T

Tzolkin

Usuario (Argentina)

Primer post: 23 ene 2013
3
Posts
958
Puntos totales
54
Comentarios
W
William Faulkner, Big sur
InfoporAnónimo1/23/2013

Big Sur La relevancia de William Faulkner en la literatura norteamericana del siglo XX es todavía algo que no se termina de dimensionar: el primer gran modernista de la prosa en Estados Unidos experimentó con las formas del mismo modo que en Europa lo hacían Joyce y Virginia Woolf, pero creando a la vez un territorio propio de proporciones míticas, el sureño condado de Yoknapatawpha. Discutido por varios otros escritores sureños, considerado tanto genial como inaccesible, reconocido tardíamente a partir de una antología en vida de 1946 (que le abriría la puerta al Nobel en 1949), su frondosa obra se ha expandido mucho más allá del Río Grande para abrirles la puerta a autores como Rulfo, Onetti, García Márquez y Vargas Llosa. A cincuenta años de su muerte, la influencia sólo parece agigantarse sobre un continente que busca aún su identidad en la vida de los derrotados, los marginados y los excluidos. ¿Cómo empezar? ¿Por dónde? Tal vez a la manera de cualquiera de esas muchas biopics que prefieren arrancar por el final. Y allá va y aquí viene hacia nosotros William Cuthbert Faulkner, nacido como Falkner y “corregido” para la Historia por el acierto de una errata en su hoja de enrolamiento de la Royal Flying Corps. Acercándose al galope –con sesenta y cuatro años, hace medio siglo– y montando un caballo que, de pronto y sin aviso, lo arroja por la última de muchas veces sobre un camino de tierra del Mississippi. Y de ahí –ya nunca repuesto del todo– a un lecho de hospital y a un fulminante ataque cardíaco el 6 de julio de 1962. O mejor con un abanico de fotos –acaso extraídas de la monumental biografía que le erigió Joseph Blotner– que lo muestran, por orden cronológico: nacido en 1897 como hijo de ese profundo Sur “que sólo pueden entender los que nacieron allí”; como estudiante perezoso y lento; como aviador que se queda sin guerra donde volar; como poeta frustrado que se resigna a la prosa; como escritor más secreto que olvidado al que Sherwood Anderson ayuda a debutar con la condición de no tener que leer su manuscrito; como guionista ebrio (“Entre el whisky y la nada me quedo con el whisky”, sonríe a cámara uno de sus varios aforismos para sedientos) languideciendo en Hollywood, marcando escenas sueltas, poniendo frases en boca de Humphrey Bogart en Tener y no tener y El sueño eterno y, ya lejos de allí y celebrado en todas partes, preguntándole a Howard Hawks si puede hacer hablar al monarca egipcio de Tierra de faraones “como si fuese un coronel de Kentucky”; como figura de culto en Europa donde Sartre afirma que, para los jóvenes de Francia, “Faulkner c’est un dieu” y donde Albert Camus (al que Faulkner despide en su muerte temprana) celebra “su calor y su polvo”; como estrella descatalogada y redescubierta para los suyos con la edición de la antológica antología The Portable Faulkner que ordena en 1946 al genio con genio cortesía de Malcolm Cowley, quien lo cataloga como a un “Huckleberry Finn viviendo en la Casa Usher y contando historias mientras las paredes se derrumban a su alrededor”, o como ese hombre trajeado en lino blanco que prefiere considerarse más granjero que escritor y que pronuncia uno de los más breves e intensos y mejores discursos de aceptación del Nobel. O quizá –después de todo y antes que nada– mejor estudiar a fondo ese mapa del imaginado pero verdadero condado de Yoknapatawpha de puño y trazo y letras de su creador, así como los frondosos árboles dinásticos de los Snopes, de los Compson, de los Sartoris y de los Sutpen. O, sin más demora, ir directo a la obra. Veintiuna novelas, tres libros de cuentos, dos de poemas y numerosas recopilaciones póstumas. Arrancar con las más “fáciles” La paga de los soldados, Mosquitos (donde aparece un borracho de nombre William Faulkner que no deja de mirar fijo a toda mujer que pasa por ahí) o Pilón. O adentrarse en esa tormenta noir escrita –en tres semanas frenéticas– para vender, sin por eso venderse, que es Santuario. O mojarse los pies en relatos cortos y amplios como “Una rosa para Emily” o “El oso” o “Caballos manchados” (muchos de los cuales suelen entrar o salir como esquirlas de sus ficciones largas) para ir emborrachándose de a poco con shots de su prosa espesa. O, seamos valientes, respirar profundo y zambullirse en la riada de ¡Absalón, Absalón! –publicada el mismo año que otra alucinación sureña: Lo que el viento se llevó, que se hizo con el Pulitzer– y esa primera oración de doce líneas que incluye paréntesis y guiones y llegar a la otra orilla, felizmente extenuados, cambiados para siempre, descubriendo maravillados que hemos aprendido a respirar y a leer bajo del agua. EL AMO DEL CONDADO ¿Y de dónde viene Faulkner, alguien que, según Italo Calvino, “pone toda la carne en el asador y monta tragedias cósmicas que ríase usted de Sófocles”? Hoy está asumido que –considerado Faulkner como uno de los tres ángulos sobre los que se apoya toda la literatura Made in USA del siglo XX– la cosa se organiza más o menos así: Ernest Hemingway sale de Mark Twain, Francis Scott Fitzgerald se apoya en Nathaniel Hawthorne y en Henry James, y William Faulkner surge de Herman Melville pero, enseguida, agrega más ingredientes al espeso potaje. Receta que se cuece a fuego lento y que desglosó J. M. Coetzee, quien considera a Faulkner “uno de los innovadores más radicales en la