elmato26
Usuario (Uruguay)

Es un tema complicado pero desde mi punto de vista hay algo simple para hacer: NO TENER ARMAS DE FUEGO EN CASA Alguno quizá discrepe argumentando sobre la inseguridad y qué hago si me entra un chorro en casa, etc. Yo creo que, aún así, un arma en casa aumenta el riesgo inevitablemente. Con este post me propongo dar ejemplos para sustentar mi punto de vista y concientizar sobre este tema. Si esta imagen es chocante imaginate a tu hijo/a, hermanito/a haciéndolo... Las medidas de seguridad pueden evitar que los niños, adolescentes e incluso los adultos resulten heridos. Muchas veces las armas se disparan por accidente. Cualquier niño de poca edad revisa roperos, estantes y cajones de los papis cuando ellos no están. Un niño así tiene fuerza suficiente como para jalar el gatillo. ¿Te animás a imaginar las consecuencias? Si tenés chiquitos en tu familia creo que ya está todo dicho. Todos los niños deberían saber qué hacer si encuentran un arma o si están con alguien que encuentra un arma. Qué decirle al niño: "Si encuontrás un arma de fuego en casa o en la de un amigo, no te tientes a agarrarla, ¡NO LO HAGAS! " El programa educativo Eddie Eagle, patrocinado por la Asociación Nacional del Rifle (National Rifle Association, NRA) de Estados Unidos, enseña a los niños qué deben hacer si se encuentran con un arma: DETENTE! No la toques. Sal de la zona. Díselo a un adulto. Creo fundamental tener en cuenta que tampoco alcanza con no tener armas en casa, ya que odos los niños van a jugar a casa de otros niños, amiguitos, vecinos, primos; y no es una locura pensar que allí las haya, y que los padres de esos niños sean descuidados. Sobran lamentables ejemplos de niños muertos en casa de un conocido por un arma usada por otro niño. Pero quién mejor que nuestros amigos yankis para mostrarnos ejemplos, los enfermitos de las armas, los que argumentan que la Constitución los habilita a tenerlas, los "Rambos" gatillo fácil que son. El niño yanki (y los nuestros?) promedio presencia 45 actos de violencia en la televisión cada día; la mayor parte de los cuales involucran revólveres o pistolas. Los niños imitan lo que ven y se vuelven más agresivos después de ver mucha violencia en la televisión. Los padres son fundamentales para proteger a sus niños de los efectos de la violencia televisada. Acá hay más datos de los ídolos yankis: Cada día, 10 niños americanos menores de 18 años mueren en suicidios, homicidios y accidentes causados por las armas de fuego. Muchos más sufren heridas. Las heridas de bala en los niños menores de 16 años han aumentado un 300 porciento en las ciudades principales desde el 1986. El 60 porciento de los suicidios de adolescentes se llevan a cabo con armas de fuego. Aproximadamente 3,000 adolescentes se suicidan cada año usando un arma de fuego. Se estima que 400,000 jóvenes llevaron armas de fuego a la escuela en 1987. En Baltimore, la mitad de los jóvenes de género masculino en la escuela secundaria (high school) dicen que han llevado armas de fuego a la escuela. Por lo menos 25 millones de hogares tienen armas de fuego y el 50 porciento de sus dueños las mantienen cargadas con balas. No podemos hacer a los niños y adolescentes a prueba de balas. A los niños les gusta jugar y estar activos. Los adolescentes son curiosos e impulsivos. Tales características normales, cuando se combinan con las armas de fuego, pueden causar la muerte. ACLARACIÓN: No tengo nada en contra de los videojuegos shooters. Yo jugué al DOOM en mi adolescencia. Después me mostraron el CALL of DUTY. Y tengo entendido que hoy se juega mucho al HALO. Mi punto de vista es claro: CUIDADO. Son muy divertidos, pero más que nada, son muuuuuuuuuy ADICTIVOS. Nadie piensa que después de jugarlos vas a salir a cagar a balazos a todo el mundo. NO. Lo que te puede suceder y no te das cuenta, es que se te puede alterar en cierto punto la percepción de la realidad. Y como ejemplo te cuento lo que me pasó a mí: En la época que jugué al CALL of DUTY me acuerdo que después iba por la calle caminando y me daba cuenta que inconscientemente estaba mirando en detalle las cornisas y los filitos de las ventanas de las casas buscando algún ínfimo movimiento "enemigo". Ahí me di cuenta que ya era suficiente. Te lo juro. Mirá, estoy seguro que no soy el único al que le pasó. Y esto te lo dice alguien que se considera simplemente "normal", no sé que puede suceder en otras mentes... Quizás ya la vieron, si no lo hicieron háganlo, seguro está en T! Es excelente. Y esta genialidad es sacada de esta película/documental. Sin desperdicio. link: http://www.youtube.com/watch?v=YFjxZX5P7Mw Y este breve stand-up de Chris Rock es majestuoso. link: http://www.youtube.com/watch?v=g2-ke7G2sq0 Algunos datos verdaderos: PROTEGE TU CASA DE UN ASESINO Un arma en casa aumenta la chance de ser muerto por un arma de fuego un 72%. Un arma en casa ha sido la responsable de una vasta cantidad de muertes de niños por armas de fuego. Un arma en casa es 22 veces más propensa a ser usada en homicidio, suicidio o accidente en vez de para defensa personal. Un arma en casa triplica el riesgo de homicidio. Un arma en casa aumenta 5 veces las posibilidades de suicidio. Una mujer abusada es 6 veces mas propensa a ser asesinada si hay un arma en casa. Si sos un adulto: pensá en todo esto. Si sos joven y tenés hermanitos: hablá con tus padres sobre el tema. Si sos un niño: andá a la escuela, qué hacés en T! ??? Gracias
No me refiero a una marca, sino a este maravilloso material, el jean. Y este es el homenaje a su creador, en su cumpleaños. Levi Strauss (nacido Löb Strauss; Buttenheim, Baviera, Alemania, 26/02/1829 – San Francisco, California, Estados Unidos, 26/09/1902) fue un empresario judío fundador de Levi Strauss & Co, uno de los mayores fabricantes de prendas de vestir en el mundo. Criado en Baviera, en 1847 emigra a Nueva York junto con dos hermanas y su madre, donde son recibidos por familiares. Se traslada a San Francisco en 1853 para abrir una pequeña tienda de mercería, que crece hasta convertirse en un próspero negocio. Levi Strauss & Co fue la primera compañía en la historia en producir pantalones vaqueros. En 1872, Jacob Davis, un sastre nacido en el seno de una familia judía de Riga, quien le compraba regularmente prendas a Levi, le comunicó a éste el inconveniente que presentaban sus pantalones: los bolsillos se descosían fácilmente con el duro trabajo de la mina. Ambos encontraron una posible solución: reforzar las esquinas de los bolsillos con remaches. Le sugiere que juntos soliciten la patente del proceso y el 20 de mayo de 1873 llega la concesión de esta y de la marca registrada de EE.UU. Así nacía oficialmente el primer pantalón remachado de Levi´s y se inicia la producción de la prenda de vestir más fabricada de todos los tiempos: el jean o vaqueros. Murió el 26 de septiembre de 1902. Sus sobrinos heredan el negocio, que permanece activo hasta nuestros días. A lo largo de 2008, Levi Strauss cerró su última fábrica en los EE.UU. para trasladar toda su producción a países del tercer mundo. Ventajas: 1.- Fácil de mantener: Se lava rápidamente en casa, y no se arruga fácilmente por lo que no requiere de tintorería, teniendo así un bajo costo económico su limpieza. 2.- Durable: Es muy resistente al uso intenso, convirtiéndose así en una prenda de larga duración. Es por eso que en sus inicios el jeans era un pantalón de trabajo pesado. 3.- Cómodo: Es una tela fresca al ser 100% Algodón, absorbe fácilmente la humedad y conserva la temperatura corporal. 4.- Práctico: Puede utilizarse en cualquier época del año ya que hasta cierto punto es térmica. 5.- Versátil: puede usarse en una prenda muy cómoda y casual, así como en una prenda muy formal y elegante. Gracias a este señor Levi Strauss tenemos esto: PARA ELLAS PARA ELLOS PARA ELLAS PARA ELLOS PARA ELLAS PARA ELLOS Y eso es todo. Gracias.
