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QucaroTodo

Usuario (Uruguay)

Primer post: 2 oct 2015Último post: 15 dic 2015
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Eliminatorias, enterate por que Uruguay va a ganar en La Paz
InfoporAnónimo10/2/2015

Se nos vienen nuevamente las eliminatorias. Parece mentira pero solamente nos separan unos días de arrancar el camino hacia Rusia 2018 y, como buenos uruguayos, ya nos vamos preparando: miramos de arriba a abajo el fixture, lo llenamos con los resultados que pensamos que se van a dar, lo tachamos varias veces ―primero por ser tan optimistas y luego por ser los más pesimistas del mundo― y le compramos pilas nuevas a la calculadora que, pobre, va a arrancar a sufrir como loca. Repasamos las cábalas de la eliminatoria pasada, inventamos nuevas y pensamos en qué hubiera pasado si no las hacías. La posta es que las eliminatorias son el torneo que más nos cuesta por lejos, el que siempre sufrimos más y el que nos hace perder toda esperanza en cierta fecha ―y pedir que rajen hasta al portero de la AUF― y a la siguiente volver a creer en todos los santos, dioses, religiones o lo que sea; incluso al límite de juntar canillas para hacerle estatuas hasta al cocinero de la selección. Lo cierto es que el próximo jueves 8 de octubre a las 17:00 hrs, en la altura de La Paz, Bolivia, frente al combinado local, se empieza a definir nuestra suerte: arrancamos a sacarle punta al lápiz y a darle duro y parejo a la calculadora. Pero detengámonos un segundo en un detalle nada menor. El partido se juega un 8 de octubre, que pese a lo que muchos creen no es solamente una de las avenidas más transitadas del país: es una fecha sumamente importante para los uruguayos. En ella se firmó el “tratado de paz” que da fin a la Guerra Grande, en donde se declara que “no habrá ni vencidos ni vencedores” (clara señal de que a veces conviene firmar el empate). Mientras en Uruguay se celebra un día de fiesta, en Bolivia el 8 de octubre es una fecha triste: ese día fue la Batalla de Angamos, enfrentamiento naval crucial de la Guerra del Pacífico (guerra en la que Bolivia pierde su salida al mar). Pero ojo, el misticismo de esta fecha no termina ahí. También un 8 de octubre pero de 1967 es capturado el líder del Guerrilla de Ñancahuazú (el movimiento de liberación boliviano), Ernesto Che Guevara, quien posteriormente fue ejecutado. Pensarás “qué casualidad”, jaja, iluso: esto sigue. Dos años después y también un 8 de octubre, el MLN (El movimiento de liberación nacional de Uruguay) toma la ciudad de Pando ―Pando de Uruguay, no de Bolivia, que también tiene un departamento que se llama Pando―. Así que en resumen mientras los revolucionarios bolivianos comieron en un 8 de octubre, los uruguayos tomaban una ciudad que se llama igual a uno de los departamentos más importantes de Bolivia. Atenti que no solo de historia se mantiene esta columna, vayamos a las matemáticas: el 8 de octubre es el ducentésimo octogésimo primer día del año, es decir 281, números que sumados nos dan 11, y adivinen qué… este será el onceavo partido oficial de Uruguay frente a Bolivia en la altura de La Paz. Nos anteceden 6 derrotas y 4 empates. ¿Casualidad? Seguro que alguno ya pensó que si es el día 281 es que quedan 84 días y se termina el año, efectivamente. ¿Ahora ya sumaste el 84? 12, ¿verdad? Jajaja, sí, después del onceavo partido viene el 12. Pero ojo, que el 8 de octubre no solo es un día jorobado para los bolivianos. En Argentina se celebra el día del peón rural, por ende un 90% de las personas que no laburan ese día son bolivianos. Así que bueno, ahora queda en manos del maestro y de los jugadores que el 8 de octubre siga siendo un día de festejo en Uruguay y un día para el olvido en Bolivia.