historia de las letras estadounidenses. Un escritor a cuyas clases deberían acudir la vanguardia europea e hispanoamericana”. A saber: “Swinburne y Housman y tres novelistas que dieron vida a mundos imaginarios lo suficientemente vívidos y coherentes como para suplantar al real: Balzac, Dickens y Conrad. Añádase a lo anterior una familiaridad con las cadencias del Viejo Testamento, Shakespeare y Moby Dick y, pocos años después, un veloz estudio de sus mayores y contemporáneos como T. S. Eliot y James Joyce, y el joven Bill Faulkner ya estaba listo y armado”. Y, me parece, Coetzee olvida a Proust y a sus digresiones flotando a través de años y espacios y “¡Era esto!”, exclama Faulkner al leer al francés y descubrir “el libro que más me hubiera gustado escribir”. Enseguida –y eso es lo que diferencia a los inmensos de los apenas grandes– todas las posibles influencias se funden en algo único y original. Y gótico sureño: dinastías en caída, libre flujo de conciencia, tiempo suspendido, ardiente bourbon marca Old Crow y embriagante perfume de glicinas, cortinas corridas y pasiones desatadas, silencios profundos y arengas inflamables, blancos y negros, y todo eso, hasta el fin de todas las cosas de ese mundo. EL REY DE LA MONTAÑA “Difícilmente podrá culparse al crítico si algún imperativo categórico que aún persiste en la condición humana (incluso en nuestros días) le obliga a situar a esta obra en un lugar elevado entre las obras mediocres”, concluyó en 1930 el suplemento de libros de The New York Times refiriéndose a Mientras agonizo. “La novela más consistentemente aburrida de la última década”, dictaminó The New Yorker sobre ¡Absalón, Absalón! Posiblemente –aunque más de uno lo piense– nadie se atrevería hoy a poner algo así por escrito. Pero también es cierto que el trato que se continúa dando a Faulkner es siempre ambiguo. Faulkner es materia volátil, sustancia que no debe agitarse demasiado antes de su uso, virus altamente contagioso. Se reconoce su grandeza pero, siempre, con cautas contraindicaciones y posibles efectos residuales. Así, es bien conocida su respuesta en la entrevista de The Paris Review de 1956 donde –aunque ya nobelizado y supuestamente incuestionable– todavía se le pide una sugerencia para aquellos “que no entienden lo que escribe incluso después de leerlo dos o tres veces”. Faulkner recomienda: “Que lo lean cuatro veces”. La percepción de Faulkner –quien, más allá de esconderse mal tras la transparente máscara de un ignorante, lo leía todo y hasta tuvo tiempo de dedicar un elogio a Salinger– entre sus colegas titanes fue, en principio, variada. Vladimir Nabokov, por supuesto, lo reduce a “imposibles estruendos bíblicos”. Thomas Mann, leyendo Una fábula, la encuentra “un poco barata y fácil”, pero alaba su conocimiento de la vida militar. Jorge Luis Borges –quien lo traduce y lo alaba en público firmando en 1937 una reseña que abre calificándolo de “aparición tremenda” y cierra con un “¡Absalón, Absalón! es equiparable a El sonido y la furia. No sé de un elogio mayor”– en privado y para oídos de Adolfo Bioy Casares desdeña su “acumulación de atrocidades” e ironiza finamente con un “si el carácter shakespeareano fuera la mayor excelencia literaria, Faulkner sería el más grande escritor de nuestros días”. Anthony Burgess, por su parte, advirtió que “rimbombante y difícil como es, Faulkner justifica el esfuerzo”. Alberto Moravia, en cambio, lo recomienda sin atenuantes y con un “cuando se examina la ficción moderna que se ha escrito en Europa en el último medio siglo, se encuentra la huella de Faulkner por todas partes”. Más crueles –cabía esperarlo, apenas disimulando su terror ante el abismo con el bravucón y casi automático reflejo de matar al padre– fueron sus inmediatos descendientes nacidos en la misma y sureña patria chica. Carson McCullers –a quien Faulkner llamaría “mi hija”– juntaría coraje con un “Tengo más para decir que Hemingway y, Dios lo sabe, lo digo mejor que Faulkner”. Flannery O’Connor –Faulkner alabó su Sangre sabia– confesó que “intento ni acercarme a él para que mi pequeño bote no se empantane”. Su sola presencia entre nosotros constituye una gran diferencia en cuanto a lo que un escritor puede o no permitirse hacer. Pero nadie quiere ver a su mula y carreta arrastrándose sobre los rieles por los que pasa rugiendo la locomotora de la Dixie Limited”. Katherine Ann Porter lo describió, luego de verlo en directo, como “un viejo gallo de riña que ya cansa con esa postura de anti-intelectual y anti-literato”. William Styron –quien cubrió el funeral del maestro como “una muerte que nos disminuye” y cuyo celebrado estreno con Acuéstala en la oscuridad es definitivamente faulkneriano rozando, por momentos, el pastiche– aseguró que “Faulkner no ayuda lo suficiente al lector. Estoy a favor de su complejidad pero no de su confusión”. Triunfa a pesar de sí mismo en El sonido y la furia, pero es demasiado intenso por demasiado tiempo. Acaba siendo algo grande, y lo que maravilla es cómo puede mantener tanto tiempo una nota tan alta, tan larga y tan delirante”. Eudora Welty: “Es como una gran montaña en tu vecindario. Es bueno saber que está ahí, pero no te ayuda en nada con tu trabajo”. Y Truman Capote –quien admitió que Luz en agosto era una obra sin par– dijo no ser un gran admirador suyo porque “es imprudente, muy confuso, y no tiene control alguno sobre lo que hace”, para después lanzar risitas revelando la afición a las ninfas del viejo jinete. Menos