Solo hacen falta 30 sentadillas para pagar el metro en Rusia Vivir en Moscú y tomar el metro incluye una breve sesión de ejercicio. A propósito de las Olimpiadas de Invierno Sochi 2014, las estaciones de metro en Moscú cuentan con máquinas para que los pasajeros puedan obtener un ticket al hacer 30 sentadillas, sin trampa. link: http://www.youtube.com/watch?v=ojo9M1cPSPI
Hace unos días la BBC emitió el documental “The Richest Songs In The World”, en el que se explica el método para el pago de regalías y se confecciona una lista de las canciones más oídas de la historia, y por ende las que más beneficios generaron. Este chart está encabezado por el popular ‘Happy Birthday To You’ y el ‘White Christmas’ de Irving Berlin. Los Beatles aparecen en el cuarto puesto con ‘Yesterday’, mientras que Police y Roy Orbison ocupan en el octavo y noveno puesto con ‘Every Breath You Take’ y ‘Pretty Woman’, respectivamente. Las diez canciones más oídas de la historia: 1. ‘Happy Birthday To You’, Patty Hill y Mildred J. Hill/Warner Chappell. link: http://www.youtube.com/watch?v=IebNbqoKaPw 2. ‘White Christmas’, Irving Berlin. link: http://www.youtube.com/watch?v=n3w4vXDh7P8 3. ‘You’ve Lost That Lovin’ Feelin’, The Righteous Brothers. link: http://www.youtube.com/watch?v=sVrDQQIiweE 4. ‘Yesterday’, The Beatles. link: http://www.youtube.com/watch?v=F8Wg5nwOs9E 5. ‘Unchained Melody’, Alex North y Hy Zaret/The Righteous Brothers. link: http://www.youtube.com/watch?v=gs_YN1AHP2s 6. ‘Stand By Me’, Ben E. King / Jerry Leiber, y Mike Stoller. link: http://www.youtube.com/watch?v=MrE7SSiIbzc&playnext=1&list=PLB7D3DC07E5D07376&feature=results_video 7. ‘Santa Claus Is Coming To Town’, John Frederick Coots y Haven Gillespie. link: http://www.youtube.com/watch?v=8u1vPo_zsWc 8. ‘Every Breath You Take’, The Police. link: http://www.youtube.com/watch?v=OMOGaugKpzs 9. ‘Pretty Woman’, Roy Orbison. link: http://www.youtube.com/watch?v=_PLq0_7k1jk 10. ‘The Christmas Song (Merry Christmas To You)’, Mel Torme/Nat King Cole. link: http://www.youtube.com/watch?v=xkP7NGl-mho No es para discutir! Gracias.

"Quería que terminara, sea como sea, para bien o para mal" Pedro de Bartolo tenía 20 años cuando fue a Malvinas convencido que iba “de paseo”. Allí vio como un compañero con el que había cambiado posición de vigilia minutos antes, murió a 20 metros de él alcanzado por las esquirlas de un cañonazo británico. Entonces tiró el casco y pidió que todo terminara “como sea, para bien o para mal”. También padeció el frío, el hambre y el miedo. Tras Malvinas soportó “otra guerra”: la inserción en la sociedad. “Pensé en el suicidio”, dijo a 180. Aún hoy se despierta debajo de la cama. Hace 31 años Pedro Ángel de Bartolo estaba acuartelado en Córdoba. En febrero de 1982 había ingresado, con 20 años, al servicio militar. Pero el 24 de abril su vida cambió para siempre. Por la mañana temprano le notificaron que debía ir de apoyo, con otros 300 jóvenes, a las Islas Malvinas. “Pensaba que iba de paseo”, cuenta a 180 sentado en una mesa del Destino26 Hostel. Sin embargo cuando, una semana más tarde, los británicos hicieron el bautismo de fuego se dio cuenta “lo equivocado que estaba”. “La instrucción que te pueden dar en ese tiempo de servicio militar no es nada. Así que sin ninguna experiencia fui a la guerra”, recuerda. En Malvinas padeció de tal forma que un día tiró el casco y pidió que todo terminara “como sea, para bien o para mal”. “Comíamos una vez al día, la ropa no servía, teníamos los pies húmedos todo el tiempo y dormíamos en carpas de dos paños”, agrega. Este ex combatiente argentino, que estuvo en Uruguay para conocer a los sobrevivientes de Los Andes, dialogó con 180 sobre la experiencia que lo marcó para toda su vida. ¿Qué te motivó a venir a visitar a los sobrevivientes de Los Andes? Es un tema que siempre me atrajo y que, sacando las cuestiones de la naturaleza, tiene puntos de contacto con lo que vivimos en Malvinas. Me contacté por medio de la página oficial, le mandé un mail a los 16 y me contestaron Javier Methol y Gustavo Zerbino. Hice una excursión a la cordillera y luego me vine para acá a conocerlos. Al final conocí a seis así que me voy más que cumplido. Hace 31 años estabas a punto de ir a Malvinas. ¿Cómo te lo comunicaron? Había ingresado en febrero al servicio militar y estaba en Córdoba. El 24 de abril a la mañana nos dijeron que teníamos que ir las Islas para hacer tareas de apoyo. Yo pensé que iba a estar tranquilo, como un paseo. “Qué van a venir los ingleses”, decía. Pero el 1 de mayo llegaron, hicieron un bautismo de fuego y me di cuenta lo equivocado que estaba. ¿Qué hacías en Malvinas? Estaba con un grupo de artillería de cañones, que fue lo que disparamos. Hacíamos la guardia en tres lugares distintos. ¿Qué comían? Te levantabas a la mañana y tomabas algo caliente. Al mediodía nos daban un plato de sopa caliente, a lo sumo con un pedazo de carne, tipo comida de campaña. Eso es lo único que comíamos. De tarde y de noche había mate cocido. ¿Qué temperatura había en Malvinas? Hacía mucho frío. Había 15 o 20 grados bajo cero a la noche. ¿Qué tipo de ropa les daban para soportar esa temperatura? No era la adecuada. Teníamos calzoncillo largo, bombacha de soldado, remera, camisa, buzo, chaleco y una campera que no servía para nada. Un par de guantes y botas pero el piso estaba todo el tiempo húmedo por lo que vivíamos con los pies mojados. ¿Y dónde dormían? En una carpita tipo de dos paños, militar, nos tirábamos ahí. Pasábamos todo el día vestidos, también para dormir. Además de frío ¿qué sentían por la noche? Yo de noche rezaba llorando y hablándole a mi padre, que había muerto poco antes. Siempre estuve mentalizado que de ahí iba a salir con vida.¿Cómo se mentaliza alguien para la guerra? Yo me mentalicé luego de que empezó. Cuando te estás cuidando de las bombas no te queda otra. Y tenía claro que si aparecía uno era él o yo. En Argentina había una gran desinformación a tal punto que muchos en Buenos Aires creían que estaban ganando la guerra. ¿Ustedes en Malvinas tenían información? La misma que llegaba a Buenos Aires. Nosotros escuchábamos radio Carve todo el día a través de una radio que ni sé cómo llegó a nuestras manos. La información que daban allí era al revés de lo que nos decían. Siempre había más bajas de Argentina que de Gran Bretaña entonces empezamos a bajonearnos tanto que al final tiramos los cascos con algunos soldados y dijimos qué sea lo que Dios quiera pero que haya un final. ¿El que fuera? El que fuera. Para bien o para mal. Pero que se terminara todo de una vez. Trato de imaginar el sufrimiento. Con un cordobés, Eduardo Vallejos, hacíamos guardia juntos. Un día viene y me dice “porteño, te regalo un rosario porque te aprecio y porque quiero que me cambies el lugar de la guardia”. Intercambiamos la posición y a las dos horas el soldado estaba muerto. Las esquirlas de un cañonazo de un barco inglés lo alcanzó a la altura del estómago. Lo intentamos socorrer y le tapaba la sangre de un lado y le salía por otro. Se lo llevó un jeep y murió desangrado. Hoy llega la fecha y es una puñalada en el corazón. Yo estaba a 30 metros de él. Era a mí al que le tocaba vigilar en el medio y a él en una elevación. Y fue a plantearme el intercambio. El 14 de junio de 1982 se rinde Argentina ¿Cómo fue ese día? El jefe de nuestro grupo nos reunió y nos dijo que se había terminado la guerra. Los ingleses avanzaron a 200 metros de donde estábamos sin abrir fuego. Tiramos granadas a los cañones para