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La perfecta ecuación para una mentira.
InfoporAnónimo12/15/2015

EL ARTE DE MENTIR PARA MOSTRARSE MÁS PULCRO En general el tópico surge como sonseando, en una reunión entre gente con cierta confianza pero donde el grueso de los integrantes tampoco se conocen demasiado como para que mentir les sea imposible. Comúnmente se da en los almuerzos de trabajo o en algún cumpleaños de un amigo, donde están tus amigos pero también están las novias nuevas de tus amigos, y los amigos de tu amigo (darse cuenta lo importante del asunto, ya que usted podría ser partícipe de un evento como éste de muchas maneras: siendo el homenajeado, siendo amigo del homenajeado, siendo pareja de alguno de los amigos del homenajeado o siendo pareja del propio cumpleañero). Y en determinado momento, una de esas novias, que recién se está mudando con su pareja, comenta al pasar alguna costumbre extraña del que es tu amigo (que para vos es extraña y ya te acostumbraste o, lo que es más probable, no te resulta extraña), y entonces se genera un ambiente de confusión, y entonces alguien, que hasta ese instante estaba callado y distraído, se para y dice: “Pará, pero ustedes, ¿cada cuánto cambian las sábanas?”. Y con esa pregunta se genera un silencio sepulcral. De inmediato comenzás a maquinar internamente, primero pensando la respuesta genuina y luego estableciendo ecuaciones como para lanzar una mentira bastante realista, esa que te deje como el tipo que querés aparentar (si por ejemplo te gusta ser hippón no podés quedar en el grupo de los limpios, porque dudarían de tu respuesta o de tu real condición de hippie). Sin embargo, por más que elaboraste la respuesta en tu cabeza, respetás el silencio, te quedás callado, esperando que sea otro el que tire la primera piedra. Y esa primera respuesta (¡al fin!) se transforma en la que reguladora, la que logra el consenso. Ahí todos, pero sobre todo los más mugrientos, saltan como pelotazo “claaaaaaro, yo también”, “qué coincidencia, lo mismo que yo”, y con eso algún avivado inventa un tema nuevo y listo. A veces, antes de la salvación, algún que otro abombado que quiere mostrarse pulcro acorta la frecuencia, pero lo hace de manera razonable, sin exageraciones. ¿Y después? Hablar de Tinelli, del Pablo Javier, y hasta lo hacemos con fervor por más que no nos interese el tema. Sin embargo no siempre todo sale tan bien. Hay ocasiones donde el silencio es tan grande que, con tal de romperlo, uno decide lanzar su mentira; decide escupir ese número que te deja vulnerable, y si no es una cifra medianamente normal devuelve dudas en vez de aceptación: “¿Una vez por semana limpiás la grasera?, qué poco”. Y entonces ahí uno tiene que empezar a defender la mentira con otras mentiras, “sí, es que mi padre de chico tuvo una mala experiencia, entonces nos inculcó a toda la familia a…” y con suerte zafás rápido, o sino comienza el cuestionamiento del cuestionamiento “ahhh, ¿no era que tu padre no estaba muy cercano a la familia?” y así sucesivamente hasta conseguir escapar o hasta que la conversación mute, porque nunca, pero nunca, vamos a dar el brazo a torcer y confirmar la mentira inicial. La verdad es un secreto que muere contigo. Entonces, es claro que hay dos soluciones: o nos bancamos el silencio hasta la muerte, por más eterno que sea, o nos aseguramos de que el número que lanzamos sea relativamente coherente. Y es por ese motivo que hace un tiempo resolví elaborar una ecuación para saber de qué manera debemos mentir o, más o menos, descubrir cuál es el grado de la mentira que el otro nos quiere encajar. La ecuación es la siguiente: Valor declarado = Valor real * IPS (Índice de Pulcritud Simulada) Índice Si la reunión está llena de apenas conocidos el índice es de un 50% Si hay más de tres amigos en la sala es el 70% y si justo son muy amigos el 80% Si lo estás conversando con tu psicólogo un 90%. Y si estás mano a mano, tomando birra y la piba está buenísima ronda el 10% Redondear siempre para abajo

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Tender la cama, un arte ninguneado.
OfftopicporAnónimo10/21/2015