problemas tuvieron con él los que vinieron después y siguieron su estela: todos ellos escritores de escritor descendiendo de un escritor de escritores. ¿Posibles nombres de sureños o no, pero todos tejedores de frases largas y sinuosas? Malcolm Lowry, William Goyen, Harold Brodkey, Barry Hannah, Allan Gurganus, James Dickey, Robert Penn Warren, Jayne Anne Phillips, Cormac McCarthy, Walter Percy, Denis Johnson, Rick Moody, David Foster Wallace, Brad Watson y Michael Ondaatje, quien recordó que “cuando leí a Faulkner, de repente me di cuenta de que la prosa podía tener la libertad y la posible indisciplina de la poesía”. Y, también, destellos de Faulkner en el movimiento perpetuo de los beatniks (“el único hombre vivo que escribe realmente como nosotros es Faulkner”, le escribe Allen Ginsberg a Jack Kerouac), y en las canciones pantanosas de REM y de Jim White, y en los relámpagos de Bob Dylan quien, en 1964, viajó a Oxford, Mississippi, para ver a Faulkner y, aunque no lo encontró, regresó de ese viaje electrizado. Nadie vuelve a ser el que era después de Faulkner, para quien no parece haber épocas ni fronteras. Así, el muy faulkneriano Salman Rushdie certifica su influencia en la India y en Africa. Y, por supuesto, en nuestro idioma. En Latinoamérica (ese sur que comienza al sur del sur de Las palmeras salvajes; de ahí que para García Márquez El villorrio sea “la mejor novela sudamericana jamás escrita”). Y en España (donde Juan Benet lo abrazó con un “es el escritor que más he admirado, el que más he leído, es una constante en mi vida, me ha influido como el cielo que me ha visto nacer o como el mismo lenguaje. No dejaré de leerlo nunca, para mi propio estímulo, en los años que me queden de vida. Y por eso nunca llegaré a conocerlo” y Javier Marías considera que “cualquiera que tenga curiosidad por la novela del siglo XX en cualquier idioma tiene la obligación de leer a William Faulkner”) y otros paladines del hombre como Antonio Muñoz Molina y José María Guelbenzu se suman a la fiesta. Faulkner llega pronto a nosotros. “Todos pasamos por la casa de Faulkner”, dijo Augusto Roa Bastos. Y la casa de Faulkner está embrujada y es embrujadora. Faulkner comienza a traducirse ya a principios de los años ’30 (lo primero es el relato “Todos los pilotos muertos” en Revista de Occidente, y enseguida Santuario en versión del cubano Lino Novás Calvo, autor de Pedro Blanco, el negrero) y puede entendérselo como un autor más del Boom o, mejor aún, como el autor del Boom. Así, Comala y Macondo y Piura y Santa María son suburbios del barroco Yoknapatawpha. Y la prosa y la técnica y la temática que encienden la mecha del Big Bang y dan el disparo de salida en las carreras de Gabriel García Márquez (“Ahora sé que sólo la técnica de Faulkner me permitió a mí escribir lo que veía”), Mario Vargas Llosa (“Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América latina”), Carlos Fuentes (“Faulkner reúne todos los tiempos de sus personajes en el presente narrativo”) y José Donoso (con sus faulknerianas sagas familiares en El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo), así como en figuras satelitales como Guillermo Cabrera Infante, Ernesto Sábato, José Lezama Lima, Juan Rulfo, Alejo Carpentier y Reynaldo Arenas “todo el tiempo leyendo y releyendo a Faulkner”. Y, muy especialmente, en Juan Carlos Onetti, quien postuló que “al leer y releer a Faulkner es forzoso sospechar que su mirada era distinta a la nuestra, a la del común de los hombres, a la del común de los escritores... Faulkner, Faulkner. Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo. ¿Para qué corno? Si él ya lo hizo todo”. Y escribiendo la necrológica del que consideraba su maestro, empezaba a evocarlo así: “Estuvo toda su vida inmerso como nadie en la literatura, aun desde los años en que ni siquiera soñaba con escribir”. Por esos días, un joven Ricardo Piglia leía a Faulkner con la misma fe con que Faulkner leyó el Ulises (“la lectura de Faulkner es uno de los grandes acontecimientos de mi vida”) y, en la introducción de 1933 a El sonido y la furia Piglia aprende algo que lo emociona y lo ilumina. “Escribí este libro y aprendí a leer”, confiesa allí Faulkner, quien, para Piglia, era un lector extraordinario “porque leía, a la vez, como un escritor (y no como un intelectual) y como un campesino (y no como un hombre de letras)”. Así, de ahí, el dictum faulkneriano de que “escribir cambia el modo de leer y de que un escritor construye la tradición y arma su genealogía literaria a partir de su propia obra”, teoriza el argentino. EL HOMBRE DEL TIEMPO Y desde ahí, de nuevo, al principio. Al principio de Faulkner como tercer ángulo de una tríada de reyes magos compuesta también por Fitzgerald (y su escritura “con la autoridad del fracaso”) y Hemingway (defensor al ataque de eso de la “gracia bajo presión”). ¿Quién es el mejor de ellos? Fitzgerald admiraba a Faulkner y a su “país grotesco y pintoresco” desde la prudente distancia de otro estilo, intereses y latitud, pero Hemingway –insufrible maniático perseguidor sufriendo de manía persecutoria– siempre lo consideró rival peligroso, pensaba que Faulkner era el mejor cuando se emborrachaba, y lo “desafió” en numerosas ocasiones llegando a burlarse de su condado de “Octanawhoopoo” o “Anomatopeio” apuntando que “todo lo que se necesita para escribir como él lo hace es un cuarto de whisky, el suelo de un granero y un total desprecio por la sintaxis”. Faulkner aseguraba que la mejor y