiempo lo forzaba ahora a escuchar. A su lado, don Juan Zorrilla de San Martín lo miraría todo, en cambio, azorado por los modernos y su distinta comprensión de las formas del respeto. El remate de Del Hebrón llegó enseguida y se hundió como un último puñal que ajusta entre la común verticalidad de la gente y los cipreses: “Sí, señores, lo que yo quiero deciros sintetizando el espíritu de mi alocución –que ha venido a turbar la armonía convencional de este acto, porque era necesario que así fuese–, lo que yo quiero deciros de una vez por todas es que, a pesar del homenaje sincero o no que aquí estáis tributando, este cadáver no os pertenece. Y si ahora os fuerais todos de aquí, no quedaría más solo de lo que está en este momento”. Frente a un ex presidente de la República, frente al Poeta de la Patria, frente a un puñado de amigos verdaderos, Aurelio del Hebrón ha terminado de hablar. Retrocede y se vuelve a mezclar con su pequeño grupo, a la derecha de la rotonda. Un amigo le alcanza el sombrero caído. En medio, el féretro. Encima, en la balaustrada y en la otra escalinata, hay un silencio murmurador, mientras los del cortejo oficial hablan un momento entre ellos. Se ponen de acuerdo, quién sabe en qué, enseguida. Zorrilla de San Martín decide no hablar, y se da por terminado el acto. Camina el grupo oficial cargando a pulso, ya sin palabras, el cajón hasta una tumba prestada de apuro el día antes. El grupito de anarquistas los sigue de atrás, a cierta distancia, con un respeto recién inaugurado pero sólido, ahora que dijeron lo suyo y fueron escuchados, con el respeto que es, a su vez, virtud habitual de los hombres grandes que están del otro lado. Entierran el cuerpo de Herrera y Reissig con los carraspeos, los ruidos secos y sordos de cualquier entierro, y la gente se empieza a dispersar. Es entonces cuando el embajador Enrique Buero se arrima a Aurelio del Hebrón mientras este se retira, y le suelta catorce palabras nítidas que lo resumen todo: “Puede que usted tenga alguna razón, pero esas cosas no deben decirse en público”. Materiales extra, inéditos, facsimilares, poesía y demás de Herrera y Reissig en www.herrerayreissig.org ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- 1 Los principales periódicos de Montevideo no reprodujeron este discurso. La única revista que se atrevió a publicarlo lo presentó así: “Este discurso fue pronunciado por el brillante escritor Aurelio del Hebrón sobre la tumba del nunca bien llorado poeta Julio Herrera y Reissig. Nosotros lo publicamos: primeramente porque los diarios de Montevideo no quisieron darle asilo en sus columnas y segundo por las verdades que encierra –pese a quien pese. N. de la D.”. Aurelio del Hebrón, “Sobre la tumba de Herrera y Reissig”, La Semana (Montevideo), 26 de marzo de 1910. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4323-2011-07-04.html