desflorarlos y que no los utilicen ellos. Nosotros fuimos al pueblo mientras ellos siguieron avanzando. Desde un lugar vi a través de los largavistas cómo se produjo el cambio de bandera de la casa del gobernador. ¿Y en ese momento qué sentiste? Fue como una puñalada en el pecho ver esa imagen. Después sentí una mezcla de cosas porque por un lado retornaba con vida para volver a ver a los seres queridos y por otro sentía que todo el esfuerzo no había valido para nada. ¿Cómo volviste? Volví con 20 kilos menos. Volvimos al cuartel, fuimos a Córdoba, tuvimos licencia y luego nos dieron la baja definitiva. No fue fácil. Un día me estaba afeitando, sentí ruido de avión y me tiré debajo de la pileta. Casi me rompo la cabeza pero acostumbrado a la guerra, que cuando sentías ruido de avión buscabas refugio donde fuera, actué de la misma forma. Fue difícil reinsertarte imagino. Sí. Al principio te felicitaban pero después empezaron a darnos la espalda. Me costaba mucho dormir y a 30 años de la guerra aún hoy me pasan cosas, sobre todo en el período en el que estuve allá. Todos los años entre el 24 de abril y el 14 de junio tengo esas vivencias. A veces durmiendo aparezco debajo de la cama, como diciendo cuerpo a tierra. Consultado con especialistas me dicen que es memoria de guerra. ¿Fuiste a un psicólogo? Fui algunas veces pero no seguí. Lo que hice fue ocupar mi mente y llegar exhausto a la noche para dormirme enseguida y no pensar. Es impactante la cantidad de suicidios de ex combatientes de Malvinas. ¿A vos se te pasó por la cabeza? Pensé en el suicidio. Sí. Fue una idea de uno o dos días pero después lo dejé de lado. Se sumó mi divorcio también. Hubiera sido una locura hacerlo sobre todo porque tengo dos hijos maravillosos que hoy puedo disfrutar. ¿Volviste alguna vez a Malvinas? No. Hace pocos días mi hijo me pidió volver a Malvinas y me movilizó todo. Quedó en suspenso la decisión. ... Sobran las palabras...

¿Un acto vandálico? ¿Un acto de venganza? ¿Un acto de justicia? ¿Un acto simbólico? ¿Un acto de magia? ¿Un acto de fin de año? Crónica roja, publicidad, fútbol y uruguayos en el exterior, las 4 pasiones de los uruguayos unidas por un hecho desgarrador. Lo que empezó como una publicidad inocente terminó en tragedia: Melgarejo, el sanitario gerontofílico, le dio masita a Cristina Morán y subió el video a internet, ya hay cuatro adolescentes internados después de verlo por error, experimentación o simple estupidez adolescente*. Ahora bien, en lo que tiene que ver con esta nota, la policía de Río de Janeiro encontró en horas de la madrugada al Fantasma del 50 sin vida (lo cual no debería sorprender ya que es un fantasma) en la cima del Concorvado, más precisamente empalado en el Cristo Redentor (eso sí ya sorprende, hay que darse maña para ensartar a una aparición inmaterial). La policía carioca no mostró demasiado interés en el tema, ya que esta semana tiene que desalojar cuatro favelas (o detonar con dinamita el morro si se torna imposible ejecutar el Plan A), reprimir dos marchas por el aumento del precio de la leche condensada durante el Mundial, manipular las pruebas de una muerte durante las reformas del Maracaná y enviar 4.000 extras para el rodaje de Tropa de Elite 4: Quebrando a cabeça dos torcedores argentinos. Más allá de que el carioca en sí no muestra demasiado interés en general, y mucho menos por cosas que no estén vinculadas a la realidad carioca en un 100%. En el caso del Fantasma del 50 empalado en el Corcovado apenas alcanzaría un 20% de vinculación a la realidad carioca (que es el porcentaje del organismo del Fantasma que quedó intervenido por el Cristo Redentor). En contacto exclusivo con 180darwin, el comisario Dirceu Gonçalves Bento, “Liminha”, se mostró perplejo cuando se le preguntó si el móvil fue el malestar generado por la campaña del Fantasma del 50, principalmente porque, como la mayoría de la población brasilera, no sabía lo que había pasado en el 50 y a duras penas tenía idea de la existencia de Uruguay. “Eu creo que esse cara disfraçado entrou correndo a um bar, asustou a um traficanchi, desparramou a papusa que ele tinha na távola e dois minutos depois seu culo era o sombrero do Cristo Redentor” sentenció el comisario “Liminha”. Cuando 180darwin le preguntó si esa era la línea principal de investigación, “Liminha” respondió “¿Investigaçao? N"o cara, vocé tein que saber que aquí em Brasil a genchi pode fazer do seu culo um pito, o um estuche do cabeza do Cristo Redentor. Brasil é um pais libre, sem prejuicios. Vai embora, menino”. Otra hipótesis apunta a un grupo de barrabravas de Independiente que están recorriendo la costa brasilera en un crucero de lujo. Al parecer habrían visto al Fantasma del 50 caminado por Ipanema y lo atacaron pensando que se trataba del Fantasma de la B, protagonista de la campaña que hicieran meses atrás los hinchas de Racing para burlarse del descenso de Independiente. Esto marcaría un gran hallazgo científico, ya que demuestra que incluso seres tan cercanos al primate como los barrabravas pueden reconocer una “idea inspirada en otra idea anterior, que no por eso pierde su originalidad”. Ante el creciente mercado de ricos-con-conciencia-social-hija-del-sentimiento-de-culpa-o-morbo-por-la-pobreza que desde hace años pagan platales por tours por villas y favelas nació esta nueva modalidad de cruceros con barra bravas, la mezcla perfecta de relax y aguante donde hay que pagar peaje para ir al baño y en cualquier momento tapan la piscina con un trapo y le arriman la ropa al cuerpo a quien le toque. La aparición del Fantasma empalado no ha alterado en lo más mínimo la vida cotidiana de Río. Para el carioca es común que las cosas caigan desde arriba, a mayor o menor altura, o directamente lluevan como maná del cielo. Es natural, la disposición de la vida para ellos es esa: el ser humano parado en la arena y cosas que caen; así les pasa con la comida -frutas que descienden amablemente de los árboles para que ellos las ingieran-, así les sucede con las mujeres -sin comentarios-, con los turistas, con los dólares que se le caen de los bolsillos a esos turistas, con la pelota -que siempre les cae en el pie o cerca de su cuerpo, a diferencia de lo que nos sucede a los uruguayos que tenemos organismos repelentes a los cuerpos esféricos-, con la lluvia, de un tiempo a esta parte la droga también, etc.; por eso no les resulta anómala la posibilidad de que haya caído un fantasma celeste donde cayó, y por eso tampoco tienden a esforzarse mucho por entender las cosas, en verdad no tienden a esforzarse mucho a secas, mucho menos con la sunga húmeda y las patas llenas de arena. Eso explica que las autoridades aún no hayan bajado al Fantasma del Cristo Redentor, lo cual fue aprovechado por los turistas, incluida una delegación de la selección italiana, futuro rival de Uruguay. Quizás sea la primera aproximación directa de la selección italiana con la estirpe y jerarquía del fútbol uruguayo. Mario Balotelli y Stephan El Shaarawy, versiones aggiornadas y unitedcolorsofbenettonizadas del Toto Schillaci y Robertino Baggio, posan frente al Fantasma empalado; es notable cómo la exposición ante un ciudadano uruguayo produce el tedio inmediato en los italianos, que enseguida se refugian en el celular. * No se preocupe si no entendió este chiste. Remite a un aviso radial de loza para baños que forma parte del reducido mundo mental de los integrantes de 180darwin. De todas maneras no era tan bueno, el chiste, el aviso era brillante”. . . . . .