más ambiciosa derrota de todas pertenecía a Thomas Wolfe. Fue Richard Ford –otro caballero sureño– quien, en 1983, en un ensayo para una edición especial por los cincuenta años del mensuario Esquire, celebró a los tres colosos, repartió elogios, y se arriesgó un “Faulkner, por supuesto, fue el mejor de los tres y el mejor que haya escrito ficción norteamericana en el siglo XX. Afirmarlo no es siquiera un descrédito para Hemingway y Fitzgerald. El que te guste Faulkner o no te guste es algo parecido a que no te guste el tiempo absoluto y eterno de un vasto territorio. Es como una tautología. Mientras que Fitzgerald y Hemingway, pienso, se ganan nuestro afecto como se lo ganan ciertos climas pasajeros”. O, para decirlo en palabras del propio Faulkner cerca de sus cincuenta años, y en un raro rapto de orgullo: “Ahora soy consciente por primera vez del asombroso don que me fue conferido: sin ninguna educación formal y sin haber contado con personas educadas y mucho menos interesadas por la literatura, a pesar de ello llegué hasta donde me encuentro hoy. No tengo idea de dónde me vino esa capacidad o qué dios o dioses me escogieron para ser su recipiente”. En cualquier caso, bendito sea, benditos sean. EL LOBO SOLITARIO ¿Cómo finalizar? Para terminar aquí con lo interminable en todas partes, más allá de vida y obra y ecos y gritos y susurros, lo que mejor toca y corresponde es despedirse por un rato de Faulkner (y no esperar hasta la próxima efemérides redonda) con sus propios dichos que, además de ingeniosos y certeros, hacen de él un gran ejemplo, una figura inimitable, una cima inalcanzable pero que, aun así, digan lo que digan sus compañeros connacionales, puede enseñarnos tantas cosas. Pensar entonces en Faulkner –quien nunca dejó de construir su propio universo aunque pareciera tener al universo de los otros en su contra; alguien que jamás leyó a Freud por considerarlo innecesario y “porque tampoco lo leyó Shakespeare”, pero que no dejaba pasar año sin volver al Quijote– como aquel que recomendó “Lee, lee, lee. Lee de todo: basura, clásicos, a los buenos y a los malos, hasta ver cómo es que lo hicieron. ¡Lee! Acabarás absorbiéndolo. Y recién entonces escribe”. Faulkner como el sintetizador de la fórmula secreta, fácil de teorizar y difícil de poner en práctica de su oficio con un “99 por ciento de talento..., 99 por ciento de disciplina..., 99 por ciento de trabajo”. ¿La inspiración? No sé nada sobre la inspiración. Porque no sé qué es; he oído hablar de ella pero no la he visto nunca... El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo... Su única responsabilidad es con su arte. No deberá tener ningún escrúpulo y de ser necesario arrojará todo por la borda: honor, orgullo, decencia, seguridad, felicidad y, si tiene que robar a su madre, no dudará en hacerlo... Faulkner, quien entendía a la literatura como algo “equiparable a lo que hace una cerilla en el centro de la noche y en mitad del campo”, que nos hace conscientes de la oscuridad que nos rodea y que, ya cerca del final, admitía que “si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor, y ése el mejor estado en el que puede hallarse un artista”. Faulkner como aquel que deseaba reencarnarse en un buitre porque “nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita; jamás lo molestan y nunca está en peligro; además, le mete el diente a cualquier cosa” y quien –consejo más que pertinente en tiempos de blogs injuriosos rebosantes de anónimos, de (de)generaciones de pocos días y de capillas literarias que se empiezan a construir a partir del techo; buscar y encontrar su imprescindible ensayo “On Privacy”, de 1955– recomendaba aullar a solas porque “los escritores que necesitan juntarse recuerdan a esos lobos que sólo son lobos cuando van en manada, pero a solas no son más que otro perro del montón”. Al final, cuando todo estuviera consumado, “mi única ambición, como persona reservada que soy, es que me borren y echen de la historia, sin dejar rastro, sin más restos que los libros publicados; ojalá hace treinta años hubiese tenido suficiente perspicacia para prever lo que iba a ocurrir, como algunos isabelinos, y no los hubiese firmado. Es mi propósito que, vencidos todos los esfuerzos, la esencia y la historia de mi vida, que en la frase equivalen a mis exequias y a mi epitafio, sean ambas: Compuso libros y murió”. Deseo realizado a medias. Porque sus libros siguen llevando su nombre, porque sus libros siguen. Y –mientras no agoniza, mientras sobrevive en la creencia de que, como le explicó el 10 de diciembre de 1950 a un efímero rey sueco, el hombre prevalecerá– recordarlo siempre, no olvidarlo jamás, escribirlo en el reverso de una postal y pegarle ese sello de veintidós centavos que lleva su rostro: “El pasado nunca muere. Ni siquiera ha pasado”. Y –como apuntó al final de su genealogía sobre los Compson– todo viene de y va a dar a un verbo inglés que bien puede ser, también, en tiempos en los que cada vez cuesta más concentrarse en algo que supere los ciento cuarenta caracteres, una última pero definitiva instrucción para esos lectores fáciles a los que él siempre se les hizo difícil: endure. O sea: resistir, aguantar, soportar, durar, permanecer. Como Faulkner. El mapa de Yoknapatawpha: 2400 millas cuadradas, 6298 blancos, 9313 negros y las zonas donde transcurren las diferentes historias de sus libros, tal como lo dibujó y escribió Faulkner. Abajo, se lo consigna como único propietario de ese condado literario.

