dager_a7x
Usuario (Argentina)
¡Bon jourrrrrrr, pedazo de soquetes! Buenas, estimados, respetuosos, atractivos, ocurrentes, bondadosos y bien dispuestos linces de la hondura selvática, les traigo un SENDO PEDAZO DE CRAP para arrancar este día. Bue, arrancaba el día a las 10 de la matina. En fin, el otro día estaba con mi hermano, y noté que imitaba sin falta de gracia a la señorita del celebérrimo clip viralizado recientemente, ("Hola soy Anto", cual se le llama). Así pues, por virtud de mi taringuera sagacidad, mis avispados sentidos, siempre alerta a potenciales craps, le pedí que grabase su imitación en un proyecto de Vegas que tenía ahí mismo, por si se me ocurría cómo usarlo en un video. Lo único particular fue que le pedí que lo grabase diciendo "soy Ahri" en lugar de "Anto", y apelando al Baron en reemplazo de "la pile", porque el contenido que suelo subir se relaciona con el League Of Legends. Así lo hizo, teniendo a bien grabar dos o tres minutos de frases improvisadas. Mientras lo hacía, le pedí que fingiese que lo estaban bombardeando, porque ya vislumbraba la idea. Luego de obtenido el audio, me dediqué algunas horas a filmar posibles escenas en LoL y, asimismo, en Gmod, aprovechando la ventaja de tener un addon de Ahri en el mismo. Cuando tenía toda la materia prima, me di cuenta de que ninguno de los temas que he hecho para mi canal de iutubi me agradaba para este proyecto, así que aproveché la oportunidad para usar algunos VSTs orquestales que quería probar. Y cómo la música que surgió fue un tanto creepy, y la cara de Ahri en Gmod lo es también, se me ocurrió hacer mierda la idea primordial de efectuar mera imitación del video de Anto, y más bien utilizarlo como pie para hacer un clip bien bizarro. Y he aquí el resultado, un videito cortito-cortito como la tuya, de menos de un minuto y sin mucho sentido: link: Eso es todo, che. Espero haberme ganado tu denuncia. No podés negar que me esforcé por merecerla.
Hola taringueros! Estoy muy contento de sumarme a esta comunidad tan activa, creativa y "picante". Como dice el video, se nos ocurrió que una buena manera de empezar a establecer una conversación es armar la primera "rankeada presidencial", para LoLear abiertamente en la división que quieran. Entre todos los que dejen dicho en los comentarios de este post "yo quiero ir a la rankeada" (la vamos a hacer en la Grieta o... bue no hay otro mapa xdXdXDD 100% real no fake) invitaremos a ocho en esta primera oportunidad. Habrá más partidas, así que si no es esta vez, será la próxima. Nos vemos! Mauricio
Hola-qué-tal-cómo-les-va. Quería compartir un pequeño ensayo que escribí con respecto a dos fenómenos de internet (los que anuncia el título del post). Mi intención era analizar los tópicos seriamente, si se quiere, pues he observado con sorpresa que poco o ningún interés le han dado los medios y las entidades formales. Sin más, comparto el enlace del ensayo. Saludos y muchas gracias. http://www.slideshare.net/Literalus/fenmenos-de-internet-creepypastas-y-memes-29881387
“Puto el que lee esto.” Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora. Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald. Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés. No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo. El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones. “Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos. Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano. Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano. Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado. No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas. De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja. “Puto el que lee esto.” John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés. Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”. Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos. No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo. (Roberto Fontanarrosa, Palabras iniciales, texto introductorio del libro Usted no me lo va a creer y otros cuentos, Ediciones de la flor, 2003.)

Una vez más, usted no tiene ganas de leer y yo no tengo ganas de redactar enunciados introductorios taringueros: a los bifes. Recientemente descubrí un sitio que dio realidad a la mítica Biblioteca de Babel, del homónimo relato de Jorge Luis Borges. Para quien no lo haya leído (quien lo conozca puede ir directo a la Biblioteca), vale decir que el mismo plantea un mundo compuesto íntegramente por salas hexagonales, en cuatro de cuyas seis paredes hay cinco anaqueles. Estos anaqueles tienen siempre 32 libros de formato análogo: 410 páginas con 40 renglones en cada una, y aproximadamente 80 letras de color negro por renglón. Las dos paredes restantes llevan a una antesala que conduce al hexágono siguiente. El contenido de los libros, así como lo que haya escrito en su dorso, configura aleatoriamente todas las combinaciones posibles de las 22 letras del alfabeto, más tres símbolos: el punto, la coma y el espacio. Es decir que los volúmenes de la Biblioteca, que se disponen aparentemente sin fin en los hexágonos, contienen todos los escritos posibles. En esa vasta acumulación de tomos, cuya mayor parte son conjuntos de letras sin ningún significado aparente, se puede encontrar todo texto posible redactado con los caracteres del alfabeto. Desde este mismo escrito que estoy yo redactando, hasta la Biblia, pasando por todos los pensamientos que vos tuviste en tu vida, y todos los que no tuviste. En palabras de Borges mismo: Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito. El sitio en cuestión fue hecho, un poco a mi pesar, por un sujeto de habla inglesa. No obstante, siendo que las letras del alfabeto inglés son las mismas que las del nuestro, el efecto es exactamente igual. Virtualmente, el creador de la página hizo real la fantasía borgeana. Es posible recorrer "a pie" los hexágonos, mirando al azar entre las combinaciones posibles, o bien explorar buscando un texto específico (cualquier cosa, literalmente), y ver en qué página, libro, anaquel, pared y hexágono se encuentra dentro de la Biblioteca de Babel. Discutiendo con un amigo este hallazgo, él pregunto en altavoz qué hubiera opinado Borges; y es una pregunta que yo mismo me hice. Ahora respondo: basta con ir a la Biblioteca y consultarlo. Tengo entendido que, tras otros intentos infructuosos, el desarrollador generó de hecho mediante software el total de los libros; esto valida la sentencia de que, en rigor, la inconcebible Biblioteca existe. Dejo el enlace para quien guste: https://libraryofbabel.info/ ¡Salud!
Iba a ponerle al post: "Me rompí el culo haciendo un video de mierda y te lo muestro", pero seguramente me denunciaban por andar poniendo imágenes de un culo roto. Bueno, usted no anda con ganas de leer ni yo de escribir, así que, corta (como la tuya): Hice un video humorístico de LoL, una (anti) guía de Taric post-rework. Además te llevas con el combo un cover de "Cha la head cha la" (la canción de DBZ), un poco de Death metal, varios chistes escandalosamente malos y alguna que otra mamada. Acá te dejo la parte uno, por si te pinta: Uno del Maestruli Yi: Y la promoción de mi libro, Lunar de Platón: Soy Dager, y los dejo con lo que todos queríamos ver... ¡Escenas de desnudos! Shake, shake, shake! Tururú turú tu... Shake, shake, shake! Tururú turú tu! Shake no-sé-qué-mierda... ¡shake tu vieja!