Es sencillo menospreciar semejante actividad que, vaya uno a saber el motivo, siempre ha quedado relegada en comparación a limpiar el baño o a lavar los vidrios de las ventanas; es sencillo asumir que es una tarea trivial, del montón. Sin embargo saber cambiar las sábanas es indispensable para que la cama se mantenga en perfectas condiciones durante las horas que uno determine dormir, mirar tele o lo que se le antoje hacer encima de ella. Y acá es donde algún distraído podría pensar en que la cuestión no está en cambiar bien las sábanas, sino en tender bien la cama. ¡No señor! Esa falacia de seguro proviene de la boca de algún afamado personaje, formador de buenos hábitos, quien dijo que era de gran amo de casa tender la cama todos los días porque, claramente, era espantoso cambiando las sábanas (fíjense que dicha premisa logra disimular su carencia: tanto el que hace bien cosas y necesita apenas estirar la sábana como el que hace todo mal y cada día debe comenzar el armado desde cero quedan igualados). Hay grandes problemas que se sufren por un mal cambiado de sábanas. Uno de ellos es que, en general, cada nivel utilizado para taparse (sábana, frazada, acolchado) responde de manera autónoma a medida que transcurre la noche. Cada implemento se mueve a criterio, no respeta una sincronía: mientras la sábana tiende a correrse hacia la derecha, la frazada lo hace hacia la izquierda, y de pronto nos encontramos en el medio de la noche sintiendo esa tela peludita que tanto molesta, esa que no debería rozarnos ya que para algo está la sábana. Y eso no se arregla con un nuevo tendido de cama, porque al otro día, pummm, pasa lo mismo. Otra situación muy normal es que el acolchado comience, poco a poco y con ayuda del movimiento de las patas, a bajar y bajar, al límite de caer por el peso hacia los pies de la cama, generando que los más distraídos, los que no se percataron de semejante cosa, terminen despertándose en medio de la noche, muertos de frío. O, peor, los que alcanzan a notarlo pero no tienen la lucidez de la vigilia (¿quién puede tenerla estando entredormido?) pegan el manotón para agarrar el acolchado, y con eso tiran hacia arriba, todo a la vez, sábana, frazada y acolchado, generando que los dos implementos de abajo, los que no se habían corrido, suban más de lo previsto, haciendo que se salgan de su sitio, dejándote los pies al aire (o tocando directamente el acolchado, que es igual de espantoso). Son miles los ejemplos que delatan el problema. Entonces, ¿por qué no se lo valoriza? ¿Por qué no hay academias que te formen en dicha materia? Es difícil cambiar el mundo, pero al menos hay que intentarlo. Y desde mi humilde lugar, voy a cooperar. Primero: Hay que meterse en la cabeza que no se debe reparar en gastos a la hora de comprar implementos que mejoren tu estadía en la cama. Al igual que el colchón, tener sábanas de buena calidad favorece al mantenimiento de las frazadas y acolchados en su lugar, y permite que el cuerpo respire bien, que no termine generando esa especie de sudor, sobre todo en los pies, que hace que se peguen contra la sábana, y ahí te movés y arrastrás, pies y sábana, y ahí no hay escapatoria. Y segundo: Es vital para un buen armado el tema del elástico en la sábana de abajo y los nudos en la de arriba. Si usamos sábanas de la medida del colchón, nos dará la impresión que quedan más chicas de lo necesario, y eso está bien, porque lo esencial es que todo quede tirante. No queremos que sobre material, y que terminen formándose pliegues, fruto de los movimientos inconscientes durante nuestro pernocte. ¡Ojo con los nudos en la sábana de arriba! Si quedan muy sobre la puntita no generan el “embolsamiento” necesario para ajustarse con los ángulos de la cama, y si está anudado muy lejos de las puntas “roba” mucha sábana y termina quedando baja, lo que estimula a tironear de ella recurrentemente, y otra vez los problemas. Listo, ya se puede empezar a probar. Prueba y error es lo mejor en estos casos. Cuando descubrís que te da pena cambiar las sábanas porque están en perfectas condiciones, ahí lograste tu objetivo. Es cierto que semejante habilidad incentiva a la escasa pulcritud, porque a medida que avanza el tiempo, o que las ocupaciones son muchas, divisar que la cama está perfecta te lleva a patear hacia adelante el tiempo de reposición de sábanas; es cierto que el que la tiende horrible se cansará de hacer “arreglos” a medias y optará por colocar unas nuevas, limpias, pero ese ya es otro tema: serás un tipo bastante mugriento pero no un bobeta que hace mal la cama.

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