98
16
Leer nos hace (un poco más) libres
Leer nos hace (un poco más) libres
ArteporAnónimoFecha desconocida

Algunas citas que fui juntando de novelas, ensayos, o diversas cosas que se cruzaron en mi camino en los últimos tiempos, con sus respectivas fuentes (como debería ser, aunque no se vea mucho hoy por hoy en internet). "La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros". Joseph Conrad (Cita de "El corazón de las tinieblas", 1899) "Y no es imposible que el sentimiento de lo natural, de haberlo permitido el tiempo, hubiese recobrado su antiguo ascendiente sobre la dura razón matemática de las escuelas. Pero ello no pudo ser. Prematuramente descarriada por la intemperancia del conocimiento, la vejez del mundo se acentuó. La masa de la humanidad no lo advertía, o bien, viviendo depravadamente, aunque sin felicidad, pretendía no advertirlo". Edgar Allan Poe (Fragmento del cuento "El coloquio de Monos y Una", 1841) “Era como si mientras el engaño sucedía en silencio y monótonamente, todos nosotros hubiéramos aceptado ser engañados, favoreciéndolo con nuestra inconsciencia o puede que cobardía, pues toda la gente es cobarde y prefiere de un modo natural cometer una traición, ya que ésta tiene un aspecto cómodo”. William Faulkner (Fragmento de la novela "Mientras agonizo", 1930) "¿Qué espectador podía creer en la guerra, en el sistema, en las innumerables mentiras sobre la libertad americana contemplando esas tomas inmediatas de lo que se compraba y vendía, oyendo a las voces sincronizadas repetir las mismas fórmulas, evasivas, sin afecto, desconectadas de lo que antaño hubieran sido las promesas de lo que nunca llegarían a alcanzar?". Thomas Pynchon (Cita de la novela "Vineland", 1990) Por favor, aprende la pragmática de expresar el miedo: a veces las palabras que parecen expresar en realidad invocan”. David Foster Wallace  (Cita de la novela "La broma infinta", 1996) "En un tiempo tan crítico como el presente, es importante sobre todas las cosas que no vivamos siguiendo la experiencia de otros, no desde de los pensamientos o ideas de los otros, no desde de las varias democracias sociales, constituciones, expropiaciones, burocracias, delegados, candidaturas y mandatos, sino que pensemos con nuestra propia mente, que vivamos nuestra propia vida, construyendo desde nuestro pasado, desde nuestras propias fundaciones espirituales nuevas formas de vida apropiadas para con este pasado y estas fundaciones". León Tolstói (Fragmento de "El Fin de una Era: Un Ensayo sobre la Incipiente Revolución", 1905) "El tirano oprime a sus esclavos, y éstos, en lugar de volverse contra él, se vengan en los que están debajo". Emily Brontë (Cita de la novela "Cumbres borrascosas", 1847) "Cada vez que oigo a un hombre de negocios hablar de servicios me pregunto a quién están jodiendo. Uno que hace negocios tiene que mentir y engañar, pero él lo llama de otra manera. Eso es lo importante. Si tú vas y robas el neumático, resulta que eres un ladrón, pero él intentó robarte cuatro dólares por un neumático reventado. A eso lo llaman hacer un buen negocio". John Steinbeck (Fragmento de la novela "Las uvas de la ira", 1939) "Como el hombre no podía dejar de reconocer la majestad de la Naturaleza, incurría en pueriles entusiasmos por su creciente dominio sobre los elementos de aquélla. Mientras se pavoneaba como un dios en su propia fantasía, lo dominaba una imbecilidad infantil. Tal como era de suponer por el origen de su trastorno, sufrió la infección de los sistemas y de la abstracción. Se envolvió en generalidades.(...) Y, sin embargo, este mal surgía necesariamente del mal principal, el Conocimiento. El hombre no podía al mismo tiempo conocer y someterse. Entretanto, se alzaron enormes e innumerables ciudades humeantes. Las verdes hojas se arrugaban ante el ardiente aliento de los hornos. El bello rostro de la Naturaleza se deformó como si lo arrasara alguna horrorosa enfermedad. Y pienso, dulce Una, que nuestro sentido de lo que es forzado y artificial, aun a medias dormido, podría habernos detenido en ese punto. Pero habíamos preparado el camino de la destrucción al pervertir nuestro gusto o más bien al descuidar ciegamente su cultivo en las escuelas. Pues en verdad, frente a aquella crisis, tan sólo el gusto -esa facultad que, ocupando una situación intermedia entre el intelecto puro y el sentido moral, jamás podía ser descuidada sin peligro- habría podido devolvernos dulcemente a la Belleza, a la Naturaleza y a la Vida". Edgar Allan Poe (Fragmento del cuento "El coloquio de Monos y Una", 1841) “Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad”. Rafael Barrett (Fragmento del panfleto "Mi anarquismo", 1909) "Me vino a la cabeza una vez la idea de que, si se quisiera machacar, aniquilar a un hombre, castigarle al más horrible de los castigos, hasta el punto de hacer temblar al más terrible criminal, hacerle que sintiera miedo de antemano, bastaría con dar al trabajo un carácter completamente inútil y sin sentido." Fedor M. Dostoievski (Fragmento del libro "Memorias de la casa de los muertos", 1862) "Para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría —eso lo he dicho muchas veces— un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar... no sé si algunos decenios o algunos siglos —lo cual históricamente no es nada—, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: 'Yo creo dogmáticamente en el progreso'". Jorge Luis Borges (Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, En diálogo I, 1998) "Es una vieja historia; los hombres venden su alma al tentador y firman el pacto con sangre porque este se cumplirá en un día lejano; entonces corren a coger la copa de la que su alma está sedienta con un impulso no menos salvaje porque a su lado hay una sombra negra que los acompañará eternamente. No hay atajo, no hay vía manifiesta hacia la sabiduría: después de tantos siglos de ingenio, el camino del alma se extiende por un yermo de espinas que todavía debe recorrerse en solitario, con los pies ensangrentados, con sollozos que imploran ayuda, como lo cruzaron los hombres de antaño". George Eliot (Cita de la novela "El velo alzado", 1859) "Y Padre nació aquí y arrancó las malas hierbas y mató serpientes. Luego vino un mal año y tuvo que pedir prestado algo de dinero. Y nosotros nacimos aquí. Los que están en la puerta, nuestros hijos, nacieron aquí. Y Padre tuvo que pedir dinero prestado. Entonces el banco se apropió de la tierra, pero nos quedamos y conservamos una pequeña parte de