¿De donde proviene la idea de que una persona viva su vida al revés? En el caso de la historia que se llevó al cine con el nombre de "El curioso caso de benjamin Button", el autor estadounidense Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) dijo que fue inspirado en algo que dijo Mark Twain, que "las mejores cosas de la vida suceden al principio y las peores al final." La película cuenta la historia de Benjamin Button (Brad Pitt), un hombre que nace con el cuerpo de una persona de 80 años y que con el transcurso del tiempo va rejuveneciendo. Acá les dejo una traducción del relato original. Es medio largo pero, amantes de la literatura, vale la pena. El extraño caso de Benjamin Button Por Francis Scott Fitzgerald I. Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles. Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos. Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro. La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida. A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara —como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión. El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca. —Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene! El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...? —Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado. —¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button. El doctor Keene frunció el entrecejo. —Diantre, sí, supongo... en cierto modo —y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button. —¿Mi mujer está bien? —Sí. —¿Es niño o niña? —¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —la última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera. —¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos? —¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós! Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio. El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfueFZo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal. Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó. —Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad. —Buenos días. Soy... Soy el señor Button. Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente. —Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button. La enfermera lanzó un débil grito. —¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba! Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano. —Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi... ¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero. —¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque. ¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio. —De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de... —¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación! —Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las pareces había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera. —Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío? —Aquél —dijo la enfermera. Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta. —¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto? —A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo. El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba. El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja: —¿Eres mi padre? —preguntó. El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto. —Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda. —Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado. —No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda. —¡Mientes! ¡Eres un impostor! El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera. —Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere? —Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo. —¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula. —Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende? —Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche! El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos. —¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer? —Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente! Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante ios ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado. —No puedo hacerlo, no puedo —gimió. La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos... —¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera. —Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio. —Los niños pequeños siempre llevan mantas. Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco. —¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han preparado. —Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente. —Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana. —¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago? —Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa. La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo: —Y un bastón, papá. Quiero un bastón. El señor Button salió dando un terrible portazo. II. —Buenos días —dijo el señor Button, nervioso, al dependiente de la mercería Chesapeake—. Quisiera comprar ropa para mi hijo. —¿Qué edad tiene su hijo, señor? —Seis horas —respondió el señor Button, sin pensárselo dos veces. —La sección de bebés está en la parte de atrás. —Bueno, no creo... No estoy seguro de lo que busco. Es... es un niño extraordinariamente grande. Excepcionalmente... excepcionalmente grande. —Allí puede encontrar tallas grandes para bebés. —¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó el señor Button, cambiando desesperadamente de tema. Tenía la impresión de que el dependiente se había olido ya su vergonzoso secreto. —Aquí mismo. —Bueno... —el señor Button dudó. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podría cortar aquella larga y horrible barba y teñir las canas: así conseguiría disimular los peores detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posición social en Baltimore. Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos fue inútil: no encontró ropa adecuada para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro está... En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda. —¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó el dependiente con curiosidad. —Tiene... dieciséis años. —Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará la sección de jóvenes en el siguiente pasillo. El señor Button se alejó con aire triste. De repente se paró, radiante, y señaló con el dedo hacia un maniquí del escaparate. —¡Aquél! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que lleva el maniquí. El dependiente lo miró asombrado. —Pero, hombre —protestó—, ése no es un traje para chicos. Podría ponérselo un chico, sí, pero es un disfraz. ¡También se lo podría poner usted! —Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—. Es lo que buscaba. El sorprendido dependiente obedeció. De vuelta en la clínica, el señor Button entró en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó el paquete a su hijo. —Aquí tienes la ropa —le espetó. El anciano desenvolvió el paquete y examinó su contenido con mirada burlona. —Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero que me conviertan en un mono de... —¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló el señor Button, feroz—. Es mejor que no pienses en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa... o... o te pegaré. Le costó pronunciar la última palabra, aunque consideraba que era lo que debía decir. —De acuerdo, padre —era una grotesca simulación de respeto filial—. Tú has vivido más, tú sabes más. Como tú digas. Como antes, el sonido de la palabra «padre» estremeció violentamente al señor Button. —Y date prisa. —Me estoy dando prisa, padre. Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button lo miró desolado. El traje se componía de calcecines de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintutón y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No producía buen efecto. —¡Espera! El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano y con tres rápidos tijeretazos cercenó gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la perfección. La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo, producían un raro contraste con aquel traje tan alegre. El señor Button, sin embargo, era obstinado. Alargó una mano. —¡Vamos! —dijo con severidad. Su hijo le cogió de la mano confiadamente. —¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con voz temblorosa cuando salían de la sala de los recién nacidos—. ¿Nene, a secas, hasta que pienses un nombre mejor? El señor Button gruñó. —No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos Matusalén. III. Incluso después de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo tiñeran de un negro desvaído y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un sastre estupefacto, era imposible que el señor Button olvidara que su hijo era un triste remedo de primogénito. Aunque encorvado por la edad, Benjamín Button —pues este nombre le pusieron, en vez del más apropiado, aunque demasiado pretencioso, de Matusalén— medía un metro y setenta y cinco centímetros. La ropa no disimulaba la estatura, ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que había debajo estaban apagados, húmedos y cansados. Y, en cuanto vio al recién nacido, la niñera que los Button habían contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada. Pero el señor Button persistió en su propósito inamovible. Bejamin era un niño, y como un niño había que tratarlo. Al principio sentenció que, si a Benjamín no le gustaba la leche templada, se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió y dio permiso para que su hijo tomara pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un día llevó a casa un sonajero y, dándoselo a Benjamín, insistió, en términos que no admitían réplica, en que debía jugar con él; el anciano cogió el sonajero con expresión de cansancio, y todo el día pudieron oír cómo lo agitaba de vez en cuando obedientemente. Pero no había duda de que el sonajero lo aburría, y de que disfrutaba de otras diversiones más reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un día el señor Button descubrió que la semana anterior había fumado muchos más puros de los que acostumbraba, fenómeno que se aclaró días después cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del niño, lo encontró inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjamín, con expresión culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exigía, como es natural, una buena paliza, pero el señor Button no se sintió con fuerzas para administrarla. Se limitó a advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento. El señor Button, a pesar de todo, persistió en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo, llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad a la ilusión que estaba creando —al menos para sí mismo—, preguntó con vehemencia al dependiente de la juguetería si el pato rosa desteñiría si el niño se lo metía en la boca. Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjamín nada de aquello le interesaba. Se escabullía por las escaleras de servicio y volvía a su habitación con un volumen de la Enciclopedia Británica, ante el que podía pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas de trapo y el arca de Noé yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante, los esfuerzos del señor Button sirvieron de poco. Fue enorme la sensación que, en un primer momento, causó en Baltimore. Lo que aquella desgracia podría haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo, porque el estallido de la Guerra Civil dirigió la atención de los ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar a los padres; y al fin se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir que el niño se parecía a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los hombres de setenta años, resultaba innegable. A Roger Button y su esposa no les agradó, y el abuelo de Benjamín se sintió terriblemente ofendido. Benjamín, en cuanto salió de la clínica, se tomó la vida como venía. Invitaron a algunos niños para que jugaran con él, y pasó una tarde agotadora intentando encontrarles algún interés al trompo y las canicas. Incluso se las arregló para romper, casi sin querer, una ventana de la cocina con un tirachinas, hazaña que complació secretamente a su padre. Desde entonces Benjamín se las ingeniaba para romper algo todos los días, pero hacía cosas así porque era lo que esperaban de él, y porque era servicial por naturaleza. Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció, Benjamín y aquel caballero encontraron un enorme placer en su mutua compañía. Tan alejados en edad y experiencia, podían pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con monotonía incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjamín se sentía más a sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parecían tenerle una especie de temor invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejercían, a menudo le trataban de usted. Benjamín estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad física y mental que aparentaba al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conocía ningún caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por jugar con otros niños, y a menudo participó en los juegos más pacíficos: el fútbol lo trastornaba demasiado, y temía que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a soldarse. Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar papel verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos de colores y construir infinitas cenefas. Tenía propensión a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quejó a sus padres y éstos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el niño era demasiado pequeño. Cuando cumplió doce años los padres ya se habían habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los niños, salvo cuando alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho. Pero un día, pocas semanas después de su duodécimo cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamin hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento. ¿Lo engañaba la vista, o le había cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce años de vida? ¿Era ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel más saludable y firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No podía decirlo. Sabía que ya no andaba encorvado y que sus condiciones físicas habían mejorado desde sus primeros días de vida. —¿Será que...? —pensó en lo más hondo, o, más bien, apenas se atrevió a pensar. Fue a hablar con su padre. —Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero ponerme pantalones largos. Su padre dudó. —Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es la edad adecuada para ponerse pantalones largos, y tú sólo tienes doce. —Pero tienes que admitir —protestó Benjamin— que estoy muy grande para la edad que tengo. Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos cálculos. —Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era tan grande como tú a los doce años. No era verdad: aquella afirmación formaba parte del pacto secreto que Roger Button había hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo. Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuaría tiñéndose el pelo, pondría más empeño en jugar con los chicos de su edad y no usaría las gafas ni llevaría bastón por la calle. A cambio de tales concesiones, recibió permiso para su primer traje de pantalones largos. IV. No me extenderé demasiado sobre la vida de Benjamin Button entre los doce y los veinte años. Baste recordar que fueron años de normal decrecimiento. Cuando Benjamin cumplió los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; tenía más pelo, gris oscuro; su paso era firme, su voz había perdido el temblor cascado: ahora era más baja, la voz de un saludable barítono. Así que su padre lo mandó a Connecticut para que hiciera el examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamin superó el examen y se convirtió en alumno de primer curso. Tres días después de matricularse recibió una notificación del señor Hart, secretario de la Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamin se miró al espejo: necesitaba volver a tintarse el pelo. Pero, después de buscar angustiosamente en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba la botella de tinte marrón. Se acordó entonces: se le había terminado el día anterior y la había tirado. Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco minutos. No había solución: tenía que ir tal y como estaba. Y fue. —Buenos días —dijo el secretario educadamente—. Habrá venido para interesarse por su hijo. —Bueno, la verdad es que soy Button —empezó a decir Benjamin, pero el señor Hart lo interrumpió. —Encantando de conocerle, señor Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro. —¡Soy yo! —explotó Benjamin—. Soy alumno de primer curso. —¿Cómo? —Soy alumno de primero. —Bromea usted, claro. —En absoluto. El secretario frunció el entrecejo y echó una ojeada a una ficha que tenía delante. —Bueno, según mis datos, el señor Benjamin Button tiene dieciocho años. —Esa edad tengo —corroboró Benjamin, enrojeciendo un poco. El secretario lo miró con un gesto de fastidio. —No esperará que me lo crea, ¿no? Benjamín sonrió con un gesto de fastidio. —Tengo dieciocho años —repitió. El secretario señaló con determinación la puerta. —Fuera —dijo—. Vayase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lunático peligroso. —Tengo dieciocho años. El señor Hart abrió la puerta. —¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho años, ¿no? Muy bien le doy dieciocho minutos para que abandone la ciudad. Benjamin Button salió con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que esperaban en el vestíbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros, se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario, que aún permanecía en la puerta, repitió con voz firme: —Tengo dieciocho años. Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamin salió. Pero no quería el destino que escapara con tanta facilidad. En su melancólico paseo hacia la estación de ferrocarril se dio cuenta de que lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido la voz de que un lunático había aprobado el examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse pasar por un joven de dieciocho años. Una excitación febril se apoderó de la universidad. Hombres sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento y se unió a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polisón mal puesto, corrían y gritaban tras la comitiva, de la que procedía una serie incesante de comentarios dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin Button. —¡Debe ser el Judío Errante! —¡A su edad debería ir al instituto! —¡Mirad al niño prodigio! —¡Creería que esto era un asilo de ancianos! —¡Que se vaya a Harvard! Benjamin aceleró el paso y pronto echó a correr. ¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se arrepentirían de aquellas burlas irreflexivas! A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza por la ventanilla. —¡Os arrepentiréis! —gritó. —Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja! Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia. V. En 1880 Benjamin Button tenía veinte años, y celebró su cumpleaños comenzando a trabajar en la empresa de su padre, Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel año también empezó a alternar en sociedad: es decir, su padre se empeñó en llevarlo a algunos bailes elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta años, y él y su hijo se entendían cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamin había dejado de tintarse el pelo, todavía canoso, parecían más o menos de la misma edad, y podrían haber pasado por hermanos. Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos de etiqueta, camino de un baile en la casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magnífica. La luna llena bañaba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inmóvil, la cosecha de flores tardías exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos, alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de día. Era casi imposible no emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible. —El negocio de la mercería tiene un gran futuro —estaba diciendo Roger Button. No era un hombre espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—. Los viejos ya tenemos poco que aprender —observó profundamente—. Sois vosotros, los jóvenes con energía y vitalidad, los que tenéis un gran futuro por delante. Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: podía ser la queja de los violines o el susurro del trigo plateado bajo la luna. Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó una dama, la siguió un caballero de mediana edad, y por fin apareció otra dama, una joven bella como el pecado. Benjamin se sobresaltó: fue como si una transformación química disolviera y recompusiera cada partícula de su cuerpo. Se apoderó de él cierta rigidez, la sangre le afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió en los oídos el palpitar constante de la sangre. Era el primer amor. La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla española del amarillo más pálido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos que asomaban bajo el traje con polisón. Roger Button se acercó confidencialmente a su hijo. —Ésa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief. Benjamin asintió con frialdad. —Una criatura preciosa —dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado el carruaje, añadió—: Podrías presentármela, papá. Se acercaron a un grupo en el que la señorita Moncrief era el centro. Educada según las viejas tradiciones, se inclinó ante Benjamin. Sí, le concedería un baile. Benjamín le dio las gracias y se alejó Se alejó tambaleándose. La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamin se quedó cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocráticos jóvenes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de apasionada admiración. ¡Qué detestables le parecían a Benjamin; qué intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensación parecida a la indigestión. Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al compás del último vals de París, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve. Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida acababa de empezar. —Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos nosotros, ¿verdad? —preguntó Hildegarde, mirándolo con ojos que brillaban como esmalte azul. Benjamin dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, ¿debía aclarar la confusión? Recordó su experiencia en Yale, y decidió no hacerlo. Sería una descortesía contradecir a una dama; sería un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la grotesca historia de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que asintió, sonrió, escuchó, fue feliz. —Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—. Los jóvenes son tan tontos... Me cuentan cuánto champán bebieron en la universidad, y cuánto dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres. Benjamin sintió que estaba a punto de declararse. Dominó la tentación con esfuerzo. —Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—. Cincuenta años. A los veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta están atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se necesita un puro entero; los sesenta... Ah, los sesenta están demasiado cerca de los setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta. Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad gloriosa. Deseó apasionadamente tener cincuenta años. —Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—: prefiero casarme con un hombre de cincuenta años y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de él. Para Benjamin el resto de la velada estuvo bañado por una neblina color miel. Hildegarde le concedió dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en todos los temas de actualidad. Darían un paseo en calesa el domingo, y hablarían más detenidamente. Volviendo a casa en el faetón, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar las primeras abejas y la luna consumida brillaba débilmente en la niebla fría, Benjamin se dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferretería al por mayor. —¿Qué asunto propones que tratemos, además de los clavos y los martillos? —decía el señor Button. —Los besos —respondió Benjamin, distraído. —¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si acabo de hablar de pesos y básculas! Benjamin lo miró aturdido, y el cielo, hacia el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó entre los árboles que pasaban veloces... VI. Cuando, seis meses después, se supo la noticia del enlace entre la señorita Hildegarde Moncrief y el señor Benjamín Button (y digo «se supo la noticia» porque el general Moncrief declaró que prefería arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoción de la alta sociedad de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento de Benjamín fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los modos más picarescos e increíbles. Se dijo que, en realidad, Benjamin era el padre de Roger Button, que era un hermano que había pasado cuarenta años en la cárcel, que era el mismísimo John Wilkes Booth disfrazado... y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza. Los suplementos dominicales de los periódicos de Nueva York explotaron el caso con fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin Button acoplada al cuerpo de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Llegó a ser conocido en el mundo periodístico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusión. Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una chica encantadora, que podía haberse casado con el mejor galán de Baltimore, se arrojara en brazos de un hombre que tenía por lo menos cincuenta años. Fue inútil que el señor Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamin. Por lo que se refiere a las dos personas a quienes más concernía el asunto, no hubo vacilación alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde se negó terminantemente a creer la verdadera. Fue inútil que el general Moncrief le señalara el alto índice de mortalidad entre los hombres de cincuenta años, o, al menos, entre los hombres que aparentaban cincuenta años; e inútil que le hablara de la inestabilidad del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde eligió casarse con la madurez... y se casó. VII. En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de ferretería al por mayor prosperó de manera asombrosa. En los quince años que transcurrieron entre la boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilación de su padre, en 1895, la fortuna familiar se había duplicado, gracias en gran medida al miembro más joven de la firma. No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano general Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno cuando Benjamin le dio el dinero necesario para sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil en treinta volúmenes, que había sido rechazada por nueve destacados editores. Quince años provocaron muchos cambios en el propio Benjamin. Le parecía que la sangre le corría con nuevo vigor por las venas. Empezó a gustarle levantarse por la mañana, caminar con paso enérgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en sus envíos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logró su mayor éxito en los negocios: lanzó la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el señor Fossile, y ahorró a Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, más de seiscientos clavos anuales. Y Benjamin descubrió que lo atraía cada vez más el lado alegre de la vida. Típico de su creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre de la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo un automóvil. Cuando se lo encontraban por la calle, sus coetáneos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad. —Parece que está más joven cada día —observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta y cinco años, no había sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acabó reparando su falta colmándolo de atenciones que rozaban la adulación. Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo más rápidamente posible. Sólo una cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer había dejado de atraerle. En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamín había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final. La insatisfacción de Benjamín se hizo cada vez más profunda. Cuando estalló la Guerra Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos que decidió alistarse en el ejército. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado de capitán, y demostró tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel, justo a tiempo para participar en la famoso carga contra la colina de San Juan. Fue herido levemente y mereció una medalla. Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ejército, que lamentó tener que licenciarse, pero los negocios exigían su atención, así que renunció a los galones y volvió a su ciudad. Una banda de música lo recibió en la estación y lo escoltó hasta su casa. VIII. Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibió en el porche, y en el momento preciso de besarla Benjamin sintió que el corazón le daba un vuelco: aquellos tres años habían tenido un precio. HÜdelgarde era ahora una mujer de cuarenta años, y una tenue sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció. Cuando llegó a su habitación, se miró en el espejo: se acercó más y examinó su cara con ansiedad, comparándola con una foto en la que aparecía en uniforme, una foto de antes de la guerra. —¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso continuaba. No había la más mínima duda: ahora aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse, se preocupó: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces había creído que, cuando alcanzara una edad corporal equivalente a su edad en años, cesaría el fenómeno grotesco que había caracterizado su nacimiento. Se estremeció. Su destino le pareció horrible, increíble. Volvió a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamin se preguntó si habría descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión, abordó el asunto durante la comida, de la manera más delicada que se le ocurrió. —Bueno —observó en tono desenfadado—, todos dicen que parezco más joven que nunca. Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó. —¿Y te parece algo de lo que presumir? —No estoy presumiendo —aseguró Benjamin, incómodo. Ella volvió a sollozar. —Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—: Creía que tendrías el suficiente amor propio como para acabar con esto. —¿Y cómo? —preguntó Benjamin. —No voy a discutir contigo —replicó su mujer—. Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas y una manera equivocada. Si tú has decidido ser distinto a todos, me figuro que no puedo impedírtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte. —Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada! —Sí que puedes. Pero eres un cabezón, sólo eso. Estás convencido de que tienes que ser distinto. Has sido siempre así y lo seguiras siendo. Pero piensa, sólo un momento, qué pasaría si todos compartieran tu manera de ver las cosas... ¿Cómo sería el mundo? Se trababa de una discusión estéril, sin solución, así que Benjamín no contestó, y desde aquel instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos. Y Benjamín se preguntaba qué fascinación podía haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo. Y, para ahondar la brecha, Benjamín se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba, se fortalecía su sed de diversiones. No había fiesta en Baltimore en la que no se le viera bailar con las casadas más hermosas y charlar con las debutantes más solicitadas, disfrutando de los encantos de su compañía, mientras su mujer, como una viuda de mal agüero, se sentaba entre las madres y las tías vigilantes, para observarlo con altiva desaprobación, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores. —¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima! Un joven de esa edad casado con una mujer de cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo menos veinte años menos que su mujer. Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente— que ya en 1880 sus papas y mamas también habían hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado. Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad hogareña de Benjamín. Descubrió el golf, y obtuvo grandes éxitos. Se entregó al baile: en 1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe, mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes de la ciudad. Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a la ferretería al por mayor y pensó que iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, que había terminado sus estudios en Harvard. Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamín con su hijo. Semejante confusión agradaba a Benjamín, que olvidó pronto el miedo insidioso que lo había invadido a su regreso de la Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía ahora un placer ingenuo. Sólo tenía una contraindicación aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer en público con su mujer. Hildegarde tenía casi cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía completamente absurdo. IX. Un día de septiembre de 1910 —pocos años después de que el joven Roscoe Button se hicera cargo de la Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas— un hombre que aparentaba unos veinte años se matriculó como alumno de primer curso en la Universidad de Harvard, en Cambridge. No cometió el error de anunciar que nunca volvería a cumplir los cincuenta, ni mencionó el hecho de que su hijo había obtenido su licenciatura en la misma institución diez años antes. Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó una relevante posición en su curso, en parte porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho años. Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho de que en el partido de fútbol contra Yale jugó de forma tan brillante, con tanto brío y tanta furia fría e implacable, que marcó siete touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consiguió que los once hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirtió en el hombre más célebre de la universidad. Aunque parezca raro, en tercer curso apenas si fue capaz de formar parte del equipo. Los entrenadores dijeron que había perdido peso, y los más observadores repararon en que no era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo mantenían en el equipo con la esperanza de que su enorme reputación sembrara el terror y la desorganización en el equipo de Yale. En el último curso, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se había vuelto tan delgado y frágil que un día unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo humilló profundamente. Empezó a ser conocido como una especie de prodigio —un alumno de los últimos cursos que quizá no tenía más de dieciséis años— y a menudo lo escandalizaba la mundanería de algunos de sus compañeros. Los estudios le parecían más difíciles, demasiado avanzados. Había oído a sus compañeros hablar del San Midas, famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se habían preparado para la Universidad, y decidió que, cuando acabara la licenciatura, se matricularía en el San Midas, donde, entre chicos de su complexión, estaría más protegido y la vida sería más agradable. Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa, a Baltimore, con el título de Harvard en el bolsillo. Hildegarde residía ahora en Italia, así que Benjamin se fue a vivir con su hijo, Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su hijo se había enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba por la casa presa de melancolías de adolescente. Roscoe se había casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba que en torno a su familia se suscitara el menor escándalo. Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios más jóvenes, y se sentía abandonado, muy solo, con la única compañía de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce o quince años. Recordó el proyecto de ir al colegio de San Midas. —Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces tengo que decirte que quiero ir al colegio? —Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe. El asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusión. —No puedo ir solo —dijo Benjamin, vulnerable—. Tienes que matricularme y llevarme tú. —No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad. Entrecerró los ojos y miró preocupado a su padre—. El caso es —añadió— que ya está bien: podrías pararte ya, ¿no? Sería mejor... —se interrumpió, y su cara se volvió roja mientras buscaba las palabras—. Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú... ¡Ya es hora de que te portes bien! Benjamin lo miró, al borde de las lágrimas. —Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames tío, no Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo que un niño de quince años me llame por mi nombre de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre, así te acostumbrarías. Después de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda. X. Cuando terminó esta discusión, Benjamin, muy triste, subió a su dormitorio y se miró al espejo. No se afeitaba desde hacía tres meses, pero apenas si se descubría en la cara una pelusilla incolora, que no valía la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvió de Harvad, Roscoe se había atrevido a sugerirle que debería llevar gafas y una barba postiza pegada a las mejillas: por un momento pareció que iba a repetirse la farsa de sus primeros años. Pero la barba le picaba, y le daba vergüenza. Benjamin lloró, y Roscoe había acabado cediendo a regañadientes. Benjamin abrió un libro de cuentos para niños, Los boy scouts en la bahía de Bimini, y comenzó a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza la guerra. Hacía un mes que Estados Unidos se había unido a la causa aliada, y Benjamin quería alistarse, pero, ay, dieciséis años eran la edad mínima, y Benjamin no parecía tenerlos. De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta y cinco años, también lo inhabilitaba para el ejército. Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció con una carta con gran membrete oficial en una esquina, dirigida al señor Benjamin Button. Benjamin la abrió, rasgando el sobre con impaciencia, y leyó la misiva con deleite: muchos militares de alta graduación, actualmente en la reserva, que habían prestado servicio durante la guerra con España, estaban siendo llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento como general de brigada del ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse inmediatamente. Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que había deseado. Cogió su gorra y diez minutos después entraba en una gran sastrería de Charles Street y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el uniforme. —¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó un dependiente, con indiferencia. Benjamin enrojeció. —¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera! —replicó con rabia—. Me llamo Button y vivo en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién soy. —Bueno —admitió el dependiente, titubeando—, por lo menos sé quién es su padre. Le tomaron las medidas, y una semana después estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insistía en que una bonita insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianas quedaría igual de bien y sería mucho mejor para jugar. Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin salió de casa una noche y se trasladó en tren a Camp Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir el mando de una brigada de infantería. En un sofocante día de abril Benjamin llegó a las puertas del campamento, pagó el taxi que lo había llevado hasta allí desde la estación y se dirigió al centinela de guardia. —¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente. El centinela lo miró con mala cara. —Dime —observó—, ¿adonde vas disfrazado de general, niño? Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvió hacia el soldado echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura. —¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente vio cómo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas. Benjamin disimuló una sonrisa de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor la sonrisa se le heló en los labios. No había sido él la causa de aquel gesto de obediencia, sino un imponente coronel de artillería que se acercaba a caballo. —¡Coronel! —llamó Benjamin con voz aguda. El coronel se acercó, tiró de las riendas y lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño centelleo en los ojos. —¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó afectuosamente. —Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamin con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente del caballo! El coronel se rió a carcajadas. —Quieres mi caballo, ¿eh, general? —¡Tenga! —gritó Benjamin exasperado—. ¡Lea esto! —y tendió su nombramiento al coronel. El coronel lo leyó y los ojos se le salían de las órbitas. —¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose el documento en su bolsillo. —¡Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrirá enseguida! —¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada extraña—. Vamos al puesto de mando, allí hablaremos. Venga, vamos. El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometiéndose, mientras tanto, una dura venganza. Pero la venganza no llegó a materializarse. Se materializó, Hos días después, su hijo Roscoe, que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escoltó al lloroso general, sans uniforme, de vuelta a casa. XI. En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez años de edad y jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mismísimo abuelo del recién nacido. A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de preocupaciones. En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba que el asunto reportara la menor utilidad. Le parecía que su padre, negándose a parecer un anciano de sesenta años, no se comportaba como un «hombre de pelo en pecho» —ésta era la expresión preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel asunto más de media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe creía que los «hombres con nervios de acero» debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas a tal extremo... no reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos. Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había crecido lo suficiente para jugar con el pequeño Benjamín bajo la supervisión de la misma niñera. Roscoe los llevó a los dos al parvulario el mismo día y Benjamín descubrió que jugar con tiras de papel de colores, y hacer mantelitos y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era el juego más fascinante del mundo. Una vez se portó mal y tuvo que quedarse en un rincón, y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían felices en aquella habitación alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano de la señorita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado. Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer grado, pero Benjamín siguió en el parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños hablaban de lo que harían cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas que él nunca compartiría. Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió por tercer año al parvulario, pero ya era demasiado pequeño para entender para qué servían las brillantes y llamativas tiras de papel. Lloraba porque los otros niños eran mayores y le daban miedo. La maestra habló con él, pero, aunque intentó comprender, no comprendió nada. Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana, con su uniforme almidonado, pasó a ser el centro de su minúsculo mundo. Los días de sol iban de paseo al parque; Nana le señalaba con el dedo un gran monstruo gris y decía «elefante», y Benjamín debía repetir la palabra, y aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetiría una y otra vez en voz alta: «leíante, lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como debías, rebotabas, y si decías «ah» durante mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías un efecto vocal intermitente muy agradable. Le gustaba mucho coger del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas. No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamin se cerraban, soñolientos... Y no había sueños, ningún sueño venía a perturbarlo. El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en Monroe Street... Todo se había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido. No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días... Sólo existían su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad. Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse. Hace un tiempo se conoce esta breve reflexión de Quino (aunque algunos dicen que no es de él, a mí me gusta pensar que sí). Al leerla uno no puede sino relacionar ambas historias. No hubiera gustado mucho que los que hicieron la película hubieran leído la reflexión de Quino, pero al ver las épocas es obvio que el cuento de F. Scott Fitzgerald fue escrito antes, ya que cuando falleció Quino apenas tenía 8 años. Más allá de eso, para los que vieron la película (personalmente la encontré algo entretenida, nada más) creo que la visión del genio argentino tiene mucho más que ver con el disfrute de la vida. GRACIAS MAESTRO
Hola. Vuelvo un poco a la literatura y quiero compartir algunas frases del escritor y piloto estadounidense Richard Bach que me han gustado siempre, sobre todo del libro "Ilusiones". Volar seguramente les debe dar a los afortunados pilotos una especie de estado mental especial, una tranquilidad y una forma de ver las cosas muy diferente a los demás. Siempre pensé que si nos alejamos de la tierra y la vemos desde el aire o el espacio, como la ven los astronautas por ejemplo, nos asombraríamos de lo verdaderamente insignificantes que somos y de la real magnitud de nuestros "problemas", más insignificantes aún. Bueno, dejo la perorata y les presento las frases de este señor. Creo que no tienen desperdicio si les gusta reflexionar y replantearse algunas cosas. "No hay errores. Los acontecimientos que atraemos hacia nosotros, por desagradables que sean, son necesarios para aprender lo que necesitamos aprender; todos los pasos que damos son necesarios para llegar adonde hemos escogido." "El vínculo que une a tu auténtica familia no es de sangre, sino de respeto y goce mutuo." "Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa." "Tu única obligación en cualquier período vital consiste en ser fiel a ti mismo." "El odio es el amor sin los datos suficientes." "Nunca te conceden un deseo sin concederte también la facultad para hacerlo realidad. Sin embargo, es posible que te cueste trabajo." "¿Y qué harías si Dios hablara directamente a la cara y os dijera: "Os ordeno que sean felices en el mundo mientras vivan"? ¿Qué harías entonces?" "Tus amigos te conocerán mejor en el primer minuto del encuentro que tus relaciones ocasionales en mil años." "La mejor forma de rehuir la responsabilidad consiste en decir: 'Tengo responsabilidades'." "Si tu felicidad depende de lo que hagan los demás, supongo que estarás en aprietos." "No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don." "Justifica tus limitaciones, y ciertamente las tendrás." "Cuando irradiamos lo que somos, preguntándonos a cada instante si lo que hacemos es lo que deseamos hacer y haciéndolo sólo cuando la respuesta es afirmativa, nuestra actitud rechaza automáticamente a quienes nada tienen que aprender de lo que somos y atrae a quienes sí tienen algo que aprender, que son los mismos de quienes nosotros a la vez aprendemos." Y mi favorita sin dudas: " Vive de manera tal que nunca te avergüences si se divulga por todo el mundo lo que haces o dices. Aunque lo que se divulgue no sea cierto. "
Mi idea con este post es seguirles mostrando relatos del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, extraídos de su obra "El Fútbol a Sol y Sombra". En este caso es sobre alguien que deben conocer... Gol de Maradona Fue en 1973. Se medían los equipos infantiles de Argentina Juniors y River Plate, en Buenos Aires. El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó al delantero centro del River y emprendió la carrera. Varios jugadores le salieron al encuentro: a uno se la pasó por el jopo, a otro entre las piernas y al otro lo engañó de taquito. Después, sin detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y al arquero tumbado en el suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla rival. En la cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían cerrar la boca. Aquel equipo de chiquilines, los Cebollitas, llevaba cien partidos invicto y había llamado la atención de los periodistas. Uno de los jugadores, El Veneno, que tenía trece años, declaró: - Nosotros jugamos por divertirnos. Nunca vamos a jugar por plata. Cuando entra la plata, todos se matan por ser estrellas, y entonces vienen la envidia y el egoísmo. Habló abrazado al jugador más querido de todos, que también era el más alegre y el más bajito: Diego Armando Maradona, que tenía doce años y acababa de meter ese gol increíble. Maradona tenía la costumbre de sacar la lengua cuando estaba en pleno envión. Todos sus goles habían sido hechos con la lengua fuera. De noche dormía abrazado a la pelota y de día hacía prodigios con ella. VivÌa en una casa pobre de un barrio pobre y quería ser técnico industrial. Gracias por leer.

Mi idea con este post es seguirles mostrando relatos del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, extraídos de su obra "El Fútbol a Sol y Sombra". En este caso una anécdota histórica del fútbol rioplatense que, con humor (nada seriamente), replantea una vieja polémica... Acuérdense que esto es LITERATURA, tómenla así y que la disfruten. Las Fuerzas Ocultas "Un jugador uruguayo, Adhemar Canavessi, se sacrificó para conjurar el daño de su propia presencia en la final de la Olimpiada del 28, en Amsterdam. Uruguay iba a disputar esa final contra Argentina. Canavessi decidió quedarse en el hotel y se bajó del autobus que llevaba a los jugadores al estadio. Todas las veces que el había enfrentado a los argentinos, la selección uruguaya había perdido, y en la última ocasión el había tenido la mala pata de hacerse un gol en contra. En el partido de Amsterdam, sin Canavessi, Uruguay ganó. El día anterior, Carlos Gardel había cantado para los jugadores argentinos en el hotel donde se hospedaban. Para darles suerte, había estrenado un tango llamado Dandy. Dos años después, se repitió la historia: Gardel volvio a cantar Dandy deseando éxito a la selección argentina. Esa segunda vez fue en visperas de la final del Mundial del 30, que tambien ganó Uruguay. Muchos juran que la intención estaba fuera de toda sospecha, pero más de uno cree que ahí tenemos la prueba de que Gardel era uruguayo. link: http://www.youtube.com/watch?v=d__MAV6BWBo Gracias por leer.