la cosecha. Ya lo sabemos, todo eso lo sabemos. No somos nosotros, es el banco. Un banco no es como un hombre, el propietario de cincuenta mil acres tampoco es como un hombre: es el monstruo. Sí, claro, gritaban los arrendatarios, pero es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la dividimos. Nacimos en ella, nos mataron aquí, morimos aquí. Aunque no sea buena sigue siendo nuestra. Esto es lo que la hace nuestra: nacer, trabajar, morir en ella. Esto es lo que da la propiedad, no un papel con números. Lo sentimos. No somos nosotros, es el monstruo. El banco no es como un hombre. Sí, pero el banco no está hecho más que de hombres. No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aun así el banco lo hace. El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar". John Steinbeck (Fragmento de la novela "Las uvas de la ira", 1939) "Los corderos van al matadero. No se dicen nada ni esperan nada. Pero al menos no votan por el matarife que los sacrificará ni por el burgués que se los comerá. Más bestia que las bestias, más cordero que los corderos, el elector designa a su matarife y elige a su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar ese derecho". Octave Mirabeu (Cita de "La huelga de los electores" , 1888) "Coge cualquier ave y métela en una jaula, pon la máxima atención y cuidado en sustentarla con carne y bebida, en mimarla con las más delicadas golosinas y mantenerla tan limpia como sea posible. Mas por muy dulce que sea su jaula dorada, el ave preferirá veinte mil veces retornar al bosque, inhóspito y frío, a comer gusanos y otras cosas míseras". Geoffrey Chaucer (Cita de "Cuento de ecónomo", del libro "Los cuentos de Canterbury", 1475) "-¿Qué sucedió con los gobiernos? -Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen". Jorge Luis Borges (Fragmento del cuento "Utopía de un hombre que está cansado", del libro "El libro de arena", 1975) "Entra dentro de lo posible que nunca lleguemos a saber si los animales que consideramos inferiores son capaces, o no, de razonar, cuestión inabordable, desde luego, a la luz de los conocimientos que ahora mismo disponemos. Mientras, cegados por la estrechez de miras y la arrogancia, los seres humanos insisten en negar capacidad reflexiva a los animales, porque concedérsela sería como despojarse de su tan cacareada supremacía. El género humano habrá de enfrentarse con la paradoja de rebajar el instinto a la categoría de facultad inferior, si bien, en millares de casos, no cuente con otra salida que admitir su infinita superioridad sobre esa razón que reivindica exclusivamente como propia. Lejos de ser una razón de orden inferior, el instinto es quizás la inteligencia más exigente de que tengamos noticia". Edgar Allan Poe (Fragmento del cuento "Instinto versus razón - La gata negra", 1840) "—Vine —dijo ella— con la esperanza de que me desapareciese una fantasía hablando con usted. —¡No lo haga y trátela con amor! —Exclamó Hilarius vehementemente— ¿Qué otra cosa le queda? Sujétela bien por su minúsculo tentáculo, no permita que los freudianos se la arrebaten con zalamerías ni que los farmacéuticos se la eliminen a fuerza de pócimas. Sea cual fuere, cuídela con cariño, porque si la perdiese, por ese pequeño detalle sería usted como los demás. Y empezaría a dejar de existir". Thomas Pynchon (Fragmento de la novela "La subasta del lote 49", 1966) "Nunca entenderán. ¿Cómo podrían entenderlo, teniendo como tienen los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajarlos o auxiliarlos, caminando delicadamente entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se hace eco de la opinión pública? Estas pequeñas cosas pueden constituir una enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado estúpido para desviarse... demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado los poderes de las tinieblas". Joseph Conrad (Cita de "El corazón de las tinieblas", 1899) “Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo”. Paul Lafargue (Fragmento del ensayo “El derecho a la pereza”, 1883) "Estoy anulado por la idea de lo que querría tener, poder, sentir. Mi vida es un inmenso sueño. Pienso, en ocasiones, que quisiera cometer todos los crímenes, todos los vicios, todas las acciones bellas, nobles, grandes, beber la belleza, la verdad, el bien, de un solo trago, y dormirme después para siempre en el pacífico seno de la Nada. Déjenme llorar". Fernando Pessoa (Fragmento de "Diarios" ) "Puedes saber esto: teme el momento en que el hombre deje de sufrir y morir por un concepto, porque esta cualidad es la base de la esencia humana, esta cualidad es el hombre mismo, y lo que lo diferencia en el conjunto del universo". John Steinbeck (Cita de la novela "Las uvas de la ira", 1939) "-Nuestro objetivo debería ser romper la superstición y el culto de la legalidad. (...) Pero ustedes los revolucionarios nunca entenderán eso. Ustedes programan el futuro, ustedes sueñan con sistemas económicos que derivan de lo que existe; mientras que lo que hace falta es un barrido a fondo y partir de cero hacia una nueva concepción de la vida. Basta con no obstruirle el paso para que ese futuro se abra camino por sí solo". Joseph Conrad (Cita de la novela "El agente secreto", 1907)

400
28
A
Algo de El dolor paraguayo | Rafael Barrett
ArteporAnónimo4/30/2015

Separé algunos textos hace un tiempo cuando me regalaron "El dolor paraguayo",  y antes de que queden por ahí, los comparto.  Para los que no lo conocen, Rafael Barrett fue un pensador, escritor, ensayista y periodista español, nacido en el año 1876 y que, tras agredir a un alto miembro de la nobleza, se vio obligado a escapar de su país de origen para seguir su vida. Luego de un corto tiempo en Argentina, a los 29 años, se radica en Paraguay, país donde pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus obras. De ideología anarquista y profundamente libertario, Barrett dedica sus escritos a las minorías y da charlas a grupos de obreros incitándolos a unirse contra la opresión y exigir lo que era justo. Muere a los 34 años, lejos de su familia, luego de una larga tuberculosis que lo terminó alejando se su ya amada Paraguay, y sin obtener nunca el reconocimiento de su país natal. En fin, dejo algunas citas que consideré interesantes. Es humillante la corona adquirida por el hecho de haber nacido; al lograr el honor en virtud del propio esfuerzo, introducimos en nuestra existencia la lógica, la unidad indispensable a los bellos destinos. Conviene deber lo menos posible, aunque sea a los padres. Heredar es repetir, y lo fuerte es lo nuevo. Dichoso el día en al que ni la fortuna ni la miseria se hereden. Fragmento de "Doctores" . ¿Quién intentará curar, consolar a los que lo perdieron todo: fe en el trabajo, poesía serena del hogar, poesía ardiente de una ternura que elige, sueña y canta? ¿Quién confortará a los que aún no rompieron en llanto y en ira? ¿Quién tendrá bastante constancia para combatir los fantasmas fatídicos, bastante piedad y respeto al tocar las raíces sangrientas del mal, bastante paciencia para despertar las mentes asombradas, bastante dulzura para atraerse las criaturas enfermas? Fragmento del texto "En la estancia" . "¿Hay cosas más contrarias a la razón que el jurado y el sufragio universal? Felizmente el sufragio es una farsa. Practicado al pie de la letra, nos hubiera hecho retroceder en poquísimo tiempo a la barbarie. ¡Bendita corrupción electoral! Mediante ella se evita que los ignorantes gobiernen el Estado y que nos aplaste la fuerza del número, que es la más bestial de todas. El pueblo merece nuestra piedad y nuestros mejores sacrificios porque sus dolores son muy grandes y no se deben a lo inclemente de la naturaleza, sino a la maldad de los hombres (...). Así, merced a una comedia, sigue en el poder gente bastante inepta y bastante inmoral sin duda, pero capaz, por su codicia misma, de conservar el orden hasta que otras manos más honradas y más hábiles hayan conquistado en la lucha la robustez necesaria a una victoria definitiva. El jurado es menos benigno que el sufragio; hay en él menos cantidad de embuste. Realmente se sientan todos los días a juzgar al prójimo individuos ignaros y anónimos, que desencadenan la anarquía del azar en graves asuntos donde es preferible la acción del leguleyo. (...). Hace años que estamos viendo absolver con imperturbable frescura a una multitud de asesinos y facinerosos. Los magristrados tan lamentablemente improvisados novacilan en devolver al seno de la sociedad con patente limpia, a tal número de alimañas feroces. Este perdón inconsciente y pasivo, verdadera cobardía del jurado, contraria al perdíon universal y activo que regeneraría el mundo, se convierte en la mator iniquidad cuando consideramos que no hay compasión para los delitos pequeños. Donde un padre roba un pan para que coman sus hijos va a la cárcel, se excusan y casi aplauden los tiros de revólver en el vientre y las puñaladas en la espalda. He aquí lo absurdo: una institución que pretende traer justicia por obra del pueblo y que corrobora irremediablemente, a expensas de dignidad popular, la más cruel injusticia, la que castiga a los pecadores humildes. La democracia de los tribunales ha creado la aristocracia del crimen. Fragmento de "Jurados". "No concebimos ni en la Edad Media cosa igual. ¿A qué protestar? ¿A qué pedir justicia al Estado, a ese Estado que en medio de tantos horrores y de tantas infamias, no se ocupa sino de cambiar los uniformes a sus soldaditos? Hay 50.000 pesos oro para alojar un batallón. Para aliviar la suerte de los desheredados, locos o no, jamás habrá nada". Fragmento de "El manicomio". No engañéis pues a la mujer, no la empujéis hacia la sima. Vuestras manos, que se robustecieron en la lucha, que se ennoblecieron en la humilde labor cotidiana, no están hechas para ayudar a caer sino para ayudar a levantarse. ¡Amad!, eso es todo… Amad, y seréis divinamente compasivos. El que ama es verídico, fiel, inconmovible. ¿A qué más código? ¿A qué más sacramento? No hablo del amor libre porque el amor siempre fue libre, y si no es libre no es amor. No es la cuestión libertar el amor, sino tenerlo. Amad pues, y despreciaréis las fórmulas y las ceremonias. Y los gratuitos juramentos ante el altar y ante el juez. El amor es más grande que todo eso. Amad, y basta. Amad y fundaréis la familia invencible. Esperad el amor, no derrochéis en estériles caprichos el capital genésico de que sois depositarios. (...) Dejad que los ricos, dejad que los poderosos, después de haber robado a la humanidad, pretendan robar a la naturaleza, limitando la prole a una cantidad convenida, y transformando el amor en un vicio solitario. Dejad que aparezca en ellos este signo de la decadencia irremediable. (...) No es la población lo que empequeñece la tierra, sino el egoísmo. Amad y la tierra se ensanchará sin límites. A pesar del dolor y de la injusticia la vida es buena. Debajo del mal está el bien; y si no existe el bien lo haremos existir y salvaremos al mundo aunque no quiera. Fragmento del texto "El problema sexual" . "No castiguemos, no acusemos; si no hay en nuestros hermanos solidaridad, si no aciertan a respetar a sus compañeras ni a querer a sus hijos, si para evadirse de su oscuro dolor llaman a las puertas de la lujuria, del alcohol o del juego, no nos indignemos. No debemos juzgar su mal, debemos curarlo. ¡Y cuánta fraternal paciencia, cuánta dulzura tiene que haber en nuestras manos consoladoras, para curar, por todo el territorio, las raíces enfermas de la raza! Y he visto en la capital la cosa más triste. No he hallado médicos del alma y del cuerpo de la nación; he visto políticos y negociantes. He visto manipuladores de emisiones y de empréstitos, boticarios que se preparan a vender al moribundo las últimas inyecciones de morfina..." Fragmento de "Lo que he visto". "¿Es posible? ¿Odio a los seres que, inmóviles, con los nobles brazos siempre abiertos, nos ofrecen sin cansarse jamás la caricia de su sombra, la fecundidad silenciosa de sus frutos, la poesía múltiple y exquisita que elevan al cielo? Se asegura que existen plantas dañosas. Tal vez, mas no por eso las debemos odiar. Nuestro odio las condena. Nuestro amor quizás las transformaría y las redimiría. Oíd a un personaje de Víctor Hugo: «vio gentes del país muy ocupadas en arrancar ortigas; miró el montón de plantas desarraigadas y ya secas, y dijo: -Esto está muerto. Esto hubiera sido sin embargo algo bueno si de ello hubieran sabido servirse. Cuando la ortiga es joven, su hoja es una excelente legumbre; cuando envejece, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga vale tanto como latela de cáñamo. Es por lo demás la ortiga un excelente pasto que se puede segar dos veces. ¿Y qué necesita la ortiga? Poca tierra, ningún cuidado, ningún cultivo... Con un poco de trabajo que se tomara, la ortiga sería útil; se la descuida y se vuelve dañosa. Entonces se la mata». «¡Cuántos hombres se asemejan a la ortiga!» -Y añadió después de una pausa-: «Mis amigos, tened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. Sólo hay malos cultivadores»". Fragmento de "El odio a los árboles" . No nos hemos contentado con sobrevivir a otras especies; hemos extendido nuestros dominios naturales de tal modo, que los proyectos más locamente grandiosos son posibles a nuestra imaginación. (...) Toda esa seguridad, todo ese orgullo, toda esa victoria no es para todos, sino para unos cuantos. Una minoría traidora ha despojado al resto; los tesoros que la energía común arrebataba a lo desconocido cayeron en poder de los que nada tenían sino la codicia y lo cruel; el hierro y el oro y la ciencia fueron escamoteados por los que nada construyeron, nada descubrieron, nada adivinaron; el palacio magnífico de la civilización fue salteado por ellos, más y más inexpugnables mediante la ajena desdicha y expulsada de los altísimos muros con su sangre amasados, desnuda y abandonada a la eterna intemperie, quedó casi entera la humanidad. Para ella, es decir, para vosotros los que nada poseéis y todo lo creasteis, no han pasado los siglos. Vosotros siervos del desierto ruso, harapientos acosados hasta dentro de Grecia por la ferocidad genízara, lúgubres habitantes de las cuevas bretonas, mineros enterrados vivos bajo todas las patrias, larvas de los subterráneos de Berlín, de Viena y de Londres, Jobs de los estercoleros de Chicago, campesinos moribundos de Italia y de España, esclavos de los gomales y de los yerbales de América, presidiarios de todas las industrias, huesos triturados por las máquinas, apestados del planeta-miseria, infierno sobre el cual se asientan los Estados, pálido pueblo de suicidas, sin más venganza que el crimen, vosotros estáis aún en la remota edad de las cavernas, peor todavía, porque en vuestras cavernas no hay siempre la llama: vuestros niños se hielan; la llama de vuestro espíritu la apaga la desesperación. Y es que hay algo más terrible que conquistar la Naturaleza: conquistar el hombre. Hay algo más rebelde que la roca, más frío que los témpanos, más despiadado que las fieras y las tempestades, y más negro que todos los abismos: el corazón del avariento. Fragmento de "El problema sexual" . "Sería una explicación, un mérito; hemos llegado a considerar la codicia como una virtud. Aludo a los que gastan dinero en arrasar el país. Obedecen a un odio desinteresado. Y la inquietud aumenta cuando se nota que las únicas mejoras que se hacen en las plazas de la capital consisten en arrancar, arrancar y arrancar árboles. Odio doblemente feroz en una comarca donde el verano dura ocho meses. Se prefiere el sol abrasador a la dulce presencia del árbol. Se diría que los hombres no son ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los troncos venerables, que tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no comprenden que también la savia es sangre y que sus víctimas se engendraron en el amor y en la luz. Parece que las gentes viven esclavizadas por un vago terror y que temen que el bosque proteja facinerosos y anime fantasmas. Detrás del árbol adivinan la muerte. O bien, obsesionados por un dolor sin forma, quieren copiar en torno suyo el desolado desierto de sus almas. Y entonces, en la nuestra la irritación se cambia en piedad. Muy desesperado, muy hondo ha de ser el mal de los que, en resignado mutismo, perdieron el cariño primero, el cariño fundamental que hasta las bestias sienten, el santo cariño a la tierra y a los árboles". Fragmento de "El odio a los árboles". "Una ilusión común es la de las formas de gobierno. Se cree disminuir la tiranía suprimiendo al tirano, y establecer la libertad por un decreto. Se supone que la figura de la vasija cambia la naturaleza del líquido, y que una Constitución y un Parlamento sirven para algo. Se asombra la gente de que sea exactamente tan imposible ejercer los derechos cívicos ahora que se reconocen y recomiendan por la ley, como en la época de un despotismo concentrado en un hombre y consagrado por el pueblo. Es que el sentimiento de la dignidad personal no es obra de políticos. No es en los convenios de los conspiradores con suerte donde nace la justicia, sino en los hogares. No es en las costumbres públicas donde empieza el progreso, sino en las privadas. Cuando los corazones siguen intactos, las reformas escritas se reducen a un detalle grotesco?. Hemos descubierto la conservación de la materia y la conservación de la energía, en las regiones de lo físico; añadamos, en el terreno social, la conservación del coeficiente bárbaro. Agitad con el viento vano de las revoluciones queridas la superficie del mar de la patria; no se alterará en un milímetro el nivel medio de los instintos y de las pasiones. Los seres viven y se transforman de adentro afuera. No hay decoración, por hábil y brillante que se pinte, capaz de producir un futuro duradero. Los gobiernos, y las costumbres administrativas, no son una causa, sino un resultado. Parecen reinar, porque están situados en la cumbre. Pero ni los pararrayos inventan la electricidad, aunque en ellos se desplome el rayo, ni los palacios burocráticos engendran un átomo de potencia colectiva. Equivocación suprema la de los que van a la política para salvar a su país. Existe una política fecunda: no hacer política; una manera eficaz de conseguir el poder: huir del poder y trabajar en casa. Un grupo de personas que no han traído a la ciencia una verdad nueva ni al arte ni a la moral una modalidad nueva de nuestras emociones, es impotente; de la nada nada se saca. Gobernar es distribuir y redistribuir lo viejo por los viejos canales. Única labor útil: componerlos, construir otros, enriquecer y purificar el líquido circulante. ¿Es posible eso desde arriba? Nunca. El tabique del oficinismo y de la adulación oficial es imperforable: la savia viene de abajo, de las raíces. No nos ocupemos de política, sembremos nuestro campo y no llamemos a las puertas doradas. La vida nacional nacerá en nuestro cerebro y en nuestras manos, y no en las mesas polvorientas y los expedientes apelillados de los escritorios a presupuesto. Nos olvidaremos de la política; continuará tal vez visible, como una cascara flotante, mas sólo alcanzará la influencia de una asociación parcial y parsimoniosa. (...) ¿Quieren corregir la política? Desprecíenla. Estudien en silencio, edifiquen su espíritu y su nido; forjen en su rincón el pedazo de armadura que les toque" Fragmento de "De Política". "...Y aprender a vivir de lo que vos pensás".

460
18
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.